Intelectuales anti-blancos

Mejico es un país indigeno-mestizo y antiblanco, desde sus orígenes. Es una tristeza que la escasa población blanca que vive aquí no se quiera dar cuenta de eso y se ofenda si le comentas la verdad.

Fabian

 
Fabian no se refiere a la Nueva España sino a la nación que surgió con el movimiento de independencia. Tan cierto es que Latinoamérica es implícitamente anti-aria que basta escuchar a sus intelectuales. En una reciente conversación (pulsar aquí) entre Mario Vargas Llosa y Oppenheimer, el premio Nobel dijo a propósito de Donald Trump:

…toda forma de racismo implica, digamos, la posibilidad de una violencia enorme. Eso está detrás de toda la campaña ésta, racista—clarísimamente racista de Donald Trump contra los mejicanos, contra los inmigrantes, eh, con la idea de que puede existir una sociedad de razas puras, de razas blancas ¡ja! Es una cosa tan absolutamente anacrónica y estúpida que da un poco de pena… Jamás será el candidato de los republicanos.

Este perfecto idiota latinoamericano no parece percatarse de que la migración de color al norte blanco ha sido la más masiva de toda la historia—¡60 millones en medio siglo! (fuente: aquí).

Póngase especial atención a las palabras de Vargas Llosa “con la idea de que puede existir una sociedad de razas puras, de razas blancas ¡ja!” Aparentemente la idea de los chinos y los japoneses de no aceptar migración de etnias cafés, negras o blancas es natural. Pero ¡ay si se les ocurre lo mismo a los arios! La ideología subyacente de Vargas Llosa es claramente antiblanca, como la de Octavio Paz (véase: aquí) en tanto que ambos implican que, a diferencia de los orientales amarillos, los occidentales blancos no tienen derecho a un suelo propio.
 
Posdata del 5 de mayo de 2016

Paz murió en 1998 pero su postura es común entre los intelectuales mejicanos de hoy día. En la entrevista de CNN entre Carmen Aristegui y Krauze celebrada ayer (pulsar aquí), Krauze comentó, a propósito de la virtual nominación republicana de Trump (nominación que por cierto refutó la tonta profecía de Vargas Llosa):

Bueno Carmen: Primero creo que en los Estados Unidos estamos viendo una prueba más de la degradación de la sociedad americana. Porque un sector de la sociedad americana indudablemente pues está mostrando su verdadera faz. Y la está mostrando por ejemplo en el fanatismo de las armas, en el tema de las drogas y en la resurrección de algo que estaba allí en el fondo, siempre; sobre todo en los estados del centro y sur de los Estados Unidos que es el racismo y el nativismo. Digamos que los instintos más bajos de la cultura y de la historia de los Estados Unidos, están emergiendo.

Yo diría que el racismo y el nativismo son los instintos más altos de la cultura americana (véase el prefacio al libro que edité en inglés: acá). No me sorprende el astronómico doble rasero de este judío mejicano: apoyar a Israel, una nación que sólo admite a judíos étnicos, y condenar a toda nación aria que sólo quiera admitir a blancos étnicos (que ni siquiera es el caso de los EE.UU.). Prosigue Krauze:

En Europa tenemos ejemplos de “Trumps” en Francia con Marine Le Pen; en Hungría, en Polonia: que tienen las mismas características de buscar cerrar los países; son enemigos de las emigraciones; de la inmigración. Son enemigos del Otro. trump? Predican el odio al Otro.

Y además lo hacen desde una posición de un líder carismático que promete soluciones providenciales, inmediatas, pero que siempre como te he dicho predica desde el odio.

Qué soberana estupidez. Actualmente los cuarenta y tantos millones de musulmanes que “emigraron” (en realidad invadieron) a Europa representan un peligro de guerra civil más tarde en este siglo, cuando la demografía con los nativos blancos se empareje dadas las diferentes tasas de natalidad entre los dos grupos.

La islamización de Europa aparte, este diagrama del invierno demográfico para los blancos (véase: aquí), debido precisamente a las políticas de migración masiva de las que Krauze y Vargas Llosa no dicen ni pío, lo dice todo. Sigue el rollo de Krauze a la Aristegui:

Si a eso le aúnas los elementos que ya bosquejé—sobre todo el tema del racismo. Yo le doy mucha importancia a que los peores instintos de Estados Unidos surgieron como respuesta a la presidencia finalmente democrática, moderada, inteligente de un… hombre de color, Obama.

Nada más alejado de la realidad. El negrito cucurumbé ha endeudado más a su país (va para $20 trillones de dólares de deuda) ¡que todos los previos presidentes gringos juntos! Sobre Obama en general véase también lo que se escribe en The Occidental Observer (aquí). Prosigue Krauze:

Pero que [en] una parte del movimiento de la simpatía a Trump está fincado el odio que un sector importante del electorado republicano tiene hacia Obama no me cabe la menor duda. Porque [por] los ocho años… vivieron del agravio terrible ante los ojos de estos nativistas defensores de la piel blanca y de la pureza racial de los Estados Unidos de ver a un hombre de color en la Casa Blanca, y además hacerlo tan bien como lo ha hecho, en términos generales.

¿Te cae? Para nosotros Obama es poco más que un chimpancé al que hay que ajusticiar, como escribí en un artículo en inglés sobre “la mujer roja” de Juego de Tronos (aquí).

