Páginas 522-530 de Hojas susurrantes

En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



Encuentro de psicoclases

Julian Jaynes escribió:

Me he esforzado en estos dos capítulos en examinar el registro de un enorme lapso de tiempo para demostrar la verosimilitud de la hipótesis de que el hombre y sus primeras civilizaciones tuvieron una mentalidad profundamente diferente que la nuestra; que los hombres y las mujeres, de hecho, no estaban conscientes como lo estamos nosotros, no eran responsables de sus acciones, y por consiguiente no se les puede dar crédito o culpabilizarlos de cualquier cosa que se haya hecho durante estos vastos milenios.

Jaynes se queja en su libro de que los traductores de textos del Mundo Antiguo coloreen sus traducciones con palabras abstractas absolutamente incomprensibles para la mentalidad bicameral de otros tiempos. En lo personal, una vez que me percaté de la existencia de psicoclases me parecen bobas las películas hollywoodenses en que se retroproyecta la psique moderna en aventuras épicas del pasado histórico, como si el hombre siempre hubiera sido el mismo.

Los indigenistas hablan maravillas de la herbolaria mexica a pesar de que la medicina estaba impregnada de pensamiento paleológico. La mayoría de las curas se orientaban a expulsar los malos espíritus. Si se padecía “la enfermedad del frío” se hacían ofrendas a algún monte por el que sentían devoción. El diagnóstico no descansaba en la observación empírica, sino en la adivinación; y si la enfermedad la había enviado un dios había que hacerle ofrendas. Como escribió Arieti, en sus pacientes esquizofrénicos todo lo que ocurre era interpretado como deseado por agentes externos. Mucho más perturbador era la propensidad de los mesoamericanos de hacer trepanaciones con el fin de que se le salieran los malos espíritus a un indio. El cráneo récord de trepanaciones que se conserva posee cinco grandes agujeros.

Es interesantísimo ver cómo un Moctezuma atemorizado lo primero que hace es mandarle una ofrenda de carne humana fresca a los expedicionarios. Cuando se encontraban en la costa de Veracruz sus representantes visitaron a Cortés. Mataron a los cautivos que traían y los preparaban para un festín antropófago. Los españoles no podían creer lo que tenían frente a sus ojos. “Pero cuando ellos vieron aquello sintieron mucho asco, escupieron, se restregaban las pestañas”, escribe Bernal. Cierto que en una conjura desobediente, Cortés, mandó cortar los dedos de los pies al piloto Gonzalo de Umbría. El capitán español era capaz de caer sobre una aldea de desarmados tlascaltecas y hacer una masacre, así como de amputar la mano derecha de sus espías. Mandó matar a hombres, mujeres y niños indefensos durante el asedio de Tenochtitlan, “una de las escenas más penosas que registra la vida de aquel hombre”, escribió su biógrafo Salvador de Madariaga. Cierto que ordenó que fueran quemados Qualpopoca y sus hijos por haber matado a la retaguardia de castellanos. Mandó colgar a un par de españoles y, en otra conjura en la que temió por su vida, a Cuauhtémoc mismo.

Pero Cortés no se mutilaba. Ni sacrificaba niños. Comparados con los amerindios, los rústicos soldados pertenecían a una dimensión completamente nueva en la evolución de la psique humana, tan distinta de la psicoclase infanticida como una mariposa del ex gusano.

Aquellos que, a lo largo de la historia y prehistoria, han pertenecido a la psicoclase infanticida se esquizofrenizan por necesidad: sean indígenas, caucásicos, africanos u orientales. Un ruido de la naturaleza o un animal que se cruza en el camino son interpretados como augurios. Para esta gente no hay individuación, libre albedrío en el más amplio sentido y mucho menos cognición o pensamiento aristotélico. En el caso de los mexicas, el destino estaba determinado por la fecha del nacimiento y escapaba de la voluntad del individuo. El clima psíquico estaba cargado de pesimismo y amenazado de aniquilación. La manera de protegerse ante la amenaza eran las ofrendas a sus demoníacos dioses. Cuando los mesoamericanos se sentían amenazados por algo les ofrecían puntualmente sangre y corazones en un intento de aplacar lo que, en realidad, eran sus demonios internos. Bernal dice que en Cempoala, atemorizados por los teules barbados (vocablo corrompido de teteuh, dioses) que venían del Oriente, “cada día sacrificaban delante de nosotros tres o cuatro o cinco indios”. Cuando Cortés inicia su resuelto avance a la gran capital mexicana Moctezuma cae presa del pánico. “Y les sacrificaban cada día dos muchachos para que le diese respuesta de lo que había que hacer con nosotros”. Cuando llegaron a Cholula “supimos que [Moctezuma] estuvo encerrado en sus devociones y sacrificios dos días, juntamente con diez papas, los más principales”. Poco después aparece algo inverosímil en el relato de Bernal. La respuesta de los sumos sacerdotes fue que “nos deje entrar”.

