El libro que escribo – II

México sería sin duda un país de prosperidad
porque sus elementos naturales se lo proporcionan,
pero no lo será para las razas que ahora lo habitan.

—Lucas Alamán

 

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroNo tiene sentido criticar el nacionalismo de mi cristiano padre, tan similar al nacionalismo de los mejicanos liberales y ateos tan comunes en el Méjico actual, si no lo ponemos en contexto.

En primer lugar, Méjico, como las naciones de occidente hoy día, es un país que practica un totalitarismo suave. No se escuchan las opiniones verdaderamente disidentes en los medios—jamás. Con un solo ejemplo bastará. Cuando tenía catorce años el destacado escritor Mauricio Magdaleno visitó a mi padre en nuestra casa de la calle Palenque. En la sala junto con su esposa, Magdaleno comenzó a discutir sobre Gustavo Díaz Ordaz cuando mi padre dijo algo muy duro contra él. Magdaleno lo defendía educadamente. Recuerdo que en un momento Magdaleno dijo algo así como que no iban a poner a un muchachito en el poder y al decirlo me dio dos palmadas amistosas en la pierna. Esas son las únicas palabras de la conversación que recuerdo, además de un comentario escueto de su esposa de que tenía muy buenos recuerdos del ex presidente. El punto es: aunque no recuerdo los argumentos de ninguno de los bandos, sí recuerdo el enojo de mi padre y la educada defensa de Magdaleno.

Haya dicho este último lo que haya dicho, en los medios mejicanos jamás de los jamases se escucha una voz así en lo que se refiere al presidente mejicano que ordenó la matanza de estudiantes en octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco. A mí me resultaría muy fácil defenderla arguyendo que, precisamente por no haber masacrado a los estudiantes del 68 en París y en Estados Unidos, esa generación de traidores, cuando creció y llegó a esferas de influencia en sus respectivos países, abrió las puertas a las masas de migrantes no blancos. Es mucho muy fácil para mí argumentar que una acción de este tipo—matanza de estudiantes—es legítima moralmente si previene un mal mayor que la matanza misma. (Los millones de migrantes no blancos—actualmente en Europa hay más de cuarenta millones de musulmanes—actualmente están reemplazando a los blancos nativos en un Occidente que ya no quiere tener niños.) Un argumento de esta índole ciertamente difiere de lo que, supongo, decía Magdaleno aquella noche en la sala de mi casa. Pero ni lo que Magdaleno solía decir en los años setenta ni lo que argumento ahora llegará a los medios mejicanos bajo ninguna circunstancia: los mejicanos viven en un estado de totalitarismo suave sin que se den por enterados. Incluso el intelectual más odiado en Méjico por la izquierda radical, Octavio Paz, renunció a la embajada de la India en protesta por la matanza de estudiantes: un momento clave en su biografía.

La primera vez que, en mi vida adulta, escuché la otra voz respecto a la masacre de Tlatelolco fue en la página de discusión de la Wikipedia en inglés sobre el tema. Un angloparlante se quejaba de que el artículo era tendencioso y que fallaba en mencionar el punto de vista del gobierno mejicano. Al leer este casual comentario experimenté disonancia cognitiva por vez primera en mi vida adulta respecto a las acciones de Díaz Ordaz. Nada semejante había leído por decenios desde el 68. La sabiduría aceptada en Méjico sobre el asunto había sido completamente unificada y no se han escuchado voces discordantes. La “otra voz” de esa humilde página de discusión en Wikipedia marcaría un parteaguas para que me atreviera a pensar sobre un tema que el clima de la época daba completamente por cerrado.

Leí el comentario de Wikipedia cuando no había despertado racialmente. Una vez despierto, en enero de 2012, un londinense hizo el siguiente comentario en mi blog en español, La hora más oscura:

La literatura hispanoamericana es un desastre (y esto a pesar de que haya un montón de escritores talentosos): casi todos los “grandes autores” son izquierdistas, si no comunistas.

Fíjense que casi nadie comenta en mi blog en español; mis contados interlocutores son angloparlantes. Pero cuando uno de quienes visitan mi blog principal, The west’s darkest hour, conoce mi lengua materna y comenta en el presente blog, me sorprende. Dice algo en mi lengua materna que, si bien intuitivamente lo sabía, no lo había oído articular, como pasó con el comentario citado arriba. Efectivamente, “es un desastre” que ningún escritor latinoamericano de renombre—absolutamente nadie—quiera ver lo que sucede en esta parte del continente. No importa que no todos sean de izquierdas. Tanto un cristiano devoto como mi padre, como el agnóstico Octavio Paz, como Enrique Krauze que tiene sangre judía—todos críticos del comunismo—, se suscribieron a cosmovisiones lesivas para la raza blanca. Ilustraré esto de que nadie quiere ver lo que sucede en la mal llamada América Latina con una viñeta de Héctor Covarrubias, de quien ya he hablado en mi previo libro.

Hace muchos años Héctor me contó que, cuando pasó por el servicio militar, en la ceremonia de graduación los militares del ejército mejicano convocaron a decenas de miles de reclutas para cantar el himno nacional. Eran tantos esos miles que los jóvenes de hasta atrás—cientos de metros atrás—aparentemente se retrasaban en cantarlo. El militar al mando de la orquestación comunitaria se exasperaba y gritaba una y otra vez: “¡Los de atrás se están retrasando!” Cuando después de muchos intentos aparentemente se seguían retrasando, incluso cuando empezaban a cantar antes de la señal, el militar, frustrado, se dio por vencido. Héctor, quien estudiaba física en la UNAM, se percató junto con otros de sus compañeros de lo que sucedía. En la atmósfera terrestre el sonido no puede viajar más rápido que 343 metros por segundo. Como los jóvenes reclutas reunidos en tan ambicioso proyecto se encontraban más lejos, el sonido del Himno Nacional iba a llegar, por necesidad, después de los cantos de las filas de enfrente. El generalote o lo que fuera no tenía idea de esta ley física.

Lo que me contó Héctor es perfecta analogía no sólo de los mejicanos en todos y cada uno de los medios de comunicación y en cada universidad e instancia del gobierno, sino de lo que se conversa en los cafés. Nadie, absolutamente nadie sabe que hay leyes raciales que determinan el éxito o fracaso de una nación. En páginas previas mencioné el libro de Pierce Who we are, pero también podría mencionar el libro de Arthur Kemp, March of the titans que llega a idéntica conclusión: el mestizaje con razas inferiores conduce a la caída de las civilizaciones. Pero el sistema no ha logrado ser ciento por ciento totalitario, sólo noventa y nueve y fracciones de totalitario. La otra voz, lo que equivaldría a mi entonces joven primo Héctor cuchicheándose con otros jóvenes sobre las leyes de la física, puede, ocasionalmente, escucharse en algunos foros en castellano. He aquí unas líneas neonazis que hallé en internet que valen más que bibliotecas enteras:

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio.

La raza que defendía mi madrina Josefina es la causa del subdesarrollo en Méjico y el resto de “Latino” América. Para las masas embrutecidas parecerá increíble que un neonazi de internet diga la verdad que nadie en círculos más respetados vislumbra.

Neonazis aparte, leamos a la clase pensante de Mestizo América. Pasémosle el micrófono a uno de los intelectuales vivos que mayor influencia ha tenido entre hispanohablantes. En un diálogo entre Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa transcrito para Letras libres, la revista que dirige Krauze desde que Octavio Paz murió, después de criticar al indio Evo Morales Vargas Llosa dijo:

Creo que el tema racial es siempre muy peligroso porque agita las peores pasiones del ser humano.

América Latina no es india, no es española, no es negra, es todas esas cosas y muchas más, y esa es la gran riqueza de América Latina. Es un tema que muchas veces he tocado, como peruano, y lo reitero ahora. ¿Qué cosa es ser un peruano? ¿Ser peruano es ser un indio? Desde luego, hay por lo menos seis millones de indios peruanos, que pueden decir “ser peruano es ser un indio”. Pero hay por lo menos un millón de blancos que pueden decir “ser peruano es ser blanco”. Y hay muchos millones de peruanos, la mayoría, que pueden decir “ser peruano es ser mestizo”, ser mestizo de indio y blanco, ser mestizo de indio y negro, de negro y blanco. Un peruano puede ser un chino, o puede ser un japonés, un peruano puede ser un alemán. Esa es la grandeza del Perú, es verdad, la gran riqueza de un país es serlo todo, no tener una identidad porque las tiene todas, y creo que con variantes se puede decir lo mismo de toda América Latina. Entonces, agitar el tema racial, de manera racista, es añadir una razón de antagonismo, de violencia, de exclusión, en un continente que ya tiene suficientes antagonismos y problemas.

Krauze apostilló que cierto autor “usa un hermoso término, ‘identidad plural’. En América Latina hay pluralidad de identidades, y pueden convivir unas con otras, como tú lo has dicho”.

Estos dos intelectuales, que tanta influencia ha tenido en esta parte del continente, no pudieron haber retratado la realidad en mejor negativo fotográfico, viéndolo todo exactamente al revés. Son enciclopédicamente ignorantes de los estudios del coeficiente intelectual, que han demostrado una jerarquía entre las razas y grupos étnicos humanos; y cómo de esta inteligencia genética surge ya sea el primero o el tercer mundo. Este par ve a la quimera imposible que es Mestizo América—arios, criollos, judíos, mestizos, castizos, harnizos, indios levemente mestizados, indios casi puros, mulatos, negros y demás fauna en la ilustración novohispana casi al inicio de ese libro—como identidad plural. Si la frase “esa es la gran riqueza de América Latina” es negativo fotográfico, lo de “identidad plural” es un oxímoron que sólo puede caber en las cabezas de quienes no han rechazado el dogma igualitario de la Revolución Francesa. Ya podemos imaginar la “identidad plural” que sienten los indios Chamula por, digamos, aquellos judíos sin sangre indígena que viven en el lujosísimo Pedregal de San Ángel (donde vive Krauze). Y lo mismo puede decirse de los descendientes de los suizos en Brasil y la “identidad plural” que sienten por los mulatos de las favelas, o viceversa. Seguramente los barrios de mala muerte de Brasil enriquecen al país a ojos de este par (“esa es la gran riqueza de América Latina”), como si no hubiera sido mejor desde el principio que el continente entero fuera Nueva Escandinavia.

