Entrada fija
Razones de una muerte voluntaria
por Dominique Venner
(Testamento escrito sobre el por qué del suicidio de Dominique Venner)
Estoy sano de cuerpo y mente, y lleno de amor por mi esposa e hijos. Amo la vida y no espero nada más allá, sino perpetuar mi raza e ideas. Sin embargo, en el ocaso de mi vida, encarando enormes peligros para mi patria francesa y europea, siento el deber de actuar mientras aún tengo fuerzas. Creo que es necesario sacrificarme para romper con el letargo que nos azota. Daré lo que me queda de vida para protestar. Elegí un lugar altamente simbólico, la Catedral de Nuestra Señora de París, la cual respeto y admiro: construida por el genio de mis ancestros en el sitio de cultos aún más antiguos, recordando nuestros orígenes inmemoriales.
Mientras muchos hombres son esclavos de sus vidas, mi gesto personifica una ética de voluntad. Me entrego a la muerte para despertar conciencias dormidas. Me rebelo contra el destino. Protesto contra los venenos del alma y los deseos de individuos invasores que destruyen las anclas de nuestra identidad, incluyendo la familia, la base primaria de nuestra milenaria civilización. Mientras defiendo la identidad de todas las personas en sus hogares, me rebelo también contra el crimen del reemplazo étnico de nuestro pueblo.
El discurso dominante no puede dejar atrás sus ambigüedades tóxicas, y los europeos deben cargar con las consecuencias. Falta una religión identitaria que nos una, que comparta una memoria común que se remonte a Homero: un repositorio de todos los valores en los cuales nuestro futuro renacer será fundado una vez que rompamos con la metafísica de lo ilimitado, la funesta fuente de todos los excesos modernos.
Pido disculpas de antemano a quienes sufrirán por mi muerte, primero y por sobre todo a mi esposa, mis hijos y mis nietos, así como a mis amigos y seguidores. Pero una vez que el dolor y el shock queden atrás, no dudo que comprenderán el significado de mi gesta y sobrepasarán su dolor con orgullo. Espero que juntos se den fuerzas.
Encontrarán en mis recientes escritos las insinuaciones y explicaciones de mis actos.
Nota: Para más información, dirigirse a mi editor, Pierre-Guillaume Roux. Él no estaba informado de mi decisión, pero me conoció por un largo tiempo.
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Para mayor información véase mi blog en inglés:
http://chechar.wordpress.com/2013/05/21/obituary/
http://chechar.wordpress.com/2013/05/21/venners-suicide-note/
http://chechar.wordpress.com/2013/05/21/europe-in-dormition/
Tormenta infernal: capítulo 10
En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson
Pasajes del libro de Thomas Goodrich
Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)
Los pasillos del infierno
Debido a que su conocimiento de la lengua y la cultura era excelente, muchos de los oficiales de inteligencia que acompañaban a las fuerzas americanas y británicas dentro del Reich eran refugiados judíos que habían huido de la persecución nazi a finales de los años treinta.
En teoría, la “desnazificación” era un simple reemplazo de oficiales nazis por fundamentos democráticos, socialistas o comunistas. En la práctica, la purga se convirtió en poco más que un pretexto para una orgía de violación, tortura y muerte.
Un hombre que se opuso al programa de venganza fue George Patton. “Evidentemente, el virus comenzó con Morgenthau y Bernard Baruch: una venganza semita contra todos los alemanes continúa”, escribió el general al privado. “Estoy francamente en contra de esta guerra criminal. No es un deporte inglés sino algo semita… No puedo ver cómo los estadounidenses pudieron caer tan bajo”.
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Horrible como desnazificación fue en las zonas británicas, francesas y especialmente en las zonas conquistadas por Estados Unidos, no fue nada en comparación con lo que sucedía en Polonia, tras las líneas soviéticas. En cientos de campos de concentración patrocinados por un aparato denominado “Oficina de Seguridad del Estado”, miles de alemanes—hombres y mujeres, viejos y jóvenes, altos y bajos, nazis y antinazis, SS, Wehrmacht, Volkssturm, la juventud de Hitler, todos—fueron detenidos y encarcelados. Atendido y dirigido por judíos, con la ayuda de polacos, checos, rusos y otros supervivientes de los campos de concentración, las cárceles eran prácticamente cámaras de tortura donde morir era una cosa que se prolongaba, no que se apresuraba. Mientras que aquellos con el pelo rubio, ojos azules y buenos rasgos eran los primeros en morir, cualquier cosa que hablaba alemán moría también.
Después de apenas sobrevivir su “interrogatorio”, un muchacho de catorce años de edad fue llevado a la enfermería del campo. “Mi cuerpo estaba verde, pero mis piernas eran de color rojo fuego”, dijo el muchacho. “Mis heridas se han unido con el papel higiénico, y tuve que cambiar el papel higiénico cada día. Estaba en el lugar perfecto para ver lo que pasaba… Todos los pacientes eran personas golpeadas y morían en todas partes: en la cama, en el baño, en el inodoro. Por la noche, tuve que pasar por encima de los muertos como si fuera normal el hacerlo”.
En los campos más grandes de prisioneros, los alemanes morían por centenares diariamente.
“¡Cerdos!” El comandante gritó, y golpeó a los alemanes con sus taburetes, a menudo matándolos. Muchos días en la madrugada un guardia judío clamó: “Eins! Zwei! Drei! Vier!”
Luego el guardia gritaba: “desvístanse” y, cuando los alemanes estaban desnudos, les pegaba, les vertía líquido de estiércol, o atrapando a un sapo empujaba la gruesa cosa en la garganta de un alemán, quien moría poco después.
Algunos alemanes se vieron obligados a arrastrarse en cuatro patas y comer sus propios excrementos, así como los de los demás. Muchos se ahogaron en las letrinas abiertas. A cientos de personas se les acarreaba en los edificios y fueron quemados vivos o encerrados en ataúdes y enterrados vivos.
Cuando algunos relatos sobre los atroces crímenes de Polonia comenzaron a filtrarse, muchos en Occidente quedaron atónitos. “Uno esperaría que después de los horrores de los campos de concentración nazis, nada de eso pudiera pasar otra vez”, murmuró un senador americano, quien informó sobre palizas, torturas y “cerebros salpicadas en el techo”. Freda Utley, quien se enteró del horror después de hablar con el jurista estadounidense Edward van Roden, escribió:
Van Roden dijo: “A todos menos dos de los alemanes en los 139 casos que investigamos se les había pateado en los testículos más allá de que estos órganos pudieran sanar. Este era un procedimiento operativo estándar de nuestros investigadores estadounidenses”.
Cuando críticas como las de Utley y van Roden salieron a la superficie, todavía en tiempos en que las víctimas eran colgadas por cientos, los responsables defendieron sus métodos. “No podríamos haber hecho que esos pájaros hablaran de otra manera”, explicó el coronel A.H. Rosenfed. “Fue un truco, y funcionó a las mil maravillas”.
Nada antisemita ella misma, sino que compartía tanto el mismo fervor antinazi así como el fervor anticomunista, la periodista Freda Utley explicó el creciente espíritu de esos tiempos en The High Cost of Vengeance (El alto costo de la venganza): “Son los judíos americanos (a menudo también los polacos o rusos) y los exiliados retornados quienes parecen decididos a vengar la agonía de los judíos en el Reich de Hitler al castigar a todo el pueblo alemán”.
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Un año después del final de la guerra, el antiguo Reich era todavía una tierra de “trogloditas”, con residentes urbanos que se aferraban precariamente a sus cuevas y grietas. Después de ver con sus propios ojos las condiciones en Hamburgo, Victor Gollancz se horrorizó. El editor judío le dijo a su mujer en Inglaterra:
Ella [una sobreviviente alemána] parecía de cincuenta años pero sospechaba que tenía unos veinticinco: una extraordinaria criatura con una enorme nariz, un huesudo y demacrado rostro, y varios dientes ausentes. También parecía estar medio coja, y su mano temblaba terriblemente, supongo que de hambre.
Sin protección, los huérfanos envejecían rápido y las niñas más rápido que todos. Al igual que sus hermanas mayores, los niños pronto descubrieron que la venta de sus cuerpos podía evitar la inanición.
En su mensaje de víspera de Navidad de 1945, el Papa Pío XII hizo un llamado al mundo para poner fin a la “crueldad mal concebida” que, sin conocimiento público, destruía al pueblo alemán. Tan poderosa como podía ser la petición papal, sin duda un informe posterior presentado por Herbert Hoover acarreó mayores consecuencias. Después de visitar Alemania, el ex presidente de los Estados Unidos dijo que los niños sin hogar se congelaban a muerte por centenares.
