Páginas 513-522 de Hojas susurrantes

En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



“La mejor educación del mundo”

En cada ciudad maya había dos pozos: uno para tomar agua y el otro como oráculo para echar a las muchachas casi veinte metros abajo. Al subirlas al mediodía, si no habían muerto en el agua fría les preguntaban: “¿Que te dijeron los dioses?” Las muchachas mayas se desquitaban atando de pies y manos a sus bebés. Y hacían algo más. La deformación artificial del cráneo había sido practicada desde la prehistoria, y los médicos griegos mencionaban la práctica en algunos pueblos. Los mayas ponían tablas que moldeaban el cráneo del recién nacido, cuando aún es plástico, para formar las cabezas en forma de huevo que han hallado los arqueólogos. Asimismo, los padres ponían a sus bebés un objeto entre los ojos para volverlos bizcos: al igual que las cabezas alongadas, era un signo de belleza entre los mayas (cuando Hernández de Córdova incursionó en la costa de Yucatán en 1517 llevó consigo dos indios bizcos que pensaba usar como intérpretes). Ya más crecidos tenían que sacrificar su propia sangre: los niños sacarla de sus penes y las niñas de sus lenguas. Hubo mayas que incluso sacrificaron a sus hijos entregándolos vivos a los jaguares.

DeMause ha hablado de lo que llama “asistencia proyectiva”, aunque sin referirse a la puericultura mesoamericana en particular. Durante los nemotemi, los temidos cinco días nefastos para los mexicanos, los padres no dejaban dormir a los niños “para que no se convirtieran en ratas”. Recordemos el psicodrama de la niña autolesionadora en el paradigma de Ross y demos ahora un paso más. Imaginemos que una vez casada proyectara, en su propio hijo, ese autoodio. Esta “asistencia” o “cuidado” de no dejar dormir a los niños era, en realidad, un caso de disociación en que el adulto proyecta en el niño la parte de su yo que le enseñaron a autoodiar. Otro ejemplo: En el mundo del mexica lo primero que se le decía al recién nacido es que era un cautivo. Al igual que los alaridos que estremecieron a los cronistas, la partera gritaba pues se creía que el parto era un combate y que, al nacer, el niño era un guerrero capturado. Se fajaba al recién nacido y se le decía cariñosamente: “Hijo mío, muy amado, sábete y entiende que no es aquí tu casa. Tu oficio es dar de beber al sol con la sangre de los enemigos”. Apenas la criatura viene al mundo y ya tiene enemigos. El recién nacido no nace con derechos sino con obligaciones: no se le dice que se le va a cuidar sino que está destinado a alimentar al gran astro (deMause ha escrito sobre esta inversión de los roles paternofiliales en sus estudios sobre bebés occidentales en siglos más recientes). En la admonición mexica también se asoma la sombra del infanticidio por negligencia. “No sabemos si viviréis mucho” le decían en otras exhortaciones.

En la ilustración de abajo puede notarse el parecido de Tlazolteotl con la imagen del guerrero y su cautivo, al que la diosa toma del cabello como signo de dominio. Una de las cosas ciertas que dijo Elsié Méndez, tan criticada en mi libro anterior cuando hablé de la tertulia de cineastas, fueron unas palabras que pronunció que recuerdo verbatim: “La mamá lo pepena” refiriéndose a aquellas madres de nuestros tiempos que escogen a uno de sus hijos para controlarlo al punto de la estrangulación psíquica (en México el verbo “pepenar” puede tener la acepción de agarrar a alguien).


