Capítulo 27

LosDiariosDeTurner 

28 de octubre de 1993.

Recién llegado de Baltimore o lo que quedó de ella. Entre cuatro más y yo, llevamos un equipo portátil de medición radioactiva hasta Silver Spring, donde nos unimos a una unidad de Maryland para continuar hacia el Norte, a los arrabales de Baltimore. Debido a que las carreteras principales eran completamente intransitables, tuvimos que hacer campo a través más de la mitad del camino, conduciendo un camión sólo en las últimas doce millas.

A pesar de que habían pasado más de dos semanas desde el bombardeo, el estado de Baltimore era indescriptiblemente caótico cuando llegamos. Ni siquiera intentamos llegar al centro de la ciudad, toda quemada, pero incluso en los suburbios—zonas residenciales y zonas de campo, diez millas al este de la zona cero, la mitad de los edificios habían ardido. Incluso las carreteras secundarias dentro y fuera de los suburbios estaban atestadas con los restos de vehículos incendiados, y casi todas las personas que nos encontramos iban a pie. Grupos de husmeadores se encontraban por doquier, atisbando los comercios en ruinas, robando en el campo con mochilas, cargando bultos de cosas robadas, sobre todo comida, aunque también ropa, materiales de construcción, todo lo imaginable, como un ejercito de hormigas.

¡Y los cadáveres! Eran otra buena razón para evitar las carreteras todo lo posible. Incluso en las áreas donde murieron relativamente pocos durante la explosión o la radiación consecuente, los cuerpos yacían en las carreteras por millares. Eran casi todos refugiados del área de la explosión.

Cerca de la ciudad, uno veía los cuerpos de aquellos que fueron quemados por la bola de fuego; la mayoría de ellos no fueron capaces sino de caminar tan solo una milla antes de caer muertos. Más adelante estaban aquellos que habían sido menos quemados. Y mucho más lejos, en el campo estaban los cuerpos de aquellos que habían sucumbido a la radiación días o semanas después. Todos estaban abandonados a pudrirse ahí donde habían caído, excepto en las pocas áreas en la que los militares habían restaurado cierta semblanza de orden.

En ese momento contábamos solo con 40 miembros de la Organización entre los supervivientes del área de Baltimore. Habían estado involucrados en sabotajes, francotiradores, y otros esfuerzos guerrilleros contra la policía y el personal militar durante la primera semana después de la explosión. Entonces descubrieron gradualmente que las reglas del juego habían cambiado. Se dieron cuenta de que no era necesario actuar furtivamente, como lo hacían antes. Las tropas del Sistema repelían su fuego cuando les atacaban, pero no los perseguían. Quitando algunas zonas, la policía no intentaba llevar a cabo registros sistemáticos de personas y vehículos, y no había redadas en las viviendas. La actitud parecía ser “no nos molesten, y nosotros no los molestaremos”.

Los supervivientes civiles también tendían a mostrar una actitud mucho más neutral que hasta ahora. Existía temor a la Organización, pero muy pocas expresiones abiertas de hostilidad. La gente no sabía si habíamos sido nosotros los que habían disparado el misil que había destruido su ciudad, según decían las noticias del Sistema, pero parecía como si culpasen al Sistema por haber dejado que sucediera y a nosotros por haberlo hecho.

El holocausto por el que pasó la gente, les había convencido profundamente de una cosa: el Sistema no podía de aquí en adelante garantizarles su seguridad. No tenían ya ninguna traza de confianza en el antiguo orden: solamente querían sobrevivir, y se volverían hacia aquellos que pudiesen ayudarlos a mantenerse con vida un poco más.

Dándose cuenta de este cambio de actitud, nuestros militantes habían comenzado a reclutar y organizar a la gente superviviente de Baltimore, en apariciones semipúblicas con el éxito suficiente como para que el Comando Revolucionario autorizase el intento de establecer una pequeña zona liberada al oeste de la ciudad.

Once de nosotros, que habíamos llegado desde los suburbios de Washington para ayudar, nos apuntamos con entusiasmo, y en unos cuantos días habíamos establecido un perímetro de defensa razonable que abarcaba unas 2.000 viviendas y otros edificios con un total de unos 12.000 habitantes. Mi función principal era la de llevar a cabo una investigación radiológica del suelo, los edificios, la vegetación local y los recursos de agua en el área, para poder estar así seguros y libres de los niveles peligrosos de la radiación nuclear que resultó de la explosión.

Organizamos unos 300 hombres locales en una milicia más o menos efectiva, proporcionándoles armas. Hubiese sido arriesgado en esta situación tratar de armar a una milicia mayor que esta, porque no habíamos tenido la oportunidad de educar ideológicamente a la población local hasta donde hubiésemos querido, y todavía era necesario vigilarlos de cerca y tenerlos bien amarrados. Pero escogimos a los mejores entre los hombres disponibles en el enclave, ya que teníamos bastante experiencia en reclutar gente. No me sorprendería si la mitad de nuestros nuevos miembros de la milicia llegasen a ser miembros de la Organización y algunos de ellos probablemente incluso fuesen admitidos en la Orden.

Sí, creo que sin duda podíamos contar con nuestros nuevos reclutas. Queda todavía un montón de gente con valores humanos en este país, a pesar de la corrupción moral extendida. Después de todo, esa corrupción ha sido producida durante mucho tiempo por la instigación de una ideología extranjera y unos valores extranjeros en gente desorientada por un estilo de vida espiritualmente malo. El infierno por el que atraviesan ahora les está por lo menos quitando la estupidez y los deja más receptivos a una visión del mundo mejor de la que tenían antes.

