Historia Criminal del Cristianismo – III

Deschners maximus opus

Los estragos de David y los traductores modernos de la Biblia

Samuel, último juez de Israel y primer profeta, peleó contra los filisteos y los derrotó pero luego, sintiéndose viejo, hizo ungir caudillo del ejército a Saúl y le ordenó en nombre de Dios:

“Ve, pues, ahora y destroza a Amalec y arrasa cuanto tiene: no le perdones, ni codicies nada de sus bienes, sino mátalo todo, hombres y mujeres, muchachos y niños de pecho, bueyes y ovejas, camellos y asnos…”

La católica enciclopedia de muchos tomos Lexikon für Theologie und Kirche apostilla que el profeta en cuestión fue un personaje “sin tacha”, y aún va más lejos en el elogio de su sucesor: “Un gran afán en la defensa de la teocracia, de la ley y del derecho, fue la mayor prenda del carácter de Saúl”. Y este rey, el primero de Israel (1020-1000) ungido por Samuel, figura típicamente “carismática” a través de quien actuaba “el espíritu del Señor” y, sin embargo, “psicópata evidentemente depresivo y atormentado por la manía persecutoria” (Beck), continuó con energía la tradición de las “guerras santas”. Como cuenta la Biblia, Saúl combatió a “cuantos enemigos le rodeaban”, moabitas, amonitas, edomitas, contra los reyes de filisteos y amalecitas. Eso sí, cuando de acuerdo con las órdenes superiores hizo matar a todos los amalecitas incluidos los niños de pecho, pero se guardó los mejores ganados, incurrió en la ira del Señor y en la del profeta Samuel, tras lo cual sufrió una tremenda derrota a manos de los filisteos y se suicidó: por cierto, éste es el primer acto de este género que menciona la Biblia.

Su sucesor, David, nombre que significa el escogido (de Dios), el que compró como esposa a la hija de Saúl, Micol, por el precio de cien prepucios de filisteos, hacia el final del milenio anunció el principio del Estado nacional y consiguió así el máximo período de esplendor para Israel, cuyas posesiones llegaron entonces desde la Siria media hasta los límites de Egipto; era la nación más fuerte entre los grandes imperios de Mesopotamia, Hamath y Egipto.

Tal como había sucedido con Saúl, también de David (1000-961) se apoderó “el espíritu del Señor” y le hizo emprender una campaña tras otra, ya que eran muchos los “opresores”: al norte. Y así lo reconoció David en su himno de acción de gracias: “Perseguiré a mis enemigos, los exterminaré: no volveré atrás hasta acabar con ellos. Los consumiré y haré añicos, de suerte que no puedan ya reponerse. Caerán todos bajo mis pies”. “Pero nunca empezó él una guerra”—le alaba san Ambrosio, doctor de la Iglesia— sin haber pedido consejo al Señor.

Se le admira no sólo en la teología judía, sino también en la cristiana y la islámica como persona de destacada significación religiosa. “Siempre que salió en campaña, David no dejó hombre ni mujer con vida—le alaban las Sagradas Escrituras—; así hacía David cuando moraba en tierra de filisteos.” Entre otras costumbres del elegido del Señor figuraba la de cortarles los tendones a los caballos del enemigo; alguna vez se empleó también en cortar manos y pies a los enemigos mismos. Otra de las aficiones del “divino David, profeta grande y suavísimo” (según el obispo Teodoreto, historiador de la Iglesia) consistía en picar a los prisioneros con serruchos y tenazas de hierro y quemarlos en hornos de ladrillos, como hizo con los habitantes de todas las ciudades amonitas.

Viene al caso recordar que, en 1956, el Consejo de la Iglesia evangélica alemana y la Unión de las Sociedades Bíblicas Evangélicas acordaron la edición de una Biblia, “según la versión de Martín Lutero en lengua alemana”, edición que, autorizada en 1964 y publicada en 1971, reproduce de la manera siguiente el pasaje que acabo de citar: “A los habitantes los sacó, y púsolos a trabajar como esclavos con las sierras y las hachas de hierro, y en los hornos de ladrillos”.

Sin embargo, Martín Lutero lo había traducido así:

“A los habitantes los sacó, y mandó que fuesen aserrados, haciendo pasar narrias de hierro, y despedazarlos con cuchillos, y arrojarlos a los hornos de ladrillos”.

Este pasaje se corresponde con otro del Libro 1° de las Crónicas (20,3), en donde la susodicha Biblia autorizada por el Consejo de la Iglesia evangélica alemana, “según la versión de Martín Lutero”, dice: “A cuyos habitantes los hizo salir fuera, y sometiólos a la servidumbre del trabajo en los trillos, sierras y rastras”, pero las palabras que Lutero escribió fueron:

“A cuyos habitantes los hizo salir fuera, e hizo pasar por encima de ellos trillos y rastras, y carros armados de cortantes hoces; de manera que quedaban hechos piezas y añicos”.

Eso es una falsificación, y responde a un cierto método.

En el decurso de los últimos cien años, la Iglesia evangélica ha propuesto nada menos que tres revisiones de la Biblia luterana. Poco se figuraba Lutero que sus herederos espirituales iban a enmendarle la plana tan ampliamente, él cuyo lema como traductor fue que “las palabras deben ponerse al servicio de la causa, y no la causa al servicio de las palabras”.

Cuando la Iglesia evangélica anuncia una Biblia, “según la versión de Martín Lutero en lengua alemana”, en realidad vende una crasa falsificación. De todas maneras, si los hubieran hecho esclavos, siendo ellos unos idólatras, seguramente no habrían corrido una suerte mucho más envidiable, incluso los no combatientes; como ha comentado el arqueólogo Glueck, que excavó la ruinas de Eilat, sobre los esclavos del Estado que allí trabajaban en los hornos de ladrillos: “The rate of mortality must have been terrific”.