Nótese que, de forma análoga al pensamiento mágico de la medicina prehispánica, el Huey Tlatoani (emperador) no pensaba en lógica aristotélica. Cierto que, al igual que Ahuítzotl, antes de monarca Moctezuma había sido sumo sacerdote. Pero también había sido un exitoso general. A pesar de ello, en el año axial de su reinado no consultó a los jefes militares sino a sus sacerdotes, y lo que es peor: dejó entrar a los españoles a sabiendas de que éstos acababan de perpetrar la gran matanza de Cholula, en que la ciudad fue saqueada por los aliados tlascaltecas y el templo de Huitzilopochtli ardió durante dos días; además de que Cortés ordenaría destruir todas las efigies de culto. Tenochtitlan no era Cholula. Dada su ubicación como la única ciudad lacustre del continente, estaba bien protegida. Los mexicas fácilmente habrían podido levantar los puentes que conducían a la capital del imperio. En lugar de ello, dejaron entrar no a una embajada de Cortés ¡sino a éste con todo su ejército! (incluidos los nunca vistos caballos).

Si esto no es suicida pensamiento mágico de mentes bicamerales, ¿qué es? La Conquista de América es el capítulo de la historia que llama la atención como ninguna otra conquista en la historia de la humanidad. Si bien Cartago sufrió una suerte similar a Tenochtitlan, los romanos tuvieron que librar tres costosísimas guerras púnicas a lo largo de casi 120 años antes de arrasar la ciudad. A Cortés le llevó una fracción de ese tiempo: inició su campaña en 1519 y para 1521 ya había capturado la doble ciudad. La observación de Jaynes recogida capítulos atrás sobre Pizarro, “¿Cómo fue posible que un Imperio cuyos ejércitos habían sojuzgado las civilizaciones de medio continente fuera sometido por una pequeña banda de 150 españoles al caer la noche del 16 de noviembre de 1532?”, podemos hacerla sobre Cortés.

“Nunca jamás hizo capitán con tan chico ejército tales hazañas, ni alcanzó tantas victorias ni sujetó tamaño imperio”, comentó el cronista Gómora. Si hay algo que se desprende del relato de Bernal es que el capitán quería suspender la práctica del sacrificio en cada pueblo que pasaba en ruta a Tenochtitlan. Un amigo semiindígena que ha leído a los cronistas me comentó que la historicidad de sus relatos se encuentra muy por arriba de la excusa que, cual mantra, hemos escuchado mil veces en boca de otros mexicanos: “Los ganadores escriben la historia”. La realidad es que los tlaxcaltecas odiaban a los mexicas, quienes a lo largo de un siglo habían estado haciendo redadas para obtener cautivos y sacrificarlos. Si los habitantes de Tenochtitlan hubieran sido populares en el llamado imperio azteca los españoles habrían sido rechazados en México. Una lastimosa sensación produce en el lector una ilustración del libro de Diego Durán con humildes indios cargando, sobre sus espaldas, las mochilas de los advenedizos en su avance a Tenochtitlan, mientras un español aparece sentado cómodamente en su caballo. Lo mismo puede decirse de otra ilustración de indios construyendo bergantines que se utilizarían decisivamente en la batalla del lago de Tezcoco. Es obvio que la conquista de México fue, a su vez, una guerra civil.

Como dejé a entender en un capítulo anterior, mi padre siente una admiración desmedida por el mundo indígena. Varias veces ha argumentado que el hecho que la poseía de Nezahualcóyotl, el representante más típico y refinado de la cultura nahua, fuera tan humana desmiente la visión de la cultura de los antiguos mexicanos como bárbara.

