Páginas finales de la “Breve historia”

En el Epílogo de la edición de 1944 de Breve Historia de México, páginas 557-562, José Vasconcelos dice del pueblo mejicano: “No hay sobre toda la Tierra una raza más desamparada, más oprimida, más engañada” y que “lo que desconsuela es ver a toda una juventud entregada a la mentira, convencida de que va camino del progreso”. Para mi criterio, esto particularmente se aplica a los criollos en vías de extinción a lo largo del país este siglo XXI. Vasconcelos luego añade: “Nada se ha hecho por el indio, repetimos a menudo. ¿Y dónde se ha visto en la historia que una raza se salve por la acción de un pueblo extraño?”

Esto último le pega al clavo, pues sólo en una época como la nuestra en que un altruismo desquiciado se ha apoderado de la psique de la gente de piel blanca se oye aquello de salvar a otras razas de sus problemas: por ejemplo, la grotesca reacción occidental ante el temblor de Haití del año pasado, en que famosas figuras en la política yanqui hablaron de importar a cientos de miles de esos harapientos haitianos a residir permanentemente en Estados Unidos.

Vasconcelos, claro está, no llegó a las conclusiones lógicas que un nacionalista blanco llegaría a partir de una lectura racial de la historia de Méjico. No obstante, comparado con otros historiadores mejicanos Vasconcelos se colocó infinitamente más cerca de la verdad—a pesar de su previo desvarío racial, doce años antes de que publicara su Breve historia (1937). Me refiero a La raza cósmica (1925): fantasía utópica en que veía al crisol de razas latinoamericanas como algo bueno y deseable.

Este día leí el capítulo “Calle del puente de San Dimas o de Venero, Hoy 4º de Mesones” de Historia y leyendas de las calles de México, páginas 237-243. No puede impresionarme más un mundo tan sideralmente aparte que el nuestro, en sentido de una cultura basada en la conciencia étnica más elemental: el mundo de mis antepasados novohispanos. Aunque escrito por un antirracista, el capítulo cuenta de la situación de los negros y mulatos en Nueva España, donde las leyes tenían muy bien controlada a la gente de color sabiendo que asaltaban y robaban a los viajeros. Los castigos durante los motines de los negros eran duros, aunque en 1750 el rey Fernando VI firmó una cédula para que los negros de su reino quedaran libres.

Muy ilustrativo: pues el paso en falso que darían los norteamericanos un siglo después, en 1861 para ser exactos, tuvo un antecedente en España y, por lo tanto, en Nueva España.

Una viñeta personal. De niño no vi a ningún negro en la Ciudad de Méjico. Y cuando de lejos vi al primero—uno que caminaba cerca de la gasolinera que se encuentra en el cruce de la calle Luz Saviñón y Avenida Universidad—me sorprendió mucho.

Ahora, a dos siglos después de abolido el sistema de castas de Nueva España, se les ve por todos lados en una de las metrópolis más grandes, y degeneradas, de Latinoamérica.

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Published in: on junio 15, 2011 at 3:51 pm  Dejar un comentario  

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