Nuestro primer objetivo fue localizar y eliminar los elementos externos a nuestra raza, los aliens, y a los criminales a nuestra raza en el nuevo enclave. Es increíble cuántos del medio oriente, morenos y negros rizos han invadido este país en la última década. Creo que se apropiaron de todos los restaurantes y puestos de perritos calientes en Maryland. Fusilamos al menos a una docena de iraníes, únicamente en nuestro pequeño enclave, y por lo menos el doble huyeron cuando vieron lo que estaba pasando.

Entonces formamos a la gente en brigadas de trabajo para llevar a cabo una serie de funciones necesarias, una de las cuales era deshacerse de cientos de cadáveres de refugiados. La mayoría de estas pobres criaturas eran blancos, y escuché a uno de los nuestros referirse a lo que les había sucedido como “el sacrificio de los inocentes”.

No estoy muy seguro de que sea una descripción correcta del holocausto reciente. Lo siento, por supuesto, por los millones de blancos, en ambas partes, aquí y en Rusia, que murieron y que tendrán que morir antes de que termine esta guerra para quitarnos el yugo judío. ¿Pero, inocentes? Pienso que no. Ciertamente este término no debe ser aplicado a la mayoría de los adultos.

Después de todo, ¿no es el hombre esencialmente responsable por su condición, por lo menos en un sentido colectivo? Si las naciones blancas del mundo no hubiesen permitido ser sojuzgadas al judío, a las ideas judaicas, al espíritu judaico, esta guerra no habría sido necesaria.

Difícilmente podemos pensar que no somos culpables. Difícilmente podemos decir que no teníamos otra elección, sin oportunidad de evitar la trampa judaica. Difícilmente podemos decir que no estábamos advertidos.

Hombres de sabiduría, integridad y coraje nos han advertido una y otra vez sobre las consecuencias de nuestra locura. E incluso después de estar bien metidos en el camino de rosas del judío, hemos tenido la oportunidad de salvarnos más recientemente, hace cincuenta y dos años, cuando los Alemanes y los Judíos se enfrentaron por el control de la Europa Central y del Este.

Acabamos en el lado judío en ese enfrentamiento, principalmente porque escogimos a hombres corruptos como nuestros líderes. Y escogimos hombres corruptos porque nos equivocamos de valores en la vida.

Escogimos líderes que nos prometían “algo” por nada, es decir, regalado; que nos aplaudían nuestros vicios y debilidades; que mostraban personalidades agradables y sonrisas placenteras pero sin ningún carácter ni escrúpulos. Ignoramos las cuestiones realmente importantes en nuestra vida nacional y le dimos rienda suelta al Sistema criminal para que manejase nuestros asuntos como si fuese coser y cantar, siempre y cuando tuviésemos el suficiente pan y circo.

¿Y no son la locura, la ignorancia, la absoluta pereza, codicia, la irresponsabilidad, la timidez moral, los culpables de esta malicia deliberada? ¿No son nuestros pecados de omisión los que se vuelven contra nosotros tan grandes como los pecados de los judíos contra nosotros mismos?

En el libro de cuentas del Creador, así son las cosas. La Naturaleza no acepta excusas “buenas” en lugar de la actuación. Ninguna raza que fracasa en asegurar su propia supervivencia, cuando los medios para lograrlo están a mano, puede ser juzgada como “inocente”, así como ninguna pena que les caiga pueda ser considerada como injusta, sin importar lo severa que sea.

Inmediatamente después de nuestro triunfo en California este verano, en mis tratos con la población civil de allí, tuve bien presente por qué el pueblo americano no merecía ser considerado “inocente”. Su reacción a tener conflictos civiles estaba basado únicamente en la manera en que les afectaba sus propias circunstancias privadas. Durante el primer o segundo día antes de que apareciese, para la mayoría de la gente, la posibilidad de que los civiles blancos podíamos ganar, incluso los de cierta consciencia racial nos eran generalmente hostiles. Les estábamos revolviendo su estilo de vida, y haciendo que sus actitudes de obtención de vida fácil y placer, terriblemente inconveniente.

Después, cuando ya nos temían, les faltaba tiempo para adularnos. Pero no estaban realmente interesados en los aciertos y fallos de la lucha; no podían ser molestados con consideraciones de búsqueda espiritual a largo plazo. Su actitud era: “Decidnos qué es en lo que supuestamente debemos de creer, y creeremos”. Sólo querían tener seguridad y confort lo más rápidamente posible de nuevo. Y no estaban siendo cínicos; no eran gente sofisticada sino gente común y corriente.

La cuestión es que la gente corriente no es menos culpable que la gente no tan corriente y que los pilares del Sistema. Tomemos a la policía política, por ejemplo. La mayoría de ellos, los blancos, no son gente especialmente mala. Sirven a amos malignos, pero racionalizan lo que hacen: se lo justifican a sí mismos, algunos en términos patrióticos—protegiendo nuestra manera de vivir, libre y democrática y algunos en términos religiosos o ideológicos—sosteniendo los ideales Cristianos de igualdad y justicia.

Uno los puede llamar hipócritas, uno los puede señalar porque deliberadamente están evitando pensar en algo que les haga cuestionarse la validez de las frases de lugares comunes con las cuales se justifican a si mismos, ¿pero no es todo aquel que haya tolerado al Sistema también un hipócrita, haya soportado o no al Sistema? ¿No son culpables todos aquellos que repiten como cotorras descerebradas las mismas frases hechas?

No puedo pensar en ningún segmento de la sociedad blanca, desde los granjeros rednecks de Maryland y sus familias cuyos cuerpos radioactivos enterramos en una gran fosa común hace unos días, hasta los profesores universitarios que ahorcamos el pasado julio, que pueda decir que realmente no merecieran lo que les pasó. No hace muchos meses atrás, que todos aquellos que andan ahora vagando sin hogar y mascullando su suerte, estaban justamente pensando lo contrario.