Debo decir que Vargas Llosa escribió el prefacio al Manual del prefecto idiota latinoamericano, una burla de tres intelectuales de derecha a los izquierdosos de Mestizo América. Lo que fallé en ver cuando hace años leí ese libro es que Vargas Llosa mismo es, al igual que la gente de izquierda que critica, otro perfecto idiota latinoamericano. El caso de Krauze es distinto en tanto su móvil es defender a la tribu a la que genéticamente pertenece, aunque no sea judío practicante. Pero ambos son idiotas en tanto que, respecto a Mestizo América, el hecho que más salta a la vista de todo lo imaginable habido y por haber es el crecimiento exponencial de la fauna mestizada a lo largo y ancho del continente. En Méjico por ejemplo, había unos diez millones de habitantes cuando mi abuela paterna nació. Ahora hay unos cien millones: ¡un crecimiento del mil por ciento! Algo similar podría decir del resto de Mestizo América e incluso de los migrantes al norte del Río Bravo. Decía en un previo capítulo que cuando viajaba por la ciudad sentía repulsa por estas masas que veía por doquier. Bien, uno de mis soliloquios más comunes cuando leía Vuelta, la revista que Octavio Paz fundó y que publicaba Krauze, era: “Paz y Krauze nunca hablaron de la marabunta de neandertales”. Sería incomprensible este soliloquio a menos que ubiquemos al joven que fui. En aquel entonces pensaba que este par en Méjico y Vargas Llosa en Perú eran las mentes más privilegiadas para entender lo que sucedía en lo que ellos (tramposamente) llamaban Hispanoamérica. Ahí estaba mi descomunal error. No podía imaginar que su idiotismo era prácticamente igual al de la gente de izquierda. De ahí mi soliloquio, como queriéndome decir que era un lapsus de los intelectuales que gravitaban alrededor de Vuelta.

Pero no era un lapsus. Ahora sé que la cosmovisión de quienes allá publicaban estaba fundada en la religión secular de nuestros días: el dogma del igualitarismo racial. Esta religión fue demolida en The fair race’s darkest hour (FR) y no voy a repetirme salvo decir que es una trasposición laica de la visión cristiana de que “todos son iguales a ojos de Dios”. Lo que debo acotar aquí es algo que en FR omití: una lectura racial de la historia de Méjico.

De chico me había sorprendido mucho, al hojear la vieja copia de la Breve historia de México de José Vasconcelos que tenía mi padre en su estudio, que ésta difería radicalísimamente de lo que había escuchado sobre la guerra de independencia de Méjico. Cuando le mencioné el libro de Vasconcelos a Pilar, mi maestra de historia en el Colegio Madrid, me comentó que esa historia era “bastante malita” y me recomendó un libro que no recuerdo. Podría adivinarse que el texto recomendado repetiría la línea del Madrid y de la Secretaría de Educación Pública mejicana, de la que ya estaba harto familiarizado desde niño.

Vasconcelos publicó su Breve historia de México en 1937, una docena de años después de la publicación de La raza cósmica, libro del que en mi libro anterior escribí que “me pareció brillante y a la vez disparatado: una quijotada más de esas que los latinoamericanos han producido para lidiar con sus complejos”. Sin embargo, es obvio que Vasconcelos estaba mucho más maduro al escribir Breve historia de México que cuando escribió La raza cósmica. Ya pasados mis cincuenta leí la Breve historia; por cierto, la misma copia que había hojeado de adolescente pero que se deshojaba en el estudio de mi padre, por lo que la mandé a encuadernar en un taller de encuadernación tradicional.

El libro me abrió los ojos sobre la historia real de Méjico. Vasconcelos decía verdades ahí que nadie, que yo sepa—ni siquiera Vasconcelos mismo desde que Alemania perdió la guerra—, se ha atrevido a decir. Y la mención de la guerra es importante: a mediados de los años treinta la cosmovisión racial de los alemanes debió haber ejercido una salubre influencia sobre intelectuales con buenos sentimientos en otras latitudes del mundo. Cierto que incluso el Vasconcelos maduro desconocía, como casi todo historiador hoy día desconoce, la letra A de la historia humana: que la raza es el factor primordial para entender la Historia. Sin embargo, al menos en su Breve historia Vasconcelos habla abiertamente de raza, poniendo a la estirpe española por encima de la indígena: tema tabú en Méjico. Y no se hable de la cuestión judía: un absoluto tabú en el Méjico del nuevo siglo. Actualmente ningún escritor o periodista del país se atrevería a usar la frase sobre Plutarco Elías Calles que usó Vasconcelos: “abrió las puertas a los judíos de Nueva York” (página 531 de la edición de 1944 de Ediciones Botas). También sería impensable que un periodista contemporáneo se saliera con la suya en Méjico con esta otra frase: “la prensa judeocapitalista” (pág. 533). Considérese esta otra: “Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo” (pág. 537) o ésta dos páginas adelante: “Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judío izquierdismo mexicano…” El capítulo sobre Calles no es el único que contiene algunas frases similares sobre las acciones de la judería que llegó al país una vez que fue abolida la Inquisición de Nueva España. ¡Ya podemos imaginar a Krauze y a la cantidad de judíos traducidos al castellano en las revistas que dirigió y dirige, Vuelta y Letras libres, usando este tipo de frases!

La breve historia de México no está exenta de disparatarios, especialmente en el prefacio. Vasconcelos parece continuar allí la idealización del crisol de razas en Mestizo América que había iniciado en La raza cósmica, pero apenas terminado el prefacio en cursivas en mi edición de 1944, nos topamos con un texto muy distinto al que había publicado en 1925. En ningún otro lugar he leído, bajo una sola cubierta, una visión de Méjico contraria a la sabiduría aceptada en el país respecto a la Conquista, la Independencia y la Revolución Mejicana. Actualmente, nadie en los medios de comunicación o en las universidades cuestiona, en Méjico, el proyecto de nación que inició con el indio zapoteca Benito Juárez.

Para mí es claro que la quimera imposible que es esta región llamada “México” terminará cuando la burbuja demográfica (siete mil millones este año que escribo), artificialmente inflada a lo largo del mundo con energéticos derivados del petróleo, se rompa. No falta mucho para ello. Tanto la narrativa liberal en Méjico desde la época de Juárez como la más vieja narrativa conservadora de Nueva España que aún persiste en ciertos rincones, morirá. Mi padre es una insólita amalgama de ambas, pero la Naturaleza se encargará de poner al ser humano, incluyendo los mestizoamericanos, en su lugar.

España y su literatura

libro de cholitaEn mi blog en inglés, The West’s Darkest Hour, subí cinco entradas sobre literatura española, siempre haciendo referencia al libro de texto de mi maestra, Soledad Anaya Solórzano (1895-1978). Recuerdo con cariño que le llamábamos “Señorita Anaya” en el primer lustro de los años setenta. Ahora simplemente la llamaré por su apellido o como la gente que la tenía en alta estima le llamaba.

En una reunión del año pasado aquí en la Ciudad de Méjico, a la que asistieron algunos nacionalistas criollos, Alberto me preguntó de qué estructura nacional podríamos agarrarnos quienes creemos en la raza caucásica en este país. Le respondí que no hay nada de donde agarrarse y quisiera explicar por qué.

Ni España ni Nueva España han tenido una adecuada conciencia racial, al menos no después de que los godos ibéricos comenzaran a mezclar su sangre con no arios. La España franquista pudo haber sido fascista pero, a diferencia de los alemanes, el racialismo no se encontraba en su agenda. En el caso de Nueva España mis relecturas del libro de Anaya me mostraron algo similar.

En las páginas 28-31 se relata la fascinante historia del rey Rodrigo y la pérdida de España en el siglo VIII. (Tómese en cuenta que a esas alturas la pasión visigoda por mantener limpia su sangre ya había sido mermada con tres siglos de cristiandad.) El primer shock que recibí al leerlo es que en esta leyenda no se culpa a los judíos de haber abierto las puertas a la invasión musulmana ¡sino a una venganza entre blancos ibéricos! Algo similar cuenta Anaya en las páginas 40-47, otra gema semilegendaria de las primeras letras españolas. De hecho, otra venganza entre blancos ibéricos que resultó en la decapitación de siete muchachos blancos por orden de un moro. El final “feliz” llega cuando un mestizo entre blanco y moro, hermanastro de los decapitados, se venga no contra el moro, sino contra el cristiano que presumiblemente causó todo el desmán.

Más perturbador fue releer en la página 65 de Literatura Española que Anaya escribiera de El Cid como “el que es terror de moros y cristianos”. (En la historia real, independientemente del Cantar del Mío Cid, ¡Rodrigo Díaz de Vivar había guerreado bajo las órdenes de unos jefes moros en Zaragoza después de haber caído de gracia ante el rey castellano Alfonso VI!)

El capítulo sobre La Celestina es el más largo en el libro de Anaya, quien nos explicó en clase las razones de su longitud: quería más bien que omitiéramos esa lectura y nos volcáramos en la inmortal novela de Cervantes. No deseo comentar mucho sobre La Celestina salvo enlazar lo que dije en este comentario en mi entrada en inglés sobre tan influyente libro, que por cierto leí este mes.