En la Biblia, un tal Semeí maldice a David llamándole “sanguinario” y le arroja piedras; Erich Brock y algunos más han opinado que “no era para menos”. Hasta el propio Señor lo confirma: “Tú has derramado mucha sangre, y hecho muchas guerras”. Pero, eso sí, siempre “con el Señor”, siempre “por voluntad del Señor”; por ello, sin duda, “miraba el Señor a David con agrado”, por ejemplo después de escabechar a “veintidós mil arameos”, o tras una matanza de “dieciocho mil” edomitas. “Haz todo cuanto te inspira tu corazón, porque Dios está contigo”, dice en otro lugar; “contigo he andado en todas tus marchas, y en tu presencia he derrotado a todos tus enemigos, y te he dado renombre, cual puede tenerlo uno de los magnates que son famosos sobre la tierra”.

Aunque los nombres de “los magnates famosos sobre la tierra”, a menudo, no sean sino la nómina de los más grandes criminales. El “sanguinario” David, no obstante, y al modo de todos los sanguinarios por devoción, da fe de su propia “rectitud”, de su propia “pureza”: “El Señor me recompensará según mi justicia, y me tratará según la pureza de mis manos”; “he vivido con inocencia de corazón en medio de mi familia”; “jamás he puesto la mira en cosa injusta”.

Pero si Dios alabó al “sanguinario” David por cumplir sus mandamientos y andar siempre bajo la sombra del Señor, haciendo sólo lo que pudiese agradarle, y si David se alabó a sí mismo, también le ha alabado siempre, incansable, el clero cristiano que, como me propongo demostrar, en todas las épocas ha estado a favor de los grandes criminales de la historia, en la medida en que ello pudiera serle de utilidad. El mismo rey “sanguinario” fue el primero en favorecer al clero cuanto pudo, y por eso ha servido de ejemplo durante milenios: por ser fiel al Señor, por hacer la guerra en nombre del Señor, por santificar el botín destinándolo a la construcción del Templo (quien intentase ocultar la contribución se exponía al exterminio de toda su familia, ganado incluido).

Published in: on septiembre 6, 2013 at 6:44 pm  Comments (1)  

Historia Criminal del Cristianismo (extractos) II

Deschners maximus opus

Pero ni siquiera esto bastaba a Moisés, personaje a quien un opúsculo de 1598, De los tres grandes embusteros, achacaba “los mayores y más flagrantes crímenes” (summa et gravissime Mosis crimina), pues “enojado contra los jefes del ejército” preguntó cómo habían dejado con vida a las mujeres y a los niños: “Matad, pues, todos cuantos varones hubiere, aun a los niños, y degollad a las mujeres que han conocido varón; reservaos solamente a las niñas y a todas las doncellas. […] Y se halló que el botín cogido por el ejército era de seiscientas y setenta y cinco mil ovejas, setenta y dos mil bueyes; asnos, setenta y un mil; y de treinta y dos mil personas vírgenes del sexo femenino”; muertes y rapiñas tremendas que, además, eran contrarias a los mandamientos quinto y séptimo del propio Moisés.

En una palabra, perpetran las atrocidades más horribles y se alaban por ello, y queman ciudades y aldeas hasta no dejar piedra sobre piedra. Hoy día, cuando se excavan los antiguos doblamientos cananeos, es frecuente hallar un grueso estrato de cenizas que confirma la destrucción por el fuego. Una de las ciudades palestinas más importantes del eneolítico tardío, Asdod o Tell-Isdud, emplazada sobre la ruta internacional del mar (via maris) y que llegaría a ser la capital de la Pentápolis filistea, desapareció destruida por el fuego en el siglo XIII a. de C., lo mismo que su vecina Tell-Mor, seguramente.

A veces el exterminio se extendía a tribus enteras, y es que era común el lanzar contra el enemigo la forma más severa de la guerra decretada por el Señor, el anatema (en hebreo herám, que era la negación propiamente dicha de la vida, y cuya palabra deriva de una raíz que significa “sagrado” para los semitas occidentales), ofrecido a Yahvé como una especie de inmensa hecatombe o “sacrificio ritual”. No por casualidad se han comparado las descripciones bíblicas del “asentamiento” con las posteriores campañas del Islam (ni con mucho tan sangrientas como aquéllas), cuando se dice que los conquistadores debían sentirse verdaderamente “depositarios de la palabra de Dios” y protagonistas de una guerra santa. “Sólo éstas, no las profanas, terminan con el anatema que supone el exterminio de todos los vivientes en nombre de Yahvé” (Gamm). Precisamente, “la destrucción de raíz […] sólo encuentra explicación en el fanatismo religioso de los israelitas”.

Son los casos en que el Señor manda expresamente: “Porque en las ciudades que se te darán no dejarás un alma viviente, sino que a todos sin distinción los pasarás a cuchillo; es a saber, al heteo y alamorreo, y al cananeo y al fereceo, y al heveo y al jebuseo, como el Señor tu Dios te tiene mandado, para que no os enseñen a cometer todas las abominaciones que han usado ellos con sus dioses, y ofendáis a Dios vuestro Señor”.

Semejantes excesos de la fe tenían su origen, en primer lugar, en el nacionalismo de aquel pueblo antiguo, sin duda uno de los más extremistas que se hayan conocido, unido a la rigurosidad de un monoteísmo desconocido en aquellas regiones. Ambos elementos se potenciaban mutuamente en la pretensión de ser el pueblo elegido.

