Páginas 483-488 de Hojas susurrantes




En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



La ciudad “más hermosa del mundo”

Bernal Díaz del Castillo escribiría en sus memorias sobre lo que, en ruta a Tenochtitlan con sus compañeros de armas, vio a sus veintidós años:

Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas del encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes [templos] y edificios, que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto, y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían si era entre sueños.

Cuando el sombrío Lutero martilleó sus tesis en los portones de Wittenberg, ningún hombre de raza blanca sabía de la existencia de un continente entero y del poder más extenso que conociera Mesoamérica: un imperio que tocaba ambos océanos y en cuya ciudad inundaba la luz. Y aún en nuestra época se desconoce la enorme plaza que asombró a Bernal Díaz porque sus camaradas la arrasaron en su totalidad. Si bien después de la conquista Rodrigo de Castañeda acusó a Hernán Cortés de desear preservar los tempos y sus efigies, México-Tenochtitlan fue objeto de un vandalismo sistemático. Ni un solo edificio quedó en pié en lo que ahora es la Ciudad de México, que recuerda lo que los romanos hicieron en la tercera guerra púnica: no dejaron piedra sobre piedra de Cartago y construyeron una ciudad romana sobre sus ruinas. No conformes con eso, después de la devastación física de los soldados, Zumárraga quemó las bibliotecas mexicas. Como dice un poema azteca:

Hemos de dejar los bellos cantos,
Hemos de dejar las bellas flores.

Sin embargo, bajo las edificaciones novohispanas algunos cimientos desenterrados permiten reconstruir a los arquitectos modernos cómo era la antigua ciudad india; además de que sobrevivieron las descripciones del capitán de los conquistadores, quien nos informa que las calles de Tenochtitlan:

son muy anchas y muy derechas, algunas de estas y todas las demás son la mitad de tierra y por la otra mitad es agua, por la cual andan en sus canoas, y todas las calles, de trecho a trecho, están abiertas, por donde atraviesa el agua de las unas a las otras, y en todas estas aberturas, que algunas son muy anchas, hay sus puentes, de muy anchas y muy grandes vigas juntas y recias y bien labradas, y tales que por muchas de ellas pueden pasar diez a caballo juntos a la par.

El mismo Cortés le escribió a Carlos V que la ciudad era “la más hermosa cosa del mundo”. Mucho más grande que Sevilla, la ciudad española más grande en ese tiempo, tres calzadas convergían al centro de la ciudad lacustre, uniendo la isla con la costa. “Es cosa admirable el ver cuánta razón ponen en todas las cosas”, le escribió Cortés al rey. En las calles de una ciudad que resplandecía como una joya de piedra y agua y cielo los habitantes solían salir “a pasear unos por agua en estas barcas y otros por tierra, y van en conversación”.

Tenochtitlan era objeto de admiración por sus treinta palacios de roca rojiza y porosa, sus casas de la clase alta (según el conquistador Diego de Ordás, superiores a las de España); su inmenso conjunto de sus casas de blanco inmaculado y construcciones decoradas con bajorrelieves y esculturas de piedra (a diferencia de otros pueblos que las hacían de barro), algunas estatuas decoradas incluso con oro, plumas y pieles de animales; por sus plumas de amarillo del papagayo; por sus piedras preciosas como el verde del jade y el rojo de los granates; por “sus himnos florecidos en la primavera y la flor del corazón nahua abierto”, y porque en ese insólito mundo en que jamás se hizo uso práctico de la rueda millares de canoas, las grandes hasta con sesenta indios a bordo, convergían diariamente en la ciudad lacustre.

El Recinto Sagrado
según la reconstrucción del arquitecto Marquina

La plaza central que se ve en la imagen de arriba (en cuyo lugar hoy día se encuentra un zócalo infestado de lo que en mi anterior libro denominé “la marabunta de Neandertales”) tenía la forma de un rectángulo. Los monumentos estaban adornados con frescos, perdidos para siempre tras el derrumbamiento de las paredes que los sustentaban, y además del acueducto había fuentes que brotaban del suelo de la isla central. El palacio de Nezahualcóyotl en Tezcoco, estado perteneciente a la triple alianza junto con Tenochtitlan y Tlacopan, estaba cercado por más de dos mil sabinos. Además de este palacio Nezahualcóyotl tenía jardines en otras localidades “con andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutos y rosales de la tierra, y un estanque de agua dulce, u otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna por una apertura que tenían hecha, sin saltar en tierra, y todo muy encalado y lucido, de muchas maneras de piedras y pinturas en ellas que había harto que ponderar”. Como en mis ensoñaciones de niño con la Coatlicue contadas en mi anterior libro, los laberintos y las cascadas artificiales de esos jardines proporcionaban un ambiente fresco y tonificante.

Ya podemos imaginar la impresión que este mundo totalmente aparte causó en los europeos, quienes no cesaron de admirarse de la riqueza de los vestidos tornasolados; de los colores y dibujos en la indumentaria de mujeres con cabello teñido de morado para que brillara y los dientes manchados de negro con cochinilla; de la vestimenta de los nobles decorada en bordados policromos con dibujos que representaban corazones y luciendo collares de cuentas de jade, de turquesa o con enormes objetos de diorita, pelucas y pieles de jaguar, brazaletes en los brazos y tobillos, o la simple “muchedumbre de morenos bajo sus vestidos blancos”. Los guerreros se pintaban la cara con rayas; otros con polvo amarillo ocre, untándose los pies con ungüentos de copal y tatuándose las manos con diseños. Era un espectáculo verlos alrededor del emperador, los estandartes de tela y los inmensos adornos de oro y de plumas de quetzal exquisitamente cortadas formando ramilletes de mil colores; artes elaborados bajo una técnica musivaria en agudo contraste con la vestimenta negruzca de los sacerdotes con figuras de cráneos y huesos humanos. Qué desatinada es la petrificada imagen del Museo Anahuacali de Diego Rivera para transmitir el universo abierto al aire libre, luminoso y multicolor de los aztecas. Paradójicamente, los murales de Rivera son atinadísimos.

El palacio de Moctezuma (que ocupaba el lugar donde se construyó lo que ahora es el Palacio Nacional) también causó el estupor de los europeos. Levantado con piedra volcánica porosa tenía más de cien baños; muros recubiertos de mosaicos y techos de maderas preciosas; zoológicos y jardines botánicos, albercas y jardines de flores. Las jaulas de madera estaban a cargo de cientos de hombres que atendían a las aves, gatos salvajes, pumas, jaguares y coyotes; había vastos estanques con garzas, patos, cisnes y una enorme colección de serpientes. El zoológico incluso contaba con fenómenos humanos como enanos y albinos.

El humilde varón nahua que vivía lejos del Gran Teocali estaba poco dentro de su hogar y mucho en el exterior, y desde su chinampa constantemente veía al levantar sus ojos “la silueta de las pirámides y el blanco deslumbrador de los edificios bajo el sol de mediodía”. (En la actualidad los cimientos de los edificios españoles están llenos de piedra prehispánica y de los fragmentos de bajorrelieves y de las estatuas.) Apenas podía decirse que había arte profano: prácticamente todo arte cargaba un contenido religioso. Tlatelolco, ciudad gemela de México, tenía una plaza como del triple de Salamanca. (A partir de ahora eludo la palabra “azteca” que no se popularizó sino hasta el siglo XVIII. Usaré en su lugar el término original, “mexicas”, o alternativamente “antiguos mexicanos”.) El aspecto de la capital mexica era el de una ciudad doble. El principal barrio comercial “chispeaba con la gritería de los vendedores del mercado”. En Tlatelolco el gran templo a Huitzilopochtli era impresionante porque no había otros templos alrededor que le hicieran sombra.

Tenochtitlan era una ciudad anfibia en medio de “aguas de flores, aguas de oro, aguas de esmeralda” que en tan espaciada arquitectura en el Valle de México tenía como techo al cielo y, como suelo, al inmenso lago azulverdoso de Tezcoco. La cantidad de dioses del panteón mexica era tan grande —sólo de deidades principales había unas doscientas— que los cronistas les perdieron la cuenta. Las terrazas de los nobles estaban coronadas de jardines. Moctezuma, quien tuvo muchos hijos con sus esposas y concubinas, tenía tres mil servidores en su palacio. La pirámide denominada Gran Teocali (“Templo Mayor” en el México actual), que se muestra en la ilustración de arriba, descansaba sobre un espacio de 100 metros de largo por 80 de ancho, y tenía unos 60 metros de altura. La fachada comenzaba con grandes cabezas de serpiente y en la plataforma había estatuas que sostenían los estandartes que se desplegaban durante las fiestas. La pirámide estaba completamente rodeada por cabezas de serpiente que formaban una muralla fortificada de aproximadamente 400 metros de largo por 300 de ancho, con cuatro puertas. Los dos adoratorios habitados por la dualidad Tláloc-Huitzilopochtli estaban pintados: uno de blanco y azul en el lado norte, y otro blanco y rojo en el lado sur. Este último estaba ornamentado con calaveras esculpidas y almenas con formas de mariposas. Defender el templo de Huitzilopochtli siempre fue considerado uno de los deberes de los soberanos. Sol y lluvia, Huitzilopochtli y Tláloc, era el legado de los tenochcas: guerreros nómadas y mexicas sedentarios. Los santuarios que coronaban la pirámide trunca eran habitáculos estrechos, aunque altos para albergar el par de estatuas de tres metros de estos dioses. Los techos de crestería imitaban a los de los templos mayas, y daban un efecto visual de mayor altitud. (Llama enormemente la atención que al otro lado del Atlántico estructuras muy similares, los zigurat, habían sido comunes en los templos caldeos o babilonios: culturas que Julian Jaynes también denomina reinos bicamerales.)

Los antiguos mexicanos alegremente se desprendían de su mejor arte: enterrando animales, plumas, flores, insectos, tesoros y aún seres humanos como ofrendas a las deidades. Los templos mismos eran una inmensa ofrenda cargada por dentro con los restos de estos sacrificios que quedaban atrapados cada vez que se reconstruía la edificación. El Templo Mayor fue reconstruido varias veces. Al igual que los templos teotihuacanos y mayas poseía capas, una encima de la otra, como muñecas rusas. Cuando los españoles lo destruyeron encontraron que sus entrañas ocultaban innumerables joyas de oro, piedras preciosas y huesos que habían quedado encerrados a manera de ofrenda. En esta gran pirámide también se encontraba el colegio de la teocracia militar para la educación de la elite de los muchachos mexicas. Trazada bajo una aritmética perfecta que nos recuerda Teotihuacan, enfrente del Templo Mayor lucía el templo de Quetzalcóatl, la única edificación circular de la gran plaza, y a uno de sus costados la pirámide de Tezcatlipoca. Alrededor de los templos había anexos de culto como los tzompantli llenos de cabezas humanas decapitadas, muchas descompuestas hasta tornarse en calaveras, artísticamente colocadas orden horizontal. Las casas de los caciques eran enormes construcciones de madera. Las recámaras más grandes tenían más de treinta metros de largo y otros tantos de ancho.

Es curioso que mis imaginerías al bañarme cuando vivía en la casa de San Lorenzo, contadas en mi libro anterior, hayan tenido en el pasado su correspondiente de realidad. Cierto que en esas imaginerías no visualizaba a los tambores resonantes o los hogares rojizos de los templos, ya que en Tenochtitlan se usaban principalmente instrumentos de percusión. Pero algo de esas danzas y embriaguez colectiva, una catarsis de algo recóndito en el alma nahua, llegaba a la mente del niño que fui. (Muchos han escuchado al grupo de niños, que me incluye, tocando el tambor vertical llamado huéhuetl gracias a una grabación comercial realizada cuando estudiaba en el método musical de mi padre: un apasionado del folclore nativo.) La gran danza que se celebraba a pié de las pirámides duraba horas a la luz de enormes braseros y antorchas a altas horas de la noche. Al ocultarse el sol iniciaban las danzas entre el sonido de las flautas (precisamente lo que me imaginaba oír de niño), los tambores de los templos y las llamas de enormes trípodes quemando maderas. Nada más importante, escribe Jacques Soustelle, que esos cantos y danzas para los antiguos mexicanos.

¿Nada de mi nombre será algún día?
¿Nada mi fama será en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!

Published in: on junio 1, 2011 at 5:33 pm  Dejar un comentario  

Páginas 489-500 de Hojas susurrantes



En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



La exclamación de Sahagún

He trabajado en el corazón de Houston, en medio de sus rascacielos. Las postales fotográficas que veía del centro en el hotel en que trabajaba eran engañosas: ostentaban sólo el lado luminoso e impresionante de la ciudad tejana. Jamás mostraban lo que veía a unas cuadras de mi trabajo: calles muy feas, miseria abyecta y malvivientes negros.

Algo similar puede decirse de las ilustraciones del capítulo anterior. Si Tenochtitlan era mantenida bella era por los cautivos de otros pueblos forzados a trabajar. El Conquistador Anónimo nos dice que a los prisioneros de guerra a quienes los mexicas no canibalizarían los esclavizaban. Si uno de éstos hubiera escrito una autobiografía, como la de aquellas mujeres que escapan de los países bajo la sharia, sería una sensación literaria en la actualidad. ¿Y quién trabajó para levantar esos grandes templos y abrir las anchas avenidas? El hormigueo de trabajadores alrededor del lago de Tezcoco, obligados a trabajar como parte del tributo de las aldeas tributarias al imperio, no debió haber sido muy disímil a las escenas de Apocalypto antes de que la cámara nos mostrara el centro de la ciudad maya. A la par de su belleza, Tenochtitlan tenía minusválidos, ladrones y prostitutas; y a diferencia de los nobles, los comunes llevaban únicamente un taparrabo y una manta no de algodón sino de fibra de maguey, y caminaban con los pies desnudos ante sus superiores. Sólo si se elevaban en la jerarquía se les permitía calzar sandalias. Y al igual que la Ciudad de México contemporánea con sus antiguas mansiones o americanizados edificios en Las Lomas y Santa Fe coexistiendo con los barrios más pobres, a diferencia de los palacios de Nezahualcóyotl y las mansiones cercanas al teocali la casa media mexica consistía de una habitación-dormitorio.

Cierto que las flores y la muerte adornan la lírica de los mexicas. Pero una línea de sus poemas —“Ojalá arrastren acá (prisioneros), Todo el país debe ser desolado”—, me descubre el otro lado del alma nahua. En ese mundo llovían flores sin cesar al lado de la macabra, aunque magnífica, estatuaria mexica. Cada vez que veo la mirada en pánico del Chac Mool encontrado en los cimientos del Templo Mayor me pregunto qué estaría viendo (excavaciones realizadas entre 1978 y 2000 en el templo recuperaron más de un centenar de cráneos, entre los que se incluían una gran cantidad de niños). Hay mucho de cierto, y a la vez de engañoso, en la primera ilustración que coloqué en el capítulo anterior. Por ejemplo, no se nota la sangre en las escalinatas. En la Tenochtitlan real, no en la postal idealizada, las muy empinadas gradas de los templos, las cuales tenían por objeto que los cuerpos cayeran sin obstáculos, estaban manchadas de la sangre de los sacrificados (sangre en las escalinatas que sí se ve tanto en el mural de Rivera como de la película de Gibson). En la reconstrucción pictórica, basada en los planos del arquitecto Ignacio Marquina, tampoco se nota el carácter dramático del sacrificio que está teniendo lugar sobre gigantesca piedra quauhtemaláctl: que en la ilustración se divisa en el patio del Gran Teocali. Esa piedra circular servía de teatro para un sacrificio gladiatorio donde los atacantes iban hiriendo gradualmente la pierna, cabeza o vientre de un hombre atado a la piedra en el rito llamado apropiadamente tlahuahuanaliztli, “la laceración”: el equivalente humano a un toro herido con banderillazos (al final le extraían el corazón). Era de tal importancia el espectáculo que el rey Axayácatl requirió la mano de obra de cientos de hombres para arrastrar la monumental piedra desde la calzada que unía a Coyoacán con Tenochtitlan. Sobra decir que el confort del noble que, en la ilustración, ve el espectáculo desde la cómoda sombra es inverso a lo que en la vida real debió haber sentido el lacerado en la ciudad más bella del mundo.