También salían a la superficie horribles historias de las cámaras de tortura aliadas. “LOS ESTADOUNIDENSES TORTURAN A LOS ALEMANES PARA OBTENER CONFESIONES”, corrieron titulares británicos. “Una fea historia sobre las bárbaras torturas infligida en nombre de la justicia aliada… hombres fuertes fueron reducidos a la ruina y listos para mascullar cualquier cosa que exigieran sus fiscales”.
Avergonzados y estupefactos, muchos estadounidenses quedaron impactados. El enterarse de las atrocidades aliadas contra Alemania en su conjunto, era, dijo Henrick Shipstead en el pleno del Senado estadounidense, “un monumento de perene vergüenza americana: el Plan Morgenthau para la destrucción de la gente de habla alemana”. Aunque Henry Morgenthau había sido destituido por Truman, y aunque algunos de los aspectos más salvajes de su plan habían sido dejados de lado, el acuerdo firmado por los victoriosos aliados en Potsdam fue en muchos aspectos más draconiano que el documento original.
No obstante, a pesar de que crecía el coro de los críticos sobre el tratamiento sádico de Alemania, una pesadilla de proporciones casi increíbles se desarrollaba detrás de la Cortina de Hierro.
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Dos cuestiones:
Sobre el concepto “gentil” y sobre cultura y religión
Ruso anónimo, La dormición de la Virgen (detalle) ~ s. XIV (Museo Nacional de Estocolmo)
Como el símbolo de la llamada dormición de María en teología cristiana, Europa duerme y hay que despertarla. A continuación reproduzco otro artículo de Manu Rodríguez sobre el tema:
Los términos “gentil” y “gentilidad” no tenían, en su origen, nada que ver con “cortés”, “cortesía”, o términos afines. Eran las palabras que judíos y cristianos usaban para designar a aquellos que no eran judíos o cristianos, y se usaban de forma peyorativa para designar a todo otro—la “gente”, o las “gentes”. Estos términos son traducción del término hebreo goy (goyim, plural), de igual significación. El término griego para el caso es etne (acuérdate de la música “étnica”). Recuerda también que se suele hablar de religiones étnicas (a las cuales también podríamos denominar religiones gentiles), esto es, de religiones/culturas no universales, culturas ancestrales ligadas a un pueblo y que entran en pugna con el universalismo y el totalitarismo del cristianismo, o el islamismo (porque corren el peligro de desaparecer). Estos términos (“etne”, “gentil”…) se usaban como equivalentes del concepto “pagano” (que se refiere a las primitivas tradiciones campesinas—de pago, que significa “campo” en latín), o del posterior “infiel” usado por los musulmanes, y eran susceptibles de ser usados también como armas conceptuales; como conceptos generales, tenían (y tienen) la “virtud” de hacer desaparecer a los diversos pueblos y culturas, de borrar las diferencias esenciales; la humanidad se dividió en cristianos y paganos, o en musulmanes e infieles.
Yo reivindico esta primitiva acepción del término “gentil” para designar, como digo en el blog Europa Gentil, a la Europa no cristiana, no judía, o no musulmana; a la Europa autóctona y ancestral; a la nuestra, a la propia. Es como decir: “Sí, nosotros somos los otros, los gentiles, y nos sentimos orgullosos de ello; nos sentimos orgullosos de no ser vosotros”. Es el orgullo y el honor de no haber roto el nexo milenario que te une a tu pueblo, a tu genio, a tu ser.
El uso actual del concepto “gentil” (como sinónimo de “cortés”, “galante”, o “delicado”) comenzó en la Edad Media (siglos XII y XIII), y fueron los poetas del así auto-denominado amor gentil (Guitone, Guinizelli, Cavalcanti, Dante…), herederos de los poetas del amor cortés (los trovadores), los que lo retomaron y volvieron a ponerlo en circulación ya con esta significación añadida. De esta manera se distinguían de los cristianos. Era una forma divertida y sutil de oponerse a éstos (a su ideología y a su poder), así como de burlar la censura. Confesarse gentil era confesarse cortés, y era confesarse no-cristiano… Hay que tener en cuenta la ambigüedad y, al mismo tiempo, la equivalencia lógica y semántica que introdujeron los poetas e intelectuales de aquel período en estos conceptos: “gentil” valía como “cortés”, y como “no judío”, “no-cristiano”, o “no-musulmán”. Un concepto llevaba a otro. “Sólo en corazón gentil cabe Amor…”, dijo Guinizelli. ¿Cómo hay que leer, escuchar, o entender esto?
También a finales del siglo XIII apareció un libro titulado De los tres impostores, refiriéndose, no hay qué decir, a Moisés, Jesús, y Mahoma. Todo esto (innovación semántica y aparición del libro) sucedió al mismo tiempo y en el mismo lugar: a lo largo de la segunda mitad del siglo XIII, y en Sicilia, en la corte de Federico II, al cual se le atribuye la autoría del libro citado. (Tal texto puede ser traducción o paráfrasis del libro aparecido en Bagdad hacia 1280 Examen de las tres fes, escrito en árabe por un médico y filósofo judío llamado Ibn Kammuna.)
Hay que decir que todo comienza cuando los poetas del amor cortés, que radicaban básicamente en la Provenza y en el Languedoc, buscaron refugio en la corte de Federico II huyendo de las persecuciones y las matanzas que Simón de Monfort, bajo la dirección y la orden del Papado, estaba realizando por aquellas tierras con el pretexto de acabar con los herejes cataros y albigenses. Hubo más de treinta mil víctimas.
Los poetas trovadorescos y los del dolce stil novo, los poetas del Amor cortés y del Amor gentil, son los poetas del dios Amor, del dios otro, del dios gentil. Aquella época fue para Europa un proto-Renacimiento, o un conato de ello; un destello de luz, un amago de aurora.
Todo este excurso viene a cuento por tu conexión de “gentil” con “idílico”. Te has movido en el campo de resonancias conceptuales del uso moderno del término “gentil”. Hay que tener en cuenta también el antiguo; o pensar en todos los usos posibles de un término, para hablar de manera filosófica.
Aclarado esto, te responderé. Ni idealizo, como dices en otro lugar, ni consideró idílico el pasado de mi pueblo, pues no se trata de eso. No se trata de que el pasado de mi pueblo fuera idílico o no (además, ¿desde qué punto de vista “idílico”; para quién?); se trata sencillamente de que es el pasado de mi pueblo, de mi gente, de mi sangre, de mi ser. Y no veo por qué he de abandonar o ignorar o desconsiderar el pasado propio, o, como sucede en las “conversiones”, abandonar el propio y adoptar el ajeno, lo que sería, en ambos casos, auto-alienación. Bien al contrario, he de tener mi pasado en lo más alto, y he de anteponerlo a otros. Es lo que un pueblo no debe perder, so pena de desaparecer él mismo. Es lo que un pueblo no debe perder en absoluto.
Te recuerdo que los cristianizados, sean de donde fueren, tienen a los patriarcas de los judíos como antepasados propios, y la historia de Israel y del pueblo judío como sagradas, así como santa a la tierra de Israel. Para los musulmanes, sean de donde fueren, y no sólo para los salafistas (de salaf, “antepasado” en árabe), el período de los antepasados está en los primeros tiempos tras la muerte de Mahoma, descansa en los primeros califas; su propio pasado pre-islámico es como si no hubiese sido, lo que vale también para los pueblos cristianizados y su pasado pre-cristiano. El pasado pre-cristiano o pre-islámico de los pueblos es destruido, o satanizado. Es todo un despropósito. Multitud de individuos y pueblos con pasado y antepasados espurios; aquí y allá. ¿Qué pasa con sus verdaderos antepasados, su propia historia, y su tierra ancestral?
No nos olvidemos de las vastas zonas cristianizadas o islamizadas, de los numerosos pueblos alienados de su propia cultura autóctona y ancestral. No hay más que cristianos, o musulmanes, o budistas… Creyentes por doquier. No hay pueblos, no hay otras culturas. Para numerosos pueblos e individuos sus figuras santas y sus lugares santos está en Israel y Jerusalén, o en Arabia y La Meca. Es una alienación colectiva, planetaria; un desarraigo universal.
Es la propia ideología judeo-cristiana, no su manipulación, la que sumió a toda Europa en la oscura Edad Media, en un “invierno supremo”. Hasta el Renacimiento no se comenzó a resurgir. Se recuperaron poco a poco las tradiciones jurídicas, artísticas, filosóficas, políticas y demás de la cultura greco-romana—la democracia que tanto hoy apreciamos. Se recuperó la gentilidad. Volvimos a pisar terreno europeo. Estábamos en casa. Habíamos vuelto.
