La independencia de Méjico

La Breve Historia de México, que José Vasconcelos escribió en 1936, corre bajo una premisa: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres.

En la entrada inaugural de este blog cité el inicio de uno de los capítulos de la Breve historia sobre la Independencia de Méjico, en la que incluí la lapidaria frase “El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter”.

Sin añadir puntos suspensivos entre los numerosos párrafos no citados, en esta entrada recojo el resto:

La medalla de Bustamante decía: “Siempre Fieles. – Siempre Unidos. – 1838”. Y narra Alamán que en todo México hubo regocijo, cuando triunfaron los argentinos de los ingleses, cuando España se levantó contra los franceses. Y se hizo oferta de recursos o de voluntarios para la guerra al enemigo común que más tarde sugirió a Hidalgo, a Morelos, la guerra criminal, la matanza desleal, precisamente de los españoles, de nuestros padres, de nuestros hermanos. Y todavía andaban sueltos por nuestras plazas y calles, los demagogos con elocuencia de mezcal criollo vociferando en favor de las abstracciones: libertad, igualdad, fraternidad.

La doctrina perversa

El padre Mier, que nos es presentado como el inspirador de los movimientos de la Independencia, desarrolló su propaganda en Londres, a sueldo siempre del almirantazgo británico. Afirmaba, en efecto la doctrina inglesa, que México se separaba de España porque habían sido violados los pactos de la conquista. ¿Cuales eran esos pactos? ¿A quién se le ocurrió que existieron, y, en caso de haber existido, cómo es que el fenómeno de la independencia latinoamericana alcanzaba mejor ímpetu en la Argentina, donde no hubo indios que pudieran celebrar tales pactos? ¿Por qué México, el país típicamente indio, era precisamente el que menos entusiasmo mostraba por la Independencia?

Nada de esto sospechó Mier, y propagó la tesis de los intervensionistas tradicionales, la hipótesis de las reivindicaciones indígenas que entonces se hacían valer contra el español y que después se esgrimieron contra el criollo y hoy se aprovechan para desposeer, para perseguir al que habla español sin exceptuar a los indios. Se habla, en efecto, de reivindicaciones indígenas como si a la llegada de Cortés los indígenas hubieran sido propietarios, como si la propiedad y el concepto cristiano de los derechos de la persona humana no hubiesen aparecido precisamente con la conquista.

Pero lo cierto es que la independencia de Nueva España la promovían los criollos y los españoles de Nueva España, los mexicanos todos de la más reciente generación y no para recuperar derechos usurpados de ningún genero. Al contrario, los descendientes de Moctezuma, así como los de otros muchos personajes de la época azteca, vivían en España en calidad de nobles y se oponían a la independencia que les hacía perder sus títulos y sus ventajas. Pero hablar de reivindicaciones indígenas en nombre de un nacionalismo que no existió jamás es algo que no podía nacer de la entraña del pueblo mexicano, sino que le era inspirado desde afuera, como una ponzoña destinada a envenenar su futuro.

La lealtad mexicana

Y muy bien observa Alamán que “era poco generoso pretender apartarse de una nación con la que México estuvo ligado por tres siglos”. El mismo Hidalgo evocaba el nombre de Fernando Séptimo pensando, acaso, que una vez libertada España de la invasión francesa, la Independencia vendría. A México no vinieron, como fueron a Colombia, con Bolívar, batallones ingleses y estados mayores extranjeros, sin duda porque el sentimiento español era más fuerte entre nosotros.

Una independencia lograda sin consejeros bastardos como los que desviaron a Hidalgo y a Morelos, se estaba ya logrando. Pero no era eso lo que querían los ingleses. Lo que ellos buscaban era echar fuera a los españoles de sus dominios de América, a efecto de dominar en seguida a los nativos como se dominan rebaños sin pastor… [El movimiento] se desvío, por inicua presión extranjera, hacia el caudillismo ignorante y destructor de los Morelos y los Guerrero, cuyo programa en esencia no iba más allá de la exigencia de matar gachupines, la consigna natural de los ingleses.

En México la Independencia no libró batallas. Propiamente nunca ha habido en nuestro suelo batallas, sino sangrientas hecatombes de guerra civil. Y ha tenido que recurrir, como lo veremos en otro capítulo, al sistema peligroso de la exaltación de las derrotas. Pues son, en definitiva, derrotados todos nuestros caudillos de guerra extranjera. Pero concretándonos al caso de la Independencia, es un hecho auspicioso que no se librasen grandes batallas, que no hubiese grandes ejércitos y que Calleja, como constantemente lo repetía con toda lealtad, estuviese haciendo la guerra contra los caudillos de la independencia exclusivamente con tropas mexicanas. Y es que los mexicanos queríamos la independencia pero éramos leales. No queríamos una independencia en beneficio de los ingleses, sino en beneficio de nuestra patria. Por eso la nación, en sus sectores conscientes, no siguió a Hidalgo, no siguió a Morelos. Debe haber parecido a todo el mundo sospechoso ese afán de matar gachupines y esa insistencia de reclutar indios puros y negros de la costa de Guerrero, para echarlos sobre las poblaciones al saqueo, para destruir, que es lo único que logra el líder improvisado que no tiene plan ni visión.

