Páginas 530-541 de Hojas susurrantes

En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



El retorno de Quetzalcóatl

Si los norteamericanos de los años cincuenta del siglo XX representan el cenit de la civilización, los habitantes de Nueva Guinea y los cazadores de cabezas de Mundurukú en Brasil representan el nadir. La psicoclase actual de los estratos más humildes en Latinoamérica se encuentra en medio de estos extremos.

La ciudad de México, que a diferencia de la mayoría de las naciones le dio el nombre al país, fue fundada por los tenochcas porque una voz les ordenó establecerse en el lago al que habían llegado, “tal como las voces bicamerales incorpóreas dirigieron a Moisés por el Sinaí”. No puede ser más simbólico el hecho de que el escudo nacional mexicano, que tanto me mostraron en la escuela de niño, sea un águila sobre un nopal devorando a una serpiente en uno de los islotes del lago que divisaron los antiguos tenochcas. Lugar insólito para establecerse, pero había que obedecer a las castigadoras voces. De El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral se desprende que los edificios erigidos en el centro de una comunidad, como el templo a Huitzilopochtli en el lago de Tezcoco, estaban localizados donde los guías oían las mentadas voces. Si ahora relacionamos no sólo a Jaynes con Arieti sino incluso aquel pasaje de mi Carta sobre una paciente diagnosticada de esquizofrenia, todo va cobrando forma. Me refiero a aquella mujer que, al intentar sus padres pensar por ella, padeció de alucinaciones auditivas y le confesó a Laing: “Yo no pienso: Piensan las voces”.

Sin hacer este tipo de incursiones psicológicas —Dios lo prohíba—, algunos historiadores tratan de encontrar excusas para los indios precolombinos. Más perturbador es cuando una persona que uno ha tratado se ofende de nuestra compasión. Cierta ocasión la sicoanalista Jenny Pavisic me increpó airada: “¿Y quién eres tú para condenar los sacrificios?” refiriéndose a los sacrificios de infantes en Mesoamérica.

El recinto ceremonial tlatelolca y sus barrios circundantes ha sido excavado con fines arqueológicos. He visto fotografías de fragmentos de huesos de 41 víctimas sacrificadas en la excavación de la grada del templo Ehécatl-Quetzalcóatl, de los cuales 30 eran de infantes. Al igual que Pavisic, mucha gente es capaz de condenar la masacre de estudiantes de 1968 en Tlatelolco, pero jamás a los sacrificios de niños exactamente en el mismo lugar. En abril de 2007 se hallaron huesos de veinticuatro niños sacrificados en Tula, la capital de la civilización tolteca, fechados del 950 al 1150 A.D. según la nota periodística que le dio la vuelta al mundo. Los niños habían sido decapitados. Si recordamos que se intentaba enfrentar las crisis del medio ambiente de esa manera, no debe extrañarnos que las civilizaciones mesoamericanas desaparecieran aún antes de la conquista. Los sacrificios representaban la rueca que movía el tejido de esa cultura, y una sociedad tan disociada psicológicamente que tenía que basarse en ellos estaba condenada a la oscilante desaparición. Es como si una civilización estuviera compuesta de las autolesionadoras de la clínica de Ross y de asesinos seriales varones.

El ejemplo por excelencia de desaparición de una civilización es el abandono de los mesoamericanos de sus grandes ciudades, como en el caso de los mayas del siglo IX de nuestra era. Por registros climáticos, análisis de hielos en Groenlandia y de los lodos del subsuelo de una laguna en áreas mayas se cree que éstos sufrieron una grave sequía. No obstante, ante las sequías, y al igual que sus sucesores mexicas que sacrificaban la flor de su juventud ante las crisis externas, por los restos óseos de una treintena de hombres, mujeres y niños sacrificados se deduce que los mayas intentaron aplacar a los dioses que los habían traicionado. De haber arribado al estadio del pensamiento aristotélico no habrían intentado resolver el problema matando a más de los suyos, y difícilmente las sequías habrían sido tan apocalípticas para su civilización. No olvidemos que inexplicables abandonos de ciudades también acaecieron en Teohtiuacan y en Tula. Julian Jaynes comenta:

También creo que los curiosamente inhospitables lugares sobre los que las ciudades mayas generalmente se construyeron y su súbita aparición y desaparición [mi énfasis] pueden explicarse mejor en base a que tales lugares y mudanzas fueron ordenadas por alucinaciones que en ciertos períodos no sólo podrían haber sido irracionales, sino francos castigos.