Los israelitas de la época predavídica perpetraron los crímenes más terribles, y celebraron el genocidio como acción agradable a los ojos del Señor, casi como símbolo de la fe. Y esa “guerra santa”, entonces y más tarde llevada a cabo con especial vehemencia, sin admitir ni negociaciones, ni pactos, sino sólo el exterminio del enemigo, del incircunciso (o del no bautizado, del “hereje”, del “infiel”), es “un rasgo típicamente israelita” (Ringgren). Según la mayoría de los aspectos, la descripción veterotestamentaria del libro de los Jueces, fechada entre 1200 y 1050, es decir, siglo y medio después del “asentamiento”, es una fuente de información si no del todo fiable, sí bastante válida; y en ella apenas se menciona otra cosa que “guerras santas”. Éstas empezaban siempre con bendiciones, después de un período de continencia sexual, y terminaban por lo general con la liquidación total del enemigo, hombres, mujeres y niños. “Las ruinas de muchas aldeas y ciudades, repetidamente destruidas durante los siglos XII y XI, proporcionan el más gráfico de los comentarios arqueológicos” (Cornfeld/Botterweck).

El Arca de la Alianza, garantía de la presencia divina, acompañaba a las masacres.

Published in: on agosto 25, 2013 at 1:30 pm  Comments (1)  

Historia Criminal del Cristianismo (extractos) I

Deschners maximus opus

Israel. El país en donde surgió el cristianismo, una estrecha franja costera al este del Mediterráneo, en los confines occidentales de Asia, es un puente entre el Asia Menor y el norte de África, en particular Egipto. En este “rincón de las tormentas” entre ambos continentes rivalizaron las mayores potencias de la Antigüedad.

Los israelitas, pueblo nómada, pastores de ganado según algunos investigadores, ocuparon parte de la tierra de Canaán quizá en el siglo XIV a. de C., y con toda seguridad en el XIII. Ciertamente, adoraban además a otras divinidades y espíritus, como El, de origen semítico, una deidad dotada de un miembro particularmente voluminoso, que luego acabó confundiéndose con Yahvé.

Precisamente, la enemistad contra los filisteos, quienes, procedentes seguramente de las islas del Egeo, dominaban cinco ciudades costeras (Gaza, Astod, Ekron, Ascalón y Gath), sirvió para dar forma al delirio nacionalista judío y forjar la unión de las tribus, antes mal avenidas. Los israelitas guerrearon contra los tiskal, los midianitas, los arameos y, cómo no, también contra ellos mismos, hasta el punto que Bethel (= la casa de Dios), pongamos por caso, fue destruida cuatro veces entre los años 1200 y 1000 a. de C.

La regla de oro para el trato con una ciudad enemiga: “Cuando gracias a Yahvé, tu Señor, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como las bestias y todo cuanto hubiere en ella”. Evidentemente, tan misericordioso trato sólo está reservado a los enemigos lejanos; a los más próximos: “Ni uno solo debe quedar con vida”.

Pero ese Dios, obsesionado por su absolutismo como ningún otro en toda la historia de las religiones, y de una crueldad asimismo inigualada, es el mismo Dios de la historia del cristianismo.

Todavía hoy pretende que la humanidad crea en él, que le rece, que entregue la vida por él. Es un Dios tan singularmente sanguinario que “absorbió lo demoníaco”. Porque, “siendo él mismo el demonio más poderoso, no necesitó Israel demonios de ninguna otra especie” (Volz). Es un Dios que hierve de celos y de afán de venganza, que no admite ninguna tolerancia, que prohíbe del modo más estricto las demás creencias e incluso el trato con los infieles, los goyim, por antonomasia calificados de rasha, gente sin dios. Contra éstos reclama “espadas bien afiladas” para ejercer el “exterminio”.

“Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones… has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos… Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos.”

Nada complace tanto a ese Dios como la venganza y la ruina. Se embriaga de sangre. Desde el “asentamiento”, los libros históricos del Antiguo Testamento “no son sino larga crónica de matanzas siempre renovadas, sin motivo y sin misericordia” (Brock).

El 7 de febrero de 1980, el teólogo judío Pinchas Lapide inauguraba en la Universidad de Munich unas sesiones de la “Sociedad para la colaboración judeo-cristiana” con una conferencia sobre “Lo específico del judaísmo”. En ella había la afirmación siguiente: que si fuese preciso resumir la fe de Israel en una sola frase, de manera telegráfica, la misma tendría que ser “la sed de unidad”.

Prescindiendo que la sed de unidad, como nos enseña la historia, suele acarrear consecuencias catastróficas, ¿no sería más justo hablar de sed de sangre? Pero Lapide, como casi todos los teólogos, en realidad no piensa en la historia bíblica, sino en la teología, y por eso deduce como “primera consecuencia del monoteísmo judío” la existencia de una “ética unitaria”, ¡y afirma que el valor más elevado de dicha fe sería el respeto a la vida humana!, “porque, para salvar una vida, y aunque fuese la propia, no sólo pueden, sino que deben quebrarse temporalmente casi todos los mandamientos…”

Sin embargo, ¿no nos enseña la historia bíblica de Israel (y no pocos episodios de la contemporánea) que, en efecto, los mandamientos se quiebran a menudo, aunque no para salvar vidas, sino para destruirlas? Lo que no obsta para que Lapide llegue a esta segunda conclusión: que el monoteísmo judío implica “la igualdad de todos los hijos de Dios” y “el mismo derecho de todos los mortales a la salvación”, en concordancia con el “mensaje gozoso del monte Sinaí, que ahoga en germen toda pretensión de pueblo elegido…

Sin embargo, en la Biblia, tal como nosotros la conocemos, predomina un tono muy diferente. Ese Dios de la Biblia es incluso peor que su pueblo. No exige respeto a la vida humana, ni reconoce la igualdad entre todos, ni el derecho de todos a la salvación por igual, sino todo lo contrario. Una y otra vez protesta contra el que no se hayan ejecutado sus órdenes de exterminio, de que se haya confraternizado excesivamente con los infieles.

