Páginas 501-512 de Hojas susurrantes

En esta entrada presento parte del capítulo “La Serpiente Emplumada” de El Retorno de Quetzalcóatl, el cuarto libro de Hojas susurrantes. Sólo el capítulo sobre el mundo prehispánico será publicado en este blog. La razón por la que exhumo parte de estos textos destinados al papel es porque estamos hartos de La Leyenda Negra, y no hay mucho material que desmienta la propaganda indigenista en las universidades.



Las páginas bernaldinas

La santa furia, un oratorio de mi padre, es una obra que honra la memoria de Bartolomé de las Casas para soprano, tres tenores, barítono, coro mixto y orquesta, la cual al momento de escribir aún no se estrena. Las Casas, a quien mi padre tanto admira, había escrito:

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos.

A Las Casas se le considera el paladín de la causa indígena frente a la corona española. Quienes reprueban la Conquista toman nota de la investigación conducida contra Antonio de Mendoza, el primer virrey de Nueva España, acusado de haber puesto en fila a unos indios en los combates de Mixtón para destrozarlos a fuego de cañón. De niño había llamado mi atención la ilustración, en un cómic mexicano, de unos indios atacados por los temibles perros que habían traído los españoles. Motolinía reportó que innumerables indios entraban sanos a las minas sólo para salir como cadáveres y despojos. El trabajo esclavo en las minas, nos dice el religioso franciscano en Historia de los indios de Nueva España, mataba a tantos que los pájaros que se alimentaban de la carroña humana “oscurecían los cielos”. Y no hablemos de la esclavización en las islas del Caribe con las que, originalmente, Las Casas tan íntimo contacto tuvo. En La Española (Santo Domingo), Cuba y otras islas la población nativa fue virtualmente exterminada, especialmente por las epidemias que trajeron los conquistadores. Estos hechos y muchos otros horrorizaron a Las Casas, y en su vastísimo corpus literario el infatigable fraile siempre intentó denunciar los excesos de la conquista española y portuguesa.

A los liberales de habla inglesa y española les gusta citar a Las Casas. Pero ¿estaba en lo cierto? A diferencia de otro fraile, Diego de Landa, Las Casas siempre omitió hablar de las crueldades que cometían los indios con ellos mismos. De hecho, hay quienes acusan a Las Casas de ser el originario de la Leyenda Negra. Por ejemplo, su cita de arriba es una mentira: Los mesoamericanos eran todo menos “mansas ovejas”. La conquista fue una calamidad para muchos indios, pero benefició a muchos otros. Sólo gracias a ella los niños no volverían a recibir el shock esquizógeno de enterarse que los suyos había sacrificado, y a veces comido en una alegre fiesta, a alguno de sus hermanitos. Las Casas sesgó el sermón de su escrito polémico Brevísima redacción de la destrucción de las Indias, y también el de sus textos más eruditos para forzar, en su calidad de consejero espiritual, a Carlos V a tomar medidas a favor de los nativos. Su meta era protegerlos frente a la doctrina escolástica en boga de que eran esclavos natos.

En los años treinta y cuarenta del siglo XX un historiador de Harvard, Lewis Hanke, se apasionó tanto por la figura de Las Casas como mi padre lo haría en tiempos más recientes. Después de leer un magnífico libro de Hanke, que mi padre mismo me prestó de su biblioteca, no pude evitar comparar a Las Casas con los antropólogos que han escamoteado la crueldad de los aborígenes en su afán de protegerlos. Por poner sólo un ejemplo: Las Casas llegó a extremos como defender el canibalismo indígena con el pretexto de que era una costumbre religiosa, a la que comparó con la comunión cristiana. Parece extraño decirlo, pero las primeras semillas del relativismo cultural, ideología que cubriría a Occidente desde las últimas décadas del siglo XX, se habían sembrado en el siglo XVI.