Hay muchas historias truculentas, verdaderas y/o falsas, que pusieron en circulación en Europa los primeros cristianos para minar la confianza que aquellos pueblos tenían en sus propias tradiciones culturales. Se prodigó una visión negativa de las antiguas culturas—ya sin distinción, renombradas como culturas simplemente “paganas”. Se las despersonalizó, se las desdibujó.
Lo que padecemos hoy en Europa con los musulmanes es lo que el ámbito cultural greco-romano (y finalmente toda Europa) comenzó a padecer con los cristianos hace casi dos mil años. La misma crítica, la misma propaganda, la misma campaña de intoxicación, la misma estrategia de desprestigio y desmoralización de los pueblos a los que se pensaba cristianizar (ahora islamizar). El mismo proceso de aculturación y enculturación. La misma insidiosa destrucción de la memoria. Nuestras tradiciones discutidas, nuestros antepasados vituperados, mancillados; nuestro ser todo pisoteado.
Volverán a alienarnos culturalmente; volveremos a ignorarnos. La historia se repite. Perderemos de nuevo la recién recuperada gentilidad. (Estas frases puedes ponerlas también en interrogación; que pasen de aseverativas a interrogativas. La duda o la incertidumbre resultan menos dolorosas que la certeza; dan esperanzas.)
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Querida C:
Un “slogan” no es una cultura. En una cultura están implicados miles de seres humanos y miles de hechos. Es de justicia tener en cuenta a todos y a todo (en la medida de nuestras posibilidades). Un “slogan” puede ser representativo de una ideología religiosa (el que tú mencionas, “ama a tu prójimo como a ti mismo”), o una política (“proletarios de todo el mundo…”), o una filosófica (“trata al otro como quieras que te traten a ti”). Estas frases, más sonoras y rimbombantes que efectivas, pueden formar parte de una cultura, pero no la representan de ninguna de las maneras. No es tan simple la cosa.

Ruso anónimo, Icono bizantino ~ s. XIV (Museo Nacional de Estocolmo)
La cultura de un pueblo es su religión; y cuanto más ligado esté un individuo a su propia cultura, tanto más religioso será. Toda la cultura, incluida la culinaria, o la manera de hacer sus necesidades, hacer el amor, o enterrar a sus muertos; su ciencia, su derecho, su música… Todo. Lo grande y lo pequeño; tierra y cielo. Y eso es lo que cada pueblo debe amar con todas sus fuerzas, y defender hasta la muerte: su propio patrimonio lingüístico-cultural, su propio mundo, sus propias condiciones espirituales de existencia; la atmósfera, el aire que requiere para respirar con amplitud y libertad. Es también el fruto de las generaciones.
En cuanto a esa frase que citas, y a esa religión, han causado en el mundo tanto daño como el que ha causado y causa el islam (recuerda lo del “el islam es paz”). Esas frases no han servido más que como instrumentos de poder y de dominio de las castas sacerdotales y políticas. Han destruido centenares de culturas y hecho desaparecer del mundo cientos de pueblos. La propia cultura china ha estado a punto de desaparecer a causa del comunismo. Se perdió la cultura egipcia, la persa, la griega, la romana… En el nombre de esas ideologías, de esos principios; en el nombre del dios de los cristianos, del dios de los musulmanes, del humanismo comunista. Toda la humanidad ha perdido: todos, individuos y pueblos, hemos perdido algo de nuestro ser. El árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida, el árbol más puro, está desmochado, sucio, roto. Labor futura será el purificarlo y recomponerlo.
El resultado final de toda esta triste historia es que no quedan en nuestro mundo sino esas pocas ideologías religiosas y políticas. Se han adueñado del planeta y lo han dividido y enfrentado. Las áreas de dominio de estas ideologías están en guerra entre sí. Nosotros, los humanos, no somos más que herramientas en manos de sus líderes religiosos o políticos. Nos enfrentan unos a otros; somos sus peones, sus soldados… Nos alienan y nos instrumentalizan. ¿Hasta cuándo?
Hablar de este tema me entristece. Tu salida me entristece. Te veo atrapada y alienada por una figura y una ideología (un personaje y su “slogan”, su “mensaje”). No eres un “espíritu libre”, aún hablas de “mensaje” y de “verdad” (de “un” mensaje y de “una” verdad), aún no te has desatado—des-alienado. Necesitas volver en ti, volver a tu pueblo, a tu gente.
¿Por qué una cita de Jesús, por qué no una cita de Tales, Solón, Tirteo, Jenofonte, Heráclito, o Píndaro? ¿Cómo tan lejos de casa? ¿Es que no conoces ya a los tuyos; te has olvidado que tienes antepasados y sabios propios? Se descuidan las enseñanzas del propio pueblo. Esto es muy común en nuestros días. Citas budistas, taoístas, cristianas o musulmanas en los labios de nuestros hombres y mujeres; y la ignorancia o el olvido de lo propio. ¿Qué saben de sus propios sabios, o de su propio pueblo?
Esos grandes personajes de los que hablas, los que proporcionan esos “slogans” maravillosos, aquellos que proporcionan el “mensaje” y la “verdad, y a los que yo no dudaría en llamar grandes narcisos, son también los “grandes hermanos” de ideologías totalitarias, de religiones universalistas, de teocracias, de tiranías sacerdotales o políticas (Jesús, Mahoma, Buda, Lenin o Stalin, Mao, Castro, el “Che” Guevara…). En nuestra Edad Media, y en los conflictos entre cristianos y musulmanes está ya todo 1984 cumplido. Ahí también puedes encontrar a los O’Bryan (Bernardo de Claraval…) y a los Winston Smith y Julia (Pedro Abelardo y Eloísa); y el mundo dividido y enfrentado. En aquella Edad Media donde los únicos puntos de luz eran los poetas del amor cortés o del amor gentil. Allí donde se aposentan y alcanzan el poder estas monstruosidades ideológicas comienzan lo sombrío, lo tenebroso; la locura y el horror. Que no nos engañen con “slogans” humanitarios. Su palabra es amor y paz, pero su obra es discordia y muerte.
Tu ocurrencia es la de muchos: se hace uso de estas expresiones, de estos “slogans” salvadores, y a continuación se dice: “Si todo el mundo hiciera eso, o se comportara así…” Esto es lo que en lógica se conoce como una proposición contrafáctica, contra los hechos, imposible. Exige, requiere que no seas tú, que seas “otro/a”. Que el salmón no sea salmón, que la encina no sea encina; que todo pez sea atún, que todo árbol castaño. Es una oración condicional, no constructiva, nula, vacía. Eso y nada es lo mismo. Por lo demás, no habéis pensado hasta el final eso que proponéis. La homologación de todos, la clonación simbólica. Me da que habláis por hablar, haciéndoos eco del vacío de vuestras proposiciones. Es como un hábito, estamos acostumbrados a oír y a decir frases semejantes; a hablar en vano.
Cuando le damos cabida en la ficción, la homologación llevada al extremo da pánico; resulta terrorífica, angustiosa. Pese a todo, es el discurso y el sueño de los tiranos y de los narcisos de todos los tiempos y todas las latitudes (una república de “yoes” a su imagen y semejanza): “todo el mundo como yo, hechos a mi manera, a mi medida; si todo el mundo fuera como yo…” (y aquí viene que este narciso se considera a sí mismo como el “único” modelo válido de humanidad), “…si amara a su prójimo como a sí mismo… ¡Oh!” Así monologan los “grandes hermanos”.
Acuérdate del propio converso cuando, finalmente poseído (destruido), dice aquello de: “ya no yo, sino Cristo en mí”. Éste es el siniestro fruto del “niégate a ti mismo y sígueme”. Tenemos la homologación cristiana, cuyo modelo y gran hermano es Jesús, tenemos la homologación musulmana, cuyo modelo y gran hermano es Mahoma, tenemos la homologación budista… Tenemos la homologación comunista, con varios modelos—desde la pareja Marx-Engels, hasta el “Che” Guevara. Como virus circulan tales modelos, los prototipos a clonar. Y los bien clonados serán los “buenos” cristianos, los “buenos” musulmanes, o los “buenos” comunistas; tanto más perfectos cuanto más se aproximen al modelo. Hasta fundirse con él, como sucede en la mística cristiana, musulmana, o budista. Ésta es la suprema alienación, la extinción del sujeto y el triunfo absoluto del modelo. No sé cómo no nos estremecemos de horror ante estos procesos de alienación. El modo de reproducción de los prototipos; el proceso de duplicación, la destrucción del anfitrión.
