Comentario de Manu

Corto y pego
el siguiente comentario
que me hicieron
en mi blog en inglés
:



Estimado Chechar, no todos los españoles piensan así. Las causas de nuestra decadencia en el pasado (cuando la cristianización) y en el presente se debe a nosotros mismos. Me remito a algunos fragmentos publicados en uno de los post del año pasado:

Ya en tiempos pre-socráticos podemos advertir este menosprecio a una parte fundamental de nuestra cultura: en las caprichosas y superfluas teogonías y cosmogonías paralelas de Epicarmo y Ferécides, que rivalizaban con las tradiciones recogidas y transmitidas por Homero y Hesíodo y confundían al pueblo; en pitagóricos y pseudo-órficos con sus almas individuales y sus propuestas religiosas (religantes, culturales) de salvación ‘personal’ –individualistas, y ‘universales’–, que escindían al pueblo, y que terminaron influyendo en Platón; en ciertos filósofos (Jenófanes)… Finalmente, en tiempos post-socráticos, que coinciden con el período alejandrino –culturalmente caótico, cosmopolita–, circularon las éticas filosóficas de cínicos, estoicos y epicúreos, ya plenamente individualistas y universalistas (transnacionales, apátridas, para ‘todos’ los hombres) y tan acordes con la descomposición cultural de la época. Considero que fue un grave error este descuido, este menosprecio que digo por parte de la ‘intelligentsia’ helena; con ello, como dijera Nietzsche, el pueblo griego perdía su derecho al ‘dios autóctono’. Esta ‘intelligentsia’ tendría que haber tenido a su cuidado este legado autóctono y ancestral.

Esta actitud precisamente terminó debilitando la firmeza y seguridad que el pueblo tenía en sus propias tradiciones culturales (religantes, sim-bólicas). Esas tradiciones, esos ‘mundos’, formaban parte de la memoria colectiva ancestral de nuestros pueblos, y ésta resultó devastada, desertizada, anihilada por nuestros propios filósofos y pensadores.

Estos fueron de alguna manera los responsables de aquella gran derrota, de aquella debacle, de aquella alienación que supuso la pérdida de nuestras culturas cuando la cristianización. Descuidaron su deber –no sólo la instrucción del pueblo, sino el cuido y la defensa de nuestras tradiciones (de nuestros mundos) frente a otros. Nuestros pueblos perdieron sus bienes culturales, o lo vieron mancillado, minusvalorado, o ridiculizado por sus propios congéneres.

La cosa no mejoró cuando Roma, pues las escuelas ya citadas de estoicos y epicúreos dominaban por doquier en el Imperio, y las palabras de Catón, o de Cicerón no pudieron evitar esta disolución, esta desintegración de las bases culturales simbólicas (colectivas) de griegos y romanos.

La entrada de sectas judías, caldeas, egipcias, persas… se encontró con un pueblo desorientado, descuidado, abandonado, sin guía, y con sus tradiciones menospreciadas por las clases ‘ilustradas’. Allí hicieron presa los predicadores de estas sectas. No es sólo Platón, no es sólo el cristianismo. Fueron siglos de incuria y de burla los que pusieron a nuestros pueblos en manos de estos predicadores de divinidades extranjeras.

El mismo razonamiento podemos hacer con las tradiciones de germanos, celtas, eslavos y demás. Estos parece que se contagiaron de la actitud general que tenían griegos y romanos con sus propias culturas; no las valoraban en absoluto. Los valores, parece, estaban en otro lugar: en el poder económico y militar, o en las religiones de salvación ‘personal’ que venían de fuera. Esto, por otra parte, denotaba la desintegración, la descomposición ya previa de estos pueblos.

Nadie obligó a cristianizarse a godos, longobardos, burgundios y francos a no ser su codicia de poder y su voluntad de apropiarse de los restos del Imperio adoptando sin reflexión ni discusión las bases ‘ideológicas’ de éste, ya plenamente cristianas en el siglo V (el siglo de las expansiones germánicas). No fue éste el caso de la cristianización forzosa, siglos más tarde, de sajones y frisones (por Carlomagno), o la que desde lo alto (los monarcas) se hiciera de noruegos, por ejemplo (Olaf el ‘santo’), y eslavos (Vladimir el ‘santo’, también). Los germanos podrían haber sido los liberadores de Europa, pero pusieron sus armas al servicio de una fe y de una ‘ecclesia’ (comunidad sacerdotal) extranjera. Esta actitud dice bien a las claras cuan indiferentes fueron a sus propias tradiciones. Fue una traición. Otra hubiera sido nuestra historia si se hubieran mantenido fieles al legado cultural de sus antepasados.

