Una sociedad cerrada

Mi entrada anterior fue una ruptura abierta con Octavio Paz, quien vivía a unas cuadras de mi hogar en Coyoacán cuando falleció.

No obstante, ahora que he mencionado a Nueva España en mis últimas entradas en inglés (por ejemplo aquí), me animé a releer algunas páginas del libro que representa la madurez del pensamiento de Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe. Me refiero especialmente al análisis que el poeta hace sobre Nueva España. No cabe duda que esas páginas pacianas retratan mejor lo que fue esa “sociedad singular” que los densos tratados de cualquier otro escritor.

Leí Las Trampas de la Fe hace ya veinte años, y no acaban de admirarme frases lucidísimas como la siguiente:

La biblioteca de sor Juana es un espejo del inmenso fracaso de la Contrarreforma en la esfera de las ideas.

Y es que, en “la sociedad cerrada” en la que Juana vivió, no sólo le faltaban Maquiavelo y Hobbes, sino Bacon y Descartes (además de su silencio sobre el mismo Erasmo). Juana tampoco leyó a Shakespeare o a Milton. “Más grave aún”, escribe Paz, “fue no tener noticias del movimiento filosófico y científico de su tiempo”. La poetiza novohispana tampoco se había enterado de Leibniz, Newton y Spinoza. Paz remata su capítulo de Las Trampas de la Fe con palabras admirables:

El caso de sor Juana se ha repetido una y otra vez: ha sido una nota constante de la cultura española e hispanoamericana hasta nuestros días… embobada con esta o aquella ideología, vuelve a perder el tren.

En previos capítulos de su libro Paz había hecho un análisis inteligentísimo sobre la Nueva España: desde el mundo prehispánico, la conquista, los virreyes, el estado y el púlpito, la guadalupana que “literalmente enamora a los novohispanos”, la espléndida arquitectura, la encomienda, los modos de producción, los jesuitas y el impulso autonomista de los criollos, hasta unas comparaciones desfavorables de la época de la Colonia frente a la plena modernidad representada por los Estados Unidos. No obstante, a diferencia de la Breve Historia de México de Vasconcelos, tema de varias entradas en este sitio, Paz apenas toca el tema del mestizaje y nada dice en lo absoluto sobre la inmensa desproporción de indios levemente mestizados frente a los criollos y peninsulares, y cómo semejante desproporción pudo haber afectado a esa sociedad singular.

¿Por qué Paz se refrena de ahondar en lo que Vasconcelos se animó a decir? En pocas palabras, por corrección política. A pesar de su eterna lucha contra los marxistas mejicanos, tan embobados en compactas ideologías que empuñaban cual cachiporras, Paz padeció toda su vida de ceguera en el centro de su visión. Lo que es más: por más insólito que pueda parecer, lo que el laureado poeta no se atrevió a decir a veces lo dicen los neonazis del nuevo siglo.

Sé que esto puede parecer inverosímil, pero es natural. La gente del establishment, incluyendo los intelectuales de elite, no pueden lanzar ideas más allá de lo que la sociedad cerrada en la que vivimos nos permite decir. Paz y otros jamás hubieran recibido becas vitalicias de parte del gobierno mejicano, no se diga premios internacionales como el Cervantes y el Nobel, de haberse atrevido a pensar honestamente sobre las causas de fondo del rezago del país en que nacieron.

* * *

“¿Qué es Méjico?”, le preguntaron a un bloguero neonazi. Tómese en cuenta que la paráfrasis que haré del bloguero, por más primitivo que éste pueda parecer, llena el hueco negro con letras inteligibles que Paz fue incapaz de ver debido al punto ciego en el centro de su visión:

Desde su independencia la “nación” llamada Méjico no ha sido más que una aglutinación caótica de razas, culturas, pueblos y etnias, pero no existe como una verdadera nación. “México” era el nombre la antigua capital azteca, México-Tenochtitlan (o hablando con propiedad fonética, capital mexica o meshica).

Hace siglos que el verdadero México—una hermosa ciudad lacustre—fue destruido. El Méjico moderno—una nación—es una noción equívoca, en el sentido de que no todos quienes usan un pasaporte con águila y serpiente son descendientes de los tenochcas. Ni los indios lacandones ni los criollos de Guadalajara o del norte del país se ven a sí mismos como sus orgullosos descendientes, y no hablemos de cómo los judíos ricos de la capital, muchos sin una sola gota de sangre indígena, perciben a los antiguos mejicanos.

En otras palabras, más que una auténtica nación Méjico es una quimera imposible de diversos grupos étnicos (por eso mejor uso la “j” para escribirlo a la española). A Paz mismo le molestaba que el Museo de Antropología de su querida ciudad ostentara la Sala Mexica de manera central, como si hubiera sido la cultura central en Mesoamérica (habría que preguntarles a los teotihuacanos, o a los mayas). Con la poca gente blanca sin mezcla que le queda al país y con indios que apenas saben castellano (frecuentemente ni siquiara náhuatl sino uno de los diversos dialectos), el mal llamado Méjico—en tanto que la antigua capital azteca no debió darle nombre a la diversa nación moderna—carece de identidad común.

Pero el verdadero quid es que, con una población casi totalmente mestiza con fuerte presencia del genotipo y fenotipo indio—¡y aún negro!—y con los criollos puros en vías de extinción, el país está destinado a la irreversible decadencia total. Recuérdese la premisa bajo la que corre la Breve Historia de Vasconcelos: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres. Los tiempos actuales y la guerra del narco, mestizos de baja ralea, son prueba viviente y sangrante de esa decadencia racial que abruma a la nación.

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes, nos dice el neonazi. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio. Por más que admiremos la valentía que mostró Vasconcelos con su Breve Historia, la población mejicana no puede superarse porque el “superarse”—algo que Vasconcelos no vio ni en su Breve Historia ni en La Raza Cósmica—no pertenece al reino de la volición. La mayoría de los mejicanos simplemente carecen de genes competitivos: de un coeficiente intelectual que les permita competir con los pueblos de raza aria, o con los chinos, japoneses o los judíos.

Quien dude que vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España—en tanto que si bien a la Inquisición le molestaban los telescopios, a los inquisidores del siglo XXI les molestan los estudios raciales—haría bien en leer esta entrada. El tema del artículo y enlaces incorporados es el coeficiente intelectual, el cual es diferencial entre las razas. Es claro que el hispanohablante común del siglo XXI no tiene noticias sobre los estudios sobre el CI de nuestros tiempos.

Razón: Aunque Vd. no lo crea, vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España.

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Published in: on octubre 29, 2011 at 8:11 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Que Occidente actual se cierra ante los estudios sobre el coeficiente intelectual como otrora se cerraba ante los estudios astronómicos de Galileo es patente en un artículo de Phil Rushton, una de las celebridades en el estudio del CI, fallecido en 2012 (en inglés, aquí).


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