Son diversos los modelos o sistemas de universalismo, totalitarismo, y homologación/alienación (los grandes hermanos), pero la represión, la intolerancia, la persecución, y la muerte que traen consigo son las mismas. Son utopías que, llevadas a la práctica, cumplen lo que dicen nuestros premonitorios relatos de ficción, conducen al absurdo y al horror.
La misma opinión que nos merecen los europeos que se islamizan hoy podemos tener de los europeos que se cristianizaron ayer, o de aquellos que aún hoy defienden y mantienen el cristianismo de una u otra manera. O saben, o no saben.
Están los perfectamente alienados/adiestrados/instrumentalizados desde la cuna. Son también los desarraigados, los llevados a otro lugar; los espiritualmente extrañados; los decapitados (los que no tienen “cabeza”).

Maestro del Taüll, Bartolomé y María ~ siglo XII, Museu Nacional d’Art de Catalunya
Los peores son, sin duda, los conversos. Los que voluntaria y deliberadamente abandonan lo propio y adoptan lo ajeno; los que abandonan a los suyos; los que se auto-extrañan de su propia familia, de su propia gente, de su propio pueblo. Son los únicos infieles; no hay otros infieles.
Espero que mis palabras te ayuden a redefinir o a reubicar los conceptos “cultura” y “religión”; y a reencontrarte con ellos.
Hasta la próxima,
Manu
Tormenta infernal: capítulo 11
En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson
Pasajes del libro de Thomas Goodrich
Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)
El mayor crimen de nuestra época
En virtud de acuerdos de Yalta, articulados en Potsdam, Rusia recibiría grandes extensiones de territorios alemanes y polacos en el este y, como compensación, Polonia absorbería grandes extensiones del ex Reich en el oeste, incluyendo gran parte de Prusia, Pomerania y la muy rica e industrializada provincia de Silesia. Lo que tal acción implicaba fue escalofriantemente revelado por Winston Churchill. Cuando un oficial polaco expresó dudas de que la expulsión masiva de personas podría llevarse a cabo, el primer ministro británico despachó así sus preocupaciones: “No hagas caso a los cinco o más millones de alemanes. Stalin se encargará de ellos. Usted no tendrá ningún problema con ellos: Van a dejar de existir”.
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Cuando historias terribles como lo dicho arriba [la implementación genocida de los acuerdos de Potsdam descritos por Goodrich en diecisiete páginas] comenzaron a circular en Estados Unidos y Gran Bretaña, los lectores se sorprendieron y escandalizaron. Vengativos y sanguinarios como muchos occidentales habían sido durante la guerra, en tiempos de paz la mayoría no tenía estómago para una masacre fría y calculada del enemigo caído.
“Se está haciendo un intento deliberado de exterminar a millones de alemanes: privándolos de sus hogares y de alimentos; dejándolos morir a través de una lenta inanición”, advirtió el influyente filósofo británico Bertrand Russell en The London Times. “Esto no se hace como acto de guerra, sino como parte de una deliberada política de ‘paz’”.
“La escala de este reasentamiento y las condiciones en que se lleva a cabo no tienen precedentes en la historia”, añadió Anne O’Hare McCormick en el New York Times. “Nadie que de primera mano vea estos horrores puede dudar que se trata de un crimen contra la humanidad”.
Austin App, un académico estadounidense igualmente indignado, escribió:
¿No podría cada uno de nosotros escribirle al presidente Truman y otra carta a cada uno de nuestros senadores, pidiendo que no hagan de Estados Unidos un socio en la mayor atrocidad masiva ahora registrada en la historia? Llamarle “la mayor atrocidad masiva hasta ahora registrada en la historia” no es retórica ni ignorancia histórica, sino verdad y cordura.
El hecho de repartir tres o cuatro antiguas provincias de un país, y luego saquear y despojar a nueve millones de personas de sus casas, granjas, ganado, muebles, e incluso ropa, y luego expulsarlas de las tierras que han habitado durante 700 años sin distinción entre inocentes y culpables, para llevarlos como animales no deseados a pie a las provincias lejanas, sin protección, sin techo, y con hambre es una atrocidad tan grande que la historia los no osa registrar.
Afortunadamente, estas voces de protesta y la presión que ejercieron sobre los líderes occidentales eran signos de que el tormento físico de Alemania se acercaba a su fin. Por desgracia, cuando las historias llegaron al dominio público casi todas las acciones ya habían sido consumadas. De los aproximadamente once millones lanzados de sus hogares en Prusia, Pomerania y Silesia, se estima que dos millones, en su mayoría mujeres y niños, perecieron. Igualmente horrible, aunque menos conocido, fue que cerca de un millón de alemanes murieron durante una expulsión similar en Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Yugoslavia. Además, se estima que más de cuatro millones de alemanes fueron enviados al este de Rusia y en otros lugares donde sus probabilidades de sobrevivir como esclavos eran peores que en calidad de refugiados.
Mientras que líderes occidentales como Winston Churchill expresaron asombro ante la tragedia que había caído en el este de Alemania, poco se dijo sobre la hambruna deliberada en el resto del Reich, y el silencio absoluto reinaba sobre las cámaras de tortura de los aliados en Alemania y Polonia; las masacres de los miembros del partido nazi y tropas de las SS ahí donde los encontraban, o los campos de la muerte dirigidos por Eisenhower. En su conjunto no es improbable que más alemanes murieran durante los primeros dos años de “paz” que los que murieron durante los seis años anteriores de guerra. Como la revista Time había dicho, realmente fue “la paz más terrible de la historia”.
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Ninguno de los grandes (o menores) crímenes de guerra aliados corría el riesgo de ser llamado a rendir cuentas—ni lejanamente. En niveles inferiores, los aliados que cometieron las atrocidades de Dachau, Nemmersdorf y otros miles de puntos en el mapa fueron perdonados discretamente, mientras que en el extremo superior los generales americanos se convirtieron en presidentes, y, los primeros ministros ingleses, en caballeros británicos.
Mientras tanto, las auténticas voces de conciencia se ahogaban entre un verdadero mar de adulación aliada junto con la celebración de la victoria, además de que gran parte de la atención mundial puso sus ojos en Nuremberg. Allí los vencedores se sentaron juicio sobre los vencidos. Allí los líderes alemanes fueron acusados, juzgados, declarados culpables y ahorcados por haber fraguado una guerra de agresión… para hacer la guerra criminal… por crímenes contra la paz y la humanidad… por crímenes de lesa… Y todo esto se hizo con aires de presunción y en toda seriedad.
Desde lejos Austin App vio la farsa de Nuremberg con creciente indignación. Al igual que muchos otros, el académico estadounidense había seguido de cerca el curso de la guerra, y estaba indignado por tamaña hipocresía:
Los alemanes tienen mucho de qué sentirse culpable ante Dios. Pero no tienen nada que sentirse culpable frente a los aliados. Cualquier alemán que aún se siente culpable ante ellos es un tonto.
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Carta de Manu
He estado leyendo los artículos relacionados con el aniversario de Hitler que se han estado publicando en CC [Counter-Currents Publishing] y en otros sitios, y me han hecho pensar acerca de mi actitud crítica (abierta) con respecto a él. Me gusta el artículo de Johnson (“The Burden…”) en CC (es del 2011).
En este tiempo de derrota, en este interregno (como tú dices en algún lugar), en esta noche que padecemos, no es prudente, ni sabio, desde nuestras filas, lanzar la más mínima crítica sobre el período nazi (no podemos pasarle armas al enemigo). Por lo demás, es el único hecho de relevancia de nuestros pueblos en los últimos miles de años, me atrevería a decir.
Ciertamente este aniversario, los artículos, pero también tus palabras, me han hecho repensar todo este período. En este período el pueblo arya aparece identificado y reconocido por primera vez en la historia de los pueblos. Por primera vez nuestros pueblos adquieren conciencia de sí, acerca de su origen y de su naturaleza. Desde el surgimiento de nuestro pueblo (aquel núcleo primitivo), hace seis o siete mil años, no se había producido un evento semejante. Fue una aurora, una nueva aurora. Fueron momentos sublimes.
Este “nacimiento” tiene que ver con el surgimiento de los estudios indoeuropeos, y los estudios sobre evolución y genética de la época. Se difundieron conocimientos nuevos acerca de nuestro ser biocultural; acerca de nuestra raza, y de nuestras lenguas y culturas. Fue un reconocimiento. Fue como mirarnos por primera vez en un espejo. Estábamos allí, en aquellos textos: en los himnos del Rig Veda, en la Ilíada, en la Eneida, en los Eddas, en el Mabinogion… Éramos nosotros, nuestra sangre, nuestro genio, nuestra raza, la que había generado aquellos textos, aquellas culturas, aquellos mundos.