Para darnos cuenta de la táctica de Hidalgo y de Morelos, táctica de los precursores del partido americano, táctica que producía amistades en los Estados Unidos y promesas de ayuda, como la que llevó a Hidalgo hacia el Norte, como la que movió a Morelos a disponer de Texas, imaginemos un caso parecido en otra nación. Suponed que los franceses que ayudaron a la independencia norteamericana, en vez de encontrarse con hombres superiores como Franklin, como Wáshington, como Hamilton, hombres que supieron aprovechar la ayuda extranjera, pero sin someterse a sus fines, volviéndola más bien hacia el propio servicio, hubiesen recurrido en los Estados Unidos a la población mulata, ignorante y degradada, y, por lo mismo, predispuesta a la traición. A estos mestizos de negro y blanco el agente francés, enemigo de todo lo inglés, les habría dicho y lo habría dicho con razón:

Lleváis tres siglos de estar dominados por una aristocracia de cuáqueros hipócritas que presumen de justicieros y helos aquí apoderándose de todas las tierras, de todas las riquezas, manteniendo en esclavitud a millones y millones de negros. El grito de guerra ha de ser “mueran los británicos”, y cada vez que ocupéis un poblado, haced fusilar a todos los súbditos de Inglaterra que logréis capturar.

¿Qué hubieran hecho los jefes de la Independencia norteamericana frente a una propaganda de esta índole? ¡Hubieran tardado no más de cinco minutos para mandar fusilar a los que hubiesen dado oídos a propaganda semejante! ¿Qué hubiera hecho el propio Wáshington si el capataz de los esclavos de sus fincas se lanza a la rebelión con el propósito de matar ingleses? En ese mismo instante, Wáshington, que era bien nacido se habría sentido inglés y hubiera procurado batir primero a los traidores de su sangre y después a los agentes del poder opresor que era Inglaterra. Pues eso mismo explica por qué tantos no siguieron a Hidalgo y a Morelos sino que los dejaron ajusticiar, sin perjuicio de seguir trabajando por la Independencia, sin perjuicio de consumar la independencia, pero ya no al grito caníbal de “mueran los gachupines”.

Yo pregunto a los indios puros de mi país, y a mis compatriotas ya educados y despejados de la mente y el corazón: ¿Había o no había opresión, abuso, esclavitud secular de los negros en la región de América colonizada por los ingleses? Y, sin embargo, ¿qué hubiera pasado si los caudillos de la Independencia norteamericana, en vez de guerrear contra las tropas inglesas, convocan a los negros, los llaman y les dicen: “Ahora a matar británicos”? ¿Es verdad o no es verdad que los Estados Unidos se hubieran vuelto una cena de negros?

Acabamos de decir que otra habría sido la suerte de México si sus líderes nacionales de la época de la Independencia hubieran tenido la categoría cultural y humana de los Franklin, los Hamilton, los Adams. Uno o dos tuvimos en ese período, que pueden parangonarse con los mejores de cualquier país. El obispo Abad y Queipo y el civil don Lucas Alamán. Un personaje de categoría constructiva se hubiera podido desarrollar tal vez con la figura del licenciado Verdad, Alcalde de México. Pero faltó inteligencia en la clase acomodada, en la clase ilustrada.

El mayor crimen de la historia es revestir de oropeles sucesos que han sido la causa del atraso, la decadencia de las naciones. Y esto es lo que nosotros hemos hecho con la leyenda de la Independencia: erigir en culto y religión lo que fue yerro funesto y comienzo de todas nuestras desventuras. Vale más no tener ídolos que tenerlos falsos.

Los movimientos precursores

Desde el principio, anota Pereyra, el criollismo netamente español llevará la bandera del indianismo contra la Metrópoli; se llamará aztequismo en México, incaísmo en la America del Sur, mosquismo en la Nueva Granada, caribdismo en Venezuela. Cada país encontrara en una remota glorificación precolombina el punto de arranque de sus aspiraciones nacionales.

Pero todo esto era no sólo artificial y absurdo, era parte del programa británico que, junto con el salario, daba la lección a los precursores y a los actores de los grandes movimientos insurreccionales.

Una oscura rebelión de indios que tenía por objeto suprimir las mitas fue magnificada como para hacerla bandera continental. Ocurrió que el cacique rebelde Condorcanqui fue bautizado por los que habían vendido el alma a Inglaterra, con el nombre de Tupac Amaru, el nombre del inca ajusticiado por los españoles. Y se le presentaba como aspirante a Emperador de toda la América, cuando, dice bien Pereyra, su antepasado el verdadero Tupac Amaru nunca tuvo pretensiones de conquistar siquiera hasta Bogotá. Todo lo que hizo el nuevo Tupac antes de ser derrotado estrepitosamente fue degollar hombres, mujeres y niños. En Calca acabó con todos los blancos. Lo que indica la tendencia de la insurrección. Y por lo que vuelve a surgir la pregunta: ¿Qué hubieran hecho los norteamericanos con una sublevación que a pretexto de la independencia nacional hubiese lanzado a los pieles rojas del Cañada contra los puestos avanzados de las trece colonias primitivas? Hubieran hecho lo que hizo Calleja cuando ya no hubo más grito de guerra ni más plan que matar gachupines: batirla hasta exterminarla.

Los documentos que redactaban los ingleses no eran más eficaces para la consecución del propósito que serviría de base a la guerra: la difusión del odio entre criollos y españoles. Origen éste de la acción imperialista contemporánea que azuza el odio de los mestizos contra los criollos y de los indios contra los mestizos.