Los mexicas sólo habían sido los últimos mesoamericanos proveedores de un inmenso teoatl: un mar divino, un océano de sangre derramada a los dioses. Al igual que los canarios prehispánicos, los olmecas sacrificaban matando con un porrazo en cabeza. De los mayas, tan idealizados cuando era un muchacho, se sabe bastante más. Fueron ellos quienes iniciaron la práctica de enjaular a los condenados antes del sacrificio y después de matarlos tirarlos desde las pirámides. En 1696, ya cerca al siglo XVIII, los mayas sacrificaron a unos misioneros incautos que osaron incursionar en una región aún no conquistada. Cuando visité las ruinas de Palenque, subí a su pirámide y bajé por las escalinatas interiores envuelto en un clima caluroso y húmedo, hasta la tumba del famoso sarcófago de piedra. El lugar me supo tétrico e inconcebible. Recuerdo ahora a un arqueólogo en televisión hablando sobre un dibujo dentro de un recinto maya: un prisionero colgado en estado de tormento. Los mayas se ensañaron mucho más con los prisioneros que los mexicas. Diego de Landa cuenta que llegaron a atormentar a los reyes cautivos sacándoles los ojos, cortándoles las orejas y labios y comiéndose sus dedos. Mantenían vivo al infeliz por años antes de matarlo, y en el clásico The blood of the kings se nos informa que los mayas les arrancaban la quijada a algunos prisioneros aún vivos. Una vez más, ni Mel Gibson se atrevió a filmar estas cosas, aunque las mencionó en una entrevista al defenderse frente a crítica de los reporteros y académicos políticamente correctos. A diferencia de éstos, estoy de acuerdo con Gibson en que no debiera entristecernos la desaparición de semejante cultura, sino más bien revalorar la cristiana; y debo añadir que, cuando en un conocido programa de televisión veo a un nativo angloparlante racionalizando los sacrificios mayas, me resulta claro que la corrección política en nuestros tiempos ejemplifica lo que en psicología se conoce como “identificarse con el perpetrador”.

Tanto los teotihuacanos como los tolteca-chichimecas eran sanguinarios. Los tenochcas, que sentían gran admiración por ellos, mataron y desollaron a una princesa el año 1300: un ultraje que los indigenistas barren debajo de la alfombra dado que este y otros asesinatos similares están vinculados a los relatos sobre la fundación de México-Tenochtitlan, como lo ha señalado Takuan Seiyo. De manera similar a sus antecesores, los mexicas establecieron guerras cuyo único propósito era facilitar cautivos para asesinarlos.

Digamos la verdad sin tapujos: Mesoamérica era el lugar de una una cultura de asesinos seriales. En las redadas lanzadas en territorio ajeno, como la que se ve en Apocalypto, la actividad principal se orientaba al sacrificio. De hecho, era imposible obtener poder político en esa sociedad sin pasar por los asuntos del sacrificio. El impedirles a los adolescentes que se cortaran el mechón de la nuca a menos que capturaran a una víctima para sacrificarla transmitía un mensaje: Si no colaboras con el asesinato serial no escalarás en la jerarquía social.

Una explosiva catarsis y un verdadero furor se libraba al estallar la guerra en tanto que los indios americanos albergaban algo recóndito que había que descargar a toda costa. En 1585 Diego Muñoz Camargo escribió en Historia de Tlaxcala que, acompañados de la inmensa gritería al precipitarse en el combate, los guerreros tocaban “tambores y caracoles y trompetas que hacían extraño ruido y estruendo, y no poco espanto en los corazones frágiles”. El Conquistador Anónimo añade que mientras peleaban vociferaban con alaridos y silbidos de lo más escalofriantes, y que después de ganada la guerra sólo a las mujeres jóvenes se les respetaba la vida. Aportar cuerpos vivos para los sedientos dioses, no la matanza in situ, era el objetivo. Atrás llegaban guerreros especializados en atar a los cautivos para ser trasladados a los altares de piedra.