No fueron pocos los nuestros que fueron duramente tratados en el pasado, y dos que conocí murieron al caer en las manos de los granjeros, los “buenos chicos” quienes, sin ser liberales o Goyim poco honrados, de ninguna manera soportaban a los “radicales” que les querían quitar su chicle de menta. En su caso, fue el de una profunda ignorancia.

Pero una ignorancia de este tipo no es más excusable que el balido liberal de los seudo-intelectuales que soterradamente introdujeron la ideología judaica durante tantos años; o la de la egoísta y cobarde clase media americana que se apuntó al paseo, quejándose únicamente cuando les tocaban el bolsillo.

No. Hablar de “inocentes” no tiene fundamento. Debemos observar nuestra situación colectivamente, en el sentido de raza. Debemos aceptar que nuestra raza es como un paciente con cáncer sometido a cirugía drástica para salvar su vida. No tiene sentido el preguntarse si el tejido cortado es o no “inocente”. Eso no es menos razonable que intentar distinguir a los “buenos” judíos de los malos, como algunos de los cabezas duras de los “buenos chicos” insisten, separando los negros buenos del resto de su raza.

El hecho es que todos somos responsables, como individuos, de la moral y el comportamiento de nuestra raza, como un todo. No hay posibilidad de evadir esa responsabilidad, de ahora en adelante para ninguno de los miembros de nuestra raza, y cada uno de nosotros ha de estar preparado para rendir cuentas de esa responsabilidad en cualquier momento. En estos días muchos son los llamados a hacerlo.

Pero el enemigo también está pagando un precio. Todavía tiene el control sobre algunas cosas aquí, más o menos, pero está casi aniquilado fuera de Norteamérica. A pesar de que el gobierno está censurando la mayor parte de las noticias que vienen del extranjero, hemos recibido informes clandestinos de nuestras unidades en el extranjero, y también hemos escuchado las noticias de las emisoras europeas.

Después de veinticuatro horas de alcanzar Tel-Aviv y otra media docena de objetivos israelíes el mes pasado, cientos de miles de árabes cruzaron las fronteras de la Palestina ocupada. La mayoría de ellos eran civiles, armados solo con cuchillos o palos, y los guardias fronterizos judíos abatieron a miles de ellos, hasta que se les acabaron las municiones. El odio de los árabes durante cuarenta y cinco años los llevó a cruzar campos de minas, bajo el fuego de las ametralladoras judías, y entrar en el caos radiactivo de las ciudades en llamas, con la sola voluntad de arrasar con la gente que robó sus tierras, mató a sus padres, y los humilló durante dos generaciones. En una semana la garganta del último superviviente judío, en el último kibutz, y en la última ruina humeante de Tel-Aviv, había sido rebanada.

Las noticias de la Unión Soviética son escasas, pero las noticias dicen que los supervivientes rusos han tratado a los judíos allí de la misma manera. En las ruinas de Moscú y Leningrado, durante los primeros días, la gente atrapó a todos los judíos que pudo y los echaron a los edificios en llamas, o a los montones de escombros ardientes.

Persecuciones anti-judías se han sucedido en Londres, París, Bruselas, Rotterdam, Bucarest, Buenos Aires, Johannesburgo y Sídney. Los gobiernos de Francia y de los Países Bajos, ambos corrompidos por los judíos hasta la medula, han sido derribados.

Es algo parecido a lo que ocurría de tiempo en tiempo en la Edad Media, naturalmente, al final la gente entendía lo que era el judío y sus artimañas. Desgraciadamente, nunca terminaban el trabajo, y tampoco lo harán en esta ocasión. Estoy seguro de que los judíos están haciendo ya planes para su regreso, tan pronto como la gente se haya calmado y olvidado. ¡La gente tiene tan poca memoria!

¡Pero nosotros no nos olvidaremos! Sólo eso es suficiente para asegurarnos de que la historia no se repetirá de nuevo. No importa el tiempo que nos lleve, y no importa lo lejos que tengamos que llegar. Pediremos hacer cuentas entre nuestras dos razas. Si la Organización sobrevive a esta situación, no habrá más judíos. Iremos hasta los extremos más lejanos de la tierra para cazar a las últimas semillas de Satanás.

Los principios que estamos aplicando en Maryland son algo diferentes de los utilizados en California, porque la situación es diferente. Aquí, al revés que en California, no hay barreras naturales, ni geográficas, ni un círculo de tropas gubernamentales que separen nuestro enclave de los alrededores. Claro que hicimos todo lo que pudimos para corregir esta debilidad.

Escogimos un perímetro, como primera medida, que se desarrolla a través de obstáculos naturales dentro del patrón de las estructuras hechas por el hombre, por casi media milla el obstáculo es de sólo cien yardas de ancho a lo largo de una autopista fuera de servicio, con las tropas del Sistema controlando el otro hueco. Cerramos algunas zonas abiertas con alambradas de púas y minas, y quemamos edificios y limpiamos por fuera del enclave que podían servir de refugio para francotiradores o para la concentración de tropas enemigas.

Pero si la gente de nuestro enclave quiere marcharse, no hay manera en que nuestra milicia lo pueda impedir. Dependemos de tres cosas, mucho más que el temor de ser abatidos por un disparo, para retenerlos. Primero, hemos dado a la gente orden, y estamos haciendo un trabajo mucho mejor para mantener el orden dentro de nuestro enclave que el que está haciendo el gobierno afuera. Después de la dosis de caos que esta gente ha digerido, casi todos los de cerebro lavado que piensan “ocúpate de tus asuntos” están hambrientos de autoridad y disciplina.

