Historia Criminal del Cristianismo – III

Deschners maximus opus

Los estragos de David y los traductores modernos de la Biblia

Samuel, último juez de Israel y primer profeta, peleó contra los filisteos y los derrotó pero luego, sintiéndose viejo, hizo ungir caudillo del ejército a Saúl y le ordenó en nombre de Dios:

“Ve, pues, ahora y destroza a Amalec y arrasa cuanto tiene: no le perdones, ni codicies nada de sus bienes, sino mátalo todo, hombres y mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos…”

La católica enciclopedia de muchos tomos Lexikon für Theologie und Kirche apostilla que el profeta en cuestión fue un personaje “sin tacha”, y aún va más lejos en el elogio de su sucesor: “Un gran afán en la defensa de la teocracia, de la ley y del derecho, fue la mayor prenda del carácter de Saúl”. Y este rey, el primero de Israel (1020-1000) ungido por Samuel, figura típicamente “carismática” a través de quien actuaba “el espíritu del Señor” y, sin embargo, “psicópata evidentemente depresivo y atormentado por la manía persecutoria” (Beck), continuó con energía la tradición de las “guerras santas”. Como cuenta la Biblia, Saúl combatió a “cuantos enemigos le rodeaban”, moabitas, amonitas, edomitas, contra los reyes de filisteos y amalecitas. Eso sí, cuando de acuerdo con las órdenes superiores hizo matar a todos los amalecitas incluidos los niños de pecho, pero se guardó los mejores ganados, incurrió en la ira del Señor y en la del profeta Samuel, tras lo cual sufrió una tremenda derrota a manos de los filisteos y se suicidó: por cierto, éste es el primer acto de este género que menciona la Biblia.

Su sucesor, David, nombre que significa el escogido (de Dios), el que compró como esposa a la hija de Saúl, Micol, por el precio de cien prepucios de filisteos, hacia el final del milenio anunció el principio del Estado nacional y consiguió así el máximo período de esplendor para Israel, cuyas posesiones llegaron entonces desde la Siria media hasta los límites de Egipto; era la nación más fuerte entre los grandes imperios de Mesopotamia, Hamath y Egipto.

Tal como había sucedido con Saúl, también de David (1000-961) se apoderó “el espíritu del Señor” y le hizo emprender una campaña tras otra, ya que eran muchos los “opresores”: al norte. Y así lo reconoció David en su himno de acción de gracias: “Perseguiré a mis enemigos, los exterminaré: no volveré atrás hasta acabar con ellos. Los consumiré y haré añicos, de suerte que no puedan ya reponerse. Caerán todos bajo mis pies”. “Pero nunca empezó él una guerra”—le alaba san Ambrosio, doctor de la Iglesia— sin haber pedido consejo al Señor.

Se le admira no sólo en la teología judía, sino también en la cristiana y la islámica como persona de destacada significación religiosa. “Siempre que salió en campaña, David no dejó hombre ni mujer con vida—le alaban las Sagradas Escrituras—; así hacía David cuando moraba en tierra de filisteos.” Entre otras costumbres del elegido del Señor figuraba la de cortarles los tendones a los caballos del enemigo; alguna vez se empleó también en cortar manos y pies a los enemigos mismos. Otra de las aficiones del “divino David, profeta grande y suavísimo” (según el obispo Teodoreto, historiador de la Iglesia) consistía en picar a los prisioneros con serruchos y tenazas de hierro y quemarlos en hornos de ladrillos, como hizo con los habitantes de todas las ciudades amonitas.

Viene al caso recordar que, en 1956, el Consejo de la Iglesia evangélica alemana y la Unión de las Sociedades Bíblicas Evangélicas acordaron la edición de una Biblia, “según la versión de Martín Lutero en lengua alemana”, edición que, autorizada en 1964 y publicada en 1971, reproduce de la manera siguiente el pasaje que acabo de citar: “A los habitantes los sacó, y púsolos a trabajar como esclavos con las sierras y las hachas de hierro, y en los hornos de ladrillos”.

Sin embargo, Martín Lutero lo había traducido así:

“A los habitantes los sacó, y mandó que fuesen aserrados, haciendo pasar narrias de hierro, y despedazarlos con cuchillos, y arrojarlos a los hornos de ladrillos”.