“Tampoco exterminaron las naciones que les había mandado el Señor, antes se mezclaron con los gentiles, y aprendieron su sobras, y dieron culto a sus ídolos, y fue para ellos un tropiezo…”

Porque ese Dios quiere ser un Dios exclusivo, que no consiente a su lado ninguna otra cosa, “always at war with other gods” (Dewick). Los rivales deben desaparecer. Se anuncia la guerra total de religión, ¡la tabula rasa!

“Asolad todos los lugares en donde las gentes, que habéis de conquistar, adoraron a sus dioses… Destruid sus altares y quebrad sus estatuas; entregad al fuego sus bosques profanos; desmenuzad los ídolos y borrad sus nombres de aquellos lugares.”

Órdenes tantísimas veces reiteradas por “el buen Dios” en el Antiguo Testamento. Y si alguno se niega, o incluso propone servir a dioses ajenos, aunque sea el hermano, el hijo o la hija, “o tu mujer, que es la prenda de tu corazón”, debe morir, y “tú serás el primero en alzar la mano contra él.”

Published in: on agosto 20, 2013 at 6:16 pm  Comments (1)  

Introducción general (extractos)

Deschners maximus opus

Para empezar, voy a decir lo que no debe esperar el lector. Como en todas mis críticas al cristianismo, aquí faltarán muchas de las cosas que también pertenecen a su historia, pero no a la historia criminal del cristianismo que indica el título. Eso que también pertenece a la historia se encuentra en millones de obras que atiborran las bibliotecas, los archivos, las librerías, las academias y los desvanes de las casas parroquiales; el que quiera leer este material puede hacerlo mientras tenga vida, paciencia y fe.

Esta religión tiene miles, cientos de miles de panegiristas y defensores; tiene libros en los que (pese a tantas “debilidades”, tantos ”errores”, tantas “flaquezas humanas”, ¡ay!, en ese pasado tan venerable y glorioso) aquéllos presumen de la “marcha luminosa de la Iglesia a través de las eras” (Andersen), y de que la Iglesia (en ésta y en otras muchas citas) es “una” y “el cuerpo vivo de Cristo” y “santa”, porque “su esencia es la santidad, y su fin la santificación” (el benedictino Von Rudioff).

Se sobreentiende, a todo esto, que los lamentables detalles secundarios (las guerras de religión, las persecuciones, los combates, las hambrunas) estaban en los designios de Dios, a menudo inescrutables, siempre justos, cargados de sabiduría y de poder salvífíco.

Dado el aplastante predominio de las glorificaciones entontecedoras, engañosas, mentirosas, ¿no era necesario mostrar, poder leer, alguna vez lo contrario, tanto más, por cuanto está mucho mejor probado? Al menos, para los que quieren ver siempre el lado que se les oculta de las cosas, el lado feo, que es muchas veces el más verdadero.

La distinción entre la Iglesia y el cristianismo es relativamente reciente.

Como es sabido, hay una contradicción flagrante entre la vida de los cristianos y las creencias que profesan, contradicción a la que, desde siempre, se ha tratado de quitar importancia señalando la eterna oposición entre lo ideal y lo real—pero no importa. A nadie se le ocurre condenar al cristianismo porque no haya realizado del todo sus ideales, o los haya realizado a medias, o nada. Pero tal interpretación “equivale a llevar demasiado lejos la noción de lo humano e incluso la de lo demasiado humano, de manera que, cuando siglo tras siglo y milenio tras milenio alguien realiza lo contrario de lo que predica, es cuando se convierte, por acción y efecto de toda su historia, en paradigma, personificación y culminación absoluta de la criminalidad a escala histórica mundial”, como dije yo durante una conferencia, en 1969, lo que me valió una visita al juzgado.

Porque ésa es en realidad la cuestión. No es que se haya faltado a los ideales en parte, o por grados; no, es que esos ideales han sido literalmente pisoteados, sin que los que tal hacían depusieran ni por un instante sus pretensiones de campeones de aquéllos, ni dejaran de autoproclamarse la instancia moral más alta del mundo.

La Cristiandad occidental, en cualquier caso, “fue esencialmente creación de la Iglesia católica”, “la Iglesia, organizada de la hierocracia papal hacia abajo hasta el más mínimo detalle, la principal institución del orden medieval” (Toynbee).

Forman parte de la cuestión las guerras iniciadas, participadas o comandadas por la iglesia: el exterminio de naciones enteras, de los vándalos, de los godos, y en Oriente la incansable matanza de eslavos: gentes todas ellas, según las crónicas de los carolingios y de los Otones, criminales y confundidas en las tinieblas de la idolatría, que era preciso convertir por todos los medios, sin exceptuar la traición, el engaño y la vesanía.

De los catorce delitos capitales legislados por Carlomagno después de someter a sangre y fuego a los sajones, diez se refieren exclusivamente a infracciones de tipo religioso. Con arreglo al antiguo derecho penal de Polonia, a los culpables de haber comido carne durante el ayuno pascual se les arrancaban los dientes.