Con una cuchillada que no tenía por objeto matar a la víctima, el sacrificador, generalmente el sumo sacerdote de uno de los incontables templos, abría el abdomen del condenado con un golpe sordo a la altura del diafragma. Metía la mano hurgando entre las vísceras hasta hallar el corazón. Lo asía aún palpitante y lo arrancaba de un fuerte tirón. Esta eventración y ablación del corazón es la forma en que el sacrificio se practicó de modo idéntico, miles y más miles de veces, en Mesoamérica. Lo último que veía la víctima en el instante anterior a perder la conciencia eran sus verdugos. Al arrancar el corazón de esta manera el cuerpo derramaba virtualmente toda su sangre, de cinco a seis litros: la hemorragia más fuerte de todas las formas concebibles.

Fresco de José Clemente Orozco (1933)

Diego Durán se admiraba de que, según sus cálculos, en el mundo prehispánico moría más gente en los sacrificios que de muerte natural. A diferencia de cómo se nos enseña la Segunda Guerra Mundial, los académicos son reacios en señalar que la institución sacrificial en Mesoamérica fue un verdadero holocausto. El año de 1487 marcó el clímax de la sed sacrificial. En cuatro días sucesivos los antiguos mexicanos se dejaron llevar por una orgía de sangre. Los guerreros habían tomado a los hombres de tribus enteras para sacrificarlos durante los festejos de la reconsagración de la última capa del Templo Mayor. A lo largo de cuatro días los sacerdotes, sus ayudantes y los ciudadanos más comunes arrancaron corazones sin interrupción en catorce pirámides. La sangre derramada bañó de rojo la plaza y las rampas de piedra que se habían construido para botar los cuerpos. No se sabe el número exacto pero en el Códice Telleriano-Remensis se lee que los viejos hablaban de 4000 sacrificados. Es probable que la propaganda del terror mexica haya inflado su cifra oficial, 84,400 sacrificados, a fin de amedrentar a sus rivales.

Muy aparte de la reconsagración de 1487 no debemos olvidar la perpetuidad de la fiesta sacrificial mexicana, excepto los temidos cinco días finales del año. La sangre de las víctimas se salpicaba a manera de agua bendita (algo de esto llega a verse al lado del tzompantli vertical de Gibson). La reverberación de semejante carnicería llegó incluso al inconsciente del joven que fui siglos después. Nunca olvidaré un sueño que tuve hace muchos años en que me veía transportado a lo más tenebroso de una noche en el centro de la antigua Tenochtitlan. Recuerdo el ámbito del sueño: algo me decía, en esa densa noche, que había un olor y un depósito de víctimas que me escalofriaba por la inconcebible cantidad de despojos: lugar muy cercano a donde vagaba mi alma. El horror de la cultura fue captado en ese sabor onírico que es imposible describirlo en palabras. La inmunda peste del lugar era algo que sabía que existía, aunque no recuerdo haber olido algo durante el sueño.

El segundo mes del calendario mexica se llamaba tlacaxipehualiztli, literalmente “el desollamiento de los hombres”, durante el cual sólo en Tenochtitlan mataban al menos setenta personas. A veces a los condenados al sacrificio se les conducía desnudos recubiertos de tiza blanca. Las víctimas de Xippe Tótec, un dios importado de la región yopi de Guerrero-Oaxaca, habían sido presentadas al público el previo mes al sacrificio. En la estatuaria mesoamericana siempre se representa a Nuestro Señor el Desollado revestido con la piel de un sacrificado, y pueden adivinarse los rasgos de la víctima en el pellejo de Xippe. Ese día de fiesta, escribe Duverger, se les permitía a los pordioseros vestir los pellejos “aún pringosos de la sangre de la víctima” para que “con esa aterradora túnica” pidieran limosna en los hogares de Tenochtitlan. Según el Códice Florentino, también se ponían las pieles quienes habían capturado a los condenados. Después de varios días de usarlas “el hedor era tan terrible que todos volvían la cabeza; era repugnante: la gente con que se topaban se tapaba la nariz, y las pieles, ya secas y arrugadas, se quebraban”.

