“Racismo”

A finales de 2015 dije que ya no iba a subir ensayos aquí a menos de que sucediera algo espectacular en el mundo.

Sucedió: Donald Trump, quien luchó como candidato con un par de buenas ideas—el muro y prohibir la entrada de moros—llegó a la presidencia. Pero lo realmente espectacular fue que el Sistema domó a Trump, al grado de que su reciente traición decepcionó a los nacionalistas blancos.

Ayer le di un vistazo a mi biblioteca personal y saqué del estante que vemos en esta foto uno mis libros favoritos. Era favorito en el pasado cuando, a mediados de los años setenta, quería estudiar la carrera de filosofía. Me refiero a uno de los diccionarios filosóficos más populares en lengua española: el del filósofo italiano Nicola Abbagnano.

Ahora, más de 40 años después, he despertado después de dormir décadas en una época que me ocultó cuestiones fundamentales (véase mi sitio principal). Así, ya despierto se me ocurrió ver qué decía El diccionario de filosofía de Abbagnano sobre el nacional socialismo.

No había artículo sobre ello. Entonces busqué la palabra “racismo”.

¡Sorpresa! ¡Después de un buen párrafo introductorio Abbagnano escribió las mayores falsedades propagandísticas que uno pueda imaginar!

No debemos olvidar que Abbagnano terminó de escribir su diccionario en 1960, cuando Occidente no sabía nada del Tercer Reich salvo la propaganda de los aliados. Por lo mismo, no es de extrañar que un profesor italiano tuviera que plegarse a esa narrativa. Pero quisiera concretarme al artículo que me impresionó:

Racismo (ingl. racialism; franc. racisme; alem. Rassismus; ital. razzismo). La doctrina según la cual todas las manifestaciones histórico-sociales del hombre y sus valores (o disvalores) dependen de la raza, y que enuncia la existencia de una raza superior (“aria” o “nórdica”) destinada a ser guía del género humano. El fundador de esta doctrina fue el francés Gobineau en su Essai sur l’inégalité des races humaines (1853-1855), dirigido a defender a la aristocracia frente a la democracia.

Salvo esta cuestión de ser guía de la humanidad, el párrafo inicial del diccionario de Abbagnano es certero. Por cierto, el libro de Gobineau es uno de los que se encuentra en mi biblioteca. Veamos qué dice a continuación:

Hacia principios del siglo XX un inglés germanófilo, Houston Stewart Chamberlain, difundió el mito del arianismo en Alemania (Die Grundlagen des XIX Jahrhunderts [“Las bases del siglo XIX”, 1899), identificando la raza superior con la germana.

Aquí comienzan los problemas, pues eso no es un mito. No es ninguna coincidencia que, hasta muy recientemente, los arios hayan dominado la cultura, la ciencia, tecnología y el mundo político.

El antisemitismo databa de antiguo en Alemania y, por lo tanto, la doctrina del determinismo racial y de la raza superior encontró allí fácil difusión, resolviéndose en el apoyo al prejuicio antisemita y en la creencia de que existe una conjura judía para la conquista del dominio mundial y que, por lo tanto, el capitalismo, el marxismo y, en general, las manifestaciones culturales o políticas que debilitan el orden nacional son fenómenos judíos.

Aquí ya llueven las trampas. Abbagnano escribe como si el problema judío fuera alucinatorio: un prejuicio de los alemanes.

La mejor manera de contestarle al difunto Abbagnano es simplemente decir que no es alucinatorio. Cuando Abbagnano estaba en sus mejores días los judíos estuvieron sobrerrepresentados no sólo entre los verdugos voluntarios de Stalin, sino que fueron judías las asociaciones civiles que cabildearon para abrir la migración masiva de no blancos a los Estados Unidos.

Aquellos que duden de la veracidad de estas afirmaciones deben leer dos libros que lo documentan, uno de un gentil y el otro de un judío: The culture of critique de Kevin MacDonald y Essau’s tears de Albert Lindemann. O Abbagnano era ignorante de estas realidades o las ocultó a sus lectores.

Después de la primera Guerra Mundial, el R. fue para los alemanes el mito de consuelo, la evasión de la depresión de la derrota y Hitler hizo de él el fundamento de su política.

Abbagnano era un erudito. Parece difícil que no supiera unas cuantas cosas de historia occidental. El párrafo de arriba implica que el racismo era un mito alemán del siglo XX.

