Historia Criminal del Cristianismo (extractos) II

Deschners maximus opus

Pero ni siquiera esto bastaba a Moisés, personaje a quien un opúsculo de 1598, De los tres grandes embusteros, achacaba “los mayores y más flagrantes crímenes” (summa et gravissime Mosis crimina), pues “enojado contra los jefes del ejército” preguntó cómo habían dejado con vida a las mujeres y a los niños: “Matad, pues, todos cuantos varones hubiere, aun a los niños, y degollad a las mujeres que han conocido varón; reservaos solamente a las niñas y a todas las doncellas. […] Y se halló que el botín cogido por el ejército era de seiscientas y setenta y cinco mil ovejas, setenta y dos mil bueyes; asnos, setenta y un mil; y de treinta y dos mil personas vírgenes del sexo femenino”; muertes y rapiñas tremendas que, además, eran contrarias a los mandamientos quinto y séptimo del propio Moisés.

En una palabra, perpetran las atrocidades más horribles y se alaban por ello, y queman ciudades y aldeas hasta no dejar piedra sobre piedra. Hoy día, cuando se excavan los antiguos doblamientos cananeos, es frecuente hallar un grueso estrato de cenizas que confirma la destrucción por el fuego. Una de las ciudades palestinas más importantes del eneolítico tardío, Asdod o Tell-Isdud, emplazada sobre la ruta internacional del mar (via maris) y que llegaría a ser la capital de la Pentápolis filistea, desapareció destruida por el fuego en el siglo XIII a. de C., lo mismo que su vecina Tell-Mor, seguramente.

A veces el exterminio se extendía a tribus enteras, y es que era común el lanzar contra el enemigo la forma más severa de la guerra decretada por el Señor, el anatema (en hebreo herám, que era la negación propiamente dicha de la vida, y cuya palabra deriva de una raíz que significa “sagrado” para los semitas occidentales), ofrecido a Yahvé como una especie de inmensa hecatombe o “sacrificio ritual”. No por casualidad se han comparado las descripciones bíblicas del “asentamiento” con las posteriores campañas del Islam (ni con mucho tan sangrientas como aquéllas), cuando se dice que los conquistadores debían sentirse verdaderamente “depositarios de la palabra de Dios” y protagonistas de una guerra santa. “Sólo éstas, no las profanas, terminan con el anatema que supone el exterminio de todos los vivientes en nombre de Yahvé” (Gamm). Precisamente, “la destrucción de raíz […] sólo encuentra explicación en el fanatismo religioso de los israelitas”.

Son los casos en que el Señor manda expresamente: “Porque en las ciudades que se te darán no dejarás un alma viviente, sino que a todos sin distinción los pasarás a cuchillo; es a saber, al heteo y alamorreo, y al cananeo y al fereceo, y al heveo y al jebuseo, como el Señor tu Dios te tiene mandado, para que no os enseñen a cometer todas las abominaciones que han usado ellos con sus dioses, y ofendáis a Dios vuestro Señor”.

Semejantes excesos de la fe tenían su origen, en primer lugar, en el nacionalismo de aquel pueblo antiguo, sin duda uno de los más extremistas que se hayan conocido, unido a la rigurosidad de un monoteísmo desconocido en aquellas regiones. Ambos elementos se potenciaban mutuamente en la pretensión de ser el pueblo elegido.

Los israelitas de la época predavídica perpetraron los crímenes más terribles, y celebraron el genocidio como acción agradable a los ojos del Señor, casi como símbolo de la fe. Y esa “guerra santa”, entonces y más tarde llevada a cabo con especial vehemencia, sin admitir ni negociaciones, ni pactos, sino sólo el exterminio del enemigo, del incircunciso (o del no bautizado, del “hereje”, del “infiel”), es “un rasgo típicamente israelita” (Ringgren). Según la mayoría de los aspectos, la descripción veterotestamentaria del libro de los Jueces, fechada entre 1200 y 1050, es decir, siglo y medio después del “asentamiento”, es una fuente de información si no del todo fiable, sí bastante válida; y en ella apenas se menciona otra cosa que “guerras santas”. Éstas empezaban siempre con bendiciones, después de un período de continencia sexual, y terminaban por lo general con la liquidación total del enemigo, hombres, mujeres y niños. “Las ruinas de muchas aldeas y ciudades, repetidamente destruidas durante los siglos XII y XI, proporcionan el más gráfico de los comentarios arqueológicos” (Cornfeld/Botterweck).

El Arca de la Alianza, garantía de la presencia divina, acompañaba a las masacres.

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Published in: on agosto 25, 2013 at 1:30 pm  Comments (1)  

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  1. Reblogueó esto en La Gran Raza De Yith.


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