La swastica, nuestro estandarte, no sólo se alzó contra el liberalismo y el comunismo… Apenas empezamos a comprender hoy la grandeza y el alcance de su misión—y de nuestra misión. Para situarnos podemos hacer nuestras estas certeras palabras de Saint-Loup (es el primer aforismo de Quotations):
[Hitler était] l’homme qui avait jeté au monde ce prodigieux défi : attaquer en même temps le capitalisme anglo-saxon, le bolchevisme rouge, le racisme juif, la franc-maçonnerie internationale, l’Eglise catholique, le paupérisme et les iniquités sociales, le traité de Versailles, le colonialisme, la pagaille française et la Home Fleet.
Y la lista no está completa.
No fue sólo Hitler, fue Alemania entera; el completo pueblo alemán. Fue una “empresa” colectiva.
Nace armada, como Atenea, la comunidad alemana, la primera comunidad arya en despertar, o en renacer, y lo hace para combatir contra aquellos que han procurado su mal; contra todo un entorno cultural contrario, adverso, que niega su ser. Espiritualmente alienada tiene que luchar contra el engaño judeo-mesiánico, contra el “milenio cristiano”. Y no fue el único engendro judío con el que tuvo que enfrentarse esta recién nacida nación arya, también el comunismo medraba entre la población haciendo estragos, y otros. La hidra judía se había multiplicado, se había ramificado; tenía demasiados rostros, demasiadas cabezas.
No parece que hayamos tenido sino un solo enemigo a lo largo de la historia, los pueblos semitas y sus discursos (judíos, judeo-mesiánicos, y musulmanes). Nos dominan espiritualmente. Es múltiple la alienación que padecemos a manos de semitas o de ideologías semitas (religiosas, políticas, económicas; antropológicas, sociológicas, psicológicas…).
Nuestro enemigo nos posee de una u otra forma. La espantosa hidra judía. Tifón. El mal, nuestro mal.
¿Fue un despertar, o un nacimiento prematuro? Demasiado joven esta comunidad para enfrentarse a este monstruo milenario. Como un joven héroe ha fracasado en su primer intento por derrotarlo. Demasiado vieja y astuta esa monstruosidad. Se zampó al muchacho, y a la joven comunidad arya, en unos pocos años.
Fue el primer intento, nada más; el primer combate verdadero. Hasta entonces habíamos estado padeciendo sus imposiciones y estrategias sin advertir siguiera que estábamos siendo atacados. Llevaban miles de años privándonos de nuestras cosas, negándonos nuestro ser ancestral, vituperando a nuestros antepasados, mancillando nuestros lugares sagrados; dividiéndonos, enfrentándonos –sembrando la discordia entre nosotros. Hay que advertir el dualismo (maniqueísmo) judeo-mesiánico en su libro sagrado (AT y NT), pero también en el marxismo, o en el psicoanálisis. La diseminación de estas ideologías forma parte de su estrategia de dominio.
Somos un pueblo joven, una raza joven. Nos falta experiencia. Este interregno ha de servir para fortalecernos espiritual y culturalmente.
Dices tú, en un comentario en el artículo de Johnson (The Burden…), que el “revisionismo” de Hitler y el periodo nazi es esencial. Estoy absolutamente de acuerdo, el período nazi en su conjunto (desde que nace hasta que cae vencido) hay que reivindicarlo, y hay que reivindicarlo por varias razones. Es esencial en nuestra historia, en la historia de los pueblos aryas. Se trata de nuestro nuevo nacimiento, de nuestro primer enfrentamiento con un enemigo milenario, y de nuestra primera derrota. Ni más ni menos. Este episodio tiene que tener absoluta preeminencia entre nosotros. Ha de ocupar el lugar más alto en nuestra memoria, en nuestras reflexiones, en nuestros corazones.
Hay que rescatar la memoria de ese período y elevarla a lo alto con orgullo. Debemos estar orgullosos de ese período. Fuimos derrotados, pero no vencidos. Seguimos vivos y activos. Si no vencemos a la próxima, venceremos a la siguiente. Venceremos al fin. Lo sé.
El nacimiento de nuestro pueblo se gesta en los años previos a la llegada de Hitler al poder. La conciencia arya de todo un pueblo vio entonces la luz, o recibió su “bautismo” público. Todo un pueblo se reconoció. Es 1933 el año de su nacimiento. La primera comunidad arya que se reconoce como tal. Su derrota se produce el año 1945. Estamos, pues, en el 80 aniversario de su nacimiento; del nacimiento de la primera nación arya, de la nación arya misma.
Ese período es un hito sin igual en nuestra corta historia. La primera aparición de nuestro pueblo en la historia. Ahora somos un pueblo –la nación arya.
Hitler simboliza nuestro primer período, nuestra primera batalla, y nuestra primera derrota. Su lucha era nuestra lucha. Su derrota, fue nuestra derrota. Pero no ha acabado con nosotros esta derrota sufrida en nuestro primer enfrentamiento abierto contra el mal; contra nuestro mal. Fuimos derrotados, si, ¿y qué? Era enorme aquello contra lo que se luchaba. Demasiados tentáculos la hidra. No pudo ser. La próxima vez conseguiremos vencerla, o la siguiente. La guerra tan sólo ha comenzado.
Estos aniversarios de Hitler y del nacimiento de nuestro pueblo han sido también para mí como un pequeño renacimiento. Digamos que veo más luz, que veo más claro. Presiento, barrunto la próxima batalla (que habrá próxima batalla). Y esta vez tendremos un espacio desde donde avanzar, un baluarte, un punto de apoyo (la propia nación arya). Reconquistaremos a nuestros pueblos. Tenemos muchos y muy buenos guerreros espirituales, y bien armados de conocimiento y de verdad. Al final, venceremos.
Éste es mi espíritu ahora. Ya somos un pueblo.
Chechar, siento que te debía esta carta (y a todos aquellos a quienes he contrariado con mis acerbas palabras acerca de Hitler y el período nazi).
Saludos,
Manu
Tormenta infernal: Epílogo
En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson
Pasajes del libro de Thomas Goodrich
Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)
Epílogo
Como Hans Woltersdorf observó, y como las tropas aliadas de ocupación corroborarían, lo que faltaba de parte del alma teutona después de la guerra era, sorprendentemente, el espíritu de odio y venganza.
Paradójicamente, mientras que los derrotados no tenían ni tiempo ni disposición de mirar hacia atrás, los vencedores lo hacían. Este proceso había iniciado antes de la guerra, y aún después la propaganda contra Alemania continuó con renovado vigor. En miles de libros, artículos y películas se le recordó una y otra vez al mundo que el partido nazi y los alemanes en general habían sido los únicos responsables de la guerra; que ellos y sólo ellos habían cometido bestiales atrocidades; que sólo el pueblo alemán y sus líderes habían sido criminales de guerra; que la culpa alemana había sido de alguna manera algo único y excepcional. Curiosamente, muchos de los que razonaban así, y que lo hacían con vehemente fogosidad, eran quienes más lejos habían estado de la lucha.
Entre los cercanos a la lucha, en cambio, la propaganda después de la guerra apenas tuvo efecto. De hecho, lejos de llenarse de odios, como se esperaba, muchos de los maduros soldados entre los aliados—aquellos que realmente lucharon en la tierra o desde el aire—resultaron ser los menos vindicativos y más perdonadores. Después de sentarse en la mesa de los alemanes, cenar con alemanes, beber con alemanes y a veces cortejar y enamorarse de las alemanas, muchas tropas aliadas finalmente empezaron a entender y a identificarse con ese pueblo. Demasiado tarde llegó a la mayoría la perturbadora comprensión que el enemigo no era tan distinto a ellos. Avergonzados por la propaganda sádica y sanguinaria que tan fácil se habían tragado y obedecido tan ciegamente, muchos jóvenes—americanos, británicos, franceses e incluso rusos—sabían muy bien por sus experiencias que ni los nazis ni los alemanes tenían una especial inclinación hacia el crimen, o de que hubiera algo singularmente maligno en ellos.
Una de los oponentes más abiertos sobre la “culpa excepcional” fue la intrépida periodista americana Freda Utley. “Una atrocidad deja de ser tal cuando se comete por una ‘buena causa’, esto es, por nosotros,” escribió la audaz autora en su libro de 1949, El alto costo de la venganza.
