Apocalipsis ario, 1

por Evropa Soberana

Roma contra Judea, Judea contra Roma [1]

Los judíos hace tiempo que están en rebelión, no sólo contra Roma, sino contra toda la humanidad. —Éufrates

Los judíos pertenecen a una oscura y repulsiva fuerza. Yo sé cuán numerosa es esta camarilla, cómo permanecen unidos y qué poder ejercen a través de sus uniones. Son una nación de mentirosos y de engañadores.—Cicerón

Los temores de los judíos parecen haber estado confinados al estrecho ámbito de la vida presente. La hosca obstinación con que mantuvieron sus peculiares ritos y costumbres sociales, pareció señalarlos como una especie distinta de hombres, que insolentemente profesaban o que apenas disfrazaban, su implacable odio al resto de la humanidad. —Edward Gibbon

 

Índice

Primera Parte

Contexto geopolítico, antropológico y étnico
Roma
Judea
Antisemitismo romano: un conflicto espiritual
El legado helenístico
El antisemitismo griego
La conquista de Pompeyo
Herodes el Grande
Sobre Jesucristo y el nacimiento del cristianismo
Calígula
Claudio y Nerón
 
Segunda parte

1a guerra judeo-romana: la gran revuelta judía (66-73 ec)
Los disturbios étnicos en Egipto
Asedio y caída de Jerusalén: la destrucción del segundo templo
Caída de masada
Consecuencias de la gran revuelta judía
Segunda guerra judeo-romana: la revuelta de Kitos (115-117)
Tercera guerra judeo-romana: la rebelión de Bar Kojba (132-135)
Consecuencias de la revuelta Palestina
Algunas conclusiones
Anexo: Nietzsche sobre el conflicto Roma vs. Judea
 
Tercera parte

Situémonos
Aparece “la secta judía”
El caso de Nerón como ejemplo de distorsión histórica
Destrucción de Jerusalén: el cristianismo se afianza fuera de Judea
Los cristianos dejan de ser perseguidos
En lo alto de la pirámide solo hay esclavos: genocidio antipagano
El emperador Juliano como último coletazo romano
Continúa el genocidio antipagano con más virulencia
El martirio de Hipatia como ejemplo de terrorismo cristiano
A modo de conclusión
Nietzsche sobre el cristianismo
 

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En la tercera parte, “El cristianismo y la caída del Imperio Romano”, veremos los procesos que marcaron el primer desarrollo del cristianismo, esa extraña síntesis entre mentalidad judía y greco-decadente que, desde Oriente, devoró al mundo clásico hasta los huesos, minando las instituciones romanas y la mentalidad romana hasta propiciar su derrumbe total. Sin embargo, comenzaremos centrándonos en las provincias romanas del Este, especialmente Judea, que fueron arrebatadas por Roma a los herederos de Alejandro Magno.

¿Cómo fueron las relaciones entre griegos y judíos? ¿Qué papel jugaron los romanos en Asia Menor y en la gestión del problema judío? ¿Cuáles son las verdaderas raíces de Israel y de la actual inestabilidad en Próximo Oriente? Valdrá la pena extenderse sobre el tema para familiarizarse con las bases del que hoy es el mayor conflicto geopolítico del planeta: el Estado de Israel. También vendrá bien para ver la imposibilidad, a largo plazo, de la convivencia entre dos culturas radicalmente diferentes—en este caso, la grecorromana y la judía.

Por ahora, los romanos se van a encontrar con un pueblo que se toma la tradición con la misma seriedad que ellos, pero sustituyendo ese toque olímpico, artístico, atlético y aristocrático por una chispa de fanatismo y dogmatismo, y cambiando el patriotismo romano por una especie de pacto sellado a espaldas del resto de la humanidad. Un pueblo, sobre todo, con un sentimiento de la identidad ferozmente arraigado—de hecho, mucho más que ningún otro pueblo—y que además se consideraban ni más ni menos que el “pueblo elegido”…

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[1] Nota del Editor: “Roma contra Judea, Judea contra Roma” es el verdadero título de este ensayo.

Published in: on mayo 27, 2018 at 3:08 pm  Comments (2)  

Apocalipsis ario, 2

por Evropa Soberana

Contexto geopolítico, antropológico y étnico

Próximo Oriente o el Levante—lo que hoy son Turquía, Líbano, Siria, Irak, Israel, Palestina, Jordania y Egipto—ha sido una importantísima zona geoestratégica de enfrentamientos entre la Europa de los bosques, las nieves, los ríos y las nieblas, y el profundo Oriente del seco, celoso, estéril e inhóspito espíritu del desierto. En esta zona ha habido, desde tiempos inmemoriales, flujos y reflujos procedentes tanto de Europa como de Asia y África, y que cristalizaron en la aparición del Neolítico y de las primeras civilizaciones del mundo.

Citando a Nietzsche, diríamos que “si miras al desierto fijamente durante mucho tiempo, el desierto también mirará fijamente hacia ti”. Si existe un entorno de selección natural radicalmente diferente al de las glaciaciones, es sin duda el entorno desértico, monótono e infinito como los lamentos de los cánticos hoy predicados desde los minaretes de las mezquitas.

Sumido en este tipo de paisaje durante mucho tiempo, es fácil que un hombre tenga visiones, que vea espejismos y reflejos distorsionados, que escuche voces que, según el folklore oriental, proceden de espíritus malignos y, finalmente, que pierda su camino, que se hunda en la desesperación y en la locura, y que su mente emprenda un viaje hacia la oscuridad, de la cual no volverá jamás. Los desiertos son los lugares donde la total ausencia del poder fecundador del cielo (representado por la lluvia y el relámpago, y por dioses típicamente europeos como Zeus o Júpiter) ha propiciado el triunfo de la Tierra, y por tanto la muerte de la Naturaleza y la nivelación, la devastación, la igualación de los horizontes y la falta de permanencia del mismo suelo que se pisa. Es del todo imprudente pensar que todos estos elementos no dejan una profunda huella en la idiosincrasia y en el imaginario colectivo de un pueblo.

