Mi duro libro

En mayo de este año ingresé algunas entradas en este blog sobre un libro que estaba escribiendo. Pues bien: lo he terminado y ya se encuentra disponible vía la distribuidora Lulu.

Debo decir que estuve tentado a subir a este blog la versión muy corregida del capítulo sobre el nacionalismo de mi padre; algunos de cuyos no corregidos pasajes había subido en mayo.

No lo haré. El caso es que ningún hispanohablante está dispuesto a discutir conmigo sobre las durísimas cosas que he dicho en este blog. De hecho, de todos los hispanohablantes que he leído o visto el los medios, sólo siento respeto por dos blogueros españoles: Manu Rodríguez y quien escribe en Evropa Soberana.

Un sacerdote de las 14 palabras como yo, sacerdote de la futura religión del hombre blanco, apenas puede tener audiencia en la hora más oscura de Occidente. Sin embargo, sí quisiera reproducir un pasaje medular de mi duro libro:
 
muses

Las catorce palabras

Las catorce palabras son un lema creado por David Lane (1938-2007). La frase en inglés “We must secure the existence of our people and a future for White children” se traduce “Debemos asegurar la existencia de nuestra gente y un futuro para los niños blancos”, a la cual se le puede añadir otra frase de catorce palabras: Because the beauty of the White Aryan women must not perish from the Earth, “porque la belleza de la mujer aria no ha de desaparecer de la tierra”.

Aunque, dada mi consagración a la mujer aria yo me fijo en el segundo eslogan, el primer eslogan de catorce palabras fue inspirado por un enunciado de 88 palabras de Mein Kampf (Volumen 1, capítulo ocho):

Aquello por lo que debemos luchar es para asegurar la existencia y reproducción de nuestra raza y de nuestro pueblo; el sustento de nuestros hijos y la pureza de nuestra sangre; la libertad e independencia de la patria, para que nuestro pueblo pueda llegar a cumplir la misión reservada por el Creador del Universo. Todo pensamiento y toda idea, toda doctrina y todo conocimiento, deben servir a ese propósito. Y todo debe ser examinado bajo ese punto de vista y utilizado o rechazado de acuerdo a su utilidad.

Aunque no soy ario ni teísta, soy lo suficientemente emergente para percatarme de la divina nobleza de este pensamiento al grado de adoptarlo como mi religión personal, que muchos en internet comunican, en código, al escribir la cifra 14/88.

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Published in: on noviembre 28, 2015 at 11:39 am  Dejar un comentario  

Sobre nacionalismos y universalismos

por Manu Rodríguez

Son varias las razones por las que debemos recuperar las claves espirituales del nacionalismo étnico promovido por Hitler. Y el nacionalcatolicismo español es el más severo obstáculo que nuestra gente tiene para alcanzar una conciencia clara del alcance y profundidad de este nacionalismo. El modelo para todos los nacionalistas europeos sigue siendo, hoy por hoy, el nacionalsocialismo alemán—en sus textos y en sus obras. No hay otro espejo, no hay otro camino.

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Léase todo el artículo: aquí.

Published in: on diciembre 2, 2014 at 9:06 pm  Dejar un comentario  

Salve Europa

por Manu Rodríguez

En las circunstancias actuales lo primero que hay que “salvar” es la tierra madre, Europa. Europa es nuestra casa, nuestro hogar ancestral; nuestra tierra sagrada. Son las poblaciones aryas europeas las que en primer lugar han de alcanzar el status de “naciones” o “Estados étnicos”.

El primer intento, como se sabe, fue frustrado—por quienes ya sabemos. En algún lugar en [los escritos de Kevin] MacDonald leí que la revolución blanca comenzaría en Europa. No sé en qué se basaría para augurar tal cosa. Hay sí, pequeños partidos nacionalistas aquí y allá, pero no hay conciencia étnica ni nacionalista en el sentido radical nazi. Juegan a la democracia, se solidarizan con Israel… Generalmente les une el anti-islamismo. Pero el islam es uno de los problemas que nos ha traído la normativa universalista que nos viene de la ONU, la UE o los organismos internacionales subordinados o adyacentes. Estamos obligados a ser Estados multiculturales, multirraciales, multiconfesionales e tutti quanti.

Romper con estas organizaciones supranacionales—que limitan la independencia y la soberanía de nuestras naciones—es lo primero. El internacionalismo en la economía, en la política, en el flujo poblacional está acabando con las naciones étnicas seculares, sobre todo en Europa. No son sólo los musulmanes asiáticos y africanos; seguimos teniendo judíos (en Francia, Hollande, el socialista, y Sarkozi, el conservador, son judíos—la izquierda y la derecha). La población china va en aumento, y también la población amerindia americana (apenas si hay emigración blanca de vuelta).

El deterioro étnico y cultural de nuestras poblaciones europeas aumenta cada día. El flujo migratorio es imparable por el sur (África), por el Este (Oriente Medio, Asia Central, China), y por el oeste (amerindios). Si todo sigue como hasta ahora acabarán con nosotros en unas pocas generaciones.

Salvar Europa, la tierra del origen, la tierra sagrada de los pueblos blancos: éste es el cometido de las poblaciones blancas repartidas por el mundo. Que Europa, nuestra tierra sagrada, permanezca étnica y culturalmente incontaminada, pura. Ésta es nuestra cruzada.

ws-31Dec1939

En cualquier lugar del planeta que no sea Europa (incluida Rusia), somos extranjeros. Personalmente no acabo de comprender el nacionalismo blanco fuera de Europa (las Américas, Australia, Nueva Zelanda). Hemos privado de sus tierras y de sus culturas a numerosos pueblos. ¿Por qué lo que deseamos para nosotros no lo deseamos también para los demás?