La verdad es que el racismo tiene milenios: desde los arios que invadieron la India y elaboraron una religión brahmánica para no contaminar su sangre; desde los antiguos egipcios que ponían letreros de que a partir de cierta latitud no se admitían negros en sus tierras; desde los rubios espartanos y tebanos en la Grecia antigua que tenían reglas muy estrictas para no mezclarse con extranjeros, hasta los visigodos que quemaban en al estaca al godo que se casara con algún sangre sucia de la antigua Hispania. Incluso, antes de la decadente Roma imperial, la Roma republicana solía practicar una endogamia patricia para evitar mezclase con los de abajo; siendo los patricios más arios que los plebeyos y no hablemos de los esclavos.

El racismo no fue un invento de Hitler. Lo único que hicieron los alemanes del siglo en que Abbagnano y yo nacimos fue proporcionarle al racismo las bases científicas, y el ímpetu político, que tan sano instinto necesitaba.

La doctrina fue elaborada por Alfred Rosenberg en el Mito del siglo XX (1930). Rosenberg afirmó un riguroso determinismo racial. Toda manifestación cultural de un pueblo depende de su raza. La ciencia, la moral, la religión y los valores que ellas descubren y defienden dependen de la raza y son las expresiones de la fuerza vital de ella. Por lo tanto, también la verdad es siempre tal, sólo para una raza determinada. La raza superior es la aria, que desde el norte se difundió en la Antigüedad por Egipto, India, Persia, Grecia y Roma y produjo las antiguas civilizaciones, civilizaciones que decayeron porque los arios se mezclaron con razas inferiores. Todas las ciencias, las artes, las instituciones fundamentales de la vida humana han sido creadas por esta raza. Frente a ella está la antirraza parásita judía, que ha creado los venenos de la raza: la democracia, el marxismo, el capitalismo, el intelectualismo artístico y también los ideales de amor, de humildad, de igualdad difundidos por el cristianismo, que representa una corrupción romano-judaica de la enseñanza del ario Jesús.

Como he leído poco a Rosenberg ignoro si Abbagnano está representando correctamente lo que Rosenberg habrá escrito sobre “el ario Jesús”. A quienes he leído detenidamente es a Hitler y a Himmler, y se ve claro que tanto en las pláticas de mesa del primero, como en conferencias del segundo, la visión nacional socialista es más compleja y matizada que el bosquejo que Abbagnano hace en el párrafo de arriba.

Lo más interesante de los textos nazis son las publicadas pláticas de sobremesa de Hitler en tanto que sorprende que, entre el grupo selecto de amigos que comía en su mesa, el Führer criticaba más al cristianismo que al judaísmo.

Publicado en 1961, la reimpresión que poseo del Diccionario de Abbagnano es de 1987 (mi copia original de mediados de los setenta se la quedó un amigo). No vale la pena citar su artículo entero, “Racismo” (páginas 977s en la edición del Fondo de Cultura Económica), pero debo señalar que es en la página 978 donde el diccionario se convierte en un disparatario.

El primer disparate de Abbagnano es su frase “No existe ninguna raza ‘aria’ o ‘nórdica’.” Cierto que, si uno quiere escribir con precisión, podría decir “grupo étnico” en vez de “raza”, y desde este ángulo los nórdicos como grupo étnico existen. La malevolencia en una aseveración como la de Abbagnano es similar a aquello de negar que las razas existan. El segundo disparate de Abbagnano merece ponerlo en sangría:

No existe prueba alguna de que la raza o las diferencias raciales influyan de un modo cualquiera en las manifestaciones culturales o en las posibilidades de desarrollo de la cultura en general. Tampoco existe prueba de que los grupos, en los cuales se puede distinguir el género humano, difieran en su capacidad innata de desarrollo intelectual y emocional. Por el contrario, los estudios históricos y sociológicos tienden a reforzar el punto de vista que sostiene que las diferencias genéticas son factores insignificantes en la determinación de las diferencias sociales y culturales entre diferentes grupos de hombres.

Me atrevo a decir que semejante párrafo invalida no sólo el artículo “Racismo” sino el diccionario entero. ¿Para qué sirve tanta ontología, tanta teoría del conocimiento, tanta metafísica y lógica de los filósofos académicos si éstos son incapaces de ver el mundo empírico? ¿Qué valor puede traernos las “ciencias” blandas como los estudios sociológicos que Abbagnano menciona (opiniones en realidad) frente a las ciencias duras?