Segundo. Estamos muy avanzados en el proceso de tener una economía de subsistencia en el enclave. Tenemos un tanque de almacenamiento de agua mayor, que podemos tener siempre lleno sólo con bombear agua subterránea de dos pozos que ya existían previamente; hay dos almacenes de alimentos completamente intactos y un silo de grano casi lleno; y también tenemos cuatro granjas funcionando, incluyendo para productos diarios, con casi total capacidad como para alimentar a nuestra gente. Nivelamos nuestro déficit de alimentos haciendo incursiones fuera del enclave, pero para cuando hayamos puesto a todo el mundo a trabajar, convirtiendo cualquier trozo de terreno cultivable en huertos, eso ya no será necesario.

Por último y no por ello menos importante, todos en el enclave son blancos. Tratamos sumariamente con cualquier caso que ofreciera dudas, mientras que fuera es como un terrible surtido de blancos, casi blancos, gitanos, chicanos, puertorriqueños, judíos, negros, orientales, árabes, iraníes y todo lo que hay bajo el sol. Cualquiera que sienta la necesidad de un poco de “hermandad”, al estilo judaico, puede marcharse de nuestro enclave. Dudo que muchos sientan esta necesidad.

2 de noviembre.

Hemos tenido una larga reunión esta tarde, en la cual repasamos los últimos acontecimientos nacionales y hemos establecido nuevas prioridades para nuestro programa local de acción.

No ha habido grandes cambios en la situación nacional desde las pasadas seis semanas: el gobierno ha sido capaz de hacer muy poco para restaurar el orden en las áreas devastadas, o para compensar por los daños causados en el sistema de transportes nacional, sus generadores de energía y la distribución de esta, y otros componentes esenciales de la economía nacional. La gente ha sido abandonada a su suerte, mientras que el gobierno se centra únicamente en sus propios problemas, uno de los cuales y no menos importante es la confianza en sus fuerzas militares.

La incapacidad de reacción, en sí misma, nos anima mucho, porque significa que el Sistema no está recuperando el grado de control sobre el país que tenia antes del 8 de septiembre. El gobierno simplemente ha sido incapaz de controlar las condiciones caóticas que prevalecen en grandes áreas.

Nuestras unidades han hecho todo lo posible en cuanto a sabotajes, con el único propósito de mantener la situación desestabilizada. Pero el Comando Revolucionario ha estado esperando para ver qué condiciones a medio plazo se presentarán antes de decidir el próximo paso en la estrategia de la Organización. La decisión ya ha sido tomada, y nos corresponde a nosotros hacer en otros lugares, lo mismo que llevamos a cabo en Maryland el mes pasado. Pasaremos de una estrategia de acciones de guerrilla a una organización semipública o pública. Estas son noticias excitantes: ¡significa una nueva escalada en nuestra ofensiva, una escalada que sólo la llevaremos a cabo porque tenemos confianza en que la balanza de la batalla esta ahora a nuestro favor!

Pero la antigua fase de la lucha no está en absoluto abandonada, y una de las preocupaciones que tenemos es la de un asalto a gran escala militar a California. Las fuerzas gubernamentales se están concentrando rápidamente en el área sur de California, y la invasión de las zonas liberadas parece inminente. Si el gobierno triunfa en California, entonces hará lo mismo contra Baltimore y con otros enclaves que podamos establecer en un futuro, a pesar de nuestras amenazas nucleares.

El problema parece ser un grupito de generales conservadores del Pentágono, que nos ven a nosotros más como una amenaza a su propia autoridad que al Sistema en sí mismo. No tienen ningún amor a los judíos y no están especialmente descontentos con la situación actual, en la que son de hecho los gobernantes del país. Lo que les gustaría sería institucionalizar permanentemente el presente estado de ley marcial y después, gradualmente, restaurar el orden, trayendo un nuevo status quo basado en sus ideas francamente reaccionarias y de corto alcance.

Nosotros, claro, estamos en su punto de mira y se están moviendo para aplastarnos. Lo que les hace especialmente peligrosos para nosotros es que no temen tanto nuestra respuesta nuclear como lo hicieron sus predecesores. Saben que podemos destruir más ciudades y matar a muchos más civiles, pero piensan que a ellos no los podemos matar.

Conversé en privado con el Mayor Williams, del Comando de Batalla de Washington, durante más de una hora, sobre el problema de atacar el Pentágono. Los otros centros principales de comando de los militares fueron puestos fuera de combate el 8 de septiembre o consecuentemente incorporados al Pentágono, cuyo alto mando aparecía aparentemente como inalcanzable.

Y esa era la maldita verdad. Sopesamos todas las posibilidades que se nos ocurrieron y no llegamos a ningún plan convincente, excepto, probablemente, uno. Sería lanzar una bomba desde el aire.

En el sistema masivo de defensa alrededor del Pentágono, hay una enorme cantidad de potencia antiaérea, pero convenimos que un pequeño avión, volando a ras del suelo, podría atravesar las millas de defensas con una de nuestras cabezas de 60 kilotones. Un factor a favor de este intento es que nunca antes habíamos utilizado aeroplanos de esa manera, y habíamos pensado en la posibilidad de sorprender a las unidades antiaéreas con la guardia baja.

A pesar de que los militares tienen bajo control todos los aeródromos civiles, tenemos una vieja área de limpiado de cosecha en un granero a sólo una milla de aquí. Mi misión inmediata es preparar un plan detallado para un ataque aéreo al Pentágono para el próximo lunes. Deberemos tomar una decisión final para entonces, y después actuar sin demora alguna.

Published in: on diciembre 29, 2013 at 1:39 pm  Dejar un comentario  

Capítulo 28

LosDiariosDeTurner 
9 de noviembre de 1993.