Hace mucho tiempo que se desató el mal: la codicia de bienes y territorios ajenos, junto con la indiferencia por lo más sagrado: la raza, el nexo con los antepasados, la cultura ancestral, el territorio ancestral—lo más sagrado propio, y lo más sagrado extranjero. El mundo apesta de impurezas étnicas, lingüísticas, culturales… Hay pocos rincones puros o no contaminados, o lo que es lo mismo, genuinos, verdaderos. Hemos destrozado el árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida. Hemos atentado contra lo más sagrado.

Las conversiones de los pueblos a credos universalistas o internacionalistas, religiosos o políticos, que alcanza hasta nuestros días, han tenido su parte en esta destrucción. Pueblos alejados de sus orígenes étnicos y culturales; masas desarraigadas, apátridas… La adopción de ideologías transétnicas y transculturales—de origen extranjero; de origen, en la mayoría de los casos, judío (salvo los universalismos hinduista y budista)—han terminado sembrando la indiferencia hacia los diversos legados étnicos y lingüístico-culturales de los pueblos: las ancestrales señas de identidad.

Los imperios multiétnicos y multiculturales del pasado (Egipto, el periodo sumerio-acadio, Asiria, Babilonia, India, Persia, Grecia, Roma) trajeron al mundo estas ideologías universales que no tenía otra función que unir de modo nuevo a aquellas poblaciones heterogéneas, de tan diversos orígenes.

La necesidad actual de unificar ideológicamente al planeta repite la vieja cuestión. La corriente demo-liberal del momento otorga un credo transnacional, transétnico y transcultural en un medio étnica y culturalmente heterogéneo donde las viejas tradiciones y los nexos ancestrales han, prácticamente, desaparecido. Es una competición, una concurrencia entre los universalismos religiosos y políticos. Las diversas poblaciones se convierten en presa de estos. Pululan los misioneros políticos y religiosos difundiendo credos universales, musulmanes, cristianos, hinduistas, budistas, demócratas, comunistas… en poblaciones que ya han perdido el rastro de sus orígenes, en poblaciones ya desarraigadas; esto es, previamente cristianizadas, islamizadas, democratizadas.

Dicho sea de paso: también los judíos están afectados por este cáncer cultural propio de los imperios multiculturales que ellos mismos tanto han contribuido a difundir; los credos transétnicos, transculturales, transconfesionales. Su gente no ha permanecido inmune.

En este caos que vivimos, en esta mezcla indeseable, en esta impureza, en esta monstruosidad, en esta fealdad los pueblos no tenemos otra salida que aferrarnos a nuestra sangre y a nuestra memoria; a nuestras identidades étnicas y lingüístico-culturales. La vuelta, el giro, el retorno a casa, a lo propio. El nacionalismo étnico es la salida para todos y cada uno de los pueblos del planeta.

El nacionalismo étnico europeo no puede ser sino el nacional socialismo arya, el germano. Esto es lo que debemos recuperar. Contra todo obstáculo. Ahora lo que se requiere es un nacionalismo arya a escala europea—siguiendo el modelo germano ya llevado a la práctica.

Ojala tuviéramos más difusión. Es una gran revolución arya lo que necesitamos, aquí, en Europa Aryana, en la tierra de origen de los pueblos aryas.

* * *

Llevo algún tiempo leyendo literatura puramente nazi desde los años veinte hasta el 45: hasta la creación de los Werewolf (Naumann); hasta el obituario de Hitler. He encontrado mucho material en—:

http://www.calvin.edu/academic/cas/gpa/

—página que recomiendo a todos (nosotros). Son sumamente interesantes los textos que van desde los primeros años veinte hasta el 33, que alcanzan el poder. Son los años de lucha. Hay que leerlos en sus propios textos, en sus propias circunstancias; en su propio contexto adverso. Cuantos obstáculos, cuantos impedimentos y cuanta voluntad; cuanta entereza, cuanta paciencia, cuanta resistencia, cuanta lucha, cuanta nobleza… Son un modelo para los actuales. Apenas si podemos añadir nada.

También tenemos el sexenio del 33 al 39, ya en el ejercicio del poder—antes de la guerra—, y el que transcurre desde el 39 al 45—los años de guerra. Son tres fases en su historia y en su cultura. Un ascenso, un clímax, y un descenso, una caída. En cada período se produce una “cultura” (escritura, literatura, arte, posters y demás); una retórica podríamos decir, acorde con el tiempo, con el momento.

Hay mucho que aprender ahí. Mucho. Las problemáticas son muy parecidas a las actuales. A la población judía (hoy muy camuflada en Europa, aunque no menos operativa que entonces) hay que añadir las poblaciones asiáticas y africanas (la mayoría musulmanas); las amerindias, las chinas… Podemos decir incluso que los momentos actuales son muchísimo más graves que los que ellos vivieron. Más acuciantes. Menos esperanzadores. Y no nos olvidemos que nosotros tenemos detrás los juicios de Núremberg y la represiva normativa anti-nazi que desde entonces padecemos (en los media, en las calles, en los juzgados).

Es el nazismo puro y crudo el que tiene que renacer. Nada de neonazis o de nacionalistas blancos o similares. El nazismo, sin más. El nacionalismo arya excluyente, nada de internacionalista o universalista. Nada de extranjeros en nuestros gobiernos, en nuestra economía, en nuestra prensa, en nuestra cultura, en nuestras tierras. ¡Fuera estos aliens de esta tierra sagrada nuestra! Simplemente.

Actualmente estamos de nuevo en la fase de ascensión (también el partido estuvo un tiempo prohibido, e incluso a Hitler se le prohibió hablar públicamente). Ahora la literatura ha de ser proselitista, de propaganda. Tenemos que convencer a nuestros semejantes de la terrible situación étnica, cultural y territorial en la que nos encontramos. Y mostrarles la salida. El nacionalismo arya es la solución, la salida. Nuestra única salida.


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Léase el artículo completo: aquí.