El porqué del colapso periódico de las civilizaciones mesoamericanas se comienza a vislumbrar si pensamos que la carga demográfica de una próspera ciudad india tarde o temprano entra en crisis frente al Diktat bicameral de la teocracia dominante. Es ilustrativo notar que cuando Egipto sufrió una sequía alrededor del 2100 a. de C, absolutamente toda autoridad colapsó: el pueblo egipcio huía de los poblados y las fuentes literarias de la época me recuerdan los apocalípticos pasajes de un evangelio sinóptico. Mientras los egiptólogos se esfuerzan en explicar el por qué, Jaynes lo compara con la catástrofe de los mayas, quienes sufrieron una regresión civilizatoria yendo de nuevo a la selva; y también lo compara con el colapso de Asiria en 1700 a. de C que duró doscientos años, el cual ningún historiador entiende. Jaynes arguye que el misterio se disipa si lo vemos como un salto psicogénico dado que las sociedades bicamerales son más susceptibles de colapsar una vez que los dioses se niegan a hablar; es decir, una vez que los hombres superan su etapa esquizofrénica, tan inundada de alucinaciones auditivas. El colapso de la sociedad bicameral no es sino el caos resultante del tránsito a la conciencia. En Egipto, Asiria y en otras culturas del Mundo Antiguo el surgimiento de una psicoclase esquizoide a partir de una psicoclase esquizofrénica (Laing describe magníficamente la diferencia entre esquizoide y esquizofrénico en El yo dividido), representó una amenaza formidable para el status quo. “Desde luego, ya antes habían sucedido desórdenes y caos social”, escribe Jaynes. “Pero tan motín premeditado y parricidio de un rey es imposible de imaginar en una era bicameral leal a los dioses y a las jerarquías”. Similarmente, el nacimiento del “nuevo hombre”, producto del modo ayuda a partir del hombre socializado, trae consigo tales armas de autodestrucción masiva para nuestra civilización (pienso en el feminismo) que podría decirse que actualmente la gente caucásica es una especie en peligro de extinción.
 
Corrección política

La ruptura de la era bicameral resulta en la mayor colisión de conciencia que una sociedad podría experimentar. Sin embargo, a diferencia de los hombres del Viejo Mundo, los del Nuevo Mundo fueron incapaces de llevar a cabo una metamorfosis intrapsíquica. La lectura del libro de Jaynes parece sugerir que el mundo mesoamericano del siglo XVI aún estaba bicameralizado de forma tal que ese estadio ya había sido superado al otro lado del océano. En otras palabras, los mesoamericanos padecían del estancamiento que en psicohistoria se denomina arresto psicogénico.

Los amerindios recibieron su merecido. Pero actualmente ¿quién condena a los antiguos pobladores de las Américas? En un mundo políticamente correcto no puede decirse que los infanticidas prehispánicos estaban psicológicamente disociados; que la casta de la teocracia militar estaba compuesta de asesinos seriales, o que eran moralmente inferiores a nosotros. Pero a los moralistas no siempre se les silenció. En el pintoresco español de la época Bernal escribió un capítulo, “Cómo los Indios de Toda la Nueva España tenían muchos Sacrificios y Torpedades, y se los Quitamos y les Impusimos las Cosas Santas de Buena Doctrina”. La frescura de Bernal no acaba de fascinarme: y es patético que, medio milenio después, comparados con esos soldados los historiadores, etnólogos y antropólogos de hoy hayan sufrido una regresión psicogénica. Ilustraré este punto a través del otro imperio prehispánico.

La comunicación de los mesoamericanos con los andinos fue esporádica. Al igual que los mayas, los incas deformaban el cráneo de los bebés, algunos creen que para demarcar las diferentes etnias a lo largo del imperio inca. Los tormentos a la niñez iniciaban desde el primer día. Al recién nacido se le lavaba en agua fría; se le envolvía, y se le metía a un agujero hecho en la tierra a modo de un simple corralito. A los cinco años el niño era nacionalizado por un estado teocrático que, como el mexica, era regido por estrictas jerarquías. Y al igual que Mesoamérica, el asesinato ritual de niños se realizaba en diversas sociedades andinas.