Romper esos vínculos sagrados trajo lo que trajo. Y desde la ominosa cristianización de nuestros pueblos padecemos esta alienación cultural y espiritual que tanto nos afecta; esta deriva, esta errancia, este vagabundeo.

El mundo post-mortem tiene que ver, (y no sólo) en las culturas indoeuropeas, con la memoria colectiva de los pueblos. Es un ‘espacio’ que alberga a los dioses, pero también a los Padres, a los antepasados todos, sin distinción. Esto puede verse en el mundo hitita, en el arya védico (con Yama, hermano de Manu, y el primer mortal), en el mundo celta (recuerde el Halloween originario), o en el mundo romano (los Manes). Guardar memoria, e incluso rendir culto a las ausentes, a los idos, formaba parte de la educación y la moral de nuestros antepasados, y era un signo de distinción y nobleza frente a otros pueblos. Los Patricios eran aquellos que tenían Padres (que guardaban memoria de los Padres), en el sentido ya dicho. Digamos que esta memoria formaba parte del ‘ser’ de nuestros antepasados indoeuropeos.

El olvido o la pérdida de estos ‘espacios’ tiene (tuvo) malas consecuencias. Justamente los predicadores cristianos o musulmanes advirtieron está pérdida o deterioro del ser, esta amputación simbólica en los pueblos, y por ello predicaron (y predican) los suyos. La pérdida o la caída o el olvido de estos espacios deja a los pueblos huérfanos o incompletos. Éste era el panorama que se encontraron los apóstoles cristianos (judíos) en el ámbito del Imperio romano: pueblos abandonados a su suerte, e incompletos, vacios. Encontraron el terreno adecuado para diseminar sus mundos. Encontraron pueblos sin ‘ser’, sin memoria, sin identidad; pueblos ya aculturizados (por sus propios congéneres). La inculturación cristiana, o la posterior musulmana, les permitía a estos pueblos completar su ser simbólico, siquiera fuera de manera espuria, como he dicho.

Esto que anoto tiene su correlato, su repetición, en nuestro mundo europeo, y Occidental, contemporáneo. Son circunstancias similares. Se repite el deterioro cultural, y vuelven las mismas ‘ofertas’ religioso-culturales… los sempiternos impostores, los usurpadores. No sólo los sacerdotales: los cristianos y el ‘pueblo’ de dios (del dios hebreo) carente de patria (pero con Israel como tierra sagrada); la ‘umma’, la ‘nación’ musulmana, también apátrida (pero con sede en La Meca, Arabia). También los políticos o filosóficos: desde el universalismo democrático, hasta el internacionalismo proletario (Marx: ‘los trabajadores o proletarios carecen de patria’), pasando por los sociólogos cosmopolitas como Adorno o Marcuse, o Derrida, que predica la filosofía, y al filósofo, como cosmopolitas y apátridas. Es de nuevo la misma canción, y la misma seducción; el mismo señuelo, la misma trampa.

Puedes encontrar razonamientos similares en los post del año pasado (son 68 páginas) y en los publicados de este. Me gustaría que leyeras, al menos, estos post.

El tema por sí mismo requeriría un gran debate en el que participaran todas las naciones aryas. Un proceso de autognosis que repensara como mínimo nuestros dos últimos milenios, aunque en mi opinión habría que comenzar con el deterioro cultural que tiene su inicio en tiempos de los presocráticos y que alcanza su clímax en la Roma imperial (desde César).

Bueno Chechar, no te molesto más.

Saludos,

Manu

http://larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/

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Published in: on abril 4, 2013 at 12:29 am  Comments (5)  

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5 comentariosDeja un comentario

  1. Impresionante post, Manu Rodríguez. Se nota que tienes bien pensado el tema. Invertiré el tiempo que me queda antes de acostarme para leer muy detenidamente este post que ahora copio. ¡Saludos desde México!

    • Estimado Checha, gracias por tu aliento. Recuerda que te envié un correo hace unos días en el que adjunte mis PDF.

      Saludos,
      Manu

      • No lo encuentro. ¿Me lo podrías reenviar por favor?

        Por cierto, hoy traduje tu artículo al inglés (aquí).