Después de la muerte de Octavio Paz, la influencia de Krauze✡ en Méjico ha sido enorme a través de su revista de artículos “de fondo” y de Clío: una editorial que incluso saca programas “culturales” en la televisión.

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Published in: on diciembre 3, 2015 at 2:12 pm  Comments (4)  

El libro que escribo – II

México sería sin duda un país de prosperidad
porque sus elementos naturales se lo proporcionan,
pero no lo será para las razas que ahora lo habitan.

—Lucas Alamán

 

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroNo tiene sentido criticar el nacionalismo de mi cristiano padre, tan similar al nacionalismo de los mejicanos liberales y ateos tan comunes en el Méjico actual, si no lo ponemos en contexto.

En primer lugar, Méjico, como las naciones de occidente hoy día, es un país que practica un totalitarismo suave. No se escuchan las opiniones verdaderamente disidentes en los medios—jamás. Con un solo ejemplo bastará. Cuando tenía catorce años el destacado escritor Mauricio Magdaleno visitó a mi padre en nuestra casa de la calle Palenque. En la sala junto con su esposa, Magdaleno comenzó a discutir sobre Gustavo Díaz Ordaz cuando mi padre dijo algo muy duro contra él. Magdaleno lo defendía educadamente. Recuerdo que en un momento Magdaleno dijo algo así como que no iban a poner a un muchachito en el poder y al decirlo me dio dos palmadas amistosas en la pierna. Esas son las únicas palabras de la conversación que recuerdo, además de un comentario escueto de su esposa de que tenía muy buenos recuerdos del ex presidente. El punto es: aunque no recuerdo los argumentos de ninguno de los bandos, sí recuerdo el enojo de mi padre y la educada defensa de Magdaleno.

Haya dicho este último lo que haya dicho, en los medios mejicanos jamás de los jamases se escucha una voz así en lo que se refiere al presidente mejicano que ordenó la matanza de estudiantes en octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco. A mí me resultaría muy fácil defenderla arguyendo que, precisamente por no haber masacrado a los estudiantes del 68 en París y en Estados Unidos, esa generación de traidores, cuando creció y llegó a esferas de influencia en sus respectivos países, abrió las puertas a las masas de migrantes no blancos. Es mucho muy fácil para mí argumentar que una acción de este tipo—matanza de estudiantes—es legítima moralmente si previene un mal mayor que la matanza misma. (Los millones de migrantes no blancos—actualmente en Europa hay más de cuarenta millones de musulmanes—actualmente están reemplazando a los blancos nativos en un Occidente que ya no quiere tener niños.) Un argumento de esta índole ciertamente difiere de lo que, supongo, decía Magdaleno aquella noche en la sala de mi casa. Pero ni lo que Magdaleno solía decir en los años setenta ni lo que argumento ahora llegará a los medios mejicanos bajo ninguna circunstancia: los mejicanos viven en un estado de totalitarismo suave sin que se den por enterados. Incluso el intelectual más odiado en Méjico por la izquierda radical, Octavio Paz, renunció a la embajada de la India en protesta por la matanza de estudiantes: un momento clave en su biografía.

La primera vez que, en mi vida adulta, escuché la otra voz respecto a la masacre de Tlatelolco fue en la página de discusión de la Wikipedia en inglés sobre el tema. Un angloparlante se quejaba de que el artículo era tendencioso y que fallaba en mencionar el punto de vista del gobierno mejicano. Al leer este casual comentario experimenté disonancia cognitiva por vez primera en mi vida adulta respecto a las acciones de Díaz Ordaz. Nada semejante había leído por decenios desde el 68. La sabiduría aceptada en Méjico sobre el asunto había sido completamente unificada y no se han escuchado voces discordantes. La “otra voz” de esa humilde página de discusión en Wikipedia marcaría un parteaguas para que me atreviera a pensar sobre un tema que el clima de la época daba completamente por cerrado.

Leí el comentario de Wikipedia cuando no había despertado racialmente. Una vez despierto, en enero de 2012, un londinense hizo el siguiente comentario en mi blog en español, La hora más oscura:

La literatura hispanoamericana es un desastre (y esto a pesar de que haya un montón de escritores talentosos): casi todos los “grandes autores” son izquierdistas, si no comunistas.

Fíjense que casi nadie comenta en mi blog en español; mis contados interlocutores son angloparlantes. Pero cuando uno de quienes visitan mi blog principal, The west’s darkest hour, conoce mi lengua materna y comenta en el presente blog, me sorprende. Dice algo en mi lengua materna que, si bien intuitivamente lo sabía, no lo había oído articular, como pasó con el comentario citado arriba. Efectivamente, “es un desastre” que ningún escritor latinoamericano de renombre—absolutamente nadie—quiera ver lo que sucede en esta parte del continente. No importa que no todos sean de izquierdas. Tanto un cristiano devoto como mi padre, como el agnóstico Octavio Paz, como Enrique Krauze que tiene sangre judía—todos críticos del comunismo—, se suscribieron a cosmovisiones lesivas para la raza blanca. Ilustraré esto de que nadie quiere ver lo que sucede en la mal llamada América Latina con una viñeta de Héctor Covarrubias, de quien ya he hablado en mi previo libro.