En noviembre de 1999 National Geographic publicó un artículo con varias fotografías sobre unas momias conservadas perfectamente a 6,700 metros sobre el nivel del mar: el sitio arqueológico más alto del mundo. Eran niños que habían sido entregados voluntariamente por sus padres para ser asesinados: uno de ocho años y dos niñas. “Los incas”, dice el artículo, “recibían a niños de todo el imperio para sacrificarlos y recompensaban a sus familias con puestos o bienes”. En algunos casos los padres mismos acompañaban a sus hijos en su viaje a la inmolación. La práctica, conjuntamente con otras formas bárbaras de puericultura, formó las mentes bicamerales que serían presa facilísima para Pizarro (quien en España había sido un porquero). Los cronistas escribieron sobre estos sacrificios. No obstante, con la perene excusa de que “la historia la escriben los vencedores” en algunos círculos latinoamericanos se creó el mito de que sus relatos eran míticos. El hallazgo de momias a finales de siglo confirmó la autenticidad de los relatos de que los niños eran enterrados vivos, o se les daba un porrazo en la cabeza, como mataron a una de las niñas encontradas según reveló la autopsia.

Al igual que los nacionalistas bolivianos como Pavisic que preguntan airadamente “¿Quién eres tú para juzgar?”, el artículo de National Geographic es una desgracia. El autor, Johan Reinhard, teme juzgar a los padres y a la sociedad que los produjo. Los idealiza de la manera más servil, traicionando así la memoria de los niños. Reinhard escribió patentes falsedades acerca de los incas, por ejemplo, que eran “menos brutales que los españoles”. Eso lo dice en la misma página en que él mismo aseveró que los incas recompensaban a los padres que ofrecían a sus hijos en sacrificio. Reinhard también escribió, de manera eufemística, “inmediatamente después de que murió” refiriéndose a una de las niñas sacrificadas en vez de haber escrito “inmediatamente después de que la mataron”. Y cuando menciona que los cronistas hablaban de que a otros los enterraban vivos, se apresura a añadir: “Sin embargo, los niños de Llullaillaco tienen expresiones afables”. Más ofensivo son los encabezados al inicio y al final del artículo: “Irse dulcemente” al referirse a la púber que hallaron en posición fetal enterrada en un agujero, y “Destino: la eternidad” al referirse al sacrificio de los tres niños en general. Y el hecho que el sitio sacrificial se encontrara en la cima de la montaña le hace exclamar: “Las condiciones sólo aumentaron mi respeto por la hazaña de los incas”.

En la tercera sección abordaré el tema de la aberración intelectual que se conoce con el nombre de relativismo intelectual, del que Reinhard y muchos académicos son insignes exponentes. Por el momento sólo quisiera manifestar que los etnólogos y antropólogos de hoy día son casos perdidos. Nuestra única esperanza radica en que otra generación reemplace a los relativistas que actualmente acaparan la academia. Qué daría para que las más jóvenes mentes aprendieran algo de psicohistoria; por ejemplo, que se interesaran en la aventura más grande del mundo leyendo el relato Bernaldino hasta la llegada de los españoles a Tenochtitlan.

Y diré cómo hallamos en este pueblo de Tlascala casas de madera hechas de redes, y llenas de indios e indias que tenían dentro encarcelados e a cebo hasta que estuviesen gordos para comer y sacrificar; las cuales cárceles les quebramos y deshicimos para que se fuesen los presos que en ellas estaban, y los tristes indios no osaban de ir a cabo ninguno, sino estarse allí con nosotros, y así escaparon las vidas; y donde en adelante en todos los pueblos que entrábamos, lo primero que mandaba nuestro capitán era quebrarles las tales cárceles y echar fuera los prisioneros, y comúnmente en todas estas tierras las tenían; y como Cortés y todos nosotros vimos aquella gran crueldad, mostró tener mucho enojo de los caciques de Tlascala, y se los riñó bien enojado, y prometieron desde allí en adelante que no matarían ni comerían de aquella manera más indios. Dije yo que qué aprovechaban aquellos prometimientos, que en volviendo la cabeza hacían las mismas crueldades. Y dejémoslo así, y digamos cómo ordenamos de ir a México.

