Dos cuestiones

Sobre el concepto “gentil” y sobre cultura y religión

Ruso anónimo:
La dormición de la Virgen (detalle) ~ s. XIV
(Museo Nacional de Estocolmo)


Como el símbolo de la llamada dormición de María en teología cristiana, Europa duerme y hay que despertarla. A continuación reproduzco otro artículo de Manu Rodríguez sobre el tema:


Los términos “gentil” y “gentilidad” no tenían, en su origen, nada que ver con “cortés”, “cortesía”, o términos afines. Eran las palabras que judíos y cristianos usaban para designar a aquellos que no eran judíos o cristianos, y se usaban de forma peyorativa para designar a todo otro—la “gente”, o las “gentes”. Estos términos son traducción del término hebreo goy (goyim, plural), de igual significación. El término griego para el caso es etne (acuérdate de la música “étnica”). Recuerda también que se suele hablar de religiones étnicas (a las cuales también podríamos denominar religiones gentiles), esto es, de religiones/culturas no universales, culturas ancestrales ligadas a un pueblo y que entran en pugna con el universalismo y el totalitarismo del cristianismo, o el islamismo (porque corren el peligro de desaparecer). Estos términos (“etne”, “gentil”…) se usaban como equivalentes del concepto “pagano” (que se refiere a las primitivas tradiciones campesinas—de pago, que significa “campo” en latín), o del posterior “infiel” usado por los musulmanes, y eran susceptibles de ser usados también como armas conceptuales; como conceptos generales, tenían (y tienen) la “virtud” de hacer desaparecer a los diversos pueblos y culturas, de borrar las diferencias esenciales; la humanidad se dividió en cristianos y paganos, o en musulmanes e infieles.

Yo reivindico esta primitiva acepción del término “gentil” para designar, como digo en el blog Europa Gentil, a la Europa no cristiana, no judía, o no musulmana; a la Europa autóctona y ancestral; a la nuestra, a la propia. Es como decir: “Sí, nosotros somos los otros, los gentiles, y nos sentimos orgullosos de ello; nos sentimos orgullosos de no ser vosotros”. Es el orgullo y el honor de no haber roto el nexo milenario que te une a tu pueblo, a tu genio, a tu ser.

El uso actual del concepto “gentil” (como sinónimo de “cortés”, “galante”, o “delicado”) comenzó en la Edad Media (siglos XII y XIII), y fueron los poetas del así auto-denominado amor gentil (Guitone, Guinizelli, Cavalcanti, Dante…), herederos de los poetas del amor cortés (los trovadores), los que lo retomaron y volvieron a ponerlo en circulación ya con esta significación añadida. De esta manera se distinguían de los cristianos. Era una forma divertida y sutil de oponerse a éstos (a su ideología y a su poder), así como de burlar la censura. Confesarse gentil era confesarse cortés, y era confesarse no-cristiano… Hay que tener en cuenta la ambigüedad y, al mismo tiempo, la equivalencia lógica y semántica que introdujeron los poetas e intelectuales de aquel período en estos conceptos: “gentil” valía como “cortés”, y como “no judío”, “no-cristiano”, o “no-musulmán”. Un concepto llevaba a otro. “Sólo en corazón gentil cabe Amor…”, dijo Guinizelli. ¿Cómo hay que leer, escuchar, o entender esto?

También a finales del siglo XIII apareció un libro titulado De los tres impostores, refiriéndose, no hay qué decir, a Moisés, Jesús, y Mahoma. Todo esto (innovación semántica y aparición del libro) sucedió al mismo tiempo y en el mismo lugar: a lo largo de la segunda mitad del siglo XIII, y en Sicilia, en la corte de Federico II, al cual se le atribuye la autoría del libro citado. (Tal texto puede ser traducción o paráfrasis del libro aparecido en Bagdad hacia 1280 Examen de las tres fes, escrito en árabe por un médico y filósofo judío llamado Ibn Kammuna.)

Hay que decir que todo comienza cuando los poetas del amor cortés, que radicaban básicamente en la Provenza y en el Languedoc, buscaron refugio en la corte de Federico II huyendo de las persecuciones y las matanzas que Simón de Monfort, bajo la dirección y la orden del Papado, estaba realizando por aquellas tierras con el pretexto de acabar con los herejes cataros y albigenses. Hubo más de treinta mil víctimas.

Los poetas trovadorescos y los del dolce stil novo, los poetas del Amor cortés y del Amor gentil, son los poetas del dios Amor, del dios otro, del dios gentil. Aquella época fue para Europa un proto-Renacimiento, o un conato de ello; un destello de luz, un amago de aurora.