Hace muchos años Héctor me contó que, cuando pasó por el servicio militar, en la ceremonia de graduación los militares del ejército mejicano convocaron a decenas de miles de reclutas para cantar el himno nacional. Eran tantos esos miles que los jóvenes de hasta atrás—cientos de metros atrás—aparentemente se retrasaban en cantarlo. El militar al mando de la orquestación comunitaria se exasperaba y gritaba una y otra vez: “¡Los de atrás se están retrasando!” Cuando después de muchos intentos aparentemente se seguían retrasando, incluso cuando empezaban a cantar antes de la señal, el militar, frustrado, se dio por vencido. Héctor, quien estudiaba física en la UNAM, se percató junto con otros de sus compañeros de lo que sucedía. En la atmósfera terrestre el sonido no puede viajar más rápido que 343 metros por segundo. Como los jóvenes reclutas reunidos en tan ambicioso proyecto se encontraban más lejos, el sonido del Himno Nacional iba a llegar, por necesidad, después de los cantos de las filas de enfrente. El generalote o lo que fuera no tenía idea de esta ley física.

Lo que me contó Héctor es perfecta analogía no sólo de los mejicanos en todos y cada uno de los medios de comunicación y en cada universidad e instancia del gobierno, sino de lo que se conversa en los cafés. Nadie, absolutamente nadie sabe que hay leyes raciales que determinan el éxito o fracaso de una nación. En páginas previas mencioné el libro de Pierce Who we are, pero también podría mencionar el libro de Arthur Kemp, March of the titans que llega a idéntica conclusión: el mestizaje con razas inferiores conduce a la caída de las civilizaciones. Pero el sistema no ha logrado ser ciento por ciento totalitario, sólo noventa y nueve y fracciones de totalitario. La otra voz, lo que equivaldría a mi entonces joven primo Héctor cuchicheándose con otros jóvenes sobre las leyes de la física, puede, ocasionalmente, escucharse en algunos foros en castellano. He aquí unas líneas neonazis que hallé en internet que valen más que bibliotecas enteras:

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio.

La raza que defendía mi madrina Josefina es la causa del subdesarrollo en Méjico y el resto de “Latino” América. Para las masas embrutecidas parecerá increíble que un neonazi de internet diga la verdad que nadie en círculos más respetados vislumbra.

Neonazis aparte, leamos a la clase pensante de Mestizo América. Pasémosle el micrófono a uno de los intelectuales vivos que mayor influencia ha tenido entre hispanohablantes. En un diálogo entre Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa transcrito para Letras libres, la revista que dirige Krauze desde que Octavio Paz murió, después de criticar al indio Evo Morales Vargas Llosa dijo:

Creo que el tema racial es siempre muy peligroso porque agita las peores pasiones del ser humano.

América Latina no es india, no es española, no es negra, es todas esas cosas y muchas más, y esa es la gran riqueza de América Latina. Es un tema que muchas veces he tocado, como peruano, y lo reitero ahora. ¿Qué cosa es ser un peruano? ¿Ser peruano es ser un indio? Desde luego, hay por lo menos seis millones de indios peruanos, que pueden decir “ser peruano es ser un indio”. Pero hay por lo menos un millón de blancos que pueden decir “ser peruano es ser blanco”. Y hay muchos millones de peruanos, la mayoría, que pueden decir “ser peruano es ser mestizo”, ser mestizo de indio y blanco, ser mestizo de indio y negro, de negro y blanco. Un peruano puede ser un chino, o puede ser un japonés, un peruano puede ser un alemán. Esa es la grandeza del Perú, es verdad, la gran riqueza de un país es serlo todo, no tener una identidad porque las tiene todas, y creo que con variantes se puede decir lo mismo de toda América Latina. Entonces, agitar el tema racial, de manera racista, es añadir una razón de antagonismo, de violencia, de exclusión, en un continente que ya tiene suficientes antagonismos y problemas.

Krauze apostilló que cierto autor “usa un hermoso término, ‘identidad plural’. En América Latina hay pluralidad de identidades, y pueden convivir unas con otras, como tú lo has dicho”.

Estos dos intelectuales, que tanta influencia ha tenido en esta parte del continente, no pudieron haber retratado la realidad en mejor negativo fotográfico, viéndolo todo exactamente al revés. Son enciclopédicamente ignorantes de los estudios del coeficiente intelectual, que han demostrado una jerarquía entre las razas y grupos étnicos humanos; y cómo de esta inteligencia genética surge ya sea el primero o el tercer mundo. Este par ve a la quimera imposible que es Mestizo América—arios, criollos, judíos, mestizos, castizos, harnizos, indios levemente mestizados, indios casi puros, mulatos, negros y demás fauna en la ilustración novohispana casi al inicio de ese libro—como identidad plural. Si la frase “esa es la gran riqueza de América Latina” es negativo fotográfico, lo de “identidad plural” es un oxímoron que sólo puede caber en las cabezas de quienes no han rechazado el dogma igualitario de la Revolución Francesa. Ya podemos imaginar la “identidad plural” que sienten los indios Chamula por, digamos, aquellos judíos sin sangre indígena que viven en el lujosísimo Pedregal de San Ángel (donde vive Krauze). Y lo mismo puede decirse de los descendientes de los suizos en Brasil y la “identidad plural” que sienten por los mulatos de las favelas, o viceversa. Seguramente los barrios de mala muerte de Brasil enriquecen al país a ojos de este par (“esa es la gran riqueza de América Latina”), como si no hubiera sido mejor desde el principio que el continente entero fuera Nueva Escandinavia.