Discutiremos también los castigos eclesiásticos por infracciones al derecho civil. Los tribunales eclesiásticos fueron cada vez más odiados. Hay cuestiones que discutiremos extensamente: las prácticas expiatorias (los bienes robados a la Iglesia debían restituirse al cuádruple, y según el derecho germánico hasta veintisiete veces lo robado); las prisiones eclesiásticas y monacales, llamadas especialmente ergástulas (también se llamaba ergástula a los ataúdes), donde eran arrojados tanto los “pecadores” como los insumisos y los locos, e instaladas generalmente en sótanos sin puertas ni ventanas, pero bien provistas de grilletes de todas clases, potros de martirio, manillas y cadenas. Se documentará la pena de exilio y la aplicación de este castigo a toda la familia, en caso de asesinato de un cardenal, extensible hasta los descendientes masculinos en tercera generación. También estuvieron muy en boga la tortura y los castigos corporales, sobretodo en Oriente, donde hizo furor la afición a mutilar miembros, sacar ojos, cortar narices y orejas.

Es bastante plausible que no todas las autoridades llegasen a tales excesos, y seguramente no todos serían tan vesánicos como el abad Transmundo, que arrancaba los ojos a los monjes del convento de Tremití, o les cortaba la lengua (y que, pese a ello, gozó de la protección personal del papa Gregorio VII, quien también gozó de gran notoriedad).

Sin duda, las Iglesias, y en particular la Iglesia romana, han creado valores culturales importantes, sobre todo construcciones, lo que obedecía por lo general a motivos nada altruistas (representación del poder), así como en el dominio de la pintura, respondiendo también a razones ideológicas (las sempiternas ilustraciones de escenas bíblicas y de leyendas de santos). Pero dejando aparte que el tan decantado amor a la cultura contrasta fuertemente con la indiferencia cultural del paleocristianismo, que contemplaba las “cosas de este mundo” con total menosprecio escatológico, puesto que creía inminente el fin de todas ellas (error fundamental, en el que cayó el mismo Jesús), conviene tener presente que la mayoría de las aportaciones culturales de la Iglesia fueron posibles gracias a la explotación sin contemplaciones de las masas, esclavizadas y empobrecidas siglo tras siglo. Y frente a ese fomento de la cultura encontramos todavía más represión cultural, intoxicación cultural y destrucción de bienes culturales.

Los magníficos templos de adoración de la Antigüedad fueron arrasados casi en todas partes; edificios de valor irreemplazable ardieron o fueron derribados, sobre todo en la misma Roma, donde las ruinas de los templos servían de canteras. En el siglo x se dedicaban todavía a derribar y romper estatuas, arquitrabes, a quemar pinturas, y los más bellos sarcófagos servían de bañeras o de comederos para los cerdos.

Pero la destrucción más tremenda, apenas imaginable, ha sido la causada en el terreno de la educación. Gregorio I Magno, el único papa doctor de la Iglesia además de León I, según la tradición mandó quemar una gran biblioteca que existía en el Palatino.

Desapareció el floreciente comercio librero de la Antigüedad, la actividad de los monasterios fue puramente receptiva. Trescientos años después de la muerte de Alcuino y de Rábano Mauro, los discípulos todavía estudiaban con los manuales que aquéllos escribieron. E incluso santo Tomás de Aquino, el filósofo oficial de la Iglesia, escribe que “el afán de conocimientos es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios”.

En las universidades, la hipertrofia del aristotelismo abortó cualquier posibilidad de investigación independiente. Al dictado de la teología estaban sometidas la filosofía y la literatura; en cuanto a la historia como ciencia, era desconocida por completo. Se condenó la experimentación y la investigación inductiva; las ciencias experimentales quedaron ahogadas por la Biblia y el dogma; los científicos arrojados a las mazmorras, o a la hoguera. En 1163, el papa Alejandro III (recordemos de paso que por esa época existían cuatro antipapas) prohibió a todos los clérigos el estudio de la física. En 1380, una decisión del parlamento francés prohibía el estudio de la química, remitiéndose a un decreto del papa Juan XXII.

Y mientras en el mundo árabe (obediente a la consigna de Mahoma: “La tinta de los escolares es más sagrada que la sangre de los mártires”) florecían las ciencias, en especial la medicina, en el mundo católico las bases del conocimiento científico permanecieron inalteradas durante más de un milenio, hasta bien entrado el siglo XVI.

Que los enfermos buscasen consuelo en la oración, en vez de llamar al médico. La Iglesia prohibía la disección de cadáveres, y a veces incluso rechazó el empleo de medicamentos naturales por juzgarlo una intervención ilícita en los designios divinos. En la Edad Media no tenían médico ni siquiera las abadías más grandes. En 1564, la Inquisición condenó a muerte al médico Andrés Vesalio, fundador de la anatomía moderna, por haber abierto un cadáver y por haber afirmado que al hombre no le falta la costilla con que fue creada Eva.

En coherencia con esa tutela de la enseñanza, encontramos otra institución, la censura eclesiástica, muy a menudo (por lo menos desde los tiempos de san Pablo, en Éfeso) dedicada a la quema de libros adversos, paganos, judíos o sarracenos, a la destrucción (o la prohibición) de literaturas cristianas rivales, desde los libros de los arríanos y nestorianos hasta los de Lutero. Pero no vayamos a olvidar que los protestantes también implantaron a veces la censura, incluso para los sermones fúnebres y también para obras no teológicas, siempre que tocaran cuestiones eclesiásticas, religiosas o de costumbres.

Ésta es una selección de los principales temas que he contemplado en mi historia del crimen. Y sin embargo, no es más que un segmento minúsculo de la historia en general.

¡La historia!

Como cualquier otro historiador, yo sólo contemplo una historia de entre las incontables historias posibles, particular, peor o mejor delimitada; e incluso de ese aspecto parcial no puede considerarse todo el “complejo de la acción”, idea absurda, dado además el volumen de los datos existentes: teóricamente imaginable, pero prácticamente imposible y ni siquiera deseable.