Pero la poesía no es parámetro. El principio básico, fundamental en psicohistoria es que la puericultura es el factor relevante, y desde este ángulo incluso el refinado monarca de Tezcoco era un bárbaro. En una intriga palaciega Nezahualcóyotl consintió que le dieran garrote a su hijo preferido, el príncipe Tetzauhpilzintli. Los personajes nahuas eran presa de arrebatos fraticidas. Moctezuma I (no el que recibió a Cortés) mandó matar a su hermano y algo similar hizo el sucesor de Nezahualcóyotl, Nezahualpilli: quien también castigó con la pena capital a su primogénito y sucesor. Soustelle afirma que este drama fue una de las causas de la caída del imperio mexicano dado que los hermanos consanguíneos que subieron al trono se pasaron a las filas españolas. Pero asombra la ceguera de Soustelle sobre lo que tiene enfrente de sus narices. Al igual que León Portilla, para Soustelle “no hay duda de que los mexicanos querían entrañablemente a sus hijos”.

Pero eso no es amor. El duelo de Nezahualcóyotl después de permitir que mataran a su hijo me recuerda la “Pietà” de mi primer libro, mi madre, que sufría por verme en patéticas condiciones cuando no hacía sino escalar su maltrato hacia mí. Y lo que es más perturbador: algunos nobles entregaban a sus hijos pequeños a los sacerdotes de Tláloc para ser sacrificados (como vimos, la gente de menos recursos también vendía a sus hijos a los sacrificadores), dato que demuestra que el móvil era más que económico.

Los españoles vieron de lejos cómo sacrificaban a sus compañeros de armas en la cima de la pirámide de Tenochtitlan, cuyas cabezas encontrarían empalizadas en un tzompantli, junto con las cabezas decapitadas de los caballos capturados. Cuando mencioné por vez primera a los tzompantli omití decir que eran estructuras en que se ponían, paralelamente, unas varas. A través de agujeros por las sienes, las varas sostenían enormes hileras de cabezas humanas decapitadas: una tras otra. (Sólo en Tenochtitlan había siete tzompantlis, aunque los españoles habían visto un tzompantli en Cempoala, no muy lejos la costa de Veracruz, y poco después otro en Zautla, el cual también contenía fémures y otras partes de cuerpos humanos.) Bernal escribe: “Estando de aquella manera, bien angustiados y heridos, no sabíamos de Cortés ni de Sandoval ni de sus ejércitos, si los habían muerto y desbaratado [descuartizado], como los mexicanos nos decían cuando nos arrojaron las cinco cabezas que traían asidas por los cabellos y las barbas”. Los desmoralizados soldados querían huir a Cuba después de la batalla de la Noche Triste, en que murieron la mayoría de sus compañeros: una gran derrota para las armas españolas en suelo mexicano.

Durante una escaramuza los indios capturaron a Cortés mismo, pero no lo mataron. Cuando se lo llevaban a sacrificarlo fue rescatado por los suyos. Desde el punto de vista militar, este pensamiento mágico de no matar al capitán caído sino querer llevárselo a la pirámide fue un error garrafal: Cortés sería quien los arengó a no regresar a Cuba después de la catastrófica Noche Triste. Posteriormente, cuando con el apoyo tlascalteca la guerra dio un vuelco y la capital mexica estaba perdida, Cuauhtémoc, el último Huey Tlatoani rechazó las propuestas de paz que, día tras día, Cortés les ofrecía. (Cuauhtémoc había sido el mismo noble que había dado la señal para apedrear a Moctezuma después de la matanza ordenada por Pedro de Alvarado, masacre inspirada en la matanza de Cholula.)

No es mi intención en este libro vituperar a los nuevos mexicanos. Como revelé en mi anterior libro, los recuerdos de las bellas colonias de la Ciudad de México donde viví en los años sesenta, antes de que la ciudad degenerara, aún despiertan mis más profundas nostalgias. Ni siquiera es mi intención vituperar a los antiguos mexicanos. Como he dicho, la psicoclase de los mexicas estaba mucho más evolucionada que la de los chichimecas: los nómadas del norte que aún comían carne cruda porque desconocían el uso del fuego; no sabían construir casas y vivían en cavernas. Los amerindios cazadores y recolectores estaban más disociados que los habitantes de las grandes ciudades, como los refinados nahuas. Y a juzgar por el inconcebible sadismo de los mayas con los prisioneros, indistinguible del de los peores asesinos seriales en la actualidad, no me cabe la menor duda de que, a pesar de que la forma pictográfica de escritura mexica frente a la silábica maya representa una regresión técnica, la psicoclase de los antiguos mexicanos define un avance psicogénico comparada con la de sus vecinos del sur.