Más que francesas igualitarias y liberales, las ideas de los precursores de la Independencia eran tomadas del “Intelligence Service” del Almirantazgo inglés; nos eran fabricadas por los enemigos de España que codiciaban nuestros territorios. Eran ideas de desquiciamiento social, útiles para producir lo que pronto definiría el imperialismo norteamericano, más practico y más franco que el inglés: el exterminio de las razas mezcladas inferiores que había producido España y la conquista de la tierra sin los hombres, “la jaula sin el pájaro”. En otros términos, la táctica que los norteamericanos aplicaban en sus propios territorios: “a good indian is a dead indian”. En nuestros países había que acabar primero con el español porque el español se había casado con la india, se había aliado con el indio y había llegado a formar el poderoso bloque mestizo. Atacándolas por la cabeza, destruyendo a sus aristocracias, es como mejor y más pronto se acaba con las razas enemigas. Por eso el grito de guerra, grito hipócrita y desleal, era de un extremo a otro del continente y aun allí donde no había indios que reivindicaran un solo derecho: “¡Arriba los indios, los Tupac Amaru de opereta y… mueran los gachupines!”

Soñaba Miranda, como soñó al principio Bolívar, que con sólo establecer la libertad, todas las republicas de América vivirían en paz. No vio el peligro norteamericano, añadido al peligro inglés. Y si Bolívar lo vio, fue cuando ya en la decadencia y el destierro, le vino a su espíritu la lucidez del que ha fracasado en una empresa que juzgó noble.

También Miranda cayó en la infantilidad de querer dar el gobierno de un vasto Estado americano al descendiente del inca. Por lo que se ve de qué modo, aun los hombres de genio del movimiento, servían al plan anglosajón de eliminar lo español de los territorios cuya conquista preparaban. Y eso que Miranda no tenía una sola gota de sangre indígena. Era nada más un alma mediatizada por el influjo de los ingleses.

¿En dónde está el criterio de todos estos hombres que veneramos como padres de la patria? Si todo un Miranda, hombre de mundo, ilustrado, genial casi, ofrecía provincias, ¿qué tiene de extraño que Morelos, escaso de luces, hablase con naturalidad de ofrecer Texas a los Estados Unidos a cambio de unos cuantos rifles?

Aaron Burr también, personaje norteamericano caído después en desgracia, preparaba una expedición que bajó por el Missisipi. Su objeto pregonado por Jefferson, era la conquista de la Nueva España. No se llevó adelante porque detrás estaba España. Cuando nos faltó España, ocurrió el desastre del 47.

La guerra de independencia

El Virrey, entretanto, organizó nuevo ejercito que puso a las órdenes de don Félix María Calleja, general realista. En las llanuras de Aculco, al noroeste de la capital, esperó Calleja con diez mil hombres a los cien mil que traía Hidalgo. Eran estos una chusma pobremente armada, compuesta en su mayor parte de indios, y Calleja logró destrozarlos.

La derrota insurgente fue total. Desde ese momento ya Hidalgo no pensó sino en la huida. Mientras se dirigía al Norte fue aprehendido, en las cercanías de Monclova. De allí se le condujo a Chihuahua, donde fue ajusticiado, tras de retractarse públicamente de toda su empresa.

A su paso por Michoacán, Hidalgo había recibido la adhesión del cura don José María Morelos, su antiguo discípulo en el seminario de Valladolid. Morelos no tenía gran ilustración. Las ideas sobre su movimiento eran las que le comunicó Hidalgo, que las tenía confusas. Hidalgo veía con desagrado la matanza inmotivada de los españoles. Morelos, menos culto, se contagió más fácilmente de la irritación de los mestizos y los indios contra el español. Al lado de Morelos los agentes norteamericanos ganaron considerable influencia. A uno de estos agentes, según refiere Alamán, lo fusiló Calleja. Pero no antes de que hubiese presenciado con satisfacción las hecatombes de prisioneros españoles que consumaba Morelos. La destrucción de los españoles era necesaria para destruir el país.

El afán de botín impulsaba a las multitudes contra el español, porque siempre el que no tiene odia al que tiene. Los Estados Unidos habrían degenerado en vez de prosperar si, como nosotros, se dedican a perseguir ingleses. Al contrario, la política yankee ha sido de favorecer a la inmigración de ingleses y nórdicos de todas las razas afines de las suyas. Y el poderío de la Argentina y del Brasil se debe a que siguieron recibiendo españoles y portugueses respectivamente, por la misma época en que nosotros matábamos y expulsábamos españoles. Era una sangría de nuestra aristocracia étnica.

Si sobre estos hechos y otros parecidos no hay la menor duda; si no puede ser Morelos un modelo, ni como militar ni como patriota ni como caballero, ¿por qué esas glorificaciones ilimitadas? Levantar a la más alta cumbre de la fama patriótica a quien padece tales lacras, resta autoridad para exigir de los funcionarios y caudillos del día, las virtudes elementales del hombre de honor. Pues ¿cómo vamos a pedir al funcionario común lo que no se exige del héroe? Por otra parte, no hay nada más triste que un pueblo que ni la historia la tiene limpia. El mantenerla sucia no es culpa de los personajes que en ella figuran, sino de la caterva de inteligencias alquiladas a los más viles poderes de cada instante, y que repiten leyendas y otorgan consagraciones irreflexivas o perniciosamente motivadas, a menudo con el propósito de encubrir y justificar los crímenes del presente.

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Guerra de castas

Dado que la idea “México” se basa en la mayoría demográfica, que es mestiza con tendencia a india, no debe sorprendernos que la escuela no sólo me ocultó la parte oscura de quienes forjaron el país en que nací, como constaté en las entradas sobre Vasconcelos—tan oscura de hecho que ahora creo que los “héroes de la libertad” (el nombre de mi escuela secundaria hace cuarenta años) no fueron héroes sino traidores. También me ocultó episodios históricos fundamentales que me habrían puesto a pensar de niño, adolescente e incluso de adulto.