Published in: on septiembre 9, 2014 at 1:21 pm  Dejar un comentario  
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La única salida

 

por Manu Rodríguez
desde Europa

 

manu
Los mundos nuestros pre-cristianos están ahí como dormidos. Como la joven nación arya tras la derrota. Yace detenida, adormecida, paralizada. Frustrado, de momento, su crecimiento y fortalecimiento. Cohibido. Inhibido. Mediante la magia (el poder) de la palabra.

El triste, el penoso espectáculo de la Europa actual, inundada de aliens, y a cuyos ciudadanos se les impide desembarazarse o liberarse de estos elementos extraños.

En virtud de normativas supra-nacionales (morales, políticas, económicas, jurídicas) que rigen para todos los Estados, las naciones están obligadas a ser democráticas, abiertas, y plurales. Es el Nuevo Orden Mundial que se instaura tras la II Guerra Mundial. El que acaba con la soberanía y la independencia de pueblos y naciones.

La construcción de la torre de Babel aquí, en nuestro hogar milenario. La desnaturalización de nuestro continente. El asesinato premeditado de la ancestral Europa. La extinción o desaparición de los pueblos blancos.

La estrategia ideológica del enemigo. La difusión, e imposición, de estos ideales universalistas (transnacionales, transétnicos, transculturales) que debilitan la defensa de lo propio, de la propia vida o existencia; que desarman. La imposición de la heteronimia—que nos deja atados de pies y manos.

El otro frente del enemigo. La crítica. Sancionar moralmente el racismo anti-blanco, la caza del blanco, la muerte del blanco. Éste es, básicamente, el mensaje subyacente en el discurso crítico del enemigo; en la propaganda del enemigo.

Que los blancos somos un pueblo malo, una mala raza (el cáncer de la historia humana, en palabras de Susan Sontag) que ha hecho mucho mal a la gente, y que merecemos ser eliminados—por nuestra propia mano o por la de otro. Ésta es la moraleja de toda esta historia. (Llevan siglos acusando de lo propio al otro; señalando al otro y acusándolo del propio mal—sobreviviendo con malas artes. La rama de Caín.)

La lucha nuestra es compleja. A los millones de intrusos, de invasores, que inundan nuestros pueblos y ciudades, se le añade la instigación, la sedición que nos viene del enemigo (la guerra de propaganda).

La meta final es la expulsión de estos elementos extraños y peligrosos de nuestras tierras y de nuestros cielos; de nuestros cuerpos y de nuestras almas. La recuperación del ser biosimbólico ancestral, del genio propio; de la propia mirada, de la propia faz. Recuperación de la soberanía, de la autonomía, de la libertad…

El enemigo nos cierra la única salida, nos obstruye el único camino. Nuestro nacionalismo pan-arya es la única salida que tenemos frente al acoso del enemigo.

Hay que añadir que ese único camino, esa única salida, es también nuestra única defensa, y nuestra única arma. Prohibiéndolo y persiguiéndolo el enemigo ha conseguido dejarnos, de momento, sin salida, expuestos, y desarmados.

Nuestra situación actual recuerda la de los primeros siglos cristianos en Europa, cuando las leyes contra usos y costumbres gentiles nos prohibían cualquier retorno a nuestro pasado so pena de cárcel, pérdida de bienes, extrañamiento, o muerte. Las leyes contra el nazismo que recorren todo el Occidente blanco tienen la intención de que los pueblos blancos no vuelvan a levantar la cabeza. Es la segunda vez que se nos impide ser lo que somos.

La derrota del nazismo fue la derrota del Occidente blanco. El nazismo (el nacionalismo pan-arya) sigue siendo hoy por hoy la única salida, el único camino que evitaría con toda probabilidad nuestra destrucción—el camino arya.

La “desnazificación” de Alemania, fue la desnazificación (desnacionalización) de los pueblos blancos. Consiguió, además, la descalificación, el desprestigio moral y público de todo nacionalismo étnico y cultural (salvo el que practica el enemigo).

Ahora padecemos la censura filosófica, socio-política, moral y jurídica de nuestro nacionalismo. Consecuencias de la vilificación y criminalización del nazismo. Los valores que nos mueven—la propia raza y la propia cultura—son motivo de odio, risa, desdén, o incluso cárcel. Los términos que nos definen con orgullo—“nazis” o “fascistas”—son ahora la representación misma del mal—se usan incluso como insultos. Los buenos son ahora los anti-nazis o anti-fascistas, aquellos que nos persiguen o acosan en las calles o en los juzgados.

El enemigo, entretanto, se ha tornado intocable; no puede ser censurado, ni atacado. Cualquier movimiento de defensa o liberación por nuestra parte es considerado como un gesto de nazismo, racismo, o antisemitismo, y por ello mismo, penado y perseguido por las “leyes”—leyes que en buena medida él mismo ha elaborado.

Sin salida, indefensos, y desarmados. Paralizados, detenidos, amordazados. Ésta es la situación de nuestros pueblos en los tiempos que corren. Camino de la extinción, del matadero. Y los más, lo ignoran.

No sólo lo ignoran. Sucede que la mayoría de los nuestros está espiritualmente en manos de nuestros enemigos, los autodenominados “anti-fascistas”. Tenemos una opinión pública diseñada absolutamente por el enemigo. Nuestro nacionalismo está perseguido y condenado, como digo, tanto en la calle como en los juzgados. Hay patente de corso, parece, para que a los pocos que abogamos por nuestra raza y nuestra cultura, se nos insulte y se nos ultraje—somos el mal. Nosotros, que despejamos el camino, la salida; nosotros, la solución. Como wehrwölf entre filas enemigas, y sin armas—sin palabra, sin voz; enmudecidos (la palabra que nos importa y que nos vale es una palabra condenada, prohibida, perseguida, ilegal).

No será fácil recuperar nuestro nacionalismo étnico y cultural (nuestra morada, nuestra palabra, nuestro camino). No será fácil recuperar espiritualmente a nuestros pueblos; arrebatárselos al enemigo.