El no condenar los sacrificios del pasado, como los primeros hombres blancos en pisar el continente lo hicieron, nos impide ver los sacrificios del presente. En mi libro anterior había escrito que mi primo Gerardo Tort fue premiado nacionalmente y en el extranjero por una película sobre los niños mexicanos indigentes. Si analizamos el asunto más de cerca aquí veremos la mentira de Tort y de la sociedad mejor que en cualquier otro lugar. Lo que necesita la gente del Tercer Mundo son las más incisivas campañas de control natal y de drástica reducción demográfica en los países más pobres. Como cuento en La india chingada, al igual que muchos mexicanos de clase media Gerardo respondió a mis comentarios sobre estos prolíficos reproductivos criticándome sin proponer un escenario alternativo de ingeniería social. A lo que quiero llegar es muy simple. El hecho que prácticamente nadie condene a la psicoclase infanticida del mundo prehispánico, y a los mestizo-americanos pobres que se reproducen como conejos en la actualidad, condenando así a incontables niños a la pobreza y a la marginación, son dos caras de la misma moneda. Si no se ven y se condenan los abusos del ayer, nos será difícil ver y condenar los abusos de hoy. O como diría Orwell: quien controla el pasado controla el futuro.

Los indigenistas que en la actualidad controlan el pasado son gente deshonesta. En Toltecayotl Miguel León Portilla acepta que la mujer indígena de hoy día suele ser maltratada por su familia. Pero en ese libro León Portilla culpa, increíblemente, a la Conquista del maltrato actual de indios a indias. Luego escribe que “la situación de la mujer nahua prehispánica difirió con mucho de su actual condición”, y para fundamentarlo unas páginas más adelante cita un pasaje de esas homilías nahuas que tanto le gustan: “La niñita: criaturita, tortolita, pequeñita, tiernecita, bien alimentada…” Pero en el mismo capítulo de Toltecayotl también publica una ilustración del Códice Telleriano-Remensis de una ama de casa mexica que no se ve nada contenta. En absoluto contraste con el alegato de León Portilla, el Conquistador Anónimo escribió que no había gente en el mundo que tuvieran a las mujeres en menor estima que los mesoamericanos. Y en su libro más reciente, The origins of war in child abuse, deMause escribió: “Las mujeres aztecas eran tratadas incluso peor que las mujeres del Islam”. Resulta inverosímil que los soldados españoles del siglo decimosexto manifestaran una mejor empatía hacia las víctimas de esa cultura que los eruditos del presente. Pero para entender a León Portilla es pertinente notar que ya desde su Apologética historia, escrita a mediados del siglo XVI, Las Casas elogió a las amonestaciones indias de padres a hijos, a quienes llamó “cuerdos, prudentes y racionales”. Las Casas incluso ubicó a esta pedagogía negra arriba de las de Platón, Sócrates, Pitágoras y el mismo Aristóteles.

El tratado más reciente sobre el encuentro entre los imperios español y mexicano es La conquista de México de Hugh Thomas. Llama la atención que, como típico bienpensante, en el primer párrafo del prefacio Thomas hable cándidamente de los miembros de las dos culturas sin percatarse que pertenecen a psicoclases muy distintas entre sí. En la siguiente página Thomas habla de la “compasión” como una de las virtudes de los mexicas ¡a pesar de que, a renglón seguido, menciona que incluso a los niños de pecho “se les hacía llorar con brutalidad” antes de sacrificarlos! Respecto al trato a la mujer Thomas escribe, deshonestamente, que su posición era “al menos comparable al de las europeas de la época”, aunque sabemos perfectamente que a las europeas no se les engañaba para ser sacrificadas, no se les decapitaba y desollaba puntualmente según rituales del calendario gregoriano. Y las que no se sacrificaban no tenían permitido llevar sandalias, como sus maridos. En los códices las indias figuran generalmente de rodillas; los hombres, sentados (cosa que me recuerda que mi padre, en su juventud, al visitar Chiapas le llamó mucho la atención que las mujeres indias vistieran ropa oscura: su humildísima figura no podía contrastar más con la colorida vestimenta de los varones indios). Y debemos recordar la costumbre indígena de vender, e incluso regalar, a sus hijas. La misma Malinali, llamada posteriormente y con cierto equívoco Marina o “la Malinche”, el brazo derecho de Cortés, la había vendido su madre a unos comerciantes de Xicallanco, quienes a su vez la habían vendido a unos mayas que la vendieron a unos chontales, los cuales la obsequiarían a Cortés. Thomas incluso da por históricas las palabras del cronista a propósito de una embajada de Xicoténcatl el Joven cuando, después de haber sufrido sendas derrotas, se presentó a lo españoles con palabras que retratan el trato a la mujer indígena por los suyos: “E si queréis sacrificios, tomad esas cuatro mujeres que sacrifiquéis, y podéis comer de sus carnes y de sus corazones; y porque no sabemos de qué manera lo hacéis, por eso no las hemos sacrificado ahora delante de vosotros”. El estudio de Salvador de Madariaga sobre la conquista, publicado bajo el título de Hernán Cortés, precede por medio siglo al estudio de Thomas. Sin las ominosas nubes del relativismo cultural que cubren los cielos de nuestros tiempos, en el estudio de Madariaga sí se esgrimen juicios de valor.