De los capítulos sobre Santa Anna de la Breve historia de México sólo quisiera citar un pasaje de la sección que Vasconcelos escribió sobre “La guerra de castas en Yucatán” del siglo XIX:

A mediados del cuarenta y siete, mientras el centro del país era ocupado por las tropas yankees, los indios de Yucatán se sublevaron. Y se vio allí en pequeño lo que llegaría a ser la tesis de Poinsett, el día que triunfase en todo el territorio el plan de la vuelta a lo indígena, la recomendación de la matanza de los blancos. Llegaron los indios hasta Valladolid, preciosa ciudad creada por los españoles, y no dejaban vivos niños ni mujeres. [página 383]

Imaginemos qué sucedería si la gente caucásica de Méjico pudiera ver películas y documentales sobre estos sucesos históricos. Al igual que el caso de la Mesoamérica precolombina, de la que tanto he hablado en este blog, si pudiéramos ver recreaciones del pasado, ya sea en la pantalla chica o en el cine, la experiencia transvaloraría gran parte de los valores de la población criolla actual.

En otras palabras, el establishment nos oculta información vital con fines de control social. O como diría Orwell: quien controla el pasado controla el futuro.

Published in: on junio 22, 2011 at 1:45 pm  Comments (1)  

Juárez: un mito

Hace unos años leí el número de Letras Libres cuya portada ostenta retratos de Juárez, el indio zapoteca puro que llegó a la presidencia de Méjico y que la narrativa oficialista convertiría en uno de los intocables íconos de la nación. Supuestamente, ese número de Letras Libres desmitificaría a Juárez.

Pero ahora que leí una auténtica desmitificación juarista, como la que escribió Vasconcelos en su Breve historia de México, me percato que fui engañado por los historiadores que encabeza el grupo de Enrique Krauze. (Como se ve en la webzine del profesor Kevin MacDonald sobre la cuestión judía, la influencia de gente como Krauze, el director de la revista cultural Letras Libres, hay que inspeccionarla con lupa.)

A continuación recojo extractos de algunos párrafos sobre Juárez y la Reforma de la Breve historia que me parecieron notables. A fin de agilizar la lectura, no incluiré puntos suspensivos entre la mayoría de los párrafos que omití.

En las páginas 393-441 de la edición que poseo, Vasconcelos escribió:

La vuelta a la dictadura bajo Santa Anna determina un estado de desesperación nacional. El mismo Alamán cometió el gran error de su vida, tomando de caudillo a un Santa Anna. Y Santa Anna hizo lo que Iturbide: encarcelar a sus enemigos, suprimir la libertad de imprenta, establecer la intolerancia religiosa. La alianza del clero con Santa Anna que, en esta vez, fue ostensible, “dio el pretexto, observa Justo Sierra, para que, al sobrevenir la reacción liberal la Iglesia fuese el blanco de todos los ataques”.

Con el apoyo yankee ocuparon Alvarez y Comonfort la capital de la Republica, después de que Santa Anna, según su costumbre, huyó, dejando comprometidos a sus partidarios. ¿Cómo no habían de prestar apoyo a Comonfort que había traído recursos de Nueva Orleans, y a su viejo agente don Valentín Gómez Farias, que fue el primero que protestó obediencia a la Constitución nueva? ¿Cómo no habían de regocijarse los estadistas yankees, si el acceso de Comonfort les aseguraba el dominio político de nuestro país, dominio que han conservado, con la sola excepción de los meses que duro el Imperio y los dos años de Madero y los tres años en que Obregón gobernó sin el reconocimiento de Washington?

No discutimos nosotros la legalidad de ciertos aspectos de la Reforma, ni su necesidad. Es evidente que el clero, lo mismo que el Estado, necesitaba purificación. Lo que debemos censurar es que la Reforma se hiciese bajo la dirección de un programa extranjero y con sentido antirreligioso. Con esto quedaban destruidas fundaciones privadas, colegios, universidades, hospitales. Nada de esto importaba a la furia jacobina atizada desde Nueva Orleans.

Por virtud de la nueva ley, la mitad de la riqueza del país, que pertenecía a la Iglesia, debía pasar a manos de adjudicatarios… sin experiencia, que en seguida las entregaban a agiotistas extranjeros que hoy las usufructúan. Los bienes eclesiásticos convertidos en títulos de crédito, en efecto, tendrían que pasar a manos extranjeras, tal como lo tenía previsto el Plan Poinsett. Y el señor Juárez no habría vuelto de su destierro, si no fuese porque el gobierno de Washington estaba decidido a colocar en el gobierno de México a los discípulos de Poinsett.

Sin los yankees, Juárez no hubiera vuelto. Juárez enraizó en la conciencia popular, no por las leyes de Reforma, sino pese a las leyes de Reforma, y porque en lo político representaba un anhelo acariciado por la nación, desde los días de la Independencia: el anhelo legítimo del gobierno democrático, la supresión de las castas y privilegios, el reconocimiento de la igualdad teórica de los ciudadanos, que ya es algo, aun cuando en el hecho subsistan desigualdades.

En las leyes de Juárez ya no se hablaba de transferencia de propiedad, sino de confiscación y nacionalización. Aparte de la nacionalización de los bienes eclesiásticos, se suprimían las órdenes monásticas en lo absoluto, disparate este contra la civilización, y se creaba el Registro Civil.