¡Todavía quedan tres horas para las primeras luces del amanecer y todos los sistemas están listos para el “ahora”! Aprovecharé el tiempo para escribir unas cuantas páginas, las últimas de mi diario. Este es un viaje para mi solo de ida al Pentágono.

La ojiva está fijada en el asiento delantero de un viejo Stearman, y armada para detonar por impacto, o bien cuando accione el interruptor en el asiento trasero. Tengo la esperanza de ser capaz de arreglármelas para un impacto a baja altura, directo al centro del Pentágono. Si falla esto, por lo menos intentaré volar lo más cerca posible que pueda antes de que me derriben.

Hace más de cuatro años que no vuelo, pero me he familiarizado completamente con la cabina del Stearman, y me han informado sobre las particularidades del aeroplano. No preveo ningún problema en cuanto al pilotaje. El hangar está a sólo a ocho millas del Pentágono. Haremos un calentamiento intenso y cuando abran la puerta saldré como un murciélago a toda velocidad, directamente al Pentágono a una altitud de unos 50 pies.

Cuando pase por encima del perímetro defensivo iré como a unas 150 millas por hora y me llevará solo otros 70 segundos para llegar al objetivo. Dos tercios de las tropas alrededor del Pentágono son negros, lo cual aumentará mis posibilidades de pasar a través de ellos.

El cielo estará todavía bastante nublado y solo habrá la suficiente luz como para que tome mis puntos de referencia en el terreno. Hemos pintado el avión para que sea lo mas invisible posible bajo las condiciones de vuelo previstas, y volaré demasiado bajo como para que el fuego dirigido por radar me pueda alcanzar. Considerando todo, creo que mis posibilidades son excelentes.

Me da pena pensar que no estaré presente para participar del triunfo final de nuestra revolución, pero me alegra poder haber hecho todo lo que estaba en mi mano. Es reconfortante el pensamiento, en estas últimas horas de mi existencia física que, de todos los billones de hombres y mujeres de mi raza que alguna vez han vivido, yo seré capaz de jugar un papel más importante que muchos de ellos al determinar el destino último de la humanidad.

Lo que hoy haré tendrá mucho más peso en los anales de la raza que todas las conquistas de César y Napoleón, si triunfo. Y debo triunfar, o toda la revolución estará en grave peligro. El Comando Revolucionario estima que el Sistema lanzará la invasión contra California dentro de las próximas 48 horas. Una vez que la orden salga del Pentágono, nos veremos incapaces de parar la invasión. Y si mi misión falla hoy, no habrá tiempo suficiente para nosotros de intentar algo más.

El lunes por la noche, después de tomar la decisión final respecto a esta misión, asistí al rito de la Unión. De hecho, he estado asistiendo a los ritos desde las pasadas treinta horas, y no estarán completos hasta dentro de otras tres horas; sólo en el momento de mi muerte me habré ganado la pertenencia a la Orden.

A muchos les parecerá una perspectiva sombría, supongo, pero para mí no lo es. Supe lo que me esperaba desde mi juicio, el pasado marzo, y estoy agradecido de que mi periodo de prueba haya sido acortado en cinco meses, en parte debido a mi reciente crisis, y parcialmente debido a que mi desempeño desde marzo ha sido considerado ejemplar.

La ceremonia del lunes fue más emotiva y bella de lo que me podía haber imaginado. Más de 200 de nosotros, en el sótano de la tienda de regalos de Georgetown, en donde se habían quitado las paredes y quitado las cajas para hacernos sitio. Treinta nuevos aspirantes iban a ser admitidos en la Orden, y otros dieciocho incluyéndome a mí, íbamos a participar en el rito de la Unión.

Sin embargo, a mi me dieron un lugar especial, debido a mi situación única. Cuando el Mayor Williams me mencionó, di un paso al frente y me volví para encarar un mar de túnicas silenciosas. ¡Qué gran diferencia con el grupito de hacía dos años, donde sólo siete de nosotros nos juntamos en el piso de arriba para mi iniciación!

La Orden, incluso con sus requisitos extraordinarios está creciendo a velocidad asombros. Conociendo completamente lo que se pedía en cuanto a carácter y compromiso a cada uno de los hombres que estaban frente a mí, mi pecho se hinchó de orgullo. Estos no eran hombres de negocios barrigones y conservadores reunidos para una ceremonia masónica del pim, pam, pum; ni granjeros bocazas haciendo un pequeño ritual sobre “los malditos negros”; ni tampoco beatos piadosos clamando por la protección de una deidad antropomórfica. Estos eran hombres de verdad, hombres blancos, que estaban ahora en mi espíritu y en mi conciencia como también en mi sangre.

Según la linterna parpadeaba sobre las ásperas y grises túnicas de la multitud inmóvil, pensé para mí mismo: estos hombres son los mejores que mi raza ha producido en esta generación y son tan buenos como los producidos en cualquier otra generación. En ellos está combinada la fiera pasión y la disciplina de hielo, inteligencia profunda y actitud inmediata para la acción, un gran sentido de autorrespeto y un total compromiso a nuestra causa. En ellos descansa la esperanza de todo lo que podamos ser. Son la vanguardia de la Nueva Era, los pioneros que liderarán nuestra raza para sacarla de las profundidades de hoy hacia las cimas inexploradas de lo más alto. ¡Y yo soy uno de ellos!

Entonces, hice mi breve declaración: “Hermanos! Hace dos años cuando entré a vuestros niveles por primera vez, consagré mi vida a vuestra Orden y al propósito por la cual existe. Pero fracasé en el total cumplimiento de mis obligaciones para con vosotros. Ahora estoy en condiciones de cumplir con todas mis obligaciones a vosotros. Os ofrezco mi vida. ¿La aceptáis?”