Se transluce en el tema que tratamos un enfrentamiento que, en última instancia, se reduce a una insurrección evolutiva de Oriente para no desaparecer en una desigual competencia con las variedades humanas europeas. En 56 AEC, en un discurso titulado De Provinciis Consularibus, dado en el Senado de Roma, el mismo Cicerón describe a los judíos, junto con los sirios como una “raza nacida para ser esclava”. Sirios y judíos eran comunidades étnicas en las que la raza arménida estaba fuertemente representada, y que se engloban como culturas semíticas. Las oleadas semíticas constituyeron, desde hace milenios, una fuente de dolor, malestar, violencia y tragedia para Europa, desde los cartagineses hasta los otomanos. El presente artículo se ocupará particularmente de los judíos, pero sin olvidar otros grupos que, como los árabes, persas y sirios, hicieron causa común con ellos en muchas ocasiones, incluyendo durante el auge del cristianismo.

Aunque hoy en día intentan endosarle a Europa un irreal multiculturalismo, la realidad cotidiana e histórica es que la convivencia entre razas diferentes sólo tiene dos resultados: la tercermundización y/o la balcanización (conflictos étnicos y rupturas territoriales). Lo que vamos a ver en este artículo, desde luego, no tiene nada de multi-culti y nada de “convivencia pacífica”, puesto que durante siglos y siglos, la convivencia entre griegos y judíos estuvo marcada por grandes oleadas de sanguinaria violencia y, por tanto, no funcionó.

Lejos, por tanto, de la fantasía políticamente correcta de la “convivencia de culturas”, indagaremos en el inicio de una serie de limpiezas étnicas en todo el Mediterráneo Oriental, que culminarían en el bajo Imperio Romano con la erradicación, en Noráfrica y en Próximo Oriente, de las comunidades griega y romana, y de la mayor parte del legado clásico, a manos de Oriente.

Published in: on mayo 26, 2018 at 9:59 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 3

por Evropa Soberana

Roma

Es increíble la cantidad de adulteraciones y basura vertida sobre la historia de Roma y la biografía de sus emperadores, pero no tanto si pensamos que el Imperio Romano se enfrentó directamente a lo que después serían dos fuerzas poderosísimas: el judaísmo y el cristianismo. Roma representó durante siglos (como los macedonios la habían representado antes que ella) la encarnación armada y conquistadora de la voluntad europea y el vehículo de la sangre indoeuropea en Próximo Oriente, en plena cuna del mundo semita, del judaísmo, del Neolítico y del matriarcado.

En su Anábasis de Alejandro Magno, Arriano nos cuenta cómo, estando Alejandro Magno en Babilonia, recibió embajadas de infinidad de reinos del mundo conocido.

Una de esas embajadas procedía de Roma, que por aquel entonces era una humilde república dirigida por un consejo de patricios ancianos, llamados senadores. Alejandro Magno vio las costumbres y el modo de comportarse de los embajadores romanos y, sin titubear, les vaticinó que si su pueblo continuaba siendo fiel a ese estilo de vida sobrio y recto, Roma llegaría a ser una poderosísima ciudad.

Antes de morir, Alejandro Magno dejó en su testamento que debía construirse una inmensa flota para, algún día en el futuro, hacer frente a la amenaza cartaginesa, que comenzaba a perfilarse en el horizonte. Roma, como heredera de la misión alejandrina, heredó también la tarea geopolítica de acabar con los cartagineses, un pueblo de origen fenicio (actuales Siria, Líbano e Israel) que se había asentado en lo que hoy es Túnez. Roma destruyó Cartago en el año 146 AEC, pero quedó con fuertes secuelas y malos recuerdos de aquel enfrentamiento de Occidente vs. Oriente, y ya nunca volvería a ser la misma.

¿Qué es lo que impactó a Alejandro Magno de los embajadores romanos, y qué hizo que los distinguiese enseguida del resto de embajadores?

Que los romanos eran un pueblo extremadamente tradicional y militarizado, cuya vida bailaba al compás de un severo ritualismo religioso y una disciplinada austeridad. La religión romana y las costumbres romanas estaban presentes en absolutamente todos los momentos de la vida del ciudadano.

El mundo, ante los ojos de un romano, era un lugar mágico y santo, donde los antiguos dioses, los númenes, los manes, los lares, los penates, los genios e infinidad de espíritus folklóricos, campaban a sus anchas influyendo en las vidas de los mortales, hasta en sus vaivenes más cotidianos. La Civitas Dei de San Agustín, a pesar de atacar la religión romana, proporciona valiosa información acerca de su complejidad.)

Cuando nacía el niño, había una frase para invocar a un numen. Cuando el niño lloraba en la cuna, se invocaba a otro. Y lo mismo rezaba para cuando el niño aprendía a caminar, para cuando venía corriendo, para cuando se alejaba corriendo, para cuando, siendo ya hombre, recibía su bautismo de armas, para su boda, antes de entrar en combate, al caer herido, al triunfar sobre el enemigo, al volver al hogar victorioso, al ponerse enfermo, al engendrar su primer hijo, antes de comer, antes de beber, al sembrar los campos…

Un numen era responsable de hacer crecer las doradas cosechas, otro numen (en este caso un numen de Júpiter) precipitaba la lluvia del cielo, otro se ocupaba de hacer ondear la hierba con el viento, otro, en tiempos inmemoriales, volvió roja la barba de un linaje familiar masculino…

Todas las cualidades, todas las cosas y todos los acontecimientos, según la mentalidad romana, mostraban la huella de la intervención creadora de las fuerzas benditas del mundo, los espíritus de los ríos, de los árboles, de los bosques, de las montañas, de las casas, de los campos… Las familias veneraban al pater familias y al antepasado del clan, mientras que todo varón se preciaba de tener virtus, una cualidad divina que era asociada a la destreza militar, al adiestramiento y al espíritu combativo, y que sólo los hombres jóvenes podían poseer. Sólo se comía la carne de animales sacrificados a los dioses en rituales de inflexible liturgia, y, en las ceremonias religiosas, el simple tartamudeo de un sacerdote era más que suficiente para invalidar una consagración o tener que comenzarla de nuevo

El espíritu romano es representado en la imagen de arriba con dos antorchas, Vesta, equivalente a la helénica Hestia, era una diosa virginal asociada al hogar y al fuego, que simbolizaba el centro de la casa, en torno al cual se agrupaba la familia. Sus sacerdotisas, las vestales, eran chicas vírgenes que, en el interior de su templo circular, velaban porque jamás se apagase el fuego sagrado. Existía una ley según la cual, si un condenado a muerte se cruzaba por la calle con una vestal, quedaba absuelto. Cuando alguna de ellas faltaba a sus deberes, se le azotaba, y si alguna transgredía el voto de virginidad, era enterrada viva. Eso no es más que un ejemplo de la inmensa seriedad religiosa que reinó en los orígenes de Roma, muy alejados de la famosa “decadencia del imperio”.

