Introducción general (extractos)

Deschners maximus opus

Para empezar, voy a decir lo que no debe esperar el lector. Como en todas mis críticas al cristianismo, aquí faltarán muchas de las cosas que también pertenecen a su historia, pero no a la historia criminal del cristianismo que indica el título. Eso que también pertenece a la historia se encuentra en millones de obras que atiborran las bibliotecas, los archivos, las librerías, las academias y los desvanes de las casas parroquiales; el que quiera leer este material puede hacerlo mientras tenga vida, paciencia y fe.

Esta religión tiene miles, cientos de miles de panegiristas y defensores; tiene libros en los que (pese a tantas “debilidades”, tantos ”errores”, tantas “flaquezas humanas”, ¡ay!, en ese pasado tan venerable y glorioso) aquéllos presumen de la “marcha luminosa de la Iglesia a través de las eras” (Andersen), y de que la Iglesia (en ésta y en otras muchas citas) es “una” y “el cuerpo vivo de Cristo” y “santa”, porque “su esencia es la santidad, y su fin la santificación” (el benedictino Von Rudioff).

Se sobreentiende, a todo esto, que los lamentables detalles secundarios (las guerras de religión, las persecuciones, los combates, las hambrunas) estaban en los designios de Dios, a menudo inescrutables, siempre justos, cargados de sabiduría y de poder salvífíco.

Dado el aplastante predominio de las glorificaciones entontecedoras, engañosas, mentirosas, ¿no era necesario mostrar, poder leer, alguna vez lo contrario, tanto más, por cuanto está mucho mejor probado? Al menos, para los que quieren ver siempre el lado que se les oculta de las cosas, el lado feo, que es muchas veces el más verdadero.

La distinción entre la Iglesia y el cristianismo es relativamente reciente.

Como es sabido, hay una contradicción flagrante entre la vida de los cristianos y las creencias que profesan, contradicción a la que, desde siempre, se ha tratado de quitar importancia señalando la eterna oposición entre lo ideal y lo real—pero no importa. A nadie se le ocurre condenar al cristianismo porque no haya realizado del todo sus ideales, o los haya realizado a medias, o nada. Pero tal interpretación “equivale a llevar demasiado lejos la noción de lo humano e incluso la de lo demasiado humano, de manera que, cuando siglo tras siglo y milenio tras milenio alguien realiza lo contrario de lo que predica, es cuando se convierte, por acción y efecto de toda su historia, en paradigma, personificación y culminación absoluta de la criminalidad a escala histórica mundial”, como dije yo durante una conferencia, en 1969, lo que me valió una visita al juzgado.

Porque ésa es en realidad la cuestión. No es que se haya faltado a los ideales en parte, o por grados; no, es que esos ideales han sido literalmente pisoteados, sin que los que tal hacían depusieran ni por un instante sus pretensiones de campeones de aquéllos, ni dejaran de autoproclamarse la instancia moral más alta del mundo.

La Cristiandad occidental, en cualquier caso, “fue esencialmente creación de la Iglesia católica”, “la Iglesia, organizada de la hierocracia papal hacia abajo hasta el más mínimo detalle, la principal institución del orden medieval” (Toynbee).

Forman parte de la cuestión las guerras iniciadas, participadas o comandadas por la iglesia: el exterminio de naciones enteras, de los vándalos, de los godos, y en Oriente la incansable matanza de eslavos: gentes todas ellas, según las crónicas de los carolingios y de los Otones, criminales y confundidas en las tinieblas de la idolatría, que era preciso convertir por todos los medios, sin exceptuar la traición, el engaño y la vesanía.

De los catorce delitos capitales legislados por Carlomagno después de someter a sangre y fuego a los sajones, diez se refieren exclusivamente a infracciones de tipo religioso. Con arreglo al antiguo derecho penal de Polonia, a los culpables de haber comido carne durante el ayuno pascual se les arrancaban los dientes.

Discutiremos también los castigos eclesiásticos por infracciones al derecho civil. Los tribunales eclesiásticos fueron cada vez más odiados. Hay cuestiones que discutiremos extensamente: las prácticas expiatorias (los bienes robados a la Iglesia debían restituirse al cuádruple, y según el derecho germánico hasta veintisiete veces lo robado); las prisiones eclesiásticas y monacales, llamadas especialmente ergástulas (también se llamaba ergástula a los ataúdes), donde eran arrojados tanto los “pecadores” como los insumisos y los locos, e instaladas generalmente en sótanos sin puertas ni ventanas, pero bien provistas de grilletes de todas clases, potros de martirio, manillas y cadenas. Se documentará la pena de exilio y la aplicación de este castigo a toda la familia, en caso de asesinato de un cardenal, extensible hasta los descendientes masculinos en tercera generación. También estuvieron muy en boga la tortura y los castigos corporales, sobretodo en Oriente, donde hizo furor la afición a mutilar miembros, sacar ojos, cortar narices y orejas.

