Tormenta infernal: capítulo 9

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



Una guerra sin fin

En su propio recuento de víctimas del bombardeo, los británicos calcularon que habían matado de 300,000 a 600,000 civiles alemanes. Que algunas fuentes del ataque a Dresde calcularon que sólo allí habían muerto de 300,000 a 400,000 sugiere que las cifras británicas previamente mencionadas fueron, tal vez deliberadamente, minimizadas. Sea cual sea la cifra exacta, el hecho es que algunas familias alemanas sobrevivieron a la guerra, aunque en muchas ciudades y pueblos los muertos literalmente superaban en número a los vivos.

Para Alemania, el 8 de mayo de 1945 se conoció como “La Hora Cero”, el final de una pesadilla y el comienzo de un futuro incierto y oscuro. La mayoría supuso, sin duda, que aunque las semanas y meses próximos serían muy duros, lo peor ya estaba detrás de ellos.

Estaban equivocados: aún lo tenía por delante.

Aunque a la sombra de oprobio público, el Plan Morgenthau para Alemania nunca fue abandonado por Franklin Roosevelt. De hecho, hasta su muerte, el presidente estadounidense había favorecido en secreto el enfoque “cartaginés” al Reich conquistado. Cuando el sucesor de Roosevelt, Harry Truman, se reunió en Potsdam con Stalin y el nuevo primer ministro británico, Clemente Attlee, en julio de 1945, la mayoría de los más incisivos puntos del esquema de Morgenthau habían quedado sobre la mesa. Con la firma de los tres grandes, el plan entró en vigor.

El saqueo de Alemania por la Unión Soviética comenzó cuando el Ejército Rojo penetró en Prusia en 1944. Al terminar la guerra, el saqueo metódico de Stalin en la zona de ocupación rusa alcanzó grandes dimensiones. Acero, molinos de granos, aserraderos, las refinerías de petróleo y azúcar, plantas químicas, obras ópticas, fábricas de calzado y otras industrias pesadas se desmontaron hasta la última tuerca para ser enviados al este de la Unión Soviética, donde se volvieron a montar. Mientras que el gobierno soviético saqueaba a gran escala, el soldado rojo común era aún más meticuloso. Escribió una mujer de Silesia:

Los rusos barrían sistemáticamente todo donde pasaban: máquinas de coser, pianos, pianos de cola, baños, grifos de agua, plantas eléctricas, camas, colchones, alfombras, etc. Destruyeron lo que no podían llevar con ellos. En ningún pueblo podía uno ver una vaca, un caballo, un cerdo… Los rusos se habían llevado todo hacia el este, o lo habían usado.

Como esta mujer dejó en claro, lo que no fue saqueado fue destruido. A diferencia de su primitivo aliado soviético, los Estados Unidos no tenían necesidad de plantas y fábricas alemanas. Sin embargo, como Ralph Franklin Keeling señaló, los estadounidenses fueron con mucho los “más celosos” en destruir la capacidad del Reich para recuperarse. Continúa el historiador:

Aunque Estados Unidos emprendió la tarea de desmantelar y dinamitar las plantas alemanas con más fervor que en cualquier otra zona, nuestro motivo era muy diferente de los motivos de los demás aliados.

Rusia no sufrió escasez de mano de obra esclava. Además de los millones de rusos disidentes, los refugiados repatriados y los presos de la Wehrmacht de los gulags, había millones de civiles alemanes del Reich secuestrados. “Los gritos, gemidos y aullidos en la plaza me perseguirán el resto de mi vida”, recordaba una mujer horrorizada.

Sin piedad las mujeres fueron conducidas en filas de cuatro. Las madres tuvieron que dejar a sus pequeños niños detrás. Di gracias a Dios desde el fondo de mi corazón que mi hijo había muerto en Berlín poco después de nacer… Las víctimas desgraciadas fueron puestas en marcha por el chasquido de los látigos rusos.

“Una joven saltó del puente al agua. Los guardias dispararon salvajemente contra ella, y vi que se hundía”, recuerda Anna Schwartz. “Un hombre joven, que tenía una enfermedad cardiaca, se lanzó al río Vístula. También recibió un disparo.” Cuando los trenes llegaron finalmente a su destino “la muerte realmente empezó”, recuerda Schwartz.

Nuestro campamento era un lugar grande con una cerca de alambre de púas, de dos metros de altura. Dentro de la cerca, a una distancia de dos metros, había otra pequeña valla de alambre de púas, y no se nos permitía acercarnos a él.

Si bien el campamento de Anna hacía vías del ferrocarril y trabajaban día tras día “como una manada de animales de tiro”, mientras que otros trabajaban en los campos, fábricas, turberas y campamentos madereros, miles más fueron relegados a las minas.

