El principio de la no discriminación

¿En qué discrepo con Vasconcelos, el único intelectual mejicano a quien admiro? En otro lugar incluí este pasaje de su Breve historia de México:

Juárez enraizó en la conciencia popular, no por las leyes de Reforma, sino pese a las leyes de Reforma, y porque en lo político representaba un anhelo acariciado por la nación desde los días de la Independencia: el anhelo legítimo del gobierno democrático, la supresión de las castas y privilegios, el reconocimiento de la igualdad teórica de los ciudadanos, que ya es algo, aun cuando en el hecho subsistan desigualdades.

En otras palabras, como todo occidental, Vasconcelos se suscribía al principio rector de una nueva religión secular que ha estado destruyendo a nuestra civilización. A tal principio rector podríamos denominarlo comunismo genético o principio de la no discriminación (“la supresión de las castas y privilegios” como algo positivo).

A diferencia de los dogmas de la iglesia católica, tan claramente expuestos en latín—un idioma ideado por su claridad—, el principio rector que ha a Occidente, incluida una Nueva España transfigurada en “Méjico”, no es explícito. Es tácito. De manera análoga a los entimemas de que hablaba Aristóteles, aunque se originó en la Ilustración actualmente es un principio que no se formula explícitamente: se da por sentado.

Para entender tal principio, que no es sino el dogma en que se basa la sociedad actual, qué mejor que traducir un artículo de mi blog en inglés en que cité al pensador conservador Lawrence Auster.

La siguiente es una versión abreviada de una conferencia sobre el Islam que Auster impartió hace un par de años: conferencia que posteriormente fue publicada en un libro. Pero vayamos al grano. Aunque las negrillas en color café son mías, Auster escribió:


Para tratar con la crisis que enfrenta nuestra civilización, debemos ser tanto realistas como imaginativos. La parte realista consiste en reconocer qué tan mala es nuestra situación.

Todo el mundo occidental se encuentra bajo el yugo de la ideología moderna liberal, la cual tiene como blanco a todos los aspectos normales y familiares de la vida humana, y a todas nuestras formas históricas de existir en la sociedad.

La clave de esta ideología liberal es la creencia en la tolerancia o en la no discriminación como el principio rector de la sociedad, el principio hacia el cual todos los otros principios deben ceder. Esta creencia es patente en toda área de la vida moderna.

El principio de la no discriminación debe, si lo seguimos consistentemente, destruir toda sociedad e institución humana. Una sociedad que no puede discriminar entre sí misma y otras terminará dejando de existir, justo como un olmo que no puede discriminar entre sí mismo y un árbol tilo dejará por fuerza de existir. Para ser, debemos ser capaces de decir lo que somos: lo que significa que somos distintos a otros. Si no se nos permite distinguir entre nosotros y los musulmanes; si debemos abrirnos a todos y a todo mundo que es distinto a nosotros, y si mientras más acusado y amenazador sea el Otro más debemos abrirnos, terminaremos extinguiéndonos.

Este principio liberal de destrucción es pasmosamente simple, y extremadamente radical. Sin embargo, muy, muy pocas personas, incluso quienes se describen como conservadores de línea dura, están conscientes de este principio y del dominio que ejerce en la sociedad. En lugar de oponerse a la no discriminación, se oponen al multiculturalismo y a la corrección política. Pero digamos que nos libramos de ambos: ¿terminaría eso con la inmigración musulmana? No. El multiculturalismo no es la causa de esa migración. La causa es nuestra creencia de que no debemos discriminar contra otros en base a su cultura, su etnia, su nación y religión. Esta fue la idea del Acta de Inmigración Estadounidense de 1965, la cual está basada en el Acta de los Derechos Civiles de 1964, ahora aplicada a toda la humanidad: toda discriminación está mal, punto.

Nadie en la sociedad actual, incluyendo los conservadores, se siente confortable en identificar esa idea tan simple, puesto que eso significaría oponerse a ella.

