Tormenta infernal: capítulo 10

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



Los pasillos del infierno

Debido a que su conocimiento de la lengua y la cultura era excelente, muchos de los oficiales de inteligencia que acompañaban a las fuerzas americanas y británicas dentro del Reich eran refugiados judíos que habían huido de la persecución nazi a finales de los años treinta.

En teoría, la “desnazificación” era un simple reemplazo de oficiales nazis por fundamentos democráticos, socialistas o comunistas. En la práctica, la purga se convirtió en poco más que un pretexto para una orgía de violación, tortura y muerte.

Un hombre que se opuso al programa de venganza fue George Patton. “Evidentemente, el virus comenzó con Morgenthau y Bernard Baruch: una venganza semita contra todos los alemanes continúa”, escribió el general al privado. “Estoy francamente en contra de esta guerra criminal. No es un deporte inglés sino algo semita… No puedo ver cómo los estadounidenses pudieron caer tan bajo”.

Horrible como desnazificación fue en las zonas británicas, francesas y especialmente en las zonas conquistadas por Estados Unidos, no fue nada en comparación con lo que sucedía en Polonia, tras las líneas soviéticas. En cientos de campos de concentración patrocinados por un aparato denominado “Oficina de Seguridad del Estado”, miles de alemanes—hombres y mujeres, viejos y jóvenes, altos y bajos, nazis y antinazis, SS, Wehrmacht, Volkssturm, la juventud de Hitler, todos—fueron detenidos y encarcelados. Atendido y dirigido por judíos, con la ayuda de polacos, checos, rusos y otros supervivientes de los campos de concentración, las cárceles eran prácticamente cámaras de tortura donde morir era una cosa que se prolongaba, no que se apresuraba. Mientras que aquellos con el pelo rubio, ojos azules y buenos rasgos eran los primeros en morir, cualquier cosa que hablaba alemán moría también.

Después de apenas sobrevivir su “interrogatorio”, un muchacho de catorce años de edad fue llevado a la enfermería del campo. “Mi cuerpo estaba verde, pero mis piernas eran de color rojo fuego”, dijo el muchacho. “Mis heridas se han unido con el papel higiénico, y tuve que cambiar el papel higiénico cada día. Estaba en el lugar perfecto para ver lo que pasaba… Todos los pacientes eran personas golpeadas y morían en todas partes: en la cama, en el baño, en el inodoro. Por la noche, tuve que pasar por encima de los muertos como si fuera normal el hacerlo”.

En los campos más grandes de prisioneros, los alemanes morían por centenares diariamente.

“¡Cerdos!” El comandante gritó, y golpeó a los alemanes con sus taburetes, a menudo matándolos. Muchos días en la madrugada un guardia judío clamó: “Eins! Zwei! Drei! Vier!”

Luego el guardia gritaba: “desvístanse” y, cuando los alemanes estaban desnudos, les pegaba, les vertía líquido de estiércol, o atrapando a un sapo empujaba la gruesa cosa en la garganta de un alemán, quien moría poco después.

Algunos alemanes se vieron obligados a arrastrarse en cuatro patas y comer sus propios excrementos, así como los de los demás. Muchos se ahogaron en las letrinas abiertas. A cientos de personas se les acarreaba en los edificios y fueron quemados vivos o encerrados en ataúdes y enterrados vivos.

Cuando algunos relatos sobre los atroces crímenes de Polonia comenzaron a filtrarse, muchos en Occidente quedaron atónitos. “Uno esperaría que después de los horrores de los campos de concentración nazis, nada de eso pudiera pasar otra vez”, murmuró un senador americano, quien informó sobre palizas, torturas y “cerebros salpicadas en el techo”. Freda Utley, quien se enteró del horror después de hablar con el jurista estadounidense Edward van Roden, escribió:

Van Roden dijo: “A todos menos dos de los alemanes en los 139 casos que investigamos se les había pateado en los testículos más allá de que estos órganos pudieran sanar. Este era un procedimiento operativo estándar de nuestros investigadores estadounidenses”.

Cuando críticas como las de Utley y van Roden salieron a la superficie, todavía en tiempos en que las víctimas eran colgadas por cientos, los responsables defendieron sus métodos. “No podríamos haber hecho que esos pájaros hablaran de otra manera”, explicó el coronel A.H. Rosenfed. “Fue un truco, y funcionó a las mil maravillas”.

Nada antisemita ella misma, sino que compartía tanto el mismo fervor antinazi así como el fervor anticomunista, la periodista Freda Utley explicó el creciente espíritu de esos tiempos en The High Cost of Vengeance (El alto costo de la venganza): “Son los judíos americanos (a menudo también los polacos o rusos) y los exiliados retornados quienes parecen decididos a vengar la agonía de los judíos en el Reich de Hitler al castigar a todo el pueblo alemán”.

Un año después del final de la guerra, el antiguo Reich era todavía una tierra de “trogloditas”, con residentes urbanos que se aferraban precariamente a sus cuevas y grietas. Después de ver con sus propios ojos las condiciones en Hamburgo, Victor Gollancz se horrorizó. El editor judío le dijo a su mujer en Inglaterra:

Ella [una sobreviviente alemána] parecía de cincuenta años pero sospechaba que tenía unos veinticinco: una extraordinaria criatura con una enorme nariz, un huesudo y demacrado rostro, y varios dientes ausentes. También parecía estar medio coja, y su mano temblaba terriblemente, supongo que de hambre.

Sin protección, los huérfanos envejecían rápido y las niñas más rápido que todos. Al igual que sus hermanas mayores, los niños pronto descubrieron que la venta de sus cuerpos podía evitar la inanición.

En su mensaje de víspera de Navidad de 1945, el Papa Pío XII hizo un llamado al mundo para poner fin a la “crueldad mal concebida” que, sin conocimiento público, destruía al pueblo alemán. Tan poderosa como podía ser la petición papal, sin duda un informe posterior presentado por Herbert Hoover acarreó mayores consecuencias. Después de visitar Alemania, el ex presidente de los Estados Unidos dijo que los niños sin hogar se congelaban a muerte por centenares.

También salían a la superficie horribles historias de las cámaras de tortura aliadas. “LOS ESTADOUNIDENSES TORTURAN A LOS ALEMANES PARA OBTENER CONFESIONES”, corrieron titulares británicos. “Una fea historia sobre las bárbaras torturas infligida en nombre de la justicia aliada… hombres fuertes fueron reducidos a la ruina y listos para mascullar cualquier cosa que exigieran sus fiscales”.

Avergonzados y estupefactos, muchos estadounidenses quedaron impactados. El enterarse de las atrocidades aliadas contra Alemania en su conjunto, era, dijo Henrick Shipstead en el pleno del Senado estadounidense, “un monumento de perene vergüenza americana: el Plan Morgenthau para la destrucción de la gente de habla alemana”. Aunque Henry Morgenthau había sido destituido por Truman, y aunque algunos de los aspectos más salvajes de su plan habían sido dejados de lado, el acuerdo firmado por los victoriosos aliados en Potsdam fue en muchos aspectos más draconiano que el documento original.

No obstante, a pesar de que crecía el coro de los críticos sobre el tratamiento sádico de Alemania, una pesadilla de proporciones casi increíbles se desarrollaba detrás de la Cortina de Hierro.


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Si usted sabe inglés, lea el libro entero sobre este Holocausto perpetrado sobre el pueblo alemán por las fuerzas aliadas: un Holocausto encubierto ya casi por setenta años.

Tormenta infernal (Hellstorm) está disponible vía Amazon o el editor.

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