A pesar de la posterior influencia que tuvo sobre ellos Grecia, era tan extrema la seriedad con la que los romanos se tomaban el ritualismo y el folklore, y tan increíble su patriotismo, que puede llegar a pensarse seriamente que la fidelidad (lo que ellos llamaban la pietas, el cumplimiento del deber para con los dioses en el día a día cotidiano) que profesaban a las costumbres y a las tradiciones ancestrales fue el secreto de su inmenso éxito como pueblo. Desarrollaron una tecnología avanzada y, por la disciplina de sus soldados, la capacidad de sus mandos y una manera superior de “hacer las cosas”, conquistaron todo el Mediterráneo, blindando el sur de Europa.

Si tuviésemos que poner más ejemplos de pueblos en los que la fidelidad a las tradiciones se tomaba con la extrema gravedad con la que se tomaba en Roma, sólo se encontrarían tres. Dos de ellos son la India védica y la China Han.

El otro es el pueblo judío.

Published in: on mayo 26, 2018 at 12:23 am  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 4

por Evropa Soberana

Judea

Los judíos, en muchos sentidos, eran la exacta antítesis de los romanos, pero tenían algo en común con ellos: la rigidez ritual y la lealtad a las costumbres. En el caso judaico, el carácter estaba teñido de cierto fanatismo, dogmatismo e intransigencia. Los romanos consideraban siniestra esta religiosidad: el transfondo religioso bíblico, que es la matriz del judaísmo (también del cristianismo y del Islam), procede de una antigua tradición sirio-fenicia-cananea-semita, que entre otras cosas sancionaba el sacrificio humano, incluyendo el de hijos primogénitos.

La judería, que tenía un largo historial de nomadismo, esclavitud, persecuciones y expulsiones de Egipto y las civilizaciones mesopotámicas, había mantenido, a pesar de sus grandes vaivenes a través de mil desiertos y mil ciudades extranjeras, su idiosincrasia esencialmente imperturbada.

Desde la más remota antigüedad, los judíos demostraron ser un pueblo inasimilable y altamente conflictivo, dotado de una inaudita capacidad para trepar en los puestos sociales de civilizaciones ajenas, minar sus instituciones y destruir sus tradiciones y costumbres desde una posición parasitaria y aventajada, enriquecerse con el proceso, tomar cuanto les fuese útil, hacerse cada vez más sofisticados y, finalmente, sobrevivir a la caída de la civilización a la que devoraron, llevándose un bagaje de experiencia y símbolos robados a la siguiente civilización destinada a padecer la repetición del ciclo.

En todos los países que les acogieron, a los judíos se les acusó de apropiarse de las riquezas de los demás sin trabajar (usura), de ejercer el vampirismo sobre la economía, de ser aduladores con la nobleza y abiertamente hostiles con el pueblo, de endeudar a los Estados y de odiar mortalmente, en secreto, a toda la humanidad no judía.

Quienes tenían el poder entre los judíos eran los rabinos, sacerdotes que habían pasado la vida aprendiendo la Torá y que ejercían un firme control psicológico sobre su pueblo a base de amenazar con la ira de Yahvé y manipular los miedos del individuo y sentimientos como la culpa o el pecado. El historiador griego Estrabón acabaría describiendo a los sacerdotes judíos como “supersticiosos y con temperamento de tiranos”.

Este es el primer templo de Jerusalén, también llamado templo de Salomón o de Sión, construido en la explanada del monte Moria, en torno al año 960 AEC. Fue arrasado por los babilonios en el año 586 AEC, y reconstruido setenta años más tarde por aquellos judíos que, liderados por Zorobabel, Esdrás y Nehemías, regresaron de la deportación del llamado “cautiverio babilonio”. Se trata de una estructrura más bien modesta y, por supuesto, siguiendo la tradición semítica fundamentalista, carecía de imágenes o de representaciones de la figura humana: literalmente, el judaísmo era una religión sin ídolos.

El estilo del templo estaba en sintonía con la tradición sirio-fenicia-cananea, considerada siniestra por los romanos por admitir el sacrificio humano incluyendo el infanticidio ritual de los primogénitos. Los cartagineses, quienes habían sido aplastados por Roma en el transcurso de las guerras púnicas, habían sido también herederos de esta tradición fenicia, asociada a la presencia de haplogrupos J.

Pero para ser un pueblo “bárbaro” y “tercermundista”, despreciado y considerado destinado a la esclavitud, los judíos tenían un altísimo índice de alfabetización y, por su experiencia, se manejaban extremadamente bien en los entornos urbanos, ya que de todo el mundo, ellos eran el pueblo que llevaba más tiempo viviendo en condiciones civilizadas. Había entre ellos, además, sin ningún tipo de duda, hombres extremadamente inteligentes y astutos, buenos médicos, contables, adivinos, comerciantes y escribas, y su radical monoteísmo, casi sofisticado en su total ruptura con todo lo demás, los diferenciaba bien de cualquier otro pueblo.

Published in: on mayo 24, 2018 at 12:39 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 5

por Evropa Soberana

Antisemitismo romano: un conflicto espiritual

Lo que sucedió tras irrupción de las tropas romanas en Judea fue una confrontación espiritual sin precedentes en la historia de la humanidad. 4 millones de judíos iban a compartir ahora fronteras con los otros 65 millones de súbditos del imperio romano.

Es imposible escribir un artículo sobre este tema sin mencionar las citas profundamente antijudías que escribieron grandes autores romanos de la época. En ellos se percibe un verdadero conflicto entre dos sistemas de valores exactamente opuestos el uno al otro. El choque entre la rigidez romana y el dogmatismo del desierto provocó en Roma un auténtico movimiento de rechazo al judaísmo. Si bien el antisemitismo se remonta a los mismos orígenes de la judería, los romanos, herederos de los griegos y de una disciplina militar superior, fueron sin duda, hasta entonces, los que más hostilidad manifestaron hacia los judíos.

Cicerón (106-43 AEC), como veremos más adelante, condena hostilmente a la judería, considerando que su mentalidad de trapicheo y cobardía es incompatible con la mentalidad altruista de los mejores de Roma.