El mes pasado este día que escribo aún se exhibía en los cines mexicanos la película Apocalypto. Contrario a los augurios de que no tendría un buen recibimiento en México, la cinta rebasó los ingresos de taquilla que obtuvieron otras películas memorables. Muchos se enfurecieron alegando que era injusto enfocarse en la parte oscura de la cultura maya en lugar de sus matemáticas, astronomía o desaparición. Activistas indígenas de Guatemala pidieron al público que no asistiera a las salas y no faltaron quienes negaran la historicidad del sacrificio humano en la América precolombina. Uno de mis más delirantes paisanos escribió el mes anterior a su estreno: “En lo personal me avergüenzo de la poca sangre española que tengo. Prefiero ser caníbal y demostrar el esplendor de esta cultura muy por arriba de la cultura española. Yo ansío morir a filo de obsidiana. Sólo quieren nuestros corazones la muerte gloriosa” (dado que la obsidiana es quebradiza los mexicas usaban, en realidad, cuchillos de sílex). Como réplica a estas rasgaduras de vestiduras nacionalistas, en una editorial del periódico mexicano Reforma Juan Pardinas escribió: “La mala noticia es que esta interpretación histórica tiene alguna dosis de realidad. Los personajes de Mel Gibson se parecen más a los mayas de los murales de Bonampak que a los que aparecen en los libros de la SEP”, la Secretaría de Educación Pública mexicana, donde los niños aprenden que los antiguos yucatecos utilizaron el cero antes que los europeos, algo así como si los mayas hubieran sido una civilización de pensadores y científicos: la Atenas india de las Américas. Pero lo que ni Gibson mismo se atrevió a mostrarnos en la pantalla es que no sólo los adultos, sino los niños pequeños, eran víctimas de sacrificios mayas.

El sacrificio de niños en Mesoamérica inició muchos siglos antes de que las tribus nómadas del norte se establecieran en el Lago de Tezcoco. En El Manatí, sitio arqueológico olmeca en Veracruz asociado a un rito sacrificial, se han hallado esqueletos de bebés, fémures y calaveras. A los olmecas le siguieron los teotihuacanos. En la Pirámide del Sol, la más grande del Valle de México, a principios del siglo XX Leopoldo Batres encontró varios esqueletos de niños: ofrendas al dios del agua (los teotihuacanos fueron coetáneos de los mayas). Cuando vi una fotografía de los esqueletos en la Pirámide de la Luna se me figuró al horrífico hallazgo de humanos sacrificados y puestos en capullos en una alta pared de la película Aliens.

Ahorrémonos la historia de similares hallazgos arqueológicos del siglo XX y enfoquémonos en los del nuevo siglo. En diciembre de 2005 Reforma sacó una nota en que el arqueólogo Ricardo Armijo Torres habló de un hallazgo en Comalcalco, región de Chontalpa que algunos creen fue la cuna de la civilización maya, en que los mayas habían perpetrado “un sacrificio masivo de niños de alrededor de uno o dos años de edad”. Chichén-itzá se volvió una de las nuevas siete maravillas del mundo en 2007 ignorando, tanto por los orgullosos nacionales como por los admirados extranjeros, que era la sede de una carnicería ritual. El Chac Mool arriba del templo tiene una vasija de piedra a manera de recipiente de corazones humanos. Miles de mayas murieron en sacrificios rituales en tiempos de la gran sequía: holocausto inútil que no logró salvar a Chichén-itzá de su destino. En el juego de pelota maya a veces jugaban con una cabeza decapitada. Los relatos cuentan que en el cenote se echaban a muchachas, corroborado en tiempos recientes al drenar uno de ellos y hallar los esqueletos. Además de la evidencia ósea existe evidencia pictórica en el arte maya sobre los niños sacrificados. En la página 25 del número de septiembre-octubre de 2003 de la revista Arqueología mexicana aparece una escena en una cerámica pintada del Clásico Tardío “que indica que el sacrificio de niños se realizaba en circunstancias bien definidas”. En esa misma página aparece una fotografía de la Estela 11 de Piedras Negras, Guatemala, en que se ve un niño muerto mostrando una cavidad abdominal: señal que le extrajeron el corazón. El sacrificio de infantes continuó en el Posclásico; y aunque en la clandestinidad y bajo la sombra protectora de las cuevas, en los primeros años de la Colonia.

Aunque los mayas abandonaron las grandes ciudades y sus enormes campos de cultivo del período Clásico, sin estar sometidos conservaban relaciones distantes con el imperio de los mexicas. Una vez que los jeroglíficos mayas fueron descifrados, la visión sobre el mundo maya cambió. Recuerdo mucho el momento en que recibí la primera información a este respecto al toparme con una reseña del New York Times sobre The blood of the kings, publicado en 1986 cuando vivía en Estados Unidos. Aunque no conservo la reseña recuerdo que me entusiasmó. Esos días le escribí a una amiga informándole que, lejos de ser los “griegos de América”, los mayas realizaban rituales cuyo fin era provocar alucinaciones en los mutilados; que veneraban la sangre como un elixir mágico y que toda ceremonia, sea de nacimiento, matrimonio o defunción conllevaba un tributo de sangre humana. Citaré extensamente mis misivas a esta amiga en mi próximo libro. Por ahora sólo quisiera añadir que también le escribí acerca de un fresco de Bonampak mostrando a un príncipe maya “con cara de ojete”, su corte y los cautivos yaciendo a sus pies con ojos de pánico, aparentemente pidiendo una misericordia que no obtendrían (una cabeza decapitada se observa en el suelo). Los mayas les habían cortado las yemas de los dedos para que corriera el líquido precioso. El fresco es tan famoso que llegó a aparecer una temporada en los billetes mexicanos de veinte pesos. Unos años después, en la revista cultural de Octavio Paz leí las palabras de un erudito en asuntos mayas, Michael Coe: “Ahora es sorprendentemente claro que los mayas de la época clásica, y sus antecesores del Preclásico, eran gobernados por dinastías hereditarias de guerreros, para quienes el autosacrificio y el derramamiento de la sangre, y el sacrificio de la decapitación humana eran obsesiones supremas”.

Volviendo a los mexicas, fray Diego Durán escribió sobre el sacrificio ritual de niños en una importante celebración del Valle de México a la que asistían los gobernantes. Varios meses del calendario mexica estaban consagrados al sacrificio de niños en las cumbres de los montes, al igual que los distantes incas. Los niños eran transportados en literas adornadas mientras sus verdugos los acompañaban cantando y bailando. Se les hacía llorar para que sus lágrimas presagiaran una buena temporada de lluvias. Mientras más llorara el niño, más contentos estaban los dioses.

El nombre mexica del primer mes es atlcahualo. Equivale a una parte de febrero en su contraparte gregoriana (los meses del calendario mexica duraban veinte días). Se sacrificaban niños a la deidad del agua Tláloc, y a Chalchitlicue, la señora de la falda de verde jade y la diosa de las aguas termales. En otras ceremonias los niños eran ahogados. En el tercer mes del calendario se volvían a sacrificar niños. El etnólogo francés Christian Duverger escribió algo que me perturbó. En las páginas 128s de la traducción de su libro La flor letal aparece este pasaje:

Los suplicios. En el contexto de las violentas estimulaciones presacrificiales, creo que conviene dejar un lugar a la tortura, justamente porque sólo es practicada por los aztecas antes del sacrificio humano. La tortura no está obligatoriamente integrada al preludio sacrificial, pero puede ocurrir. El arrancar las uñas a los niños que debían ser sacrificados al dios de la lluvia es un buen ejemplo de tortura ritual. Las uñas pertenecían a Tláloc. Por medio de los sacrificios del mes atlcahualo los mexicanos rendían homenaje a los tláloques [servidores de Tláloc], y llamaban la lluvia; para que el rito fuera eficaz, convenía que los niños lloraran abundantemente en el momento del sacrificio.

Después se les aplicaba una mascarilla de hule caliente y eran arrojados a una pila que hacía que el hule se endureciera y no los dejara respirar.

Tláloc, el dios de la lluvia, era uno de los dos dioses más honrados por los mexicas. Junto con el de Huitzilopochtli, su templo azul claro existía en el punto más alto de Tenochtitlan. A partir de los esqueletos hallados desde finales del siglo XX hasta principios del XXI se determinó que docenas niños, en su mayoría varones de unos seis años, fueron sacrificados y enterrados en la esquina noroeste del primer templo dedicado a Tláloc (recuérdese que el templo consistía de varias capas; sólo la primera sobrevivió, en meros cimientos, a la gran destrucción española). En julio de 2005 los arqueólogos que trabajan en las ruinas anunciaron otro descubrimiento en los cimientos: un sacrificio infantil a Huitzilopochtli, probablemente con motivo a la consagración del edificio.

Los restos de un niño sacrificado
a Huitzilopochtli en Templo Mayor
(fotografía de Héctor Montaño)

Confieso que a lo largo de los años he albergado la fantasía morbosa de averiguar el aspecto de la estatua de Huitzilopochtli. Sueño con unas futuristas “máquinas para ver el pasado” para saber, con lujo de detalle, cómo era exactamente la terrible deidad. Es sabido que para conocer el alma de una cultura no hay como tener a su arte enfrente. Unas de las páginas que más aprecio de los relatos cortos de Arthur Clarke provienen de Jupiter five, en donde unos exploradores encuentran una estatua representando a un alienígena en la sala de arte de una abandonada nave de treinta kilómetros de diámetro. A veces el mundo mexica me parece tan distante de mi civilización que no me parece exagerada la comparación. Pero volviendo a mi fantasía. Las páginas que con más interés leí de Historia verdadera de la conquista de Nueva España fueron aquellas en que Bernal Díaz describió la gran estatua de Huitzilopochtli que vio a lo alto de la gran pirámide:

Y luego nuestro Cortés dijo a Montezuma, con doña Marina, la lengua: “Muy señor es vuestra merced, y de mucho más es merecedor; hemos holgado de ver vuestras ciudades; lo que os pido por merced, que pues que estamos aquí, en este vuestro templo, que nos mostréis vuestros dioses y teules”. Y Montezuma dijo que primero hablaría con sus grandes papas [sumos sacerdotes]. Y luego que con ellos hubo hablado dijo que entrásemos en una torrecilla y apartamiento a manera de sala, donde estaban dos como altares, con muy ricas tablazones encima del techo, y en cada altar estaban dos bultos, como de gigante, de muy altos cuerpos y muy gordos, y el primero, que estaba a mano derecha, decían que era el de Uichilobos, su dios de la guerra, y tenía la cara y rostro muy ancho y los ojos disformes y espantables; en todo el cuerpo tanta de la pedrería y oro y perlas y alfójar pegado con engrudo, que hacen en esta tierra unas como raíces, que todo el cuerpo y cabeza estaba lleno de ello, y ceñido el cuerpo unas a manera de grandes culebras hechas de oro y pedrería, y en una mano tenía un arco y en otra unas flechas. Y otro ídolo pequeño que allí junto a él estaba, que decían que era su paje, le tenía una lanza no larga y una rodela muy rica de oro y pedrería; y tenía puestos al cuello el Uichilobos unas caras de indios y otros como corazones de los mismos indios, y éstos de oro y de ellos de plata, con mucha pedrería azules; y estaban allí unos braseros con incienso, que es su copal, y con tres corazones de indios que aquel día habían sacrificado y se quemaban, y con el humo y copal le habían hecho aquel sacrificio. Y estaban todas las paredes de aquel adoratorio tan bañado y negro de costras de sangre, y asimismo el suelo, que todo hedía muy malamente.

El indio bautizado como Andrés de Tapia alegó que la estatua de Huitzilopochtli estaba hecha de semillas enharinadas con sangre de niños en una pasta endurecida; fray Durán, en cambio, dijo que era de madera. Lo cierto es que los sacerdotes dedicados a su culto se autolesionaban la lengua, los brazos y los muslos mojando pajas con su sangre como ofrenda. Incluso el mexica común se autolesionaba mucho más de lo que solía hacerlo mi prima Sabina: ofrecía sangrías con puntas de maguey perforándose los labios, las orejas y la lengua. Los hombres se punzaban el pene y las ensangrentadas puntas eran colocadas en un adoratorio. Los mexicas comunes “ornamentaban sus puertas con espadañas con sangre de sus orejas”. Los sacerdotes, llamados papas por Díaz, tenían los lóbulos de las orejas completamente destrozadas por estas sangrías. Además de arrancarle el corazón a un cautivo en el día 4-Terremoto, ese día el mexica común hacía estas penitencias de punciones.

Menciono todo esto a fin de arrojar luz a la larga cita de Colin Ross. Las autolesionadoras de Dallas se punzaban porque se creían malvadas y necesitaban una válvula de escape para descargar alguna presión del volcán de cólera contra sus padres que llevaban dentro. A costa de su salud mental y debido a la sustitución del sitio de control, el mal de sus padres había sido transfundido a su mentalidad desde la infancia haciendo al perpetrador bueno y seguro para apegarse. Recordemos que esta sustitución ayuda a resolver el dilema básico y fundamental de la raza humana: el apego afectivo a nuestros padres por nuestra larga dependencia. Ross no se pronuncia sobre los antiguos mexicanos, pero según Lloyd deMause este tipo de autolesiones aliviaban a los amerindios del ansia de la internalizada imagen de padre, ahora sublimada, que los castigaría por una prosperidad percibida como pecaminosa (ya veremos adónde nos lleva esto al analizar al Occidente del siglo XXI). Dicho de otra manera, autolesionarse y lesionar a otros son dos caras de la misma moneda. Desplazamos nuestra ira contenida hacia otros y hacia nosotros mismos por la absoluta disociación de las emociones resultantes del trato que nos propinaron. Si los prehispánicos desplazaban más que nosotros se debe simplemente a que su puericultura era más primitiva que la nuestra. Para Claude-François Baudez, del Centro de Investigación Científica de París, el sacrificio mesoamericano de otros sólo reemplaza al autosacrificio “a condición de que alter sea equivalente a ego”. El sacrificio humano era, en última instancia, el sacrificio del ego “como lo muestran en primera instancia los mitos de origen que dan la precedencia al autosacrificio”.

Una vez más: esto es muy importante, como veremos al psicoanalizar a un Occidente que se autolesiona.

Baudez ilustra su punto a través de la costumbre mesoamericana de comerse al enemigo o vestirse con su piel: práctica que ocupaba un lugar de primera magnitud entre los antiguos pobladores del continente. A pesar del hecho que la forma socializante de educación en nuestra época también es abusiva, las formas culturales prehispánicas eran infinitamente peores. No puede sino venirme ahora a la mente los estudios de dos antropólogas mexicanas que muestran que los cadáveres de algunos sacrificados sufrían procesos de desollado, descarnado, desmembrado, decapitación e incluso la exhibición de partes corporales como adornos, como lo demuestra el registro óseo (en nuestra época, sólo algunos asesinos seriales hacen este tipo de cosas). En el caso de los niños, la psique de los hermanos, primos, parientes, cercanos y lejanos sobrevivientes de los infantes sacrificados interiorizó un impulso más homicida que el nuestro: un buen ejemplo para entender la diferencia entre psicoclases muy distantes entre sí.

La página 34 del referido número de Arqueología mexicana da cuenta de un alarmante estudio osteológico. En Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, se encontraron los restos de un niño de tres a cuatro años cuyos huesos presentaban una coloración naranja o amarilla traslúcida; texturas tersas o vítreas, y compactación del tejido esponjoso, además de estrellamiento del cráneo. Dado que en los tratamientos mortuorios los mexicas decapitaban algunos cadáveres y a veces hervían algunas de las cabezas para su posterior ostentación estética, los arqueólogos concluyeron que la cabeza del niño sacrificado había sido hervida y que se estrelló debido a la ebullición de la masa encefálica. La fotografía del cráneo fue publicada. Asimismo, a principios de 2005 salió una nota periodística sobre el hallazgo al norte de la Ciudad de México, en Ecatepec: un sitio arqueológico con osamentas de ocho menores sacrificados. Según la nota recogida por Discovery Channel: “El sacrificio involucraba quemar total o parcialmente a las víctimas. Encontramos un hueco donde enterraban los restos de cuatro niños que fueron parcialmente quemados y otros cuatro completamente carbonizados”.

Por más rústicos que fueran los soldados españoles, al ver por vez primera en sus vidas este tipo de costumbres se espantaron. Los primeros textos sobre el Nuevo Mundo jamás publicados en Europa fueron las Cartas de relación de Hernán Cortés. En una de estas cartas, publicada en 1523, el conquistador escribió:

Y tienen otra cosa horrible y abominable y digna de ser punida que hasta hoy no habíamos visto en ninguna parte, y es que todas las veces que alguna cosa quieren pedir a sus ídolos para que más acepten su petición, toman muchas niñas y niños y aun hombres y mujeres de mayor edad, y en presencia de aquellos ídolos los abren vivos por los pechos y les sacan el corazón y las entrañas, y queman las dichas entrañas y corazones delante de los ídolos, y ofreciéndolos en sacrificio aquel humo. Esto habemos visto algunos de nosotros, y los que lo han visto dicen que es la más cruda y espantosa cosa de ver que jamás han visto.

En otra ocasión Cortés refirió que sus soldados habían capturado a un indio que había estado asando el cadáver de un bebé para comérselo. Fernando de Alva Cortés Ixtlilxochitl, un mestizo que escribió el códice que lleva su nombre, dice que uno de cada cinco niños era sacrificado al año. La cifra parece exagerada: se desconoce a ciencia cierta cuántos niños se sacrificaban en Mesoamérica. Los estudiosos contemporáneos más reservados dicen que en el mundo mexica al menos docenas de niños se sacrificaban cada año.