No. El autor que se proponga escribir La historia criminal del cristianismo se ve constreñido a mencionar sólo el lado negativo de esa religión… cuyo peso ha excedido a fin de cuentas el de los supuesta o realmente positivos. Quien prefiera leer acerca de otros aspectos, que lea otros libros: La fe gozosa, por ejemplo, El Evangelio como inspiración, ¿Es verdad que los católicos no son mejores que los demás?, ¿Por qué amo a mi Iglesia?, El cuerpo místico de Cristo, Bellezas de la Iglesia católica. Bajo el manto de la Iglesia católica. Dios existe (Yo le he conocido). El camino del gozo hacia Dios, La buena muerte del católico. Con el rosario hacia el Cielo, SOS desde el Purgatorio, El heroísmo del matrimonio cristiano.

¡La literatura pro-cristiana! Más numerosa que las arenas del mar: contra 10,000 títulos apenas uno por el estilo de esta Historia criminal del cristianismo. Sin olvidar los millones de ejemplares que suman las incontables publicaciones periódicas confesionales.

Y resulta que verdaderamente hay entre los cristianos hombres de buena voluntad, como sucede en todas las religiones y en todos los partidos, lo que no debe tomarse como dato en favor de esas religiones y partidos, porque si eso se admitiese, ¡cuántos sinvergüenzas testimoniarían en contra!

Y los cristianos buenos son los más peligrosos, porque tienden a confundirse con el cristianismo, o para decirlo con las palabras de Lichtenberg, “existen muchos cristianos justos, indiscutiblemente, sólo que no es menos cierto que sus obras in corpore y como tales nunca han servido para gran cosa”.

¿En qué se basa mi trabajo?

Lo mismo que la mayoría de los estudios históricos, se basa en las fuentes, en la “tradición”, en la historiografía contemporánea. Es decir, sobre todo en textos.

Pero cuando expongo sin rodeos mi subjetividad, mi “punto de mira” y mi “posicionamiento”, me parece que demuestro mi respeto al lector mejor que los escribas mendaces que quieren vincular su creencia en milagros y profecías, en transubstanciaciones y resurrecciones de entre los muertos, en cielos, infiernos y otros prodigios, con la pretensión de objetividad, de veracidad y de rigor científico.

¿Acaso no soy yo, con mi parcialidad confesa, menos parcial que ellos? ¿Es que mi experiencia, mi formación, no me autorizan a formarme una opinión más independiente acerca del cristianismo? Al fin y al cabo yo abandoné el cristianismo, pese a haberme formado en un hogar profundamente religioso, tan pronto como aquél dejó de parecerme verdadero.

Admitámoslo: todos somos “parciales”, y el que pretenda negarlo miente. No es nuestra parcialidad lo que importa, sino el confesarla, sin fingir “objetividades” imposibles.

Todos somos parciales. Esto es particularmente cierto en el caso de los historiadores que más se empeñan en negarlo, porque son los que más mienten—y luego se echan mutuamente los perros del cristianismo. Qué ridículo, cuando leemos que los católicos acusan de “parcialidad” a los protestantes, los protestantes a los católicos, cuando miles de teólogos de las más variadas confesiones se lanzan mutuamente tan socorrido reproche. Por ejemplo, cuando el jesuita Bacht quiere ver en el protestante Friedrich Loofs “un exceso de celo reformado en contra de la condición monástica como tal”, motivo por el cual “sus opiniones son demasiado unilaterales”. ¿Y cómo no iba a opinar con parcialidad el jesuita Bacht cuando se refiere a un reformado, él, que pertenece a una orden cuyos miembros tienen la obligación de creer que lo blanco es negro y lo negro blanco, si así lo manda la Iglesia?

Lo mismo que a Bacht, a todos los teólogos católicos el hábito de la obediencia incondicional se les impone a través del bautismo, el dogma, la cátedra, la licencia eclesiástica para imprimir y otras muchas obligaciones y cortapisas. Y así viven año tras año, disfrutando de un sueldo seguro, a cambio de propugnar una determinada opinión, una doctrina concreta, una interpretación determinada de la historia, fuertemente impregnada de teología… no tanto para engañarse a sí mismos, sino para seguir cultivando el engaño de los demás. Por ejemplo, acusando de parcialidad a los adversarios de su confesión y fingiendo creer que, en cambio, los católicos se encuentran a salvo de tal defecto; como si existiese, de dos mil años acá, otra parcialidad más pérfida que la católica.

La historiografía… no es más que la proyección sobre el pasado de los intereses del presente.

El historiador conservador, que comparaba su oficio con el del sacerdote (¡vaya por Dios!) y se extendía él mismo certificados de imparcialidad y máxima objetividad, aseguraba querer “borrar su subjetividad”.

Esta fe inconmovible del objetivismo, llamada “ocularismo” por el conde Paúl York Wartenburg y satirizada como proposición de una “objetividad del eunuco” por Droysen (“sólo los inconscientes pueden ser objetivos”), es ilusoria. Porque no existe verdad objetiva en historiografía, ni la historia tal como ocurrió; “sólo puede haber interpretaciones históricas, y de ésas ninguna es definitiva” (Popper).

Toda historiografía se escribe sobre el trasfondo de nuestra personal visión del mundo. Es verdad que muchos eruditos carecen de tal visión del mundo y por ello suelen
considerarse, ya que no señaladamente progresistas, sí al menos señaladamente imparciales, honestos y verídicos. Son los adalides de la “ciencia pura”, los representantes de una supuesta postura de neutralidad o indiferencia en cuanto a las valoraciones.