Es bastante plausible que no todas las autoridades llegasen a tales excesos, y seguramente no todos serían tan vesánicos como el abad Transmundo, que arrancaba los ojos a los monjes del convento de Tremití, o les cortaba la lengua (y que, pese a ello, gozó de la protección personal del papa Gregorio VII, quien también gozó de gran notoriedad).

Sin duda, las Iglesias, y en particular la Iglesia romana, han creado valores culturales importantes, sobre todo construcciones, lo que obedecía por lo general a motivos nada altruistas (representación del poder), así como en el dominio de la pintura, respondiendo también a razones ideológicas (las sempiternas ilustraciones de escenas bíblicas y de leyendas de santos). Pero dejando aparte que el tan decantado amor a la cultura contrasta fuertemente con la indiferencia cultural del paleocristianismo, que contemplaba las “cosas de este mundo” con total menosprecio escatológico, puesto que creía inminente el fin de todas ellas (error fundamental, en el que cayó el mismo Jesús), conviene tener presente que la mayoría de las aportaciones culturales de la Iglesia fueron posibles gracias a la explotación sin contemplaciones de las masas, esclavizadas y empobrecidas siglo tras siglo. Y frente a ese fomento de la cultura encontramos todavía más represión cultural, intoxicación cultural y destrucción de bienes culturales.

Los magníficos templos de adoración de la Antigüedad fueron arrasados casi en todas partes; edificios de valor irreemplazable ardieron o fueron derribados, sobre todo en la misma Roma, donde las ruinas de los templos servían de canteras. En el siglo x se dedicaban todavía a derribar y romper estatuas, arquitrabes, a quemar pinturas, y los más bellos sarcófagos servían de bañeras o de comederos para los cerdos.

Pero la destrucción más tremenda, apenas imaginable, ha sido la causada en el terreno de la educación. Gregorio I Magno, el único papa doctor de la Iglesia además de León I, según la tradición mandó quemar una gran biblioteca que existía en el Palatino.

Desapareció el floreciente comercio librero de la Antigüedad, la actividad de los monasterios fue puramente receptiva. Trescientos años después de la muerte de Alcuino y de Rábano Mauro, los discípulos todavía estudiaban con los manuales que aquéllos escribieron. E incluso santo Tomás de Aquino, el filósofo oficial de la Iglesia, escribe que “el afán de conocimientos es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios”.

En las universidades, la hipertrofia del aristotelismo abortó cualquier posibilidad de investigación independiente. Al dictado de la teología estaban sometidas la filosofía y la literatura; en cuanto a la historia como ciencia, era desconocida por completo. Se condenó la experimentación y la investigación inductiva; las ciencias experimentales quedaron ahogadas por la Biblia y el dogma; los científicos arrojados a las mazmorras, o a la hoguera. En 1163, el papa Alejandro III (recordemos de paso que por esa época existían cuatro antipapas) prohibió a todos los clérigos el estudio de la física. En 1380, una decisión del parlamento francés prohibía el estudio de la química, remitiéndose a un decreto del papa Juan XXII.

Y mientras en el mundo árabe (obediente a la consigna de Mahoma: “La tinta de los escolares es más sagrada que la sangre de los mártires”) florecían las ciencias, en especial la medicina, en el mundo católico las bases del conocimiento científico permanecieron inalteradas durante más de un milenio, hasta bien entrado el siglo XVI.

Que los enfermos buscasen consuelo en la oración, en vez de llamar al médico. La Iglesia prohibía la disección de cadáveres, y a veces incluso rechazó el empleo de medicamentos naturales por juzgarlo una intervención ilícita en los designios divinos. En la Edad Media no tenían médico ni siquiera las abadías más grandes. En 1564, la Inquisición condenó a muerte al médico Andrés Vesalio, fundador de la anatomía moderna, por haber abierto un cadáver y por haber afirmado que al hombre no le falta la costilla con que fue creada Eva.