No hay que perder de vista el contexto y la perspectiva, como nos decía Butz. Lo primordial es la prohibición y persecución del nazismo (del nacionalismo étnico y cultural). Para justificar y legitimar tal prohibición y persecución, se ha de convertir al nazismo en el peor y más malvado régimen de la tierra. Tiene que estar públicamente aceptada y reconocida su “maldad”. La insidiosa y pertinaz propaganda que sufrimos desde hace decenios (en las escuelas, en los media) no tiene otra finalidad que la de implantar esa imagen en nuestros cerebros.

Los europeos no tenemos aún una historia limpia, honesta, y veraz del periodo nazi, y aún menos de la indeseada guerra que frustró aquel sublime proyecto (quiénes la desearon y propiciaron, quiénes la iniciaron, desde cuándo se fraguaba, cómo comenzó). Sólo circula la historia deshonesta, y falaz, que nos cuenta el enemigo. Ésta es la única permitida, la oficial.

Los nacionalistas aryas, aquellos que proclamamos la nación arya, necesitamos no un comité para un debate abierto sobre el holocausto, sino un debate abierto sobre el período nazi y la segunda guerra europea. Con sus antecedentes y con sus consecuentes. Necesitamos esclarecer y ordenar los hechos según se fueron produciendo. Necesitamos la historia verdadera. Con todos sus “dramas” y con todos sus actores.

Esta historia se está escribiendo, sin duda; ya circula, incluso. Pero la verdad no se está abriendo camino fácilmente. El enemigo que ya sabemos está haciendo lo imposible para impedir la difusión de estos textos esclarecedores. Resulta que la historia verdadera es la historia prohibida y perseguida. ¿Por qué—a qué se debe esta prohibición de la verdad? ¿Quién teme a la verdad?

La imagen que de los nazis presenta el enemigo es horrenda. La peor que podamos imaginar. Pero, ¿qué esperábamos? Es la guerra, simplemente. La guerra de propaganda. A la opinión pública se le hace creer que el nazismo es el enemigo de todos, y que un nazi es un loco y un asesino de masas nato.

El enemigo tiene medio ganada esa batalla—la batalla de la opinión pública. A los que se resisten les tiene reservada la persecución y la cárcel. La intención es, pues, acabar con cualquier secuela del nazismo—de un modo u otro; y con todo aquello que pueda limpiar su imagen.

De todo esto se deduce que es justamente el nacionalismo étnico arya el más formidable oponente del enemigo, y que éste lo sabe, y teme su poder. Sabe que el orgullo étnico y cultural es la única arma que poseemos. Que con esa arma en las manos somos invencibles, irreductibles. Sólo el nacionalismo étnico arya (el nazismo) le combatió abiertamente; se enfrentó a pecho descubierto a la araña universal.

Recuérdese la declaración de guerra (económica y financiera) que la comunidad judía hace a la incipiente Alemania nazi el año 1933—en el comienzo mismo de su andadura. La guerra caliente posterior fue una guerra judía contra el nacionalismo étnico arya; del “león de Judá” contra la swástica arya. Los ejércitos aliados fueron sus tropas. Y podemos decir que suya fue también la ulterior derrota de los nazis. Pero la guerra no ha terminado. Aún se nos persigue, aún se nos vilifica y criminaliza. Aún nos temen. Seguimos siendo una fuerza, un poder; una luz; una amenaza, un peligro.

El nazismo fue la víctima elegida desde su aparición. No el fascismo italiano, sino el nacionalismo arya germano. El enemigo lo eligió bien pronto; bien pronto advirtió la amenaza, el poder. El enemigo ha terminado imponiendo su temor y su aprensión a toda Europa (y la Magna Europa); a todos los pueblos blancos. Ha convertido al nazismo en el mal, en la amenaza universal, en el enemigo de los pueblos blancos (adviértase: no el universalismo demo-liberal, o el internacionalismo judeo-bolchevique—sus engendros).

¿El nacionalismo arya, blanco, enemigo de las naciones blancas? El nazismo sólo tiene un enemigo, y es aquel que daña o intenta dañar a lo suyo o a los suyos. Venga de dentro, o venga de fuera. El nacionalismo blanco es la única defensa y la única arma que poseen los pueblos blancos frente a cualquiera agresión biocultural. Justamente el orgullo nacional, el orgullo patrio; el amor propio.

En todo blanco subyace un nazi, un nacionalista arya. Es cierto. Pero es un nazi sofocado, inhibido… intimidado. Es un nazi que no se atreve a salir a la luz; que encuentra ante sí demasiados obstáculos; que sabe que no será ni bien visto, ni comprendido, ni consentido (todo esto es el fruto de la masiva y cotidiana propaganda anti-nazi del enemigo).

El nazi real y genuino tiene por patria o nación su raza y su cultura; ama sus señas de identidad étnicas y culturales; combate contra todo aquel o todo aquello que amenace, intente, o pueda perjudicar a los suyos. Es un alma fiel, devota, leal.

 

El problema está en el nazismo, entiéndase esto. En el nazismo real o virtual. Esto es lo que se combate. Sí, la cuestión “nazi” es la pesadilla del enemigo, y no precisamente porque tema perder la vida.

El nacionalismo étnico (cualquier nacionalismo étnico) es un terreno que les excluye, por su misma condición de no-aryas, o no-chinos, o no-japoneses, o no-maoríes… No podrían infiltrarse así como así en estas filas, como lo hacen en las filas liberales, demócratas, o socialistas. Aquí no se trata de ideologías o de consignas “universales”, sino de raza, de comunidades étnica y culturalmente emparentadas—de intereses étnicos. Este “juego” de lo propio, que les impide participar e intervenir en estamentos e instituciones étnicas ajenas, es el que quieren destruir en cada pueblo.