Lo que Anaya dice de los frailes misioneros en América a partir de la página 314 corrobora lo que he escrito sobre el “problema cristiano”, al cual considero más grave para preservar a la raza blanca que el problema judío. Esas páginas también muestran que el estúpido ídolo de mi padre, Bartolomé de Las Casas (acaso hijo de conversos), se movió en aguas antiblancas y antioccidentales y estamos hablando de aguas movidas por cristianos y blancos ibéricos. (En mi radical opinión, toda meta-ética al sur del Río Bravo contraria a lo que los gringos hicieron con los pieles rojas es “antiblanca”, especialmente la piedad cristiana de los frailes hacia los indígenas.) Ya desde la página 287 del libro de Cholita, como le decíamos tres compañeros de escuela a Anaya, se muestra que la criolla Sor Juana, tan idealizada por Octavio Paz y tanto mejicano, ¡se ponía de parte de los zambos, los indios y los negros de Nueva España!

Al llegar a la página 382 vemos cómo se desarrollaron las letras hispanas modernas a partir de la lírica medieval. El caso es que el teatro español de la época de oro—Lope, Tirso, Alarcón, de la Barca—no habla de raza o épica lucha contra los moros. Más bien, se comenzó a llevar a la “pantalla” de aquel entonces a cuentos medievales como el de los Siete Infantes de Lara, los decapitados mencionados arriba: cuento de “honor” que termina con un híbrido entre blanco y moro en el poder. Es fundamental mencionarlo porque muestra que, después de que la conciencia étnica de los visigodos fue apagada debido al cristianismo que se impuso en el siglo V en la península, no ha habido sustancial conciencia racial entre los españoles y portugueses. Por eso digo que no hay nada de qué agarrarse.

Pensemos en la obra de teatro La estrella de Sevilla por ejemplo, que algunos atribuyen a Lope. Malo está cuando una obra termina con la “estrella” de la trama, una auténtica ninfa aria, entrando a un convento en lugar de reproducirse. Los judíos jamás tendrían monasterios para sus mujeres. Recuérdese que Kevin MacDonald afirma que los blancos tienen más tendencia al idealismo moralizante que otros (un quijotesco sentido del honor a mi modo de ver; de hecho “España es Quijote” según varios comentadores españoles de la obra).

En las página 428 y siguientes me sorprendió ver que en la Nueva España del siglo XVIII había indigenismo entre los jesuitas (en los que posteriormente se inspiraría Hidalgo). Estos eran humanistas del siglo anterior a la gran traición antiespañola de la que habla Vasconcelos en su Breve historia (que he citado en este blog). Al leer a esta gente resulta obvio que había algo inicuo en los criollos incluso en tiempos en que Nueva España era judenfrei, libre de judíos.

Igualmente aberrante fue enterarme en la página 463 del libro de Cholita que “mestizos y criollos”, esto es, apiñonados y blancos, leían la literatura que produciría la independencia. En 1821 Francisco Manuel Sánchez de Tagle por ejemplo, en su surrealista acta de la independencia habla de “La Nueva Nación Mexicana, que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia ni libre el uso de la voz, sale de la opresión en que ha vivido” (página 473). ¡Como si el Méjico independiente fuera la restauración del imperio azteca pero ahora un imperio azteca para indios, mestizos y criollos!

Naturalmente, toda esta locura antiblanca que se elaboraba por los mismos criollos no podía terminar sino en figuras como Manuel Altamirano, indio puro y partidario de Juárez cuyas cenizas fueron trasladadas a la Rotonda de los Hombres Ilustres después de haber muerto en Italia, como cuenta Cholita en la página 511. (Anaya por cierto no era racista como yo y aquellos que platicamos en la reunión mencionada al inicio de esta entrada.)

La página 513 me hizo pensar que el idiota de Justo Sierra ignoraba que es imposible “educar” a los nacos para que éstos lleguen a niveles europeos de cultura en tanto que su coeficiente intelectual yace muy debajo del nuestro. (La nieta de Sierra, Cristina Barros, quien fuera directora del Colegio Madrid donde yo estudiaría después de graduarme de la escuela de Cholita, ignoró este dato fundamental a lo largo de toda su carrera como pedagoga.)

En la página 552 de Literatura Española me llamó la atención la línea “Hidalgo predicando el exterminio” de los españoles en Méjico, salida de la pluma de Salvador Díaz Mirón. Y en la página 562 y siguientes releí un texto en que Rubén Darío contrasta los nacos de su tierra con “una muchacha blanca” comiendo uvas.

“Y sobre aquel fondo de hollín y carbón, sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de lis, con un casi impenetrable tono dorado”.

Una sociedad cerrada

Mi entrada anterior fue una ruptura abierta con Octavio Paz, quien vivía a unas cuadras de mi hogar en Coyoacán cuando falleció.

No obstante, ahora que he mencionado a Nueva España en mis últimas entradas en inglés (por ejemplo aquí), me animé a releer algunas páginas del libro que representa la madurez del pensamiento de Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe. Me refiero especialmente al análisis que el poeta hace sobre Nueva España. No cabe duda que esas páginas pacianas retratan mejor lo que fue esa “sociedad singular” que los densos tratados de cualquier otro escritor.

Leí Las Trampas de la Fe hace ya veinte años, y no acaban de admirarme frases lucidísimas como la siguiente:

La biblioteca de sor Juana es un espejo del inmenso fracaso de la Contrarreforma en la esfera de las ideas.

Y es que, en “la sociedad cerrada” en la que Juana vivió, no sólo le faltaban Maquiavelo y Hobbes, sino Bacon y Descartes (además de su silencio sobre el mismo Erasmo). Juana tampoco leyó a Shakespeare o a Milton. “Más grave aún”, escribe Paz, “fue no tener noticias del movimiento filosófico y científico de su tiempo”. La poetiza novohispana tampoco se había enterado de Leibniz, Newton y Spinoza. Paz remata su capítulo de Las Trampas de la Fe con palabras admirables:

El caso de sor Juana se ha repetido una y otra vez: ha sido una nota constante de la cultura española e hispanoamericana hasta nuestros días… embobada con esta o aquella ideología, vuelve a perder el tren.

En previos capítulos de su libro Paz había hecho un análisis inteligentísimo sobre la Nueva España: desde el mundo prehispánico, la conquista, los virreyes, el estado y el púlpito, la guadalupana que “literalmente enamora a los novohispanos”, la espléndida arquitectura, la encomienda, los modos de producción, los jesuitas y el impulso autonomista de los criollos, hasta unas comparaciones desfavorables de la época de la Colonia frente a la plena modernidad representada por los Estados Unidos. No obstante, a diferencia de la Breve Historia de México de Vasconcelos, tema de varias entradas en este sitio, Paz apenas toca el tema del mestizaje y nada dice en lo absoluto sobre la inmensa desproporción de indios levemente mestizados frente a los criollos y peninsulares, y cómo semejante desproporción pudo haber afectado a esa sociedad singular.

¿Por qué Paz se refrena de ahondar en lo que Vasconcelos se animó a decir? En pocas palabras, por corrección política. A pesar de su eterna lucha contra los marxistas mejicanos, tan embobados en compactas ideologías que empuñaban cual cachiporras, Paz padeció toda su vida de ceguera en el centro de su visión. Lo que es más: por más insólito que pueda parecer, lo que el laureado poeta no se atrevió a decir a veces lo dicen los neonazis del nuevo siglo.

Sé que esto puede parecer inverosímil, pero es natural. La gente del establishment, incluyendo los intelectuales de elite, no pueden lanzar ideas más allá de lo que la sociedad cerrada en la que vivimos nos permite decir. Paz y otros jamás hubieran recibido becas vitalicias de parte del gobierno mejicano, no se diga premios internacionales como el Cervantes y el Nobel, de haberse atrevido a pensar honestamente sobre las causas de fondo del rezago del país en que nacieron.

* * *

“¿Qué es Méjico?”, le preguntaron a un bloguero neonazi. Tómese en cuenta que la paráfrasis que haré del bloguero, por más primitivo que éste pueda parecer, llena el hueco negro con letras inteligibles que Paz fue incapaz de ver debido al punto ciego en el centro de su visión:

Desde su independencia la “nación” llamada Méjico no ha sido más que una aglutinación caótica de razas, culturas, pueblos y etnias, pero no existe como una verdadera nación. “México” era el nombre la antigua capital azteca, México-Tenochtitlan (o hablando con propiedad fonética, capital mexica o meshica).

Hace siglos que el verdadero México—una hermosa ciudad lacustre—fue destruido. El Méjico moderno—una nación—es una noción equívoca, en el sentido de que no todos quienes usan un pasaporte con águila y serpiente son descendientes de los tenochcas. Ni los indios lacandones ni los criollos de Guadalajara o del norte del país se ven a sí mismos como sus orgullosos descendientes, y no hablemos de cómo los judíos ricos de la capital, muchos sin una sola gota de sangre indígena, perciben a los antiguos mejicanos.

En otras palabras, más que una auténtica nación Méjico es una quimera imposible de diversos grupos étnicos (por eso mejor uso la “j” para escribirlo a la española). A Paz mismo le molestaba que el Museo de Antropología de su querida ciudad ostentara la Sala Mexica de manera central, como si hubiera sido la cultura central en Mesoamérica (habría que preguntarles a los teotihuacanos, o a los mayas). Con la poca gente blanca sin mezcla que le queda al país y con indios que apenas saben castellano (frecuentemente ni siquiara náhuatl sino uno de los diversos dialectos), el mal llamado Méjico—en tanto que la antigua capital azteca no debió darle nombre a la diversa nación moderna—carece de identidad común.

Pero el verdadero quid es que, con una población casi totalmente mestiza con fuerte presencia del genotipo y fenotipo indio—¡y aún negro!—y con los criollos puros en vías de extinción, el país está destinado a la irreversible decadencia total. Recuérdese la premisa bajo la que corre la Breve Historia de Vasconcelos: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres. Los tiempos actuales y la guerra del narco, mestizos de baja ralea, son prueba viviente y sangrante de esa decadencia racial que abruma a la nación.

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes, nos dice el neonazi. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio. Por más que admiremos la valentía que mostró Vasconcelos con su Breve Historia, la población mejicana no puede superarse porque el “superarse”—algo que Vasconcelos no vio ni en su Breve Historia ni en La Raza Cósmica—no pertenece al reino de la volición. La mayoría de los mejicanos simplemente carecen de genes competitivos: de un coeficiente intelectual que les permita competir con los pueblos de raza aria, o con los chinos, japoneses o los judíos.

