Tormenta infernal: Epílogo

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



Epílogo

Como Hans Woltersdorf observó, y como las tropas aliadas de ocupación corroborarían, lo que faltaba de parte del alma teutona después de la guerra era, sorprendentemente, el espíritu de odio y venganza.

Paradójicamente, mientras que los derrotados no tenían ni tiempo ni disposición de mirar hacia atrás, los vencedores lo hacían. Este proceso había iniciado antes de la guerra, y aún después la propaganda contra Alemania continuó con renovado vigor. En miles de libros, artículos y películas se le recordó una y otra vez al mundo que el partido nazi y los alemanes en general habían sido los únicos responsables de la guerra; que ellos y sólo ellos habían cometido bestiales atrocidades; que sólo el pueblo alemán y sus líderes habían sido criminales de guerra; que la culpa alemana había sido de alguna manera algo único y excepcional. Curiosamente, muchos de los que razonaban así, y que lo hacían con vehemente fogosidad, eran quienes más lejos habían estado de la lucha.

Entre los cercanos a la lucha, en cambio, la propaganda después de la guerra apenas tuvo efecto. De hecho, lejos de llenarse de odios, como se esperaba, muchos de los maduros soldados entre los aliados—aquellos que realmente lucharon en la tierra o desde el aire—resultaron ser los menos vindicativos y más perdonadores. Después de sentarse en la mesa de los alemanes, cenar con alemanes, beber con alemanes y a veces cortejar y enamorarse de las alemanas, muchas tropas aliadas finalmente empezaron a entender y a identificarse con ese pueblo. Demasiado tarde llegó a la mayoría la perturbadora comprensión que el enemigo no era tan distinto a ellos. Avergonzados por la propaganda sádica y sanguinaria que tan fácil se habían tragado y obedecido tan ciegamente, muchos jóvenes—americanos, británicos, franceses e incluso rusos—sabían muy bien por sus experiencias que ni los nazis ni los alemanes tenían una especial inclinación hacia el crimen, o de que hubiera algo singularmente maligno en ellos.

Una de los oponentes más abiertos sobre la “culpa excepcional” fue la intrépida periodista americana Freda Utley. “Una atrocidad deja de ser tal cuando se comete por una ‘buena causa’, esto es, por nosotros,” escribió la audaz autora en su libro de 1949, El alto costo de la venganza.

Pensé que era muy oportuno dejar de hablar de culpas alemanas, en tanto que no hubo crimen nazi que los aliados no cometieran. Ya he hablado del bombardeo arrasante, de la deportación y expulsión masiva de sus casas de doce millones de alemanes sólo por su raza; de la hambruna alemana en los primeros años de ocupación; del uso de prisioneros como trabajadores esclavos; de los campos de concentración rusos, y del despojo perpetrado tanto por americanos como por rusos … Comparado con las violaciones masivas, asesinatos y rapiña del ejercito rojo al final de la guerra, y del terror, esclavismo, hambre y robos en la zona oriental de hoy día, además del genocidio perpetrado por polacos y checoslovacos, los crímenes contra la humanidad cometidos por los alemanes y los condenados a muerte o cadena perpetua en Nuremberg parecen menores en extensión, si no en grado.

J.F.C. Fuller estaba de acuerdo. “Por cincuenta o cien años, y quizá más,” anunció el general de división británico, “las ciudades alemanas en ruinas serán monumentos al barbarismo de los conquistadores.”

Otro inglés en retrospección, tripulante de la Fuerza Aérea Real británica, expresó en simples aunque profundos términos el pensamiento que miles de soldados aliados, sin duda, también pensaron el resto de sus vidas: “Si los alemanes hubieran ganado, ¿seríamos nosotros tratados como criminales de guerra?… Esos pensamientos viven conmigo hasta hoy día.”

En su mayoría, esas reflexiones fueron manifestadas estrictamente en privado.

Hemos devuelto el mal de nuestros enemigos hacia nosotros ampliado por cien. Al hacerlo, algo de nuestra integridad ha sido destrozada; se ha perdido irrevocablemente. Todo, todo, fue en realidad una sola cosa: todo fue un horror espantoso de lo que nos enteramos, de lo que ayudamos a hacer… Enfréntalo cuando cierres este libro.

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Published in: on marzo 24, 2015 at 12:01 am  Dejar un comentario  

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