Justo Sierra, en vez de juzgar, se sale por la tangente de la literatura ramplona de la época y dice que “los liberales representaban la luz y los conservadores la sombra. Unos el día y otros la noche”. ¿Por que? ¿Quien era mas sombrío, Alamán españolista o Juárez que no pudiendo ser indigenista porque no existe lo indio, tuvo que convertirse en testaferro de protestantes y masones yankees? Lo cierto es que luz no había ni de parte de los conservadores, que sólo pensaban en entregar el gobierno a otro, ya sea a un Santa Anna, ya sea a un príncipe espurio, ni de parte de los liberales, que no osaban pensar sin poner el oído en dirección de Washington.

Llevar andante las leyes de confiscación del clero representaba un botín fabuloso, repartido entre denunciantes y espías y mercaderes de todo genero. Era como un llamado al saqueo nacional. Y, en el fondo, el mismo grito de guerra que brotó al lado de Morelos y de Hidalgo: la confiscación, siempre la confiscación: primero de los españoles, después de la Iglesia y más tarde, bajo la revolución carrancista, la confiscación de los criollos; siempre el atropello y la lucha de clases… y por haber ligado siempre su patriotismo a alguna de las formas del odio interno. Antes de España dependíamos, pero podíamos ser españoles; hoy dependemos de los Estados Unidos.

La capital quedó a merced de los liberales. La ocupó Juárez con su gabinete. ¡El poinsetismo había triunfado!

El primer acto de Ocampo, el Ministro de Relaciones de Juárez, fue darle sus pasaportes al ministro español Pacheco. El divorcio con España y con Europa se ahondaba. La figura central de México era Juárez, una especie de ídolo aborigen que encarnaba, por fin hacia la realidad, el sueño de Poinsett. Revivía lo indio, pero a la sombra del bastardaje yankee. La camarilla de los intelectuales juaristas: Ocampo, Lerdo, Ignacio Ramírez, se dedicaría en lo de adelante a predicar la desespañolización. ¡España tenía la culpa de todos nuestros males! Y se buscaba en el brazo Ignacio Ramírez la vena por donde le corriera sangre española para extirparla. ¡No era mucha por cierto, pues parece que más bien era negroide!

El ministro español Pacheco se retiro diciendo: “México necesita la intervención europea que le imponga la libertad y el orden, sin lo cual no tendría fin su vergonzosa historia”.

Se consumó el saqueo general de iglesias y conventos. Fueron vejadas y expulsadas las monjas; desaparecieron bibliotecas y archivos; la obra civilizadora de la Colonia quedó deshecha. Tuvieron que cerrar los hospitales de Caridad de México, Michoacán, Guadalajara, Monterrey y Chiapas, que atendían a más de siete mil personas de ambos sexos, anualmente. Se cerraron también infinidad de colegios y bibliotecas públicas. Se quedaron sin asiento y sin bienes los seminarios católicos que pronto empezaron a ser reemplazados con seminarios protestantes.

Todo se vendió, dice Sierra, dando ciento per cinco. Era lo que había previsto el Plan Poinsett: el remate de la mas gruesa porción de nuestra propiedad territorial, en beneficio de la Banca judía internacional.

Europa no se resignaba a ver que los Estados Unidos impusieran dominio absoluto sobre México y sobre todo el continente. España, Inglaterra y Francia mandaron buques a Veracruz.

Los patriotas mexicanos, asqueados de la intervención yankee acaudillada por Juárez, decidieron ligarse con Europa. El imperio de los anglosajones habría quedado quebrantado para siempre.

Se entusiasma don Justo Sierra por el triunfo del 5 de Mayo, no obstante que reconoce que, como batalla, no lo es ni de segunda categoría. Además, si se observa con una poca de atención, se advierte que, la selección de los hechos que dan lugar a la mayor parte de nuestras fiestas patrias, es también obra de la sutil propaganda poinsetista que inicia nuestra epopeya nacional con Hidalgo y Morelos, que mataban españoles.

Es triste que todos los fastos nacionales resulten episodios del programa poinsetista. Y sería ya tiempo de crear un nuevo calendario cívico. Pues al perder los franceses en Puebla no ganamos nada: ganó un punto el plan de hegemonía de Norteamérica.

Con más de treinta mil hombres penetró Forey a la capital en junio de 1863. He querido copiar textualmente esta frase de Sierra, el máximo apologista de la Reforma, según el cual “los balcones veían también, callados casi todos”. Yo no sé si los balcones ven, pero puedo afirmar que ni los liberales ni don Justo vieron. No vieron la oportunidad que se perdía de crear un gobierno nacional independiente de Washington.

 

El imperio

El 12 de junio de 1864 entró Maximiliano a la capital. Maximiliano comprendía que no iba precisamente a fundar una dinastía, exótica en America, sino a servir de puente.

Pero ese mismo año terminó la guerra de secesión en Norteamérica. Napoleón, alarmado  por la amenaza prusiana, no se sintió capaz de declarar la guerra a los Estados Unidos. Ordenó el retiro de las fuerzas francesas y aconsejó a Maximiliano que abdicara. Maximiliano decidió quedarse en el país, sin otro amparo que el de los imperialistas nativos.

Juárez, municionado, aleccionado, por los Estados Unidos. El indio iba a ser, por fin, la cuna que desintegrara en pedazos la profunda y dolorosa pero creadora labor de la Colonia. Después de un juicio que fue una farsa, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados. Su fusilamiento inútil es una de las manchas de nuestra historia. Ya sé que recientemente, en Austria, la patria del infortunado caballero Maximiliano, se estrenó con éxito de prensa, un dramón en que se justifica la resolución de Juárez y se denigra a Maximiliano. El autor de este drama es un judío de la misma casta de los que incitaron a Juárez a derramar sangre cristiana.