Estos actos ofertorios eran lo opuesto a la imagen hollywoodense de una secta oculta que, en la clandestinidad, sacrifica a una mujer joven. Mesoamérica era el teatro de la más pública de las crueldades. En contraste a las catedrales cristianas en que su espiritualidad radica en una sensación de privacidad y recogimiento, el templo mesoamericano ostentaba el sacrificio a vista del sol universal y el pueblo llano participaba en un evento comunitario. En la fiesta llamada panquetzaliztli los danzantes “a toda velocidad corrían, saltaban y se agitaban hasta quedar sin aliento y los viejos del barrio tocaban el tambor y cantaban para ellos”. El agotador maratón era un espectáculo alucinante y el asesinato ritual marcaba el apogeo de la fiesta mexicana. En otra de sus fiestas, Xócotl huetzi, la del dios fuego, arrojaban a las víctimas a un inmenso brasero mientras la muchedumbre contemplaba muda. Sahagún nos informa que después de sacarlos con las carnes hinchadas de la quemazón y arrancarles el corazón “la gente se dispersaba y todos iban a sus casas a celebrar, pues era un día de regocijo”. Todo sacrificio se rodeaba de fiestas populares.

En lo personal, me impresiona el segundo mes del calendario mexica, el que más relaciono con mi sueño porque en la vida real se desmayaban quienes iban a ser asesinados y desollados. Así, muertos de pánico, eran arrastrados por los pelos a la piedra sacrificial.

Guerrero y su cautivo,
tomado de los pelos y llorando

Los sacerdotes también se vestían con las pieles de los sacrificados, pintadas de amarillo, el exterior de la piel vuelta hacia adentro como un calcetín. A Nuestro Señor el Desollado se le invocaba con estas palabras: “Oh mi dios, ¿por qué te haces del rogar? ¡Ponte el ropaje de oro, póntelo!” El cadáver desollado se cocinaba y se repartía para su consumo. En el Códice Florentino aparecen ilustraciones de estas formas de sacrificio incluyendo la de cinco indios desollando un cadáver. Los xixipeme eran los hombres que se vestían con la piel de los condenados personificando a la deidad.

Tanto los códices como la evidencia en pinturas murales, estelas, graffitis y vasijas son testimonio de la gama de los sacrificios humanos. Incluso celosos indigenistas como Eduardo Matos Moctezuma y Leonardo López Luján han declarado públicamente que hay evidencia iconográfica de los sacrificios en Teotihuacan, Bonampak, Tikal, Piedras Negras y en los códices Borgia, Selden y Magliabechiano, así como irrefutable evidencia física en forma de partículas sanguíneas extraídas de los puñales sacrificiales. Además de la extracción del corazón, en la última encarnación de esta cultura de asesinos seriales las víctimas eran encerradas en una cueva donde morían de sed e inanición; o eran decapitadas, ahogadas, acribilladas con flechas, desempeñadas, apaleadas, ahorcadas, lapidadas o asadas vivas. En el ritual llamado mitote, las víctimas aún vivas eran desangradas y un grupo de danzantes les iba mordiendo el cuerpo. El mitote culminaba con el cocimiento de los sacrificados para su consumo comunitario en un guiso similar al pozole. En el sacrificio que practicaban los matlazincas al condenado se le apresaba en una red y le rompían los huesos lentamente por medio de retorcer la red. El juego de pelota, que se hacía desde la costa del golfo y que despertaba enormes pasiones entre los espectadores, culminaba en arrastrar al cadáver decapitado para que manchara de sangre la arena mientras un friso de cráneos “veía” el deporte. No tiene caso hacer la lista erudita, tipo enciclopedia sahagunense, sobre los nombres de los dioses o los meses del calendario que correspondían a estos tipos de sacrificio. Más pertinente parece notar que a lo alto de las pirámides estaban los ídolos del tamaño de un hombre o aún mayores, compuestos de una pasta de semillas mezclada con la sangre de los sacrificios. Las figuras estaban sentadas en sillas con una espada en una mano y un escudo en otra. Como lo que dije del gran Huichilobos en el capítulo anterior, qué daría por contemplar las figuras del llamado panteón azteca. Se sacrificaba a dioses cuyos nombres nos resultan familiares a quienes fuimos educados en México: desde las deidades agrarias hasta las de la guerra, el agua y la vegetación; pasando por los dioses de los muertos, del fuego y la lujuria. Casi siempre se sacrificaba en los templos, pero también podía hacerse en el palacio imperial. Ya vimos que a los niños se les sacrificaba en los montes o en la laguna. Ahora debo decir algo sobre el sacrificio de mujeres. Según el Códice Florentino, en los rituales de los meses Huey tecuíhuitl (del 22 de junio al 11 de julio) y Ochpaniztli (del 21 de agosto al 9 de septiembre) se les engañaba con estas palabras:

Alégrate hija mía, pues dentro de muy poco tiempo compartirás el lecho del emperador Motecuhzoma. Él dormirá contigo. ¡Sé dichosa!

La india subía voluntariamente las escalinatas del templo, pero al llegar era decapitada por sorpresa. En sacrificios similares que se hacían puntualmente según la fiesta del calendario, las mujeres eran decapitadas, desolladas y su piel usada cual trofeo. Además de hombres, mujeres, niños y ocasionalmente viejos, los mexicas sacrificaban perros, coyotes, cérvidos, águilas y jaguares. El Códice Florentino nos informa que a veces subían al condenado amarrado por las cuatro extremidades, “significación que eran como ciervos”.

Quien mejor nos transporta a este insólito mundo y más se acerca a mi sueño de “máquinas para ver el pasado” es Bernal Díaz del Castillo y su Historia verdadera de la conquista de Nueva España. El espontáneo testimonio del soldado de infantería difiere de los secos reportes de Cortés. Por haber sido obra de un memorialista también difiere del tratado, considerado una referencia estándar sobre la conquista, que escribió Hugh Thomas medio milenio después. Habla mucho de nuestra primitiva era el hecho de fijarse en la forma literaria del Quijote, que es ficción, en vez de los hechos reales que cuenta Bernal: vivencias extraordinarias en que varias veces estuvo muy cerca de perder la vida. (Esta actitud de los literatos me recuerda precisamente un pasaje de la novela de Cervantes en que el hidalgo se acobardó sólo cuando se topó con la única aventura real que se le presentó, a diferencia de sus molinos de viento.) La impresión que me llevó descubrir al cronista fue considerable. Me percaté de la charlatanería de la escolaridad mexicana: con todos sus silencios, obcecaciones y tabúes sobre el canibalismo, la crueldad y la magnitud de la institución sacrificial precolombina. Me pareció inconcebible que tuviera que esperar tanto para descubrir a un autor que habla como ningún otro sobre el pasado distante de México, alguien que debí haber conocido en mi adolescencia. Cada vez resulta más claro que la verdadera universidad son los libros; y la voz de la propia conciencia, más que la de los académicos, el faro que nos oriente en los mares del mundo.

Humboldt dijo que el alborozo experimentado por el aventurero al enfrentarse al mundo recién descubierto fue mejor transmitido por el cronista que por los poetas. En 1545 Bernal Díaz fue a la Antigua Guatemala donde vivió el resto de su vida, si bien Bernal no escribiría sus memorias sino hasta frisar los setenta años. El poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón dijo que la crónica de Bernal es el trabajo más importante sobre la conquista. La considera superior a las crónicas sobre las campañas de Perú o las campañas contra Turquía, Flandes o Italia. Quienes en tiempos más recientes han leído a Bernal en traducciones dicen cosas similares. En una reseña de internet puede leerse: “En cada página de este libro están las tramas y los personajes de cada película de Spielberg. Pero ninguna película, ninguna aventura, ninguna ciencia-ficción ni novela gótica puede siquiera acercarse al relato de Bernal Díaz sobre la derrota inicial y conquista final de Nueva España”. Y Christopher Bonn Jonnes, autor de Wake up dead, escribió: “Esta historia podría haber sido rechazada como demasiado improbable de haber sido presentada como ficción, pero es historia”.

A diferencia de los libros de corte académico que matan de aburrimiento al lector, en las páginas bernaldinas uno realmente siente cómo fue el México prehispánico. Es muy ilustrativa la narrativa del impacto que sintieron los europeos al toparse, por primerísima vez en la historia, con la institución sacrificial. Sucedió en una isla cerca de la costa de Veracruz, y debido a la novedad que el rito representaba los camaradas de Bernal la bautizaron Isleta de los Sacrificios.