Horacio (65-8 AEC), en el Libro I de sus Sátiras, se burla del shabato descanso sabático, mientras que Petronio (muere en 66 EC), en su Satiricón, ridiculiza la circuncisión.

Plinio el Viejo (23-79 EC) en su Historia Natura, habla sobre la “impiedad judía”, y se refiere a “los judíos, muy conocidos por su desprecio a los dioses”.

Séneca (4-65 EC) llamó a la judería “la nación más malvada, cuyo despilfarro de un séptimo de la vida [se refiere al Shabat] va contra la utilidad de la misma… Esta gente perversísima ha llegado a extender sus costumbres en el mundo entero; vencidos han dado leyes a los vencedores”.

Quintiliano (30-100 EC) dice en su Institutio oratoria que los judíos son un escarnio para el resto de los hombres, y que su religión es la encarnación de la superstición.

Marcial (40-105), en sus Epigramas, cree a los judíos seguidores de un culto cuya verdadera naturaleza es secreta para esconderla a los ojos del resto del mundo, y ataca la circuncisión, el Shabat (o Sábado, es decir, no hacer nada el séptimo día de la semana, lo cual les daba prensa de perezosos) y su abstinencia de la carne de cerdo.

Tácito (56-120), el famoso historiador que elogió a los germanos, habló también sobre los judíos, pero en términos muy distintos. Dice que descienden de leprosos expulsados de Egipto y que bajo los asirios, medos y persas fueron el pueblo más despreciado y humillado. Entre los términos con los que califica a la judería, tenemos “perversa, abominable, cruel, supersticiosa, ajena a toda ley de religión, malvada y facinerosa” entre muchos otros:

Las costumbres judías son tristes, sucias, viles y abominables, y si han sobrevivido es gracias a su perversidad. De todos los pueblos esclavizados, los judíos son los más despreciables y repugnantes…

Para los judíos es despreciable todo lo que para nosotros es sagrado, y para ellos es lícito lo que a nosotros nos repugna.

Los judíos revelan un terco vínculo los unos con los otros, que contrasta con su odio por el resto de la humanidad… Entre ellos, nada es lícito. Los que abrazan su religión practican lo mismo, y lo primero que se les enseña es a despreciar a los dioses, a olvidar el patriotismo y a renegar de sus padres, hijos y hermanos.

Historia, capítulos 4 y 5.

Los judíos son una raza que odia a los dioses y al género humano. Sus leyes están en oposición a las de los mortales. Desprecian lo que para nosotros es sagrado. Sus leyes les incitan a cometer actos que nos horrorizan.

Juvenal (55-130), en las Sátiras, critica a los judíos por el Shabat, por no adorar imágenes, por circuncidarse, por no comer carne de cerdo, por ser escrupulosos con sus leyes mientras desprecian las de Roma, y que sólo a los “iniciados” les revelan la verdadera naturaleza del judaísmo. Además, culpa a los orientales en general y a los judíos en particular por la degeneración del ambiente en la misma Roma.

Marco Aurelio (121-180) pasó a través de Judea en su viaje a Egipto, siendo sorprendido por los modos de la población judía local. Dirá que “Encuentro a este pueblo peor que los marcómanos, los cuados y los sármatas” (Historias, Amiano Marcelino).

Estas citas resumen cómo los romanos, pueblo indoeuropeo marcial, viril y disciplinado, veían a la judería. Puede decirse que, hasta el triunfo de los romanos, ningún pueblo había sido tan consciente del reto que planteaba el judaísmo.

Todas estas citas apuntan a un terco enfrentamiento ideológico además de militar, en el que tanto Roma como Judea iban a pelarse la frente. Un conflicto que influiría de manera descomunal en la Historia y que, por tanto, no se puede ignorar bajo ningún pretexto. Este artículo pretende dar una idea de lo que supuso el antiguo choque de Oriente contra Occidente.

Published in: on mayo 23, 2018 at 12:30 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 6

por Evropa Soberana

Cuando los macedonios tomaron el poder [en Judea], el rey Antíoco procuró extirpar sus supersticiones e introducir los hábitos griegos para transformar a esa raza inferior. —Tácito, Historia

El legado helenístico

Para comprender los virulentos conflictos étnicos que se dieron durante la dominación romana, es necesario retroceder unos años y colocarnos en la época de la dominación macedonia, ya que los estratos sociales griegos legados por la conquista de Alejandro Magno tuvieron mucho que ver en los alzamientos de la judería y en el larguísimo historial de odios, tensiones, represalias y contra-represalias que se sucedieron a partir de entonces.

Cuando Alejandro Magno se dirigía a conquistar Egipto, pasó por Judea, y la comunidad judía, temerosa de que arrasase Jerusalén, hizo con los macedonios lo que solía hacer siempre que venía un nuevo invasor triunfante: traicionar a sus antiguos señores y acoger al invasor con los brazos abiertos. Así, del mismo modo que habían traicionado a los babilonios con los persas, traicionaron a los persas con los macedonios. Agradecido, Alejandro les concedió amplios privilegios, por ejemplo, en Alejandría los equiparó jurídicamente a la misma población griega. Este punto es importante, porque el estatus legal de los judíos alejandrinos (que llegarían a constituir casi la mitad de la población de la ciudad) supuso después amargos recelos por parte de la comunidad griega, desembocando en disturbios, que veremos después.

Cuando Alejandro Magno murió en el año 323 AEC, dejó un vasto legado. Toda la zona que había dominado, desde Egipto hasta Afganistán, recibió una fuerte helenización, que produjo el periodo llamado helenístico, para diferenciarlo del helénico clásico. Los generales macedonios, los llamados diádocos, insensatamente, lucharon entre sí para establecer sus propios imperios, y en este caso nos interesarán el imperio de los ptolomeos (centrado en Egipto) y el de los seléucidas (centrado en Siria), porque Israel quedaría entre ambos, pasaría a formar parte del primero y finalmente, en 198 AEC, fue anexionado por los seléucidas.

