Vasconcelos y Octavio Paz

jvNo ahondaré en los capítulos titulados “Madero” y “Obregón”  de la Breve historia de México de José Vasconcelos. Baste decir que, como mi intención es hacer una lectura racial de la historia de Méjico—por vez primera en la historia al parecer—, llama la atención que la primerísima frase del capítulo sobre Madero dice: “Era de pura raza española” y en la página 520, en el capítulo sobre Obregón, Vasconcelos dice: “Su sangre era buena y su alma se mantenía castiza”, cosa que no puede contrastar más con lo que en la siguiente página escribió sobre Calles, el tema de mi entrada anterior: “¿Existía en su sangre [libanesa] algún sedimento de rencor musulmán contra Cristo, según lo sospechaba el pueblo, que siempre le llamó el Turco?”

Lo que llamamos “historia de una nación” es, en realidad, una lucha sobre quién controla la narrativa social. Tal control desata grandes pasiones intelectuales. Como leí recientemente, representa “prácticamente un acto de guerra”.

Desde 1983 Octavio Paz se ganó mi respeto con la primera crítica lúcida que leí sobre el comunismo mejicano, y mi admiración se acrecentó a partir del Primer Encuentro Vuelta de 1990. Pero desde que desperté a las realidades raciales de la historia humana a mi muy tardía edad de cincuenta años, mis antiguos ídolos juveniles cayeron uno tras otro. Por ejemplo, en mi antiguo blog, en una entrada del año pasado sobre Octavio Paz que subtitulé “De mentor a traidor” escribí:

El cambio de paradigmas que he sufrido este año ha sido tan cataclísmico que actualmente veo a quienes consideraba gigantes intelectuales como ignorantes: gente engañada por el sistema y dormida en “la Matriz” (como en la película).

Hace diez días terminé de leer el libro de Vasconcelos, y recordé una frase de Enrique Krauze a Octavio Paz en una mesa sobre la Revolución Mejicana en el Segundo Encuentro Vuelta de 1993. Krauze habló ante las cámaras de una “cordialísima discusión” con Paz, en tanto que en El laberinto de la soledad Paz había parecido idealizar la Revolución, acerca de la cual Krauze decía que para muchos no había sido sino “una calamidad”.

Krauze y otros judíos mejicanos intentaron suprimir la libertad de expresión de un periodista que osó hablar de los judíos. Eso fue lo que me motivó a abrir un nuevo blog sobre la cuestión judía. A pesar de ello, creo que en la cordial discusión con su amigo Paz, Krauze tenía razón. No obstante, tanto Krauze como el resto de los intelectuales del Segundo Encuentro Vuelta se quedaron cortos; y en esta entrada quisiera tomar como paradigma El laberinto de la soledad para compararlo con la Breve historia de México de Vasconcelos, la cual, hasta donde sé, precisamente por ser infinitamente más franca que El laberinto nunca se tradujo a otros idiomas.

En la Breve historia uno se queda con la impresión de que después de las glorias de Nueva España toda la historia posterior de Méjico ha sido una historia muy sucia, para avergonzar a cualquiera. Pues bien: leí el Laberinto a finales de 1990, y su lirismo me impresiono sobremanera. Pero hace veinte años me encontraba políticamente verde. No tenía una referencia para comparar la lírica de Octavio Paz con un ensayo más prosaico sobre la historia de Méjico, como la salida de la pluma de Vasconcelos: escrita desde un punto de vista completamente distinto.

Ahora que releí los pasajes del Laberinto en que Paz escribió sobre la Revolución ratifico lo que había escrito en mi antiguo blog de que el cataclismo intelectual que sufrí me hace ahora ver a mis antiguos mentores prácticamente como traidores de su grupo étnico. Por ejemplo, en el Laberinto Paz habla en términos luminosísimos de Zapata, quien “posee la hermosura y plástica poesía de las imágenes populares”, a quien Paz coloca “con Morelos y Cuauhtémoc” como “uno de nuestros héroes legendarios”.

Como veremos en subsecuentes entradas, estas frases bastan para saber que Paz estaba mucho más soñando en las hondas Matrices con las que el sistema nos controla que Vasconcelos.

Más adelante Paz escribe “gracias a la Revolución…” e idealiza la calamidad que Krauze le reprochó con típico lirismo paciano: “La Revolución… es una fiesta: la fiesta de las balas”.

Paz jovenSólo compárese la literaria frase paciana con lo que dije en la entrada previa, que la Revolución Mejicana y sus consecuencias (por cierto: como la Revolución Francesa y la Revolución Rusa) fue una suerte de quebranto psicótico de un pueblo.

Es una verdadera lástima que en esa entrada no pueda transmitir con argumentos por qué digo esto. Tómense por favor estas duras palabras como un acicate en que intento despertar la curiosidad del lector para que lea la Breve historia, especialmente las antiguas ediciones que terminan con el gobierno de Plutarco Elías Calles. Aquí sólo pudo añadir que, en lugar de decir—con la honestidad brutal de un Vasconcelos—que los perpetradores de la Revolución eran en su mayoría rufianes, a secas, Paz dora la píldora con frases como: “la brutalidad y zafiedad de muchos de los caudillos revolucionarios no les han impedido convertirse en mitos populares”. En otras palabras, en vez de decir que hay que demoler los monumentos erigidos a estos gángsters, Paz convenientemente se empalma a la versión oficialista de la historia mejicana que los ha mitificado.

Vale decir que Paz recibía del gobierno una beca vitalicia desde antes de que le dieran el Nóbel. Desde Luis Echeverría y José López Portillo le hizo la barba a los presidentes de México; no se diga con Carlos Salinas…

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Published in: on junio 17, 2011 at 12:12 pm  Comments (2)  

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2 comentariosDeja un comentario

  1. Muy buena entrada. Habría que preguntarse, por cierto, si Vasconcelos compraba toda esa basura de la “raza cósmica” o si simplemente le ganó su ambición política a su buen juicio.

    • Como digo en otra parte de este blog, Vasconcelos publicó su Raza Cósmica en 1925 y la Breve Historia en 1937. Me resulta obvio que Vasconcelos estaba medio verde en los años veinte y que el movimiento nacionalista alemán de los treintas lo hizo madurar.


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