Todo este excurso viene a cuento por tu conexión de “gentil” con “idílico”. Te has movido en el campo de resonancias conceptuales del uso moderno del término “gentil”. Hay que tener en cuenta también el antiguo; o pensar en todos los usos posibles de un término, para hablar de manera filosófica.

Aclarado esto, te responderé. Ni idealizo, como dices en otro lugar, ni consideró idílico el pasado de mi pueblo, pues no se trata de eso. No se trata de que el pasado de mi pueblo fuera idílico o no (además, ¿desde qué punto de vista “idílico”; para quién?); se trata sencillamente de que es el pasado de mi pueblo, de mi gente, de mi sangre, de mi ser. Y no veo por qué he de abandonar o ignorar o desconsiderar el pasado propio, o, como sucede en las “conversiones”, abandonar el propio y adoptar el ajeno, lo que sería, en ambos casos, auto-alienación. Bien al contrario, he de tener mi pasado en lo más alto, y he de anteponerlo a otros. Es lo que un pueblo no debe perder, so pena de desaparecer él mismo. Es lo que un pueblo no debe perder en absoluto.

Te recuerdo que los cristianizados, sean de donde fueren, tienen a los patriarcas de los judíos como antepasados propios, y la historia de Israel y del pueblo judío como sagradas, así como santa a la tierra de Israel. Para los musulmanes, sean de donde fueren, y no sólo para los salafistas (de salaf, “antepasado” en árabe), el período de los antepasados está en los primeros tiempos tras la muerte de Mahoma, descansa en los primeros califas; su propio pasado pre-islámico es como si no hubiese sido, lo que vale también para los pueblos cristianizados y su pasado pre-cristiano. El pasado pre-cristiano o pre-islámico de los pueblos es destruido, o satanizado. Es todo un despropósito. Multitud de individuos y pueblos con pasado y antepasados espurios; aquí y allá. ¿Qué pasa con sus verdaderos antepasados, su propia historia, y su tierra ancestral?

No nos olvidemos de las vastas zonas cristianizadas o islamizadas, de los numerosos pueblos alienados de su propia cultura autóctona y ancestral. No hay más que cristianos, o musulmanes, o budistas… Creyentes por doquier. No hay pueblos, no hay otras culturas. Para numerosos pueblos e individuos sus figuras santas y sus lugares santos está en Israel y Jerusalén, o en Arabia y La Meca. Es una alienación colectiva, planetaria; un desarraigo universal.

Es la propia ideología judeo-cristiana, no su manipulación, la que sumió a toda Europa en la oscura Edad Media, en un “invierno supremo”. Hasta el Renacimiento no se comenzó a resurgir. Se recuperaron poco a poco las tradiciones jurídicas, artísticas, filosóficas, políticas y demás de la cultura greco-romana—la democracia que tanto hoy apreciamos. Se recuperó la gentilidad. Volvimos a pisar terreno europeo. Estábamos en casa. Habíamos vuelto.

Hay muchas historias truculentas, verdaderas y/o falsas, que pusieron en circulación en Europa los primeros cristianos para minar la confianza que aquellos pueblos tenían en sus propias tradiciones culturales. Se prodigó una visión negativa de las antiguas culturas—ya sin distinción, renombradas como culturas simplemente “paganas”. Se las despersonalizó, se las desdibujó.

Lo que padecemos hoy en Europa con los musulmanes es lo que el ámbito cultural greco-romano (y finalmente toda Europa) comenzó a padecer con los cristianos hace casi dos mil años. La misma crítica, la misma propaganda, la misma campaña de intoxicación, la misma estrategia de desprestigio y desmoralización de los pueblos a los que se pensaba cristianizar (ahora islamizar). El mismo proceso de aculturación y enculturación. La misma insidiosa destrucción de la memoria. Nuestras tradiciones discutidas, nuestros antepasados vituperados, mancillados; nuestro ser todo pisoteado.

Volverán a alienarnos culturalmente; volveremos a ignorarnos. La historia se repite. Perderemos de nuevo la recién recuperada gentilidad. (Estas frases puedes ponerlas también en interrogación; que pasen de aseverativas a interrogativas. La duda o la incertidumbre resultan menos dolorosas que la certeza; dan esperanzas.)

Querida C:

Un “slogan” no es una cultura. En una cultura están implicados miles de seres humanos y miles de hechos. Es de justicia tener en cuenta a todos y a todo (en la medida de nuestras posibilidades). Un “slogan” puede ser representativo de una ideología religiosa (el que tú mencionas, “ama a tu prójimo como a ti mismo”), o una política (“proletarios de todo el mundo…”), o una filosófica (“trata al otro como quieras que te traten a ti”). Estas frases, más sonoras y rimbombantes que efectivas, pueden formar parte de una cultura, pero no la representan de ninguna de las maneras. No es tan simple la cosa.


Ruso anónimo, Icono bizantino ~ s. XIV (Museo Nacional de Estocolmo)

La cultura de un pueblo es su religión; y cuanto más ligado esté un individuo a su propia cultura, tanto más religioso será. Toda la cultura, incluida la culinaria, o la manera de hacer sus necesidades, hacer el amor, o enterrar a sus muertos; su ciencia, su derecho, su música… Todo. Lo grande y lo pequeño; tierra y cielo. Y eso es lo que cada pueblo debe amar con todas sus fuerzas, y defender hasta la muerte: su propio patrimonio lingüístico-cultural, su propio mundo, sus propias condiciones espirituales de existencia; la atmósfera, el aire que requiere para respirar con amplitud y libertad. Es también el fruto de las generaciones.

En cuanto a esa frase que citas, y a esa religión, han causado en el mundo tanto daño como el que ha causado y causa el islam (recuerda lo del “el islam es paz”). Esas frases no han servido más que como instrumentos de poder y de dominio de las castas sacerdotales y políticas. Han destruido centenares de culturas y hecho desaparecer del mundo cientos de pueblos. La propia cultura china ha estado a punto de desaparecer a causa del comunismo. Se perdió la cultura egipcia, la persa, la griega, la romana… En el nombre de esas ideologías, de esos principios; en el nombre del dios de los cristianos, del dios de los musulmanes, del humanismo comunista. Toda la humanidad ha perdido: todos, individuos y pueblos, hemos perdido algo de nuestro ser. El árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida, el árbol más puro, está desmochado, sucio, roto. Labor futura será el purificarlo y recomponerlo.

El resultado final de toda esta triste historia es que no quedan en nuestro mundo sino esas pocas ideologías religiosas y políticas. Se han adueñado del planeta y lo han dividido y enfrentado. Las áreas de dominio de estas ideologías están en guerra entre sí. Nosotros, los humanos, no somos más que herramientas en manos de sus líderes religiosos o políticos. Nos enfrentan unos a otros; somos sus peones, sus soldados… Nos alienan y nos instrumentalizan. ¿Hasta cuándo?

Hablar de este tema me entristece. Tu salida me entristece. Te veo atrapada y alienada por una figura y una ideología (un personaje y su “slogan”, su “mensaje”). No eres un “espíritu libre”, aún hablas de “mensaje” y de “verdad” (de “un” mensaje y de “una” verdad), aún no te has desatado—des-alienado. Necesitas volver en ti, volver a tu pueblo, a tu gente.

¿Por qué una cita de Jesús, por qué no una cita de Tales, Solón, Tirteo, Jenofonte, Heráclito, o Píndaro? ¿Cómo tan lejos de casa? ¿Es que no conoces ya a los tuyos; te has olvidado que tienes antepasados y sabios propios? Se descuidan las enseñanzas del propio pueblo. Esto es muy común en nuestros días. Citas budistas, taoístas, cristianas o musulmanas en los labios de nuestros hombres y mujeres; y la ignorancia o el olvido de lo propio. ¿Qué saben de sus propios sabios, o de su propio pueblo?

Esos grandes personajes de los que hablas, los que proporcionan esos “slogans” maravillosos, aquellos que proporcionan el “mensaje” y la “verdad, y a los que yo no dudaría en llamar grandes narcisos, son también los “grandes hermanos” de ideologías totalitarias, de religiones universalistas, de teocracias, de tiranías sacerdotales o políticas (Jesús, Mahoma, Buda, Lenin o Stalin, Mao, Castro, el “Che” Guevara…). En nuestra Edad Media, y en los conflictos entre cristianos y musulmanes está ya todo 1984 cumplido. Ahí también puedes encontrar a los O’Brien (Bernardo de Claraval…) y a los Winston Smith y Julia (Pedro Abelardo y Eloísa); y el mundo dividido y enfrentado. En aquella Edad Media donde los únicos puntos de luz eran los poetas del amor cortés o del amor gentil. Allí donde se aposentan y alcanzan el poder estas monstruosidades ideológicas comienzan lo sombrío, lo tenebroso; la locura y el horror. Que no nos engañen con “slogans” humanitarios. Su palabra es amor y paz, pero su obra es discordia y muerte.

Tu ocurrencia es la de muchos: se hace uso de estas expresiones, de estos “slogans” salvadores, y a continuación se dice: “Si todo el mundo hiciera eso, o se comportara así…” Esto es lo que en lógica se conoce como una proposición contrafáctica, contra los hechos, imposible. Exige, requiere que no seas tú, que seas “otro/a”. Que el salmón no sea salmón, que la encina no sea encina; que todo pez sea atún, que todo árbol castaño. Es una oración condicional, no constructiva, nula, vacía. Eso y nada es lo mismo. Por lo demás, no habéis pensado hasta el final eso que proponéis. La homologación de todos, la clonación simbólica. Me da que habláis por hablar, haciéndoos eco del vacío de vuestras proposiciones. Es como un hábito, estamos acostumbrados a oír y a decir frases semejantes; a hablar en vano.

Cuando le damos cabida en la ficción, la homologación llevada al extremo da pánico; resulta terrorífica, angustiosa. Pese a todo, es el discurso y el sueño de los tiranos y de los narcisos de todos los tiempos y todas las latitudes (una república de “yoes” a su imagen y semejanza): “todo el mundo como yo, hechos a mi manera, a mi medida; si todo el mundo fuera como yo…” (y aquí viene que este narciso se considera a sí mismo como el “único” modelo válido de humanidad), “…si amara a su prójimo como a sí mismo… ¡Oh!” Así monologan los “grandes hermanos”.

Acuérdate del propio converso cuando, finalmente poseído (destruido), dice aquello de: “ya no yo, sino Cristo en mí”. Éste es el siniestro fruto del “niégate a ti mismo y sígueme”. Tenemos la homologación cristiana, cuyo modelo y gran hermano es Jesús, tenemos la homologación musulmana, cuyo modelo y gran hermano es Mahoma, tenemos la homologación budista… Tenemos la homologación comunista, con varios modelos—desde la pareja Marx-Engels, hasta el “Che” Guevara. Como virus circulan tales modelos, los prototipos a clonar. Y los bien clonados serán los “buenos” cristianos, los “buenos” musulmanes, o los “buenos” comunistas; tanto más perfectos cuanto más se aproximen al modelo. Hasta fundirse con él, como sucede en la mística cristiana, musulmana, o budista. Ésta es la suprema alienación, la extinción del sujeto y el triunfo absoluto del modelo. No sé cómo no nos estremecemos de horror ante estos procesos de alienación. El modo de reproducción de los prototipos; el proceso de duplicación, la destrucción del anfitrión.

Son diversos los modelos o sistemas de universalismo, totalitarismo, y homologación/alienación (los grandes hermanos), pero la represión, la intolerancia, la persecución, y la muerte que traen consigo son las mismas. Son utopías que, llevadas a la práctica, cumplen lo que dicen nuestros premonitorios relatos de ficción, conducen al absurdo y al horror.

La misma opinión que nos merecen los europeos que se islamizan hoy podemos tener de los europeos que se cristianizaron ayer, o de aquellos que aún hoy defienden y mantienen el cristianismo de una u otra manera. O saben, o no saben.

Están los perfectamente alienados / adiestrados / instrumentalizados desde la cuna. Son también los desarraigados, los llevados a otro lugar; los espiritualmente extrañados; los decapitados (los que no tienen “cabeza”).


Maestro del Taüll, Bartolomé y María ~ siglo XII, Museu Nacional d’Art de Catalunya


Los peores son, sin duda, los conversos. Los que voluntaria y deliberadamente abandonan lo propio y adoptan lo ajeno; los que abandonan a los suyos; los que se auto-extrañan de su propia familia, de su propia gente, de su propio pueblo. Son los únicos infieles; no hay otros infieles.

Espero que mis palabras te ayuden a redefinir o a reubicar los conceptos “cultura” y “religión”; y a reencontrarte con ellos.

Hasta la próxima,

Manu

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Published in: on abril 29, 2013 at 9:25 pm  Comments (1)  

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  1. La cultura es todo lo que se aproxima a la verdad humana de la paz fomentando la integridad y equidad, por lo tanto, todo lo que engendra el odio, la corrupción y la inequidad es inherente a la mentira y anti-cultura.

    La verdad o falsedad de la historiografía de la segunda guerra mundial se puede ver si este hallazgo refleja una realidad más pacífica y menos corrupto o no.

    En buen momento hago mías las palabras de Bryan Odriscoll lector “Brian Boru” al respecto del libro de Thomas Goodrich: Hellstorm: The Death Of Nazi Germany, 1944-1947

    Sin embargo, para aquellos que quieren conocer la verdad y obtener una cierta comprensión de por qué nuestra civilización está muriendo eso brilla como un faro en el terrible mundo de mentiras en que vivimos.


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