Juárez: un mito

Hace unos años leí el número de Letras Libres cuya portada ostenta retratos de Juárez, el indio zapoteca puro que llegó a la presidencia de Méjico y que la narrativa oficialista convertiría en uno de los intocables íconos de la nación. Supuestamente, ese número de Letras Libres desmitificaría a Juárez.

Pero ahora que leí una auténtica desmitificación juarista, como la que escribió Vasconcelos en su Breve historia de México, me percato que fui engañado por los historiadores que encabeza el grupo de Enrique Krauze. (Como se ve en la webzine del profesor Kevin MacDonald sobre la cuestión judía, la influencia de gente como Krauze, el director de la revista cultural Letras Libres, hay que inspeccionarla con lupa.)

A continuación recojo extractos de algunos párrafos sobre Juárez y la Reforma de la Breve historia que me parecieron notables. A fin de agilizar la lectura, no incluiré puntos suspensivos entre la mayoría de los párrafos que omití.

En las páginas 393-441 de la edición que poseo, Vasconcelos escribió:

La vuelta a la dictadura bajo Santa Anna determina un estado de desesperación nacional. El mismo Alamán cometió el gran error de su vida, tomando de caudillo a un Santa Anna. Y Santa Anna hizo lo que Iturbide: encarcelar a sus enemigos, suprimir la libertad de imprenta, establecer la intolerancia religiosa. La alianza del clero con Santa Anna que, en esta vez, fue ostensible, “dio el pretexto, observa Justo Sierra, para que, al sobrevenir la reacción liberal la Iglesia fuese el blanco de todos los ataques”.

Con el apoyo yankee ocuparon Alvarez y Comonfort la capital de la Republica, después de que Santa Anna, según su costumbre, huyó, dejando comprometidos a sus partidarios. ¿Cómo no habían de prestar apoyo a Comonfort que había traído recursos de Nueva Orleans, y a su viejo agente don Valentín Gómez Farias, que fue el primero que protestó obediencia a la Constitución nueva? ¿Cómo no habían de regocijarse los estadistas yankees, si el acceso de Comonfort les aseguraba el dominio político de nuestro país, dominio que han conservado, con la sola excepción de los meses que duro el Imperio y los dos años de Madero y los tres años en que Obregón gobernó sin el reconocimiento de Washington?

No discutimos nosotros la legalidad de ciertos aspectos de la Reforma, ni su necesidad. Es evidente que el clero, lo mismo que el Estado, necesitaba purificación. Lo que debemos censurar es que la Reforma se hiciese bajo la dirección de un programa extranjero y con sentido antirreligioso. Con esto quedaban destruidas fundaciones privadas, colegios, universidades, hospitales. Nada de esto importaba a la furia jacobina atizada desde Nueva Orleans.

Por virtud de la nueva ley, la mitad de la riqueza del país, que pertenecía a la Iglesia, debía pasar a manos de adjudicatarios… sin experiencia, que en seguida las entregaban a agiotistas extranjeros que hoy las usufructúan. Los bienes eclesiásticos convertidos en títulos de crédito, en efecto, tendrían que pasar a manos extranjeras, tal como lo tenía previsto el Plan Poinsett. Y el señor Juárez no habría vuelto de su destierro, si no fuese porque el gobierno de Washington estaba decidido a colocar en el gobierno de México a los discípulos de Poinsett.

Sin los yankees, Juárez no hubiera vuelto. Juárez enraizó en la conciencia popular, no por las leyes de Reforma, sino pese a las leyes de Reforma, y porque en lo político representaba un anhelo acariciado por la nación, desde los días de la Independencia: el anhelo legítimo del gobierno democrático, la supresión de las castas y privilegios, el reconocimiento de la igualdad teórica de los ciudadanos, que ya es algo, aun cuando en el hecho subsistan desigualdades.

En las leyes de Juárez ya no se hablaba de transferencia de propiedad, sino de confiscación y nacionalización. Aparte de la nacionalización de los bienes eclesiásticos, se suprimían las órdenes monásticas en lo absoluto, disparate este contra la civilización, y se creaba el Registro Civil.