Y hallamos una casa de adoratorios, donde estaba un ídolo muy grande y feo, el cual se llamaba Tezcatepuca, y acompañándole, cuatro indios con mantas prietas [oscuras] muy largas, con capillas que quieren parecer a las que traen los dominicos o los canónigos. Y aquellos eran sacerdotes de aquel ídolo, que comúnmente en la Nueva España llamaban papas, como ya lo he memorado otra vez. Y tenían sacrificados de aquel día dos muchachos, y abiertos por los pechos, y los corazones y sangre ofrecidos [a] aquel maldito ídolo y no consentimos que tal sahumerio nos diesen; antes tuvimos gran lástima de ver muertos aquellos dos muchachos, y ver tan grandísima crueldad. Y el general preguntó al indio Francisco, por mí memorado y que trajimos del río Banderas, que parecía algo entendido, por qué hacía aquello: y esto se lo decía medio por señas, por que entonces no teníamos lengua [traductora] ninguna, como ya otra vez he dicho.

Eran los tiempos anteriores a la expedición de Cortés. En la expedición de Grijalva, Bernal y sus camaradas habían sido los primeros europeos en percatarse de que más allá de Cuba y La Española no había más islas sino inmensas tierras. En la siguiente expedición, ya tierra adentro en el continente en lo que hoy es el estado de Veracruz, nos cuenta Bernal:

Dijo Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas, y que dijeron otros indios que los habían llevado [los brazos y piernas] para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades. Y dejemos de hablar de tanto sacrificio, pues desde allí adelante en cada pueblo no hallábamos otra cosa.

Demos también nosotros un salto hacia adelante en la ruta bernaldina a Tenochtitlan en que no hallaban otra cosa, incluyendo Tlaxcala. Al llegar a Cholula, ciudad religiosa de peregrinaje indio con una centena de templos y la más alta pirámide del imperio, dedicada a Quetzalcóatl, le dijeron a Cortés:

“Mira, Malinche [amo de Marina], que esta ciudad está de mala manera porque sabemos que esta noche han sacrificado a su ídolo, que es el de la guerra, siete personas, y los cinco de ellos son niños, para que les de victoria sobre vosotros”.

Para los antiguos mesoamericanos todo se resolvía matando niños y adultos. Una vez que llegaron a la gran capital del imperio, y después de que Moctezuma y su séquito los condujeran en gran tour por la bella Tenochtitlan y de haber visto al impresionante Huichilobos a lo alto de la pirámide, Bernal nos cuenta:

Y un poco apartado del gran [pirámide] estaba otra torrecilla que también era casa de ídolos o puro infierno, porque tenía [en] una puerta una muy espantable boca de las que pintan que dicen que están en los infiernos con la boca abierta y grandes colmillos para tragar las ánimas; y asimismo estaban unos bultos de diablos y cuerpos de sierpes juntos a la puerta, y tenían un poco apartado un sacrificadero, y todo ello muy ensangrentado y negro de humo y costras de sangre, y tenían muchas ollas grandes y cántaros y tinajas dentro en la casa llenas de agua, que era allí donde cocinaban la carne de los tristes indios que sacrificaban y que comían los papas, porque también tenían [en] el sacrificadero muchos navajones y unos tajos de madera, como en los que cortan carne en las carnicerías. […] Yo siempre le llamaba a aquella casa el infierno.

El testimonio de Bernal sobre la antropofagia es corroborado por Sahagún y Durán. Como vimos, ni Bartolomé de Las Casas lo desmentía. En Historia de Tlaxcala Diego Muñoz escribió:

Ansí había carnicerías públicas de carne humana, como si fueran de vaca y carnero como en día de hoy las hay.