Quien dude que vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España—en tanto que si bien a la Inquisición le molestaban los telescopios, a los inquisidores del siglo XXI les molestan los estudios raciales—haría bien en leer esta entrada. El tema del artículo y enlaces incorporados es el coeficiente intelectual, el cual es diferencial entre las razas. Es claro que el hispanohablante común del siglo XXI no tiene noticias sobre los estudios sobre el CI de nuestros tiempos.

Razón: Aunque Vd. no lo crea, vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España.

Published in: on octubre 29, 2011 at 8:11 pm  Comments (1)  

El cristianismo, responsable del mestizaje




En The West’s Darkest Hour he estado subiendo durísimas entradas sobre el nefando papel que han jugado tanto el judaísmo como el cristianismo en la hora más oscura de Occidente (véase ésta por ejemplo). Esa es una razón por la que este blog ya no enlaza a blogs de cristianos que se enfocan en el Islam y en el movimiento antimoro: la paja en el ojo ajeno comparado con la viga en el propio.

Aún así, mantengo una estrecha amistad con católicos y protestantes siempre y cuando sean, ante todo, nacionalistas blancos.

Discutiendo con Pat en la blogósfera anglosajona, uno de estos camaradas, hoy en la madrugada le señalé lo siguiente:

¿Ves lo mestizo que se encuentra Méjico, con la sangre india sobrepasando con mucho a la europea? A que ni sabes: el desmán inició mucho antes de que los judíos y los ateos se apoderaran de la cultura. El perpetrador de esa situación fue… ¡un Papa!

Justo después de la conquista de México-Tenochtitlan, el Papa Paulo III, con su Bula de 1537, reconoció la personalidad de los indígenas y los declaró aptos para recibir los sacramentos, incluyendo el derecho a casarse con los castellanos. Las implicaciones de esa disposición papal fueron enormes, ya que se legitimó el mestizaje entre las amerindias y los varones de raza blanca.

En el mejor de los libros jamás escrito sobre la historia de Méjico, el católico José Vasconcelos escribió: “Y con ello se evitó que en el mundo español [Vasconcelos se refiere a Latinoamérica] se produjese un sistema de separación de castas, como el que aún tiene divididos a los anglosajones en el norte” (Breve Historia de México, Ediciones Botas, 1944, pág. 205).

Mi católico amigo confesó que, aunque poco sabía de la historia de esta parte de Norteamérica, dudaba que la injerencia de la iglesia hubiera sido forzada. Respondí:

Nueva España fue una suerte de paraíso religioso para la Iglesia Católica: el triunfo del la Contrarreforma en la mayoría del continente americano si quieres verlo de esa manera (recuerda que Nueva España cubría muchos estados sureños que actualmente pertenecen a los Estados Unidos). De hecho, gracias a nuestra Inquisición, por trescientos años (1521-1821), antes del movimiento de la Independencia, Nueva España fue Judenfrei (región libre de judíos): lo que significa que no podemos culpar a los hebreos por el increíble mestizaje que tuvo lugar a lo largo del continente durante ese período.

Aclaro que hice ese comentario en un hilo de discusión sobre un autor judío, hilo donde se tocó el tema del papel que han jugado los judíos en la degradación de la cultura occidental.

Published in: on octubre 12, 2011 at 1:06 pm  Comments (4)  

La independencia de Méjico

La Breve Historia de México, que José Vasconcelos escribió en 1936, corre bajo una premisa: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres.

En la entrada inaugural de este blog cité el inicio de uno de los capítulos de la Breve historia sobre la Independencia de Méjico, en la que incluí la lapidaria frase “El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter”.

Sin añadir puntos suspensivos entre los numerosos párrafos no citados, en esta entrada recojo el resto:

La medalla de Bustamante decía: “Siempre Fieles. – Siempre Unidos. – 1838”. Y narra Alamán que en todo México hubo regocijo, cuando triunfaron los argentinos de los ingleses, cuando España se levantó contra los franceses. Y se hizo oferta de recursos o de voluntarios para la guerra al enemigo común que más tarde sugirió a Hidalgo, a Morelos, la guerra criminal, la matanza desleal, precisamente de los españoles, de nuestros padres, de nuestros hermanos. Y todavía andaban sueltos por nuestras plazas y calles, los demagogos con elocuencia de mezcal criollo vociferando en favor de las abstracciones: libertad, igualdad, fraternidad.

La doctrina perversa

El padre Mier, que nos es presentado como el inspirador de los movimientos de la Independencia, desarrolló su propaganda en Londres, a sueldo siempre del almirantazgo británico. Afirmaba, en efecto la doctrina inglesa, que México se separaba de España porque habían sido violados los pactos de la conquista. ¿Cuales eran esos pactos? ¿A quién se le ocurrió que existieron, y, en caso de haber existido, cómo es que el fenómeno de la independencia latinoamericana alcanzaba mejor ímpetu en la Argentina, donde no hubo indios que pudieran celebrar tales pactos? ¿Por qué México, el país típicamente indio, era precisamente el que menos entusiasmo mostraba por la Independencia?

Nada de esto sospechó Mier, y propagó la tesis de los intervensionistas tradicionales, la hipótesis de las reivindicaciones indígenas que entonces se hacían valer contra el español y que después se esgrimieron contra el criollo y hoy se aprovechan para desposeer, para perseguir al que habla español sin exceptuar a los indios. Se habla, en efecto, de reivindicaciones indígenas como si a la llegada de Cortés los indígenas hubieran sido propietarios, como si la propiedad y el concepto cristiano de los derechos de la persona humana no hubiesen aparecido precisamente con la conquista.

Pero lo cierto es que la independencia de Nueva España la promovían los criollos y los españoles de Nueva España, los mexicanos todos de la más reciente generación y no para recuperar derechos usurpados de ningún genero. Al contrario, los descendientes de Moctezuma, así como los de otros muchos personajes de la época azteca, vivían en España en calidad de nobles y se oponían a la independencia que les hacía perder sus títulos y sus ventajas. Pero hablar de reivindicaciones indígenas en nombre de un nacionalismo que no existió jamás es algo que no podía nacer de la entraña del pueblo mexicano, sino que le era inspirado desde afuera, como una ponzoña destinada a envenenar su futuro.

La lealtad mexicana

Y muy bien observa Alamán que “era poco generoso pretender apartarse de una nación con la que México estuvo ligado por tres siglos”. El mismo Hidalgo evocaba el nombre de Fernando Séptimo pensando, acaso, que una vez libertada España de la invasión francesa, la Independencia vendría. A México no vinieron, como fueron a Colombia, con Bolívar, batallones ingleses y estados mayores extranjeros, sin duda porque el sentimiento español era más fuerte entre nosotros.

Una independencia lograda sin consejeros bastardos como los que desviaron a Hidalgo y a Morelos, se estaba ya logrando. Pero no era eso lo que querían los ingleses. Lo que ellos buscaban era echar fuera a los españoles de sus dominios de América, a efecto de dominar en seguida a los nativos como se dominan rebaños sin pastor… [El movimiento] se desvío, por inicua presión extranjera, hacia el caudillismo ignorante y destructor de los Morelos y los Guerrero, cuyo programa en esencia no iba más allá de la exigencia de matar gachupines, la consigna natural de los ingleses.

En México la Independencia no libró batallas. Propiamente nunca ha habido en nuestro suelo batallas, sino sangrientas hecatombes de guerra civil. Y ha tenido que recurrir, como lo veremos en otro capítulo, al sistema peligroso de la exaltación de las derrotas. Pues son, en definitiva, derrotados todos nuestros caudillos de guerra extranjera. Pero concretándonos al caso de la Independencia, es un hecho auspicioso que no se librasen grandes batallas, que no hubiese grandes ejércitos y que Calleja, como constantemente lo repetía con toda lealtad, estuviese haciendo la guerra contra los caudillos de la independencia exclusivamente con tropas mexicanas. Y es que los mexicanos queríamos la independencia pero éramos leales. No queríamos una independencia en beneficio de los ingleses, sino en beneficio de nuestra patria. Por eso la nación, en sus sectores conscientes, no siguió a Hidalgo, no siguió a Morelos. Debe haber parecido a todo el mundo sospechoso ese afán de matar gachupines y esa insistencia de reclutar indios puros y negros de la costa de Guerrero, para echarlos sobre las poblaciones al saqueo, para destruir, que es lo único que logra el líder improvisado que no tiene plan ni visión.

Para darnos cuenta de la táctica de Hidalgo y de Morelos, táctica de los precursores del partido americano, táctica que producía amistades en los Estados Unidos y promesas de ayuda, como la que llevó a Hidalgo hacia el Norte, como la que movió a Morelos a disponer de Texas, imaginemos un caso parecido en otra nación. Suponed que los franceses que ayudaron a la independencia norteamericana, en vez de encontrarse con hombres superiores como Franklin, como Wáshington, como Hamilton, hombres que supieron aprovechar la ayuda extranjera, pero sin someterse a sus fines, volviéndola más bien hacia el propio servicio, hubiesen recurrido en los Estados Unidos a la población mulata, ignorante y degradada, y, por lo mismo, predispuesta a la traición. A estos mestizos de negro y blanco el agente francés, enemigo de todo lo inglés, les habría dicho y lo habría dicho con razón:

Lleváis tres siglos de estar dominados por una aristocracia de cuáqueros hipócritas que presumen de justicieros y helos aquí apoderándose de todas las tierras, de todas las riquezas, manteniendo en esclavitud a millones y millones de negros. El grito de guerra ha de ser “mueran los británicos”, y cada vez que ocupéis un poblado, haced fusilar a todos los súbditos de Inglaterra que logréis capturar.