En México no habrá patria mientras los niños de las escuelas no aprendan a derramar una lágrima de gratitud por el hombre que dejó en Europa el lujo y la gloria, para venir a la América a morir en defensa de la cultura latina amenazada. No es, pues, odio al yankee lo que predico, sino odio a nuestras propias faltas, errores y miserias. El yankee ha hecho bien al tratar de extender su imperio. Es ley ineludible de la historia y ventaja humana que la raza más virtuosa sea la que predomine. Tampoco abrigo rencores contra el protestante. Lo que ambiciono es contribuir a que la verdad desbarate todas las patrañas.

Abstengámonos, pues, de odiar a Poinsett; bástenos con renegar de nuestros propios políticos mediocres y malvados que le sirvieron de instrumento. Lo que desearía es llevar al ánimo del lector la convicción de que no hallará remedio a sus males nuestro pobre pueblo torturado, mientras no comience a revisar sus mitos.

 

Quienes fueron los traidores

No existe el menor fundamento para afirmar que la invasión francesa tuvo por objeto someternos a la soberanía de Napoleón. De triunfar el imperio, México hubiera disfrutado un grado de soberanía que no hemos conocido después del triunfo de los liberales supeditados a los Estados Unidos.

El tratado Mac Lane Ocampo no se aprobó porque [en plena guerra de secesión estadounidense] no convenía a los republicanos yankees, en aquel instante, fortalecer a los del sur. Ante este hecho perfectamente comprobado, cabe preguntar: ¿Quien era el traidor? Pero nosotros no admitimos que se equipare invasión francesa con invasión yankee, primero porque los franceses son nación latina que no podía destruir nuestra cultura.

Published in: on junio 19, 2011 at 9:22 pm  Comments (1)  

Vasconcelos y Octavio Paz

jvNo ahondaré en los capítulos titulados “Madero” y “Obregón”  de la Breve historia de México de José Vasconcelos. Baste decir que, como mi intención es hacer una lectura racial de la historia de Méjico—por vez primera en la historia al parecer—, llama la atención que la primerísima frase del capítulo sobre Madero dice: “Era de pura raza española” y en la página 520, en el capítulo sobre Obregón, Vasconcelos dice: “Su sangre era buena y su alma se mantenía castiza”, cosa que no puede contrastar más con lo que en la siguiente página escribió sobre Calles, el tema de mi entrada anterior: “¿Existía en su sangre [libanesa] algún sedimento de rencor musulmán contra Cristo, según lo sospechaba el pueblo, que siempre le llamó el Turco?”

Lo que llamamos “historia de una nación” es, en realidad, una lucha sobre quién controla la narrativa social. Tal control desata grandes pasiones intelectuales. Como leí recientemente, representa “prácticamente un acto de guerra”.

Desde 1983 Octavio Paz se ganó mi respeto con la primera crítica lúcida que leí sobre el comunismo mejicano, y mi admiración se acrecentó a partir del Primer Encuentro Vuelta de 1990. Pero desde que desperté a las realidades raciales de la historia humana a mi muy tardía edad de cincuenta años, mis antiguos ídolos juveniles cayeron uno tras otro. Por ejemplo, en mi antiguo blog, en una entrada del año pasado sobre Octavio Paz que subtitulé “De mentor a traidor” escribí:

El cambio de paradigmas que he sufrido este año ha sido tan cataclísmico que actualmente veo a quienes consideraba gigantes intelectuales como ignorantes: gente engañada por el sistema y dormida en “la Matriz” (como en la película).

Hace diez días terminé de leer el libro de Vasconcelos, y recordé una frase de Enrique Krauze a Octavio Paz en una mesa sobre la Revolución Mejicana en el Segundo Encuentro Vuelta de 1993. Krauze habló ante las cámaras de una “cordialísima discusión” con Paz, en tanto que en El laberinto de la soledad Paz había parecido idealizar la Revolución, acerca de la cual Krauze decía que para muchos no había sido sino “una calamidad”.

Krauze y otros judíos mejicanos intentaron suprimir la libertad de expresión de un periodista que osó hablar de los judíos. Eso fue lo que me motivó a abrir un nuevo blog sobre la cuestión judía. A pesar de ello, creo que en la cordial discusión con su amigo Paz, Krauze tenía razón. No obstante, tanto Krauze como el resto de los intelectuales del Segundo Encuentro Vuelta se quedaron cortos; y en esta entrada quisiera tomar como paradigma El laberinto de la soledad para compararlo con la Breve historia de México de Vasconcelos, la cual, hasta donde sé, precisamente por ser infinitamente más franca que El laberinto nunca se tradujo a otros idiomas.

En la Breve historia uno se queda con la impresión de que después de las glorias de Nueva España toda la historia posterior de Méjico ha sido una historia muy sucia, para avergonzar a cualquiera. Pues bien: leí el Laberinto a finales de 1990, y su lirismo me impresiono sobremanera. Pero hace veinte años me encontraba políticamente verde. No tenía una referencia para comparar la lírica de Octavio Paz con un ensayo más prosaico sobre la historia de Méjico, como la salida de la pluma de Vasconcelos: escrita desde un punto de vista completamente distinto.