Rechazan toda referencia a un punto de vista determinado, toda subjetividad, como pecados anticientíficos o verdaderas blasfemias contra el postulado de objetividad que propugnan, contra ese sine ira et studio que tienen por sacrosanto y que, como ironiza Heinrich von Treitschke, “nadie respeta menos que el propio hablante”.

Pues bien, la ficción de la ingenuidad teórico-científica y la ocultación de las premisas ideológicas de la presentación histórica pueden servir para disimular muchas cosas, un relativismo ético y un escapismo que huye cobardemente de las decisiones tajantes en materia de principios—lo que no deja de ser también una decisión, ¡la de declararse irresponsable en nombre de la responsabilidad científica! Porque una ciencia que no quiere formular valoraciones, con ello, quiéralo o no, se hace aliada del status quo, apoya a los que dominan y perjudica a los dominados. Su objetividad es sólo aparente y en la práctica no significa otra cosa sino amor a la propia tranquilidad, apego a la seguridad y a la carrera.

Pero nuestra vida no transcurre exenta de valores, sino llena de ellos, y las ciencias en tanto que parte de la vida, si se pretenden libres de valores incurren en hipocresía. He tenido en mis manos obras de historiadores que venían dedicadas a la esposa, fallecida en un bombardeo, o tal vez a dos o tres hijos caídos en los frentes, y sin embargo, a veces, esas personas quieren seguir escribiendo “ciencia pura” como si no hubiese pasado nada.

Allá ellos. Yo pienso de otra manera. Pues, aunque existiese, que yo digo que no puede existir, la investigación histórica totalmente apolítica, ajena a toda clase de juicios de valor, tal investigación no serviría para nada, sino para socavar los fundamentos éticos y abrir paso a la inhumanidad. Además no sería verdadera “investigación”, porque no se dedicaría a revelar las relaciones entre las cosas; como mucho podría ser mero trabajo previo, mera acumulación de materiales, según ha señalado Friedrich Meinecke.

Ahora bien, ¿hasta qué punto coincide la realidad de la historia con mi exposición?

Prefiero por principio la vida a la ciencia, sobre todo cuando ésta empieza a evidenciarse como una amenaza contra la vida en el más amplio sentido. A esto se suele objetar que no es “la ciencia” la culpable, sino algunos científicos (lo malo es que son muchos, a lo peor casi todos), argumento bastante similar al que afirma que no hay que echar a la cuenta del cristianismo los pecados de la cristiandad.

Todo esto no significa que yo sea partidario del subjetivismo puro, que no existe.

Escasa capacidad de convicción tendría mi tesis del carácter criminal del cristianismo si para demostrarla me limitase a ofrecer algunos ejemplos. Pero, tratándose de una obra de varios tomos, nadie dirá que esos ejemplos sean aislados o poco concluyentes. Porque escribo “por enemistad”; la historia de aquellos a quienes describo me hizo enemigo de ellos. Y no me consideraría refutado por haber omitido lo que también era verdadero, sino únicamente cuando alguien demostrase que he escrito algo falso.

No faltan los que opinan que eso de criticar está muy mal—sobre todo cuando los criticados son ellos, aunque esto último no lo confesarían jamás. Muy al contrario, afirman siempre que no tienen nada en contra de la crítica, que todas las críticas son bien recibidas pero, eso sí, siempre y cuando sean críticas positivas, constructivas, y no críticas negativas y deletéreas. Con inflamada indignación se alzan esos círculos, precisamente, contra “la manía de juzgar” (Aitmeyer), y dan muestras de su escándalo con ribetes “científicos” cuando un autor, habráse visto, se atreve a “valorar”, cuando “el historiador, reconocida su incapacidad en tanto que moralista, asume el papel de fiscal”.

¿Acaso no es grotesco que los representantes juramentados de un culto mistérico ancestral, los que creen en trinidades, ángeles, demonios, infiernos, partos de vírgenes, asunciones celestes de un cuerpo real, conversiones del agua en vino y del vino en sangre, quieran impresionarnos con su “ciencia”? ¿Y no será el colmo de lo grotesco que personajes semejantes sigan recibiendo los honores del propio mundo científico?

Se nos invita a hacernos cargo en nombre del “espíritu de la época”, para que lo comprendamos y disculpemos. Pero el mismo Goethe ironizaba sobre esto en su Fausto: Lo que llamáis espíritu de los tiempos, en el fondo no es sino el espíritu de los amos.

Si no nos vale el testimonio del poeta, por notoriamente anticristiano y no poco anticlerical, acudamos al de san Agustín: “Corren malos tiempos, tiempos miserables, dice la gente. Dejadnos vivir bien, y sean buenos los tiempos. Porque nosotros mismos somos los tiempos que corren; tal como seamos nosotros, así será nuestro tiempo”.

En otros sermones suyos, San Agustín reiteró esta idea de que no hay por qué acusar a los tiempos ni al “espíritu de la época”, sino a los mismos humanos que (como los historiadores de hoy mismo) acusan de todo a los tiempos que corren, a la época miserable, difícil y turbia. Porque “el tiempo no ofende a nadie. Los ofendidos son los hombres, y otros hombres son los que infligen las ofensas. ¡Oh dolor! Se ofende a los hombres, se les roba, se les oprime, y ¿por obra de quién? No de leones, no de serpientes, no de escorpiones, sino de los hombres. Y así viven los hombres el dolor de las ofensas, pero ¿no harán ellos mismos otro tanto, así que puedan, y por mucho que lo hayan censurado?”

San Agustín sabía muy bien de qué hablaba, pues la última frase de la cita le cuadra perfectamente a él mismo (véase el capítulo 10).

Como esto, en el fondo, no pueden negarlo los apologistas, nos objetan que algunas veces (es decir, todas las veces que fue necesario, cualquiera que sea el período histórico que consideremos) los protagonistas “no eran cristianos verdaderos”.

Pero veamos, ¿cuándo hubo cristianos verdaderos? ¿Lo fueron los sanguinarios merovingios, los francos tan aficionados a expediciones de saqueo, las mujeres déspotas del período lateranense? ¿Fue cristiana la gran ofensiva de las cruzadas? ¿Lo fueron la quema de brujas y de herejes? ¿La guerra de los Treinta Años? ¿La primera guerra mundial? ¿La segunda, o la del Vietnam? Si todos ésos no fueron cristianos, ¿quién lo ha sido?

En cualquier caso, el espíritu de los tiempos no ha sido siempre el mismo en cada época concreta. Mientras los cristianos iban propagando sus Evangelios, sus creencias, sus dogmas, mientras transmitían su infección a territorios cada vez más extensos, hubo no pocos hombres, como los primeros grandes debeladores del cristianismo, Celso en el siglo II y Porfirio en el III, que supieron alzar una crítica global y aplastante, cuyas razones todavía hoy consideramos justificadas.

Mientras el cristianismo se hacía culpable de tropelías espantosas, el budismo, que no tuvo nunca en la India una Iglesia organizada al estilo occidental, ni autoridad central dedicada a homologar la fe verdadera, daba muestras de una muy superior tolerancia. Los creyentes no sacerdotes no contraían ningún compromiso exclusivo, ni eran obligados a abjurar de otras religiones, ni se convertía a nadie por la fuerza. Sus virtudes pacificadoras pueden observarse, por ejemplo, en la historia del Tíbet, cuyos habitantes, nación guerrera entre las más temidas de Asia, se convirtieron en una de las más pacíficas bajo la influencia del budismo.

En todos los siglos existió una conciencia moral, incluso entre cristianos, y no menos que entre “herejes”. ¿Por qué no habríamos de aplicar al cristianismo su propia escala de medida bíblica, o en ocasiones incluso patrística? ¿No dicen ellos mismos que “por sus frutos los conoceréis”?

Tengo para mí que la historia (y habrá bastado el ejemplo anterior, que no es sino una gota en un océano de injusticias) no puede cultivarse sine ira et studio. Sería contrario a mi sentido de la equidad, a mi compasión para con los hombres. El que no tiene por enemigos a muchos, es enemigo de toda humanidad. Y quien pretenda contemplar la historia sin ira ni afectación, ¿no se parece al que presencia un gran incendio y ve cómo se asfixian y abrasan las víctimas sin hacer nada por salvarlas, limitándose a tomar nota de todo? El historiador que se aferra a los criterios de la ciencia “pura” es forzosamente insincero. O quiere engañar a los demás, o se engaña a sí mismo. Diría más, es un delincuente, porque no puede haber delito peor que la indiferencia. Ser indiferente es facilitar el homicidio permanente.

Y si conserva hoy su validez la sentencia de san Juan Crisóstomo, “el que elogia el pecado es más culpable que el que lo comete”, entonces los que elogian los crímenes de la historia y ensalzan a los criminales, ¿no son incluso peores que éstos? ¿No andarían mejor los asuntos de la humanidad, y también los de la historia, si los historiadores (y las escuelas) iluminasen y educasen basándose en criterios más éticos, condenando los crímenes de los soberanos en vez de alabarlos? Pero la mayoría de los historiadores prefieren difundir las heces del pasado como si hubieran de servir como abono para los paraísos del porvenir.

Ejemplo de ello, para citar sólo uno, es la glorificación cotidiana de Carlomagno (o Carlos el Grande).

Las peores expediciones de saqueo y los genocidios de la historia vienen a llamarse expansiones, consolidación, extensión de las zonas de influencia, cambios en la correlación de fuerzas, procesos de reestructuración, incorporación a los dominios, cristianización, pacificación de tribus limítrofes.

Cuando Carlomagno sojuzga, explota, liquida cuanto encuentra a su alrededor, eso es “centralismo”, “pacificación de un gran imperio”; cuando son otros los que roban y matan, son “correrías e invasiones de los enemigos allende las fronteras” (sarracenos, normandos, eslavos, avaros), según Kámpf. Cuando Carlomagno, con las alforjas llenas de santas reliquias, incendia y mata a gran escala, convirtiéndose así en noble forjador del gran imperio franco, el católico Fleckenstein habla de “integración política”. Algunos especialistas usan expresiones incluso más inocuas, pacíficas, hipócritas y como Camill Wampach, catedrático de nuestra Universidad de Bonn; “El país invitaba a la inmigración, y la región limítrofe de Franconia daba habitantes a las tierras recién liberadas.”

La ley de la selva, en una palabra, que es la que viene dominando en la historia de la humanidad hasta la fecha, siempre que un Estado se lo propuso (u otro se negó a someterse), y no sólo en el mundo cristiano, naturalmente.

Porque, como es lógico, no vamos a decir aquí que el cristianismo sea el único culpable de todas esas miserias. Es posible que algún día, desaparecido el cristianismo, el mundo siga siendo igualmente miserable. Eso no lo sabemos; lo que sí sabemos es que, con él, necesariamente todo ha de continuar igual. Es por eso que he procurado destacar su culpabilidad en todos los casos esenciales que he encontrado, procurando abarcar el mayor número posible de ellos pero, eso sí, sin exagerar, sin sacar las cosas de quicio, como podrían juzgar algunos que, o no tienen ni la menor idea sobre la historia del cristianismo, o han vivido totalmente engañados al respecto.

Published in: on agosto 7, 2013 at 10:13 pm  Dejar un comentario