(Alemanes enviados a los gulags)

“Cada día en el campamento de carbón al menos entre quince y veinticinco personas morían”, dijo la esclava Gertrude Schultz. “A media noche los cadáveres eran llevados desnudos en camillas al bosque y los ponían en una fosa común. Eternamente teníamos hambre”, recuerda Erich Gerhardt. “El tratamiento de los guardias rusos era casi siempre muy malo. Éramos esqueletos andantes”.

Continuando la política de sus predecesores, Harry Truman y Clement Attlee permitieron que el espíritu de Yalta y de Morgenthau dictara su curso en la Alemania de posguerra. A causa de la hambruna que crearon, se estimaba que treinta millones de alemanes sucumbirían. Ya bien entrado el camino de la inanición incluso antes de la rendición, los alemanes que sobrevivieron a la guerra ahora luchaban por sobrevivir.

Los efectos mortales de la desnutrición pronto se hicieron evidentes. Un observador horrorizado escribió:

Están demacrados al hueso. Sus ropas cuelgan sueltas en el cuerpo, las extremidades inferiores son como los huesos de un esqueleto, sus manos tiemblan como si tuvieran parálisis. El peso de las mujeres de estatura media ha caído muy por debajo de las 110 libras. A menudo, las mujeres de edad fértil no pesan más de 65 libras.

“La mortalidad infantil ha alcanzado la horrible cifra del 90 por ciento”, agregó otro testigo de la tragedia.

Cuando un puñado de informes como el de arriba comenzó a filtrarse entre el pueblo estadounidense y británico, muchos se sorprendieron, horrorizaron y se indignaron de la masacre secreta que cometían en su nombre. Preocupado de que el departamento de Estado de EE.UU. había tratado de mantener un informe oficial sobre la situación en Alemania fuera del escrutinio público, el senador Homer Capehart de Indiana le respondió al senador James Eastland:

Este gobierno ha estado llevando a cabo una deliberada política de hambruna sin distinción alguna entre los inocentes y los indefensos de los culpables.

Sorprendentemente, una de las voces más estridentes que se alzaron contra la silenciosa masacre fue la de un influyente periodista judío, Victor Gollancz: “El hecho es que estamos matando de hambre al pueblo alemán”. Si bien Gollancz estaba bajo la impresión de que el hambre no había sido producida adrede, sino más bien un resultado de incompetencia e indiferencia, otros no estuvieron de acuerdo.

“Por el contrario”, exclamó el Chicago Daily Tribune, es el producto de previsión. Se planeó deliberadamente en Yalta por Roosevelt, Stalin y Churchill, y el programa fue confirmado más tarde, en toda su brutalidad, por Truman, Attlee, y Stalin… La intención de matar de hambre al pueblo alemán se lleva a cabo sin remordimientos desconocidos en occidente desde la conquista de los mongoles”.

Debido a estas y otras voces, los funcionarios aliados se vieron obligados a responder. “Nosotros nunca toleramos prácticas inhumanas con los indefensos ajenas al espíritu americano”, aseguró Eisenhower ¡mientras los alemanes morían por miles en sus campos de exterminio! Cuando el senador Albert Hawkes de Nueva Jersey le rogó al presidente Truman atajar la catástrofe y permitir que los paquetes de alimentos entraran a Alemania, el líder estadounidense ofreció varias excusas, y le dijo al senador:

Si bien no tenemos ningún deseo de ser excesivamente crueles con Alemania, no puedo sentir gran simpatía por quienes causaron la muerte de tantos seres humanos… Nadie debe ser llamado a pagar por las desgracias de Alemania excepto la propia Alemania.

Con el tiempo, Alemania recibió “algo de atención”. A finales de 1945 los envíos de la Cruz Roja Británica entraron en la zona británica, seguidos por los franceses en la suya. Meses más tarde, incluso los Estados Unidos a regañadientes permitieron que los suministros cruzaran su sector. Para miles y miles de alemanes, sin embargo, la comida había llegado demasiado tarde.


Si usted sabe inglés, lea el libro entero sobre este Holocausto perpetrado sobre el pueblo alemán por las fuerzas aliadas: un Holocausto encubierto ya casi por setenta años.

Tormenta infernal (Hellstorm) está disponible vía Amazon o el editor.

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Published in: on marzo 24, 2015 at 4:00 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Muy Buena tu traducción de los capítulos de Hellstorm. Yo también traduje algunas exertas o selecciones para mis amigos que no leen ingles antes que me topara con tu página. Desde ahora les mandaré tus capítulos traducidos. Tormenta Infernal está perfecto y mas literal. Sin embargo yo usé Vendaval Infernal. Mas que todo porque no me pude resistir a la aliteración. Excelente tu trabajo. Muchas gracias.


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