En coherencia con esa tutela de la enseñanza, encontramos otra institución, la censura eclesiástica, muy a menudo (por lo menos desde los tiempos de san Pablo, en Éfeso) dedicada a la quema de libros adversos, paganos, judíos o sarracenos, a la destrucción (o la prohibición) de literaturas cristianas rivales, desde los libros de los arríanos y nestorianos hasta los de Lutero. Pero no vayamos a olvidar que los protestantes también implantaron a veces la censura, incluso para los sermones fúnebres y también para obras no teológicas, siempre que tocaran cuestiones eclesiásticas, religiosas o de costumbres.

Ésta es una selección de los principales temas que he contemplado en mi historia del crimen. Y sin embargo, no es más que un segmento minúsculo de la historia en general.

¡La historia!

Como cualquier otro historiador, yo sólo contemplo una historia de entre las incontables historias posibles, particular, peor o mejor delimitada; e incluso de ese aspecto parcial no puede considerarse todo el “complejo de la acción”, idea absurda, dado además el volumen de los datos existentes: teóricamente imaginable, pero prácticamente imposible y ni siquiera deseable.

No. El autor que se proponga escribir La historia criminal del cristianismo se ve constreñido a mencionar sólo el lado negativo de esa religión… cuyo peso ha excedido a fin de cuentas el de los supuesta o realmente positivos. Quien prefiera leer acerca de otros aspectos, que lea otros libros: La fe gozosa, por ejemplo, El Evangelio como inspiración, ¿Es verdad que los católicos no son mejores que los demás?, ¿Por qué amo a mi Iglesia?, El cuerpo místico de Cristo, Bellezas de la Iglesia católica. Bajo el manto de la Iglesia católica. Dios existe (Yo le he conocido). El camino del gozo hacia Dios, La buena muerte del católico. Con el rosario hacia el Cielo, SOS desde el Purgatorio, El heroísmo del matrimonio cristiano.

¡La literatura pro-cristiana! Más numerosa que las arenas del mar: contra 10,000 títulos apenas uno por el estilo de esta Historia criminal del cristianismo. Sin olvidar los millones de ejemplares que suman las incontables publicaciones periódicas confesionales.

Y resulta que verdaderamente hay entre los cristianos hombres de buena voluntad, como sucede en todas las religiones y en todos los partidos, lo que no debe tomarse como dato en favor de esas religiones y partidos, porque si eso se admitiese, ¡cuántos sinvergüenzas testimoniarían en contra!

Y los cristianos buenos son los más peligrosos, porque tienden a confundirse con el cristianismo, o para decirlo con las palabras de Lichtenberg, “existen muchos cristianos justos, indiscutiblemente, sólo que no es menos cierto que sus obras in corpore y como tales nunca han servido para gran cosa”.

¿En qué se basa mi trabajo?

Lo mismo que la mayoría de los estudios históricos, se basa en las fuentes, en la “tradición”, en la historiografía contemporánea. Es decir, sobre todo en textos.

Pero cuando expongo sin rodeos mi subjetividad, mi “punto de mira” y mi “posicionamiento”, me parece que demuestro mi respeto al lector mejor que los escribas mendaces que quieren vincular su creencia en milagros y profecías, en transubstanciaciones y resurrecciones de entre los muertos, en cielos, infiernos y otros prodigios, con la pretensión de objetividad, de veracidad y de rigor científico.

¿Acaso no soy yo, con mi parcialidad confesa, menos parcial que ellos? ¿Es que mi experiencia, mi formación, no me autorizan a formarme una opinión más independiente acerca del cristianismo? Al fin y al cabo yo abandoné el cristianismo, pese a haberme formado en un hogar profundamente religioso, tan pronto como aquél dejó de parecerme verdadero.

Admitámoslo: todos somos “parciales”, y el que pretenda negarlo miente. No es nuestra parcialidad lo que importa, sino el confesarla, sin fingir “objetividades” imposibles.

Todos somos parciales. Esto es particularmente cierto en el caso de los historiadores que más se empeñan en negarlo, porque son los que más mienten—y luego se echan mutuamente los perros del cristianismo. Qué ridículo, cuando leemos que los católicos acusan de “parcialidad” a los protestantes, los protestantes a los católicos, cuando miles de teólogos de las más variadas confesiones se lanzan mutuamente tan socorrido reproche. Por ejemplo, cuando el jesuita Bacht quiere ver en el protestante Friedrich Loofs “un exceso de celo reformado en contra de la condición monástica como tal”, motivo por el cual “sus opiniones son demasiado unilaterales”. ¿Y cómo no iba a opinar con parcialidad el jesuita Bacht cuando se refiere a un reformado, él, que pertenece a una orden cuyos miembros tienen la obligación de creer que lo blanco es negro y lo negro blanco, si así lo manda la Iglesia?