Debo decir que Vargas Llosa escribió el prefacio al Manual del prefecto idiota latinoamericano, una burla de tres intelectuales de derecha a los izquierdosos de Mestizo América. Lo que fallé en ver cuando hace años leí ese libro es que Vargas Llosa mismo es, al igual que la gente de izquierda que critica, otro perfecto idiota latinoamericano. El caso de Krauze es distinto en tanto su móvil es defender a la tribu a la que genéticamente pertenece, aunque no sea judío practicante. Pero ambos son idiotas en tanto que, respecto a Mestizo América, el hecho que más salta a la vista de todo lo imaginable habido y por haber es el crecimiento exponencial de la fauna mestizada a lo largo y ancho del continente. En Méjico por ejemplo, había unos diez millones de habitantes cuando mi abuela paterna nació. Ahora hay unos cien millones: ¡un crecimiento del mil por ciento! Algo similar podría decir del resto de Mestizo América e incluso de los migrantes al norte del Río Bravo. Decía en un previo capítulo que cuando viajaba por la ciudad sentía repulsa por estas masas que veía por doquier. Bien, uno de mis soliloquios más comunes cuando leía Vuelta, la revista que Octavio Paz fundó y que publicaba Krauze, era: “Paz y Krauze nunca hablaron de la marabunta de neandertales”. Sería incomprensible este soliloquio a menos que ubiquemos al joven que fui. En aquel entonces pensaba que este par en Méjico y Vargas Llosa en Perú eran las mentes más privilegiadas para entender lo que sucedía en lo que ellos (tramposamente) llamaban Hispanoamérica. Ahí estaba mi descomunal error. No podía imaginar que su idiotismo era prácticamente igual al de la gente de izquierda. De ahí mi soliloquio, como queriéndome decir que era un lapsus de los intelectuales que gravitaban alrededor de Vuelta.

Pero no era un lapsus. Ahora sé que la cosmovisión de quienes allá publicaban estaba fundada en la religión secular de nuestros días: el dogma del igualitarismo racial. Esta religión fue demolida en The fair race’s darkest hour (FR) y no voy a repetirme salvo decir que es una trasposición laica de la visión cristiana de que “todos son iguales a ojos de Dios”. Lo que debo acotar aquí es algo que en FR omití: una lectura racial de la historia de Méjico.

De chico me había sorprendido mucho, al hojear la vieja copia de la Breve historia de México de José Vasconcelos que tenía mi padre en su estudio, que ésta difería radicalísimamente de lo que había escuchado sobre la guerra de independencia de Méjico. Cuando le mencioné el libro de Vasconcelos a Pilar, mi maestra de historia en el Colegio Madrid, me comentó que esa historia era “bastante malita” y me recomendó un libro que no recuerdo. Podría adivinarse que el texto recomendado repetiría la línea del Madrid y de la Secretaría de Educación Pública mejicana, de la que ya estaba harto familiarizado desde niño.

Vasconcelos publicó su Breve historia de México en 1937, una docena de años después de la publicación de La raza cósmica, libro del que en mi libro anterior escribí que “me pareció brillante y a la vez disparatado: una quijotada más de esas que los latinoamericanos han producido para lidiar con sus complejos”. Sin embargo, es obvio que Vasconcelos estaba mucho más maduro al escribir Breve historia de México que cuando escribió La raza cósmica. Ya pasados mis cincuenta leí la Breve historia; por cierto, la misma copia que había hojeado de adolescente pero que se deshojaba en el estudio de mi padre, por lo que la mandé a encuadernar en un taller de encuadernación tradicional.

El libro me abrió los ojos sobre la historia real de Méjico. Vasconcelos decía verdades ahí que nadie, que yo sepa—ni siquiera Vasconcelos mismo desde que Alemania perdió la guerra—, se ha atrevido a decir. Y la mención de la guerra es importante: a mediados de los años treinta la cosmovisión racial de los alemanes debió haber ejercido una salubre influencia sobre intelectuales con buenos sentimientos en otras latitudes del mundo. Cierto que incluso el Vasconcelos maduro desconocía, como casi todo historiador hoy día desconoce, la letra A de la historia humana: que la raza es el factor primordial para entender la Historia. Sin embargo, al menos en su Breve historia Vasconcelos habla abiertamente de raza, poniendo a la estirpe española por encima de la indígena: tema tabú en Méjico. Y no se hable de la cuestión judía: un absoluto tabú en el Méjico del nuevo siglo. Actualmente ningún escritor o periodista del país se atrevería a usar la frase sobre Plutarco Elías Calles que usó Vasconcelos: “abrió las puertas a los judíos de Nueva York” (página 531 de la edición de 1944 de Ediciones Botas). También sería impensable que un periodista contemporáneo se saliera con la suya en Méjico con esta otra frase: “la prensa judeocapitalista” (pág. 533). Considérese esta otra: “Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo” (pág. 537) o ésta dos páginas adelante: “Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judío izquierdismo mexicano…” El capítulo sobre Calles no es el único que contiene algunas frases similares sobre las acciones de la judería que llegó al país una vez que fue abolida la Inquisición de Nueva España. ¡Ya podemos imaginar a Krauze y a la cantidad de judíos traducidos al castellano en las revistas que dirigió y dirige, Vuelta y Letras libres, usando este tipo de frases!