Si hay algo que quedó claro desde Darwin y sus discípulos en la antropología física (la “antropología social” de Franz Boas es seudociencia) es la diferencia de capacidad craneal entre, digamos, los negros y los blancos. Además, existen pruebas psicométricas con negritos bebés adoptados en hogares de blancos adinerados. Este tipo de estudios no sólo muestran que el coeficiente intelectual es diferencial entre las razas, sino entre hombre y mujer. No hay grandes maestros de ajedrez negros por ejemplo; y a pesar de que en China entrenan a las chinitas pródigas a jugar al ajedrez desde pequeñas, aún así los torneos internacionales de ajedrez tienen que dividirse entre hombres y mujeres. Hay excepciones por supuesto: pero son excepciones que confirman la regla.

Si hay algo que la raciología, el estudio de las razas humanas, nos enseña es que las diferencias genéticas entre humanos son factores determinantes en las diferencias sociales (consúltense estos libros). La torre de marfil de filósofos como Abbagnano, que lo único que hacen es plegarse al paradigma en turno, debiera ser el hazmerreír de quien ha superado la corrección política.

Tampoco existe prueba alguna de que las mezclas de razas produzcan resultados desventajosos desde un punto de vista biológico. Es muy probable que no existan y que nunca hayan existido, a través del tiempo, razas “puras”. Los resultados sociales de las mezclas de razas tanto buenos como malos, pueden ser atribuidos a factores sociales.

Pasajes como ese me mueven a decir que lo que sucede en mentes de académicos como Abbagnano es peor que las discusiones bizantinas. Con declaraciones como las de arriba el célebre filósofo italiano parece estar disociando, adrede, la realidad. Cualquier italiano honesto puede percatarse que la gente mezclada de Sicilia con los turcos del sur pertenece a una cultura inferior que la de los más blancos italianos, al norte de la península.

Y no hablemos de cómo, por mezclar su sangre con indígenas y negritos cucurumbé, los iberos produjeron una estirpe inferior a su contraparte anglo-germana al norte del Río Bravo. ¿En qué rayos se basa Abbagnano para declarar que no hay pruebas históricas de que la mezcla produzca desventajas en la descendencia mestiza?

No es difícil hallar la respuesta. En el último párrafo de su ridículo artículo vemos que Abbagnano se suscribe, religiosamente, al universalismo suicida de Occidente: herencia del catolicismo universal de la iglesia de su país. Dejemos que Abbagnano, quien nació y murió en Italia, tenga la última palabra. En el caso del racismo, nos dice:

…se trata de un prejuicio extremadamente pernicioso, porque contradice y obstaculiza la tendencia moral de la humanidad hacia la integración universalista y porque convierte los valores humanos, comenzando por la verdad, en hechos arbitrarios que expresan la fuerza vital de la raza y así no tienen sustancia propia y pueden ser manipulados arbitrariamente con los fines más violentos o abyectos.

¡Adiós Stormfront!

Stormfront

El foro más populoso y antiguo para los “nacionalistas blancos” ha sido Stormfront, tanto así que tiene una hermanita para que los hispanohablantes intercambien opiniones.

Antier una moderador de este Stormfront en español (supongo que es mujer por su avatar) borró mi último comentario con la mentira que mi comentario era “trolling”.

Mentiras, pues recuerdo perfectamente que mi respuesta simplemente señalaba a otro comentador que el sitio Evropa Soberana había demostrado que muchos caucasoides europeos habían dejado de ser arios.

Stormfront en su versión hispanohablante es, en el fondo, un foro políticamente correcto. La mayoría de hispanohablantes que dialogan allá están bajo la ilusión de que son tan blancos como los gringos. No toleran que alguien les diga sus verdades: que muchos (aunque no todos) españoles, portugueses, griegos e italianos del sur—los sicilianos por ejemplo—y de otros países de Europa y América han dejado de ser propiamente blancos.

Es de verdad patético y en extremo surrealista que estas verdades elementales no puedan decirse en un foro alegadamente “racista”. No sólo borraron mi comentario aparentemente inocuo: señalar los artículos de Evropa Soberana como prueba de que muchos griegos y sicilianos ya no son blancos. La moderadora llegó al extremo de expulsarme por haber enlazado ese par de eruditos artículos (éste y este otro).

Patético de verdad. Si la moderadora que me censuró y corrió del foro es mujer, sus acciones sólo corroboran lo que he escrito sobre el bello sexo en mi blog en inglés.