No hay que olvidar que el “juego” propio judío excluye a todos los no-judíos, quiero decir que ellos, como grupo étnico, ya se comportan así—como grupo cerrado. Y nosotros no tenemos nada que objetar. Pero está claro que lo que quieren para sí, no lo quieren para los demás. Este “ser para sí” ha de ser de su exclusiva propiedad, una suerte de privilegio exclusivo. Al resto de los pueblos les está vedada tal existencia. Los demás deben “abrirse” al otro—se les impone el “altruismo” y la sociedad “abierta”.

Son ellos los que introducen en nuestros pueblos ideologías e instituciones universales, transétnicas y transculturales que les permiten entrar y operar en todas partes (la no discriminación por motivos de raza o credo, por ejemplo—todo el “mundo” tiene derecho a…). Este universalismo, que ha logrado penetrar en todas nuestras instituciones públicas, es su particular llave de acceso a éstas. De este modo intervienen e influyen en nuestro destino (política interior y exterior, cuestiones militares, económicas, de moral pública, jurídicas, culturales). En un entorno de naciones étnicas celosas de sí (de lo suyo), este comportamiento no les sería posible.

El nacionalismo étnico es más que un estorbo para sus ambiciones universales; es su enemigo mortal. Del mismo modo que los universalismos o internacionalismos, religiosos o políticos, que los judíos diseminan entre los pueblos—sólo de puertas para fuera, sólo para los goys—, son los enemigos mortales de las culturas étnicas. Lo fueron en el pasado, lo son en el presente, y lo serán en el futuro—si aún les queda futuro a las tradiciones étnicas y ancestrales que han sobrevivido a las mareas (globalizaciones) judeo-mesiánica, musulmana, “demócrata”, o comunista.

Es normal que el nacionalismo arya fuese un problema para los universalismos (religiosos, políticos, o económicos) que le rodeaban cuando nació. El nacionalismo étnico y cultural germano no les convenía. No se podía consentir que se extendiera a los otros pueblos aryas, o más allá—afectando a otras naciones o grupos étnicos.

Universalismo y nacionalismo (o etnicismo) son dos posiciones antagónicas. Lo que quiere el uno perjudica, daña, destruye al otro. Es una guerra—es o uno, u otro. El que no combate está derrotado de antemano.

Decir propaganda anti-nazi, es decir propaganda pro-judía. Los valores que se oponen al nazismo, son los valores (universalistas o internacionalista) que postulan los judíos—para los pueblos otros.

Los judíos requieren naciones o sociedades abiertas, plurales, democráticas, “libres”, con derechos humanos universales, con acceso libre a las instituciones políticas, jurídicas, económicas… Sin restricciones a la hora de adquirir medios de producción, o de comunicación. Es decir, Estados no étnicos, y no nacionalistas. Esto es lo que se pretende conseguir en cada pueblo o nación; esta transformación.

Nosotros vivimos justamente en estos Estados “libres”. Y se pretende que todo el planeta viva así. Esto supone, a la larga, la muerte de las nacionalidades étnicas; de los pueblos. Digamos que vivimos los últimos momentos de las sociedades o naciones étnicas hasta ahora conocidas—tal y como hasta ahora las conocemos (al menos en Europa); que estamos viviendo los primeros momentos de su desintegración.

Estamos viendo como nuestras viejas naciones se desvirtúan, se desdibujan, desaparecen, se hunden bajo el peso de la numerosa población extranjera nacionalizada, con derecho al voto, y con acceso incluso a los órganos de gobierno.

Hoy la cosa es tanto más complicada que cuando el nacionalismo germano del siglo pasado. No sólo tenemos como huéspedes indeseados e indeseables a los judíos, sino a millones de musulmanes asiáticos y africanos, y a chinos y amerindios. Estos compiten, concurren con los autóctonos en lo económico, en lo laboral, en lo político, en lo ideológico y cultural… en lo sexual y territorial incluso. En virtud de nuestras sociedades abiertas, democráticas y universales.

Los judíos han transformado las formas de vida de nuestras sociedades—nuestras condiciones espirituales de existencia—en su propio beneficio. Estamos gobernados por constituciones políticas que son buenas para ellos (y para cualquier otro extranjero), pero malas para nosotros, los autóctonos. Nos perjudican. Y mucho.

En un Estado nacional a los extranjeros no se les concede la nacionalidad, y por consiguiente, no participan en las elecciones. Se les limita en número. No tienen acceso a la propiedad de la tierra, ni a ninguna otra propiedad. Están fuera del gobierno, de la política, de la economía, del ejército, de la legislación… de los medialos: órganos vitales y rectores de una nación. No tienen ni voz, ni voto.

El nacimiento de los nacionalismos en su momento fue, para los judíos, la aparición del “mal”—sobre todo el nacionalismo germano, que es el que más obstáculos les puso. Desde el primer momento la prensa judía le declaro la guerra. Se les acuso de no respetar los derechos humanos “universales”, de ser Estados totalitarios, anti-democráticos, racistas (por excluir de la vida pública a los extranjeros—por restringir el poder de los extranjeros). Contrarios, en definitiva, a los principios de la Sociedad de Naciones. La consigna de “la nación y los nacionales lo primero” significaba el principio del fin para ellos, y para su soterrado poder.

La guerra judía ya no es contra la Europa gentil, o la Europa cristiana (ya idas, pasadas, o vencidas), sino contra la Europa (y la Magna Europa) real o potencialmente nacionalista. Ahora se criminaliza a los grupos nacionalistas más próximos a las tesis nazis. Téngase en cuenta esto. Adviértase, además, la actitud negativa hacia los nacionalistas y los nacionalismos en todas partes—por muy moderados que estos sean (consecuencias de la vilificación pública de tales opciones o caminos). Han logrado imponer su calumniosa y oprobiosa imagen del nazismo en todo el mundo. En esta guerra, fría y caliente, que sostienen contra el nazismo, todo vale.

