Méjico con “j”

A partir de esta entrada inicial no escribiré la palabra “México” con x sino con j. Es una forma de rebelarme ante lo que me inculcaron desde niño en la Ciudad Méjico. En esta entrada inaugural básteme citar un pasaje del capítulo “La Independencia” de Breve historia de México (Ediciones Botas 1944, págs. 255-260):

vasconcelos
 
La independencia de los pueblos americanos es el resultado de la desintegración del imperio español. Ninguna de las naciones de América había llegado a las condiciones de madurez que determinan la emancipación como proceso de crecimiento natural… Los hombres de mas clara visión de la Colonia y los más patriotas, como por ejemplo, el Obispo Abad y Queipo, dieron a México por perdido y con razón, desde que se vio que era inevitable su independencia…

Desde el principio, la guerra se propuso destruir a los españoles que representaban la fuerza y la cultura del país. De igual modo que más tarde se desarrolló la lucha contra el criollo y hoy se libra contra el mestizo, todo a pretexto de libertar al indio…

En los Estados Unidos nunca se dió al movimiento independiente el sentido de una guerra de castas. Para que Morelos, por ejemplo, fuese comparable a Washington, habría que suponer que Washington se hubiese puesto a reclutar negros y mulatos para matar ingleses. Al contrario, Washington se desentendió de negros y mulatos y reclutó ingleses de America, norteamericanos que no cometieron la locura de ponerse a matar a sus propios hermanos, tíos y parientes, sólo porque habían nacido en Inglaterra. Todo lo contrario, cada personaje de la revolución norteamericana tenía a orgullo su ascendencia inglesa y buscaba un mejoramiento, un perfeccionamiento de lo inglés. Tal debió ser el sentido de nuestra propia emancipación, convertir a la Nueva España en una España mejor que la de la península, pero con su sangre, con nuestra sangre. Todo el desastre mexicano posterior se explica por la ciega, la criminal decisión que surge del seno de las chusmas de Hidalgo y se expresa en el grito suicida: “¡Mueran los gachupines!”

Ni a Washington, ni a Hamilton, ni a Jefferson, ni a ninguno de los Padres de la Independencia yankee les pasó por la cabeza la idea absurda de que un piel roja debía ser el Presidente o de que los negros debían ocupar los puestos desempeñados por los ingleses. Lo que nosotros debimos hacer es declarar que todos los españoles residentes en México debían ser tratados como mexicanos.

La idea de que la independencia tendiera a restablecer los poderes del indígena, no fue idea de indígenas. La emancipación, ya se ha dicho hasta el cansancio, no la idearon ni la consumaron los indios. La idea de soliviantar a los indios aparece en los caudillos de la emancipación que no encontrando ambiente para sus planes entre las clases cultas, recurrieron al arbitrio peligroso de iniciar una guerra de castas, ya que no les era posible llevar adelante una guerra de emancipación. Y a este cargo no escapa ni Bolívar, que en Colombia lanzó a los negros contra los blancos a fin de reclutar ejércitos. A los del Norte, semejantes procedimientos les hubieran parecido desquiciadores y lo son.

Fue, pues, un crimen, el hecho de lanzar a los de abajo contra los de arriba, sin plan alguno de mejoramiento social, y tan solo para tener soldados. En realidad, la idea de poner al indio al frente del movimiento insurreccional fue una idea inglesa. Uno de los que primeros hablaron de confederar al continente hispánico bajo el cetro de un descendiente de los Incas, fue Miranda. Las ideas se las dieron a Miranda ya hechas sus amigos, los dos mayores enemigos de la obra española en America, o sea los franceses y los ingleses.

Si durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos algún agitador hubiese hablado de que el país nuevo debía ser gobernado por los pieles rojas, seguramente lo fusilan los patriotas como traidor. Entre nosotros todavía halla sonrisas quien habla de devolver el país a los indios. La propaganda inglesa bien sabía que los indios ni siquiera se darían por enterados; pero contaba con la ligereza, la vanidad, la estulticia de los criollos y los mestizos. Y aprovechaba ambos contra el español, porque destruido el español, estos países quedarían sin soporte étnico y divididos, por lo mismo, a merced de una nueva dominación.

Sin duda que un México gobernado por indios, convertido otra vez en azteca, se haría presa tan fácil como lo fue para Cortés. Aun suponiendo que lo indígena mereciera la restauración, lo que es absurdo imaginar, es obvio que los pueblos no retroceden trescientos años. Mucho menos en el caso de México en que ya la raza misma, aparte de las costumbres y las ideas, se había transformado.

El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter.

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  1. Counter-currents me publicó la traducción al inglés de esta entrada (aquí).


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