Llegado a este punto debo confesar que duele leer casi todo lo relacionado con Moctezuma. Y duele a pesar de que Bernal dice que el Huey Tlatoani mismo compartía el canibalismo de su época. “Oí decir que le solían guisar carnes de muchachos de poca edad”, y en esa misma página se lee que “nuestro capitán le reprendía el sacrificio y comer carne humana, que desde entonces mandó que no le guisasen tal manjar”. A pesar de ello, duele porque en las páginas bernaldinas veo a un Moctezuma en toda su humanidad. Tanto Bernal como Cortés lo estimaban; y su cándida, temerosa y supersticiosa personalidad hace que el lector también simpatice con él. Es difícil no sentir un afecto muy particular por Moctezuma. Cierto que ante Cortés y los españoles el Huey Tlatoani se comportó como un güey (mexicanismo que cuando yo era un niño significó tonto). Los mexicanos de hoy día no son tan güeyes como los mexicas. Pero incluso después de casi quinientos años es una experiencia muy perturbadora enterarse de la conducta del Moctezuma histórico.

Antes de que la expedición española llegara a Tenochtitlan, el hombre más poderoso del imperio se aferró a sus papas de pelo largo, enmarañado, y pegoteado de costrones de sangre. Ya podremos imaginar el estado mental de quienes, una y otra vez, metían la mano en cuerpos vivos hurgando por la víscera vital. Lucían un rostro cenizo porque ellos mismos tenían que sangrarse una vez al día. Al caer presa de pánico cuando los expedicionarios estaban en ruta a la capital del imperio, Moctezuma consultó además a mucho a adivinos y hechiceros. Una vez que arribaron los españoles, es perturbador ver cómo los representantes de una psicoclase más integrada le arrebataron el imperio a Moctezuma: como un adulto le quita la paleta a un niño, quien había sido un magnífico anfitrión de Cortés y su enorme escolta.

El pueblo estaba tan disociado psicológicamente como su gobernador. En el enorme lapso de tiempo que transcurre desde el secuestro de Moctezuma por Cortés, a la matanza perpetrada por Alvarado, con excepción de Cacama y unos pocos nobles los mexicanos no se rebelaron ante los forasteros. Ni siquiera reaccionaron cuando Cortés ordenó que Qualpopoca, sus hijos y quince caciques fueran quemados vivos a la usanza de la Inquisición española, humillando al emperador quien encadenado tuvo que presenciar, en la plaza del Templo Mayor, la ejecución. A Moctezuma incluso le habían hecho aprender, en latín, oraciones como el padrenuestro y el avemaría.

Cortés salió temporalmente de Tenochtitlan para detener a Pánfilo Narváez en Cempoala. Narváez venía de Cuba con un gran ejército; quería arrestar a Cortés y liberar a Moctezuma. Sólo la matanza de México en que el rubio Alvarado (apodado totaniuh, el sol) asesinó a la flor de la aristocracia mexicana durante la “pascua azteca” despertó a los mexicas. Su largo letargo me recuerda la observación jesuita del siglo XVIII que los amerindios eran como niños crecidos, “bambini con barba”.

A diferencia de los peruanos, que constantemente limpian la gran estatua de Pizarro —quien se portó peor con Atahualpa que Cortés con Moctezuma—, en casi medio siglo de vivir en la capital no he visto una sola estatua de Cortés, su mujer india, o de Moctezuma. Tan hondo caló el trauma de la conquista que su cola llega medio milenio después. Cierto que después de la matanza de Alvarado, el hasta ahora picaresco relato de la conquista parece tornarse en la historia de una infamia, si bien de Madariaga matiza la visión de los vencidos señalando que Alvarado “tenía razón en pensar que existía una conspiración” mexica para atacarlos después de las fiestas. Por otra parte, hay mexicanos que han osado ver, con el debido humor negro, las crueldades cometidas por su propia raza india. En su Autobiografía, el muralista mexicano José Clemente Orozco escribió:

Según [los indigenistas] la Conquista no debió haber sido como fue. En lugar de mandar capitanes crueles y ambiciosos, España debió de haber enviado una numerosa delegación de etnólogos, antropólogos, arqueólogos, ingenieros civiles […]; sugerirle muy respetuosamente al gran Moctezuma que estableciera la democracia en el pueblo, pero conservando los privilegios de la aristocracia para darles gusto a todos. De esta manera se habrían ahorrado los tres siglos de la aborrecida Colonia y estaría en pie todavía el gran Teocalli, bien desinfectado para que la sangre de los sacrificados no se pudriera y poder hacer morcilla fresca con la misma, en una fábrica que ocupara el sitio que malamente ocupa el Monte de Piedad.

La historia no ocurrió así. Los soldados destruyeron completamente Tenochtitlan y un clero salido directo de la Contrarreforma y de la Reconquista se encargó de las estatuas y de los códices. Un poema melancólico mexica reza: “Nuestra forma de vida, nuestra ciudad, está perdida y muerta”. La infame pirámide que albergaba los restos del niño cuya foto incluí capítulos atrás fue volada con quinientos barriles de pólvora, sin los cuales esos huesos jamás habrían salido a la superficie siglos después. En cambio, en el sarcástico escenario de Orozco, en la ciudad más bella del mundo los turistas hablarían maravillas al escalar el Teocali para ver al gran Huichilobos sin tener conocimiento del niño sacrificado, y sus restos emparedados bajo la piedra, decenas de metros bajo sus pies.

Después de la caída de Tenochtitlan Bernal cuenta que “suelo y laguna y barbacanas todo estaba lleno de cuerpos muertos, y hedía tanto que no había hombre que lo pudiese sufrir”. En contraste al maniqueísmo de los mexicanos, sean hispanófilos o indigenistas, Martin Brown dibujó unas caricaturas irreverentes que aparecen en el panfleto de Terry Deary The angry Aztecs. Una de éstas ilustra los bloques de piedra de la ciudad recientemente destruida: piedras de los coloridos templos que servirían para la construcción de edificaciones cristianas. En la caricatura de Brown aparece un diálogo entre dos púberes nahuas, un chico y una chica, sentados sobre las ruinas de la gran ciudad:

Niño: Los aztecas mataron a mi mamá.
Niña: Los españoles mataron a la mía.
Niño: Me pregunto quién es más fatal.

Pero Brown omitió lo principal: Moctezuma y los suyos se comían a los chicos de esa edad, algo que los españoles jamás hicieron.

Lo que destruye la mente al grado de convertir a un continente entero en un montón de güeyes fáciles de conquistar es cargar, en lo recóndito del alma, con el hecho que nuestros queridos totatzin sacrificaron a uno de los hermanitos; o que eso sucedió en las familias de cercanos y conocidos y que nadie condenó el ultraje. Usando el lenguaje de mi libro anterior, dado que el sacrificio era parte del tejido social nadie contó con un testigo conocedor; y no hablemos de una testigo auxiliador en momentos de la inculcación de pedagogía tan negra. Recordemos el estudio etnológico del siglo XX sobre las tribus de Nueva Guinea. Los niños eludían a sus padres cuando éstos se comían a uno de sus hermanitos. Los índices de suicidio infantil en esa población, una sociedad aún más desquiciada que la mexica, eran muy altos.

La destrucción española puede compararse en cierto modo a la destrucción del rey Josías en 641 a. de C, según se relata en II Crónicas 34: 3-7, acerca de la cual Jaynes comenta que, de no haber ocurrido, tendríamos más evidencia arqueológica de los ídolos parlantes de los antiguos hebreos. Aunque objetable para la mentalidad de nuestros tiempos, tales medidas de exterminio cultural fueron necesarias durante los intentos de la psicoclase superior de eliminar los sacrificios: ya sea de niños a Baal o de niños a Tláloc.

Y ahora hemos llegado al capítulo que le dio el título a este libro…

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Published in: on mayo 31, 2011 at 11:06 pm  Dejar un comentario  

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