Ahora que releí los pasajes del Laberinto en que Paz escribió sobre la Revolución ratifico lo que había escrito en mi antiguo blog de que el cataclismo intelectual que sufrí me hace ahora ver a mis antiguos mentores prácticamente como traidores de su grupo étnico. Por ejemplo, en el Laberinto Paz habla en términos luminosísimos de Zapata, quien “posee la hermosura y plástica poesía de las imágenes populares”, a quien Paz coloca “con Morelos y Cuauhtémoc” como “uno de nuestros héroes legendarios”.

Como veremos en subsecuentes entradas, estas frases bastan para saber que Paz estaba mucho más soñando en las hondas Matrices con las que el sistema nos controla que Vasconcelos.

Más adelante Paz escribe “gracias a la Revolución…” e idealiza la calamidad que Krauze le reprochó con típico lirismo paciano: “La Revolución… es una fiesta: la fiesta de las balas”.

Paz jovenSólo compárese la literaria frase paciana con lo que dije en la entrada previa, que la Revolución Mejicana y sus consecuencias (por cierto: como la Revolución Francesa y la Revolución Rusa) fue una suerte de quebranto psicótico de un pueblo.

Es una verdadera lástima que en esa entrada no pueda transmitir con argumentos por qué digo esto. Tómense por favor estas duras palabras como un acicate en que intento despertar la curiosidad del lector para que lea la Breve historia, especialmente las antiguas ediciones que terminan con el gobierno de Plutarco Elías Calles. Aquí sólo pudo añadir que, en lugar de decir—con la honestidad brutal de un Vasconcelos—que los perpetradores de la Revolución eran en su mayoría rufianes, a secas, Paz dora la píldora con frases como: “la brutalidad y zafiedad de muchos de los caudillos revolucionarios no les han impedido convertirse en mitos populares”. En otras palabras, en vez de decir que hay que demoler los monumentos erigidos a estos gángsters, Paz convenientemente se empalma a la versión oficialista de la historia mejicana que los ha mitificado.

Vale decir que Paz recibía del gobierno una beca vitalicia desde antes de que le dieran el Nóbel. Desde Luis Echeverría y José López Portillo le hizo la barba a los presidentes de México; no se diga con Carlos Salinas…

Published in: on junio 17, 2011 at 12:12 pm  Comments (2)  

“El Turco”

Si hay algo que se desprende de la Breve historia de México de José Vasconcelos, es que el proyecto de nación del Méjico posindependentista está basado en mentiras.

Sólo una nación de autoengañados pude hacerle monumentos al quiebre psicótico que padecieron los novohispanos que perpetraron la Independencia hace doscientos años. De idéntico modo, sólo una nación de autoengañados puede hacerle monumentos al quiebre psicótico que padecieron los mejicanos que perpetraron la Revolución cuando mi abuela era una niña.

En esta entrada me concretaré al escándalo que significa el hecho de que la memoria de un verdadero gángster, como lo fue el presidente Plutarco Elías Calles, de ascendencia libanesa (por lo que lo apodaban “El Turco”), le haya dado nombres a calles mejicanas y que incluso se le hayan erigido estatuas y monumentos.

De la vieja copia de la Breve historia que poseo el capítulo sobre Calles es el único capítulo en que, hace ya decenios, mi padre subrayó copiosamente varias líneas con su lápiz. He aquí unos extractos de lo que Vasconcelos escribió:

Plutarco Elías Calles

Inició su régimen de asesinatos y prevaricaciones el general Calles, el 1º de diciembre de 1924. Había prometido a sus íntimos aplicar al pie de la letra la Constitución del 17… y la persecución de la iglesia católica.

Cierto diario de la oposición fue asaltado por polizontes disfrazados de obreros. Uno o dos redactores fueron muertos a tiros… Personas de todas las clases sociales… eran sacadas de sus domicilios y llevadas a los cuarteles donde se consumaban las ejecuciones y se hacían desaparecer los cadáveres. A un joven acomodado de la ciudad de Monterrey lo había mandado fusilar Calles para demostrar “que también a los ricos sabía pegarles”…

Calles abría las puertas a los judíos de Nueva York que se han apoderado del pequeño comercio y de la industria al centro del país. La saña demostrada por el jefe del poinsetismo contra la ciudad de Monterrey parece explicable si se considera que es el único centro de la República en que fábricas, capitales, obreros y técnicos son exclusivamente mexicanos. Y no convendría al poinsetismo que toda la República se emancipase económicamente como Monterrey. El paso inmediato de la emancipación económica tendría que ser la emancipación intelectual y el retorno a lo hispánico. Contra todo lo tradicional se libraba una guerra secreta, implacable. Y para poder desarrollar tal programa sin estorbos, se recrudeció el terror en todas sus formas…

Nadie estuvo seguro en su vida ni en sus bienes con el régimen callista… Rufianes de una organización gubernamental profanaron altares… y se consumó la expulsión de más de doscientos sacerdotes españoles… Las escuelas particulares en que se enseñaba la religión católica fueron clausuradas… mujeres de la mejor clase social fueron azotadas en público por generales callistas; otras fueron entregadas a la soldadesca para ser violadas; entre los hombres capturados se hizo gala de castigos y mutilaciones dignas de África. ¡Nunca había corrido en el país más sangre y nunca llegó el oprobio a tanto!…

Por su parte, la prensa judíocapitalista y radical de todo el mundo, desarrolló una labor de engrandecimiento de la oscura personalidad de Calles… Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo y portador de la medalla del “Aguila Azteca”, condecoración poinsetista creada por el presidente yankee-Americano Abelardo Rodríguez, la extensión de las tierras poseídas por los extranjeros a consecuencia de la Reforma y la Revolución es del treinta por ciento en total de la superficie… Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judíoizquierdismo mexicano, forzosamente han de embozarse en el manto de la pobre América latina que los ignora. Al mismo tiempo, los periódicos de Hearst, que habían difamado en grande a Calles, comenzaron a cantar las alabanzas de su fortaleza de estadista…

No faltaron serviles para quienes todo el poder lo ejercía el Jefe Máximo; en realidad, no había tal jefe máximo, sino que todos obedecían las órdenes del embajador Morrow… Era la primera vez que las finanzas de México se decidían de esta suerte en una embajada extranjera.