¿Qué hubieran hecho los jefes de la Independencia norteamericana frente a una propaganda de esta índole? ¡Hubieran tardado no más de cinco minutos para mandar fusilar a los que hubiesen dado oídos a propaganda semejante! ¿Qué hubiera hecho el propio Wáshington si el capataz de los esclavos de sus fincas se lanza a la rebelión con el propósito de matar ingleses? En ese mismo instante, Wáshington, que era bien nacido se habría sentido inglés y hubiera procurado batir primero a los traidores de su sangre y después a los agentes del poder opresor que era Inglaterra. Pues eso mismo explica por qué tantos no siguieron a Hidalgo y a Morelos sino que los dejaron ajusticiar, sin perjuicio de seguir trabajando por la Independencia, sin perjuicio de consumar la independencia, pero ya no al grito caníbal de “mueran los gachupines”.

Yo pregunto a los indios puros de mi país, y a mis compatriotas ya educados y despejados de la mente y el corazón: ¿Había o no había opresión, abuso, esclavitud secular de los negros en la región de América colonizada por los ingleses? Y, sin embargo, ¿qué hubiera pasado si los caudillos de la Independencia norteamericana, en vez de guerrear contra las tropas inglesas, convocan a los negros, los llaman y les dicen: “Ahora a matar británicos”? ¿Es verdad o no es verdad que los Estados Unidos se hubieran vuelto una cena de negros?

Acabamos de decir que otra habría sido la suerte de México si sus líderes nacionales de la época de la Independencia hubieran tenido la categoría cultural y humana de los Franklin, los Hamilton, los Adams. Uno o dos tuvimos en ese período, que pueden parangonarse con los mejores de cualquier país. El obispo Abad y Queipo y el civil don Lucas Alamán. Un personaje de categoría constructiva se hubiera podido desarrollar tal vez con la figura del licenciado Verdad, Alcalde de México. Pero faltó inteligencia en la clase acomodada, en la clase ilustrada.

El mayor crimen de la historia es revestir de oropeles sucesos que han sido la causa del atraso, la decadencia de las naciones. Y esto es lo que nosotros hemos hecho con la leyenda de la Independencia: erigir en culto y religión lo que fue yerro funesto y comienzo de todas nuestras desventuras. Vale más no tener ídolos que tenerlos falsos.

Los movimientos precursores

Desde el principio, anota Pereyra, el criollismo netamente español llevará la bandera del indianismo contra la Metrópoli; se llamará aztequismo en México, incaísmo en la America del Sur, mosquismo en la Nueva Granada, caribdismo en Venezuela. Cada país encontrara en una remota glorificación precolombina el punto de arranque de sus aspiraciones nacionales.

Pero todo esto era no sólo artificial y absurdo, era parte del programa británico que, junto con el salario, daba la lección a los precursores y a los actores de los grandes movimientos insurreccionales.

Una oscura rebelión de indios que tenía por objeto suprimir las mitas fue magnificada como para hacerla bandera continental. Ocurrió que el cacique rebelde Condorcanqui fue bautizado por los que habían vendido el alma a Inglaterra, con el nombre de Tupac Amaru, el nombre del inca ajusticiado por los españoles. Y se le presentaba como aspirante a Emperador de toda la América, cuando, dice bien Pereyra, su antepasado el verdadero Tupac Amaru nunca tuvo pretensiones de conquistar siquiera hasta Bogotá. Todo lo que hizo el nuevo Tupac antes de ser derrotado estrepitosamente fue degollar hombres, mujeres y niños. En Calca acabó con todos los blancos. Lo que indica la tendencia de la insurrección. Y por lo que vuelve a surgir la pregunta: ¿Qué hubieran hecho los norteamericanos con una sublevación que a pretexto de la independencia nacional hubiese lanzado a los pieles rojas del Cañada contra los puestos avanzados de las trece colonias primitivas? Hubieran hecho lo que hizo Calleja cuando ya no hubo más grito de guerra ni más plan que matar gachupines: batirla hasta exterminarla.

Los documentos que redactaban los ingleses no eran más eficaces para la consecución del propósito que serviría de base a la guerra: la difusión del odio entre criollos y españoles. Origen éste de la acción imperialista contemporánea que azuza el odio de los mestizos contra los criollos y de los indios contra los mestizos.

Más que francesas igualitarias y liberales, las ideas de los precursores de la Independencia eran tomadas del “Intelligence Service” del Almirantazgo inglés; nos eran fabricadas por los enemigos de España que codiciaban nuestros territorios. Eran ideas de desquiciamiento social, útiles para producir lo que pronto definiría el imperialismo norteamericano, más practico y más franco que el inglés: el exterminio de las razas mezcladas inferiores que había producido España y la conquista de la tierra sin los hombres, “la jaula sin el pájaro”. En otros términos, la táctica que los norteamericanos aplicaban en sus propios territorios: “a good indian is a dead indian”. En nuestros países había que acabar primero con el español porque el español se había casado con la india, se había aliado con el indio y había llegado a formar el poderoso bloque mestizo. Atacándolas por la cabeza, destruyendo a sus aristocracias, es como mejor y más pronto se acaba con las razas enemigas. Por eso el grito de guerra, grito hipócrita y desleal, era de un extremo a otro del continente y aun allí donde no había indios que reivindicaran un solo derecho: “¡Arriba los indios, los Tupac Amaru de opereta y… mueran los gachupines!”

Soñaba Miranda, como soñó al principio Bolívar, que con sólo establecer la libertad, todas las republicas de América vivirían en paz. No vio el peligro norteamericano, añadido al peligro inglés. Y si Bolívar lo vio, fue cuando ya en la decadencia y el destierro, le vino a su espíritu la lucidez del que ha fracasado en una empresa que juzgó noble.

También Miranda cayó en la infantilidad de querer dar el gobierno de un vasto Estado americano al descendiente del inca. Por lo que se ve de qué modo, aun los hombres de genio del movimiento, servían al plan anglosajón de eliminar lo español de los territorios cuya conquista preparaban. Y eso que Miranda no tenía una sola gota de sangre indígena. Era nada más un alma mediatizada por el influjo de los ingleses.

¿En dónde está el criterio de todos estos hombres que veneramos como padres de la patria? Si todo un Miranda, hombre de mundo, ilustrado, genial casi, ofrecía provincias, ¿qué tiene de extraño que Morelos, escaso de luces, hablase con naturalidad de ofrecer Texas a los Estados Unidos a cambio de unos cuantos rifles?

Aaron Burr también, personaje norteamericano caído después en desgracia, preparaba una expedición que bajó por el Missisipi. Su objeto pregonado por Jefferson, era la conquista de la Nueva España. No se llevó adelante porque detrás estaba España. Cuando nos faltó España, ocurrió el desastre del 47.

La guerra de independencia

El Virrey, entretanto, organizó nuevo ejercito que puso a las órdenes de don Félix María Calleja, general realista. En las llanuras de Aculco, al noroeste de la capital, esperó Calleja con diez mil hombres a los cien mil que traía Hidalgo. Eran estos una chusma pobremente armada, compuesta en su mayor parte de indios, y Calleja logró destrozarlos.

La derrota insurgente fue total. Desde ese momento ya Hidalgo no pensó sino en la huida. Mientras se dirigía al Norte fue aprehendido, en las cercanías de Monclova. De allí se le condujo a Chihuahua, donde fue ajusticiado, tras de retractarse públicamente de toda su empresa.

A su paso por Michoacán, Hidalgo había recibido la adhesión del cura don José María Morelos, su antiguo discípulo en el seminario de Valladolid. Morelos no tenía gran ilustración. Las ideas sobre su movimiento eran las que le comunicó Hidalgo, que las tenía confusas. Hidalgo veía con desagrado la matanza inmotivada de los españoles. Morelos, menos culto, se contagió más fácilmente de la irritación de los mestizos y los indios contra el español. Al lado de Morelos los agentes norteamericanos ganaron considerable influencia. A uno de estos agentes, según refiere Alamán, lo fusiló Calleja. Pero no antes de que hubiese presenciado con satisfacción las hecatombes de prisioneros españoles que consumaba Morelos. La destrucción de los españoles era necesaria para destruir el país.

El afán de botín impulsaba a las multitudes contra el español, porque siempre el que no tiene odia al que tiene. Los Estados Unidos habrían degenerado en vez de prosperar si, como nosotros, se dedican a perseguir ingleses. Al contrario, la política yankee ha sido de favorecer a la inmigración de ingleses y nórdicos de todas las razas afines de las suyas. Y el poderío de la Argentina y del Brasil se debe a que siguieron recibiendo españoles y portugueses respectivamente, por la misma época en que nosotros matábamos y expulsábamos españoles. Era una sangría de nuestra aristocracia étnica.

Si sobre estos hechos y otros parecidos no hay la menor duda; si no puede ser Morelos un modelo, ni como militar ni como patriota ni como caballero, ¿por qué esas glorificaciones ilimitadas? Levantar a la más alta cumbre de la fama patriótica a quien padece tales lacras, resta autoridad para exigir de los funcionarios y caudillos del día, las virtudes elementales del hombre de honor. Pues ¿cómo vamos a pedir al funcionario común lo que no se exige del héroe? Por otra parte, no hay nada más triste que un pueblo que ni la historia la tiene limpia. El mantenerla sucia no es culpa de los personajes que en ella figuran, sino de la caterva de inteligencias alquiladas a los más viles poderes de cada instante, y que repiten leyendas y otorgan consagraciones irreflexivas o perniciosamente motivadas, a menudo con el propósito de encubrir y justificar los crímenes del presente.

Guerra de castas

Dado que la idea “México” se basa en la mayoría demográfica, que es mestiza con tendencia a india, no debe sorprendernos que la escuela no sólo me ocultó la parte oscura de quienes forjaron el país en que nací, como constaté en las entradas sobre Vasconcelos—tan oscura de hecho que ahora creo que los “héroes de la libertad” (el nombre de mi escuela secundaria hace cuarenta años) no fueron héroes sino traidores. También me ocultó episodios históricos fundamentales que me habrían puesto a pensar de niño, adolescente e incluso de adulto.