Tlazolteotl,
diosa de la infancia,
pepenando a un niño



En mayo de 1998 escuché en televisión a Miguel León Portilla, el erudito indigenista más conocido en México, decir que la mexica era “la mejor educación del mundo”. Casi una década después compré una edición del Huehuetlatolli que León Portilla comentó, el cual incluye una página en náhuatl. Huehuetlatolli eran las homilías moralizadoras en los primeros años de la vida de los niños y niñas. Estos consejos eran ubicuos en la pedagogía nahua. No se impartían en templos sino de padres a hijos, aun los humildes trabajadores, en la intimidad del hogar. En palabras de León Portilla: “Padres y madres, maestros y maestras, para educar a sus hijos y estudiantes les transmitían estos mensajes de sabiduría”. Los exordios se hacían en un lenguaje educado y elegante, el modelo de expresión que se usaría en las escuelas. Un pasaje del Huehuetlatolli de un padre a su hijo que transcribió al castellano fray Andrés de Olmos dice:

Todavía estamos aquí nosotros —nosotros tus padres— que te metimos aquí a sufrir, porque con esto se conserva el mundo.

Esta absoluta gema retrata en dos líneas la educación mexica. Haciendo caso omiso de líneas de este tipo, en la siguiente página León Portilla comenta: “Sus palabras hablan ya muy alto de nivel intelectual y moral”. Posteriormente, en la espléndida edición del Huehuetlatolli que poseo comentada por el indigenista, el sermón dice: “No hagas de tu corazón tu padre, tu madre”.

Este consejo es la perfecta antítesis al de Píndaro, “¡Llega a ser lo que eres!”, que resume la infinitamente más avanzada cultura griega de dos mil años atrás. Aunque León Portilla califica los exordios nahuas de altamente sabios y morales, representan un caso típico de pedagogía negra. Si hay algo que queda claro en el Huehuetlatolli es que en la educación no había individualidad alguna: otros viven las vidas de los niños, púberes, adolescentes y jóvenes a quienes se les exhorta interminablemente. Y lo que es peor: mientras León Portilla elogiaba a la educación de los antiguos mexicanos en la televisión nacional, el programa pasó imágenes de dibujos de códices con púberes amarrados en las muñecas y en los tobillos, con púas clavadas en sus cuerpos y lágrimas en sus caras. El indigenista había omitido explicar que “los castigos llueven sobre el niño”, como escribió Jacques Soustelle en La vida cotidiana de los aztecas. Los padres mexicas rasguñaban a sus niños con espinas de maguey. También se quemaban chiles rojos y se ponía al niño sobre el humo acre. Otro castigo mencionado en el códice era pegarles con palos. Motolinía, fray Juan de Torquemada, Durán y Sahagún corroboraron que la educación era ciertamente severa. Es importante recordar que en el modo de puericultura que deMause llamó intrusión, los golpes con objetos es considerado más lesivo para la autoestima y autoimagen que las nalgadas en la psicoclase denominada socialización. También es importante notar que son los padres quienes violentaban físicamente a los niños. Eso sí, el lenguaje del Huehuetlatolli es muy dulce: “¡Oh hija mía chiquita, palomita! Estas palabras he dicho para esforzaros…” En Carta a mamá Medusa demostré el corto circuito que produce en la mentalidad de un chico este tipo de alternancia “Jekyll-Hyde” en la dinámica de los padres con su hijo.

Códice Mendoza, folio 60: Castigos a los niños de 11 a 14 años. Nótense las lágrimas del niño y el signo de admonición en la boca del padre.

Los mexicas copiaron de los mayas la costumbre de vender a sus hijos. Los niños vendidos tenían que trabajar duro o eran castigados. Una familia pobre podía vender a su hijo como esclavo para salir de un aprieto financiero. Esto sucedía incluso en tiempos en que llegaron los españoles. El noble que le robara a su padre podía ser castigado con la muerte, y vale mencionar que las grandes sequías de 1450-1454 condujeron al sacrificio masivo de niños a las deidades del agua.

¿Cuál era la actitud que debía tener el hijo hacia semejantes padres? En náhuatl el sufijo -tzin se agregaba a las personas que había que honrar. Totatzin es nuestro padre respetado. En páginas anteriores hice la observación que los frenéticos bailes descargaban afectos contenidos de la psique mexica. Tomando en cuenta que ante tal educación no se le permitía al chico vivir sus sentimientos, como se desprende claramente de los textos citados por León Portilla no sólo del Huehuetlatolli sino de la educación en general, se va perfilando qué es lo que había que descargar.