La breve historia de México no está exenta de disparatarios, especialmente en el prefacio. Vasconcelos parece continuar allí la idealización del crisol de razas en Mestizo América que había iniciado en La raza cósmica, pero apenas terminado el prefacio en cursivas en mi edición de 1944, nos topamos con un texto muy distinto al que había publicado en 1925. En ningún otro lugar he leído, bajo una sola cubierta, una visión de Méjico contraria a la sabiduría aceptada en el país respecto a la Conquista, la Independencia y la Revolución Mejicana. Actualmente, nadie en los medios de comunicación o en las universidades cuestiona, en Méjico, el proyecto de nación que inició con el indio zapoteca Benito Juárez.

Para mí es claro que la quimera imposible que es esta región llamada “México” terminará cuando la burbuja demográfica (siete mil millones este año que escribo), artificialmente inflada a lo largo del mundo con energéticos derivados del petróleo, se rompa. No falta mucho para ello. Tanto la narrativa liberal en Méjico desde la época de Juárez como la más vieja narrativa conservadora de Nueva España que aún persiste en ciertos rincones, morirá. Mi padre es una insólita amalgama de ambas, pero la Naturaleza se encargará de poner al ser humano, incluyendo los mestizoamericanos, en su lugar.

Latinoamericanos pendejos

Hoy el escritor “de derecha” Enrique Krauze le echó flores, en el diario Reforma, a Daniel Cosío Villegas (1898-1976), al que el judío Krauze le alabó que haya sido “un crítico feroz del fascismo alemán”.

Tan pendejos han sido los intelectuales en Latinoamérica que no hay, que yo sepa, uno solo que tenga una buena noción del problema judío. Un elemental dato sobre este tema bastará para transmitir de qué hablo:

¿Podría Krauze o su esposa judía, historiadora supuestamente “de derecha” en el tema de la Rusia comunista, conceder que los verdugos voluntarios de Stalin estaban sobrerrepresentados por judíos? Naturalmente que no. Y es el absoluto colmo que los intelectuales gentiles (no judíos) de América Latina no mencionen algo tan obvio.

Cartel de Leonid Denysenko.
Nótese que la cifra de 7 millones
es más alta que las alegadas víctimas
del holocausto judío—¡y sólo en un año!

Actualmente me encuentro muy ocupado. Si alguien está dispuesto a continuar la traducción del libro del profesor Kevin MacDonald que hace años inicié, hágamelo saber por favor. Incluso sería bueno traducir otro libro. En los años 90 Esau’s Tears salió de la pluma de un judío académico que es lo suficientemente honesto como para reconocer que el terror rojo fue, básicamente, terror judío (extractos de su libro en inglés: aquí).

Published in: on enero 18, 2015 at 4:13 pm  Comments (1)  

15/16 de septiembre


Bandera
de
Nueva España



Estos días mi familia saluda a la bandera enemiga, no a la que aparece arriba.

Este junio, en la entrada “La independencia de Méjico”, escribí:

El movimiento de la Independencia tal y como me lo enseñaron de niño y adolescente en Méjico, desde las escuelas católicas hasta el liberal y rojillo Colegio Madrid en que me eduqué, es una mentira, un mito. Y de esta leyenda o mito son culpables todos y cada uno de los intelectuales e historiadores mejicanos, incluyendo mis “ídolos” juveniles Octavio Paz y Enrique Krauze.

En retrospectiva veo que en esa frase debí haber añadido: “A excepción de Vasconcelos todos son culpables…”

Published in: on septiembre 15, 2011 at 4:44 pm  Dejar un comentario  

Juárez: un mito

Hace unos años leí el número de Letras Libres cuya portada ostenta retratos de Juárez, el indio zapoteca puro que llegó a la presidencia de Méjico y que la narrativa oficialista convertiría en uno de los intocables íconos de la nación. Supuestamente, ese número de Letras Libres desmitificaría a Juárez.

Pero ahora que leí una auténtica desmitificación juarista, como la que escribió Vasconcelos en su Breve historia de México, me percato que fui engañado por los historiadores que encabeza el grupo de Enrique Krauze. (Como se ve en la webzine del profesor Kevin MacDonald sobre la cuestión judía, la influencia de gente como Krauze, el director de la revista cultural Letras Libres, hay que inspeccionarla con lupa.)

A continuación recojo extractos de algunos párrafos sobre Juárez y la Reforma de la Breve historia que me parecieron notables. A fin de agilizar la lectura, no incluiré puntos suspensivos entre la mayoría de los párrafos que omití.

En las páginas 393-441 de la edición que poseo, Vasconcelos escribió:

La vuelta a la dictadura bajo Santa Anna determina un estado de desesperación nacional. El mismo Alamán cometió el gran error de su vida, tomando de caudillo a un Santa Anna. Y Santa Anna hizo lo que Iturbide: encarcelar a sus enemigos, suprimir la libertad de imprenta, establecer la intolerancia religiosa. La alianza del clero con Santa Anna que, en esta vez, fue ostensible, “dio el pretexto, observa Justo Sierra, para que, al sobrevenir la reacción liberal la Iglesia fuese el blanco de todos los ataques”.