A lo largo de este último siglo, en esta particular guerra contra las naciones blancas ancestrales, tenemos una primera fase con la Sociedad de Naciones, tras la primera guerra mundial, y una segunda fase tras la segunda guerra y la ONU. Los valores, tanto en la primera fase como en la segunda, son los mismos—derechos universales, sociedades democráticas, y todo lo demás. El nacionalismo germano fue censurado como tal ya en el periodo de entreguerras, bajo la Sociedad de Naciones. Hitler la abandonó a la menor oportunidad. Los mismos problemas que tenían las naciones (los nacionalismos) bajo la Sociedad de Naciones, son los que se tienen bajo la ONU. Las mismas condiciones y restricciones. El mismo anti-nacionalismo étnico y cultural. La Segunda Guerra y la derrota nazi permitieron culminar la tarea de la Sociedad de Naciones—cerrarles completamente el camino a los nacionalismos de la primera mitad del siglo, sobre todo al nacionalsocialismo alemán; impedirles cualquier futuro.

Las consignas políticas y morales que rigen las Naciones Unidas (el Nuevo Orden que vivimos) son aquellas de los “derechos humanos universales”, y lo demás que se sigue.

Las sociedades abiertas, heterogéneas, liberales, y democráticas son consideradas sociedades progresistas, buenas, positivas… Las sociedades cerradas, homogéneas, socialistas, y totalitarias son consideradas como reaccionarias, regresivas, malas, peligrosas…

Peligrosas, ¿para quién? Hay que preguntar. ¿Para quién son peligrosas las sociedades étnica y culturalmente homogéneas—con derechos exclusivos de los autóctonos o nacionales? ¿A quién perjudica la exclusión de los alóctonos en las cosas propias económicas, políticas, o jurídicas?

Los pueblos democráticos y liberales no son ni autónomos, ni independientes, ni soberanos—ni libres. La actual Organización de Naciones (democráticas, liberales) Unidas dirige estas naciones. Quien dirige o influye en las Naciones Unidas gobierna la política interior y exterior de los pueblos que la integran; impone su voluntad, su ley.

Yo aconsejaría a los pueblos que tengan vocación nacionalista que salgan cuanto antes de la ONU. La ONU impide los nacionalismos. Se constituyó expresamente para cerrarles el camino. Es el fruto más aquilatado de los anti-fascistas, el corolario de los juicios de Núremberg. Los crímenes colgados a los nazis (nacionalistas germanos) fue la coartada perfecta. Ahora era posible construir naciones o Estados no étnicos, y no nacionalistas. (Estas sociedades abiertas y plurales que vivimos no son sociedades que tú elijas, sino sociedades que se nos impone. Estamos obligados a ser sociedades multiétnicas y multiculturales.)

Subscribirse a los principios políticos universales (transnacionales, transétnicos, transculturales) de la ONU, al Nuevo Orden Mundial, es rendirse, entregarse, ceder lo propio—la propia identidad, las propias armas—, capitular.

Es imprescindible para el enemigo no perder esta batalla. Tiene que mantener esa posición cueste lo que cueste—toda la propaganda anti-nazi desde antes de la guerra (desde los años 20), y desde la postguerra (desde Núremberg) hasta nuestros días; toda esa “realidad”, todo ese mundo construido (esa Matrix); las “leyes” coercitivas que se derivan, las pingües ganancias. Podría decirse que todo su “capital” está aquí invertido (han agotado todos los “argumentos”; no les ha quedado siquiera para un plan “b”—quizás, en su arrogancia, piensen que no lo necesitan).

Podemos asegurar que la imagen pública que del nazismo se da en nuestros medios de comunicación, y casi cada día, no va a variar (en todo caso, empeorará). Ésta es la fortaleza del enemigo. Con esa imagen construida nos prohíbe y nos persigue. Esa imagen es su único argumento, su única arma; su escudo, su salvaguarda. Lo único que legitima su acoso, y le protege de cualquier agresión.

No han tenido en cientos de años una oportunidad, un arma como ésta. Y no tendrán otra. Sólo disponen de esta oportunidad. No pueden permitirse el fracaso.

La imagen construida, el instrumento logrado, el arma perfecta—se matan varios pájaros de un tiro. Así es como se lo ha montado el enemigo. Hasta el momento, todo parece irle bien. Todo el mundo le sigue y secunda sus iniciativas económicas, políticas, jurídicas o represivas (lo último en Grecia, lo sucedido con Amanecer Dorado).

Lo que ocurre realmente es que los Estados temen las campañas envenenadas que les aguardan si no ceden a sus pretensiones, o los castigos económicos que puedan sobrevenirles. Las estrategias para recaudar dinero de los Estados europeos a cuenta del capital judío retenido en bancos suizos durante la última guerra, y las correspondientes indemnizaciones económicas solicitadas a varios de ellos (finales del siglo pasado) fue siempre acompañada de medidas económicas y financieras, y de campañas de prensa que incidían en las relaciones o vínculos que tales Estados tuvieron, o pudieran haber tenido, en el pasado con las autoridades nazis y sus “crímenes”. Ni que decir tiene que lograron sus propósitos. Así explotan su mentira. Basta invocar el nazismo, los crímenes nazis contra la humanidad y todo lo demás. Intimidación y chantaje son las palabras.

Es su última batalla en esta guerra que sostienen desde hace siglos contra los pueblos blancos. Desde Roma (como ellos mismos no dudan en admitir). Los “crímenes” nazis es su última baza, no les queda otra. Yo diría que esta última arma es su obra maestra—la cuestión “nazi”. Pudiera parecer, incluso, el arma definitiva contra los pueblos blancos. Un arma inspirada por la envidia y el rencor, y forjada con difamaciones, injurias, y calumnias. Un arma sucia, en verdad, pero que resulta sumamente efectiva para sus fines, y poco menos que invencible.