En Izcalli, el último mes del calendario mexica, a los niños se les punzaba las orejas y la sangre se arrojaba al fuego. Como dije, a los diez años se le cortaba el cabello dejando un mechón que no le cortarían hasta que, ya crecido, hiciera un prisionero. De una manera u otra todo mexica varón tenía que participar en la captura de víctimas para el asesinato serial. Quienes no podían hacer prisioneros tenían que renunciar a la teocracia militar y conformarse con ser macehuallis, o por escribirlo castellanizadamente, maceguales: plebeyos atados a sus campos a quienes, so pena de muerte, se le prohíbe usurpar los símbolos honoríficos de plumas, vestidos bordados y joyas. Los maceguales formaban el grueso de la sociedad. En cambio, quien capturara cuatro prisioneros llegaba de un salto a la capa superior de la sociedad. Tan relevante era sobresalir en la captura de hombres para el asesinato serial que “quien nacía noble podía morir esclavo”.

Tanto en la televisión nacional como en sus escritos, León Portilla se enorgullece de que los antiguos mexicanos eran los únicos que contaban con escuela obligatoria en el siglo XV. El indigenista pertenece a la generación de mi padre, cuando jamás se oía hablar de los derechos de los niños y mucho menos del abuso parental. La forma en que los nahuas trataban a sus hijos, que actualmente sería considerada abusiva, era continuada en la escuela. La educación del endurecimiento del alma para la elite, en la escuela Calmécac (“casa de lágrimas”), consistía de penitencias y autolesiones con espinas de maguey. Otro caso de asistencia proyectiva era el consejo del padre a su hijo sobre la educación ultra-espartana a la que estará expuesto en el internado:

Mira, hijo: has de ser humilde y menospreciado y abatido […], habéis de sacar sangre de vuestro cuerpo con la espina de maguey, y bañaros de noche aunque haga mucho frío […]. No lo tengas por pesado, apechuga con el ayuno y con la penitencia.

“No lo tengas por pesado” significa no sientas tus sentimientos. Según Motolinía, esta muy querida práctica de las amonestaciones homilíticas se las hacían aún más largas a las niñas. En el internado había que abandonar la cama para bañarse en el agua helada de la laguna o alguna fuente. Ya desde los siete años se les alentaba a romper con el apego afectivo hacia su casa: “Y no pienses hijo dentro de ti: ‘vive mi madre y mi padre’. No te acuerdes de ninguna de estas cosas”. Como desde su nacimiento el niño estaba consagrado a la guerra, la educación de las escuelas era básicamente militar. El sistema estrictamente jerárquico prometía a los jóvenes que se esforzaban escalar hasta el grado de tequiuaque, y de ser posible más alto aún. Si el chico de buena familia no quería ser guerrero tenía otra opción: el sacerdocio. Alrededor de los veintiún años tenía que hacer la elección: una vida en la milicia o una vida célibe y austera, comenzando por tocar el tambor o ayudar al sacerdote en los sacrificios. La severidad era extrema: una de las leyes de Nezahualcóyotl castigaba con la muerte al sacerdote ebrio o lujurioso. Ninguna sociedad, ni siquiera la islámica, ha sido tan severa con el adulterio y el alcoholismo: delitos en que se aplicaba la pena capital, tanto a varón como a hembra. A los maceguales que se emborrachaban se les mataba enfrente de los adolescentes (el equivalente en la actualidad sería que a los escolares estadounidenses se les obligara a presenciar las ejecuciones de los adictos a la mariguana en la silla eléctrica como lección). Los Calmécac eran a su vez colegios y monasterios regidos por sacerdotes vestidos de negro. En el Códice Florentino se ve una imagen de adolescentes vestidos con pieles humanas frescas. Ya podemos imaginar el saldo emocional que tal práctica, auspiciada por el mundo de los adultos, ocasionaba en los chicos.