De los capítulos sobre Santa Anna de la Breve historia de México sólo quisiera citar un pasaje de la sección que Vasconcelos escribió sobre “La guerra de castas en Yucatán” del siglo XIX:

A mediados del cuarenta y siete, mientras el centro del país era ocupado por las tropas yankees, los indios de Yucatán se sublevaron. Y se vio allí en pequeño lo que llegaría a ser la tesis de Poinsett, el día que triunfase en todo el territorio el plan de la vuelta a lo indígena, la recomendación de la matanza de los blancos. Llegaron los indios hasta Valladolid, preciosa ciudad creada por los españoles, y no dejaban vivos niños ni mujeres. [página 383]

Imaginemos qué sucedería si la gente caucásica de Méjico pudiera ver películas y documentales sobre estos sucesos históricos. Al igual que el caso de la Mesoamérica precolombina, de la que tanto he hablado en este blog, si pudiéramos ver recreaciones del pasado, ya sea en la pantalla chica o en el cine, la experiencia transvaloraría gran parte de los valores de la población criolla actual.

En otras palabras, el establishment nos oculta información vital con fines de control social. O como diría Orwell: quien controla el pasado controla el futuro.

Published in: on junio 22, 2011 at 1:45 pm  Comments (1)  

El principio de la no discriminación

¿En qué discrepo con Vasconcelos, el único intelectual mejicano a quien admiro? En otro lugar incluí este pasaje de su Breve historia de México:

Juárez enraizó en la conciencia popular, no por las leyes de Reforma, sino pese a las leyes de Reforma, y porque en lo político representaba un anhelo acariciado por la nación desde los días de la Independencia: el anhelo legítimo del gobierno democrático, la supresión de las castas y privilegios, el reconocimiento de la igualdad teórica de los ciudadanos, que ya es algo, aun cuando en el hecho subsistan desigualdades.

En otras palabras, como todo occidental, Vasconcelos se suscribía al principio rector de una nueva religión secular que ha estado destruyendo a nuestra civilización. A tal principio rector podríamos denominarlo comunismo genético o principio de la no discriminación (“la supresión de las castas y privilegios” como algo positivo).

A diferencia de los dogmas de la iglesia católica, tan claramente expuestos en latín—un idioma ideado por su claridad—, el principio rector que ha a Occidente, incluida una Nueva España transfigurada en “Méjico”, no es explícito. Es tácito. De manera análoga a los entimemas de que hablaba Aristóteles, aunque se originó en la Ilustración actualmente es un principio que no se formula explícitamente: se da por sentado.

Para entender tal principio, que no es sino el dogma en que se basa la sociedad actual, qué mejor que traducir un artículo de mi blog en inglés en que cité al pensador conservador Lawrence Auster.

La siguiente es una versión abreviada de una conferencia sobre el Islam que Auster impartió hace un par de años: conferencia que posteriormente fue publicada en un libro. Pero vayamos al grano. Aunque las negrillas en color café son mías, Auster escribió:


Para tratar con la crisis que enfrenta nuestra civilización, debemos ser tanto realistas como imaginativos. La parte realista consiste en reconocer qué tan mala es nuestra situación.

Todo el mundo occidental se encuentra bajo el yugo de la ideología moderna liberal, la cual tiene como blanco a todos los aspectos normales y familiares de la vida humana, y a todas nuestras formas históricas de existir en la sociedad.

La clave de esta ideología liberal es la creencia en la tolerancia o en la no discriminación como el principio rector de la sociedad, el principio hacia el cual todos los otros principios deben ceder. Esta creencia es patente en toda área de la vida moderna.

El principio de la no discriminación debe, si lo seguimos consistentemente, destruir toda sociedad e institución humana. Una sociedad que no puede discriminar entre sí misma y otras terminará dejando de existir, justo como un olmo que no puede discriminar entre sí mismo y un árbol tilo dejará por fuerza de existir. Para ser, debemos ser capaces de decir lo que somos: lo que significa que somos distintos a otros. Si no se nos permite distinguir entre nosotros y los musulmanes; si debemos abrirnos a todos y a todo mundo que es distinto a nosotros, y si mientras más acusado y amenazador sea el Otro más debemos abrirnos, terminaremos extinguiéndonos.

Este principio liberal de destrucción es pasmosamente simple, y extremadamente radical. Sin embargo, muy, muy pocas personas, incluso quienes se describen como conservadores de línea dura, están conscientes de este principio y del dominio que ejerce en la sociedad. En lugar de oponerse a la no discriminación, se oponen al multiculturalismo y a la corrección política. Pero digamos que nos libramos de ambos: ¿terminaría eso con la inmigración musulmana? No. El multiculturalismo no es la causa de esa migración. La causa es nuestra creencia de que no debemos discriminar contra otros en base a su cultura, su etnia, su nación y religión. Esta fue la idea del Acta de Inmigración Estadounidense de 1965, la cual está basada en el Acta de los Derechos Civiles de 1964, ahora aplicada a toda la humanidad: toda discriminación está mal, punto.

Nadie en la sociedad actual, incluyendo los conservadores, se siente confortable en identificar esa idea tan simple, puesto que eso significaría oponerse a ella.

Para ver cuán poderosa es la creencia en la no discriminación, considere esto: Antes de la Segunda Guerra Mundial ¿qué país occidental habría considerado admitir un número significativo de inmigrantes musulmanes? ¡Por supuesto que eso habría estado fuera de cuestión! Occidente tenía una identidad concreta: se veía a sí mismo como caucásico, y, en gran parte, como cristiano; y todavía estaba activo en la mente occidental el conocimiento de que el Islam era nuestro adversario histórico, como lo ha sido durante más de mil años, y radicalmente ajeno. Pero hoy en día, la noción misma de detener la inmigración musulmana está fuera de cuestión: es algo que ni siquiera puede pensarse.

Lo que habría sido inconcebible hace setenta u ochenta años es indiscutible hoy día. Una sociedad que hace setenta años no habría imaginado admitir a un gran número de musulmanes, en la actualidad no sueña con reducir, y mucho menos detener, tal migración. Incluso entre los más apasionados Casandras anti-islámicos esta es una cuestión que ni siquiera se menciona.

No necesitamos saber nada más de lo que acabo de decir. El principio de la no discriminación, en todas sus potencialidades destructoras, se muestra en este hecho sorprendente: que los escritores y activistas que constantemente gritan que el Islam es un peligro mortal para nuestra sociedad, no dicen que debemos detener o incluso reducir la inmigración musulmana. Tal es la creencia liberal según la cual lo más inmoral es que la gente tenga una visión crítica de un grupo extranjero; quererlos excluir, o mantenerlos afuera.

El dilema en sí sugiere la solución. Lo que ahora es impensable debe convertirse en pensable; lo que es indecible, debe convertirse en decible, y, en última instancia, debe reemplazar la no discriminación (la creencia dominante en la sociedad). Sé que esto suena loco, totalmente imposible. Sin embargo, cincuenta o cien años atrás hubiera parecido una locura, algo absolutamente imposible, el liberalismo de hoy con su ideología suicida que ha sustituido las actitudes tradicionales que entonces prevalecían. Si la sociedad puede cambiar radicalmente en una sola dirección, hacia el liberalismo suicida, puede cambiar de nuevo. No es imposible.

De la misma manera, el liberalismo moderno dice que es malo creer que algunas personas son diferentes a nosotros, porque eso también sería una violación del principio liberal de que todas las personas son iguales a nosotros. El principio de igualdad del liberalismo moderno dice que a los inasimilables migrantes se les debe permitir que inunden nuestra sociedad, cambiando la misma naturaleza de nuestra sociedad.

Este es el ubicuo y no reconocido horror del liberalismo moderno, el cual toma la naturaleza ordinaria, la naturaleza diferenciada del mundo que todos los seres humanos siempre han reconocido, y ahora hace que sea imposible que la gente lo discuta. Porque bajo el liberalismo cualquiera que tome nota de esas distinciones y dice que es tema importante ha hecho algo malo y debe ser desterrado de la sociedad, o al menos excluido de una carrera convencional.

Este liberalismo es la ideología más radical y destructora de todas las épocas, y sin embargo nadie lo cuestiona. El comunismo y el liberalismo del gran gobierno fueron cuestionados y se les combatió en el pasado. Pero la ideología de la no discriminación, que se produjo después de la Segunda Guerra Mundial, nunca se ha combatido—de hecho, nunca se ha identificado: a pesar de que la vemos en todas partes.

Lo que necesitamos, si Occidente ha de sobrevivir, es un movimiento pro occidental que critique, combata, e invierta esta creencia y el sistema totalitario liberal que controla nuestro mundo.

Published in: on junio 20, 2011 at 11:50 pm  Comments (1)  

Juárez: un mito

Hace unos años leí el número de Letras Libres cuya portada ostenta retratos de Juárez, el indio zapoteca puro que llegó a la presidencia de Méjico y que la narrativa oficialista convertiría en uno de los intocables íconos de la nación. Supuestamente, ese número de Letras Libres desmitificaría a Juárez.

Pero ahora que leí una auténtica desmitificación juarista, como la que escribió Vasconcelos en su Breve historia de México, me percato que fui engañado por los historiadores que encabeza el grupo de Enrique Krauze. (Como se ve en la webzine del profesor Kevin MacDonald sobre la cuestión judía, la influencia de gente como Krauze, el director de la revista cultural Letras Libres, hay que inspeccionarla con lupa.)

A continuación recojo extractos de algunos párrafos sobre Juárez y la Reforma de la Breve historia que me parecieron notables. A fin de agilizar la lectura, no incluiré puntos suspensivos entre la mayoría de los párrafos que omití.

En las páginas 393-441 de la edición que poseo, Vasconcelos escribió:

La vuelta a la dictadura bajo Santa Anna determina un estado de desesperación nacional. El mismo Alamán cometió el gran error de su vida, tomando de caudillo a un Santa Anna. Y Santa Anna hizo lo que Iturbide: encarcelar a sus enemigos, suprimir la libertad de imprenta, establecer la intolerancia religiosa. La alianza del clero con Santa Anna que, en esta vez, fue ostensible, “dio el pretexto, observa Justo Sierra, para que, al sobrevenir la reacción liberal la Iglesia fuese el blanco de todos los ataques”.