Al unísono, con un rumor, me contestaron: “Hermano, aceptamos tu vida. A cambio te ofrecemos vivir en nosotros una vida eterna. Tu acto no será en vano, ni tampoco será olvidado, hasta el final de los tiempos. En este compromiso dedicamos nuestras vidas”.

Sé, tan ciertamente como sea posible a un hombre el saber todo, que la Orden no me fallará si yo no les fallo. La Orden tiene una vida que es más que la suma de las vidas de los miembros de la Orden en sí. Cuando habla colectivamente, como lo hizo el lunes, algo más profundo, más antiguo y más sabio que cualquiera de nosotros, es lo que habla, algo que no puede morir. A esa vida más profunda estoy ahora dispuesto a partir.

Claro que me hubiese gustado tener hijos con Katherine, para pasar a la inmortalidad de esa otra manera, pero no pudo ser. Estoy satisfecho.

Han calentado el motor desde hace unos diez minutos, y Bill me está haciendo señales de que es tiempo de partir. El resto de la cuadrilla se ha refugiado en el refugio que cavamos debajo del suelo del granero. Ahora le entregaré mi diario a Bill, que más tarde colocará en el lugar escondido con los otros volúmenes.

Published in: on diciembre 28, 2013 at 11:57 am  Dejar un comentario  

Los Diarios de Turner, epílogo

LosDiariosDeTurner 
Así termina el diario de Earl Turner, de la manera tan poco pretenciosa como cuando comenzó. Su misión final fue un éxito, naturalmente: y así es recordado todos los años en el 9 de noviembre, nuestro tradicional Día de los Mártires.

Con el centro neurálgico militar del Sistema destruido, las fuerzas del Sistema posicionadas fuera del enclave de la Organización en California continuaron a la espera de órdenes que nunca llegaron. Con la moral baja, deserciones, creciendo la indisciplina de los negros, y finalmente por la incapacidad del Sistema de asegurar la línea de suministros a sus tropas en California, todo eso resultó en una erosión gradual de la amenaza de invasión.

Ocasionalmente el Sistema comenzó a reagrupar sus fuerzas en otros lugares, para encarar nuevos desafíos en otras partes del país.

Y entonces, tal y como los judíos temían, el flujo de activistas de la Organización dio un vuelco de 180 grados de lo que había sido las semanas y los meses inmediatamente anteriores del 4 de julio de 1993. Según los datos de los campos de entrenamiento en zona liberada, al principio cientos, después miles de guerrilleros altamente motivados empezaron a deslizarse a través de los anillos de tropas cada vez más disminuidas del Sistema.

Con estas fuerzas guerrilleras la Organización siguió el ejemplo de Baltimore y rápidamente estableció zonas de nuevos enclaves, principalmente en las áreas devastadas por las bombas nucleares, donde la autoridad del Sistema era más débil.

El enclave de Detroit fue inicialmente el más importante de todos. Una anarquía sangrienta había reinado sobre los supervivientes del área de Detroit durante bastantes semanas después de las explosiones nucleares del 8 de septiembre. Parecía que algo semejante al orden había sido restaurado, con las tropas del Sistema compartiendo blandamente el poder con ciertas bandas de negros en el área. A pesar de que eran pocos los enclaves de blancos aislados que mantenían a raya las bandas de rateros y violadores negros, la mayoría de los blancos, desmoralizados y desorganizados en Detroit y sus alrededores, no ofrecieron ninguna resistencia efectiva a los negros, y sufrieron bastante tal como en otras áreas del país densamente pobladas por negros.

Entonces, a mediados de diciembre, la Organización vio una alternativa. Un cierto número de incursiones relámpago sincronizadas contra los puntos fuertes del Sistema se contemplaban como una sencilla victoria. La Organización estableció ciertos patrones en Detroit que pronto fueron imitados en todos lados. A todas las tropas blancas hechas prisioneras, tan pronto como entregasen las armas, se les ofreció la oportunidad de luchar con la Organización contra el Sistema. Aquellos que se ofrecieron voluntarios inmediatamente fueron llevados aparte para una selección preliminar y enviados a campos para su adoctrinamiento y entrenamiento especial. Los otros fueron ametrallados al instante, sin contemplaciones.

El mismo grado de dureza fue utilizado en el trato con la población civil. Cuando los cuadros de la Organización entraron en las áreas protegidas en las zonas residenciales de Detroit, la primera prioridad que vieron necesaria fue liquidar a la mayoría de los líderes blancos locales, de cara a instaurar la autoridad incuestionable de la Organización. No había ni tiempo ni paciencia para hacer razonar a esos líderes blancos, cortos de miras, que insistían que ellos no eran ni “racistas” ni “revolucionarios” y que no necesitaban la ayuda de “agitadores externos” que se metieran en sus asuntos, o a los que tenían alguna fijación conservadora o parroquial.

Los blancos de Detroit y otros nuevos enclaves fueron organizados según los planteamientos de Earl Turner para Baltimore; no como en California, sino de una manera más dura y más rápida. En muchos lugares del país no existía la posibilidad de una separación ordenada a gran escala de los no blancos, como sucedió en California, y la consecuencia fueron acciones sangrientas durante meses, teniendo grandes consecuencias para todos los blancos que no estaban controlados por la Organización.

Los alimentos empezaron a escasear críticamente en todos lados durante el invierno de 1993-1994. Los negros cayeron en el canibalismo, como lo hicieron en California, mientras que blancos hambrientos, que habían ignorado la llamada de la Organización a levantarse contra el Sistema, empezaron a aparecer en los límites de las zonas liberadas mendigando comida. La Organización sólo era capaz de alimentar a la población bajo su control, imponiendo un severo racionamiento, y era necesario echar fuera a los rezagados.