En el mundo nahua era mal visto que el joven expresara sus resentimientos y bien visto que se dominara y contuviera. Ningún deslenguado, nos dice Soustelle, “ninguno que hablare lo que le venía en boca fue puesto en el estrado y trono real”, y la elite eran los primeros que se someten al código flemático. Y no se trataba de disimular los resentimientos cuando, digamos, un chico o chica se enteraba que sus propios padres habían ofrecido a una de sus hermanitas como pago en sacrificio. Los padres aconsejaban en los ubicuos sermones: “Mira que no sea fingida tu humildad, porque entonces decirse ha de ti titoloxochton, que es hipócrita”. En el mundo nahua se manipulaba al niño por medio de la conjunción de las expresiones más dulces y cariñosas con el adultismo más abyecto. Los padres seguían sermoneándolos a todos, aun “al ya experimentado, al mancebo ya crecido”.

Un sol insaciable

Dime cómo son tus dioses y te diré quién eres. No puede ser más simbólico el mito de la diosa-tierra, Tlaltecuhtli, quien lloraba porque quería comer corazones de hombres. Así como el padre-sol no se movía sin sacrificios, la madre tierra no daba sus frutos si no era regada con sangre. Coatlicue era también diosa de la gran destrucción que devora todo lo que vive. Se hacían sacrificios delante de ella; las malas lenguas hablan de “jugosos bebés” para la insaciable devoradora. En las casas de la gente media siempre había un altar con una figurilla de una deidad, generalmente de la Coatlicue (en nuestra mente occidental uno esperaría encontrar al dios varón de los antiguos mexicanos, Huitzilopochtli). La diosa terrible exigía:

Y el pago de vuestros pechos y de vuestros corazones será que iréis conquistando, iréis atacando y arrasando a todos los maceguales, los pobladores que ya están allá, en todos los lugares por los que pasareis. Y a vuestros prisioneros de guerra, a los que haréis cautivos, les abrirás el pecho sobre la piedra del sacrificio, con el pedernal de un cuchillo de obsidiana. Y haréis ofrendas de sus corazones y comeréis su carne sin sal; sólo le pondréis muy poca en una olla donde se cuece el maíz para comerla.

De los mexica sólo tengo unas pocas raíces, como comer tortillas, etcétera. Culturalmente hablando, la educada clase media y alta en Latinoamérica es básicamente europea, del tipo de España o Portugal. Si comparamos el pasaje de arriba con nuestras auténticas raíces, digamos los exordios de Números y Levítico en contra del canibalismo y otras prácticas, la diferencia no puede ser mayor. Asimismo, no puede contrastar más la mitología mexica con la psicoclase superior de Grecia: donde Zeus le abre la barriga a su padre Cronos que se había tragado a sus hermanos, estableciendo así un nuevo orden en el cosmos.

Los papas se punzaban las extremidades como acto de penitencia a los dioses. Estos dioses eran una imagen escindida, disociada e internalizada de los padres en la mentalidad del individuo. El mismo emperador con frecuencia abandonaba el lecho a la mitad de la noche para ofrecer su sangre y oraciones. El Conquistador Anónimo se asombra de que, entre todas las criaturas de la tierra, los americanos eran los más consagrados a su religión; tanto así que el indio común se ofrecía él o ella a sacrificios como sacarse la sangre para ofrecérsela a las estatuas. El cronista llama nuestra atención al hecho que en los caminos había muchos oratorios donde los viajeros derramaban su sangre. Si recordamos la escena de la película mexicana El apando, basada en un libro homónimo de José Revueltas, en que un reo en la cárcel de Lecumberri se sangró y los prisioneros le dijeron que estaba loco, podremos apreciar el salto en psicogénesis. Lo que se consideraba normal en los estratos más altos y refinados del mundo mesoamericano es anormal incluso en las cloacas del México moderno. La forma mexica más terrible de autolesionarse que he visto en los códices aparece en la página 10 del Códice Borgia: un joven sacándose un ojo como símbolo de penitencia. Esto fue como llevar el perturbador paradigma de Colin Ross al extremo de autolesión.