Jamás debe un sacerdote de las 14 palabras estar sometido a los caprichos de una mujer. No sólo tienen las mujeres un coeficiente intelectual inferior al nuestro, sino que en lugar de estar censurando a la clase pensante deberían estar criando a niños blancos en casa.

Published in: on septiembre 14, 2015 at 10:46 am  Comments (4)  

Mi pregunta en rojo

En un blog chileno Francisco Albanese contestó lo que pregunté en mis recientes artículos:

Efectivamente, desde la academia nunca ha existido—o lo ignoro por completo—una adjudicación al factor racial… como causa principal del subdesarrollo en América (excluyendo Estados Unidos y Canadá). Sin embargo, y contra toda corrección política, este bloqueo intencional por parte de la intelligentsia, que siempre atribuye el subdesarrollo a una cuestión relacionada con el capitalismo, la globalización, idiosincrasia y, en último caso, a la cultura, contrasta con la perspectiva del hombre común, al menos en Chile, de que “la raza es la mala”.

Desconocía esta sabia vox populi en el cono sur y le agradezco a Albanese su artículo.

De las dos preguntas que hice en las mencionadas entradas, la segunda es la que más me interesa, donde fui incluso más allá de lo sucedido en las Américas: “Hasta donde sé, ningún hispanohablante ha dicho las cosas en forma tan clara [como Pierce, Kemp y otros]: el mestizaje ha sido la calamidad de las civilizaciones que originalmente fueron arias, el mundo visigodo en la península ibérica incluido”. Y a renglón seguido anoté: “¿Me equivoco? ¿Ha habido alguien?”

Por lo que Albanese contestó colijo que al menos el pueblo chileno, no sus intelectuales, tiene algo de conciencia a nivel horizontal. Pero no es eso lo que quería saber, en tanto que es el conocimiento vertical el creador o destructor de paradigmas. Si uno toma la manera tan franca de decir las cosas de un Rockwell, por ejemplo (véase mi entrada de hace un mes en este blog), lo que trato de indagar es si ha habido un hispanohablante que haya escrito de forma tan desinhibida como ese norteamericano.

Lo que se ha publicado doctamente en inglés y en alemán puedo decirlo con mis propias palabras: La América “latina” está chingada debido al mestizaje perpetrado por los europeos ibéricos en previos siglos, quienes se chingaron a las indias e incluso a algunas negras y mulatas. (Confiérase El laberinto de la soledad de Octavio Paz para entender el aztequismo “La Chingada”.)

Ahora bien, Albanese dice que no ha habido en la academia nadie, que él sepa, que haya escrito sobre ello, aunque sea en términos más educados. Ni escritores al parecer. ¿Significa eso que la gran verdad sobre Latinoamérica, lo que puse en negrillas arriba, no ha dejado registro en prensa escrita ni por un solo hispanohablante?

Published in: on agosto 15, 2015 at 1:32 pm  Comments (2)  

Para aquellos…

que masquen el inglés, he aquí mis artículos escogidos en The West’s Darkest Hour como los más representativos para entender al nacionalismo blanco:

Básico:

The History of the Rise and Fall of the White Race

Sobre los culpables de la hora más oscura de occidente:

Liberals—about to be mugged by reality

The Jewish Problem

The Christian problem encompasses the Jewish problem

Sobre las difamaciones usadas contra Alemania:

Greg Johnson’s “Dealing with the Holocaust”

Irmin Vinson’s must-read articles about the Holocaust

Best essays on Hitler

Published in: on julio 20, 2012 at 7:46 pm  Dejar un comentario  

Una sociedad cerrada

Mi entrada anterior fue una ruptura abierta con Octavio Paz, quien vivía a unas cuadras de mi hogar en Coyoacán cuando falleció.

No obstante, ahora que he mencionado a Nueva España en mis últimas entradas en inglés (por ejemplo aquí), me animé a releer algunas páginas del libro que representa la madurez del pensamiento de Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe. Me refiero especialmente al análisis que el poeta hace sobre Nueva España. No cabe duda que esas páginas pacianas retratan mejor lo que fue esa “sociedad singular” que los densos tratados de cualquier otro escritor.

Leí Las Trampas de la Fe hace ya veinte años, y no acaban de admirarme frases lucidísimas como la siguiente:

La biblioteca de sor Juana es un espejo del inmenso fracaso de la Contrarreforma en la esfera de las ideas.