Con el apoyo yankee ocuparon Alvarez y Comonfort la capital de la Republica, después de que Santa Anna, según su costumbre, huyó, dejando comprometidos a sus partidarios. ¿Cómo no habían de prestar apoyo a Comonfort que había traído recursos de Nueva Orleans, y a su viejo agente don Valentín Gómez Farias, que fue el primero que protestó obediencia a la Constitución nueva? ¿Cómo no habían de regocijarse los estadistas yankees, si el acceso de Comonfort les aseguraba el dominio político de nuestro país, dominio que han conservado, con la sola excepción de los meses que duro el Imperio y los dos años de Madero y los tres años en que Obregón gobernó sin el reconocimiento de Washington?

No discutimos nosotros la legalidad de ciertos aspectos de la Reforma, ni su necesidad. Es evidente que el clero, lo mismo que el Estado, necesitaba purificación. Lo que debemos censurar es que la Reforma se hiciese bajo la dirección de un programa extranjero y con sentido antirreligioso. Con esto quedaban destruidas fundaciones privadas, colegios, universidades, hospitales. Nada de esto importaba a la furia jacobina atizada desde Nueva Orleans.

Por virtud de la nueva ley, la mitad de la riqueza del país, que pertenecía a la Iglesia, debía pasar a manos de adjudicatarios… sin experiencia, que en seguida las entregaban a agiotistas extranjeros que hoy las usufructúan. Los bienes eclesiásticos convertidos en títulos de crédito, en efecto, tendrían que pasar a manos extranjeras, tal como lo tenía previsto el Plan Poinsett. Y el señor Juárez no habría vuelto de su destierro, si no fuese porque el gobierno de Washington estaba decidido a colocar en el gobierno de México a los discípulos de Poinsett.

Sin los yankees, Juárez no hubiera vuelto. Juárez enraizó en la conciencia popular, no por las leyes de Reforma, sino pese a las leyes de Reforma, y porque en lo político representaba un anhelo acariciado por la nación, desde los días de la Independencia: el anhelo legítimo del gobierno democrático, la supresión de las castas y privilegios, el reconocimiento de la igualdad teórica de los ciudadanos, que ya es algo, aun cuando en el hecho subsistan desigualdades.

En las leyes de Juárez ya no se hablaba de transferencia de propiedad, sino de confiscación y nacionalización. Aparte de la nacionalización de los bienes eclesiásticos, se suprimían las órdenes monásticas en lo absoluto, disparate este contra la civilización, y se creaba el Registro Civil.

Justo Sierra, en vez de juzgar, se sale por la tangente de la literatura ramplona de la época y dice que “los liberales representaban la luz y los conservadores la sombra. Unos el día y otros la noche”. ¿Por que? ¿Quien era mas sombrío, Alamán españolista o Juárez que no pudiendo ser indigenista porque no existe lo indio, tuvo que convertirse en testaferro de protestantes y masones yankees? Lo cierto es que luz no había ni de parte de los conservadores, que sólo pensaban en entregar el gobierno a otro, ya sea a un Santa Anna, ya sea a un príncipe espurio, ni de parte de los liberales, que no osaban pensar sin poner el oído en dirección de Washington.

Llevar andante las leyes de confiscación del clero representaba un botín fabuloso, repartido entre denunciantes y espías y mercaderes de todo genero. Era como un llamado al saqueo nacional. Y, en el fondo, el mismo grito de guerra que brotó al lado de Morelos y de Hidalgo: la confiscación, siempre la confiscación: primero de los españoles, después de la Iglesia y más tarde, bajo la revolución carrancista, la confiscación de los criollos; siempre el atropello y la lucha de clases… y por haber ligado siempre su patriotismo a alguna de las formas del odio interno. Antes de España dependíamos, pero podíamos ser españoles; hoy dependemos de los Estados Unidos.

La capital quedó a merced de los liberales. La ocupó Juárez con su gabinete. ¡El poinsetismo había triunfado!

El primer acto de Ocampo, el Ministro de Relaciones de Juárez, fue darle sus pasaportes al ministro español Pacheco. El divorcio con España y con Europa se ahondaba. La figura central de México era Juárez, una especie de ídolo aborigen que encarnaba, por fin hacia la realidad, el sueño de Poinsett. Revivía lo indio, pero a la sombra del bastardaje yankee. La camarilla de los intelectuales juaristas: Ocampo, Lerdo, Ignacio Ramírez, se dedicaría en lo de adelante a predicar la desespañolización. ¡España tenía la culpa de todos nuestros males! Y se buscaba en el brazo Ignacio Ramírez la vena por donde le corriera sangre española para extirparla. ¡No era mucha por cierto, pues parece que más bien era negroide!

El ministro español Pacheco se retiro diciendo: “México necesita la intervención europea que le imponga la libertad y el orden, sin lo cual no tendría fin su vergonzosa historia”.

Se consumó el saqueo general de iglesias y conventos. Fueron vejadas y expulsadas las monjas; desaparecieron bibliotecas y archivos; la obra civilizadora de la Colonia quedó deshecha. Tuvieron que cerrar los hospitales de Caridad de México, Michoacán, Guadalajara, Monterrey y Chiapas, que atendían a más de siete mil personas de ambos sexos, anualmente. Se cerraron también infinidad de colegios y bibliotecas públicas. Se quedaron sin asiento y sin bienes los seminarios católicos que pronto empezaron a ser reemplazados con seminarios protestantes.