En la base de la cosmovisión mesoamericana siempre aparece la noción de que la criatura debe la vida, y todo lo que existe, a sus creadores: paradigma de la más negra de las pedagogías que podamos imaginar. La mitología mesoamericana habla de la trasgresión de unos dioses de crear vida sin el permiso de sus padres, igualándose así con ellos. En textos mayas se habla de que estos hijos “se ensoberbecieron” y que lo que hacían estaba “en contra de la voluntad del padre y madre”. Los transgresores fueron expulsados del cielo y para volver tenían que sacrificarse. Dos de ellos se echaron vivos a una hoguera y fueron acogidos, satisfechos, por sus padres. Las resonancias de este mito aparecen en la práctica de arrojar a los cautivos a la hoguera; y no perdamos de vista lo que dijo Baudez, que el sacrificio mesoamericano reemplaza al autosacrificio: es meramente un sacrificio sustitutivo “como lo muestran en primera instancia los mitos del origen”. Los seres humanos fueron condenados por ese pecado original al sacrificio porque “no podían reconocer a sus creadores”. (Cuando llegué a este punto leyendo Arqueología mexicana, no pude sino recordar la frase de mi padre que tanto me molió de niño y que conté en mi libro anterior cuando se refirió a los condenados “por no haber reconocido a su Creador”.) El sacrificio así entendido era un ajuste de cuentas, una vendetta. De hecho, en algunas versiones de la cosmogonía mesoamericana el sol les da armas a los hermanos que les son fieles a sus padres para que maten a los 400 hijos infieles. Los fieles cumplen la orden y así alimentan a sus demandantes padres: una vez más, la antítesis cultural a la exitosa rebelión de Zeus, quien había rescatado a sus hermanos del padre tirano.

La conexión de la puericultura con el sacrificio es tan obvia que a la hora en que el guerrero hacía un cautivo lo tenía por hijo —de ahí que no pudiera participar en el banquete postsacrificial— y el cautivo lo tenía por señor padre. Algunos historiadores hablan incluso de diálogos. Al hacer un prisionero decía: “He aquí a mi hijo bienamado”, y el cautivo contestaba: “He aquí a mi padre venerado”. En una de las fiestas dedicadas al agua en el bosque Tota, que quiere decir “Nuestro Padre”, a una niña se le llevaba junto al árbol más alto y la sacrificaban. Cada vez que el sacerdote alzaba un corazón al cielo en ofrecimiento al sol la catástrofe que amenaza al universo era pospuesta una vez más, porque “sin el elixir rojo y caliente de los sacrificados el universo estaba condenado a la congelación”. Como razonan los esquizofrénicos modernos, el universo del mesoamericano común, al igual que el de las mentes bicamerales de otras culturas, estaba amenazado y constantemente expuesto a una catástrofe. La función primordial de la raza humana era alimentar a sus padres, a intonan intota Tlaltecuhtli Tonatiuh, “a nuestra madre y a nuestro padre, la tierra y el sol”. La elegancia de estas cuatro palabras nahuas evoca al compacto latín.