Bajo el paraguas de la protección alejandrina, los judíos se hallaban extendidos no sólo en Palestina y Próximo Oriente, sino por toda Roma, Grecia y Noráfrica. En estas zonas existían ya kahales judíos bien organizados, ricos y poderosos, todos ellos conectados con Judea, el núcleo del judaísmo. En la sociedad judía, algunos sectores sociales absorberían la helenización, cosa que, con la fermentación de los siglos, produjo un caldo de cultivo cosmopolita que desembocaría en el nacimiento del cristianismo. Otros sectores judíos, los más multitudinarios, se aferraron a su tradicional xenofobia y comenzaron a reaccionar contra aquellos que, con Alejandro Magno a la cabeza, habían recibido como salvadores.

A pesar de que Próximo Oriente era un hervidero de egipcios, sirios (también llamados caldeos o arameos, cuyo idioma era lengua franca en la zona, siendo hablado de forma regular por los judíos), árabes y otros, los judíos tradicionalistas veían con sumo desagrado que Asia Menor y Alejandría se estuviesen llenando de griegos que, naturalmente, eran paganos y, por tanto, en el pensamiento judío, infieles, impíos e idólatras, como lo habían sido los odiados egipcios, babilonios y persas antes que ellos.

Con el tiempo, al malestar de estos sectores de la judería, contrarios a asimilar la cultura griega, se sumó una serie de medidas decretadas por Antíoco IV Epífanes, el rey seléucida. El Diciembre del año 168 AEC, Antíoco prohíbe literalmente el judaísmo, intentando extirpar el culto a Yahvé, suprimiendo cualquier manifestación religiosa judía, colocando la circuncisión fuera de la ley e incluso obligando a los judíos a comer alimentos considerados religiosamente “impuros”.

Los griegos impusieron un edicto por el cual un altar a los dioses griegos debería ser edificado en cada ciudad de la zona, y se distribuirían oficiales macedonios para que velaran por que en cada familia judía se adorara a los dioses griegos. Aquí, los macedonios demostraron simplemente torpeza y no conocer al pueblo judío. Según el Antiguo Testamento (2 Macabeos y 4 Macabeos), a quienes seguían siendo fieles a la ley mosaica, Antíoco los hizo quemar vivos, y a los judíos ortodoxos que escaparon al desierto los persiguió y masacró. Estas afirmaciones deberían ser tomadas con cautela, pero lo que queda claro es que hubo una represión anti-judía en general.

¿A qué se debieron estas medidas? Debemos tener presente que el mundo pagano era un mundo de tolerancia religiosa, en el que no se perseguían las religiones así como así. Sin embargo, en el judaísmo, los soberanos griegos debieron ver una doctrina política que tendría a volver a los judíos subversivos contra los Estados paganos por los que eran dominados, hostiles hacia los demás pueblos del planeta, y por lo tanto, una amenaza.

En este contexto, es posible que las primeras manifestaciones de intransigencia religiosa, vinieran por parte de la judería (entre otras cosas porque, como he dicho, los antiguos griegos paganos nunca fueron religiosamente intransigentes ni intolerantes), y que a los macedonios, que consideraban a sus dioses símbolos de su mismo pueblo, esto no les hiciese mucha gracia.

El caso es que ese año de 168 AEC, Antíoco sacrifica nada más y nada menos que un cerdo en el altar del templo de Jerusalén, en homenaje a Zeus. Este acto fue considerado una doble profanación, por un lado porque se trataba de un cerdo (animal profano de los credos semíticos como el judaísmo y el Islam), y por otro lado porque eso suponía el primer paso de consagrar el templo entero al Zeus olímpico y de convertir Jerusalén en ciudad griega.

Antíoco IV Epífanes, rey seléucida y descendiente de Seleuco I Nicátor, quizás el más brillante de los generales de Alejandro Magno. Según la tradición judía, este rey macedonio, al profanar el altar del templo de Jerusalén salpicándolo con sangre de cerdo, fue poseído por un demonio, el mismo que poseerá al Anti-Mesías o el “príncipe que vendrá” del que se habla en el Antiguo Testamento (Daniel, 9:26).

Este acto sacrílego trajo una fuerte reacción por parte de los sectores fundamentalistas de la judería. Los rabinos más celosos comenzaron a predicar una especie de guerra santa contra la ocupación griega, instando a los judíos a rebelarse, y cuando el primer judío decidió tímidamente hacer una ofrenda al Zeus griego, un rabino, Matatías Macabeo, lo asesinó. Los tumultos étnicos que siguieron, desembocaron en el periodo conocido como guerras macabeas (años 167-141 AEC), de las que se habla mucho en el Antiguo Testamento (Macabeos). Llevando al cabo, con los hassidim (los “judíos piadosos”, llamados también jasidim o chasídicos) una guerra de guerrillas contra unas tropas macedonias rodeadas por todos lados, los “macabeos” finalmente se salvaron de ser arrollados cuando estalló una rebelión anti-griega en Antioquía, y aplastaron la influencia de los judíos helenizantes.

Judas Macabeo, que sucedió a Matatías, renovando el ciclo de traición, incluso llegaría a negociar con los romanos para asegurarse su apoyo. De hecho, el Senado romano reconocería formalmente a la dinastía hasmonea en 139 AEC, sin sospechar los quebraderos de cabeza que esta remota tierra le daría en un futuro cercano.

Judá bajo la dinastía hasmonea. Posteriormente, bajo Herodes, Torre de Strato se reconstruiría como Cesárea. No es objetivo de este artículo tratar el periodo hasmoneo o asmoneo, pero baste decir que las guerras macabeas, que coincidieron con la decadencia de los seléucidas, dieron lugar a una etapa de autonomía y expansión judía bajo el reinado de la dinastía hasmonea, que tuvo numerosas campañas interiores, guerras fraticidas y lucha entre facciones religiosas, y que duró hasta la irrupción romana en el año 63 AEC.

Durante esta época, además de los judíos helenizados, se configurarían otras dos importantes facciones judías, también en amarga disputa: por un lado, los fariseos, un sector integrista que contaba con el apoyo de las multitudes, y por otro, los saduceos, un grupo de sacerdotes más “progresistas”, más “burgueses”, en mejores tratos con griegos, y que en el futuro serían víctimas de la “revolución cultural” que contra ellos llevaron al cabo los fariseos tras la caída de la judería en manos de Roma.

Sus escritos fueron destruidos por los romanos, de modo que la visión que tenemos hoy del panorama es más bien gracias a los fariseos, de los cuales saldrían los linajes de rabinos ortodoxos que completarían el Talmud. La dinastía hasmonea, a pesar de numerosos vaivenes y cambios, sería esencialmente pro-saducea.