Aquellos que eran admitidos, y eso quiere decir sólo niños, mujeres criando u hombres en total capacidad para combatir en la Organización, estaban sujetos a la investigación racial que se había utilizado en California, para separar a los blancos de los no blancos. No era suficiente el ser meramente blanco; de cara a comer uno tenía que ser juzgado con respecto a sus genes.

Primero se estableció la practica en Detroit: y después se adoptó en todos los lugares dotando a cualquier hombre blanco, capaz de luchar, aquél que quisiera ser admitido en un enclave, con una comida caliente y con una bayoneta o cualquier elemento cortante, con filo. Su frente se marcaba con una tinta indeleble, se le invitaba a marcharse y sólo se le admitiría permanentemente cuando trajese una cabeza fresca de un negro o de cualquier otro no-blanco. Este procedimiento aseguraba que la comida, tan importante, no había sido malgastada en aquellos que no pudiesen o quisiesen alistarse en la fuerza de combate de la Organización, pero supuso un gran precio a pagar por los elementos más débiles y decadentes de los blancos.

Decenas de millones murieron durante la primera mitad de 1994 y la población blanca del país alcanzó el punto más bajo de los 50 millones aproximadamente en agosto de ese año. Para entonces, sin embargo, casi la mitad de los blancos que quedaban estaban en los enclaves de la Organización, y la producción de alimentos y su distribución era apenas suficiente para evitar muertes por hambruna.

A pesar de que existía todavía una especie de gobierno central, las fuerzas militares y policiales del Sistema estaban, a todo efecto, reducidas a un número de comandancias locales autónomas cuyo principal objetivo resultaba ser la búsqueda de alimentos, licor, gasolina y mujeres. Tanto la Organización como el Sistema evitaron enfrentamientos a gran escala entre ellos; la Organización limitándose a incursiones intensas contra las concentraciones de tropas del Sistema y sus bases, y las fuerzas del Sistema confinándose y protegiendo sus líneas de suministro, y en alguna zona intentando evitar la expansión de los enclaves de la Organización.

Pero los enclaves de la Organización continuaron expandiéndose, sin importar el tamaño y el número, todo a través de los cinco Años Oscuros que precedieron a la Nueva Era. En un momento, hubo cerca de 2.000 enclaves diferentes de la Organización en Norteamérica. Fuera de estas zonas de orden y seguridad, la anarquía y el salvajismo creció y empeoró, con la única autoridad de bandas asquerosas que se combatían entre ellas y se cebaban en las masas indefensas.

Muchas de estas bandas estaban compuestas de negros, puertorriqueños, chicanos y medio blancos mestizos. En número creciente, sin embargo, los blancos también formaron bandas bajo planteamientos raciales, incluso fuera de la guía de la Organización. Según avanzaba la guerra de exterminio, millones de blancos blandos, urbanitas, con el cerebro lavado, poco a poco comenzaron a recuperar su hombría. El resto, murió.

El éxito creciente de la Organización no se llevó a cabo sin retrocesos, naturalmente. Uno de los casos más notables fue la terrible masacre de Pittsburgh, en junio de 1994. La Organización había establecido un enclave en mayo de ese año, forzando la retirada de las fuerzas locales del Sistema, pero no supo actuar de la manera más rápida para eliminar al elemento judío.

Un número de judíos, en colaboración con los blancos conservadores y también con los liberales, tuvieron tiempo de hacer un plan de subversión. El resultado fue que las tropas del Sistema, ayudadas por la quinta columna dentro del enclave, recapturaron Pittsburgh. Los judíos y los negros se lanzaron a un asesinato en masa, reminiscencia de la Revolución bolchevique de instigación judía 75 años antes.

Cuando acabó la orgía de sangre, casi todos los blancos habían sido asesinados en la carnicería u obligados a marcharse. Los miembros supervivientes de la Organización de la Comandancia de Pittsburgh, cuyas vacilaciones en el trato con y para los judíos habían propiciado la catástrofe, fueron detenidos y fusilados por un escuadrón disciplinario actuando bajo las órdenes de la Comandancia Revolucionaria.

En la única ocasión, después de noviembre de 1993 en la cual la Organización se vio forzada a detonar un arma nuclear en el continente Norteamericano, ocurrió un año después en Toronto. Cientos de miles de judíos se habían marchado de los Estados Unidos hasta esa ciudad de Canadá durante 1993 y 1994, creando casi una segunda Nueva York y utilizándola como centro de Comandancia para la guerra que se estaba librando al sur. Tal y como eran conscientes, ambos, los judíos y la Organización, la frontera entre los Estados Unidos y Canadá no tenía importancia alguna durante las últimas etapas de la Gran Revolución, y, a mediados de 1994, las condiciones eran ligeramente menos caóticas en el norte de la frontera que en el sur.

Durante los Años Oscuros ni la Organización ni el Sistema podían esperar una ventaja decisiva de uno contra el otro, sobre todo cuando ambos tenían capacidad nuclear. Durante la primera parte de este periodo, cuando la capacidad militar del Sistema superaba por mucho la capacidad de la Organización, únicamente la amenaza de las reservas de ojivas nucleares escondidas en los mayores centros de población, todavía bajo control del Sistema, impedía al Sistema en la mayoría de los casos hacer ningún movimiento contra las zonas liberadas por la Organización.

Más tarde, cuando la Organización creció, junto con el arrepentimiento de las fuerzas del Sistema que se manifestaban por las deserciones, se desniveló el equilibrio de las fuerzas convencionales. El Sistema retuvo el control sobre ciertas unidades militares armadas con armas nucleares, y bajo amenaza forzó a la Organización para dejar intactas ciertas plazas fuertes del Sistema.