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Nota:

En la edición de 1944 que poseo, en el siguiente capítulo Vasconcelos pone el punto final a la historia de este “país envilecido hasta la médula”. 

Published in: on junio 16, 2011 at 5:18 pm  Dejar un comentario  

Méjico con “j”

A partir de esta entrada inicial no escribiré la palabra “México” con x sino con j. Es una forma de rebelarme ante lo que me inculcaron desde niño en la Ciudad Méjico. En esta entrada inaugural básteme citar un pasaje del capítulo “La Independencia” de Breve historia de México (Ediciones Botas 1944, págs. 255-260):

vasconcelos
 
La independencia de los pueblos americanos es el resultado de la desintegración del imperio español. Ninguna de las naciones de América había llegado a las condiciones de madurez que determinan la emancipación como proceso de crecimiento natural… Los hombres de mas clara visión de la Colonia y los más patriotas, como por ejemplo, el Obispo Abad y Queipo, dieron a México por perdido y con razón, desde que se vio que era inevitable su independencia…

Desde el principio, la guerra se propuso destruir a los españoles que representaban la fuerza y la cultura del país. De igual modo que más tarde se desarrolló la lucha contra el criollo y hoy se libra contra el mestizo, todo a pretexto de libertar al indio…

En los Estados Unidos nunca se dió al movimiento independiente el sentido de una guerra de castas. Para que Morelos, por ejemplo, fuese comparable a Washington, habría que suponer que Washington se hubiese puesto a reclutar negros y mulatos para matar ingleses. Al contrario, Washington se desentendió de negros y mulatos y reclutó ingleses de America, norteamericanos que no cometieron la locura de ponerse a matar a sus propios hermanos, tíos y parientes, sólo porque habían nacido en Inglaterra. Todo lo contrario, cada personaje de la revolución norteamericana tenía a orgullo su ascendencia inglesa y buscaba un mejoramiento, un perfeccionamiento de lo inglés. Tal debió ser el sentido de nuestra propia emancipación, convertir a la Nueva España en una España mejor que la de la península, pero con su sangre, con nuestra sangre. Todo el desastre mexicano posterior se explica por la ciega, la criminal decisión que surge del seno de las chusmas de Hidalgo y se expresa en el grito suicida: “¡Mueran los gachupines!”

Ni a Washington, ni a Hamilton, ni a Jefferson, ni a ninguno de los Padres de la Independencia yankee les pasó por la cabeza la idea absurda de que un piel roja debía ser el Presidente o de que los negros debían ocupar los puestos desempeñados por los ingleses. Lo que nosotros debimos hacer es declarar que todos los españoles residentes en México debían ser tratados como mexicanos.

La idea de que la independencia tendiera a restablecer los poderes del indígena, no fue idea de indígenas. La emancipación, ya se ha dicho hasta el cansancio, no la idearon ni la consumaron los indios. La idea de soliviantar a los indios aparece en los caudillos de la emancipación que no encontrando ambiente para sus planes entre las clases cultas, recurrieron al arbitrio peligroso de iniciar una guerra de castas, ya que no les era posible llevar adelante una guerra de emancipación. Y a este cargo no escapa ni Bolívar, que en Colombia lanzó a los negros contra los blancos a fin de reclutar ejércitos. A los del Norte, semejantes procedimientos les hubieran parecido desquiciadores y lo son.

Fue, pues, un crimen, el hecho de lanzar a los de abajo contra los de arriba, sin plan alguno de mejoramiento social, y tan solo para tener soldados. En realidad, la idea de poner al indio al frente del movimiento insurreccional fue una idea inglesa. Uno de los que primeros hablaron de confederar al continente hispánico bajo el cetro de un descendiente de los Incas, fue Miranda. Las ideas se las dieron a Miranda ya hechas sus amigos, los dos mayores enemigos de la obra española en America, o sea los franceses y los ingleses.

Si durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos algún agitador hubiese hablado de que el país nuevo debía ser gobernado por los pieles rojas, seguramente lo fusilan los patriotas como traidor. Entre nosotros todavía halla sonrisas quien habla de devolver el país a los indios. La propaganda inglesa bien sabía que los indios ni siquiera se darían por enterados; pero contaba con la ligereza, la vanidad, la estulticia de los criollos y los mestizos. Y aprovechaba ambos contra el español, porque destruido el español, estos países quedarían sin soporte étnico y divididos, por lo mismo, a merced de una nueva dominación.

Sin duda que un México gobernado por indios, convertido otra vez en azteca, se haría presa tan fácil como lo fue para Cortés. Aun suponiendo que lo indígena mereciera la restauración, lo que es absurdo imaginar, es obvio que los pueblos no retroceden trescientos años. Mucho menos en el caso de México en que ya la raza misma, aparte de las costumbres y las ideas, se había transformado.

El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter.