La independencia de Méjico

La Breve Historia de México, que José Vasconcelos escribió en 1936, corre bajo una premisa: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres.

En la entrada inaugural de este blog cité el inicio de uno de los capítulos de la Breve historia sobre la Independencia de Méjico, en la que incluí la lapidaria frase “El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter”.

Sin añadir puntos suspensivos entre los numerosos párrafos no citados, en esta entrada recojo el resto:

La medalla de Bustamante decía: “Siempre Fieles. – Siempre Unidos. – 1838”. Y narra Alamán que en todo México hubo regocijo, cuando triunfaron los argentinos de los ingleses, cuando España se levantó contra los franceses. Y se hizo oferta de recursos o de voluntarios para la guerra al enemigo común que más tarde sugirió a Hidalgo, a Morelos, la guerra criminal, la matanza desleal, precisamente de los españoles, de nuestros padres, de nuestros hermanos. Y todavía andaban sueltos por nuestras plazas y calles, los demagogos con elocuencia de mezcal criollo vociferando en favor de las abstracciones: libertad, igualdad, fraternidad.

La doctrina perversa

El padre Mier, que nos es presentado como el inspirador de los movimientos de la Independencia, desarrolló su propaganda en Londres, a sueldo siempre del almirantazgo británico. Afirmaba, en efecto la doctrina inglesa, que México se separaba de España porque habían sido violados los pactos de la conquista. ¿Cuales eran esos pactos? ¿A quién se le ocurrió que existieron, y, en caso de haber existido, cómo es que el fenómeno de la independencia latinoamericana alcanzaba mejor ímpetu en la Argentina, donde no hubo indios que pudieran celebrar tales pactos? ¿Por qué México, el país típicamente indio, era precisamente el que menos entusiasmo mostraba por la Independencia?

Nada de esto sospechó Mier, y propagó la tesis de los intervensionistas tradicionales, la hipótesis de las reivindicaciones indígenas que entonces se hacían valer contra el español y que después se esgrimieron contra el criollo y hoy se aprovechan para desposeer, para perseguir al que habla español sin exceptuar a los indios. Se habla, en efecto, de reivindicaciones indígenas como si a la llegada de Cortés los indígenas hubieran sido propietarios, como si la propiedad y el concepto cristiano de los derechos de la persona humana no hubiesen aparecido precisamente con la conquista.

Pero lo cierto es que la independencia de Nueva España la promovían los criollos y los españoles de Nueva España, los mexicanos todos de la más reciente generación y no para recuperar derechos usurpados de ningún genero. Al contrario, los descendientes de Moctezuma, así como los de otros muchos personajes de la época azteca, vivían en España en calidad de nobles y se oponían a la independencia que les hacía perder sus títulos y sus ventajas. Pero hablar de reivindicaciones indígenas en nombre de un nacionalismo que no existió jamás es algo que no podía nacer de la entraña del pueblo mexicano, sino que le era inspirado desde afuera, como una ponzoña destinada a envenenar su futuro.

La lealtad mexicana

Y muy bien observa Alamán que “era poco generoso pretender apartarse de una nación con la que México estuvo ligado por tres siglos”. El mismo Hidalgo evocaba el nombre de Fernando Séptimo pensando, acaso, que una vez libertada España de la invasión francesa, la Independencia vendría. A México no vinieron, como fueron a Colombia, con Bolívar, batallones ingleses y estados mayores extranjeros, sin duda porque el sentimiento español era más fuerte entre nosotros.

Una independencia lograda sin consejeros bastardos como los que desviaron a Hidalgo y a Morelos, se estaba ya logrando. Pero no era eso lo que querían los ingleses. Lo que ellos buscaban era echar fuera a los españoles de sus dominios de América, a efecto de dominar en seguida a los nativos como se dominan rebaños sin pastor… [El movimiento] se desvío, por inicua presión extranjera, hacia el caudillismo ignorante y destructor de los Morelos y los Guerrero, cuyo programa en esencia no iba más allá de la exigencia de matar gachupines, la consigna natural de los ingleses.

En México la Independencia no libró batallas. Propiamente nunca ha habido en nuestro suelo batallas, sino sangrientas hecatombes de guerra civil. Y ha tenido que recurrir, como lo veremos en otro capítulo, al sistema peligroso de la exaltación de las derrotas. Pues son, en definitiva, derrotados todos nuestros caudillos de guerra extranjera. Pero concretándonos al caso de la Independencia, es un hecho auspicioso que no se librasen grandes batallas, que no hubiese grandes ejércitos y que Calleja, como constantemente lo repetía con toda lealtad, estuviese haciendo la guerra contra los caudillos de la independencia exclusivamente con tropas mexicanas. Y es que los mexicanos queríamos la independencia pero éramos leales. No queríamos una independencia en beneficio de los ingleses, sino en beneficio de nuestra patria. Por eso la nación, en sus sectores conscientes, no siguió a Hidalgo, no siguió a Morelos. Debe haber parecido a todo el mundo sospechoso ese afán de matar gachupines y esa insistencia de reclutar indios puros y negros de la costa de Guerrero, para echarlos sobre las poblaciones al saqueo, para destruir, que es lo único que logra el líder improvisado que no tiene plan ni visión.

Para darnos cuenta de la táctica de Hidalgo y de Morelos, táctica de los precursores del partido americano, táctica que producía amistades en los Estados Unidos y promesas de ayuda, como la que llevó a Hidalgo hacia el Norte, como la que movió a Morelos a disponer de Texas, imaginemos un caso parecido en otra nación. Suponed que los franceses que ayudaron a la independencia norteamericana, en vez de encontrarse con hombres superiores como Franklin, como Wáshington, como Hamilton, hombres que supieron aprovechar la ayuda extranjera, pero sin someterse a sus fines, volviéndola más bien hacia el propio servicio, hubiesen recurrido en los Estados Unidos a la población mulata, ignorante y degradada, y, por lo mismo, predispuesta a la traición. A estos mestizos de negro y blanco el agente francés, enemigo de todo lo inglés, les habría dicho y lo habría dicho con razón:

Lleváis tres siglos de estar dominados por una aristocracia de cuáqueros hipócritas que presumen de justicieros y helos aquí apoderándose de todas las tierras, de todas las riquezas, manteniendo en esclavitud a millones y millones de negros. El grito de guerra ha de ser “mueran los británicos”, y cada vez que ocupéis un poblado, haced fusilar a todos los súbditos de Inglaterra que logréis capturar.

¿Qué hubieran hecho los jefes de la Independencia norteamericana frente a una propaganda de esta índole? ¡Hubieran tardado no más de cinco minutos para mandar fusilar a los que hubiesen dado oídos a propaganda semejante! ¿Qué hubiera hecho el propio Wáshington si el capataz de los esclavos de sus fincas se lanza a la rebelión con el propósito de matar ingleses? En ese mismo instante, Wáshington, que era bien nacido se habría sentido inglés y hubiera procurado batir primero a los traidores de su sangre y después a los agentes del poder opresor que era Inglaterra. Pues eso mismo explica por qué tantos no siguieron a Hidalgo y a Morelos sino que los dejaron ajusticiar, sin perjuicio de seguir trabajando por la Independencia, sin perjuicio de consumar la independencia, pero ya no al grito caníbal de “mueran los gachupines”.

Yo pregunto a los indios puros de mi país, y a mis compatriotas ya educados y despejados de la mente y el corazón: ¿Había o no había opresión, abuso, esclavitud secular de los negros en la región de América colonizada por los ingleses? Y, sin embargo, ¿qué hubiera pasado si los caudillos de la Independencia norteamericana, en vez de guerrear contra las tropas inglesas, convocan a los negros, los llaman y les dicen: “Ahora a matar británicos”? ¿Es verdad o no es verdad que los Estados Unidos se hubieran vuelto una cena de negros?

Acabamos de decir que otra habría sido la suerte de México si sus líderes nacionales de la época de la Independencia hubieran tenido la categoría cultural y humana de los Franklin, los Hamilton, los Adams. Uno o dos tuvimos en ese período, que pueden parangonarse con los mejores de cualquier país. El obispo Abad y Queipo y el civil don Lucas Alamán. Un personaje de categoría constructiva se hubiera podido desarrollar tal vez con la figura del licenciado Verdad, Alcalde de México. Pero faltó inteligencia en la clase acomodada, en la clase ilustrada.

El mayor crimen de la historia es revestir de oropeles sucesos que han sido la causa del atraso, la decadencia de las naciones. Y esto es lo que nosotros hemos hecho con la leyenda de la Independencia: erigir en culto y religión lo que fue yerro funesto y comienzo de todas nuestras desventuras. Vale más no tener ídolos que tenerlos falsos.

Los movimientos precursores

Desde el principio, anota Pereyra, el criollismo netamente español llevará la bandera del indianismo contra la Metrópoli; se llamará aztequismo en México, incaísmo en la America del Sur, mosquismo en la Nueva Granada, caribdismo en Venezuela. Cada país encontrara en una remota glorificación precolombina el punto de arranque de sus aspiraciones nacionales.

Pero todo esto era no sólo artificial y absurdo, era parte del programa británico que, junto con el salario, daba la lección a los precursores y a los actores de los grandes movimientos insurreccionales.

Una oscura rebelión de indios que tenía por objeto suprimir las mitas fue magnificada como para hacerla bandera continental. Ocurrió que el cacique rebelde Condorcanqui fue bautizado por los que habían vendido el alma a Inglaterra, con el nombre de Tupac Amaru, el nombre del inca ajusticiado por los españoles. Y se le presentaba como aspirante a Emperador de toda la América, cuando, dice bien Pereyra, su antepasado el verdadero Tupac Amaru nunca tuvo pretensiones de conquistar siquiera hasta Bogotá. Todo lo que hizo el nuevo Tupac antes de ser derrotado estrepitosamente fue degollar hombres, mujeres y niños. En Calca acabó con todos los blancos. Lo que indica la tendencia de la insurrección. Y por lo que vuelve a surgir la pregunta: ¿Qué hubieran hecho los norteamericanos con una sublevación que a pretexto de la independencia nacional hubiese lanzado a los pieles rojas del Cañada contra los puestos avanzados de las trece colonias primitivas? Hubieran hecho lo que hizo Calleja cuando ya no hubo más grito de guerra ni más plan que matar gachupines: batirla hasta exterminarla.

Los documentos que redactaban los ingleses no eran más eficaces para la consecución del propósito que serviría de base a la guerra: la difusión del odio entre criollos y españoles. Origen éste de la acción imperialista contemporánea que azuza el odio de los mestizos contra los criollos y de los indios contra los mestizos.

Más que francesas igualitarias y liberales, las ideas de los precursores de la Independencia eran tomadas del “Intelligence Service” del Almirantazgo inglés; nos eran fabricadas por los enemigos de España que codiciaban nuestros territorios. Eran ideas de desquiciamiento social, útiles para producir lo que pronto definiría el imperialismo norteamericano, más practico y más franco que el inglés: el exterminio de las razas mezcladas inferiores que había producido España y la conquista de la tierra sin los hombres, “la jaula sin el pájaro”. En otros términos, la táctica que los norteamericanos aplicaban en sus propios territorios: “a good indian is a dead indian”. En nuestros países había que acabar primero con el español porque el español se había casado con la india, se había aliado con el indio y había llegado a formar el poderoso bloque mestizo. Atacándolas por la cabeza, destruyendo a sus aristocracias, es como mejor y más pronto se acaba con las razas enemigas. Por eso el grito de guerra, grito hipócrita y desleal, era de un extremo a otro del continente y aun allí donde no había indios que reivindicaran un solo derecho: “¡Arriba los indios, los Tupac Amaru de opereta y… mueran los gachupines!”

Soñaba Miranda, como soñó al principio Bolívar, que con sólo establecer la libertad, todas las republicas de América vivirían en paz. No vio el peligro norteamericano, añadido al peligro inglés. Y si Bolívar lo vio, fue cuando ya en la decadencia y el destierro, le vino a su espíritu la lucidez del que ha fracasado en una empresa que juzgó noble.

También Miranda cayó en la infantilidad de querer dar el gobierno de un vasto Estado americano al descendiente del inca. Por lo que se ve de qué modo, aun los hombres de genio del movimiento, servían al plan anglosajón de eliminar lo español de los territorios cuya conquista preparaban. Y eso que Miranda no tenía una sola gota de sangre indígena. Era nada más un alma mediatizada por el influjo de los ingleses.

¿En dónde está el criterio de todos estos hombres que veneramos como padres de la patria? Si todo un Miranda, hombre de mundo, ilustrado, genial casi, ofrecía provincias, ¿qué tiene de extraño que Morelos, escaso de luces, hablase con naturalidad de ofrecer Texas a los Estados Unidos a cambio de unos cuantos rifles?

