Tormenta infernal: capítulo 11

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



El mayor crimen de nuestra época

En virtud de acuerdos de Yalta, articulados en Potsdam, Rusia recibiría grandes extensiones de territorios alemanes y polacos en el este y, como compensación, Polonia absorbería grandes extensiones del ex Reich en el oeste, incluyendo gran parte de Prusia, Pomerania y la muy rica e industrializada provincia de Silesia. Lo que tal acción implicaba fue escalofriantemente revelado por Winston Churchill. Cuando un oficial polaco expresó dudas de que la expulsión masiva de personas podría llevarse a cabo, el primer ministro británico despachó así sus preocupaciones: “No hagas caso a los cinco o más millones de alemanes. Stalin se encargará de ellos. Usted no tendrá ningún problema con ellos: Van a dejar de existir”.

Cuando historias terribles como lo dicho arriba [la implementación genocida de los acuerdos de Potsdam descritos por Goodrich en diecisiete páginas] comenzaron a circular en Estados Unidos y Gran Bretaña, los lectores se sorprendieron y escandalizaron. Vengativos y sanguinarios como muchos occidentales habían sido durante la guerra, en tiempos de paz la mayoría no tenía estómago para una masacre fría y calculada del enemigo caído.

“Se está haciendo un intento deliberado de exterminar a millones de alemanes: privándolos de sus hogares y de alimentos; dejándolos morir a través de una lenta inanición”, advirtió el influyente filósofo británico Bertrand Russell en The London Times. “Esto no se hace como acto de guerra, sino como parte de una deliberada política de ‘paz’”.

“La escala de este reasentamiento y las condiciones en que se lleva a cabo no tienen precedentes en la historia”, añadió Anne O’Hare McCormick en el New York Times. “Nadie que de primera mano vea estos horrores puede dudar que se trata de un crimen contra la humanidad”.

Austin App, un académico estadounidense igualmente indignado, escribió:

¿No podría cada uno de nosotros escribirle al presidente Truman y otra carta a cada uno de nuestros senadores, pidiendo que no hagan de Estados Unidos un socio en la mayor atrocidad masiva ahora registrada en la historia? Llamarle “la mayor atrocidad masiva hasta ahora registrada en la historia” no es retórica ni ignorancia histórica, sino verdad y cordura.

El hecho de repartir tres o cuatro antiguas provincias de un país, y luego saquear y despojar a nueve millones de personas de sus casas, granjas, ganado, muebles, e incluso ropa, y luego expulsarlas de las tierras que han habitado durante 700 años sin distinción entre inocentes y culpables, para llevarlos como animales no deseados a pie a las provincias lejanas, sin protección, sin techo, y con hambre es una atrocidad tan grande que la historia los no osa registrar.

Afortunadamente, estas voces de protesta y la presión que ejercieron sobre los líderes occidentales eran signos de que el tormento físico de Alemania se acercaba a su fin. Por desgracia, cuando las historias llegaron al dominio público casi todas las acciones ya habían sido consumadas. De los aproximadamente once millones lanzados de sus hogares en Prusia, Pomerania y Silesia, se estima que dos millones, en su mayoría mujeres y niños, perecieron. Igualmente horrible, aunque menos conocido, fue que cerca de un millón de alemanes murieron durante una expulsión similar en Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Yugoslavia. Además, se estima que más de cuatro millones de alemanes fueron enviados al este de Rusia y en otros lugares donde sus probabilidades de sobrevivir como esclavos eran peores que en calidad de refugiados.

Mientras que líderes occidentales como Winston Churchill expresaron asombro ante la tragedia que había caído en el este de Alemania, poco se dijo sobre la hambruna deliberada en el resto del Reich, y el silencio absoluto reinaba sobre las cámaras de tortura de los aliados en Alemania y Polonia; las masacres de los miembros del partido nazi y tropas de las SS ahí donde los encontraban, o los campos de la muerte dirigidos por Eisenhower. En su conjunto no es improbable que más alemanes murieran durante los primeros dos años de “paz” que los que murieron durante los seis años anteriores de guerra. Como la revista Time había dicho, realmente fue “la paz más terrible de la historia”.

Ninguno de los grandes (o menores) crímenes de guerra aliados corría el riesgo de ser llamado a rendir cuentas—ni lejanamente. En niveles inferiores, los aliados que cometieron las atrocidades de Dachau, Nemmersdorf y otros miles de puntos en el mapa fueron perdonados discretamente, mientras que en el extremo superior los generales americanos se convirtieron en presidentes, y, los primeros ministros ingleses, en caballeros británicos.

Mientras tanto, las auténticas voces de conciencia se ahogaban entre un verdadero mar de adulación aliada junto con la celebración de la victoria, además de que gran parte de la atención mundial puso sus ojos en Nuremberg. Allí los vencedores se sentaron juicio sobre los vencidos. Allí los líderes alemanes fueron acusados, juzgados, declarados culpables y ahorcados por haber fraguado una guerra de agresión… para hacer la guerra criminal… por crímenes contra la paz y la humanidad… por crímenes de lesa… Y todo esto se hizo con aires de presunción y en toda seriedad.

Desde lejos Austin App vio la farsa de Nuremberg con creciente indignación. Al igual que muchos otros, el académico estadounidense había seguido de cerca el curso de la guerra, y estaba indignado por tamaña hipocresía:

Los alemanes tienen mucho de qué sentirse culpable ante Dios. Pero no tienen nada que sentirse culpable frente a los aliados. Cualquier alemán que aún se siente culpable ante ellos es un tonto.


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Si usted sabe inglés, lea el libro entero sobre este Holocausto perpetrado sobre el pueblo alemán por las fuerzas aliadas: un Holocausto encubierto ya casi por setenta años.

Tormenta infernal (Hellstorm) está disponible vía Amazon o el editor.

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Published in: on marzo 24, 2015 at 1:00 am  Dejar un comentario  

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