Published in: on mayo 22, 2018 at 12:05 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 7

por Evropa Soberana

El antisemitismo griego

Aquí tiene especial relevancia la escuela alejandrina, que, por tener la más importante población judía (casi la mitad de la total), tuvo también la más importante tradición “antisemita” (entrecomillo porque los sirios, los babilonios y los árabes eran semitas y los alejandrinos no tenían nada en contra de ellos). Como una importante parte de la historia judía había tenido lugar en Egipto, estos escritores egipcios helenizados la atacaron duramente. Además los griegos de Próximo Oriente llevaban ya tiempo conviviendo malamente con los judíos, y durante dicho tiempo se había desarrollado una verdadera animadversión entre ambos pueblos.

Hecateo de Abdera (en torno a 320 AEC, no era alejandrino), fue probablemente el primer pagano que escribió sobre la historia judía, y no lo hizo en buenos términos:

Debido a una plaga, los egipcios los expulsaron… La mayoría huyó a la Judea inhabitada, y su líder Moisés estableció un culto diferente de todos los demás. Los judíos adoptaron una vida misantrópica e inhospitalaria.

Manetón (Siglo III AEC), sacerdote e historiador egipcio, en su Historia de Egipto (la primera vez que alguien escribía la historia de Egipto en griego), dice que, en la época del rey Amenofis, los judíos partieron de Heliópolis con una colonia de leprosos al mando de un sacerdote de Osiris renegado llamado Osarsif, a quien él identifica con Moisés, que les habría enseñado costumbres contrarias a las de los egipcios, que les ordenó no relacionarse con el resto de pueblos y que hizo incendiar y saquear numerosos poblados egipcios del valle del Nilo antes de abandonar Egipto en dirección a Asia Menor. Los posteriores estoicos Posidonio de Apamea (filósofo e historiador, 135-51 AEC) y Cheremón (preceptor del emperador Nerón, también llamado Ceremón), complementaron lo dicho por Manetón.

Mnaseas de Patara (Siglo III AEC), discípulo de Erastótenes, fue el primero en decir algo que posteriormente sería recurrente en el antisemitismo griego y también en el romano: que los judíos, en el templo de Jerusalem, adoraban una cabeza de burro de oro (a esto se le llama “onología”).

Lisímaco de Alejandría (época desconocida) dijo que Moisés fue una especie de mago negro y un impostor, que sus leyes, equivalentes a las registradas en el Talmud, eran inmorales, y que los judíos eran enfermos:

Los judíos, enfermos de lepra y de escorbuto, se refugiaron en los templos, hasta que el rey Bojeris ahogó a los leprosos y mandó los otros cien mil a perecer en el desierto. Un tal Moisés los guió y los intruyó para que no mostraran buena voluntad hacia ninguna persona y destruyeran todos los templos que encontraran. Llegaron a Judea y construyeron Hierosyla (ciudad de los saqueadores de templos).

Agatárquides de Cnido (181-146 AEC), en Historia de Asia, se mofa de la ley mosaica y de sus prácticas, especialmente el descanso sabático.

Posidonio de Apamea (135-51 AEC) llamado “el Atleta” (retrato a la izquierda) dice que los judíos son “un pueblo impío, odiado por los dioses”.

Apolonio Molón (hacia 70 AEC), de Creta, gramático, retórico, orador y maestro de César y de Cicerón en una academia de Rodas, en el Siglo I AEC, dedicó un trabajo entero a la judería, tachándolos de ateos disfrazados de monoteístas (quizás porque no podía concebir una religión sin ídolos) y de misántropos.

Son los peores de entre los bárbaros, carecen de cualquier talento creativo, no han hecho nada por el bien de la humanidad, no creen en ningún dios… Moisés fue un impostor.

Diódoro Sículo (hacia 50 AEC) historiador griego de Sicilia, dice en Biblioteca histórica:

Los judíos trataban a las otras gentes como enemigos e inferiores. La “usura” es su práctica de prestar dinero con excesivas tasas de interés. Esto ha causado durante siglos la miseria y la pobreza de los gentiles, y ha supuesto una fuerte condena para los judíos.

Ya los consejeros del rey Antíoco le decían que exterminara a la nación judía por completo, porque los judíos como único pueblo en el mundo se resistieron a mezclarse con otras naciones. Juzgaron a todas las otras naciones como sus enemigas y pasaron esa enemistad como herencia a las generaciones futuras. Sus libros santos contienen reglas aberrantes e inscripciones hostiles a toda la humanidad.

Estrabón (64 AEC-25 EC), geógrafo griego, en su Geografía, admira la figura de Moisés, pero piensa que los posteriores sacerdotes tergiversaron su historia e impusieron sobre los judíos un estilo de vida antinatural. En esta cita queda claro que los judíos, ya en la época, constituían una poderosa mafia internacional.

Los judíos han penetrado en todos los países, por lo que es difícil encontrar algún lugar del mundo en el que su tribu no haya entrado y donde no estén poderosamente establecidos.

Damócrito, Siglo I AEC: “Cada siete años toman un no-judío y lo asesinan en el templo…” Quizás aquí comenzó a extenderse la acusación más grave contra la judería, es decir, que sacrificaban no-judíos a Yahvé. Esta acusación, llamada “libelo de sangre”, fue recurrente durante la Edad Media tanto en Europa como en Asia, y también posteriormente en la Alemania nazi.

Apión, escritor egipcio y principal promotor del pogromo de Alejandría del año 38 EC, que culminó en una masacre de 50.000 judíos a manos de los militares romanos. Dijo que los judíos estaban obligados por un pacto mutuo a no ayudar jamás a ningún extranjero, especialmente si era griego.

Los principios del judaísmo obligan a odiar al resto de la humanidad. Una vez por año toman un no judío, lo asesinan y prueban de sus entrañas, jurándose durante la comida que odiarán a la nación de la que provenía la víctima. En el Sacta Sanctorum del templo sagrado de Jerusalén hay una cabeza de asno dorado que los judíos idolatran. El Shabat se originó porque una dolencia pélvica que los judíos contrajeron al huir de Egipto, los obligaba a descansar el séptimo día.

Plutarco (50-120) fue iniciado en los misterios de Apolo en Queronea, y ejerció como sacerdote en el santuario de Delfos. Es una de las fuentes de información predilectas sobre el estilo de vida de Esparta. Dice en sus Charlas de sobremesa que los judíos ni matan ni comen al cerdo o al burro porque los adoran religiosamente, y que en el Shabat, se emborrachan.