Y en el capítulo XXIV del texto del Conquistador Anónimo puede leerse que a todo lo largo de Mesoamérica los indígenas comían carne humana, la cual, agrega el cronista, les gustaba más que cualquier otra comida. Llama la atención que en esta ocasión los mexicanos no usaran chile, sólo sal: lo que parece sugerir, como han señalado los estudiosos, que la tenían por bocado precioso. La carne humana, que sabía como la de cerdo, no era asada sino que se servía en pozole. En Tenochtitlan los cadáveres eran llevados a los barrios y consumidos. (De igual modo, había pedacería de carne humana en los mercados de Batak en Sumatra antes de la conquista de los holandeses.) Quien había realizado la captura en la guerra era dueño del cadáver cuando éste llegaba a los escalones de la pirámide. Los ayudantes del sacerdote le daban al dueño una calabaza llena de la sangre caliente de la víctima, con la que hacía ofrendas a diversas estatuas. Se comía en la casa de quien realizaba la captura, pero según la etiqueta éste no podía unirse al banquete.

(Códice Magliabechiano)

Tanto los sacrificios como el canibalismo habían iniciado en el continente desde 5000 a. de C, con los primeros asentamientos humanos que trajeron la práctica desde su tránsito por el estrecho de Bering. He mencionado las festividades del mes panquetzaliztli pero no dije que, según Sahagún, en esa fiesta los mexicas compraban esclavos, “los lavaban y regalaban para que engordasen, para que su carne fuese sabrosa cuando los hubiesen de matar y comer”. Incluso los escritores contemporáneos que admiran al mundo mexica concuerdan con Sahagún. Para Duverger el canibalismo no debe disimularse como parte simbólica de un rito antiguo: “¡No! La antropofagia forma parte de la realidad azteca y su practica es mucho más corriente y mucho más natural de lo que a veces se suele presentar”, y añade: “Abramos los códices: brazos y piernas surgen de una jarra colocada sobre el fuego; unos indios acurrucados devoran, a mano, la carne de los miembros de un sacrificado”. Cuando los tlaxcaltecas llevaron a los tepeacas muertos a las carnicerías de Tlaxcala después de la huída de Tenochtitlan, se ve claro que el objetivo no era el canibalismo ritual sino la más pragmática antropofagia (esto muestra que la afirmación de Las Casas, mencionada arriba, de que la antropofagia era una costumbre religiosa es, simplemente, falsa). Miguel Botella de la Universidad de Granada explica que el canibalismo mesoamericano había sido “como en las actuales corridas de toros, donde todo sigue un ritual, pero una vez que muere el animal es carne”. Botella señala que se han comprobado las descripciones de los cronistas al examinar más de veinte mil restos óseos a lo largo del continente, algunos de los cuales con inequívocos signos de manipulación culinaria. Entre las muy diversas recetas de los antiguos mexicanos, la que más asco me da imaginar era un inmenso tamal que hacían con el indio muerto, triturando sus restos ¡después de un año de la defunción y entierro!

Después de la matanza de Cholula, los españoles liberarían a los cautivos de las cárceles en forma de jaulas de madera, las cuales incluían niños cebados para ser consumidos. Ni siquiera Hugh Thomas lo niega. El establishment políticamente correcto siempre presenta a la masacre de Cholula como uno de los actos más viles de los españoles. Pero nunca mencionan las jaulas, ni cómo los cautivos fueron liberados gracias a los conquistadores en vez de ser merendados por los cholultecas.

Por más que los mexicanos nacionalistas intenten escamotear el asunto en los libros de texto para escolares, y por más difícil que nos cueste imaginarlo a quienes fuimos educados para idealizar esa cultura, el ineludible hecho es que apenas trece o catorce generaciones atrás los mexicanos consumían carne humana como parte de su cadena alimenticia.

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Published in: on junio 1, 2011 at 2:11 pm  Comments (1)  

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  1. […] En los años sesenta, como expliqué en Hojas susurrantes, la honda mella de la mariguanada de José Vasconcelos movió a mi padre a componer Estirpes. Desde los años noventa del siglo pasado esa misma cosmovisión vasconcelista acercó a mi padre a la figura de Bartolomé de Las Casas, como también he explicado en un capítulo de mis Hojas, disponible en internet (acá). […]


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