Con el apoyo yankee ocuparon Alvarez y Comonfort la capital de la Republica, después de que Santa Anna, según su costumbre, huyó, dejando comprometidos a sus partidarios. ¿Cómo no habían de prestar apoyo a Comonfort que había traído recursos de Nueva Orleans, y a su viejo agente don Valentín Gómez Farias, que fue el primero que protestó obediencia a la Constitución nueva? ¿Cómo no habían de regocijarse los estadistas yankees, si el acceso de Comonfort les aseguraba el dominio político de nuestro país, dominio que han conservado, con la sola excepción de los meses que duro el Imperio y los dos años de Madero y los tres años en que Obregón gobernó sin el reconocimiento de Washington?

No discutimos nosotros la legalidad de ciertos aspectos de la Reforma, ni su necesidad. Es evidente que el clero, lo mismo que el Estado, necesitaba purificación. Lo que debemos censurar es que la Reforma se hiciese bajo la dirección de un programa extranjero y con sentido antirreligioso. Con esto quedaban destruidas fundaciones privadas, colegios, universidades, hospitales. Nada de esto importaba a la furia jacobina atizada desde Nueva Orleans.

Por virtud de la nueva ley, la mitad de la riqueza del país, que pertenecía a la Iglesia, debía pasar a manos de adjudicatarios… sin experiencia, que en seguida las entregaban a agiotistas extranjeros que hoy las usufructúan. Los bienes eclesiásticos convertidos en títulos de crédito, en efecto, tendrían que pasar a manos extranjeras, tal como lo tenía previsto el Plan Poinsett. Y el señor Juárez no habría vuelto de su destierro, si no fuese porque el gobierno de Washington estaba decidido a colocar en el gobierno de México a los discípulos de Poinsett.

Sin los yankees, Juárez no hubiera vuelto. Juárez enraizó en la conciencia popular, no por las leyes de Reforma, sino pese a las leyes de Reforma, y porque en lo político representaba un anhelo acariciado por la nación, desde los días de la Independencia: el anhelo legítimo del gobierno democrático, la supresión de las castas y privilegios, el reconocimiento de la igualdad teórica de los ciudadanos, que ya es algo, aun cuando en el hecho subsistan desigualdades.

En las leyes de Juárez ya no se hablaba de transferencia de propiedad, sino de confiscación y nacionalización. Aparte de la nacionalización de los bienes eclesiásticos, se suprimían las órdenes monásticas en lo absoluto, disparate este contra la civilización, y se creaba el Registro Civil.

Justo Sierra, en vez de juzgar, se sale por la tangente de la literatura ramplona de la época y dice que “los liberales representaban la luz y los conservadores la sombra. Unos el día y otros la noche”. ¿Por que? ¿Quien era mas sombrío, Alamán españolista o Juárez que no pudiendo ser indigenista porque no existe lo indio, tuvo que convertirse en testaferro de protestantes y masones yankees? Lo cierto es que luz no había ni de parte de los conservadores, que sólo pensaban en entregar el gobierno a otro, ya sea a un Santa Anna, ya sea a un príncipe espurio, ni de parte de los liberales, que no osaban pensar sin poner el oído en dirección de Washington.

Llevar andante las leyes de confiscación del clero representaba un botín fabuloso, repartido entre denunciantes y espías y mercaderes de todo genero. Era como un llamado al saqueo nacional. Y, en el fondo, el mismo grito de guerra que brotó al lado de Morelos y de Hidalgo: la confiscación, siempre la confiscación: primero de los españoles, después de la Iglesia y más tarde, bajo la revolución carrancista, la confiscación de los criollos; siempre el atropello y la lucha de clases… y por haber ligado siempre su patriotismo a alguna de las formas del odio interno. Antes de España dependíamos, pero podíamos ser españoles; hoy dependemos de los Estados Unidos.

La capital quedó a merced de los liberales. La ocupó Juárez con su gabinete. ¡El poinsetismo había triunfado!

El primer acto de Ocampo, el Ministro de Relaciones de Juárez, fue darle sus pasaportes al ministro español Pacheco. El divorcio con España y con Europa se ahondaba. La figura central de México era Juárez, una especie de ídolo aborigen que encarnaba, por fin hacia la realidad, el sueño de Poinsett. Revivía lo indio, pero a la sombra del bastardaje yankee. La camarilla de los intelectuales juaristas: Ocampo, Lerdo, Ignacio Ramírez, se dedicaría en lo de adelante a predicar la desespañolización. ¡España tenía la culpa de todos nuestros males! Y se buscaba en el brazo Ignacio Ramírez la vena por donde le corriera sangre española para extirparla. ¡No era mucha por cierto, pues parece que más bien era negroide!

El ministro español Pacheco se retiro diciendo: “México necesita la intervención europea que le imponga la libertad y el orden, sin lo cual no tendría fin su vergonzosa historia”.

Se consumó el saqueo general de iglesias y conventos. Fueron vejadas y expulsadas las monjas; desaparecieron bibliotecas y archivos; la obra civilizadora de la Colonia quedó deshecha. Tuvieron que cerrar los hospitales de Caridad de México, Michoacán, Guadalajara, Monterrey y Chiapas, que atendían a más de siete mil personas de ambos sexos, anualmente. Se cerraron también infinidad de colegios y bibliotecas públicas. Se quedaron sin asiento y sin bienes los seminarios católicos que pronto empezaron a ser reemplazados con seminarios protestantes.

Todo se vendió, dice Sierra, dando ciento per cinco. Era lo que había previsto el Plan Poinsett: el remate de la mas gruesa porción de nuestra propiedad territorial, en beneficio de la Banca judía internacional.

Europa no se resignaba a ver que los Estados Unidos impusieran dominio absoluto sobre México y sobre todo el continente. España, Inglaterra y Francia mandaron buques a Veracruz.

Los patriotas mexicanos, asqueados de la intervención yankee acaudillada por Juárez, decidieron ligarse con Europa. El imperio de los anglosajones habría quedado quebrantado para siempre.

Se entusiasma don Justo Sierra por el triunfo del 5 de Mayo, no obstante que reconoce que, como batalla, no lo es ni de segunda categoría. Además, si se observa con una poca de atención, se advierte que, la selección de los hechos que dan lugar a la mayor parte de nuestras fiestas patrias, es también obra de la sutil propaganda poinsetista que inicia nuestra epopeya nacional con Hidalgo y Morelos, que mataban españoles.

Es triste que todos los fastos nacionales resulten episodios del programa poinsetista. Y sería ya tiempo de crear un nuevo calendario cívico. Pues al perder los franceses en Puebla no ganamos nada: ganó un punto el plan de hegemonía de Norteamérica.

Con más de treinta mil hombres penetró Forey a la capital en junio de 1863. He querido copiar textualmente esta frase de Sierra, el máximo apologista de la Reforma, según el cual “los balcones veían también, callados casi todos”. Yo no sé si los balcones ven, pero puedo afirmar que ni los liberales ni don Justo vieron. No vieron la oportunidad que se perdía de crear un gobierno nacional independiente de Washington.

 

El imperio

El 12 de junio de 1864 entró Maximiliano a la capital. Maximiliano comprendía que no iba precisamente a fundar una dinastía, exótica en America, sino a servir de puente.

Pero ese mismo año terminó la guerra de secesión en Norteamérica. Napoleón, alarmado  por la amenaza prusiana, no se sintió capaz de declarar la guerra a los Estados Unidos. Ordenó el retiro de las fuerzas francesas y aconsejó a Maximiliano que abdicara. Maximiliano decidió quedarse en el país, sin otro amparo que el de los imperialistas nativos.

Juárez, municionado, aleccionado, por los Estados Unidos. El indio iba a ser, por fin, la cuna que desintegrara en pedazos la profunda y dolorosa pero creadora labor de la Colonia. Después de un juicio que fue una farsa, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron fusilados. Su fusilamiento inútil es una de las manchas de nuestra historia. Ya sé que recientemente, en Austria, la patria del infortunado caballero Maximiliano, se estrenó con éxito de prensa, un dramón en que se justifica la resolución de Juárez y se denigra a Maximiliano. El autor de este drama es un judío de la misma casta de los que incitaron a Juárez a derramar sangre cristiana.

En México no habrá patria mientras los niños de las escuelas no aprendan a derramar una lágrima de gratitud por el hombre que dejó en Europa el lujo y la gloria, para venir a la América a morir en defensa de la cultura latina amenazada. No es, pues, odio al yankee lo que predico, sino odio a nuestras propias faltas, errores y miserias. El yankee ha hecho bien al tratar de extender su imperio. Es ley ineludible de la historia y ventaja humana que la raza más virtuosa sea la que predomine. Tampoco abrigo rencores contra el protestante. Lo que ambiciono es contribuir a que la verdad desbarate todas las patrañas.

Abstengámonos, pues, de odiar a Poinsett; bástenos con renegar de nuestros propios políticos mediocres y malvados que le sirvieron de instrumento. Lo que desearía es llevar al ánimo del lector la convicción de que no hallará remedio a sus males nuestro pobre pueblo torturado, mientras no comience a revisar sus mitos.

 

Quienes fueron los traidores

No existe el menor fundamento para afirmar que la invasión francesa tuvo por objeto someternos a la soberanía de Napoleón. De triunfar el imperio, México hubiera disfrutado un grado de soberanía que no hemos conocido después del triunfo de los liberales supeditados a los Estados Unidos.

El tratado Mac Lane Ocampo no se aprobó porque [en plena guerra de secesión estadounidense] no convenía a los republicanos yankees, en aquel instante, fortalecer a los del sur. Ante este hecho perfectamente comprobado, cabe preguntar: ¿Quien era el traidor? Pero nosotros no admitimos que se equipare invasión francesa con invasión yankee, primero porque los franceses son nación latina que no podía destruir nuestra cultura.