Todo se vendió, dice Sierra, dando ciento per cinco. Era lo que había previsto el Plan Poinsett: el remate de la mas gruesa porción de nuestra propiedad territorial, en beneficio de la Banca judía internacional.

Europa no se resignaba a ver que los Estados Unidos impusieran dominio absoluto sobre México y sobre todo el continente. España, Inglaterra y Francia mandaron buques a Veracruz.

Los patriotas mexicanos, asqueados de la intervención yankee acaudillada por Juárez, decidieron ligarse con Europa. El imperio de los anglosajones habría quedado quebrantado para siempre.

Se entusiasma don Justo Sierra por el triunfo del 5 de Mayo, no obstante que reconoce que, como batalla, no lo es ni de segunda categoría. Además, si se observa con una poca de atención, se advierte que, la selección de los hechos que dan lugar a la mayor parte de nuestras fiestas patrias, es también obra de la sutil propaganda poinsetista que inicia nuestra epopeya nacional con Hidalgo y Morelos, que mataban españoles.

Es triste que todos los fastos nacionales resulten episodios del programa poinsetista. Y sería ya tiempo de crear un nuevo calendario cívico. Pues al perder los franceses en Puebla no ganamos nada: ganó un punto el plan de hegemonía de Norteamérica.

Con más de treinta mil hombres penetró Forey a la capital en junio de 1863. He querido copiar textualmente esta frase de Sierra, el máximo apologista de la Reforma, según el cual “los balcones veían también, callados casi todos”. Yo no sé si los balcones ven, pero puedo afirmar que ni los liberales ni don Justo vieron. No vieron la oportunidad que se perdía de crear un gobierno nacional independiente de Washington.

 

El imperio

El 12 de junio de 1864 entró Maximiliano a la capital. Maximiliano comprendía que no iba precisamente a fundar una dinastía, exótica en America, sino a servir de puente.

Pero ese mismo año terminó la guerra de secesión en Norteamérica. Napoleón, alarmado  por la amenaza prusiana, no se sintió capaz de declarar la guerra a los Estados Unidos. Ordenó el retiro de las fuerzas francesas y aconsejó a Maximiliano que abdicara. Maximiliano decidió quedarse en el país, sin otro amparo que el de los imperialistas nativos.

Juárez, municionado, aleccionado, por los Estados Unidos. El indio iba a ser, por fin, la cuna que desintegrara en pedazos la profunda y dolorosa pero creadora labor de la Colonia. Después de un juicio que fue una farsa, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados. Su fusilamiento inútil es una de las manchas de nuestra historia. Ya sé que recientemente, en Austria, la patria del infortunado caballero Maximiliano, se estrenó con éxito de prensa, un dramón en que se justifica la resolución de Juárez y se denigra a Maximiliano. El autor de este drama es un judío de la misma casta de los que incitaron a Juárez a derramar sangre cristiana.

En México no habrá patria mientras los niños de las escuelas no aprendan a derramar una lágrima de gratitud por el hombre que dejó en Europa el lujo y la gloria, para venir a la América a morir en defensa de la cultura latina amenazada. No es, pues, odio al yankee lo que predico, sino odio a nuestras propias faltas, errores y miserias. El yankee ha hecho bien al tratar de extender su imperio. Es ley ineludible de la historia y ventaja humana que la raza más virtuosa sea la que predomine. Tampoco abrigo rencores contra el protestante. Lo que ambiciono es contribuir a que la verdad desbarate todas las patrañas.

Abstengámonos, pues, de odiar a Poinsett; bástenos con renegar de nuestros propios políticos mediocres y malvados que le sirvieron de instrumento. Lo que desearía es llevar al ánimo del lector la convicción de que no hallará remedio a sus males nuestro pobre pueblo torturado, mientras no comience a revisar sus mitos.

 

Quienes fueron los traidores

No existe el menor fundamento para afirmar que la invasión francesa tuvo por objeto someternos a la soberanía de Napoleón. De triunfar el imperio, México hubiera disfrutado un grado de soberanía que no hemos conocido después del triunfo de los liberales supeditados a los Estados Unidos.

El tratado Mac Lane Ocampo no se aprobó porque [en plena guerra de secesión estadounidense] no convenía a los republicanos yankees, en aquel instante, fortalecer a los del sur. Ante este hecho perfectamente comprobado, cabe preguntar: ¿Quien era el traidor? Pero nosotros no admitimos que se equipare invasión francesa con invasión yankee, primero porque los franceses son nación latina que no podía destruir nuestra cultura.

Published in: on junio 19, 2011 at 9:22 pm  Comments (1)  

Vasconcelos y Octavio Paz

jvNo ahondaré en los capítulos titulados “Madero” y “Obregón”  de la Breve historia de México de José Vasconcelos. Baste decir que, como mi intención es hacer una lectura racial de la historia de Méjico—por vez primera en la historia al parecer—, llama la atención que la primerísima frase del capítulo sobre Madero dice: “Era de pura raza española” y en la página 520, en el capítulo sobre Obregón, Vasconcelos dice: “Su sangre era buena y su alma se mantenía castiza”, cosa que no puede contrastar más con lo que en la siguiente página escribió sobre Calles, el tema de mi entrada anterior: “¿Existía en su sangre [libanesa] algún sedimento de rencor musulmán contra Cristo, según lo sospechaba el pueblo, que siempre le llamó el Turco?”

Lo que llamamos “historia de una nación” es, en realidad, una lucha sobre quién controla la narrativa social. Tal control desata grandes pasiones intelectuales. Como leí recientemente, representa “prácticamente un acto de guerra”.

Desde 1983 Octavio Paz se ganó mi respeto con la primera crítica lúcida que leí sobre el comunismo mejicano, y mi admiración se acrecentó a partir del Primer Encuentro Vuelta de 1990. Pero desde que desperté a las realidades raciales de la historia humana a mi muy tardía edad de cincuenta años, mis antiguos ídolos juveniles cayeron uno tras otro. Por ejemplo, en mi antiguo blog, en una entrada del año pasado sobre Octavio Paz que subtitulé “De mentor a traidor” escribí:

El cambio de paradigmas que he sufrido este año ha sido tan cataclísmico que actualmente veo a quienes consideraba gigantes intelectuales como ignorantes: gente engañada por el sistema y dormida en “la Matriz” (como en la película).

Hace diez días terminé de leer el libro de Vasconcelos, y recordé una frase de Enrique Krauze a Octavio Paz en una mesa sobre la Revolución Mejicana en el Segundo Encuentro Vuelta de 1993. Krauze habló ante las cámaras de una “cordialísima discusión” con Paz, en tanto que en El laberinto de la soledad Paz había parecido idealizar la Revolución, acerca de la cual Krauze decía que para muchos no había sido sino “una calamidad”.

Krauze y otros judíos mejicanos intentaron suprimir la libertad de expresión de un periodista que osó hablar de los judíos. Eso fue lo que me motivó a abrir un nuevo blog sobre la cuestión judía. A pesar de ello, creo que en la cordial discusión con su amigo Paz, Krauze tenía razón. No obstante, tanto Krauze como el resto de los intelectuales del Segundo Encuentro Vuelta se quedaron cortos; y en esta entrada quisiera tomar como paradigma El laberinto de la soledad para compararlo con la Breve historia de México de Vasconcelos, la cual, hasta donde sé, precisamente por ser infinitamente más franca que El laberinto nunca se tradujo a otros idiomas.

En la Breve historia uno se queda con la impresión de que después de las glorias de Nueva España toda la historia posterior de Méjico ha sido una historia muy sucia, para avergonzar a cualquiera. Pues bien: leí el Laberinto a finales de 1990, y su lirismo me impresiono sobremanera. Pero hace veinte años me encontraba políticamente verde. No tenía una referencia para comparar la lírica de Octavio Paz con un ensayo más prosaico sobre la historia de Méjico, como la salida de la pluma de Vasconcelos: escrita desde un punto de vista completamente distinto.

Ahora que releí los pasajes del Laberinto en que Paz escribió sobre la Revolución ratifico lo que había escrito en mi antiguo blog de que el cataclismo intelectual que sufrí me hace ahora ver a mis antiguos mentores prácticamente como traidores de su grupo étnico. Por ejemplo, en el Laberinto Paz habla en términos luminosísimos de Zapata, quien “posee la hermosura y plástica poesía de las imágenes populares”, a quien Paz coloca “con Morelos y Cuauhtémoc” como “uno de nuestros héroes legendarios”.

Como veremos en subsecuentes entradas, estas frases bastan para saber que Paz estaba mucho más soñando en las hondas Matrices con las que el sistema nos controla que Vasconcelos.

Más adelante Paz escribe “gracias a la Revolución…” e idealiza la calamidad que Krauze le reprochó con típico lirismo paciano: “La Revolución… es una fiesta: la fiesta de las balas”.

Paz jovenSólo compárese la literaria frase paciana con lo que dije en la entrada previa, que la Revolución Mejicana y sus consecuencias (por cierto: como la Revolución Francesa y la Revolución Rusa) fue una suerte de quebranto psicótico de un pueblo.

Es una verdadera lástima que en esa entrada no pueda transmitir con argumentos por qué digo esto. Tómense por favor estas duras palabras como un acicate en que intento despertar la curiosidad del lector para que lea la Breve historia, especialmente las antiguas ediciones que terminan con el gobierno de Plutarco Elías Calles. Aquí sólo pudo añadir que, en lugar de decir—con la honestidad brutal de un Vasconcelos—que los perpetradores de la Revolución eran en su mayoría rufianes, a secas, Paz dora la píldora con frases como: “la brutalidad y zafiedad de muchos de los caudillos revolucionarios no les han impedido convertirse en mitos populares”. En otras palabras, en vez de decir que hay que demoler los monumentos erigidos a estos gángsters, Paz convenientemente se empalma a la versión oficialista de la historia mejicana que los ha mitificado.

Vale decir que Paz recibía del gobierno una beca vitalicia desde antes de que le dieran el Nóbel. Desde Luis Echeverría y José López Portillo le hizo la barba a los presidentes de México; no se diga con Carlos Salinas…

Published in: on junio 17, 2011 at 12:12 pm  Comments (2)