Filóstrato, sofista del Siglo II:

Los judíos son un pueblo que se ha alzado contra la humanidad misma… han hecho su vida aparte e irreconciliable, y no pueden compartir con el resto de la humanidad los placeres de la mesa, ni unirse a sus libaciones o rezos o sacrificios… están separados de nosotros por un golfo mayor que el que nos separa de las más lejanas Indias”.

Filón de Biblos (64-141), fenicio helenizado que escribió sobre la historia fenicia, la religión fenicia y los judíos, habla de sacrificios humanos de los primogénitos (recuérdese el pasaje de Abraham y su hijo Isaac).

Celso es un filósofo griego del Siglo II, especialmente conocido por su Discurso verdadero contra los cristianos, en el que ataca al cristianismo y también al judaísmo, que en un principio iba asociado con él. San Orígenes de Alejandría (185-254), un “padre de la Iglesia” que se había cortado los testículos inspirándose en un versículo del Evangelio de Mateo, acabaría escribiendo un Contra Celso. Celso escribe: “Los judíos son fugitivos de Egipto que nunca han realizado nada de valor y nunca se los tuvo en estima o tuvieron buena reputación”.

Published in: on mayo 21, 2018 at 7:09 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 8

por Evropa Soberana

La conquista de Pompeyo

Este apartado tratará sobre la primera intervención directa de la autoridad romana sobre suelo judío.

En Israel, a la muerte de Alejandro Janeo (rey de la dinastía hamonea, descendiente de los macabeos) en 76 AEC, su mujer Salomé Alexandra reinó como sucesora suya. A diferencia de su marido—que, como buen pro-saduceo, había reprimido duramente a los fariseos—, Salomé se entendió bien con la facción farisea. Cuando ella murió, sus dos hijos, Hircano II (asociado a los fariseos y apoyado por el sheikh árabe Aretas de Petra) y Aristóbulo II (apoyado por los saduceos) guerreraron por el poder.

En 63 AEC, ambos hasmoneos pidieron apoyo al caudillo romano Pompeyo, cuyas legiones victoriosas estaban ya en Damasco tras haber depuesto al último rey macedonio de Siria (el seléucida Antígono XIII Asiático) y se proponían ahora conquistar Fenicia y Judea, quizás para incorporarlas a la nueva provincia romana de Siria. Pompeyo, quien recibió dinero de ambas facciones, se decidió finalmente a favor de Hircano II—quizás porque los fariseos representaban la masa popular mayoritaria de Judea. Aristóbulo II, negándose a aceptar la decisión del general, se atrincheró en Jerusalén con sus hombres.

Los romanos, por tanto, asediaron la capital. Aristóbulo II y sus seguidores aguantaron tres meses, mientras los sacerdotes saduceos, en el templo, rezaban y ofrecían sacrificios a Yahvé. Aprovechando que en el Shabat los judíos no combatían, los romanos minaron las murallas de Jerusalén, tras lo cual penetraron rápidamente en la ciudad, capturando a Aristóbulo y matando a 12.000 judíos.

El mismísimo Pompeyo entró en el templo de Jerusalén, curioso por ver al dios de los judíos. Acostumbrado a ver numerosos templos de muchos pueblos distintos, y educado en la mentalidad europea según la cual un dios debía representarse con forma humana para recibir el culto de los mortales, parpadeó perplejo cuando no vio ninguna estatua, ningún relieve, ningún ídolo, ninguna imagen… sólo un candelabro, vasijas, una mesa de oro, dos mil talentos de “dinero sagrado”, especias y montañas de rollos de la Torá.

Pompeyo el Grande

¿Acaso no tenían dios? ¿Eran ateos los judíos? ¿Rendían culto a la nada? ¿Al dinero? ¿Al oro? ¿A un simple libro, como si el alma, los sentimientos y la voluntad de un pueblo dependiesen de un rollo de papel inerte? La confusión del general, según relata Flavio Josefo, debió ser mayúscula. El romano se había topado con un dios abstracto.

Para la mentalidad judía, Pompeyo cometió un sacrilegio, pues penetró el recinto más sagrado del templo, que sólo el sumo sacerdote podía ver. Además, los legionarios hicieron un sacrificio a sus estandartes, “contaminando” de nuevo la zona.

Tras la caída de Jerusalén, todo el territorio conquistado por la dinastía hasmonea o macabea fue anexionada por el Imperio Romano. Hircano II quedó como rey cliente de Roma bajo el título de “etnarca” (algo así como “jefe nacional”), dominando todo lo que Roma no se anexionó, es decir, los territorios de Galilea y Judea, que en adelante tributarían a Roma pero conservarían su independencia. También fue hecho sumo sacerdote, pero en la práctica, el poder de Judea fue a parar a manos de Antipater de Idumea, como recompensa por haber ayudado a los romanos.

Bajo el punto de vista étnico y cultural, la conquista romana presagiaba nuevos y profundos cambios en esa zona tan conflictiva que es Próximo Oriente. Primeramente, a los estratos étnicos judío, sirio, árabe y griego, se iba a sumar ahora una aristocracia romana ocupadora de carácter militar. Para los griegos, esto era un motivo de alegría: la decadencia del Imperio Seléucida les había dejado de lado, y además tenían a Roma literalmente en el bolsillo, puesto que los romanos sentían una profunda y sincera admiración por la cultura helenística, sin contar que muchos de sus emperadores tuvieron una educación griega que los predisponía a ser especialmente indulgentes con las colonias macedonias.

Además, en Alejandría, era de esperar que, en vista de los disturbios con la judería, los romanos arrebatasen a los judíos los derechos que Alejandro Magno les había concedido, con lo cual dejarían de ser ciudadanos en pie de igualdad con los griegos, y la influencia que ejercían a través del comercio y de la acumulación de dinero, se vería arrancada. Por estas razones, no es de extrañar que la Decápolis (conjunto de ciudades helenizadas en las fronteras del desierto que además conservarían bastante autonomía, y entre las cuales se encontraba Filadelfia, la actual capital de Jordania, Amán), rodeada de tribus sirias, judías y árabes consideradas bárbaras, recibiese a los romanos con los brazos abiertos y empezase a contar los años desde la conquista de Pompeyo.

Published in: on mayo 20, 2018 at 1:24 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 9

por Evropa Soberana

Cicerón consideraba que la usura era
la más despreciable de las ocupaciones.

En 62-61 AEC, el procónsul Lucio Valerio Flaco (hijo del cónsul del mismo nombre y hermano del cónsul Cayo Valerio Flaco) confiscó el tributo de “dinero sagrado” que mandaban los judíos al templo de Jerusalén.

Cuando esto sucedió, los judíos de Roma levantaron al populacho contra Flaco. El conocido patriota romano Cicerón defendió a Flaco contra el acusador Laelius (un tribuno de la plebe que posteriormente apoyaría a Pompeyo contra Julio César) y se refirió a los judíos de Roma en unas frases de 59 AEC, que quedaron plasmadas en su “Pro Flacco”, XVIII:

Llegamos ahora al asunto del oro de los judíos y esa imputación tan odiosa. Es por causa de esta concreta acusación por lo que habéis buscado este local, Laelius, y esta muchedumbre de judíos que nos rodean. Conocéis su número, su unión y su poder en nuestras asambleas. Hablaré bajo para no ser oido sino por los jueces. Como no faltan individuos entre esos que actúan contra mí y contra los mejores ciudadanos que protegéis, no quiero proveer aquí de nuevas armas a su maldad. Había sabiduría en acabar con una bárbara superstición, y firmeza en barrer, por el bien de la República, a esta multitud de judíos que turban nuestras asambleas.

De estas frases podemos deducir que ya en el Siglo I AEC, los judíos tenían gran poder político en la mismísima Roma, y que tenían una importante capacidad de movilización social en contra de sus adversarios políticos, que bajaban la voz por miedo: la presión de los lobbies.

Published in: on mayo 18, 2018 at 3:07 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 10

por Evropa Soberana

Los judíos en el imperio romano

Hacia 55 AEC, la República, que, demasiado grande y militarizada, está pidiendo una nueva forma de gobierno, está gobernada de facto por el llamado Triunvirato—una alianza de tres grandes mandos militares: Marco Licinio Craso (busto arriba: quien aplastó la revuelta de Espartaco en el año 74 AEC), Cneo Pompeyo Magno (el conquistador de Siria) y Cayo Julio César (conquistador de la Galia). En 54 AEC, Craso, entonces gobernador romano de la provincia de Siria, mientras pasa el invierno en Judea, decreta sobre la población un “impuesto de guerra” para financiar su ejército, y además saquea el templo de Jerusalén, robando sus tesoros (por valor de diez mil talentos) y causando un enorme revuelo en la judería. Craso y la inmensa mayor parte de su ejército serían masacrados por los partos en la desafortunada batalla de Carras del año 53 AEC. [1]

Lucio Casio Longino, uno de los mandos de Craso que había logrado escapar de la masacre de Carras con sus 500 jinetes, volvió a Siria para prepararse para un contraataque parto y reestablecer el hundido prestigio romano en la provincia. Tras expulsar a los partos, Casio tuvo que hacer frente a una rebelión de la judería, que se había alzado en cuanto supo que el odiado Craso había sido muerto. Se alió con Antípater y con Hircano II y, tras tomar Tariquea y hacer ejecutar a Pitolao (uno de los cabecillas de la rebelión, que se había entendido con Aristóbulo), Casio capturó a 30.000 judíos y, en el año 52 AEC, los vendió como esclavos en Roma.

Puede decirse que éste es el verdadero comienzo de la subversión en el seno de la Roma misma, ya que estos 30.000 judíos, liberados luego por Marco Antonio, y sus descendientes, dispersados por el Imperio, no cesarían en adelante de promover la agitación en contra de la odiada autoridad romana, y tendrían un importante papel en la construcción de las catacumbas y sinagogas subterráneas, que fueron posteriormente el primer ámbito de predicación del cristianismo. Casio sería posteriormente designado gobernador de Siria.

En el 49 AEC, muerto Craso y roto por tanto el Triunvirato, estalla la guerra civil entre Pompeyo y César, uno de los cuales, inevitablemente, iba a erigirse en dictador autocrático del Imperio entero. Hircano II y Antipater decidieron tomar partido por César, pero éste puso a Antipater de regente. Julio César no tardaría en hacerse dueño de la situación, y Pompeyo fue asesinado en Egipto por conspiradores.

En 48 AEC, mientras las flotas romana y ptolemaica estaban enzarzadas en una batalla naval, tuvo lugar un acontecimiento destinado a tensar aun más las relaciones entre judíos, griegos y egipcios: el incendio de la biblioteca de Alejandría.

Puesto de un modo sencillo, de todos los grupos étnicos que había en la ciudad, ninguno podía tener nada en contra de la biblioteca. Los griegos la habían fundado, los egipcios habían contribuido mucho en ella, y los romanos admiraban sinceramente este legado helenístico. Los judíos, sin embargo, veían en la biblioteca un cúmulo de sabiduría “profana” y “pagana”, de modo que si hubo un grupo sospechoso de la primera quema de la biblioteca, por lógica era la judería, o los sectores más ortodoxos y fundamentalistas de la misma. Al menos así debieron pensar los habitantes de Alejandría.

En 31 AEC, año de un fuerte terremoto en Israel que mata a miles de personas, Cleopatra y Marco Antonio se suicidan ante su caída en desgracia.

Flavio Josefo menciona durante el reinado de Augusto una querella judicial en la que 8.000 judíos apoyaron a una de las partes. Estos judíos debían ser todos varones adultos, y puesto que una familia nuclear solía ser de 4 ó 5 personas, podemos concluir que en la época de Augusto había en Roma ciudad quizás en torno a 35.000 judíos.

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[1] Craso, quien cometió un craso (de ahí la expresión) error durante la batalla, fue responsable de la masacre de 20.000 soldados a manos de los partos. Otros 10.000 soldados romanos fueron hechos prisioneros y mandados a realizar trabajos forzados a lo que hoy es Afganistán. Muchos acabaron luchando, bajo mando parto, contra los hunos, perdiéndose su rastro en adelante. Los análisis genéticos parecen indicar que este destacamento, la famosa “legión perdida de Craso”, terminó en la actual provincia china de Liqian, donde son responsables de una mayor frecuencia de rasgos étnicos europeos en la población autóctona.

Published in: on mayo 17, 2018 at 3:54 pm  Dejar un comentario