En el mundo mexica el destino estaba predeterminado por la tonalpohualli, “la cuenta de los días” del calendario en que el nacimiento por signo astrológico de un individuo era un destino. Si León Portilla tenía en mente a las culturas prehispánicas, erró en su artículo “Identidad y crisis”, publicado en julio de 2008 en Reforma, al concluir que en la antigüedad el sol era visto como el “dador de la vida”. Duverger hace la aguda observación de que la deidad solar, la cual aparece al centro del calendario, era tan distante que ni siquiera se le adoraba directamente. En vez de dar la vida, la insaciable deidad demandaba energía, más energía, y más so pena de congelar al mundo (“Todavía estamos aquí nosotros —nosotros tus padres— que te metimos aquí a sufrir, porque con esto se conserva el mundo”). El astro del mediodía no es proveedor de energía sino que la reclama. La sedienta lengua de fuera que aparece en la piedra del sol se asemeja a un puñal: representa el cuchillo que se usaba en los sacrificios. El calendario solar con Tonatiuh al centro del cosmos era un destino absoluto: ni siquiera se le podía implorar. Es importante mencionar aquí los estudios psicohistóricos sobre las diversas deidades de la forma más arcaica de culturas infanticidas: demasiado remotas para abordarlas según deMause.

Cuando pienso en el músico que se sacrificaba voluntariamente a Tezcatlipoca en las festividades del mes tóxcatl, que según Sahagún eran fiestas tan sacras para los mexicas como la pascua de los cristianos, veo a la cultura de los antiguos mexicas en todo su sol. (Pedro de Alvarado perpetraría la gran matanza de México cuando temió que sería sacrificado después de esa fiesta.) La observación autosacrificial de Baudez vale otra vez acá. Como el mártir del gólgota que tiene que beber de un cáliz que en el fondo quiere apartar de sí, sólo si el joven indio se somete voluntariamente a la espantosa muerte gana el inescrutable amor del padre. Esto es idéntico a las más disociadas familias del mundo islámico, como se colige en el largo artículo de deMause “Si me vuelo a mí mismo como mártir, por fin seré amado”. Pero a diferencia de la metafórica pascua de Alvarado y los conquistadores (e incluso los islamistas contemporáneos), los mexicas literalmente mataban a su bienamado antes de decapitarlo y ostentar su cabeza en el tzompantli.

Al igual que la mentalidad de las culturas más primitivas del Mundo Antiguo, en el mundo mesoamericano, donde el ciclo solar reinaba desde los mayas y quizá antes, “el sacrificio se realiza para alimentar al padre con comida (corazones) y bebida (sangre)”. Había dicho que los ayudantes del sacerdote le daban al “padre” del cautivo una calabaza llena de sangre caliente de su “hijo”. Con esa sangre humedecía los labios de las estatuas, las introyectadas y demandantes “sombras” de sus propios padres, para alimentarlos. Los sacerdotes embadurnaban sus ídolos con sangre fresca y, como Bernal Díaz nos contó, los santuarios mayores estaban empapados de hedientas costras, incluyendo el pináculo del Gran Teocali.

En nuestra época, quienes pertenecen a esta psicoclase son aquellos que ostentan sus actos untando las paredes con la sangre de sus víctimas: gente que ha sufrido una forma de crianza mucho más regresiva que la del occidental promedio. Richard Rhodes explica en Why they kill que Lonnie Athens, el Darwin de la criminología posmoderna, descubrió que quienes cometen crímenes violentos fueron violentados horrendamente de chicos. El cien por ciento de los criminales que Athens entrevistó en prisiones de Iowa y California habían sido brutalizados en sus tiernos años.* Un caso extremo al otro lado del Atlántico fue el del asesino serial de niños, Jürgen Bartsch, que aparece en el libro de Alice Miller Por tu propio bien. Bartsch había sido martirizado en casa de manera mucho más espeluznante que la mía. Miller cree que se regodeaba al ver las miradas en pánico de los niños que mutilaba a fin de ver al niño martirizado que él mismo, Bartsch, tenía adentro.

* * *

* Recientemente Abby Stein ha confirmado estos hallazgos (Journal of Psychohistory, 36, Nº 4, 320-27). Vale decir que, debido al tabú fundacional de la mente humana, cuando en enero de 2008 edité el artículo Criminology de Wikipedia me sorprendió hallar en la sección donde añadí una mención a Athens únicamente a las teorías biologicistas sobre la etiología de la mente del criminal.

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Published in: on mayo 31, 2011 at 11:24 pm  Dejar un comentario  

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