  2. Estimado Chechar, añado unos fragmentos de mi último post, “Nietzsche y el individualismo” (enlace) que abundan en el tema que tratamos (causas de nuestra decadencia):

    *El individualismo a ultranza de Nietzsche tiene raíces. Co-incide, es sintomático. El individualismo nietzscheano es de la misma índole que los predicados por las ideologías de salvación personal. O, en otro orden de cosas, al predicado por los moralistas griegos (y romanos) desde el decadente período alejandrino hasta la caída de Roma. Responde a la misma necesidad del individuo de sobrevivir en un entorno socio-cultural fragmentado; en la confusión de lenguas, en el caos; en la falta de coherencia y unidad cultural –las pérdidas de norte, de camino, de ‘hogar’ (ni manes ni lares).

    El pueblo ha desaparecido, lo que nos queda es una sociedad atomizada, desarraigada, aculturizada; una masa anónima, sin personalidad, sin rostro, sin voz. Material humano, fuerza de trabajo carente de pasado y de futuro –‘almas muertas’. Nietzsche salva, pues, al individuo de ese cenagal. Podríamos decir que, respondiendo a las circunstancias, crea una suerte de filosofía de liberación personal.

    Hay que decir que Nietzsche también era consciente de que la emergencia del individualismo en un grupo o colectivo es un síntoma de descomposición, de debilidad; denota el ocaso de un pueblo, y de sus valores sociales o políticos asociados. En uno de los fragmentos póstumos de la primavera-verano de 1873, podemos leer lo siguiente (de la edición de Sánchez Pascual, Consideraciones intempestivas I: David Strauss…, p. 157):

    “Si es que todavía hemos de lograr alguna vez una cultura, se necesitan fuerzas artísticas enormes para quebrantar el instinto cognoscitivo no coartado, para volver a engendrar una unidad… Así es como hay que entender a los filósofos griegos más antiguos, lo que ellos hacen es domeñar el instinto cognoscitivo. ¿Cómo ocurrió que después de Sócrates se fuera paulatinamente escapando de las manos ese instinto? Al principio vemos también en Sócrates y en su escuela esa tendencia a domeñarlo: el cuidado que el individuo debe prestar a la vida feliz coarta el instinto cognoscitivo. Es ésta una fase última, inferior. En tiempos anteriores no se trataba de los individuos, sino de los helenos.”

    En aquellos tiempos anteriores, y superiores, no se trataba ni de los individuos, ni de la vida feliz, añado yo. Se trataba de los helenos y de su pujanza, de su fuerza. La unidad percibida (de estilo, de modos de vida…) engendra en el colectivo fuerza, firmeza, confianza

    El aristocratismo que Nietzsche encontraba en Heráclito, Teognis, o Píndaro, era un aristocratismo de clase, de grupo, de colectivo. Era la voz de un pueblo, era un ‘nosotros’. Cuando Píndaro nos dice aquello de ‘Llega a ser el que eres’, no está alentando el individualismo sino la identificación del ser individual con el ser colectivo, esto es: compórtate como un espartano, o como un ateniense…

    El destino de Grecia, o de los helenos, merece siquiera una breve reflexión en esto que tratamos. En mi opinión los proto-indoeuropeos estuvieron en contacto con los sumerios y aprendieron de ellos. La tripartición, por ejemplo, védica de cielo o firmamento (Varuna), atmósfera (Indra), y tierra (superficie de la tierra, Nasatyas…) está tomada o calcada de la sumeria primitiva: cielo (An), atmósfera (Enlil, una suerte de Indra), y la pareja de tierra y agua (generadoras de la vida, de los productos, de los frutos…). Los guías o conductores, los guerreros, y los productores. La inteligencia, la sabiduría, el saber, la memoria…; la fuerza en la defensa y el ataque; y la producción y reproducción. Estos tres niveles, que se encuentran en las arcaicas culturas indoeuropeas (Dumézil), son equiparables a los sostenidos por el panteón sumerio primitivo (pre-acadio, pre-semita). El contacto se tuvo que producir hace unos cinco o seis mil años, o quizás más. Los pueblos proto-indoeuropeos vivían en una zona cercana o dentro del área de influencia de la cultura sumeria más antigua.

    Sabido es que de aquella primitiva unidad se fueron desgajando de tiempo en tiempo grupos que darían lugar a los posteriores pueblos indoeuropeos. La comunidad (el pueblo) que, con el tiempo, más alteró o modificó dicha estructura fue la griega. Hay un vago recuerdo tal vez en la tripartición de cielo y atmósfera (Zeus), las tierras y los mares (Poseidón), y el subsuelo (Hades). La estructura olímpica parece proceder de otros principios organizativos; es proyección de una sociedad más rica y compleja. No está simplemente dividida en ancianos consejeros, jóvenes guerreros, y agricultores y ganaderos. La vida ciudadana ha ido engendrando formas de vida singulares: las artes, el comercio, la metalurgia, la arquitectura, la guerra… Cada una de estas parcelas está regida o tutelada por un dios, por una divinidad, por un ser paradigmático y superior (un símbolo): Atenea, Hefaistos, Ares, Apolo, Hermes… Estos ‘dioses’ simbolizan a sectores de la población vinculados a tal o a cual menester, pero reflejan también el alma múltiple de aquellos hombres y mujeres, a la vez guerreros (Ares), poetas (Apolo), mercaderes (Hermes), ingenieros (Hefaistos), sabios (Atenea)… Seres completos.

    En el ‘corpus’ mitológico y teológico griego encontramos al hombre que los hizo posible; al creador de tales mundos, de tales representaciones colectivas. Aquel grupo o colectivo arcaico indoeuropeo que renovó la estructura recibida.

    La nueva estructura parece responder a una sociedad más horizontal que vertical. Una suerte de república aristocrática –entre iguales. Los distintos dioses/colectivos tienen el mismo rango, todos participan de la soberanía. Cuando se elige un monarca ocasional (Agamenón en la guerra de Troya) éste es ‘primus inter pares’.

    Es una sociedad de hombres libres, independientes, autosuficientes, autónomos. Orgullosos también de su diferencia, de su especificidad. Cada cual su área de dominio, su esfera de acción; su reino, su espacio. Al igual que Atenea, Hefaistos, Hermes, Ares, o Apolo.

    Cuando acabó el modo de vida de aquellas comunidades, desapareció también el poder de significación de aquel lenguaje mítico, de aquella representación/proyección colectiva, de aquel mundo.

    Prácticamente todos los pensadores presocráticos consideraron el lenguaje alegórico de los mitos como una representación no válida del mundo. Para los tiempos de Sócrates (Platón), mitemas y teologemas han devenido definitivamente inútiles, superfluos, meramente fantásticos, incluso perniciosos. No había nada que ‘leer’ allí.

    Los nuevos modos de vida –las nuevas configuraciones sociales–, ya patentes en tiempos de Teognis, trajeron consigo además el individualismo, la sofística, la salvación personal, las sectas…

    Después de Sócrates no hay sino escuelas, sectas, filosofías varias de la vida. Ninguna unidad. Esta deriva (política, social, moral…) denotaba simplemente el fin de un mundo. No causaba la decadencia o corrupción del mundo antiguo, sino que era signo, efecto, síntoma de la decadencia de éste.

    Las guerras médicas, como vio Nietzsche, fueron el punto de inflexión en la decadencia del mundo griego antiguo. La victoria ensoberbeció a los helenos y dio inicios a la lucha por la supremacía entre los diversos pueblos de la Hélade. Fue el fin del panhelenismo y el comienzo de la fragmentación, de la atomización, de la desintegración. Esto facilitó la conquista de las tierras helenas por Filipo de Macedonia. Se perdió la tierra, la autonomía, la libertad… El período alejandrino posterior coadyuvó a la definitiva disolución de lo heleno –el cosmopolitismo del imperio.

    Esta situación coincide con la sedimentación del individuo y con las correspondientes éticas individualistas que pulularon desde entonces. Roma, tras la conquista del territorio, adopta esta Grecia atomizada y decadente, y prolonga este modelo cultural y esta decadencia hasta su caída. La cultura y la sociedad romanas son, salvo excepciones, profundamente alejandrinas, decadentes.

    Sócrates es la culminación del individuo (del individualismo). Síntoma, a su vez, de una decadencia espiritual y cultural que se venía gestando desde los tiempos de los pitagóricos y los pseudo-órficos, antes incluso de las guerras médicas. La aparición de la sofística; el individualismo, la salvación personal. El período alejandrino es la consumación de esta decadencia; el definitivo final del mundo heleno. Ya no había pueblo, sino sectas. Fue este mismo proceso de desintegración –de atomización– el que acabó también con el mundo romano.

    Y nosotros, los europeos (y pueblos blancos) contemporáneos, vamos también por el mismo camino: nos desintegramos, desaparecemos; perdemos ser, identidad. La misma confusión, el mismo caos; la misma atomización espiritual, cultural, conductual; la misma ausencia de representaciones colectivas o de referentes comunes. La misma ausencia de unidad. Ya perdimos Grecia y Roma, esta vez perderemos Europa, la tierra madre.

    Dicho sea de paso, la construcción de una civilización universal (cosmopolita, multicultural, multirracial –alejandrina) en Europa nos está destruyendo, está acabando con nuestras patrias milenarias. Perdemos hegemonía, presencia, poder… en nuestra propia tierra.

    No hay remedio individual al mal que nos afecta. No hay otro remedio que el colectivo. Aquí, o nos salvamos todos, o no se salva ninguno.

    Europa es la metro-polis, la tierra madre de todos los blancos que pueblan el planeta. La tierra santa, sagrada, de los europeos que viven repartidos en los cinco continentes. Ur, el origen.
    *
    Espero que te valgan.
    Hasta la próxima,
    Manu

  3. Estimado Chechar, aun a riesgo de parecerte un poco pesado añado estos fragmentos que pertenecen al último post del año pasado y que van sobre el mismo tema:
    http://larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/2013_01_01_archive.html
    *En mi opinión, fueron los grandes imperios multiculturales del pasado los que dieron lugar a las nuevas éticas individuales (y universales). Las religiones de salvación personal (individualistas) no nacen en culturas relativamente aisladas y estables (no se encuentra tal fenómeno en las culturas étnicas supervivientes, o en las recogidas por etnólogos y antropólogos desde el siglo XIX). Fue el caso en la India: hinduismo, jainismo, y budismo surgieron en los momentos de mayor expansión de los imperios creados por los monarcas indios, en los momentos de mayor caos cultural, cuando se integraron pueblos, lenguas, y culturas diversas. El monoteísmo de Akhnatón y su heredero, el judaísmo mosaico, nacieron ambos en similares circunstancias. Centrándonos en Europa, tenemos el caso de Grecia y Roma. La pérdida de la moral social y de la identidad colectiva en ambas culturas fue pareja con el crecimiento de sus imperios: cuanto más estos crecían e incluían a diversos y contrarios pueblos y culturas, tanto más se degradaban. El éxito de filosofías éticas individualistas, y universales (trans-nacionales, trans-culturales), fue total desde el periodo alejandrino (principios de la decadencia griega) hasta la caída del imperio romano. Roma enfermó casi al principio, al menos desde los tiempos de Cesar.
    En todas estas sociedades se produjo la atomización de las poblaciones; los nexos culturales ancestrales se rompieron. Lo que dio lugar a individuos aislados y en busca de su propia ‘salvación’ (económica o espiritual). Las mismas religiones de salvación personal son un efecto, un síntoma de una descomposición ya previa. En esta situación, en este caos, el grupo se revelaba como imposible, y había que salvar (dar una respuesta trans-cultural) siquiera fuera a los individuos.
    La unificación ideológica del imperio intentaba resolver el problema del caos cultural (la multitud de lenguas y discursos). Tanto en la India como en Roma. Se necesitaba una sola ‘lengua’, un solo discurso. En la India surgieron dos grandes movimientos ‘universales’ o integradores. Al budismo le tocó perder a la larga. Venció el hinduismo, aunque el budismo tuvo un breve periodo de éxito cuando Asoka lo convirtió en la religión oficial de su fugaz imperio. Ambos, hinduismo y budismo, se impusieron desde arriba, desde el poder establecido. E igualmente sucedió en Roma con el cristianismo. La multitud de sectas y tradiciones desgarraban al imperio. La unificación ideológica fue una ‘solución’.
    Quiero decir que estos imperios o civilizaciones multiculturales, cuyo inmediato fruto es la fragmentación y enfrentamiento de las poblaciones (por su misma composición heteróclita), carecen de futuro, y suelen terminar con la completa desarticulación y desmembración, o con la unificación forzada. Y no importa en este caso la tradición, la cultura o la ‘religión’ que se use para unificar o integrar a las diversas poblaciones. La corriente con más seguidores acaba imponiéndose, o es instrumentalizada por las clases poderosas. Éste puede ser el futuro de la Europa actual, si no hay contra-movimientos nacionalistas europeos. Piensa en la masiva presencia de africanos y asiáticos musulmanes en estos momentos en nuestro continente.
    La superación de las éticas universales (transnacionales, transculturales) e individualistas, filosóficas o religiosas, me parece fundamental. Se trata de recuperar la moral social o de grupo, y esto pasa por la distinción y la diferenciación de las diversas formas culturales y la conexión que estas tienen en su origen con las etnias que la crearon o la hicieron posible. Se requiere una reflexión a nivel europeo acerca de nuestras propias tradiciones ancestrales, acerca de nuestra historia. Un proceso de autognosis a nivel europeo. Necesitamos hacer valer nuestra idiosincrasia, nuestra peculiaridad, nuestra diferencia –tanto étnica, como cultural.
    *
    Saludos,
    Manu


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