Afortunadamente, no todos nuestros contemporáneos viven bajo un cielo nublado. En 2003 El País Semanal publicó una traducción de un artículo de Matthias Schulz que calificaba de “demoníaca” y “brutal” la práctica mesoamericana del sacrificio humano. Schulz también les llamó “sanguinarios” a los mexicas.

Los indigenistas mexicanos políticamente correctos se rasgaron las vestiduras. En julio de ese año el más izquierdista de los periódicos mexicanos, La Jornada, publicó conjuntamente su respuesta. Eduardo Matos-Moctezuma espetó que “mentalidades como la de Schulz son las que se prestan, por su forma de pensamiento cerrado, a que ocurran matanzas”. Eso sí: Matos-Moctezuma no negó la historicidad de las matanzas que los indios hacían con los suyos. La catedrática María Alba Pastor, también citada en La Jornada, ofreció una explicación absolutamente psicótica y deshonesta de los sacrificios: “Quizá fue una reacción a la propia Conquista”. Para Ripley. Hablando del canibalismo, Yólotl González, autora de un libro sobre los sacrificios mesoamericanos, no se quedó atrás: “Así le daban un uso a los cuerpos de los muertos”. Nótese que Yólotl no niega la historicidad del canibalismo: su dislate estriba en su interpretación. El historiador Guillermo Tovar manifestó que el texto de Schulz era un “occidentalismo talibán, reprobatorio y olvidadizo de otras tradiciones”. Mónica Villar, la directora de la revista Arqueología mexicana, criticó lo que llamó “desinformación” al referirse a la declaración de Schulz, de que “ningún pueblo practicó sacrificios humanos de tales dimensiones”. No obstante, cuando salió a la venta el siguiente número de Arqueología mexicana, los doctos sobre el tema no desmintieron a Schulz. En la revista León Portilla respondió con su argumento favorito: que el cristianismo de los españoles también tenía como base el sacrificio de un hijo, Jesucristo. El veterano indigenista ignoró el hecho que precisamente esa teología representó un desvío del afán filicida en una sublimación simbólica del mismo; y que los emperadores cristianos de Roma y los padres de la iglesia lucharon por desterrar las formas tardías de infanticidio en la temprana Edad Media (con tanto celo como los de hoy luchan contra el aborto). DeMause ha escrito copiosamente sobre esta transición y es innecesario reelaborar sus ideas. Es cosa tan obvia que, a diferencia de los sofisticados indigenistas, cualquier niño podría entender: en la cristiandad los padres de familia ya no sacrificaban y canibalizaban a sus hijos, y el argumento de León Portilla es un grosero sofisma.

El panegírico que Jacques Soustelle hace de los antiguos mexicanos es deslumbrante desde el punto de vista lírico, pero una lectura atenta de La vida cotidiana de los aztecas revela sus trampas. Soustelle nos quiere hacer creer que el estrato más bajo de la sociedad en la civilización mexica estaba representado por el esclavo, y que éste tenía privilegios incomparablemente mejores que los del esclavo europeo. La trampa de su presentación estriba en el hecho que el esclavo mexica podía ser vendido para ser sacrificado. En el mercado de Tlatelolco, el mercado más grande de las Américas, se vendían esclavos sujetos a palos por el cuello (como en Apocalypto). Lo que es más: tal esclavo no estaba, en realidad, hasta abajo de la escala social. Ahí se encontraban los cautivos que, cebados o no para su consumo, esperaban su turno en la piedra sacrificial.

Pero los moralistas como Schulz no están solos. En su posdata a El laberinto de la soledad, el pensador más lúcido que ha dado México, Octavio Paz, escribió estas palabras sobre el mundo precolombino:

Como esas ruedas de suplicios que aparecen en las novelas de Sade, el año azteca era un círculo de dieciocho meses empapados de sangre; dieciocho maneras de morir: por flechamiento o por inmersión en el agua o por degollación o por desollamiento… ¿Por cuál aberración religiosa y social una ciudad de la hermosura de México-Tenochtitlan fue el teatro de agua, piedra y cielo de un alucinante ballet fúnebre? ¿Y por cuál ofuscación del espíritu nadie entre nosotros —no pienso en los nacionalistas trasnochados sino en los sabios, los historiadores, los artistas y los poetas— quiere ver y admitir que el mundo azteca es una de las aberraciones de la historia?