Pensé que era muy oportuno dejar de hablar de culpas alemanas, en tanto que no hubo crimen nazi que los aliados no cometieran. Ya he hablado del bombardeo arrasante, de la deportación y expulsión masiva de sus casas de doce millones de alemanes sólo por su raza; de la hambruna alemana en los primeros años de ocupación; del uso de prisioneros como trabajadores esclavos; de los campos de concentración rusos, y del despojo perpetrado tanto por americanos como por rusos … Comparado con las violaciones masivas, asesinatos y rapiña del ejercito rojo al final de la guerra, y del terror, esclavismo, hambre y robos en la zona oriental de hoy día, además del genocidio perpetrado por polacos y checoslovacos, los crímenes contra la humanidad cometidos por los alemanes y los condenados a muerte o cadena perpetua en Nuremberg parecen menores en extensión, si no en grado.
J.F.C. Fuller estaba de acuerdo. “Por cincuenta o cien años, y quizá más,” anunció el general de división británico, “las ciudades alemanas en ruinas serán monumentos al barbarismo de los conquistadores.”
Otro inglés en retrospección, tripulante de la Fuerza Aérea Real británica, expresó en simples aunque profundos términos el pensamiento que miles de soldados aliados, sin duda, también pensaron el resto de sus vidas: “Si los alemanes hubieran ganado, ¿seríamos nosotros tratados como criminales de guerra?… Esos pensamientos viven conmigo hasta hoy día.”
En su mayoría, esas reflexiones fueron manifestadas estrictamente en privado.
Hemos devuelto el mal de nuestros enemigos hacia nosotros ampliado por cien. Al hacerlo, algo de nuestra integridad ha sido destrozada; se ha perdido irrevocablemente. Todo, todo, fue en realidad una sola cosa: todo fue un horror espantoso de lo que nos enteramos, de lo que ayudamos a hacer… Enfréntalo cuando cierres este libro.
Cordial discusión
“Chechar” investigando las “Caras de Bélmez” en Andalucía en 1992.
Concluyó que el caso era un fraude.
Estos días el hallazgo de verdaderas gemas en el blog de Manu Rodríguez me ha llevado a traducir algunos de sus ensayos para mi blog en inglés y, con su permiso, estaré dispuesto a seguir traduciendo muchos otros. Sin embargo, debo decir que no estamos de acuerdo en todo. En su entrada “De mi correspondencia” el enero pasado, Manu escribió:
No me gusta el pan-germanismo de algunos autores. Demasiado provinciano, diría yo. En el periodo nazi, y pre-nazi, este pangermanismo les llevó a menospreciar al resto de los pueblos indoeuropeos. Hay que pensar en términos raciales blancos, simplemente, y en todos nuestros pueblos y tradiciones.
De lo poco que he leído de Hitler veo que, tomando en cuenta lo que realmente salió de sus labios (véase el libro Hitler’s Table Talks), el canciller no despreciaba a otros pueblos europeos. Admiraba enormemente a Italia por su arquitectura, por ejemplo. Y quedó pasmado cuando, después de conquistar Francia, visitó sus museos.
Hitler, y los suyos, son una grave obstáculo y un oprobio para la causa arya. No era el Führer adecuado; no era el que se esperaba –el que se espera. Su pangermanismo no pasaba de ser un micro-nacionalismo a nivel indoeuropeo (eurasiático); un provincianismo decimonónico.
Hay que tomar en cuenta que Hitler simplemente no podía pensar en términos de lo que, a mediados de los años noventa del siglo XX, en Estados Unidos se comenzó a denominar “nacionalismo blanco”. Por supuesto que un político de principios de siglo no podía sino pensar en términos nacionales, especialmente después de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial.
Es notorio el menosprecio (que denota ignorancia) en que tenía a los eslavos, cuando, siguiendo su idea (racial) al respecto, esto es, adoptando su medida, podía encontrar más aryas puros en Bielorrusia, Ucrania o Rusia que en la misma Alemania.
Yo creo que la animadversión contra Hitler se debe a la propaganda aliada después de la guerra, la cual nos persigue hasta la fecha. Te lo voy a poner de esta manera:
Si fuera posible, festejaría que los anglosajones, especialmente los americanos, fueran militarmente conquistados por un pueblo europeo debido precisamente a que han sido la fuerza más destructora para la raza blanca en el mundo moderno. (Ve por ejemplo las entradas en mi blog en inglés bajo el rubro “Who is the real foe?” que aparecen enlazadas debajo de la imagen de Lady Godiva.)
En 1942 la mayor fuerza antiblanca era la Unión Soviética, la cual había asesinado por hambre a seis o siete millones de ucranianos, en gran parte por haberles hecho el feo a los judíos en tiempos zaristas. Pues bien: ¿Qué de malo puede tener invadir a la nación que le había dado, por mencionar otros genocidios antiblancos, al judío Yagoda tal poder genocida de matar a otro tanto de millones caucásicos?
Si tienes a un asesino en serie de blancos de tamaña magnitud en la esquina de tu casa ¿qué tiene de malo invadirlo? En otras palabras, el problema de los alemanes fue militar, no moral. Debieron esperarse a tener la bomba atómica.
Como dije, actualmente quienes merecen una invasión son los gringos, quienes empoderaron a los judas como no lo había hecho ninguna nación blanca en toda la historia, probablemente ni siquiera la Rusia de Stalin. ¿Significa esto que desprecie a los anglosajones como raza?
Por supuesto que no. Significa más bien que desprecio una forma específica de cultura calvinista que ocasionó tanto la guerra de secesión decimonónica como el desenlace fatal de las guerras mundiales: una cultura casi del todo judaizada que nos está matando.
Es de notar también su despreciable círculo, afín al esoterismo más burdo, más plebeyo. Ciertamente, había mucha ignorancia y subcultura alrededor de Hitler y su ‘movimiento’; sus fuentes míticas o legendarias, por ejemplo, son espurias, inauténticas, impuras (son híbridos, mezclas, monstruosidades…).
El mismo Hitler decía que no se le puede exigir al político lo que se le exige al académico o al docto. Al político hay que medirlo en contraste a los otros políticos de la época, y Hitler admiraba enormemente la ley migratoria americana de 1924 porque impedía invasiones de color en nuestras tierras. Ese es el parámetro que nos importa. Si hubiera ganado la guerra, ni Europa ni Norteamérica estarían tan inundados de “raza”, como decía uno de mis tíos.
Hitler fue derrotado, ciertamente, pero también fracasó, y llevó a su pueblo a la derrota.
En realidad, lo que sucedió cuando nuestros padres eran niños fue el mayor crimen de la historia occidental. No exagero. Sugiero que leas los extractos que saqué de un reciente libro de Tomás Goodrich. Ese libro, Hellstorm, completamente cambió la noción que tenía de los sucesos.
Lo lamento por el pueblo alemán, aunque no es el único que ha pagado las consecuencias de su derrota. Ha perjudicado bastante a nuestra causa. Llevará años recuperar el prestigio moral ante nuestros hermanos.
Fueron los malditos aliados los responsables, no los alemanes.
Me atrevería a decir que no fue un buen líder, que no fue el Führer adecuado. Insisto, fue su propio pueblo el que, en primer lugar, pagó las consecuencias de sus errores (tácticos, militares), y de su ‘hybris’, como decían los griegos, de su soberbia y de su arrogancia. Un griego diría que Zeus le enloqueció y le condujo a su propia ruina. Alemania está moralmente postrada y humillada desde entonces.
Si leíste el Archipiélago de Solyenitsin verás que en un pasaje el gran escritor ruso, encerrado como estaba, casi deseaba una victoria alemana a fin de que pudiera salir de sus mazmorras y ver liberado a su pueblo.
Yo diría que la hybris fue la anglosajona, como dice Tom Sunic, aunque es obvio que Hitler cometió un error garrafal al invadir a la Unión Soviética.
Hitler. Un falso Führer que atentaba contra la verdad con sus torpes mistificaciones. Un militar frustrado e incompetente que llevó a su pueblo a la derrota y al deshonor (con sus locuras avergonzó y humilló a su propio pueblo). Un ignorante que iba contra su misma sangre –contra pueblos hermanos. Un falso héroe, un impostor. Así lo veo yo.
Yo creo que toda esa crítica debe dirigirse a los anglosajones, no a Hitler. Él quiso conquistar la Unión Soviética porque muchos judíos habían conquistado el poder allí, como MacDonald demostró en sus escritos, así como en la traducción en su blog del último libro de Solyenitsin (Doscientos años juntos, libro que ningún editor americano se atrevió a publicar).
