Historia Criminal del Cristianismo (extractos) I

Deschners maximus opus

Israel. El país en donde surgió el cristianismo, una estrecha franja costera al este del Mediterráneo, en los confines occidentales de Asia, es un puente entre el Asia Menor y el norte de África, en particular Egipto. En este “rincón de las tormentas” entre ambos continentes rivalizaron las mayores potencias de la Antigüedad.

Los israelitas, pueblo nómada, pastores de ganado según algunos investigadores, ocuparon parte de la tierra de Canaán quizá en el siglo XIV a. de C., y con toda seguridad en el XIII. Ciertamente, adoraban además a otras divinidades y espíritus, como El, de origen semítico, una deidad dotada de un miembro particularmente voluminoso, que luego acabó confundiéndose con Yahvé.

Precisamente, la enemistad contra los filisteos, quienes, procedentes seguramente de las islas del Egeo, dominaban cinco ciudades costeras (Gaza, Astod, Ekron, Ascalón y Gath), sirvió para dar forma al delirio nacionalista judío y forjar la unión de las tribus, antes mal avenidas. Los israelitas guerrearon contra los tiskal, los midianitas, los arameos y, cómo no, también contra ellos mismos, hasta el punto que Bethel (= la casa de Dios), pongamos por caso, fue destruida cuatro veces entre los años 1200 y 1000 a. de C.

La regla de oro para el trato con una ciudad enemiga: “Cuando gracias a Yahvé, tu Señor, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como las bestias y todo cuanto hubiere en ella”. Evidentemente, tan misericordioso trato sólo está reservado a los enemigos lejanos; a los más próximos: “Ni uno solo debe quedar con vida”.

Pero ese Dios, obsesionado por su absolutismo como ningún otro en toda la historia de las religiones, y de una crueldad asimismo inigualada, es el mismo Dios de la historia del cristianismo.

Todavía hoy pretende que la humanidad crea en él, que le rece, que entregue la vida por él. Es un Dios tan singularmente sanguinario que “absorbió lo demoníaco”. Porque, “siendo él mismo el demonio más poderoso, no necesitó Israel demonios de ninguna otra especie” (Volz). Es un Dios que hierve de celos y de afán de venganza, que no admite ninguna tolerancia, que prohíbe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles, los goyim, por antonomasia calificados de rasha, gente sin dios. Contra éstos reclama “espadas bien afiladas” para ejercer el “exterminio”.

“Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones… has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos… Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos.”

Nada complace tanto a ese Dios como la venganza y la ruina. Se embriaga de sangre. Desde el “asentamiento”, los libros históricos del Antiguo Testamento “no son sino larga crónica de matanzas siempre renovadas, sin motivo y sin misericordia” (Brock).

El 7 de febrero de 1980, el teólogo judío Pinchas Lapide inauguraba en la Universidad de Munich unas sesiones de la “Sociedad para la colaboración judeo-cristiana” con una conferencia sobre “Lo específico del judaísmo”. En ella había la afirmación siguiente: que si fuese preciso resumir la fe de Israel en una sola frase, de manera telegráfica, la misma tendría que ser “la sed de unidad”.

Prescindiendo que la sed de unidad, como nos enseña la historia, suele acarrear consecuencias catastróficas, ¿no sería más justo hablar de sed de sangre? Pero Lapide, como casi todos los teólogos, en realidad no piensa en la historia bíblica, sino en la teología, y por eso deduce como “primera consecuencia del monoteísmo judío” la existencia de una “ética unitaria”, ¡y afirma que el valor más elevado de dicha fe sería el respeto a la vida humana!, “porque, para salvar una vida, y aunque fuese la propia, no sólo pueden, sino que deben quebrarse temporalmente casi todos los mandamientos…”

Sin embargo, ¿no nos enseña la historia bíblica de Israel (y no pocos episodios de la contemporánea) que, en efecto, los mandamientos se quiebran a menudo, aunque no para salvar vidas, sino para destruirlas? Lo que no obsta para que Lapide llegue a esta segunda conclusión: que el monoteísmo judío implica “la igualdad de todos los hijos de Dios” y “el mismo derecho de todos los mortales a la salvación”, en concordancia con el “mensaje gozoso del monte Sinaí, que ahoga en germen toda pretensión de pueblo elegido…

Sin embargo, en la Biblia, tal como nosotros la conocemos, predomina un tono muy diferente. Ese Dios de la Biblia es incluso peor que su pueblo. No exige respeto a la vida humana, ni reconoce la igualdad entre todos, ni el derecho de todos a la salvación por igual, sino todo lo contrario. Una y otra vez protesta contra el que no se hayan ejecutado sus órdenes de exterminio, de que se haya confraternizado excesivamente con los infieles.

“Tampoco exterminaron las naciones que les había mandado el Señor, antes se mezclaron con los gentiles, y aprendieron su sobras, y dieron culto a sus ídolos, y fue para ellos un tropiezo…”

Porque ese Dios quiere ser un Dios exclusivo, que no consiente a su lado ninguna otra cosa, “always at war with other gods” (Dewick). Los rivales deben desaparecer. Se anuncia la guerra total de religión, ¡la tabula rasa!

“Asolad todos los lugares en donde las gentes, que habéis de conquistar, adoraron a sus dioses… Destruid sus altares y quebrad sus estatuas; entregad al fuego sus bosques profanos; desmenuzad los ídolos y borrad sus nombres de aquellos lugares.”

Órdenes tantísimas veces reiteradas por “el buen Dios” en el Antiguo Testamento. Y si alguno se niega, o incluso propone servir a dioses ajenos, aunque sea el hermano, el hijo o la hija, “o tu mujer, que es la prenda de tu corazón”, debe morir, y “tú serás el primero en alzar la mano contra él.”

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Published in: on agosto 20, 2013 at 6:16 pm  Comments (1)  

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  1. Reblogueó esto en La Gran Raza De Yith.


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