Incluso las tropas de élite nucleares tan queridas del Sistema no eran inmunes al proceso de desgaste que erosionaba las fuerzas convencionales del Sistema, pudiendo posponer lo inevitable temporalmente. El 30 de enero de 1999, durante la tregua momentánea de Omaha, el último grupo de generales del Sistema se rindió a la Organización, como respuesta al compromiso de que pudiesen vivir, ellos y sus familias, sin ser molestados por el resto de sus días. La Organización mantuvo su compromiso instalándolos en una reserva especial en una isla de la costa de California.

Entonces vino un periodo de operación limpieza, donde las últimas de las bandas no blancas fueron cazadas y exterminadas, seguido de una purga final de elementos raciales no deseables dentro de la población blanca que quedaba.

Desde la liberación de Norteamérica hasta el comienzo de la Nueva Era en todo el planeta, transcurrió un tiempo muy corto de 11 meses. El Profesor Anderson ha registrado y analizado los hechos de este periodo culminante al detalle en su Historia de la Gran Revolución. Aquí sólo cabe señalar que con los principales centros de poder mundial judíos aniquilados y la amenaza nuclear de la Unión Soviética neutralizada, los obstáculos más grandes para la victoria mundial de la Organización se habían desvanecido.

Desde 1993, la Organización ya tenía células activas en Europa Occidental, que crecieron con una rapidez extraordinaria en los años que precedieron a la victoria en América del Norte. El liberalismo había obtenido su cuota en Europa, igual que en América del Norte, y el viejo orden en la mayoría de los lugares estaba podrido, únicamente con una capa de barniz que diese cierta sensación de poder. El desastroso colapso económico en Europa en la primavera de 1999, siguiendo a la desaparición del Sistema en Norteamérica provocó un rearme moral de las masas europeas para el asalto final de la Organización.

Esa toma de poder sobrevino a todo lo ancho de Europa en el verano de 1999, como un huracán limpiador, liquidando en solo pocos meses el dominio, durante más de un milenio, de una ideología alienígena y de más de un siglo de profunda decadencia moral y material. La sangre llegó momentáneamente hasta los tobillos en muchas calles de las principales ciudades europeas según los traidores a su raza, los descendientes de generaciones de reproducciones disfuncionales, y las hordas de inmigrantes corrieron la misma suerte. Fue entonces cuando el amanecer de la Nueva Era rompió sobre el mundo Occidental.

El único centro de poder en el planeta que no estaba bajo el control de la Organización, a principios de diciembre, era China. La Organización quería posponer varios años la solución al problema chino, pero fueron los mismos chinos los que obligaron a la Organización a entrar en acción de una manera inmediata y drástica. Los chinos, naturalmente, habían invadido los territorios asiáticos de la Unión Soviética, inmediatamente después del bombardeo nuclear del 8 de septiembre de 1993, pero hasta la caída de 1999 se habían mantenido al este de los Urales, consolidando el vasto y nuevo territorio conquistado.

Cuando, durante el verano de 1999, una nación tras otra fue liberada en Europa por la Organización, los chinos decidieron meter mano en la Rusia Europea. La Organización respondió a este movimiento de una manera masiva, utilizando misiles nucleares para poner fuera de combate a los todavía primitivos misiles chinos y a su capacidad de bombarderos estratégicos, así como bombardeando también un gran número de nuevas concentraciones de tropas Chinas al oeste de los Urales.

Desafortunadamente, esta acción no frenó la marea amarilla que fluía desde China hacia el norte y el oeste. La Organización aún requería de algún tiempo para reorganizar y reorientar a la población europea, recientemente bajo su control, antes de que pudiera tan siquiera pensar cómo enfrentar de una manera convencional al torrente de infantería china atravesando los Urales hacia Europa: todas sus tropas de confianza en esos momentos apenas serían suficientes incluso como guarniciones en las áreas recientemente liberadas pero aún no pacificadas del este y del sur de Europa.

Así pues, la Organización recurrió a una combinación de medios químicos, biológicos y radiológicos, en una escala enorme, para solucionar el problema. En un periodo de más de cuatro años, unos 16 millones de millas cuadradas de la superficie terrestre, desde los Montes Urales hasta el Pacífico y desde el Océano Ártico hasta el Índico, fueron esterilizados eficazmente. Así se creó el Gran Basurero del Este.

Solo en esta última década es cuando ciertas áreas del Gran Basurero han sido declaradas aptas para la colonización. De todos modos, son sólo “seguras” en el sentido de que los productos tóxicos, sembrados hacía un siglo, han disminuido y ya no son un riesgo para la vida. Como todo el mundo sabe, las bandas de mutantes que vagan todavía por el Basurero representan aún una amenaza real, y puede llevar todavía otro siglo para que los últimos hayan sido eliminados, y la colonización blanca pueda volver a establecer presencia humana en este vasto territorio.

Pero fue en el año 1999 de acuerdo a la cronología de la vieja Era—justo 110 años después del nacimiento del grande (*)—, que el sueño de un mundo blanco finalmente vino a afirmarse. Fue gracias al sacrificio de las vidas de incontables miles de hombres y mujeres valientes de la Organización durante los años precedentes lo que mantuvo vivo el sueño hasta su realización.

De entre esos incontables miles, Earl Turner no jugó un papel discreto. Ganó la inmortalidad aquel oscuro día de noviembre, hace 106 años, cuando cumplió con fe las obligaciones para con su raza, para con la Organización y para la Orden sagrada que lo admitió en sus filas. Y haciendo lo que hizo, ayudó enormemente a que su raza sobreviviera y prosperara, a que la Organización alcanzase sus objetivos políticos y militares en todo el mundo, y a que la Orden gobernara con sabiduría y benevolencia en toda la Tierra, de ahora en adelante y para siempre.

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(*) El autor se refiere a Hitler (N. del admin)

Published in: on diciembre 27, 2013 at 1:35 pm  Dejar un comentario