Una de las fuentes que los indigenistas mexicanos tienen en alto precio es la obra de fray Bernardino de Sahagún, quien partiera para el Nuevo Mundo en 1529, apenas unos años después de la caída de Tenochtitlan. Sahagún es considerado el primer antropólogo que dio el mundo. Incluso un apasionado indigenista como Diego Rivera pintó a Sahagún joven y con un rostro inteligente. Sobre las fiestas del llamado Calendario Azteca, Sahagún nos habla de los ritos del primer mes, llamado atlcahualo o quauitleoa por los mexicas:

En este mes mataban muchos niños; sacrificábanlos en muchos lugares y en las cumbres de los montes, sacándoles los corazones a la honra de los dioses del agua, para que les diesen agua o lluvias.

Sobre lo que los mexicas hacían en el segundo mes del calendario, hablaré en el siguiente capítulo. En el tercer mes, prosigue la relación de Sahagún: “En esta fiesta mataban muchos niños en los montes; ofrecíanlos en sacrificio a este dios”. Luego hace un comentario general sobre los primeros meses del año:

Según relación de algunos [indios], los niños que mataban juntábanlos en el primer mes, comprándolos a sus madres, e íbanlos matando en todas las fiestas siguientes hasta que las aguas comenzaban de veras; y así mataban algunos en el primer mes, llamado quauitleoa [del 2 de febrero al 21 de febrero]; y otros en el segundo, llamado tlacaxipehualiztli [del 22 de febrero al 13 de marzo]; y otros en el tercero llamado tozoztontli [del 14 de marzo al 2 de abril]; y otros en el cuarto, llamado uey tozoztli [del 3 de abril al 22 de abril], de manera que hasta que comenzaban las aguas abundosamente, en todas las fiestas crucificaban [sacrificaban] niños.

Quienes vivimos en la región que otrora fue Tenochtitlan sabemos que la primavera aquí es seca, lo que significa que los nativos sentían un irrefrenable impulso de matar a los pequeños. Es inverosímil que quienes tenían el genio de construir en el centro de la plaza un templo a Quetzalcóatl en que se veía la salida del sol entre los dos altares del Templo Mayor, a la vez no pudieran prever las temporadas de lluvias que mis más incultos conciudadanos conocen a la perfección. Parece elemental que algo más que solicitar las lluvias preñaba la psique de los descendientes de los tenochcas. En el segundo libro de Historia general de las cosas de Nueva España Sahagún comenta sobre el primer mes: “Para esta fiesta buscaban muchos niños de teta, comprándolos a sus madres”. Y añade: “A estos niños llevaban a matar a los montes altos, donde ellos tenían hecho voto de ofrecer; a unos de ellos sacaban los corazones en aquellos montes, y a otros en ciertos lugares de la laguna de México”. Tanto en discusiones conmigo como en los subtítulos de su homenaje orquestal a Bartolomé de Las Casas, mi padre ha hablado mucho de la “raza profunda”: los antiguos mexicanos. Me pregunto qué tan “profundo” es que los pueblos bajo control Mexica ofrecían, a modo de tributo, a sus pequeños para el sacrificio. Sobre Pantitlán, Sahagún escribe:

Gran cantidad de niños mataban cada año en estos lugares y después de muertos los cocían y comían.

Cuando leí ese pasaje no pude sino pensar en la estación del metro de la Ciudad de México llamada Pantitlán. Ignoraba que era el lugar más hondo de la laguna. (En tiempos de la ciudad lacustre, la colonia donde escribo este libro también estaba bajo el agua.) En ese mismo segundo tomo de su enciclopédica obra de doce libros sobre los usos y costumbres de los antiguos mexicanos, Sahagún nos proporciona más detalles:

Los lugares donde mataban niños son los siguientes: el primero se llamaba Quauhtépetl, es una sierra eminente que está cerca de Tlatelolco. Al segundo monte sobre que mataban niños llamaban Ioaltécatl. El tercer monte sobre que mataban niños llamaban Tepetzinco; es aquel montecillo que está dentro de la laguna frontero del Tlatelolco; allí mataban una niña. El cuarto monte sobre que mataban niños llamaban Poyauhtla. El quinto lugar en que mataban niños era el remolino o sumidero de la laguna de México, al cual llamaban Pantitlán. El sexto lugar o monte sobre que mataban niños llamaban Cócotl. El séptimo lugar donde que mataban niños era un monte que llamaban Yiauhqueme.

Estos tristes niños antes que los llevasen a matar aderezábanlos con piedras preciosas, con plumas ricas y con mantas y llevándolos en las andas íbanles tañendo con flautas y trompetas que ellos usaban. Allí los tenían toda la noche velando y cantábanles cantares los sacerdotes de los ídolos, porque no durmiesen. Y cuando llevaban los niños a los lugares donde los habían de matar, si iban llorando y echaban muchas lágrimas, alegrábanse los que los veían llorar porque decían que era señal que llovería muy presto.

Lo más valioso del opus sahagunense es la exclamación que, en la edición mexicana más rústica, la de Porrúa (edición de 2007), aparece en la página 97:

No creo que haya corazón tan duro que oyendo una crueldad tan inhumana, y más que bestial y endiablada, como la que arriba queda puesta, no se enternezca y mueva a lágrimas y horror y espanto; y ciertamente es cosa lamentable y horrible de ver que nuestra humana naturaleza haya venido a tanta bajeza y oprobio que los padres maten y coman a sus hijos, sin pensar que en ello hacían ofensa ninguna.

Mel Gibson yerra al citar al historiador Will Durant al inicio de su filme. El sacrificio humano en Mesoamérica no era una aberración política como en su película: era un extendido fenómeno social. Gibson falseó la historia al poner como pacífica a una comunidad de cazadores-recolectores en contraste con la decadente metrópoli. La realidad parece ser que tanto los americanos que poblaban las pequeñas aldeas, y especialmente los nativos desnudos que fueron exterminados en las islas del Caribe, estaban aún más disociados que los residentes de la refinada ciudad doble Tenochtitlan-Tlatelolco. La variedad de indios que no vivía en las grandes ciudades oscilaba del caribeño antropófago al otomí de las cavernas; del fiero guaraní al canibalesco chiriguano. A diferencia de los aldeanos de Apocalypto, los tarahumaras, los temidos tobosos chichimecas, los xiximes y guarijíos practicaban la “danza de la cabeza”, en que mantenían enclaustrada a una virgen a quien le llevaban una cabeza decapitada para que le “hablara”, lo cual la mujer tenía que hacer con oscilantes sentimientos de amor y odio. A diferencia de la bucólica aldea en medio de la selva maya que nos pinta Gibson, esto es lo que hacían los aldeanos prehispánicos en la historia real.

Que el sacrificio era un fenómeno más popular y social que político se muestra en el hecho que, después de la eliminación de los gobiernos autóctonos y de la introducción del cristianismo en la época colonial, los indígenas adoptaron la cruz como forma de sacrificio de niños. Para una psicoclase que en páginas pasadas rotulé de infanticida, la asimilación española tuvo momentos increíbles. Los indios llegaron a clavar niños de manos a una cruz con los pies atados antes de sacarles el corazón. A veces, aún crucificados se les arrojaba a un cenote, como se lee en la página 81 del segundo volumen del Archivo General de las Indias recopilado por France Scholes y Eleanor Adams en 1938. El sacerdote indio solía decir: “Mueran estos muchachos puestos en la cruz como murió Jesucristo, el cual dicen que era nuestro señor, mas no sabemos nosotros si lo era”.

Published in: on junio 1, 2011 at 3:31 pm  Comentarios (3)  

Páginas 501-512 de Hojas susurrantes



En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



Las páginas bernaldinas

La santa furia, un oratorio de mi padre, es una obra que honra la memoria de Bartolomé de las Casas para soprano, tres tenores, barítono, coro mixto y orquesta, la cual al momento de escribir aún no se estrena. Las Casas, a quien mi padre tanto admira, había escrito:

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos.

A Las Casas se le considera el paladín de la causa indígena frente a la corona española. Quienes reprueban la Conquista toman nota de la investigación conducida contra Antonio de Mendoza, el primer virrey de Nueva España, acusado de haber puesto en fila a unos indios en los combates de Mixtón para destrozarlos a fuego de cañón. De niño había llamado mi atención la ilustración, en un cómic mexicano, de unos indios atacados por los temibles perros que habían traído los españoles. Motolinía reportó que innumerables indios entraban sanos a las minas sólo para salir como cadáveres y despojos. El trabajo esclavo en las minas, nos dice el religioso franciscano en Historia de los indios de Nueva España, mataba a tantos que los pájaros que se alimentaban de la carroña humana “oscurecían los cielos”. Y no hablemos de la esclavización en las islas del Caribe con las que, originalmente, Las Casas tan íntimo contacto tuvo. En La Española (Santo Domingo), Cuba y otras islas la población nativa fue virtualmente exterminada, especialmente por las epidemias que trajeron los conquistadores. Estos hechos y muchos otros horrorizaron a Las Casas, y en su vastísimo corpus literario el infatigable fraile siempre intentó denunciar los excesos de la conquista española y portuguesa.

A los liberales de habla inglesa y española les gusta citar a Las Casas. Pero ¿estaba en lo cierto? A diferencia de otro fraile, Diego de Landa, Las Casas siempre omitió hablar de las crueldades que cometían los indios con ellos mismos. De hecho, hay quienes acusan a Las Casas de ser el originario de la Leyenda Negra. Por ejemplo, su cita de arriba es una mentira: Los mesoamericanos eran todo menos “mansas ovejas”. La conquista fue una calamidad para muchos indios, pero benefició a muchos otros. Sólo gracias a ella los niños no volverían a recibir el shock esquizógeno de enterarse que los suyos había sacrificado, y a veces comido en una alegre fiesta, a alguno de sus hermanitos. Las Casas sesgó el sermón de su escrito polémico Brevísima redacción de la destrucción de las Indias, y también el de sus textos más eruditos para forzar, en su calidad de consejero espiritual, a Carlos V a tomar medidas a favor de los nativos. Su meta era protegerlos frente a la doctrina escolástica en boga de que eran esclavos natos.

En los años treinta y cuarenta del siglo XX un historiador de Harvard, Lewis Hanke, se apasionó tanto por la figura de Las Casas como mi padre lo haría en tiempos más recientes. Después de leer un magnífico libro de Hanke, que mi padre mismo me prestó de su biblioteca, no pude evitar comparar a Las Casas con los antropólogos que han escamoteado la crueldad de los aborígenes en su afán de protegerlos. Por poner sólo un ejemplo: Las Casas llegó a extremos como defender el canibalismo indígena con el pretexto de que era una costumbre religiosa, a la que comparó con la comunión cristiana. Parece extraño decirlo, pero las primeras semillas del relativismo cultural, ideología que cubriría a Occidente desde las últimas décadas del siglo XX, se habían sembrado en el siglo XVI.

Los mexicas sólo habían sido los últimos mesoamericanos proveedores de un inmenso teoatl: un mar divino, un océano de sangre derramada a los dioses. Al igual que los canarios prehispánicos, los olmecas sacrificaban matando con un porrazo en cabeza. De los mayas, tan idealizados cuando era un muchacho, se sabe bastante más. Fueron ellos quienes iniciaron la práctica de enjaular a los condenados antes del sacrificio y después de matarlos tirarlos desde las pirámides. En 1696, ya cerca al siglo XVIII, los mayas sacrificaron a unos misioneros incautos que osaron incursionar en una región aún no conquistada. Cuando visité las ruinas de Palenque, subí a su pirámide y bajé por las escalinatas interiores envuelto en un clima caluroso y húmedo, hasta la tumba del famoso sarcófago de piedra. El lugar me supo tétrico e inconcebible. Recuerdo ahora a un arqueólogo en televisión hablando sobre un dibujo dentro de un recinto maya: un prisionero colgado en estado de tormento. Los mayas se ensañaron mucho más con los prisioneros que los mexicas. Diego de Landa cuenta que llegaron a atormentar a los reyes cautivos sacándoles los ojos, cortándoles las orejas y labios y comiéndose sus dedos. Mantenían vivo al infeliz por años antes de matarlo, y en el clásico The blood of the kings se nos informa que los mayas les arrancaban la quijada a algunos prisioneros aún vivos. Una vez más, ni Mel Gibson se atrevió a filmar estas cosas, aunque las mencionó en una entrevista al defenderse frente a crítica de los reporteros y académicos políticamente correctos. A diferencia de éstos, estoy de acuerdo con Gibson en que no debiera entristecernos la desaparición de semejante cultura, sino más bien revalorar la cristiana; y debo añadir que, cuando en un conocido programa de televisión veo a un nativo angloparlante racionalizando los sacrificios mayas, me resulta claro que la corrección política en nuestros tiempos ejemplifica lo que en psicología se conoce como “identificarse con el perpetrador”.

Tanto los teotihuacanos como los tolteca-chichimecas eran sanguinarios. Los tenochcas, que sentían gran admiración por ellos, mataron y desollaron a una princesa el año 1300: un ultraje que los indigenistas barren debajo de la alfombra dado que este y otros asesinatos similares están vinculados a los relatos sobre la fundación de México-Tenochtitlan, como lo ha señalado Takuan Seiyo. De manera similar a sus antecesores, los mexicas establecieron guerras cuyo único propósito era facilitar cautivos para asesinarlos.

Digamos la verdad sin tapujos: Mesoamérica era el lugar de una una cultura de asesinos seriales. En las redadas lanzadas en territorio ajeno, como la que se ve en Apocalypto, la actividad principal se orientaba al sacrificio. De hecho, era imposible obtener poder político en esa sociedad sin pasar por los asuntos del sacrificio. El impedirles a los adolescentes que se cortaran el mechón de la nuca a menos que capturaran a una víctima para sacrificarla transmitía un mensaje: Si no colaboras con el asesinato serial no escalarás en la jerarquía social.

Una explosiva catarsis y un verdadero furor se libraba al estallar la guerra en tanto que los indios americanos albergaban algo recóndito que había que descargar a toda costa. En 1585 Diego Muñoz Camargo escribió en Historia de Tlaxcala que, acompañados de la inmensa gritería al precipitarse en el combate, los guerreros tocaban “tambores y caracoles y trompetas que hacían extraño ruido y estruendo, y no poco espanto en los corazones frágiles”. El Conquistador Anónimo añade que mientras peleaban vociferaban con alaridos y silbidos de lo más escalofriantes, y que después de ganada la guerra sólo a las mujeres jóvenes se les respetaba la vida. Aportar cuerpos vivos para los sedientos dioses, no la matanza in situ, era el objetivo. Atrás llegaban guerreros especializados en atar a los cautivos para ser trasladados a los altares de piedra.

Con una cuchillada que no tenía por objeto matar a la víctima, el sacrificador, generalmente el sumo sacerdote de uno de los incontables templos, abría el abdomen del condenado con un golpe sordo a la altura del diafragma. Metía la mano hurgando entre las vísceras hasta hallar el corazón. Lo asía aún palpitante y lo arrancaba de un fuerte tirón. Esta eventración y ablación del corazón es la forma en que el sacrificio se practicó de modo idéntico, miles y más miles de veces, en Mesoamérica. Lo último que veía la víctima en el instante anterior a perder la conciencia eran sus verdugos. Al arrancar el corazón de esta manera el cuerpo derramaba virtualmente toda su sangre, de cinco a seis litros: la hemorragia más fuerte de todas las formas concebibles.

Fresco de José Clemente Orozco (1933)

Diego Durán se admiraba de que, según sus cálculos, en el mundo prehispánico moría más gente en los sacrificios que de muerte natural. A diferencia de cómo se nos enseña la Segunda Guerra Mundial, los académicos son reacios en señalar que la institución sacrificial en Mesoamérica fue un verdadero holocausto. El año de 1487 marcó el clímax de la sed sacrificial. En cuatro días sucesivos los antiguos mexicanos se dejaron llevar por una orgía de sangre. Los guerreros habían tomado a los hombres de tribus enteras para sacrificarlos durante los festejos de la reconsagración de la última capa del Templo Mayor. A lo largo de cuatro días los sacerdotes, sus ayudantes y los ciudadanos más comunes arrancaron corazones sin interrupción en catorce pirámides. La sangre derramada bañó de rojo la plaza y las rampas de piedra que se habían construido para botar los cuerpos. No se sabe el número exacto pero en el Códice Telleriano-Remensis se lee que los viejos hablaban de 4000 sacrificados. Es probable que la propaganda del terror mexica haya inflado su cifra oficial, 84,400 sacrificados, a fin de amedrentar a sus rivales.

Muy aparte de la reconsagración de 1487 no debemos olvidar la perpetuidad de la fiesta sacrificial mexicana, excepto los temidos cinco días finales del año. La sangre de las víctimas se salpicaba a manera de agua bendita (algo de esto llega a verse al lado del tzompantli vertical de Gibson). La reverberación de semejante carnicería llegó incluso al inconsciente del joven que fui siglos después. Nunca olvidaré un sueño que tuve hace muchos años en que me veía transportado a lo más tenebroso de una noche en el centro de la antigua Tenochtitlan. Recuerdo el ámbito del sueño: algo me decía, en esa densa noche, que había un olor y un depósito de víctimas que me escalofriaba por la inconcebible cantidad de despojos: lugar muy cercano a donde vagaba mi alma. El horror de la cultura fue captado en ese sabor onírico que es imposible describirlo en palabras. La inmunda peste del lugar era algo que sabía que existía, aunque no recuerdo haber olido algo durante el sueño.