Y es que, en “la sociedad cerrada” en la que Juana vivió, no sólo le faltaban Maquiavelo y Hobbes, sino Bacon y Descartes (además de su silencio sobre el mismo Erasmo). Juana tampoco leyó a Shakespeare o a Milton. “Más grave aún”, escribe Paz, “fue no tener noticias del movimiento filosófico y científico de su tiempo”. La poetiza novohispana tampoco se había enterado de Leibniz, Newton y Spinoza. Paz remata su capítulo de Las Trampas de la Fe con palabras admirables:

El caso de sor Juana se ha repetido una y otra vez: ha sido una nota constante de la cultura española e hispanoamericana hasta nuestros días… embobada con esta o aquella ideología, vuelve a perder el tren.

En previos capítulos de su libro Paz había hecho un análisis inteligentísimo sobre la Nueva España: desde el mundo prehispánico, la conquista, los virreyes, el estado y el púlpito, la guadalupana que “literalmente enamora a los novohispanos”, la espléndida arquitectura, la encomienda, los modos de producción, los jesuitas y el impulso autonomista de los criollos, hasta unas comparaciones desfavorables de la época de la Colonia frente a la plena modernidad representada por los Estados Unidos. No obstante, a diferencia de la Breve Historia de México de Vasconcelos, tema de varias entradas en este sitio, Paz apenas toca el tema del mestizaje y nada dice en lo absoluto sobre la inmensa desproporción de indios levemente mestizados frente a los criollos y peninsulares, y cómo semejante desproporción pudo haber afectado a esa sociedad singular.

¿Por qué Paz se refrena de ahondar en lo que Vasconcelos se animó a decir? En pocas palabras, por corrección política. A pesar de su eterna lucha contra los marxistas mejicanos, tan embobados en compactas ideologías que empuñaban cual cachiporras, Paz padeció toda su vida de ceguera en el centro de su visión. Lo que es más: por más insólito que pueda parecer, lo que el laureado poeta no se atrevió a decir a veces lo dicen los neonazis del nuevo siglo.

Sé que esto puede parecer inverosímil, pero es natural. La gente del establishment, incluyendo los intelectuales de elite, no pueden lanzar ideas más allá de lo que la sociedad cerrada en la que vivimos nos permite decir. Paz y otros jamás hubieran recibido becas vitalicias de parte del gobierno mejicano, no se diga premios internacionales como el Cervantes y el Nobel, de haberse atrevido a pensar honestamente sobre las causas de fondo del rezago del país en que nacieron.

* * *

“¿Qué es Méjico?”, le preguntaron a un bloguero neonazi. Tómese en cuenta que la paráfrasis que haré del bloguero, por más primitivo que éste pueda parecer, llena el hueco negro con letras inteligibles que Paz fue incapaz de ver debido al punto ciego en el centro de su visión:

Desde su independencia la “nación” llamada Méjico no ha sido más que una aglutinación caótica de razas, culturas, pueblos y etnias, pero no existe como una verdadera nación. “México” era el nombre la antigua capital azteca, México-Tenochtitlan (o hablando con propiedad fonética, capital mexica o meshica).

Hace siglos que el verdadero México—una hermosa ciudad lacustre—fue destruido. El Méjico moderno—una nación—es una noción equívoca, en el sentido de que no todos quienes usan un pasaporte con águila y serpiente son descendientes de los tenochcas. Ni los indios lacandones ni los criollos de Guadalajara o del norte del país se ven a sí mismos como sus orgullosos descendientes, y no hablemos de cómo los judíos ricos de la capital, muchos sin una sola gota de sangre indígena, perciben a los antiguos mejicanos.

En otras palabras, más que una auténtica nación Méjico es una quimera imposible de diversos grupos étnicos (por eso mejor uso la “j” para escribirlo a la española). A Paz mismo le molestaba que el Museo de Antropología de su querida ciudad ostentara la Sala Mexica de manera central, como si hubiera sido la cultura central en Mesoamérica (habría que preguntarles a los teotihuacanos, o a los mayas). Con la poca gente blanca sin mezcla que le queda al país y con indios que apenas saben castellano (frecuentemente ni siquiara náhuatl sino uno de los diversos dialectos), el mal llamado Méjico—en tanto que la antigua capital azteca no debió darle nombre a la diversa nación moderna—carece de identidad común.

Pero el verdadero quid es que, con una población casi totalmente mestiza con fuerte presencia del genotipo y fenotipo indio—¡y aún negro!—y con los criollos puros en vías de extinción, el país está destinado a la irreversible decadencia total. Recuérdese la premisa bajo la que corre la Breve Historia de Vasconcelos: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres. Los tiempos actuales y la guerra del narco, mestizos de baja ralea, son prueba viviente y sangrante de esa decadencia racial que abruma a la nación.