Justo Sierra, en vez de juzgar, se sale por la tangente de la literatura ramplona de la época y dice que “los liberales representaban la luz y los conservadores la sombra. Unos el día y otros la noche”. ¿Por que? ¿Quien era mas sombrío, Alamán españolista o Juárez que no pudiendo ser indigenista porque no existe lo indio, tuvo que convertirse en testaferro de protestantes y masones yankees? Lo cierto es que luz no había ni de parte de los conservadores, que sólo pensaban en entregar el gobierno a otro, ya sea a un Santa Anna, ya sea a un príncipe espurio, ni de parte de los liberales, que no osaban pensar sin poner el oído en dirección de Washington.

Llevar andante las leyes de confiscación del clero representaba un botín fabuloso, repartido entre denunciantes y espías y mercaderes de todo genero. Era como un llamado al saqueo nacional. Y, en el fondo, el mismo grito de guerra que brotó al lado de Morelos y de Hidalgo: la confiscación, siempre la confiscación: primero de los españoles, después de la Iglesia y más tarde, bajo la revolución carrancista, la confiscación de los criollos; siempre el atropello y la lucha de clases… y por haber ligado siempre su patriotismo a alguna de las formas del odio interno. Antes de España dependíamos, pero podíamos ser españoles; hoy dependemos de los Estados Unidos.

La capital quedó a merced de los liberales. La ocupó Juárez con su gabinete. ¡El poinsetismo había triunfado!

El primer acto de Ocampo, el Ministro de Relaciones de Juárez, fue darle sus pasaportes al ministro español Pacheco. El divorcio con España y con Europa se ahondaba. La figura central de México era Juárez, una especie de ídolo aborigen que encarnaba, por fin hacia la realidad, el sueño de Poinsett. Revivía lo indio, pero a la sombra del bastardaje yankee. La camarilla de los intelectuales juaristas: Ocampo, Lerdo, Ignacio Ramírez, se dedicaría en lo de adelante a predicar la desespañolización. ¡España tenía la culpa de todos nuestros males! Y se buscaba en el brazo Ignacio Ramírez la vena por donde le corriera sangre española para extirparla. ¡No era mucha por cierto, pues parece que más bien era negroide!

El ministro español Pacheco se retiro diciendo: “México necesita la intervención europea que le imponga la libertad y el orden, sin lo cual no tendría fin su vergonzosa historia”.

Se consumó el saqueo general de iglesias y conventos. Fueron vejadas y expulsadas las monjas; desaparecieron bibliotecas y archivos; la obra civilizadora de la Colonia quedó deshecha. Tuvieron que cerrar los hospitales de Caridad de México, Michoacán, Guadalajara, Monterrey y Chiapas, que atendían a más de siete mil personas de ambos sexos, anualmente. Se cerraron también infinidad de colegios y bibliotecas públicas. Se quedaron sin asiento y sin bienes los seminarios católicos que pronto empezaron a ser reemplazados con seminarios protestantes.

Todo se vendió, dice Sierra, dando ciento per cinco. Era lo que había previsto el Plan Poinsett: el remate de la mas gruesa porción de nuestra propiedad territorial, en beneficio de la Banca judía internacional.

Europa no se resignaba a ver que los Estados Unidos impusieran dominio absoluto sobre México y sobre todo el continente. España, Inglaterra y Francia mandaron buques a Veracruz.

Los patriotas mexicanos, asqueados de la intervención yankee acaudillada por Juárez, decidieron ligarse con Europa. El imperio de los anglosajones habría quedado quebrantado para siempre.

Se entusiasma don Justo Sierra por el triunfo del 5 de Mayo, no obstante que reconoce que, como batalla, no lo es ni de segunda categoría. Además, si se observa con una poca de atención, se advierte que, la selección de los hechos que dan lugar a la mayor parte de nuestras fiestas patrias, es también obra de la sutil propaganda poinsetista que inicia nuestra epopeya nacional con Hidalgo y Morelos, que mataban españoles.

Es triste que todos los fastos nacionales resulten episodios del programa poinsetista. Y sería ya tiempo de crear un nuevo calendario cívico. Pues al perder los franceses en Puebla no ganamos nada: ganó un punto el plan de hegemonía de Norteamérica.