Me encantaría que leyeras mis extractos de Tomás Goodrich, enlazados arriba, antes de continuar esta cordial discusión.
Un saludo,
César
El dios que desata y libera
por Manu Rodríguez
Me hablas de Occidente, de la decadencia de Occidente, del fin de Occidente… Pero es el Occidente Blanco el único que corre el peligro de desaparecer. El Occidente Blanco, las naciones aryas: Europa y la Magna Europa. El Occidente nuestro: nuestra fuerza, nuestro empeño, nuestra labor. El multiculturalismo y la inmigración están provocando la disolución de nuestras naciones. Nuestros países se llenan de subsaharianos, de musulmanes asiáticos y africanos (los más numerosos), de chinos… En su momento seremos minoría en nuestras propias tierras.
¿Nación arya? No somos aún una nación arya. No podemos constituir una “liga” de naciones aryas. No podemos acudir en nuestra defensa. Estamos atados, y desarmados. Primero tenemos que liberarnos. Somos, desde hace milenios, pueblos alienados, naciones alienadas. La tradición judeo-cristiano-musulmana, semita, nos domina por completo. Son, en último término, tradiciones semitas las que nos instruyen o conforman (nos deforman y destruyen más bien) desde que nacemos—desde la cuna a la sepultura.
No somos nosotros, no hablamos nosotros en tanto lo hagamos desde ese espacio, desde ese lugar: el ámbito judeo-cristiano-musulmán. Dentro de estas tradiciones no somos, desaparecemos.
♣
El cristianismo fue para nosotros un caballo de Troya (un regalo envenenado). Fue el arma usada por los judíos para introducir mansamente su mundo en nuestras mentes y corazones y hacer valer su causa (es el pueblo elegido); para minar también nuestra confianza en nosotros mismos, y sembrar la duda y la mala conciencia acerca de nuestras tradiciones; para disolver nuestra identidad cultural, para dividirnos, para debilitarnos, para deshacernos. La estrategia de Saulo, el apóstol de los “gentiles”. Tenía sus riesgos y desventajas para ellos mismos, pero les mereció la pena. Lograron sus propósitos. A la postre, la tradición judía se impuso sobre nuestros pueblos.
Con el “nuevo testamento” venía también el “antiguo testamento”, el completo mundo judío—que acabó devorándonos. La “buena nueva”, el “evangelio”, era el señuelo “luminoso”. El cristianismo es un judaísmo para gentiles. Un medio-judaísmo, añado; un judaísmo des-potenciado, descafeinado, castrado y castrante. Un ideario para esclavos, siervos, y subordinados.
El anti-judaísmo o la crítica a los judíos en los evangelios, o en Saulo, es una cortina de humo. Esto es lo que consiguió introducir el nuevo orden cristiano en nuestras tierras europeas: un nuevo y único dios, el dios de los judíos; una nueva y única tierra sagrada, Israel, la tierra de los judíos; una nueva y única historia sagrada, las escrituras judías (escritos judíos y judeo-mesiánicos—cristianos); una única lengua sagrada (el hebreo); un único pueblo elegido… Y no olvidemos que “la salvación viene de los judíos” (en el Nuevo Testamento). Entretanto, nuestros pueblos, tierras, historias, e identidades fueron desacralizados, profanados, y proscritos (antepasados, templos, lugares sagrados, tradiciones varias, libros…).
La cristianización de nuestros pueblos acabó destruyendo nuestras identidades ancestrales, nuestras genuinas señas de identidad. Se destruyó nuestra memoria colectiva ancestral. Fue un violento proceso de aculturación y enculturación. Allí morimos—murieron nuestros pueblos; o fuimos transformados en otra cosa. Allí comenzó nuestra alienación, nuestra vida alienada, nuestra historia alienada.
Tras las cristianizaciones nuestros pueblos dejaron de existir. No más griegos, romanos, godos, galos, o eslavos; a estos no se les dejó otra identidad que la de ser o no ser cristianos. A los diversos pueblos europeos aún no cristianizados se les hizo desaparecer, fueron aglutinados y difuminados bajo el término “pagano”, que viene a decir rústico o campesino. El término hacía alusión a los cultos campesinos romanos, pero también tenía connotaciones de inculto, de no cultivado o no civilizado. Era (y es) un término despectivo. Al igual que el de “goyim” (“gentes” o “gentiles”, dichos también despectivamente) que nos aplicaban y aplican los judíos (o el de “kafir” que más tarde usarían los musulmanes—el otro hijo judío, el otro vástago de la cepa judía, el segundo engendro).
Dicho sea de paso, el libro sagrado de los judíos (y de los cristianos) es un auténtico protocolo de acción con respecto a los otros, a los “goyim”, a las gentes, a los gentiles; la estrategia de dominio de los judíos (y los cristianos) frente a los otros. Advierte, por ejemplo, la técnica de difamar y minar la moral de los pueblos o ciudades cuya destrucción o conquista se pretende, aquello que envidian, codician, o temen: Egipto, Canaán, Jericó, los filisteos, Sodoma, Babilonia… Roma. (Occidente, en la actualidad). Los furiosos anatemas que se les lanzan. La pintura que hacen de sus poblaciones, de sus costumbres (su decadencia y todo lo demás). Es la injuria y la calumnia sobre los pueblos otros. Los musulmanes cuentan además con un texto suplementario, el Corán. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Corán se dan indicaciones literales y alegóricas de cómo se ha de conquistar, destruir o, simplemente, tratar al otro (“goyim” o “kafir”), los pasos a seguir. Son “artes de la guerra”, manuales de estrategia para todo tiempo y lugar. Tales estrategias de dominio se incluyen en lo que se define adecuadamente como “estrategias evolutivas de grupo” (en MacDonald).
Nosotros, los pueblos aryas, el Occidente Blanco, carecemos de tan manifiestas “estrategias evolutivas de grupo” (a la manera semita). No estamos, sin embargo, faltos de consejos y de avisos, de sentencias sabias, de libros luminosos; de sabiduría. Contamos además con mitos, leyendas, y cuentos maravillosos, los viejos relatos pre-cristianos, que nos proporcionan las armas y estrategias que necesitamos, y un lenguaje propio, el lenguaje épico-heroico nuestro. Pertenecen al tiempo en el que teníamos conciencia de grupo, cuando este sentimiento de pertenencia a un pueblo estaba aún vivo (romanos, germanos, celtas…). Los relatos sobre amenazas, por ejemplo, que afectan a todo el colectivo, o a todo el Reino. Son relatos en lenguaje figurado o alegórico, y pueden ser aplicados en las circunstancias adecuadas.
La estrategia evolutiva de judíos, cristianos, y musulmanes se encuentra, pues, en sus libros sagrados. No necesitan de otros “protocolos”, ni de otras hojas de ruta. Tales textos sagrados son intocables, por supuesto. Los aspectos supremacistas (megalomaníacos) o crueles implícitos y explícitos en dichos textos son generalmente excusados (dada su naturaleza arcaica y religiosa, dicen). Aún más, estos libros “sagrados” son universalmente elogiados por su humanidad y su altura moral. En ciertos círculos se les considera como pasados de moda, inocuos, inofensivos. No puede caber mayor confusión al respecto—mayor engaño.
No podemos reprochar al enemigo su astucia. Si se aceptan sus discursos (si se juega su juego) se aceptan su supremacía y nuestra sumisión. Así de simple. Y esto vale tanto para el discurso judío como para el cristiano, o el musulmán. “Te concedo la vida eterna si abandonas todo lo que tienes (o te niegas a ti mismo) y me sigues…”, de esta guisa son sus reclamos. Y así parten, bien pertrechados de cebos, a la pesca y captura; a ver quién pica, a ver quién cae. Así pasan los días y sobreviven. No podemos culpar al tramposo porque hayamos, nosotros o nuestros antepasados, caído en sus trampas. En nuestra mano está el no caer en ellas. Fuimos nosotros, los ingenuos, los bien-intencionados, los no avisados, los confiados y bobos blancos los únicos responsables de nuestra torpeza.
Hay que decir que en tal caída perdimos nuestra luz y nuestra libertad. Fue un error aquel paso dado, un grave error que las generaciones presentes y futuras hemos de reparar.
Ingenuos, tontos, indiferentes, cómplices, cobardes, venales fuimos. Hubo de todo en aquel descenso, en aquella muerte, en aquel olvido. Es bueno guardar memoria de este doloroso asunto. El tramposo no es cosa del pasado, sigue aún entre nosotros.