Este pasaje se corresponde con otro del Libro 1° de las Crónicas (20,3), en donde la susodicha Biblia autorizada por el Consejo de la Iglesia evangélica alemana, “según la versión de Martín Lutero”, dice: “A cuyos habitantes los hizo salir fuera, y sometiólos a la servidumbre del trabajo en los trillos, sierras y rastras”, pero las palabras que Lutero escribió fueron:

“A cuyos habitantes los hizo salir fuera, e hizo pasar por encima de ellos trillos y rastras, y carros armados de cortantes hoces; de manera que quedaban hechos piezas y añicos”.

Eso es una falsificación, y responde a un cierto método.

En el decurso de los últimos cien años, la Iglesia evangélica ha propuesto nada menos que tres revisiones de la Biblia luterana. Poco se figuraba Lutero que sus herederos espirituales iban a enmendarle la plana tan ampliamente, él cuyo lema como traductor fue que “las palabras deben ponerse al servicio de la causa, y no la causa al servicio de las palabras”.

Cuando la Iglesia evangélica anuncia una Biblia, “según la versión de Martín Lutero en lengua alemana”, en realidad vende una crasa falsificación. De todas maneras, si los hubieran hecho esclavos, siendo ellos unos idólatras, seguramente no habrían corrido una suerte mucho más envidiable, incluso los no combatientes; como ha comentado el arqueólogo Glueck, que excavó la ruinas de Eilat, sobre los esclavos del Estado que allí trabajaban en los hornos de ladrillos: “The rate of mortality must have been terrific”.

En la Biblia, un tal Semeí maldice a David llamándole “sanguinario” y le arroja piedras; Erich Brock y algunos más han opinado que “no era para menos”. Hasta el propio Señor lo confirma: “Tú has derramado mucha sangre, y hecho muchas guerras”. Pero, eso sí, siempre “con el Señor”, siempre “por voluntad del Señor”; por ello, sin duda, “miraba el Señor a David con agrado”, por ejemplo después de escabechar a “veintidós mil arameos”, o tras una matanza de “dieciocho mil” edomitas. “Haz todo cuanto te inspira tu corazón, porque Dios está contigo”, dice en otro lugar; “contigo he andado en todas tus marchas, y en tu presencia he derrotado a todos tus enemigos, y te he dado renombre, cual puede tenerlo uno de los magnates que son famosos sobre la tierra”.

Aunque los nombres de “los magnates famosos sobre la tierra”, a menudo, no sean sino la nómina de los más grandes criminales. El “sanguinario” David, no obstante, y al modo de todos los sanguinarios por devoción, da fe de su propia “rectitud”, de su propia “pureza”: “El Señor me recompensará según mi justicia, y me tratará según la pureza de mis manos”; “he vivido con inocencia de corazón en medio de mi familia”; “jamás he puesto la mira en cosa injusta”.

Pero si Dios alabó al “sanguinario” David por cumplir sus mandamientos y andar siempre bajo la sombra del Señor, haciendo sólo lo que pudiese agradarle, y si David se alabó a sí mismo, también le ha alabado siempre, incansable, el clero cristiano que, como me propongo demostrar, en todas las épocas ha estado a favor de los grandes criminales de la historia, en la medida en que ello pudiera serle de utilidad. El mismo rey “sanguinario” fue el primero en favorecer al clero cuanto pudo, y por eso ha servido de ejemplo durante milenios: por ser fiel al Señor, por hacer la guerra en nombre del Señor, por santificar el botín destinándolo a la construcción del Templo (quien intentase ocultar la contribución se exponía al exterminio de toda su familia, ganado incluido).

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Published in: on septiembre 6, 2013 at 6:44 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Hola!
    Me parece que el título “Historia criminal del cristianismo” es parcial, pues la mayor parte de la escenas sanguinarias que publicas son tomadas del Antiguo Testamento.. El Cristianismo afirma la identidad entre el Dios del AT y el Dios del NT (incluso hubo uno tachado de hereje que afirmaba que no eran el mismo)…
    La Biblia, considerada por los cristianos como libro inspirado, está fuertemente condicionada por la idiosincracia y manera de ver el mundo de sus autores humanos.
    Te recomiendo una página católica sobre el tema. Saludos.

    http://www.auladebiblia.com/introduccion/tema6/tema6.html


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