Con más de treinta mil hombres penetró Forey a la capital en junio de 1863. He querido copiar textualmente esta frase de Sierra, el máximo apologista de la Reforma, según el cual “los balcones veían también, callados casi todos”. Yo no sé si los balcones ven, pero puedo afirmar que ni los liberales ni don Justo vieron. No vieron la oportunidad que se perdía de crear un gobierno nacional independiente de Washington.

 

El imperio

El 12 de junio de 1864 entró Maximiliano a la capital. Maximiliano comprendía que no iba precisamente a fundar una dinastía, exótica en America, sino a servir de puente.

Pero ese mismo año terminó la guerra de secesión en Norteamérica. Napoleón, alarmado  por la amenaza prusiana, no se sintió capaz de declarar la guerra a los Estados Unidos. Ordenó el retiro de las fuerzas francesas y aconsejó a Maximiliano que abdicara. Maximiliano decidió quedarse en el país, sin otro amparo que el de los imperialistas nativos.

Juárez, municionado, aleccionado, por los Estados Unidos. El indio iba a ser, por fin, la cuna que desintegrara en pedazos la profunda y dolorosa pero creadora labor de la Colonia. Después de un juicio que fue una farsa, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados. Su fusilamiento inútil es una de las manchas de nuestra historia. Ya sé que recientemente, en Austria, la patria del infortunado caballero Maximiliano, se estrenó con éxito de prensa, un dramón en que se justifica la resolución de Juárez y se denigra a Maximiliano. El autor de este drama es un judío de la misma casta de los que incitaron a Juárez a derramar sangre cristiana.

En México no habrá patria mientras los niños de las escuelas no aprendan a derramar una lágrima de gratitud por el hombre que dejó en Europa el lujo y la gloria, para venir a la América a morir en defensa de la cultura latina amenazada. No es, pues, odio al yankee lo que predico, sino odio a nuestras propias faltas, errores y miserias. El yankee ha hecho bien al tratar de extender su imperio. Es ley ineludible de la historia y ventaja humana que la raza más virtuosa sea la que predomine. Tampoco abrigo rencores contra el protestante. Lo que ambiciono es contribuir a que la verdad desbarate todas las patrañas.

Abstengámonos, pues, de odiar a Poinsett; bástenos con renegar de nuestros propios políticos mediocres y malvados que le sirvieron de instrumento. Lo que desearía es llevar al ánimo del lector la convicción de que no hallará remedio a sus males nuestro pobre pueblo torturado, mientras no comience a revisar sus mitos.

 

Quienes fueron los traidores

No existe el menor fundamento para afirmar que la invasión francesa tuvo por objeto someternos a la soberanía de Napoleón. De triunfar el imperio, México hubiera disfrutado un grado de soberanía que no hemos conocido después del triunfo de los liberales supeditados a los Estados Unidos.

El tratado Mac Lane Ocampo no se aprobó porque [en plena guerra de secesión estadounidense] no convenía a los republicanos yankees, en aquel instante, fortalecer a los del sur. Ante este hecho perfectamente comprobado, cabe preguntar: ¿Quien era el traidor? Pero nosotros no admitimos que se equipare invasión francesa con invasión yankee, primero porque los franceses son nación latina que no podía destruir nuestra cultura.

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Published in: on junio 19, 2011 at 9:22 pm  Comments (1)  

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  1. Sobre Poinsett véase el artículo de Wikipedia. He aquí una sección más del libro de Vasconcelos sobre:

    La Reforma

    Para investigar los orígenes tenemos que remontarnos al Plan Poinsett, uno de cuyos capítulos, la adquisición de Texas, Nuevo México, California, estaba ya consumado. Y quedaba pendiente otro: la destrucción de la Iglesia católica mexicana en beneficio del protestantismo norteamericano, o, como lo dicen los escritores de Estados Unidos, la extensión de la obra de la Reforma protestante europea, en territorios latinos dominados por el catolicismo.

    Lo que llamamos nosotros la Reforma no es, por lo mismo, otra cosa que un episodio de la guerra religiosa europea de protestantes y católicos, guerra exótica en nuestro medio y que sólo fue posible porque previamente nos habíamos convertido en protectorado. Los iniciadores del movimiento se abstuvieron de darle el carácter franco de una guerra de protestantes contra católicos. El laicismo liberal fue la mascara. El propósito fundamental fue la destrucción de la Iglesia católica y de paso, la liquidación de las familias ricas herederas de la Colonia en beneficio de la casta extranjera que se iba apoderando de las minas, el comercio, las tierras de los mexicanos.