Published in: on junio 19, 2011 at 9:22 pm  Comments (1)  

Vasconcelos y Octavio Paz

jvNo ahondaré en los capítulos titulados “Madero” y “Obregón”  de la Breve historia de México de José Vasconcelos. Baste decir que, como mi intención es hacer una lectura racial de la historia de Méjico—por vez primera en la historia al parecer—, llama la atención que la primerísima frase del capítulo sobre Madero dice: “Era de pura raza española” y en la página 520, en el capítulo sobre Obregón, Vasconcelos dice: “Su sangre era buena y su alma se mantenía castiza”, cosa que no puede contrastar más con lo que en la siguiente página escribió sobre Calles, el tema de mi entrada anterior: “¿Existía en su sangre [libanesa] algún sedimento de rencor musulmán contra Cristo, según lo sospechaba el pueblo, que siempre le llamó el Turco?”

Lo que llamamos “historia de una nación” es, en realidad, una lucha sobre quién controla la narrativa social. Tal control desata grandes pasiones intelectuales. Como leí recientemente, representa “prácticamente un acto de guerra”.

Desde 1983 Octavio Paz se ganó mi respeto con la primera crítica lúcida que leí sobre el comunismo mejicano, y mi admiración se acrecentó a partir del Primer Encuentro Vuelta de 1990. Pero desde que desperté a las realidades raciales de la historia humana a mi muy tardía edad de cincuenta años, mis antiguos ídolos juveniles cayeron uno tras otro. Por ejemplo, en mi antiguo blog, en una entrada del año pasado sobre Octavio Paz que subtitulé “De mentor a traidor” escribí:

El cambio de paradigmas que he sufrido este año ha sido tan cataclísmico que actualmente veo a quienes consideraba gigantes intelectuales como ignorantes: gente engañada por el sistema y dormida en “la Matriz” (como en la película).

Hace diez días terminé de leer el libro de Vasconcelos, y recordé una frase de Enrique Krauze a Octavio Paz en una mesa sobre la Revolución Mejicana en el Segundo Encuentro Vuelta de 1993. Krauze habló ante las cámaras de una “cordialísima discusión” con Paz, en tanto que en El laberinto de la soledad Paz había parecido idealizar la Revolución, acerca de la cual Krauze decía que para muchos no había sido sino “una calamidad”.

Krauze y otros judíos mejicanos intentaron suprimir la libertad de expresión de un periodista que osó hablar de los judíos. Eso fue lo que me motivó a abrir un nuevo blog sobre la cuestión judía. A pesar de ello, creo que en la cordial discusión con su amigo Paz, Krauze tenía razón. No obstante, tanto Krauze como el resto de los intelectuales del Segundo Encuentro Vuelta se quedaron cortos; y en esta entrada quisiera tomar como paradigma El laberinto de la soledad para compararlo con la Breve historia de México de Vasconcelos, la cual, hasta donde sé, precisamente por ser infinitamente más franca que El laberinto nunca se tradujo a otros idiomas.

En la Breve historia uno se queda con la impresión de que después de las glorias de Nueva España toda la historia posterior de Méjico ha sido una historia muy sucia, para avergonzar a cualquiera. Pues bien: leí el Laberinto a finales de 1990, y su lirismo me impresiono sobremanera. Pero hace veinte años me encontraba políticamente verde. No tenía una referencia para comparar la lírica de Octavio Paz con un ensayo más prosaico sobre la historia de Méjico, como la salida de la pluma de Vasconcelos: escrita desde un punto de vista completamente distinto.

Ahora que releí los pasajes del Laberinto en que Paz escribió sobre la Revolución ratifico lo que había escrito en mi antiguo blog de que el cataclismo intelectual que sufrí me hace ahora ver a mis antiguos mentores prácticamente como traidores de su grupo étnico. Por ejemplo, en el Laberinto Paz habla en términos luminosísimos de Zapata, quien “posee la hermosura y plástica poesía de las imágenes populares”, a quien Paz coloca “con Morelos y Cuauhtémoc” como “uno de nuestros héroes legendarios”.

Como veremos en subsecuentes entradas, estas frases bastan para saber que Paz estaba mucho más soñando en las hondas Matrices con las que el sistema nos controla que Vasconcelos.

Más adelante Paz escribe “gracias a la Revolución…” e idealiza la calamidad que Krauze le reprochó con típico lirismo paciano: “La Revolución… es una fiesta: la fiesta de las balas”.

Paz jovenSólo compárese la literaria frase paciana con lo que dije en la entrada previa, que la Revolución Mejicana y sus consecuencias (por cierto: como la Revolución Francesa y la Revolución Rusa) fue una suerte de quebranto psicótico de un pueblo.

Es una verdadera lástima que en esa entrada no pueda transmitir con argumentos por qué digo esto. Tómense por favor estas duras palabras como un acicate en que intento despertar la curiosidad del lector para que lea la Breve historia, especialmente las antiguas ediciones que terminan con el gobierno de Plutarco Elías Calles. Aquí sólo pudo añadir que, en lugar de decir—con la honestidad brutal de un Vasconcelos—que los perpetradores de la Revolución eran en su mayoría rufianes, a secas, Paz dora la píldora con frases como: “la brutalidad y zafiedad de muchos de los caudillos revolucionarios no les han impedido convertirse en mitos populares”. En otras palabras, en vez de decir que hay que demoler los monumentos erigidos a estos gángsters, Paz convenientemente se empalma a la versión oficialista de la historia mejicana que los ha mitificado.

Vale decir que Paz recibía del gobierno una beca vitalicia desde antes de que le dieran el Nóbel. Desde Luis Echeverría y José López Portillo le hizo la barba a los presidentes de México; no se diga con Carlos Salinas…

Published in: on junio 17, 2011 at 12:12 pm  Comments (2)  

“El Turco”

Si hay algo que se desprende de la Breve historia de México de José Vasconcelos, es que el proyecto de nación del Méjico posindependentista está basado en mentiras.

Sólo una nación de autoengañados pude hacerle monumentos al quiebre psicótico que padecieron los novohispanos que perpetraron la Independencia hace doscientos años. De idéntico modo, sólo una nación de autoengañados puede hacerle monumentos al quiebre psicótico que padecieron los mejicanos que perpetraron la Revolución cuando mi abuela era una niña.

En esta entrada me concretaré al escándalo que significa el hecho de que la memoria de un verdadero gángster, como lo fue el presidente Plutarco Elías Calles, de ascendencia libanesa (por lo que lo apodaban “El Turco”), le haya dado nombres a calles mejicanas y que incluso se le hayan erigido estatuas y monumentos.

De la vieja copia de la Breve historia que poseo el capítulo sobre Calles es el único capítulo en que, hace ya decenios, mi padre subrayó copiosamente varias líneas con su lápiz. He aquí unos extractos de lo que Vasconcelos escribió:

Plutarco Elías Calles

Inició su régimen de asesinatos y prevaricaciones el general Calles, el 1º de diciembre de 1924. Había prometido a sus íntimos aplicar al pie de la letra la Constitución del 17… y la persecución de la iglesia católica.

Cierto diario de la oposición fue asaltado por polizontes disfrazados de obreros. Uno o dos redactores fueron muertos a tiros… Personas de todas las clases sociales… eran sacadas de sus domicilios y llevadas a los cuarteles donde se consumaban las ejecuciones y se hacían desaparecer los cadáveres. A un joven acomodado de la ciudad de Monterrey lo había mandado fusilar Calles para demostrar “que también a los ricos sabía pegarles”…

Calles abría las puertas a los judíos de Nueva York que se han apoderado del pequeño comercio y de la industria al centro del país. La saña demostrada por el jefe del poinsetismo contra la ciudad de Monterrey parece explicable si se considera que es el único centro de la República en que fábricas, capitales, obreros y técnicos son exclusivamente mexicanos. Y no convendría al poinsetismo que toda la República se emancipase económicamente como Monterrey. El paso inmediato de la emancipación económica tendría que ser la emancipación intelectual y el retorno a lo hispánico. Contra todo lo tradicional se libraba una guerra secreta, implacable. Y para poder desarrollar tal programa sin estorbos, se recrudeció el terror en todas sus formas…

Nadie estuvo seguro en su vida ni en sus bienes con el régimen callista… Rufianes de una organización gubernamental profanaron altares… y se consumó la expulsión de más de doscientos sacerdotes españoles… Las escuelas particulares en que se enseñaba la religión católica fueron clausuradas… mujeres de la mejor clase social fueron azotadas en público por generales callistas; otras fueron entregadas a la soldadesca para ser violadas; entre los hombres capturados se hizo gala de castigos y mutilaciones dignas de África. ¡Nunca había corrido en el país más sangre y nunca llegó el oprobio a tanto!…

Por su parte, la prensa judíocapitalista y radical de todo el mundo, desarrolló una labor de engrandecimiento de la oscura personalidad de Calles… Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo y portador de la medalla del “Aguila Azteca”, condecoración poinsetista creada por el presidente yankee-Americano Abelardo Rodríguez, la extensión de las tierras poseídas por los extranjeros a consecuencia de la Reforma y la Revolución es del treinta por ciento en total de la superficie… Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judíoizquierdismo mexicano, forzosamente han de embozarse en el manto de la pobre América latina que los ignora. Al mismo tiempo, los periódicos de Hearst, que habían difamado en grande a Calles, comenzaron a cantar las alabanzas de su fortaleza de estadista…

No faltaron serviles para quienes todo el poder lo ejercía el Jefe Máximo; en realidad, no había tal jefe máximo, sino que todos obedecían las órdenes del embajador Morrow… Era la primera vez que las finanzas de México se decidían de esta suerte en una embajada extranjera.

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Nota:

En la edición de 1944 que poseo, en el siguiente capítulo Vasconcelos pone el punto final a la historia de este “país envilecido hasta la médula”. 

Published in: on junio 16, 2011 at 5:18 pm  Dejar un comentario