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes, nos dice el neonazi. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio. Por más que admiremos la valentía que mostró Vasconcelos con su Breve Historia, la población mejicana no puede superarse porque el “superarse”—algo que Vasconcelos no vio ni en su Breve Historia ni en La Raza Cósmica—no pertenece al reino de la volición. La mayoría de los mejicanos simplemente carecen de genes competitivos: de un coeficiente intelectual que les permita competir con los pueblos de raza aria, o con los chinos, japoneses o los judíos.

Quien dude que vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España—en tanto que si bien a la Inquisición le molestaban los telescopios, a los inquisidores del siglo XXI les molestan los estudios raciales—haría bien en leer esta entrada. El tema del artículo y enlaces incorporados es el coeficiente intelectual, el cual es diferencial entre las razas. Es claro que el hispanohablante común del siglo XXI no tiene noticias sobre los estudios sobre el CI de nuestros tiempos.

Razón: Aunque Vd. no lo crea, vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España.

Published in: on octubre 29, 2011 at 8:11 pm  Comments (1)  

Por qué ha crecido tanto

la criminalidad en Méjico

 
El sistema totalitario de corrección política en que vivimos nos ha ocultado la razón.

Cuando Richard Herrnstein y Charles Murray, autores de The Bell Curve, publicaron su estudio, cuyo capítulo 13 trata sobre las diferencias de coeficiente intelectual (CI) entre las diversas razas, yo vivía en Houston. Como miles de otros ingenuos que se tragan lo que dicen los medios de comunicación, debido a una reseña tendenciosa del libro en Scientific American creí que la ciencia que Herrnstein y Murray presentaron en su libro no era sólida. No leí el libro, a pesar de que Steve, un amigo, lo recomendaba mucho.

Este día, quince años después de que creyera la reseña tonta que en Houston había leído sobre The Bell Curve, me senté a escuchar este video en YouTube sobre el contenido del libro:

La información de unas secciones de este video ha sido ampliada más recientemente por otros autores que han escrito sobre “el color del crimen”, esto es, cómo la gente de más bajo CI es más propensa a la violencia.

No estoy de acuerdo con todo lo que dice esta introducción hablada a The Bell Curve. En un momento por ejemplo se pone al individualismo como la piedra angular sobre la que debe basarse la sociedad americana, y el libro promueve un regreso a los valores igualitarios de los fundadores de Estados Unidos en cuanto a cómo estratificar la sociedad. No obstante, si comparados conmigo Herrnstein y Murray parecen cautos y hasta políticamente correctos, su libro tiene el mérito de haber sacado al debate público una ciencia que ya lleva más de un siglo. Y si hay algo que se colige sobre los estudios del CI es que la explosión de criminalidad tanto al norte como al sur del Río Bravo tiene que ver con el tipo de gente que el sistema ha ayudado a que se reproduzcan geométricamente: los negros del norte y los indígenas levemente mestizados al sur.

Sí mis queridos lectores: esta es una realidad brutal que ni el mismo Vasconcelos, quien vivió antes de que estos estudios se popularizaran y a quien he dedicado las últimas entradas, llegó a sospechar.

Todo aquel que desee entender los índices de criminalidad de las últimas décadas en Méjico, con todas esas horrendas decapitaciones y secuestros de los que no se hablaba cuando yo era un niño, haría bien en familiarizarse con los estudios sobre el CI. Es obvio que la calamidad que muchos hemos sufrido en el país—a mí por ejemplo me han secuestrado dos veces en la Ciudad de Méjico—podría haberse evitado con una política inversa de ingeniería social a la que hemos tenido.

Un tema enorme y tremendo: y lo único que puedo añadir a esta entrada es remitir al lector a una serie de libros que arrojan aún más luz sobre el asunto que The Bell Curve.

Posdata de 2017

La psicología diferencial, también llamada ciencia psicométrica o estudios del coeficiente intelectual entre las razas refuta la tesis del mejicano Federico Navarrete, laboriosamente expuesta en su libro Alfabeto racista mexicano. Navarrete completamente omitió no sólo la psicología diferencial, sino el hecho de que los negros tienen menos capacidad craneal que los blancos: algo sabido desde los discípulos de Darwin hasta hoy día en que se usa la resonancia magnética para un cómputo exacto de capacidad craneal.

Published in: on julio 20, 2011 at 7:23 pm  Comments (4)