El segundo mes del calendario mexica se llamaba tlacaxipehualiztli, literalmente “el desollamiento de los hombres”, durante el cual sólo en Tenochtitlan mataban al menos setenta personas. A veces a los condenados al sacrificio se les conducía desnudos recubiertos de tiza blanca. Las víctimas de Xippe Tótec, un dios importado de la región yopi de Guerrero-Oaxaca, habían sido presentadas al público el previo mes al sacrificio. En la estatuaria mesoamericana siempre se representa a Nuestro Señor el Desollado revestido con la piel de un sacrificado, y pueden adivinarse los rasgos de la víctima en el pellejo de Xippe. Ese día de fiesta, escribe Duverger, se les permitía a los pordioseros vestir los pellejos “aún pringosos de la sangre de la víctima” para que “con esa aterradora túnica” pidieran limosna en los hogares de Tenochtitlan. Según el Códice Florentino, también se ponían las pieles quienes habían capturado a los condenados. Después de varios días de usarlas “el hedor era tan terrible que todos volvían la cabeza; era repugnante: la gente con que se topaban se tapaba la nariz, y las pieles, ya secas y arrugadas, se quebraban”.

Estos actos ofertorios eran lo opuesto a la imagen hollywoodense de una secta oculta que, en la clandestinidad, sacrifica a una mujer joven. Mesoamérica era el teatro de la más pública de las crueldades. En contraste a las catedrales cristianas en que su espiritualidad radica en una sensación de privacidad y recogimiento, el templo mesoamericano ostentaba el sacrificio a vista del sol universal y el pueblo llano participaba en un evento comunitario. En la fiesta llamada panquetzaliztli los danzantes “a toda velocidad corrían, saltaban y se agitaban hasta quedar sin aliento y los viejos del barrio tocaban el tambor y cantaban para ellos”. El agotador maratón era un espectáculo alucinante y el asesinato ritual marcaba el apogeo de la fiesta mexicana. En otra de sus fiestas, Xócotl huetzi, la del dios fuego, arrojaban a las víctimas a un inmenso brasero mientras la muchedumbre contemplaba muda. Sahagún nos informa que después de sacarlos con las carnes hinchadas de la quemazón y arrancarles el corazón “la gente se dispersaba y todos iban a sus casas a celebrar, pues era un día de regocijo”. Todo sacrificio se rodeaba de fiestas populares.

En lo personal, me impresiona el segundo mes del calendario mexica, el que más relaciono con mi sueño porque en la vida real se desmayaban quienes iban a ser asesinados y desollados. Así, muertos de pánico, eran arrastrados por los pelos a la piedra sacrificial.

Guerrero y su cautivo,
tomado de los pelos y llorando

Los sacerdotes también se vestían con las pieles de los sacrificados, pintadas de amarillo, el exterior de la piel vuelta hacia adentro como un calcetín. A Nuestro Señor el Desollado se le invocaba con estas palabras: “Oh mi dios, ¿por qué te haces del rogar? ¡Ponte el ropaje de oro, póntelo!” El cadáver desollado se cocinaba y se repartía para su consumo. En el Códice Florentino aparecen ilustraciones de estas formas de sacrificio incluyendo la de cinco indios desollando un cadáver. Los xixipeme eran los hombres que se vestían con la piel de los condenados personificando a la deidad.

Tanto los códices como la evidencia en pinturas murales, estelas, graffitis y vasijas son testimonio de la gama de los sacrificios humanos. Incluso celosos indigenistas como Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján han declarado públicamente que hay evidencia iconográfica de los sacrificios en Teotihuacan, Bonampak, Tikal, Piedras Negras y en los códices Borgia, Selden y Magliabechiano, así como irrefutable evidencia física en forma de partículas sanguíneas extraídas de los puñales sacrificiales. Además de la extracción del corazón, en la última encarnación de esta cultura de asesinos seriales las víctimas eran encerradas en una cueva donde morían de sed e inanición; o eran decapitadas, ahogadas, acribilladas con flechas, desempeñadas, apaleadas, ahorcadas, lapidadas o asadas vivas. En el ritual llamado mitote, las víctimas aún vivas eran desangradas y un grupo de danzantes les iba mordiendo el cuerpo. El mitote culminaba con el cocimiento de los sacrificados para su consumo comunitario en un guiso similar al pozole. En el sacrificio que practicaban los matlazincas al condenado se le apresaba en una red y le rompían los huesos lentamente por medio de retorcer la red. El juego de pelota, que se hacía desde la costa del golfo y que despertaba enormes pasiones entre los espectadores, culminaba en arrastrar al cadáver decapitado para que manchara de sangre la arena mientras un friso de cráneos “veía” el deporte. No tiene caso hacer la lista erudita, tipo enciclopedia sahagunense, sobre los nombres de los dioses o los meses del calendario que correspondían a estos tipos de sacrificio. Más pertinente parece notar que a lo alto de las pirámides estaban los ídolos del tamaño de un hombre o aún mayores, compuestos de una pasta de semillas mezclada con la sangre de los sacrificios. Las figuras estaban sentadas en sillas con una espada en una mano y un escudo en otra. Como lo que dije del gran Huichilobos en el capítulo anterior, qué daría por contemplar las figuras del llamado panteón azteca. Se sacrificaba a dioses cuyos nombres nos resultan familiares a quienes fuimos educados en México: desde las deidades agrarias hasta las de la guerra, el agua y la vegetación; pasando por los dioses de los muertos, del fuego y la lujuria. Casi siempre se sacrificaba en los templos, pero también podía hacerse en el palacio imperial. Ya vimos que a los niños se les sacrificaba en los montes o en la laguna. Ahora debo decir algo sobre el sacrificio de mujeres. Según el Códice Florentino, en los rituales de los meses Huey tecuíhuitl (del 22 de junio al 11 de julio) y Ochpaniztli (del 21 de agosto al 9 de septiembre) se les engañaba con estas palabras:

Alégrate hija mía, pues dentro de muy poco tiempo compartirás el lecho del emperador Motecuhzoma. Él dormirá contigo. ¡Sé dichosa!

La india subía voluntariamente las escalinatas del templo, pero al llegar era decapitada por sorpresa. En sacrificios similares que se hacían puntualmente según la fiesta del calendario, las mujeres eran decapitadas, desolladas y su piel usada cual trofeo. Además de hombres, mujeres, niños y ocasionalmente viejos, los mexicas sacrificaban perros, coyotes, cérvidos, águilas y jaguares. El Códice Florentino nos informa que a veces subían al condenado amarrado por las cuatro extremidades, “significación que eran como ciervos”.

Quien mejor nos transporta a este insólito mundo y más se acerca a mi sueño de “máquinas para ver el pasado” es Bernal Díaz del Castillo y su Historia verdadera de la conquista de Nueva España. El espontáneo testimonio del soldado de infantería difiere de los secos reportes de Cortés. Por haber sido obra de un memorialista también difiere del tratado, considerado una referencia estándar sobre la conquista, que escribió Hugh Thomas medio milenio después. Habla mucho de nuestra primitiva era el hecho de fijarse en la forma literaria del Quijote, que es ficción, en vez de los hechos reales que cuenta Bernal: vivencias extraordinarias en que varias veces estuvo muy cerca de perder la vida. (Esta actitud de los literatos me recuerda precisamente un pasaje de la novela de Cervantes en que el hidalgo se acobardó sólo cuando se topó con la única aventura real que se le presentó, a diferencia de sus molinos de viento.) La impresión que me llevó descubrir al cronista fue considerable. Me percaté de la charlatanería de la escolaridad mexicana: con todos sus silencios, obcecaciones y tabúes sobre el canibalismo, la crueldad y la magnitud de la institución sacrificial precolombina. Me pareció inconcebible que tuviera que esperar tanto para descubrir a un autor que habla como ningún otro sobre el pasado distante de México, alguien que debí haber conocido en mi adolescencia. Cada vez resulta más claro que la verdadera universidad son los libros; y la voz de la propia conciencia, más que la de los académicos, el faro que nos oriente en los mares del mundo.

Humboldt dijo que el alborozo experimentado por el aventurero al enfrentarse al mundo recién descubierto fue mejor transmitido por el cronista que por los poetas. En 1545 Bernal Díaz fue a la Antigua Guatemala donde vivió el resto de su vida, si bien Bernal no escribiría sus memorias sino hasta frisar los setenta años. El poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón dijo que la crónica de Bernal es el trabajo más importante sobre la conquista. La considera superior a las crónicas sobre las campañas de Perú o las campañas contra Turquía, Flandes o Italia. Quienes en tiempos más recientes han leído a Bernal en traducciones dicen cosas similares. En una reseña de internet puede leerse: “En cada página de este libro están las tramas y los personajes de cada película de Spielberg. Pero ninguna película, ninguna aventura, ninguna ciencia-ficción ni novela gótica puede siquiera acercarse al relato de Bernal Díaz sobre la derrota inicial y conquista final de Nueva España”. Y Christopher Bonn Jonnes, autor de Wake up dead, escribió: “Esta historia podría haber sido rechazada como demasiado improbable de haber sido presentada como ficción, pero es historia”.

A diferencia de los libros de corte académico que matan de aburrimiento al lector, en las páginas bernaldinas uno realmente siente cómo fue el México prehispánico. Es muy ilustrativa la narrativa del impacto que sintieron los europeos al toparse, por primerísima vez en la historia, con la institución sacrificial. Sucedió en una isla cerca de la costa de Veracruz, y debido a la novedad que el rito representaba los camaradas de Bernal la bautizaron Isleta de los Sacrificios.

Y hallamos una casa de adoratorios, donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual se llamaba Tezcatepuca, y acompañándole, cuatro indios con mantas prietas [oscuras] muy largas, con capillas que quieren parecer a las que traen los dominicos o los canónigos. Y aquellos eran sacerdotes de aquel ídolo, que comúnmente en la Nueva España llamaban papas, como ya lo he memorado otra vez. Y tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos [a] aquel maldito ídolo y no consentimos que tal sahumerio nos diesen; antes tuvimos gran lástima de ver muertos aquellos dos muchachos, y ver tan grandísima crueldad. Y el general preguntó al indio Francisco, por mí memorado y que trajimos del río Banderas, que parecía algo entendido, por qué hacía aquello: y esto se lo decía medio por señas, por que entonces no teníamos lengua [traductora] ninguna, como ya otra vez he dicho.

Eran los tiempos anteriores a la expedición de Cortés. En la expedición de Grijalva, Bernal y sus camaradas habían sido los primeros europeos en percatarse de que más allá de Cuba y La Española no había más islas sino inmensas tierras. En la siguiente expedición, ya tierra adentro en el continente en lo que hoy es el estado de Veracruz, nos cuenta Bernal:

Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que los habían llevado [los brazos y piernas] para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades. Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues desde allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa.

Demos también nosotros un salto hacia adelante en la ruta bernaldina a Tenochtitlan en que no hallaban otra cosa, incluyendo Tlaxcala. Al llegar a Cholula, ciudad religiosa de peregrinaje indio con una centena de templos y la más alta pirámide del imperio, dedicada a Quetzalcóatl, le dijeron a Cortés:

“Mira, Malinche [amo de Marina], que esta ciudad está de mala manera porque sabemos que esta noche han sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, para que les de victoria sobre vosotros”.

Para los antiguos mesoamericanos todo se resolvía matando niños y adultos. Una vez que llegaron a la gran capital del imperio, y después de que Moctezuma y su séquito los condujeran en gran tour por la bella Tenochtitlan y de haber visto al impresionante Huichilobos a lo alto de la pirámide, Bernal nos cuenta:

Y un poco apartado del gran [pirámide] estaba otra torrecilla que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía [en] una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos con la boca abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas; y asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes juntos a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían [en] el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnicerías. […] Yo siempre le llamaba a aquella casa el infierno.

El testimonio de Bernal sobre la antropofagia es corroborado por Sahagún y Durán. Como vimos, ni Bartolomé de Las Casas lo desmentía. En Historia de Tlaxcala Diego Muñoz escribió:

Ansí había carnicerías públicas de carne humana, como si fueran de vaca y carnero como en día de hoy las hay.

Y en el capítulo XXIV del texto del Conquistador Anónimo puede leerse que a todo lo largo de Mesoamérica los indígenas comían carne humana, la cual, agrega el cronista, les gustaba más que cualquier otra comida. Llama la atención que en esta ocasión los mexicanos no usaran chile, sólo sal: lo que parece sugerir, como han señalado los estudiosos, que la tenían por bocado precioso. La carne humana, que sabía como la de cerdo, no era asada sino que se servía en pozole. En Tenochtitlan los cadáveres eran llevados a los barrios y consumidos. (De igual modo, había pedacería de carne humana en los mercados de Batak en Sumatra antes de la conquista de los holandeses.) Quien había realizado la captura en la guerra era dueño del cadáver cuando éste llegaba a los escalones de la pirámide. Los ayudantes del sacerdote le daban al dueño una calabaza llena de la sangre caliente de la víctima, con la que hacía ofrendas a diversas estatuas. Se comía en la casa de quien realizaba la captura, pero según la etiqueta éste no podía unirse al banquete.

(Códice Magliabechiano)

Tanto los sacrificios como el canibalismo habían iniciado en el continente desde 5000 a. de C, con los primeros asentamientos humanos que trajeron la práctica desde su tránsito por el estrecho de Bering. He mencionado las festividades del mes panquetzaliztli pero no dije que, según Sahagún, en esa fiesta los mexicas compraban esclavos, “los lavaban y regalaban para que engordasen, para que su carne fuese sabrosa cuando los hubiesen de matar y comer”. Incluso los escritores contemporáneos que admiran al mundo mexica concuerdan con Sahagún. Para Duverger el canibalismo no debe disimularse como parte simbólica de un rito antiguo: “¡No! La antropofagia forma parte de la realidad azteca y su practica es mucho más corriente y mucho más natural de lo que a veces se suele presentar”, y añade: “Abramos los códices: brazos y piernas surgen de una jarra colocada sobre el fuego; unos indios acurrucados devoran, a mano, la carne de los miembros de un sacrificado”. Cuando los tlaxcaltecas llevaron a los tepeacas muertos a las carnicerías de Tlaxcala después de la huída de Tenochtitlan, se ve claro que el objetivo no era el canibalismo ritual sino la más pragmática antropofagia (esto muestra que la afirmación de Las Casas, mencionada arriba, de que la antropofagia era una costumbre religiosa es, simplemente, falsa). Miguel Botella de la Universidad de Granada explica que el canibalismo mesoamericano había sido “como en las actuales corridas de toros, donde todo sigue un ritual, pero una vez que muere el animal es carne”. Botella señala que se han comprobado las descripciones de los cronistas al examinar más de veinte mil restos óseos a lo largo del continente, algunos de los cuales con inequívocos signos de manipulación culinaria. Entre las muy diversas recetas de los antiguos mexicanos, la que más asco me da imaginar era un inmenso tamal que hacían con el indio muerto, triturando sus restos ¡después de un año de la defunción y entierro!

Después de la matanza de Cholula, los españoles liberarían a los cautivos de las cárceles en forma de jaulas de madera, las cuales incluían niños cebados para ser consumidos. Ni siquiera Hugh Thomas lo niega. El establishment políticamente correcto siempre presenta a la masacre de Cholula como uno de los actos más viles de los españoles. Pero nunca mencionan las jaulas, ni cómo los cautivos fueron liberados gracias a los conquistadores en vez de ser merendados por los cholultecas.

Por más que los mexicanos nacionalistas intenten escamotear el asunto en los libros de texto para escolares, y por más difícil que nos cueste imaginarlo a quienes fuimos educados para idealizar esa cultura, el ineludible hecho es que apenas trece o catorce generaciones atrás los mexicanos consumían carne humana como parte de su cadena alimenticia.

Published in: on junio 1, 2011 at 2:11 pm  Comentarios (1)  

Páginas 513-522 de Hojas susurrantes



En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



“La mejor educación del mundo”

En cada ciudad maya había dos pozos: uno para tomar agua y el otro como oráculo para echar a las muchachas casi veinte metros abajo. Al subirlas al mediodía, si no habían muerto en el agua fría les preguntaban: “¿Que te dijeron los dioses?” Las muchachas mayas se desquitaban atando de pies y manos a sus bebés. Y hacían algo más. La deformación artificial del cráneo había sido practicada desde la prehistoria, y los médicos griegos mencionaban la práctica en algunos pueblos. Los mayas ponían tablas que moldeaban el cráneo del recién nacido, cuando aún es plástico, para formar las cabezas en forma de huevo que han hallado los arqueólogos. Asimismo, los padres ponían a sus bebés un objeto entre los ojos para volverlos bizcos: al igual que las cabezas alongadas, era un signo de belleza entre los mayas (cuando Hernández de Córdova incursionó en la costa de Yucatán en 1517 llevó consigo dos indios bizcos que pensaba usar como intérpretes). Ya más crecidos tenían que sacrificar su propia sangre: los niños sacarla de sus penes y las niñas de sus lenguas. Hubo mayas que incluso sacrificaron a sus hijos entregándolos vivos a los jaguares.

DeMause ha hablado de lo que llama “asistencia proyectiva”, aunque sin referirse a la puericultura mesoamericana en particular. Durante los nemotemi, los temidos cinco días nefastos para los mexicanos, los padres no dejaban dormir a los niños “para que no se convirtieran en ratas”. Recordemos el psicodrama de la niña autolesionadora en el paradigma de Ross y demos ahora un paso más. Imaginemos que una vez casada proyectara, en su propio hijo, ese autoodio. Esta “asistencia” o “cuidado” de no dejar dormir a los niños era, en realidad, un caso de disociación en que el adulto proyecta en el niño la parte de su yo que le enseñaron a autoodiar. Otro ejemplo: En el mundo del mexica lo primero que se le decía al recién nacido es que era un cautivo. Al igual que los alaridos que estremecieron a los cronistas, la partera gritaba pues se creía que el parto era un combate y que, al nacer, el niño era un guerrero capturado. Se fajaba al recién nacido y se le decía cariñosamente: “Hijo mío, muy amado, sábete y entiende que no es aquí tu casa. Tu oficio es dar de beber al sol con la sangre de los enemigos”. Apenas la criatura viene al mundo y ya tiene enemigos. El recién nacido no nace con derechos sino con obligaciones: no se le dice que se le va a cuidar sino que está destinado a alimentar al gran astro (deMause ha escrito sobre esta inversión de los roles paternofiliales en sus estudios sobre bebés occidentales en siglos más recientes). En la admonición mexica también se asoma la sombra del infanticidio por negligencia. “No sabemos si viviréis mucho” le decían en otras exhortaciones.

En la ilustración de abajo puede notarse el parecido de Tlazolteotl con la imagen del guerrero y su cautivo, al que la diosa toma del cabello como signo de dominio. Una de las cosas ciertas que dijo Elsié Méndez, tan criticada en mi libro anterior cuando hablé de la tertulia de cineastas, fueron unas palabras que pronunció que recuerdo verbatim: “La mamá lo pepena” refiriéndose a aquellas madres de nuestros tiempos que escogen a uno de sus hijos para controlarlo al punto de la estrangulación psíquica (en México el verbo “pepenar” puede tener la acepción de agarrar a alguien).


Tlazolteotl,
diosa de la infancia,
pepenando a un niño



En mayo de 1998 escuché en televisión a Miguel León Portilla, el erudito indigenista más conocido en México, decir que la mexica era “la mejor educación del mundo”. Casi una década después compré una edición del Huehuetlatolli que León Portilla comentó, el cual incluye una página en náhuatl. Huehuetlatolli eran las homilías moralizadoras en los primeros años de la vida de los niños y niñas. Estos consejos eran ubicuos en la pedagogía nahua. No se impartían en templos sino de padres a hijos, aun los humildes trabajadores, en la intimidad del hogar. En palabras de León Portilla: “Padres y madres, maestros y maestras, para educar a sus hijos y estudiantes les transmitían estos mensajes de sabiduría”. Los exordios se hacían en un lenguaje educado y elegante, el modelo de expresión que se usaría en las escuelas. Un pasaje del Huehuetlatolli de un padre a su hijo que transcribió al castellano fray Andrés de Olmos dice:

Todavía estamos aquí nosotros —nosotros tus padres— que te metimos aquí a sufrir, porque con esto se conserva el mundo.

Esta absoluta gema retrata en dos líneas la educación mexica. Haciendo caso omiso de líneas de este tipo, en la siguiente página León Portilla comenta: “Sus palabras hablan ya muy alto de nivel intelectual y moral”. Posteriormente, en la espléndida edición del Huehuetlatolli que poseo comentada por el indigenista, el sermón dice: “No hagas de tu corazón tu padre, tu madre”.

Este consejo es la perfecta antítesis al de Píndaro, “¡Llega a ser lo que eres!”, que resume la infinitamente más avanzada cultura griega de dos mil años atrás. Aunque León Portilla califica los exordios nahuas de altamente sabios y morales, representan un caso típico de pedagogía negra. Si hay algo que queda claro en el Huehuetlatolli es que en la educación no había individualidad alguna: otros viven las vidas de los niños, púberes, adolescentes y jóvenes a quienes se les exhorta interminablemente. Y lo que es peor: mientras León Portilla elogiaba a la educación de los antiguos mexicanos en la televisión nacional, el programa pasó imágenes de dibujos de códices con púberes amarrados en las muñecas y en los tobillos, con púas clavadas en sus cuerpos y lágrimas en sus caras. El indigenista había omitido explicar que “los castigos llueven sobre el niño”, como escribió Jacques Soustelle en La vida cotidiana de los aztecas. Los padres mexicas rasguñaban a sus niños con espinas de maguey. También se quemaban chiles rojos y se ponía al niño sobre el humo acre. Otro castigo mencionado en el códice era pegarles con palos. Motolinía, fray Juan de Torquemada, Durán y Sahagún corroboraron que la educación era ciertamente severa. Es importante recordar que en el modo de puericultura que deMause llamó intrusión, los golpes con objetos es considerado más lesivo para la autoestima y autoimagen que las nalgadas en la psicoclase denominada socialización. También es importante notar que son los padres quienes violentaban físicamente a los niños. Eso sí, el lenguaje del Huehuetlatolli es muy dulce: “¡Oh hija mía chiquita, palomita! Estas palabras he dicho para esforzaros…” En Carta a mamá Medusa demostré el corto circuito que produce en la mentalidad de un chico este tipo de alternancia “Jekyll-Hyde” en la dinámica de los padres con su hijo.

Códice Mendoza, folio 60: Castigos a los niños de 11 a 14 años. Nótense las lágrimas del niño y el signo de admonición en la boca del padre.

Los mexicas copiaron de los mayas la costumbre de vender a sus hijos. Los niños vendidos tenían que trabajar duro o eran castigados. Una familia pobre podía vender a su hijo como esclavo para salir de un aprieto financiero. Esto sucedía incluso en tiempos en que llegaron los españoles. El noble que le robara a su padre podía ser castigado con la muerte, y vale mencionar que las grandes sequías de 1450-1454 condujeron al sacrificio masivo de niños a las deidades del agua.

¿Cuál era la actitud que debía tener el hijo hacia semejantes padres? En náhuatl el sufijo -tzin se agregaba a las personas que había que honrar. Totatzin es nuestro padre respetado. En páginas anteriores hice la observación que los frenéticos bailes descargaban afectos contenidos de la psique mexica. Tomando en cuenta que ante tal educación no se le permitía al chico vivir sus sentimientos, como se desprende claramente de los textos citados por León Portilla no sólo del Huehuetlatolli sino de la educación en general, se va perfilando qué es lo que había que descargar.

En Izcalli, el último mes del calendario mexica, a los niños se les punzaba las orejas y la sangre se arrojaba al fuego. Como dije, a los diez años se le cortaba el cabello dejando un mechón que no le cortarían hasta que, ya crecido, hiciera un prisionero. De una manera u otra todo mexica varón tenía que participar en la captura de víctimas para el asesinato serial. Quienes no podían hacer prisioneros tenían que renunciar a la teocracia militar y conformarse con ser macehuallis, o por escribirlo castellanizadamente, maceguales: plebeyos atados a sus campos a quienes, so pena de muerte, se le prohíbe usurpar los símbolos honoríficos de plumas, vestidos bordados y joyas. Los maceguales formaban el grueso de la sociedad. En cambio, quien capturara cuatro prisioneros llegaba de un salto a la capa superior de la sociedad. Tan relevante era sobresalir en la captura de hombres para el asesinato serial que “quien nacía noble podía morir esclavo”.

Tanto en la televisión nacional como en sus escritos, León Portilla se enorgullece de que los antiguos mexicanos eran los únicos que contaban con escuela obligatoria en el siglo XV. El indigenista pertenece a la generación de mi padre, cuando jamás se oía hablar de los derechos de los niños y mucho menos del abuso parental. La forma en que los nahuas trataban a sus hijos, que actualmente sería considerada abusiva, era continuada en la escuela. La educación del endurecimiento del alma para la elite, en la escuela Calmécac (“casa de lágrimas”), consistía de penitencias y autolesiones con espinas de maguey. Otro caso de asistencia proyectiva era el consejo del padre a su hijo sobre la educación ultra-espartana a la que estará expuesto en el internado:

Mira, hijo: has de ser humilde y menospreciado y abatido […], habéis de sacar sangre de vuestro cuerpo con la espina de maguey, y bañaros de noche aunque haga mucho frío […]. No lo tengas por pesado, apechuga con el ayuno y con la penitencia.

“No lo tengas por pesado” significa no sientas tus sentimientos. Según Motolinía, esta muy querida práctica de las amonestaciones homilíticas se las hacían aún más largas a las niñas. En el internado había que abandonar la cama para bañarse en el agua helada de la laguna o alguna fuente. Ya desde los siete años se les alentaba a romper con el apego afectivo hacia su casa: “Y no pienses hijo dentro de ti: ‘vive mi madre y mi padre’. No te acuerdes de ninguna de estas cosas”. Como desde su nacimiento el niño estaba consagrado a la guerra, la educación de las escuelas era básicamente militar. El sistema estrictamente jerárquico prometía a los jóvenes que se esforzaban escalar hasta el grado de tequiuaque, y de ser posible más alto aún. Si el chico de buena familia no quería ser guerrero tenía otra opción: el sacerdocio. Alrededor de los veintiún años tenía que hacer la elección: una vida en la milicia o una vida célibe y austera, comenzando por tocar el tambor o ayudar al sacerdote en los sacrificios. La severidad era extrema: una de las leyes de Nezahualcóyotl castigaba con la muerte al sacerdote ebrio o lujurioso. Ninguna sociedad, ni siquiera la islámica, ha sido tan severa con el adulterio y el alcoholismo: delitos en que se aplicaba la pena capital, tanto a varón como a hembra. A los maceguales que se emborrachaban se les mataba enfrente de los adolescentes (el equivalente en la actualidad sería que a los escolares estadounidenses se les obligara a presenciar las ejecuciones de los adictos a la mariguana en la silla eléctrica como lección). Los Calmécac eran a su vez colegios y monasterios regidos por sacerdotes vestidos de negro. En el Códice Florentino se ve una imagen de adolescentes vestidos con pieles humanas frescas. Ya podemos imaginar el saldo emocional que tal práctica, auspiciada por el mundo de los adultos, ocasionaba en los chicos.

En el mundo nahua era mal visto que el joven expresara sus resentimientos y bien visto que se dominara y contuviera. Ningún deslenguado, nos dice Soustelle, “ninguno que hablare lo que le venía en boca fue puesto en el estrado y trono real”, y la elite eran los primeros que se someten al código flemático. Y no se trataba de disimular los resentimientos cuando, digamos, un chico o chica se enteraba que sus propios padres habían ofrecido a una de sus hermanitas como pago en sacrificio. Los padres aconsejaban en los ubicuos sermones: “Mira que no sea fingida tu humildad, porque entonces decirse ha de ti titoloxochton, que es hipócrita”. En el mundo nahua se manipulaba al niño por medio de la conjunción de las expresiones más dulces y cariñosas con el adultismo más abyecto. Los padres seguían sermoneándolos a todos, aun “al ya experimentado, al mancebo ya crecido”.

Un sol insaciable

Dime cómo son tus dioses y te diré quién eres. No puede ser más simbólico el mito de la diosa-tierra, Tlaltecuhtli, quien lloraba porque quería comer corazones de hombres. Así como el padre-sol no se movía sin sacrificios, la madre tierra no daba sus frutos si no era regada con sangre. Coatlicue era también diosa de la gran destrucción que devora todo lo que vive. Se hacían sacrificios delante de ella; las malas lenguas hablan de “jugosos bebés” para la insaciable devoradora. En las casas de la gente media siempre había un altar con una figurilla de una deidad, generalmente de la Coatlicue (en nuestra mente occidental uno esperaría encontrar al dios varón de los antiguos mexicanos, Huitzilopochtli). La diosa terrible exigía:

Y el pago de vuestros pechos y de vuestros corazones será que iréis conquistando, iréis atacando y arrasando a todos los maceguales, los pobladores que ya están allá, en todos los lugares por los que pasareis. Y a vuestros prisioneros de guerra, a los que haréis cautivos, les abrirás el pecho sobre la piedra del sacrificio, con el pedernal de un cuchillo de obsidiana. Y haréis ofrendas de sus corazones y comeréis su carne sin sal; sólo le pondréis muy poca en una olla donde se cuece el maíz para comerla.

De los mexica sólo tengo unas pocas raíces, como comer tortillas, etcétera. Culturalmente hablando, la educada clase media y alta en Latinoamérica es básicamente europea, del tipo de España o Portugal. Si comparamos el pasaje de arriba con nuestras auténticas raíces, digamos los exordios de Números y Levítico en contra del canibalismo y otras prácticas, la diferencia no puede ser mayor. Asimismo, no puede contrastar más la mitología mexica con la psicoclase superior de Grecia: donde Zeus le abre la barriga a su padre Cronos que se había tragado a sus hermanos, estableciendo así un nuevo orden en el cosmos.

Los papas se punzaban las extremidades como acto de penitencia a los dioses. Estos dioses eran una imagen escindida, disociada e internalizada de los padres en la mentalidad del individuo. El mismo emperador con frecuencia abandonaba el lecho a la mitad de la noche para ofrecer su sangre y oraciones. El Conquistador Anónimo se asombra de que, entre todas las criaturas de la tierra, los americanos eran los más consagrados a su religión; tanto así que el indio común se ofrecía él o ella a sacrificios como sacarse la sangre para ofrecérsela a las estatuas. El cronista llama nuestra atención al hecho que en los caminos había muchos oratorios donde los viajeros derramaban su sangre. Si recordamos la escena de la película mexicana El apando, basada en un libro homónimo de José Revueltas, en que un reo en la cárcel de Lecumberri se sangró y los prisioneros le dijeron que estaba loco, podremos apreciar el salto en psicogénesis. Lo que se consideraba normal en los estratos más altos y refinados del mundo mesoamericano es anormal incluso en las cloacas del México moderno. La forma mexica más terrible de autolesionarse que he visto en los códices aparece en la página 10 del Códice Borgia: un joven sacándose un ojo como símbolo de penitencia. Esto fue como llevar el perturbador paradigma de Colin Ross al extremo de autolesión.

En la base de la cosmovisión mesoamericana siempre aparece la noción de que la criatura debe la vida, y todo lo que existe, a sus creadores: paradigma de la más negra de las pedagogías que podamos imaginar. La mitología mesoamericana habla de la trasgresión de unos dioses de crear vida sin el permiso de sus padres, igualándose así con ellos. En textos mayas se habla de que estos hijos “se ensoberbecieron” y que lo que hacían estaba “en contra de la voluntad del padre y madre”. Los transgresores fueron expulsados del cielo y para volver tenían que sacrificarse. Dos de ellos se echaron vivos a una hoguera y fueron acogidos, satisfechos, por sus padres. Las resonancias de este mito aparecen en la práctica de arrojar a los cautivos a la hoguera; y no perdamos de vista lo que dijo Baudez, que el sacrificio mesoamericano reemplaza al autosacrificio: es meramente un sacrificio sustitutivo “como lo muestran en primera instancia los mitos del origen”. Los seres humanos fueron condenados por ese pecado original al sacrificio porque “no podían reconocer a sus creadores”. (Cuando llegué a este punto leyendo Arqueología mexicana, no pude sino recordar la frase de mi padre que tanto me molió de niño y que conté en mi libro anterior cuando se refirió a los condenados “por no haber reconocido a su Creador”.) El sacrificio así entendido era un ajuste de cuentas, una vendetta. De hecho, en algunas versiones de la cosmogonía mesoamericana el sol les da armas a los hermanos que les son fieles a sus padres para que maten a los 400 hijos infieles. Los fieles cumplen la orden y así alimentan a sus demandantes padres: una vez más, la antítesis cultural a la exitosa rebelión de Zeus, quien había rescatado a sus hermanos del padre tirano.

La conexión de la puericultura con el sacrificio es tan obvia que a la hora en que el guerrero hacía un cautivo lo tenía por hijo —de ahí que no pudiera participar en el banquete postsacrificial— y el cautivo lo tenía por señor padre. Algunos historiadores hablan incluso de diálogos. Al hacer un prisionero decía: “He aquí a mi hijo bienamado”, y el cautivo contestaba: “He aquí a mi padre venerado”. En una de las fiestas dedicadas al agua en el bosque Tota, que quiere decir “Nuestro Padre”, a una niña se le llevaba junto al árbol más alto y la sacrificaban. Cada vez que el sacerdote alzaba un corazón al cielo en ofrecimiento al sol la catástrofe que amenaza al universo era pospuesta una vez más, porque “sin el elixir rojo y caliente de los sacrificados el universo estaba condenado a la congelación”. Como razonan los esquizofrénicos modernos, el universo del mesoamericano común, al igual que el de las mentes bicamerales de otras culturas, estaba amenazado y constantemente expuesto a una catástrofe. La función primordial de la raza humana era alimentar a sus padres, a intonan intota Tlaltecuhtli Tonatiuh, “a nuestra madre y a nuestro padre, la tierra y el sol”. La elegancia de estas cuatro palabras nahuas evoca al compacto latín.

En el mundo mexica el destino estaba predeterminado por la tonalpohualli, “la cuenta de los días” del calendario en que el nacimiento por signo astrológico de un individuo era un destino. Si León Portilla tenía en mente a las culturas prehispánicas, erró en su artículo “Identidad y crisis”, publicado en julio de 2008 en Reforma, al concluir que en la antigüedad el sol era visto como el “dador de la vida”. Duverger hace la aguda observación de que la deidad solar, la cual aparece al centro del calendario, era tan distante que ni siquiera se le adoraba directamente. En vez de dar la vida, la insaciable deidad demandaba energía, más energía, y más so pena de congelar al mundo (“Todavía estamos aquí nosotros —nosotros tus padres— que te metimos aquí a sufrir, porque con esto se conserva el mundo”). El astro del mediodía no es proveedor de energía sino que la reclama. La sedienta lengua de fuera que aparece en la piedra del sol se asemeja a un puñal: representa el cuchillo que se usaba en los sacrificios. El calendario solar con Tonatiuh al centro del cosmos era un destino absoluto: ni siquiera se le podía implorar. Es importante mencionar aquí los estudios psicohistóricos sobre las diversas deidades de la forma más arcaica de culturas infanticidas: demasiado remotas para abordarlas según deMause.

Cuando pienso en el músico que se sacrificaba voluntariamente a Tezcatlipoca en las festividades del mes tóxcatl, que según Sahagún eran fiestas tan sacras para los mexicas como la pascua de los cristianos, veo a la cultura de los antiguos mexicas en todo su sol. (Pedro de Alvarado perpetraría la gran matanza de México cuando temió que sería sacrificado después de esa fiesta.) La observación autosacrificial de Baudez vale otra vez acá. Como el mártir del gólgota que tiene que beber de un cáliz que en el fondo quiere apartar de sí, sólo si el joven indio se somete voluntariamente a la espantosa muerte gana el inescrutable amor del padre. Esto es idéntico a las más disociadas familias del mundo islámico, como se colige en el largo artículo de deMause “Si me vuelo a mí mismo como mártir, por fin seré amado”. Pero a diferencia de la metafórica pascua de Alvarado y los conquistadores (e incluso los islamistas contemporáneos), los mexicas literalmente mataban a su bienamado antes de decapitarlo y ostentar su cabeza en el tzompantli.

Al igual que la mentalidad de las culturas más primitivas del Mundo Antiguo, en el mundo mesoamericano, donde el ciclo solar reinaba desde los mayas y quizá antes, “el sacrificio se realiza para alimentar al padre con comida (corazones) y bebida (sangre)”. Había dicho que los ayudantes del sacerdote le daban al “padre” del cautivo una calabaza llena de sangre caliente de su “hijo”. Con esa sangre humedecía los labios de las estatuas, las introyectadas y demandantes “sombras” de sus propios padres, para alimentarlos. Los sacerdotes embadurnaban sus ídolos con sangre fresca y, como Bernal Díaz nos contó, los santuarios mayores estaban empapados de hedientas costras, incluyendo el pináculo del Gran Teocali.

En nuestra época, quienes pertenecen a esta psicoclase son aquellos que ostentan sus actos untando las paredes con la sangre de sus víctimas: gente que ha sufrido una forma de crianza mucho más regresiva que la del occidental promedio. Richard Rhodes explica en Why they kill que Lonnie Athens, el Darwin de la criminología posmoderna, descubrió que quienes cometen crímenes violentos fueron violentados horrendamente de chicos. El cien por ciento de los criminales que Athens entrevistó en prisiones de Iowa y California habían sido brutalizados en sus tiernos años.* Un caso extremo al otro lado del Atlántico fue el del asesino serial de niños, Jürgen Bartsch, que aparece en el libro de Alice Miller Por tu propio bien. Bartsch había sido martirizado en casa de manera mucho más espeluznante que la mía. Miller cree que se regodeaba al ver las miradas en pánico de los niños que mutilaba a fin de ver al niño martirizado que él mismo, Bartsch, tenía adentro.

* * *

* Recientemente Abby Stein ha confirmado estos hallazgos (Journal of Psychohistory, 36, Nº 4, 320-27). Vale decir que, debido al tabú fundacional de la mente humana, cuando en enero de 2008 edité el artículo Criminology de Wikipedia me sorprendió hallar en la sección donde añadí una mención a Athens únicamente a las teorías biologicistas sobre la etiología de la mente del criminal.

Published in: on mayo 31, 2011 at 11:24 pm  Dejar un comentario  

Páginas 522-530 de Hojas susurrantes



En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



Encuentro de psicoclases

Julian Jaynes escribió:

Me he esforzado en estos dos capítulos en examinar el registro de un enorme lapso de tiempo para demostrar la verosimilitud de la hipótesis de que el hombre y sus primeras civilizaciones tuvieron una mentalidad profundamente diferente que la nuestra; que los hombres y las mujeres, de hecho, no estaban conscientes como lo estamos nosotros, no eran responsables de sus acciones, y por consiguiente no se les puede dar crédito o culpabilizarlos de cualquier cosa que se haya hecho durante estos vastos milenios.

Jaynes se queja en su libro de que los traductores de textos del Mundo Antiguo coloreen sus traducciones con palabras abstractas absolutamente incomprensibles para la mentalidad bicameral de otros tiempos. En lo personal, una vez que me percaté de la existencia de psicoclases me parecen bobas las películas hollywoodenses en que se retroproyecta la psique moderna en aventuras épicas del pasado histórico, como si el hombre siempre hubiera sido el mismo.

Los indigenistas hablan maravillas de la herbolaria mexica a pesar de que la medicina estaba impregnada de pensamiento paleológico. La mayoría de las curas se orientaban a expulsar los malos espíritus. Si se padecía “la enfermedad del frío” se hacían ofrendas a algún monte por el que sentían devoción. El diagnóstico no descansaba en la observación empírica, sino en la adivinación; y si la enfermedad la había enviado un dios había que hacerle ofrendas. Como escribió Arieti, en sus pacientes esquizofrénicos todo lo que ocurre era interpretado como deseado por agentes externos. Mucho más perturbador era la propensidad de los mesoamericanos de hacer trepanaciones con el fin de que se le salieran los malos espíritus a un indio. El cráneo récord de trepanaciones que se conserva posee cinco grandes agujeros.

Es interesantísimo ver cómo un Moctezuma atemorizado lo primero que hace es mandarle una ofrenda de carne humana fresca a los expedicionarios. Cuando se encontraban en la costa de Veracruz sus representantes visitaron a Cortés. Mataron a los cautivos que traían y los preparaban para un festín antropófago. Los españoles no podían creer lo que tenían frente a sus ojos. “Pero cuando ellos vieron aquello sintieron mucho asco, escupieron, se restregaban las pestañas”, escribe Bernal. Cierto que en una conjura desobediente, Cortés, mandó cortar los dedos de los pies al piloto Gonzalo de Umbría. El capitán español era capaz de caer sobre una aldea de desarmados tlascaltecas y hacer una masacre, así como de amputar la mano derecha de sus espías. Mandó matar a hombres, mujeres y niños indefensos durante el asedio de Tenochtitlan, “una de las escenas más penosas que registra la vida de aquel hombre”, escribió su biógrafo Salvador de Madariaga. Cierto que ordenó que fueran quemados Qualpopoca y sus hijos por haber matado a la retaguardia de castellanos. Mandó colgar a un par de españoles y, en otra conjura en la que temió por su vida, a Cuauhtémoc mismo.

Pero Cortés no se mutilaba. Ni sacrificaba niños. Comparados con los amerindios, los rústicos soldados pertenecían a una dimensión completamente nueva en la evolución de la psique humana, tan distinta de la psicoclase infanticida como una mariposa del ex gusano.

Aquellos que, a lo largo de la historia y prehistoria, han pertenecido a la psicoclase infanticida se esquizofrenizan por necesidad: sean indígenas, caucásicos, africanos u orientales. Un ruido de la naturaleza o un animal que se cruza en el camino son interpretados como augurios. Para esta gente no hay individuación, libre albedrío en el más amplio sentido y mucho menos cognición o pensamiento aristotélico. En el caso de los mexicas, el destino estaba determinado por la fecha del nacimiento y escapaba de la voluntad del individuo. El clima psíquico estaba cargado de pesimismo y amenazado de aniquilación. La manera de protegerse ante la amenaza eran las ofrendas a sus demoníacos dioses. Cuando los mesoamericanos se sentían amenazados por algo les ofrecían puntualmente sangre y corazones en un intento de aplacar lo que, en realidad, eran sus demonios internos. Bernal dice que en Cempoala, atemorizados por los teules barbados (vocablo corrompido de teteuh, dioses) que venían del Oriente, “cada día sacrificaban delante de nosotros tres o cuatro o cinco indios”. Cuando Cortés inicia su resuelto avance a la gran capital mexicana Moctezuma cae presa del pánico. “Y les sacrificaban cada día dos muchachos para que le diese respuesta de lo que había que hacer con nosotros”. Cuando llegaron a Cholula “supimos que [Moctezuma] estuvo encerrado en sus devociones y sacrificios dos días, juntamente con diez papas, los más principales”. Poco después aparece algo inverosímil en el relato de Bernal. La respuesta de los sumos sacerdotes fue que “nos deje entrar”.

Nótese que, de forma análoga al pensamiento mágico de la medicina prehispánica, el Huey Tlatoani (emperador) no pensaba en lógica aristotélica. Cierto que, al igual que Ahuítzotl, antes de monarca Moctezuma había sido sumo sacerdote. Pero también había sido un exitoso general. A pesar de ello, en el año axial de su reinado no consultó a los jefes militares sino a sus sacerdotes, y lo que es peor: dejó entrar a los españoles a sabiendas de que éstos acababan de perpetrar la gran matanza de Cholula, en que la ciudad fue saqueada por los aliados tlascaltecas y el templo de Huitzilopochtli ardió durante dos días; además de que Cortés ordenaría destruir todas las efigies de culto. Tenochtitlan no era Cholula. Dada su ubicación como la única ciudad lacustre del continente, estaba bien protegida. Los mexicas fácilmente habrían podido levantar los puentes que conducían a la capital del imperio. En lugar de ello, dejaron entrar no a una embajada de Cortés ¡sino a éste con todo su ejército! (incluidos los nunca vistos caballos).

Si esto no es suicida pensamiento mágico de mentes bicamerales, ¿qué es? La Conquista de América es el capítulo de la historia que llama la atención como ninguna otra conquista en la historia de la humanidad. Si bien Cartago sufrió una suerte similar a Tenochtitlan, los romanos tuvieron que librar tres costosísimas guerras púnicas a lo largo de casi 120 años antes de arrasar la ciudad. A Cortés le llevó una fracción de ese tiempo: inició su campaña en 1519 y para 1521 ya había capturado la doble ciudad. La observación de Jaynes recogida capítulos atrás sobre Pizarro, “¿Cómo fue posible que un Imperio cuyos ejércitos habían sojuzgado las civilizaciones de medio continente fuera sometido por una pequeña banda de 150 españoles al caer la noche del 16 de noviembre de 1532?”, podemos hacerla sobre Cortés.

“Nunca jamás hizo capitán con tan chico ejército tales hazañas, ni alcanzó tantas victorias ni sujetó tamaño imperio”, comentó el cronista Gómora. Si hay algo que se desprende del relato de Bernal es que el capitán quería suspender la práctica del sacrificio en cada pueblo que pasaba en ruta a Tenochtitlan. Un amigo semiindígena que ha leído a los cronistas me comentó que la historicidad de sus relatos se encuentra muy por arriba de la excusa que, cual mantra, hemos escuchado mil veces en boca de otros mexicanos: “Los ganadores escriben la historia”. La realidad es que los tlaxcaltecas odiaban a los mexicas, quienes a lo largo de un siglo habían estado haciendo redadas para obtener cautivos y sacrificarlos. Si los habitantes de Tenochtitlan hubieran sido populares en el llamado imperio azteca los españoles habrían sido rechazados en México. Una lastimosa sensación produce en el lector una ilustración del libro de Diego Durán con humildes indios cargando, sobre sus espaldas, las mochilas de los advenedizos en su avance a Tenochtitlan, mientras un español aparece sentado cómodamente en su caballo. Lo mismo puede decirse de otra ilustración de indios construyendo bergantines que se utilizarían decisivamente en la batalla del lago de Tezcoco. Es obvio que la conquista de México fue, a su vez, una guerra civil.

Como dejé a entender en un capítulo anterior, mi padre siente una admiración desmedida por el mundo indígena. Varias veces ha argumentado que el hecho que la poseía de Nezahualcóyotl, el representante más típico y refinado de la cultura nahua, fuera tan humana desmiente la visión de la cultura de los antiguos mexicanos como bárbara.

Pero la poesía no es parámetro. El principio básico, fundamental en psicohistoria es que la puericultura es el factor relevante, y desde este ángulo incluso el refinado monarca de Tezcoco era un bárbaro. En una intriga palaciega Nezahualcóyotl consintió que le dieran garrote a su hijo preferido, el príncipe Tetzauhpilzintli. Los personajes nahuas eran presa de arrebatos fraticidas. Moctezuma I (no el que recibió a Cortés) mandó matar a su hermano y algo similar hizo el sucesor de Nezahualcóyotl, Nezahualpilli: quien también castigó con la pena capital a su primogénito y sucesor. Soustelle afirma que este drama fue una de las causas de la caída del imperio mexicano dado que los hermanos consanguíneos que subieron al trono se pasaron a las filas españolas. Pero asombra la ceguera de Soustelle sobre lo que tiene enfrente de sus narices. Al igual que León Portilla, para Soustelle “no hay duda de que los mexicanos querían entrañablemente a sus hijos”.

Pero eso no es amor. El duelo de Nezahualcóyotl después de permitir que mataran a su hijo me recuerda la “Pietà” de mi primer libro, mi madre, que sufría por verme en patéticas condiciones cuando no hacía sino escalar su maltrato hacia mí. Y lo que es más perturbador: algunos nobles entregaban a sus hijos pequeños a los sacerdotes de Tláloc para ser sacrificados (como vimos, la gente de menos recursos también vendía a sus hijos a los sacrificadores), dato que demuestra que el móvil era más que económico.

Los españoles vieron de lejos cómo sacrificaban a sus compañeros de armas en la cima de la pirámide de Tenochtitlan, cuyas cabezas encontrarían empalizadas en un tzompantli, junto con las cabezas decapitadas de los caballos capturados. Cuando mencioné por vez primera a los tzompantli omití decir que eran estructuras en que se ponían, paralelamente, unas varas. A través de agujeros por las sienes, las varas sostenían enormes hileras de cabezas humanas decapitadas: una tras otra. (Sólo en Tenochtitlan había siete tzompantlis, aunque los españoles habían visto un tzompantli en Cempoala, no muy lejos la costa de Veracruz, y poco después otro en Zautla, el cual también contenía fémures y otras partes de cuerpos humanos.) Bernal escribe: “Estando de aquella manera, bien angustiados y heridos, no sabíamos de Cortés ni de Sandoval ni de sus ejércitos, si los habían muerto y desbaratado [descuartizado], como los mexicanos nos decían cuando nos arrojaron las cinco cabezas que traían asidas por los cabellos y las barbas”. Los desmoralizados soldados querían huir a Cuba después de la batalla de la Noche Triste, en que murieron la mayoría de sus compañeros: una gran derrota para las armas españolas en suelo mexicano.

Durante una escaramuza los indios capturaron a Cortés mismo, pero no lo mataron. Cuando se lo llevaban a sacrificarlo fue rescatado por los suyos. Desde el punto de vista militar, este pensamiento mágico de no matar al capitán caído sino querer llevárselo a la pirámide fue un error garrafal: Cortés sería quien los arengó a no regresar a Cuba después de la catastrófica Noche Triste. Posteriormente, cuando con el apoyo tlascalteca la guerra dio un vuelco y la capital mexica estaba perdida, Cuauhtémoc, el último Huey Tlatoani rechazó las propuestas de paz que, día tras día, Cortés les ofrecía. (Cuauhtémoc había sido el mismo noble que había dado la señal para apedrear a Moctezuma después de la matanza ordenada por Pedro de Alvarado, masacre inspirada en la matanza de Cholula.)

No es mi intención en este libro vituperar a los nuevos mexicanos. Como revelé en mi anterior libro, los recuerdos de las bellas colonias de la Ciudad de México donde viví en los años sesenta, antes de que la ciudad degenerara, aún despiertan mis más profundas nostalgias. Ni siquiera es mi intención vituperar a los antiguos mexicanos. Como he dicho, la psicoclase de los mexicas estaba mucho más evolucionada que la de los chichimecas: los nómadas del norte que aún comían carne cruda porque desconocían el uso del fuego; no sabían construir casas y vivían en cavernas. Los amerindios cazadores y recolectores estaban más disociados que los habitantes de las grandes ciudades, como los refinados nahuas. Y a juzgar por el inconcebible sadismo de los mayas con los prisioneros, indistinguible del de los peores asesinos seriales en la actualidad, no me cabe la menor duda de que, a pesar de que la forma pictográfica de escritura mexica frente a la silábica maya representa una regresión técnica, la psicoclase de los antiguos mexicanos define un avance psicogénico comparada con la de sus vecinos del sur.

Llegado a este punto debo confesar que duele leer casi todo lo relacionado con Moctezuma. Y duele a pesar de que Bernal dice que el Huey Tlatoani mismo compartía el canibalismo de su época. “Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad”, y en esa misma página se lee que “nuestro capitán le reprendía el sacrificio y comer carne humana, que desde entonces mandó que no le guisasen tal manjar”. A pesar de ello, duele porque en las páginas bernaldinas veo a un Moctezuma en toda su humanidad. Tanto Bernal como Cortés lo estimaban; y su cándida, temerosa y supersticiosa personalidad hace que el lector también simpatice con él. Es difícil no sentir un afecto muy particular por Moctezuma. Cierto que ante Cortés y los españoles el Huey Tlatoani se comportó como un güey (mexicanismo que cuando yo era un niño significó tonto). Los mexicanos de hoy día no son tan güeyes como los mexicas. Pero incluso después de casi quinientos años es una experiencia muy perturbadora enterarse de la conducta del Moctezuma histórico.

Antes de que la expedición española llegara a Tenochtitlan, el hombre más poderoso del imperio se aferró a sus papas de pelo largo, enmarañado, y pegoteado de costrones de sangre. Ya podremos imaginar el estado mental de quienes, una y otra vez, metían la mano en cuerpos vivos hurgando por la víscera vital. Lucían un rostro cenizo porque ellos mismos tenían que sangrarse una vez al día. Al caer presa de pánico cuando los expedicionarios estaban en ruta a la capital del imperio, Moctezuma consultó además a mucho a adivinos y hechiceros. Una vez que arribaron los españoles, es perturbador ver cómo los representantes de una psicoclase más integrada le arrebataron el imperio a Moctezuma: como un adulto le quita la paleta a un niño, quien había sido un magnífico anfitrión de Cortés y su enorme escolta.

El pueblo estaba tan disociado psicológicamente como su gobernador. En el enorme lapso de tiempo que transcurre desde el secuestro de Moctezuma por Cortés, a la matanza perpetrada por Alvarado, con excepción de Cacama y unos pocos nobles los mexicanos no se rebelaron ante los forasteros. Ni siquiera reaccionaron cuando Cortés ordenó que Qualpopoca, sus hijos y quince caciques fueran quemados vivos a la usanza de la Inquisición española, humillando al emperador quien encadenado tuvo que presenciar, en la plaza del Templo Mayor, la ejecución. A Moctezuma incluso le habían hecho aprender, en latín, oraciones como el padrenuestro y el avemaría.

Cortés salió temporalmente de Tenochtitlan para detener a Pánfilo Narváez en Cempoala. Narváez venía de Cuba con un gran ejército; quería arrestar a Cortés y liberar a Moctezuma. Sólo la matanza de México en que el rubio Alvarado (apodado totaniuh, el sol) asesinó a la flor de la aristocracia mexicana durante la “pascua azteca” despertó a los mexicas. Su largo letargo me recuerda la observación jesuita del siglo XVIII que los amerindios eran como niños crecidos, “bambini con barba”.

A diferencia de los peruanos, que constantemente limpian la gran estatua de Pizarro —quien se portó peor con Atahualpa que Cortés con Moctezuma—, en casi medio siglo de vivir en la capital no he visto una sola estatua de Cortés, su mujer india, o de Moctezuma. Tan hondo caló el trauma de la conquista que su cola llega medio milenio después. Cierto que después de la matanza de Alvarado, el hasta ahora picaresco relato de la conquista parece tornarse en la historia de una infamia, si bien de Madariaga matiza la visión de los vencidos señalando que Alvarado “tenía razón en pensar que existía una conspiración” mexica para atacarlos después de las fiestas. Por otra parte, hay mexicanos que han osado ver, con el debido humor negro, las crueldades cometidas por su propia raza india. En su Autobiografía, el muralista mexicano José Clemente Orozco escribió:

Según [los indigenistas] la Conquista no debió haber sido como fue. En lugar de mandar capitanes crueles y ambiciosos, España debió de haber enviado una numerosa delegación de etnólogos, antropólogos, arqueólogos, ingenieros civiles […]; sugerirle muy respetuosamente al gran Moctezuma que estableciera la democracia en el pueblo, pero conservando los privilegios de la aristocracia para darles gusto a todos. De esta manera se habrían ahorrado los tres siglos de la aborrecida Colonia y estaría en pie todavía el gran Teocalli, bien desinfectado para que la sangre de los sacrificados no se pudriera y poder hacer morcilla fresca con la misma, en una fábrica que ocupara el sitio que malamente ocupa el Monte de Piedad.

La historia no ocurrió así. Los soldados destruyeron completamente Tenochtitlan y un clero salido directo de la Contrarreforma y de la Reconquista se encargó de las estatuas y de los códices. Un poema melancólico mexica reza: “Nuestra forma de vida, nuestra ciudad, está perdida y muerta”. La infame pirámide que albergaba los restos del niño cuya foto incluí capítulos atrás fue volada con quinientos barriles de pólvora, sin los cuales esos huesos jamás habrían salido a la superficie siglos después. En cambio, en el sarcástico escenario de Orozco, en la ciudad más bella del mundo los turistas hablarían maravillas al escalar el Teocali para ver al gran Huichilobos sin tener conocimiento del niño sacrificado, y sus restos emparedados bajo la piedra, decenas de metros bajo sus pies.

Después de la caída de Tenochtitlan Bernal cuenta que “suelo y laguna y barbacanas todo estaba lleno de cuerpos muertos, y hedía tanto que no había hombre que lo pudiese sufrir”. En contraste al maniqueísmo de los mexicanos, sean hispanófilos o indigenistas, Martin Brown dibujó unas caricaturas irreverentes que aparecen en el panfleto de Terry Deary The angry Aztecs. Una de éstas ilustra los bloques de piedra de la ciudad recientemente destruida: piedras de los coloridos templos que servirían para la construcción de edificaciones cristianas. En la caricatura de Brown aparece un diálogo entre dos púberes nahuas, un chico y una chica, sentados sobre las ruinas de la gran ciudad:

Niño: Los aztecas mataron a mi mamá.
Niña: Los españoles mataron a la mía.
Niño: Me pregunto quién es más fatal.

Pero Brown omitió lo principal: Moctezuma y los suyos se comían a los chicos de esa edad, algo que los españoles jamás hicieron.

Lo que destruye la mente al grado de convertir a un continente entero en un montón de güeyes fáciles de conquistar es cargar, en lo recóndito del alma, con el hecho que nuestros queridos totatzin sacrificaron a uno de los hermanitos; o que eso sucedió en las familias de cercanos y conocidos y que nadie condenó el ultraje. Usando el lenguaje de mi libro anterior, dado que el sacrificio era parte del tejido social nadie contó con un testigo conocedor; y no hablemos de una testigo auxiliador en momentos de la inculcación de pedagogía tan negra. Recordemos el estudio etnológico del siglo XX sobre las tribus de Nueva Guinea. Los niños eludían a sus padres cuando éstos se comían a uno de sus hermanitos. Los índices de suicidio infantil en esa población, una sociedad aún más desquiciada que la mexica, eran muy altos.

La destrucción española puede compararse en cierto modo a la destrucción del rey Josías en 641 a. de C, según se relata en II Crónicas 34: 3-7, acerca de la cual Jaynes comenta que, de no haber ocurrido, tendríamos más evidencia arqueológica de los ídolos parlantes de los antiguos hebreos. Aunque objetable para la mentalidad de nuestros tiempos, tales medidas de exterminio cultural fueron necesarias durante los intentos de la psicoclase superior de eliminar los sacrificios: ya sea de niños a Baal o de niños a Tláloc.

Y ahora hemos llegado al capítulo que le dio el título a este libro…

Published in: on mayo 31, 2011 at 11:06 pm  Dejar un comentario  

Páginas 530-541 de Hojas susurrantes



En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



El retorno de Quetzalcóatl

Si los norteamericanos de los años cincuenta del siglo XX representan el cenit de la civilización, los habitantes de Nueva Guinea y los cazadores de cabezas de Mundurukú en Brasil representan el nadir. La psicoclase actual de los estratos más humildes en Latinoamérica se encuentra en medio de estos extremos.

La ciudad de México, que a diferencia de la mayoría de las naciones le dio el nombre al país, fue fundada por los tenochcas porque una voz les ordenó establecerse en el lago al que habían llegado, “tal como las voces bicamerales incorpóreas dirigieron a Moisés por el Sinaí”. No puede ser más simbólico el hecho de que el escudo nacional mexicano, que tanto me mostraron en la escuela de niño, sea un águila sobre un nopal devorando a una serpiente en uno de los islotes del lago que divisaron los antiguos tenochcas. Lugar insólito para establecerse, pero había que obedecer a las castigadoras voces. De El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral se desprende que los edificios erigidos en el centro de una comunidad, como el templo a Huitzilopochtli en el lago de Tezcoco, estaban localizados donde los guías oían las mentadas voces. Si ahora relacionamos no sólo a Jaynes con Arieti sino incluso aquel pasaje de mi Carta sobre una paciente diagnosticada de esquizofrenia, todo va cobrando forma. Me refiero a aquella mujer que, al intentar sus padres pensar por ella, padeció de alucinaciones auditivas y le confesó a Laing: “Yo no pienso: Piensan las voces”.

Sin hacer este tipo de incursiones psicológicas —Dios lo prohíba—, algunos historiadores tratan de encontrar excusas para los indios precolombinos. Más perturbador es cuando una persona que uno ha tratado se ofende de nuestra compasión. Cierta ocasión la sicoanalista Jenny Pavisic me increpó airada: “¿Y quién eres tú para condenar los sacrificios?” refiriéndose a los sacrificios de infantes en Mesoamérica.

El recinto ceremonial tlatelolca y sus barrios circundantes ha sido excavado con fines arqueológicos. He visto fotografías de fragmentos de huesos de 41 víctimas sacrificadas en la excavación de la grada del templo Ehécatl-Quetzalcóatl, de los cuales 30 eran de infantes. Al igual que Pavisic, mucha gente es capaz de condenar la masacre de estudiantes de 1968 en Tlatelolco, pero jamás a los sacrificios de niños exactamente en el mismo lugar. En abril de 2007 se hallaron huesos de veinticuatro niños sacrificados en Tula, la capital de la civilización tolteca, fechados del 950 al 1150 A.D. según la nota periodística que le dio la vuelta al mundo. Los niños habían sido decapitados. Si recordamos que se intentaba enfrentar las crisis del medio ambiente de esa manera, no debe extrañarnos que las civilizaciones mesoamericanas desaparecieran aún antes de la conquista. Los sacrificios representaban la rueca que movía el tejido de esa cultura, y una sociedad tan disociada psicológicamente que tenía que basarse en ellos estaba condenada a la oscilante desaparición. Es como si una civilización estuviera compuesta de las autolesionadoras de la clínica de Ross y de asesinos seriales varones.

El ejemplo por excelencia de desaparición de una civilización es el abandono de los mesoamericanos de sus grandes ciudades, como en el caso de los mayas del siglo IX de nuestra era. Por registros climáticos, análisis de hielos en Groenlandia y de los lodos del subsuelo de una laguna en áreas mayas se cree que éstos sufrieron una grave sequía. No obstante, ante las sequías, y al igual que sus sucesores mexicas que sacrificaban la flor de su juventud ante las crisis externas, por los restos óseos de una treintena de hombres, mujeres y niños sacrificados se deduce que los mayas intentaron aplacar a los dioses que los habían traicionado. De haber arribado al estadio del pensamiento aristotélico no habrían intentado resolver el problema matando a más de los suyos, y difícilmente las sequías habrían sido tan apocalípticas para su civilización. No olvidemos que inexplicables abandonos de ciudades también acaecieron en Teohtiuacan y en Tula. Julian Jaynes comenta:

También creo que los curiosamente inhospitables lugares sobre los que las ciudades mayas generalmente se construyeron y su súbita aparición y desaparición [mi énfasis] pueden explicarse mejor en base a que tales lugares y mudanzas fueron ordenadas por alucinaciones que en ciertos períodos no sólo podrían haber sido irracionales, sino francos castigos.

El porqué del colapso periódico de las civilizaciones mesoamericanas se comienza a vislumbrar si pensamos que la carga demográfica de una próspera ciudad india tarde o temprano entra en crisis frente al Diktat bicameral de la teocracia dominante. Es ilustrativo notar que cuando Egipto sufrió una sequía alrededor del 2100 a. de C, absolutamente toda autoridad colapsó: el pueblo egipcio huía de los poblados y las fuentes literarias de la época me recuerdan los apocalípticos pasajes de un evangelio sinóptico. Mientras los egiptólogos se esfuerzan en explicar el por qué, Jaynes lo compara con la catástrofe de los mayas, quienes sufrieron una regresión civilizatoria yendo de nuevo a la selva; y también lo compara con el colapso de Asiria en 1700 a. de C que duró doscientos años, el cual ningún historiador entiende. Jaynes arguye que el misterio se disipa si lo vemos como un salto psicogénico dado que las sociedades bicamerales son más susceptibles de colapsar una vez que los dioses se niegan a hablar; es decir, una vez que los hombres superan su etapa esquizofrénica, tan inundada de alucinaciones auditivas. El colapso de la sociedad bicameral no es sino el caos resultante del tránsito a la conciencia. En Egipto, Asiria y en otras culturas del Mundo Antiguo el surgimiento de una psicoclase esquizoide a partir de una psicoclase esquizofrénica (Laing describe magníficamente la diferencia entre esquizoide y esquizofrénico en El yo dividido), representó una amenaza formidable para el status quo. “Desde luego, ya antes habían sucedido desórdenes y caos social”, escribe Jaynes. “Pero tan motín premeditado y parricidio de un rey es imposible de imaginar en una era bicameral leal a los dioses y a las jerarquías”. Similarmente, el nacimiento del “nuevo hombre”, producto del modo ayuda a partir del hombre socializado, trae consigo tales armas de autodestrucción masiva para nuestra civilización (pienso en el feminismo) que podría decirse que actualmente la gente caucásica es una especie en peligro de extinción.
 
Corrección política

La ruptura de la era bicameral resulta en la mayor colisión de conciencia que una sociedad podría experimentar. Sin embargo, a diferencia de los hombres del Viejo Mundo, los del Nuevo Mundo fueron incapaces de llevar a cabo una metamorfosis intrapsíquica. La lectura del libro de Jaynes parece sugerir que el mundo mesoamericano del siglo XVI aún estaba bicameralizado de forma tal que ese estadio ya había sido superado al otro lado del océano. En otras palabras, los mesoamericanos padecían del estancamiento que en psicohistoria se denomina arresto psicogénico.

Los amerindios recibieron su merecido. Pero actualmente ¿quién condena a los antiguos pobladores de las Américas? En un mundo políticamente correcto no puede decirse que los infanticidas prehispánicos estaban psicológicamente disociados; que la casta de la teocracia militar estaba compuesta de asesinos seriales, o que eran moralmente inferiores a nosotros. Pero a los moralistas no siempre se les silenció. En el pintoresco español de la época Bernal escribió un capítulo, “Cómo los Indios de Toda la Nueva España tenían muchos Sacrificios y Torpedades, y se los Quitamos y les Impusimos las Cosas Santas de Buena Doctrina”. La frescura de Bernal no acaba de fascinarme: y es patético que, medio milenio después, comparados con esos soldados los historiadores, etnólogos y antropólogos de hoy hayan sufrido una regresión psicogénica. Ilustraré este punto a través del otro imperio prehispánico.

La comunicación de los mesoamericanos con los andinos fue esporádica. Al igual que los mayas, los incas deformaban el cráneo de los bebés, algunos creen que para demarcar las diferentes etnias a lo largo del imperio inca. Los tormentos a la niñez iniciaban desde el primer día. Al recién nacido se le lavaba en agua fría; se le envolvía, y se le metía a un agujero hecho en la tierra a modo de un simple corralito. A los cinco años el niño era nacionalizado por un estado teocrático que, como el mexica, era regido por estrictas jerarquías. Y al igual que Mesoamérica, el asesinato ritual de niños se realizaba en diversas sociedades andinas.

En noviembre de 1999 National Geographic publicó un artículo con varias fotografías sobre unas momias conservadas perfectamente a 6,700 metros sobre el nivel del mar: el sitio arqueológico más alto del mundo. Eran niños que habían sido entregados voluntariamente por sus padres para ser asesinados: uno de ocho años y dos niñas. “Los incas”, dice el artículo, “recibían a niños de todo el imperio para sacrificarlos y recompensaban a sus familias con puestos o bienes”. En algunos casos los padres mismos acompañaban a sus hijos en su viaje a la inmolación. La práctica, conjuntamente con otras formas bárbaras de puericultura, formó las mentes bicamerales que serían presa facilísima para Pizarro (quien en España había sido un porquero). Los cronistas escribieron sobre estos sacrificios. No obstante, con la perene excusa de que “la historia la escriben los vencedores” en algunos círculos latinoamericanos se creó el mito de que sus relatos eran míticos. El hallazgo de momias a finales de siglo confirmó la autenticidad de los relatos de que los niños eran enterrados vivos, o se les daba un porrazo en la cabeza, como mataron a una de las niñas encontradas según reveló la autopsia.

Al igual que los nacionalistas bolivianos como Pavisic que preguntan airadamente “¿Quién eres tú para juzgar?”, el artículo de National Geographic es una desgracia. El autor, Johan Reinhard, teme juzgar a los padres y a la sociedad que los produjo. Los idealiza de la manera más servil, traicionando así la memoria de los niños. Reinhard escribió patentes falsedades acerca de los incas, por ejemplo, que eran “menos brutales que los españoles”. Eso lo dice en la misma página en que él mismo aseveró que los incas recompensaban a los padres que ofrecían a sus hijos en sacrificio. Reinhard también escribió, de manera eufemística, “inmediatamente después de que murió” refiriéndose a una de las niñas sacrificadas en vez de haber escrito “inmediatamente después de que la mataron”. Y cuando menciona que los cronistas hablaban de que a otros los enterraban vivos, se apresura a añadir: “Sin embargo, los niños de Llullaillaco tienen expresiones afables”. Más ofensivo son los encabezados al inicio y al final del artículo: “Irse dulcemente” al referirse a la púber que hallaron en posición fetal enterrada en un agujero, y “Destino: la eternidad” al referirse al sacrificio de los tres niños en general. Y el hecho que el sitio sacrificial se encontrara en la cima de la montaña le hace exclamar: “Las condiciones sólo aumentaron mi respeto por la hazaña de los incas”.

En la tercera sección abordaré el tema de la aberración intelectual que se conoce con el nombre de relativismo intelectual, del que Reinhard y muchos académicos son insignes exponentes. Por el momento sólo quisiera manifestar que los etnólogos y antropólogos de hoy día son casos perdidos. Nuestra única esperanza radica en que otra generación reemplace a los relativistas que actualmente acaparan la academia. Qué daría para que las más jóvenes mentes aprendieran algo de psicohistoria; por ejemplo, que se interesaran en la aventura más grande del mundo leyendo el relato Bernaldino hasta la llegada de los españoles a Tenochtitlan.

Y diré cómo hallamos en este pueblo de Tlascala casas de madera hechas de redes, y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados e a cebo hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar; las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban de ir a cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y donde en adelante en todos los pueblos que entrábamos, lo primero que mandaba nuestro capitán era quebrarles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comúnmente en todas estas tierras las tenían; y como Cortés y todos nosotros vimos aquella gran crueldad, mostró tener mucho enojo de los caciques de Tlascala, y se los riñó bien enojado, y prometieron desde allí en adelante que no matarían ni comerían de aquella manera más indios. Dije yo que qué aprovechaban aquellos prometimientos, que en volviendo la cabeza hacían las mismas crueldades. Y dejémoslo así, y digamos cómo ordenamos de ir a México.

El no condenar los sacrificios del pasado, como los primeros hombres blancos en pisar el continente lo hicieron, nos impide ver los sacrificios del presente. En mi libro anterior había escrito que mi primo Gerardo Tort fue premiado nacionalmente y en el extranjero por una película sobre los niños mexicanos indigentes. Si analizamos el asunto más de cerca aquí veremos la mentira de Tort y de la sociedad mejor que en cualquier otro lugar. Lo que necesita la gente del Tercer Mundo son las más incisivas campañas de control natal y de drástica reducción demográfica en los países más pobres. Como cuento en La india chingada, al igual que muchos mexicanos de clase media Gerardo respondió a mis comentarios sobre estos prolíficos reproductivos criticándome sin proponer un escenario alternativo de ingeniería social. A lo que quiero llegar es muy simple. El hecho que prácticamente nadie condene a la psicoclase infanticida del mundo prehispánico, y a los mestizo-americanos pobres que se reproducen como conejos en la actualidad, condenando así a incontables niños a la pobreza y a la marginación, son dos caras de la misma moneda. Si no se ven y se condenan los abusos del ayer, nos será difícil ver y condenar los abusos de hoy. O como diría Orwell: quien controla el pasado controla el futuro.

Los indigenistas que en la actualidad controlan el pasado son gente deshonesta. En Toltecayotl Miguel León Portilla acepta que la mujer indígena de hoy día suele ser maltratada por su familia. Pero en ese libro León Portilla culpa, increíblemente, a la Conquista del maltrato actual de indios a indias. Luego escribe que “la situación de la mujer nahua prehispánica difirió con mucho de su actual condición”, y para fundamentarlo unas páginas más adelante cita un pasaje de esas homilías nahuas que tanto le gustan: “La niñita: criaturita, tortolita, pequeñita, tiernecita, bien alimentada…” Pero en el mismo capítulo de Toltecayotl también publica una ilustración del Códice Telleriano-Remensis de una ama de casa mexica que no se ve nada contenta. En absoluto contraste con el alegato de León Portilla, el Conquistador Anónimo escribió que no había gente en el mundo que tuvieran a las mujeres en menor estima que los mesoamericanos. Y en su libro más reciente, The origins of war in child abuse, deMause escribió: “Las mujeres aztecas eran tratadas incluso peor que las mujeres del Islam”. Resulta inverosímil que los soldados españoles del siglo decimosexto manifestaran una mejor empatía hacia las víctimas de esa cultura que los eruditos del presente. Pero para entender a León Portilla es pertinente notar que ya desde su Apologética historia, escrita a mediados del siglo XVI, Las Casas elogió a las amonestaciones indias de padres a hijos, a quienes llamó “cuerdos, prudentes y racionales”. Las Casas incluso ubicó a esta pedagogía negra arriba de las de Platón, Sócrates, Pitágoras y el mismo Aristóteles.

El tratado más reciente sobre el encuentro entre los imperios español y mexicano es La conquista de México de Hugh Thomas. Llama la atención que, como típico bienpensante, en el primer párrafo del prefacio Thomas hable cándidamente de los miembros de las dos culturas sin percatarse que pertenecen a psicoclases muy distintas entre sí. En la siguiente página Thomas habla de la “compasión” como una de las virtudes de los mexicas ¡a pesar de que, a renglón seguido, menciona que incluso a los niños de pecho “se les hacía llorar con brutalidad” antes de sacrificarlos! Respecto al trato a la mujer Thomas escribe, deshonestamente, que su posición era “al menos comparable al de las europeas de la época”, aunque sabemos perfectamente que a las europeas no se les engañaba para ser sacrificadas, no se les decapitaba y desollaba puntualmente según rituales del calendario gregoriano. Y las que no se sacrificaban no tenían permitido llevar sandalias, como sus maridos. En los códices las indias figuran generalmente de rodillas; los hombres, sentados (cosa que me recuerda que mi padre, en su juventud, al visitar Chiapas le llamó mucho la atención que las mujeres indias vistieran ropa oscura: su humildísima figura no podía contrastar más con la colorida vestimenta de los varones indios). Y debemos recordar la costumbre indígena de vender, e incluso regalar, a sus hijas. La misma Malinali, llamada posteriormente y con cierto equívoco Marina o “la Malinche”, el brazo derecho de Cortés, la había vendido su madre a unos comerciantes de Xicallanco, quienes a su vez la habían vendido a unos mayas que la vendieron a unos chontales, los cuales la obsequiarían a Cortés. Thomas incluso da por históricas las palabras del cronista a propósito de una embajada de Xicoténcatl el Joven cuando, después de haber sufrido sendas derrotas, se presentó a lo españoles con palabras que retratan el trato a la mujer indígena por los suyos: “E si queréis sacrificios, tomad esas cuatro mujeres que sacrifiquéis, y podéis comer de sus carnes y de sus corazones; y porque no sabemos de qué manera lo hacéis, por eso no las hemos sacrificado ahora delante de vosotros”. El estudio de Salvador de Madariaga sobre la conquista, publicado bajo el título de Hernán Cortés, precede por medio siglo al estudio de Thomas. Sin las ominosas nubes del relativismo cultural que cubren los cielos de nuestros tiempos, en el estudio de Madariaga sí se esgrimen juicios de valor.

Afortunadamente, no todos nuestros contemporáneos viven bajo un cielo nublado. En 2003 El País Semanal publicó una traducción de un artículo de Matthias Schulz que calificaba de “demoníaca” y “brutal” la práctica mesoamericana del sacrificio humano. Schulz también les llamó “sanguinarios” a los mexicas.

Los indigenistas mexicanos políticamente correctos se rasgaron las vestiduras. En julio de ese año el más izquierdista de los periódicos mexicanos, La Jornada, publicó conjuntamente su respuesta. Eduardo Matos-Moctezuma espetó que “mentalidades como la de Schulz son las que se prestan, por su forma de pensamiento cerrado, a que ocurran matanzas”. Eso sí: Matos-Moctezuma no negó la historicidad de las matanzas que los indios hacían con los suyos. La catedrática María Alba Pastor, también citada en La Jornada, ofreció una explicación absolutamente psicótica y deshonesta de los sacrificios: “Quizá fue una reacción a la propia Conquista”. Para Ripley. Hablando del canibalismo, Yólotl González, autora de un libro sobre los sacrificios mesoamericanos, no se quedó atrás: “Así le daban un uso a los cuerpos de los muertos”. Nótese que Yólotl no niega la historicidad del canibalismo: su dislate estriba en su interpretación. El historiador Guillermo Tovar manifestó que el texto de Schulz era un “occidentalismo talibán, reprobatorio y olvidadizo de otras tradiciones”. Mónica Villar, la directora de la revista Arqueología mexicana, criticó lo que llamó “desinformación” al referirse a la declaración de Schulz, de que “ningún pueblo practicó sacrificios humanos de tales dimensiones”. No obstante, cuando salió a la venta el siguiente número de Arqueología mexicana, los doctos sobre el tema no desmintieron a Schulz. En la revista León Portilla respondió con su argumento favorito: que el cristianismo de los españoles también tenía como base el sacrificio de un hijo, Jesucristo. El veterano indigenista ignoró el hecho que precisamente esa teología representó un desvío del afán filicida en una sublimación simbólica del mismo; y que los emperadores cristianos de Roma y los padres de la iglesia lucharon por desterrar las formas tardías de infanticidio en la temprana Edad Media (con tanto celo como los de hoy luchan contra el aborto). DeMause ha escrito copiosamente sobre esta transición y es innecesario reelaborar sus ideas. Es cosa tan obvia que, a diferencia de los sofisticados indigenistas, cualquier niño podría entender: en la cristiandad los padres de familia ya no sacrificaban y canibalizaban a sus hijos, y el argumento de León Portilla es un grosero sofisma.

El panegírico que Jacques Soustelle hace de los antiguos mexicanos es deslumbrante desde el punto de vista lírico, pero una lectura atenta de La vida cotidiana de los aztecas revela sus trampas. Soustelle nos quiere hacer creer que el estrato más bajo de la sociedad en la civilización mexica estaba representado por el esclavo, y que éste tenía privilegios incomparablemente mejores que los del esclavo europeo. La trampa de su presentación estriba en el hecho que el esclavo mexica podía ser vendido para ser sacrificado. En el mercado de Tlatelolco, el mercado más grande de las Américas, se vendían esclavos sujetos a palos por el cuello (como en Apocalypto). Lo que es más: tal esclavo no estaba, en realidad, hasta abajo de la escala social. Ahí se encontraban los cautivos que, cebados o no para su consumo, esperaban su turno en la piedra sacrificial.

Pero los moralistas como Schulz no están solos. En su posdata a El laberinto de la soledad, el pensador más lúcido que ha dado México, Octavio Paz, escribió estas palabras sobre el mundo precolombino:

Como esas ruedas de suplicios que aparecen en las novelas de Sade, el año azteca era un círculo de dieciocho meses empapados de sangre; dieciocho maneras de morir: por flechamiento o por inmersión en el agua o por degollación o por desollamiento… ¿Por cuál aberración religiosa y social una ciudad de la hermosura de México-Tenochtitlan fue el teatro de agua, piedra y cielo de un alucinante ballet fúnebre? ¿Y por cuál ofuscación del espíritu nadie entre nosotros —no pienso en los nacionalistas trasnochados sino en los sabios, los historiadores, los artistas y los poetas— quiere ver y admitir que el mundo azteca es una de las aberraciones de la historia?

Bernal dice las cosas de manera más directa que Paz, más sanota me atrevería a decir. A los sacrificios les llama simplemente “maldades”, “grandes crueldades” y a las autolesiones “torpedades”. No deja de impresionarme su deliciosa prosodia cuando escribe, por ejemplo, que los mesoamericanos “tenían por costumbre que se sacrificaban las frentes y las orejas, lenguas y labios, los pechos y brazos y molledos, y las piernas y aún las naturas”, es decir sus genitales. En cambio, aunque Hugh Thomas menciona el canibalismo lo hace cautamente, como si no quisiera ofender a nadie. En contraste, el erudito y refinado Sahagún, considerado por León Portilla el primer etnólogo de la historia, concuerda con el soldado, como vimos en su citada exclamación (hay otras de ese tipo en su enciclopédica obra). Quede claro que, si el mundo prehispánico fue una aberración como dice Paz, eso no demerita sus hallazgos en matemáticas y astronomía. No obstante, aunque la mejor ciencia física de los años treinta era la alemana, el mundo actual no arguye que evitemos condenar al holocausto debido a los grandes logros científicos en Alemania. Si hemos de evitar el doble rasero, no podemos usar el mismo argumento para ofuscar nuestro entendimiento de las culturas mesoamericanas en base a sus conocimientos astronómicos.
 
La serpiente emplumada

Aunque Quetzalcóatl se autolesionaba la pierna y regaba sangre de su pene, era el dios más humanitario del panteón precolombino. Nunca quiso ofrecer sangre humana a los dioses. Según la leyenda, Tezcatlipoca quería contrarrestar la influencia de Quetzalcóatl y retomar el control social vía el lado oscuro de la fuerza, por lo que se restablecieron los sacrificios en la gran ciudad tolteca. Quetzalcóatl huyó de sus congéneres hacia el Este, de donde surgió la ulterior leyenda que regresaría del oriente.

Orozco. El retorno de Quetzalcóatl
(mural pintado entre 1932-1934)

En 1978 volví a vivir unos meses en casa de mi abuela: una etapa muy numinosa e incluso feliz que quisiera contar en otro lugar. Me embebí en El hombre y sus símbolos de Jung e iba a veces de noche a caminar al Parque Hundido, el cual contiene réplicas exactas de estatuaria prehispánica.

En una de esas noches, solo y sumergido en mis soliloquios como siempre de adolescente, el par de las enormes réplicas de la serpiente emplumada a la entrada principal del parque llamó mi atención. Me parecía una intuición más que extraordinaria, una adivinación del inconsciente colectivo, el hecho que, mucho antes que la paleontología, los prehispánicos nos hayan legado el símbolo perfecto del eslabón perdido entre el reptil y el ave. Las dos grandes serpientes emplumadas de piedra que veía esa fresca noche en el parque, que me rebasaban bastante en estatura, eran el mismo símbolo del caduceo: dos serpientes que aspiran a las alas. Quetzal en nahua es pluma, y cóatl serpiente, serpiente emplumada: símbolo por excelencia de trascendencia. En ese entonces por más que me esforzara en trascender me era imposible llegar a mi estadio psicogénico actual, aunque el llamado de mi inconsciente fuera formidable. Esa noche no entendía cómo fue que el símbolo de quetzal-cóatl fuera tan clarividente, tan certero para describir la emergencia humana de forma tan onírica y perspicaz. Ahora, exactamente treinta años después, me pregunto: ¿De no haber existido los europeos, cuánto habría tardado esa gente en abandonar sus prácticas y pasar a una forma más tardía de infanticidio (digamos, como solía hacerse en Roma)? Más intriga me causa cuánto habrían tardado en llegar, por sí solos, a los niveles que los psicohistoriadores llaman socialización.

La leyenda de Quetzalcóatl, quien en su reencarnación más tardía aparece como un dios de piel blanca, me hace pensar que las primerísimas plumas para un salto psicogénico ya estaban presentes en el Nuevo Mundo antes de la llegada del hombre blanco.

Published in: on mayo 31, 2011 at 11:01 pm  Comentarios (1)  
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