Para ver cuán poderosa es la creencia en la no discriminación, considere esto: Antes de la Segunda Guerra Mundial ¿qué país occidental habría considerado admitir un número significativo de inmigrantes musulmanes? ¡Por supuesto que eso habría estado fuera de cuestión! Occidente tenía una identidad concreta: se veía a sí mismo como caucásico, y, en gran parte, como cristiano; y todavía estaba activo en la mente occidental el conocimiento de que el Islam era nuestro adversario histórico, como lo ha sido durante más de mil años, y radicalmente ajeno. Pero hoy en día, la noción misma de detener la inmigración musulmana está fuera de cuestión: es algo que ni siquiera puede pensarse.

Lo que habría sido inconcebible hace setenta u ochenta años es indiscutible hoy día. Una sociedad que hace setenta años no habría imaginado admitir a un gran número de musulmanes, en la actualidad no sueña con reducir, y mucho menos detener, tal migración. Incluso entre los más apasionados Casandras anti-islámicos esta es una cuestión que ni siquiera se menciona.

No necesitamos saber nada más de lo que acabo de decir. El principio de la no discriminación, en todas sus potencialidades destructoras, se muestra en este hecho sorprendente: que los escritores y activistas que constantemente gritan que el Islam es un peligro mortal para nuestra sociedad, no dicen que debemos detener o incluso reducir la inmigración musulmana. Tal es la creencia liberal según la cual lo más inmoral es que la gente tenga una visión crítica de un grupo extranjero; quererlos excluir, o mantenerlos afuera.

El dilema en sí sugiere la solución. Lo que ahora es impensable debe convertirse en pensable; lo que es indecible, debe convertirse en decible, y, en última instancia, debe reemplazar la no discriminación (la creencia dominante en la sociedad). Sé que esto suena loco, totalmente imposible. Sin embargo, cincuenta o cien años atrás hubiera parecido una locura, algo absolutamente imposible, el liberalismo de hoy con su ideología suicida que ha sustituido las actitudes tradicionales que entonces prevalecían. Si la sociedad puede cambiar radicalmente en una sola dirección, hacia el liberalismo suicida, puede cambiar de nuevo. No es imposible.

De la misma manera, el liberalismo moderno dice que es malo creer que algunas personas son diferentes a nosotros, porque eso también sería una violación del principio liberal de que todas las personas son iguales a nosotros. El principio de igualdad del liberalismo moderno dice que a los inasimilables migrantes se les debe permitir que inunden nuestra sociedad, cambiando la misma naturaleza de nuestra sociedad.

Este es el ubicuo y no reconocido horror del liberalismo moderno, el cual toma la naturaleza ordinaria, la naturaleza diferenciada del mundo que todos los seres humanos siempre han reconocido, y ahora hace que sea imposible que la gente lo discuta. Porque bajo el liberalismo cualquiera que tome nota de esas distinciones y dice que es tema importante ha hecho algo malo y debe ser desterrado de la sociedad, o al menos excluido de una carrera convencional.

Este liberalismo es la ideología más radical y destructora de todas las épocas, y sin embargo nadie lo cuestiona. El comunismo y el liberalismo del gran gobierno fueron cuestionados y se les combatió en el pasado. Pero la ideología de la no discriminación, que se produjo después de la Segunda Guerra Mundial, nunca se ha combatido—de hecho, nunca se ha identificado: a pesar de que la vemos en todas partes.

Lo que necesitamos, si Occidente ha de sobrevivir, es un movimiento pro occidental que critique, combata, e invierta esta creencia y el sistema totalitario liberal que controla nuestro mundo.

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Published in: on junio 20, 2011 at 11:50 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Auster (quien aparece en la foto) tiene razón en que la ideología ultraliberal—que a veces llamo comunismo genético—se agudizó después de la guerra. Sin embargo, la raíz se encuentra en el principio igualitario que nos heredó la Ilustración, el cual comenzó a ser implementado oficialmente después de la Revolución Francesa: por ejemplo, promoviendo la emancipación judía en Europa.

    Volviendo a Méjico. Es claro que, si bien Vasconcelos acertó como nadie en desmitificar la versión oficialista de la historia de su país, en su larga carrera de filósofo nunca identificó el Principio en que se basa nuestra civilización actual. Es natural, pues, que la lectura que en el nuevo siglo hacemos de su legado ha de sustentarse en hallazgos más recientes.


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