Aaron Burr también, personaje norteamericano caído después en desgracia, preparaba una expedición que bajó por el Missisipi. Su objeto pregonado por Jefferson, era la conquista de la Nueva España. No se llevó adelante porque detrás estaba España. Cuando nos faltó España, ocurrió el desastre del 47.

La guerra de independencia

El Virrey, entretanto, organizó nuevo ejercito que puso a las órdenes de don Félix María Calleja, general realista. En las llanuras de Aculco, al noroeste de la capital, esperó Calleja con diez mil hombres a los cien mil que traía Hidalgo. Eran estos una chusma pobremente armada, compuesta en su mayor parte de indios, y Calleja logró destrozarlos.

La derrota insurgente fue total. Desde ese momento ya Hidalgo no pensó sino en la huida. Mientras se dirigía al Norte fue aprehendido, en las cercanías de Monclova. De allí se le condujo a Chihuahua, donde fue ajusticiado, tras de retractarse públicamente de toda su empresa.

A su paso por Michoacán, Hidalgo había recibido la adhesión del cura don José María Morelos, su antiguo discípulo en el seminario de Valladolid. Morelos no tenía gran ilustración. Las ideas sobre su movimiento eran las que le comunicó Hidalgo, que las tenía confusas. Hidalgo veía con desagrado la matanza inmotivada de los españoles. Morelos, menos culto, se contagió más fácilmente de la irritación de los mestizos y los indios contra el español. Al lado de Morelos los agentes norteamericanos ganaron considerable influencia. A uno de estos agentes, según refiere Alamán, lo fusiló Calleja. Pero no antes de que hubiese presenciado con satisfacción las hecatombes de prisioneros españoles que consumaba Morelos. La destrucción de los españoles era necesaria para destruir el país.

El afán de botín impulsaba a las multitudes contra el español, porque siempre el que no tiene odia al que tiene. Los Estados Unidos habrían degenerado en vez de prosperar si, como nosotros, se dedican a perseguir ingleses. Al contrario, la política yankee ha sido de favorecer a la inmigración de ingleses y nórdicos de todas las razas afines de las suyas. Y el poderío de la Argentina y del Brasil se debe a que siguieron recibiendo españoles y portugueses respectivamente, por la misma época en que nosotros matábamos y expulsábamos españoles. Era una sangría de nuestra aristocracia étnica.

Si sobre estos hechos y otros parecidos no hay la menor duda; si no puede ser Morelos un modelo, ni como militar ni como patriota ni como caballero, ¿por qué esas glorificaciones ilimitadas? Levantar a la más alta cumbre de la fama patriótica a quien padece tales lacras, resta autoridad para exigir de los funcionarios y caudillos del día, las virtudes elementales del hombre de honor. Pues ¿cómo vamos a pedir al funcionario común lo que no se exige del héroe? Por otra parte, no hay nada más triste que un pueblo que ni la historia la tiene limpia. El mantenerla sucia no es culpa de los personajes que en ella figuran, sino de la caterva de inteligencias alquiladas a los más viles poderes de cada instante, y que repiten leyendas y otorgan consagraciones irreflexivas o perniciosamente motivadas, a menudo con el propósito de encubrir y justificar los crímenes del presente.

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3 comentariosDeja un comentario

  1. “No es culpa de los personajes que en ella figuran, sino de la caterva de inteligencias alquiladas a los más viles poderes de cada instante…” escribió Vasconcelos hace ya setenta y cinco años. Actualmente, en el país aún vivimos en la mentira.

    El movimiento de la Independencia tal y como me lo enseñaron de niño y adolescente en Méjico, desde las escuelas católicas hasta el liberal y rojillo Colegio Madrid en que me eduqué, es una mentira, un mito. Y de esta leyenda o mito son culpables todos y cada uno de los intelectuales e historiadores mejicanos, incluyendo mis “ídolos” juveniles Octavio Paz y Enrique Krauze.

  2. Mejico es un pais indigeno-mestizo y antiblanco, desde sus origenes, es una tristeza que la escasa población blanca que vive aqui no se quiera dar cuenta de eso y se ofenda si le comentas la verdad

    • Esto es tan exacto que lo subiré como entrada independiente 🙂


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