♣
Desde el siglo pasado contamos con una nueva hornada de instigadores judíos (Adorno, Marcuse…), y más recientemente musulmanes (Said, Rauf, Ramadan… El islam sigue desde sus comienzos la estrategia de los judíos, la ha mejorado incluso), que se dedican a criticar, censurar, y minar (sin la menor legitimidad) los fundamentos económicos, políticos, sociales, o culturales de nuestro mundo contemporáneo al tiempo que abogan por una sociedad multirracial y multicultural en nuestras tierras (¿con qué derecho estos extraños proponen cualquier modelo social en nuestras tierras?). Traen por igual la enfermedad y el remedio, por igual diagnostican y recetan, como los antiguos cristianos (con su pecado original, que afecta a toda la humanidad, y su bautismo reparador), o los modernos psicoanalistas (con sus malsanos complejos, poco menos que innatos y universales, y su correspondiente cura psicoanalítica). Las maquinaciones y triquiñuelas del enemigo. Hoy como ayer. De nuevo circulan impunemente estos miserables con sus ponzoñosos discursos mancillando, enfermando nuestro pasado y nuestro presente, y condicionando, poniendo en peligro nuestro futuro con sus insidiosas propuestas socioculturales, con sus maliciosas terapias sociales (con sus renovados anzuelos).
El novísimo testamento que nos predican estos nuevos apóstoles de la gentilidad nuestra (recién recuperada tras la caída del Antiguo Régimen). Es un nuevo ataque adaptado a los tiempos. Es una nueva amenaza. Es una nueva prisión, un nuevo oprobio, un nuevo exilio lo que nos tienen preparado.
Nos están construyendo un Occidente (un hogar) vago, difuso, borroso; de fronteras abiertas, tolerante, plural; multirracial, multicultural, cosmopolita. Una utopía, nos dicen, un paraíso. Están construyendo nuestra ruina, nuestro infierno; reduciendo nuestro espacio vital; destruyéndonos fría, lenta, y sistemáticamente. En nuestra propia casa. Los huéspedes, los invitados.
Es un lavado de cerebros colectivo el que padecemos bajo estos discursos de “salvación” (desde nuestros gobiernos, medios de comunicación, o centros de enseñanza). Han logrado capturar la atención y la simpatía de parte de la población (los “buenos”, la bien-intencionada izquierda). Están además los desgraciados conversos (los convencidos, los engañados, los confundidos…, los inconscientes traidores). Tanto unos como otros pasan a formar parte de las filas del enemigo entrando de este modo en guerra contra su propia raza, su propia gente, y sus propias tradiciones culturales; dañando, haciendo mal, perjudicando a los suyos. Saben bien dónde echar las redes estos granujas. Ahora como entonces.
Es un ataque múltiple y altamente peligroso el que padecemos en la actualidad—demográfico e ideológico. Son las últimas batallas en esta guerra fría que no tardará en tornarse caliente y cuya finalidad no es otra que la de acabar con la ancestral homogeneidad cultural y racial de nuestros Estados, naciones o pueblos. Desvirtuar nuestro continente, nuestra geografía humana milenaria. Destruirnos racial y culturalmente. Convertirnos en minoría en esta tierra nuestra, en la tierra de nuestros antepasados. Es la venganza perfecta; la venganza consumada. Finalmente desposeídos de nuestras tierras y de nuestros cielos (no habrá otros cielos que los semitas). Esta vez lo perderemos todo.
Estamos en desventaja ante esta ofensiva. Atados de pies y manos; moralmente desarmados. Con lenguaje prestado, ajeno, enemigo. El lenguaje cristiano o pseudo cristiano que se nos impone (todos los hombres somos iguales, derechos humanos universales…; tolera, sufre, ama al enemigo…) nos invalida, nos paraliza, nos enmudece, nos detiene. Con ese lenguaje jamás venceremos a nuestros enemigos, a aquellos que pretenden nuestro mal. Es el lenguaje que forjaron y forjan para nosotros los enemigos de nuestro ser; el arma “moral” que nos dejan, aquella que nos desarma absolutamente. Es el arte de transformar a lobos y osos en cabritos y corderos. Los regalos envenenados del enemigo.
No podemos reprocharle al enemigo ni su estrategia ni su voluntad de dominio. Hace lo que puede. Añado tan sólo que nuestra estrategia y nuestra voluntad de dominio han de superar con creces las del enemigo; nuestra luz y nuestra voluntad de futuro.
Liberarnos, recuperarnos, purgarnos. Deshacernos de ellos. De esto se trata. Sudarlos como una mala fiebre. Expulsarlos, arrojarlos fuera de nosotros; de nuestras tierras, de nuestras vidas. Purificarnos. Librarnos de nuestro mal. Sanar.
No será tanto una salida, un éxodo, como una expulsión, una purificación.
♣
Zeus es el dios-padre de nuestros pueblos, Zeus/Dyaus. Todos los pueblos aryas le invocan. Zeus es el dios de nuestro genio. Es un dios diurno, luminoso, solar. Nosotros amamos la claridad, la verdad, la justicia, la sabiduría.
Nosotros amamos también la embriaguez; la embriaguez divina, la que trae la alegría. Zeus/Dyaus es nuestro Soma, nuestro Dioniso, nuestro Balder, nuestro Lug. A él le debemos la claridad sin sombra, el vigor, y el entusiasmo.
Somos un pueblo en marcha; nunca quieto, nunca detenido. Siempre adelante, siempre en progreso. Somos un pueblo que marcha, que avanza, que va. Detrás tenemos muchas historias, muchos renacimientos; muchas auroras. Somos un pueblo que renace.
Somos también un pueblo con memoria. Un pueblo que no olvida su pasado, sus pasadas transformaciones. Desde el paleolítico a nuestros días. Un pueblo con memoria que vive conectado a todos sus pasados. El pueblo con más larga memoria es el pueblo con más largo futuro.
Esa memoria se recibe como un don santo. Es la memoria de mis pueblos; de todos los avatares, de todos los tiempos. Son los cielos de mis pueblos. El patrimonio espiritual, simbólico, de los pueblos aryas. Sólo mi pueblo tiene el derecho y el privilegio de recibir ese legado. Ningún otro pueblo tiene derecho a nuestra historia, a nuestra memoria, a nuestros cielos.
Europa, Aryana. La tierra madre de los aryas europeos; la metrópolis. Nuestra tierra sagrada.
La tierra de nuestros antepasados; y el espíritu, el genio de nuestros antepasados. Esto hemos de proteger y legar a los venideros.
Las presentes y futuras generaciones aryas tenemos una grave responsabilidad. Nos ha tocado el más arduo destino, el más necesitado de las mentes y de las manos de todos. En este trance, o nos salvamos todos, o no se salva ninguno. Hemos de reconstituir el árbol en su plenitud. No podemos dejar a ninguno de nuestros pueblos en manos de los semitas (judíos, cristianos, o musulmanes). Todos hemos de salir de esta noche, de esta muerte, de este abismo en el que llevamos cientos de años detenidos.
Amigo mío, en el combate se encuentran la luz y la libertad. Claridad, vigor, y entusiasmo te deseo. Que el dios que desata y libera esté con todos nosotros.
Carta a las generaciones identitarias
El propósito de estas líneas es informar a los jóvenes identitarios europeos acerca de algunas webs y blogs estadounidenses. Ahora mismo es en EEUU donde podemos encontrar no sólo la vanguardia sino la edad de oro del pensamiento racial blanco (arya, indoeuropeo, o como gustéis).
Digamos que los puntos de partida son el darwinismo, la sociobiología y la psicología evolutiva, y la genética, representados por autores ya clásicos como J. Philippe Rushton, autor de Raza, evolución y conducta, y Arthur R. Jensen (ambos recientemente fallecidos), entre varios otros de no menor importancia (Richard Lynn, Frank Salter…).
El teórico más relevante en los momentos presentes es Kevin B. MacDonald, editor de The Occidental Observer y The Occidental Quarterly y autor de una trilogía indispensable: A people that shall dwell alone, Separation and its discontents, y The culture of critique.
En The Occidental Observer tenemos direcciones de importantes blogs y webs como American Renaissance (Jared Taylor), VDare (Peter Brimelow), o Counter Currents (Greg Johnson), entre muchas otras. En The Occidental Quarterly y en American Renaissance encontraréis secciones (“back issues” y similares) donde podréis descargar archivos PDF de sus pasadas publicaciones.
La nómina de autores es extensa y los trabajos son de altísima calidad, y con una clara conciencia de sus raíces étnicas y culturales.
(Léase todo el artículo: aquí)

