Lo mismo que a Bacht, a todos los teólogos católicos el hábito de la obediencia incondicional se les impone a través del bautismo, el dogma, la cátedra, la licencia eclesiástica para imprimir y otras muchas obligaciones y cortapisas. Y así viven año tras año, disfrutando de un sueldo seguro, a cambio de propugnar una determinada opinión, una doctrina concreta, una interpretación determinada de la historia, fuertemente impregnada de teología… no tanto para engañarse a sí mismos, sino para seguir cultivando el engaño de los demás. Por ejemplo, acusando de parcialidad a los adversarios de su confesión y fingiendo creer que, en cambio, los católicos se encuentran a salvo de tal defecto; como si existiese, de dos mil años acá, otra parcialidad más pérfida que la católica.

La historiografía… no es más que la proyección sobre el pasado de los intereses del presente.

El historiador conservador, que comparaba su oficio con el del sacerdote (¡vaya por Dios!) y se extendía él mismo certificados de imparcialidad y máxima objetividad, aseguraba querer “borrar su subjetividad”.

Esta fe inconmovible del objetivismo, llamada “ocularismo” por el conde Paúl York Wartenburg y satirizada como proposición de una “objetividad del eunuco” por Droysen (“sólo los inconscientes pueden ser objetivos”), es ilusoria. Porque no existe verdad objetiva en historiografía, ni la historia tal como ocurrió; “sólo puede haber interpretaciones históricas, y de ésas ninguna es definitiva” (Popper).

Toda historiografía se escribe sobre el trasfondo de nuestra personal visión del mundo. Es verdad que muchos eruditos carecen de tal visión del mundo y por ello suelen
considerarse, ya que no señaladamente progresistas, sí al menos señaladamente imparciales, honestos y verídicos. Son los adalides de la “ciencia pura”, los representantes de una supuesta postura de neutralidad o indiferencia en cuanto a las valoraciones.

Rechazan toda referencia a un punto de vista determinado, toda subjetividad, como pecados anticientíficos o verdaderas blasfemias contra el postulado de objetividad que propugnan, contra ese sine ira et studio que tienen por sacrosanto y que, como ironiza Heinrich von Treitschke, “nadie respeta menos que el propio hablante”.

Pues bien, la ficción de la ingenuidad teórico-científica y la ocultación de las premisas ideológicas de la presentación histórica pueden servir para disimular muchas cosas, un relativismo ético y un escapismo que huye cobardemente de las decisiones tajantes en materia de principios—lo que no deja de ser también una decisión, ¡la de declararse irresponsable en nombre de la responsabilidad científica! Porque una ciencia que no quiere formular valoraciones, con ello, quiéralo o no, se hace aliada del status quo, apoya a los que dominan y perjudica a los dominados. Su objetividad es sólo aparente y en la práctica no significa otra cosa sino amor a la propia tranquilidad, apego a la seguridad y a la carrera.

Pero nuestra vida no transcurre exenta de valores, sino llena de ellos, y las ciencias en tanto que parte de la vida, si se pretenden libres de valores incurren en hipocresía. He tenido en mis manos obras de historiadores que venían dedicadas a la esposa, fallecida en un bombardeo, o tal vez a dos o tres hijos caídos en los frentes, y sin embargo, a veces, esas personas quieren seguir escribiendo “ciencia pura” como si no hubiese pasado nada.

Allá ellos. Yo pienso de otra manera. Pues, aunque existiese, que yo digo que no puede existir, la investigación histórica totalmente apolítica, ajena a toda clase de juicios de valor, tal investigación no serviría para nada, sino para socavar los fundamentos éticos y abrir paso a la inhumanidad. Además no sería verdadera “investigación”, porque no se dedicaría a revelar las relaciones entre las cosas; como mucho podría ser mero trabajo previo, mera acumulación de materiales, según ha señalado Friedrich Meinecke.

Ahora bien, ¿hasta qué punto coincide la realidad de la historia con mi exposición?

Prefiero por principio la vida a la ciencia, sobre todo cuando ésta empieza a evidenciarse como una amenaza contra la vida en el más amplio sentido. A esto se suele objetar que no es “la ciencia” la culpable, sino algunos científicos (lo malo es que son muchos, a lo peor casi todos), argumento bastante similar al que afirma que no hay que echar a la cuenta del cristianismo los pecados de la cristiandad.