Bernal dice las cosas de manera más directa que Paz, más sanota me atrevería a decir. A los sacrificios les llama simplemente “maldades”, “grandes crueldades” y a las autolesiones “torpedades”. No deja de impresionarme su deliciosa prosodia cuando escribe, por ejemplo, que los mesoamericanos “tenían por costumbre que se sacrificaban las frentes y las orejas, lenguas y labios, los pechos y brazos y molledos, y las piernas y aún las naturas”, es decir sus genitales. En cambio, aunque Hugh Thomas menciona el canibalismo lo hace cautamente, como si no quisiera ofender a nadie. En contraste, el erudito y refinado Sahagún, considerado por León Portilla el primer etnólogo de la historia, concuerda con el soldado, como vimos en su citada exclamación (hay otras de ese tipo en su enciclopédica obra). Quede claro que, si el mundo prehispánico fue una aberración como dice Paz, eso no demerita sus hallazgos en matemáticas y astronomía. No obstante, aunque la mejor ciencia física de los años treinta era la alemana, el mundo actual no arguye que evitemos condenar al holocausto debido a los grandes logros científicos en Alemania. Si hemos de evitar el doble rasero, no podemos usar el mismo argumento para ofuscar nuestro entendimiento de las culturas mesoamericanas en base a sus conocimientos astronómicos.
 
La serpiente emplumada

Aunque Quetzalcóatl se autolesionaba la pierna y regaba sangre de su pene, era el dios más humanitario del panteón precolombino. Nunca quiso ofrecer sangre humana a los dioses. Según la leyenda, Tezcatlipoca quería contrarrestar la influencia de Quetzalcóatl y retomar el control social vía el lado oscuro de la fuerza, por lo que se restablecieron los sacrificios en la gran ciudad tolteca. Quetzalcóatl huyó de sus congéneres hacia el Este, de donde surgió la ulterior leyenda que regresaría del oriente.

Orozco. El retorno de Quetzalcóatl
(mural pintado entre 1932-1934)

En 1978 volví a vivir unos meses en casa de mi abuela: una etapa muy numinosa e incluso feliz que quisiera contar en otro lugar. Me embebí en El hombre y sus símbolos de Jung e iba a veces de noche a caminar al Parque Hundido, el cual contiene réplicas exactas de estatuaria prehispánica.

En una de esas noches, solo y sumergido en mis soliloquios como siempre de adolescente, el par de las enormes réplicas de la serpiente emplumada a la entrada principal del parque llamó mi atención. Me parecía una intuición más que extraordinaria, una adivinación del inconsciente colectivo, el hecho que, mucho antes que la paleontología, los prehispánicos nos hayan legado el símbolo perfecto del eslabón perdido entre el reptil y el ave. Las dos grandes serpientes emplumadas de piedra que veía esa fresca noche en el parque, que me rebasaban bastante en estatura, eran el mismo símbolo del caduceo: dos serpientes que aspiran a las alas. Quetzal en nahua es pluma, y cóatl serpiente, serpiente emplumada: símbolo por excelencia de trascendencia. En ese entonces por más que me esforzara en trascender me era imposible llegar a mi estadio psicogénico actual, aunque el llamado de mi inconsciente fuera formidable. Esa noche no entendía cómo fue que el símbolo de quetzal-cóatl fuera tan clarividente, tan certero para describir la emergencia humana de forma tan onírica y perspicaz. Ahora, exactamente treinta años después, me pregunto: ¿De no haber existido los europeos, cuánto habría tardado esa gente en abandonar sus prácticas y pasar a una forma más tardía de infanticidio (digamos, como solía hacerse en Roma)? Más intriga me causa cuánto habrían tardado en llegar, por sí solos, a los niveles que los psicohistoriadores llaman socialización.

La leyenda de Quetzalcóatl, quien en su reencarnación más tardía aparece como un dios de piel blanca, me hace pensar que las primerísimas plumas para un salto psicogénico ya estaban presentes en el Nuevo Mundo antes de la llegada del hombre blanco.

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Published in: on mayo 31, 2011 at 11:01 pm  Comments (1)  

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  1. Además de las nuevas entradas en este blog bajo la categoría “mundo precolombino”, también estoy añadiendo entradas sobre el tema en este otro de mis blogs en castellano:

    http://hojaseliminadas.wordpress.com/category/mundo-precolombino/


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