    Taylor no aceptaba el Virreinato que le ofrecieron. Por eso, en lugar de Taylor, nos dejaron a los reformistas criollos que sin saber una letra de Calvino, llevarían adelante la ofensiva encaminada a destruir la única institución mexicana que había sobrevivido a las tempestades: la Iglesia católica.

    En cada liberal mexicano había también confusa la idea de que toda extensión de influencia yankee era un aumento de progreso y de bienaventuranza. Sin masa encefálica para entender cosa alguna profunda, no veían lo elemental, que perdíamos el dominio de la riqueza dentro de nuestro propio territorio y nos proletarizábamos. Y a Gómez Farías le tocó en comisión trabajar de ese lado. Y trabajó sin descanso. En 1834 lo hallamos en Nueva Orleans, en comunicación con Zavala y presentándose después a una Junta en la cual, con su carácter de Vicepresidente expulsado de México, autorizó las determinaciones de la masonería internacional respecto a México.

    Los hombres del Plan de Ayutla, quizás sin saber lo que hacían, resultaron los encargados de llevar adelante la primera parte del programa, la destrucción de la Iglesia como poder económico. Más tarde, las concesiones de tierras de Porfirio Díaz y los disparates de la revolución contemporánea, acabarían de consumar la pérdida de nuestras propiedades rurales en beneficio de los propietarios de los Estados Unidos.

    Ampliamente conocidos son los cargos que se formulaban contra la Iglesia: que era muy rica, que era corrompida. Aun aceptando los cargos, todo ellos juntos no eran motivo para destruir a la Iglesia. Es menester distinguir lo que es purificación y lo que es destrucción.

    Durante el largo reinado de Porfirio Díaz las leyes de Reforma se cumplieron sólo en parte. Y bajo Carranza y Obregón se cumplieron a medias. Apenas Calles comenzó a imponerlas al pie de la letra y aun agravadas con su odio de turco para todo lo cristiano y se desató de nuevo la guerra religiosa.

    Del carácter de Juárez dice don Justo Sierra, su principal apologista:

    “que inflexible no fue nunca, dado que sirvió como Secretario de Gobierno bajo la administración del Sr. León, en Oaxaca, durante la peor época de la dictadura santanista y no se eximio de concurrir a homenajes en que se endiosaba a su Alteza Serenísima. El deseo de sobreponerse primero a sí mismo, como el representante de una raza de humillados, y de encaramarse por encima de los otros, y de los humilladores, bullía en el fondo de su sangre”.

    Ideal ejemplar, decimos nosotros, de resentido social para llevar adelante el plan Poinsett para la destrucción de una sociedad a la que no podía comprender ni amar.

    Se quedó pues, México, a consecuencia de las leyes de Reforma, como el único país oficialmente ateo de la tierra. En vez de Dios se nos han querido ofrecer a la adoración pública, mitos de segunda. Y al ser confiscadas, rematadas las casas, los huertos de los curas, infinidad de nacionales quedaron en la calle.

    Las leyes de confiscación general contra una clase son siempre antieconómicas y no las da ningún pueblo civilizado. La confiscación general del clero fue el antecedente de la confiscación general de los propietarios mexicanos, que ha consumado después la revolución de Carranza, siempre en beneficio de las grandes compañías.

    Los tesoros de la Iglesia, tesoros artísticos inapreciables, a causa de las confiscaciones impremeditadas, desordenadas y salvajes, han ido a parar a los museos de Estados Unidos y a las casas de los ricos de Norteamérica. Los tres mejores siglos del arte mexicano han quedado de esta suerte convertidos en ruinas. La Reforma proletarizó a las comunidades indígenas. Y es de una ironía dolorosa considerar que fue Juárez, un indio, quien privó de sus tierras a sus compatriotas que la ley española había elevado a la categoría de propietarios. Los colegios y las universidades también fueron desposeídos. La política del despilfarro de los bienes nacionales en beneficio de contratistas y negociantes extranjeros, comienza, como era natural, con el gobierno juarista que representaba el triunfo de la influencia norteamericana, sin cortapisas.


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