Todo esto no significa que yo sea partidario del subjetivismo puro, que no existe.

Escasa capacidad de convicción tendría mi tesis del carácter criminal del cristianismo si para demostrarla me limitase a ofrecer algunos ejemplos. Pero, tratándose de una obra de varios tomos, nadie dirá que esos ejemplos sean aislados o poco concluyentes. Porque escribo “por enemistad”; la historia de aquellos a quienes describo me hizo enemigo de ellos. Y no me consideraría refutado por haber omitido lo que también era verdadero, sino únicamente cuando alguien demostrase que he escrito algo falso.

No faltan los que opinan que eso de criticar está muy mal—sobre todo cuando los criticados son ellos, aunque esto último no lo confesarían jamás. Muy al contrario, afirman siempre que no tienen nada en contra de la crítica, que todas las críticas son bien recibidas pero, eso sí, siempre y cuando sean críticas positivas, constructivas, y no críticas negativas y deletéreas. Con inflamada indignación se alzan esos círculos, precisamente, contra “la manía de juzgar” (Aitmeyer), y dan muestras de su escándalo con ribetes “científicos” cuando un autor, habráse visto, se atreve a “valorar”, cuando “el historiador, reconocida su incapacidad en tanto que moralista, asume el papel de fiscal”.

¿Acaso no es grotesco que los representantes juramentados de un culto mistérico ancestral, los que creen en trinidades, ángeles, demonios, infiernos, partos de vírgenes, asunciones celestes de un cuerpo real, conversiones del agua en vino y del vino en sangre, quieran impresionarnos con su “ciencia”? ¿Y no será el colmo de lo grotesco que personajes semejantes sigan recibiendo los honores del propio mundo científico?

Se nos invita a hacernos cargo en nombre del “espíritu de la época”, para que lo comprendamos y disculpemos. Pero el mismo Goethe ironizaba sobre esto en su Fausto: Lo que llamáis espíritu de los tiempos, en el fondo no es sino el espíritu de los amos.

Si no nos vale el testimonio del poeta, por notoriamente anticristiano y no poco anticlerical, acudamos al de san Agustín: “Corren malos tiempos, tiempos miserables, dice la gente. Dejadnos vivir bien, y sean buenos los tiempos. Porque nosotros mismos somos los tiempos que corren; tal como seamos nosotros, así será nuestro tiempo”.

En otros sermones suyos, San Agustín reiteró esta idea de que no hay por qué acusar a los tiempos ni al “espíritu de la época”, sino a los mismos humanos que (como los historiadores de hoy mismo) acusan de todo a los tiempos que corren, a la época miserable, difícil y turbia. Porque “el tiempo no ofende a nadie. Los ofendidos son los hombres, y otros hombres son los que infligen las ofensas. ¡Oh dolor! Se ofende a los hombres, se les roba, se les oprime, y ¿por obra de quién? No de leones, no de serpientes, no de escorpiones, sino de los hombres. Y así viven los hombres el dolor de las ofensas, pero ¿no harán ellos mismos otro tanto, así que puedan, y por mucho que lo hayan censurado?”

San Agustín sabía muy bien de qué hablaba, pues la última frase de la cita le cuadra perfectamente a él mismo (véase el capítulo 10).

Como esto, en el fondo, no pueden negarlo los apologistas, nos objetan que algunas veces (es decir, todas las veces que fue necesario, cualquiera que sea el período histórico que consideremos) los protagonistas “no eran cristianos verdaderos”.

Pero veamos, ¿cuándo hubo cristianos verdaderos? ¿Lo fueron los sanguinarios merovingios, los francos tan aficionados a expediciones de saqueo, las mujeres déspotas del período lateranense? ¿Fue cristiana la gran ofensiva de las cruzadas? ¿Lo fueron la quema de brujas y de herejes? ¿La guerra de los Treinta Años? ¿La primera guerra mundial? ¿La segunda, o la del Vietnam? Si todos ésos no fueron cristianos, ¿quién lo ha sido?

En cualquier caso, el espíritu de los tiempos no ha sido siempre el mismo en cada época concreta. Mientras los cristianos iban propagando sus Evangelios, sus creencias, sus dogmas, mientras transmitían su infección a territorios cada vez más extensos, hubo no pocos hombres, como los primeros grandes debeladores del cristianismo, Celso en el siglo II y Porfirio en el III, que supieron alzar una crítica global y aplastante, cuyas razones todavía hoy consideramos justificadas.

Mientras el cristianismo se hacía culpable de tropelías espantosas, el budismo, que no tuvo nunca en la India una Iglesia organizada al estilo occidental, ni autoridad central dedicada a homologar la fe verdadera, daba muestras de una muy superior tolerancia. Los creyentes no sacerdotes no contraían ningún compromiso exclusivo, ni eran obligados a abjurar de otras religiones, ni se convertía a nadie por la fuerza. Sus virtudes pacificadoras pueden observarse, por ejemplo, en la historia del Tíbet, cuyos habitantes, nación guerrera entre las más temidas de Asia, se convirtieron en una de las más pacíficas bajo la influencia del budismo.

En todos los siglos existió una conciencia moral, incluso entre cristianos, y no menos que entre “herejes”. ¿Por qué no habríamos de aplicar al cristianismo su propia escala de medida bíblica, o en ocasiones incluso patrística? ¿No dicen ellos mismos que “por sus frutos los conoceréis”?

Tengo para mí que la historia (y habrá bastado el ejemplo anterior, que no es sino una gota en un océano de injusticias) no puede cultivarse sine ira et studio. Sería contrario a mi sentido de la equidad, a mi compasión para con los hombres. El que no tiene por enemigos a muchos, es enemigo de toda humanidad. Y quien pretenda contemplar la historia sin ira ni afectación, ¿no se parece al que presencia un gran incendio y ve cómo se asfixian y abrasan las víctimas sin hacer nada por salvarlas, limitándose a tomar nota de todo? El historiador que se aferra a los criterios de la ciencia “pura” es forzosamente insincero. O quiere engañar a los demás, o se engaña a sí mismo. Diría más, es un delincuente, porque no puede haber delito peor que la indiferencia. Ser indiferente es facilitar el homicidio permanente.

Y si conserva hoy su validez la sentencia de san Juan Crisóstomo, “el que elogia el pecado es más culpable que el que lo comete”, entonces los que elogian los crímenes de la historia y ensalzan a los criminales, ¿no son incluso peores que éstos? ¿No andarían mejor los asuntos de la humanidad, y también los de la historia, si los historiadores (y las escuelas) iluminasen y educasen basándose en criterios más éticos, condenando los crímenes de los soberanos en vez de alabarlos? Pero la mayoría de los historiadores prefieren difundir las heces del pasado como si hubieran de servir como abono para los paraísos del porvenir.

Ejemplo de ello, para citar sólo uno, es la glorificación cotidiana de Carlomagno (o Carlos el Grande).

Las peores expediciones de saqueo y los genocidios de la historia vienen a llamarse expansiones, consolidación, extensión de las zonas de influencia, cambios en la correlación de fuerzas, procesos de reestructuración, incorporación a los dominios, cristianización, pacificación de tribus limítrofes.

Cuando Carlomagno sojuzga, explota, liquida cuanto encuentra a su alrededor, eso es “centralismo”, “pacificación de un gran imperio”; cuando son otros los que roban y matan, son “correrías e invasiones de los enemigos allende las fronteras” (sarracenos, normandos, eslavos, avaros), según Kámpf. Cuando Carlomagno, con las alforjas llenas de santas reliquias, incendia y mata a gran escala, convirtiéndose así en noble forjador del gran imperio franco, el católico Fleckenstein habla de “integración política”. Algunos especialistas usan expresiones incluso más inocuas, pacíficas, hipócritas y como Camill Wampach, catedrático de nuestra Universidad de Bonn; “El país invitaba a la inmigración, y la región limítrofe de Franconia daba habitantes a las tierras recién liberadas.”

La ley de la selva, en una palabra, que es la que viene dominando en la historia de la humanidad hasta la fecha, siempre que un Estado se lo propuso (u otro se negó a someterse), y no sólo en el mundo cristiano, naturalmente.

Porque, como es lógico, no vamos a decir aquí que el cristianismo sea el único culpable de todas esas miserias. Es posible que algún día, desaparecido el cristianismo, el mundo siga siendo igualmente miserable. Eso no lo sabemos; lo que sí sabemos es que, con él, necesariamente todo ha de continuar igual. Es por eso que he procurado destacar su culpabilidad en todos los casos esenciales que he encontrado, procurando abarcar el mayor número posible de ellos pero, eso sí, sin exagerar, sin sacar las cosas de quicio, como podrían juzgar algunos que, o no tienen ni la menor idea sobre la historia del cristianismo, o han vivido totalmente engañados al respecto.

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Published in: on agosto 7, 2013 at 10:13 pm  Dejar un comentario  

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