De implantarse definitivamente esta funesta “representación” en nuestros pueblos, los viejos europeos acabaríamos extinguiéndonos. Sería la victoria consumada del enemigo. La vieja Europa firmó su sentencia de muerte, parece, cuando la claudicación de los ejércitos nazis. Aquella derrota fue el comienzo de una cuenta atrás para nuestros pueblos. La nueva Europa será una sociedad definitivamente “abierta” y plural: multiétnica, multicultural, cosmopolita, mezclada, impura. A la medida de sus deseos. Los blancos quedaremos reducidos a una minoría entre otras. Perderemos la hegemonía ancestral en nuestras propias tierras. Nos diluiremos, nos mezclaremos… En su momento desapareceremos, dejaremos de ser, habremos sido. La vieja Europa, la Europa europea, dejará de existir, pasará a la historia (como Sumer, Egipto, o Persia), y con ella, nosotros, los europeos ancestrales. Ése es el fin pretendido por el enemigo para nuestros pueblos. Ése es el futuro que nos espera si todo continúa como hasta ahora.

Es obvio que tendremos que desmontar esa imagen si queremos ganar esta partida—si queremos tener un futuro, si queremos seguir siendo. Continuaremos desmontando sus mentiras y haciéndolas conocer por doquier. Los que han de venir nos necesitan. No nos callarán, pues. Tarde o temprano nuestras verdades harán mella en su muro. Su arma (su “historia”, su montaje, su mentira) se debilitará, perderá potencia, credibilidad. Y esto será a los ojos de todo el mundo. Todo el mundo, en esta ocasión, será testigo de su ruina—el desplome de su montaje—, y de su vergüenza. Perderán al mismo tiempo el “capital”, y el crédito. ¡Ah, viejo Shylock, tampoco esta vez te saldrás con la tuya!

Cada vez se cree menos en esa Matrix que han construido, y nadie desea esa Nueva Sión multiétnica y multicultural (esa Babel, esa locura, ese caos, ese infierno) que anuncian. Su mole se derrumba; su negocio, su “mina”. No les queda mucho.

El enemigo está cometiendo demasiados errores. Descuida las pruebas, los rastros, las huellas que de su paso deja a plena luz. Exceso de confianza en sí mismo; soberbia, arrogancia, jactancia. Hibris. Todo ese comportamiento criminal, y obsceno, diría yo, a lo largo de este último siglo (el siglo “judío”) con los rusos blancos, con los ucranianos, con los germanos, con los nazis o fascistas de aquí y de allá, con los buscadores de la verdad. Su personal guerra “anti-fascista”. Sus métodos, sus estrategias. Las matanzas llevadas a cabo; las tenebrosas invenciones (la bomba atómica); los exterminios soñados (la esterilización, hasta la extinción, de los germanos). Todo se verá reflejado en la literatura y en las historias que circularán en el futuro; en los nuevos documentales. Volverá a ser, nuestro milenario enemigo, la gente miserable y mezquina que siempre fue. Paradigma de lo peor y de lo más bajo. El artífice de nuestra actual decadencia y ruina—la disolución, la desintegración de los pueblos blancos. Todo se sabrá. Tendremos, al final, una historia verdadera.

¿Alguien recuerda cómo comenzó lo de la bomba atómica; quiénes participaron en ella, y qué objetivos tenía cuando se inicio su fabricación? Cuando la concluyeron la guerra había terminado en Europa, y no pudieron usarla contra Alemania y los alemanes, que eran los iniciales objetivos. Pero había que mostrar al mundo su poder. La usaron contra Japón, que llevaba más de dos meses buscando una rendición digna—contra un pueblo ya derrotado. Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki mostraron al mundo cuán grande era el poder de los nuevos señores. Un poder sin límites, sin barreras; un poder que no se detiene ante nada. Con aquellos sombríos resplandores anunciaron al mundo la aurora del Nuevo Orden Mundial.

Más que un debate abierto, como decía más arriba, un juicio; un juicio público contra aquellos que nos calumnian. Contra quienes mancillan y falsean la memoria histórica de los europeos. No quedarán impunes. Queremos que se revise toda la historia desde la primera guerra y los inicios de la revolución rusa hasta los inmediatos años de la segunda postguerra. Toda la primera mitad del siglo. Con todos sus “dramas” y con todos sus actores, repito. Queremos un juicio histórico público. Y éste es un juicio que, de celebrarse, y el enemigo lo sabe, tendríamos ganado de antemano—a la vista de los datos, documentos, e investigaciones que hoy poseemos; a la luz de la verdad.

El enemigo, vuelvo a decir, no puede permitirse de ningún modo la derrota (es su única oportunidad—se lo juega todo), pero ésta le alcanzará. La inmensidad misma de la mentira que cuentan acelerará su caída. Sí: nuestro viejo y resabiado enemigo será finalmente abatido. Nuestra bandera, la swástica (no tenemos otra), ondeará alegre y orgullosamente de nuevo.

Saludos,

Manu

Dos cuestiones

Sobre el concepto “gentil” y sobre cultura y religión

Ruso anónimo:
La dormición de la Virgen (detalle) ~ s. XIV
(Museo Nacional de Estocolmo)


Como el símbolo de la llamada dormición de María en teología cristiana, Europa duerme y hay que despertarla. A continuación reproduzco otro artículo de Manu Rodríguez sobre el tema:


Los términos “gentil” y “gentilidad” no tenían, en su origen, nada que ver con “cortés”, “cortesía”, o términos afines. Eran las palabras que judíos y cristianos usaban para designar a aquellos que no eran judíos o cristianos, y se usaban de forma peyorativa para designar a todo otro—la “gente”, o las “gentes”. Estos términos son traducción del término hebreo goy (goyim, plural), de igual significación. El término griego para el caso es etne (acuérdate de la música “étnica”). Recuerda también que se suele hablar de religiones étnicas (a las cuales también podríamos denominar religiones gentiles), esto es, de religiones/culturas no universales, culturas ancestrales ligadas a un pueblo y que entran en pugna con el universalismo y el totalitarismo del cristianismo, o el islamismo (porque corren el peligro de desaparecer). Estos términos (“etne”, “gentil”…) se usaban como equivalentes del concepto “pagano” (que se refiere a las primitivas tradiciones campesinas—de pago, que significa “campo” en latín), o del posterior “infiel” usado por los musulmanes, y eran susceptibles de ser usados también como armas conceptuales; como conceptos generales, tenían (y tienen) la “virtud” de hacer desaparecer a los diversos pueblos y culturas, de borrar las diferencias esenciales; la humanidad se dividió en cristianos y paganos, o en musulmanes e infieles.

Yo reivindico esta primitiva acepción del término “gentil” para designar, como digo en el blog Europa Gentil, a la Europa no cristiana, no judía, o no musulmana; a la Europa autóctona y ancestral; a la nuestra, a la propia. Es como decir: “Sí, nosotros somos los otros, los gentiles, y nos sentimos orgullosos de ello; nos sentimos orgullosos de no ser vosotros”. Es el orgullo y el honor de no haber roto el nexo milenario que te une a tu pueblo, a tu genio, a tu ser.

El uso actual del concepto “gentil” (como sinónimo de “cortés”, “galante”, o “delicado”) comenzó en la Edad Media (siglos XII y XIII), y fueron los poetas del así auto-denominado amor gentil (Guitone, Guinizelli, Cavalcanti, Dante…), herederos de los poetas del amor cortés (los trovadores), los que lo retomaron y volvieron a ponerlo en circulación ya con esta significación añadida. De esta manera se distinguían de los cristianos. Era una forma divertida y sutil de oponerse a éstos (a su ideología y a su poder), así como de burlar la censura. Confesarse gentil era confesarse cortés, y era confesarse no-cristiano… Hay que tener en cuenta la ambigüedad y, al mismo tiempo, la equivalencia lógica y semántica que introdujeron los poetas e intelectuales de aquel período en estos conceptos: “gentil” valía como “cortés”, y como “no judío”, “no-cristiano”, o “no-musulmán”. Un concepto llevaba a otro. “Sólo en corazón gentil cabe Amor…”, dijo Guinizelli. ¿Cómo hay que leer, escuchar, o entender esto?

También a finales del siglo XIII apareció un libro titulado De los tres impostores, refiriéndose, no hay qué decir, a Moisés, Jesús, y Mahoma. Todo esto (innovación semántica y aparición del libro) sucedió al mismo tiempo y en el mismo lugar: a lo largo de la segunda mitad del siglo XIII, y en Sicilia, en la corte de Federico II, al cual se le atribuye la autoría del libro citado. (Tal texto puede ser traducción o paráfrasis del libro aparecido en Bagdad hacia 1280 Examen de las tres fes, escrito en árabe por un médico y filósofo judío llamado Ibn Kammuna.)

Hay que decir que todo comienza cuando los poetas del amor cortés, que radicaban básicamente en la Provenza y en el Languedoc, buscaron refugio en la corte de Federico II huyendo de las persecuciones y las matanzas que Simón de Monfort, bajo la dirección y la orden del Papado, estaba realizando por aquellas tierras con el pretexto de acabar con los herejes cataros y albigenses. Hubo más de treinta mil víctimas.

Los poetas trovadorescos y los del dolce stil novo, los poetas del Amor cortés y del Amor gentil, son los poetas del dios Amor, del dios otro, del dios gentil. Aquella época fue para Europa un proto-Renacimiento, o un conato de ello; un destello de luz, un amago de aurora.

Todo este excurso viene a cuento por tu conexión de “gentil” con “idílico”. Te has movido en el campo de resonancias conceptuales del uso moderno del término “gentil”. Hay que tener en cuenta también el antiguo; o pensar en todos los usos posibles de un término, para hablar de manera filosófica.

Aclarado esto, te responderé. Ni idealizo, como dices en otro lugar, ni consideró idílico el pasado de mi pueblo, pues no se trata de eso. No se trata de que el pasado de mi pueblo fuera idílico o no (además, ¿desde qué punto de vista “idílico”; para quién?); se trata sencillamente de que es el pasado de mi pueblo, de mi gente, de mi sangre, de mi ser. Y no veo por qué he de abandonar o ignorar o desconsiderar el pasado propio, o, como sucede en las “conversiones”, abandonar el propio y adoptar el ajeno, lo que sería, en ambos casos, auto-alienación. Bien al contrario, he de tener mi pasado en lo más alto, y he de anteponerlo a otros. Es lo que un pueblo no debe perder, so pena de desaparecer él mismo. Es lo que un pueblo no debe perder en absoluto.

Te recuerdo que los cristianizados, sean de donde fueren, tienen a los patriarcas de los judíos como antepasados propios, y la historia de Israel y del pueblo judío como sagradas, así como santa a la tierra de Israel. Para los musulmanes, sean de donde fueren, y no sólo para los salafistas (de salaf, “antepasado” en árabe), el período de los antepasados está en los primeros tiempos tras la muerte de Mahoma, descansa en los primeros califas; su propio pasado pre-islámico es como si no hubiese sido, lo que vale también para los pueblos cristianizados y su pasado pre-cristiano. El pasado pre-cristiano o pre-islámico de los pueblos es destruido, o satanizado. Es todo un despropósito. Multitud de individuos y pueblos con pasado y antepasados espurios; aquí y allá. ¿Qué pasa con sus verdaderos antepasados, su propia historia, y su tierra ancestral?

No nos olvidemos de las vastas zonas cristianizadas o islamizadas, de los numerosos pueblos alienados de su propia cultura autóctona y ancestral. No hay más que cristianos, o musulmanes, o budistas… Creyentes por doquier. No hay pueblos, no hay otras culturas. Para numerosos pueblos e individuos sus figuras santas y sus lugares santos está en Israel y Jerusalén, o en Arabia y La Meca. Es una alienación colectiva, planetaria; un desarraigo universal.

Es la propia ideología judeo-cristiana, no su manipulación, la que sumió a toda Europa en la oscura Edad Media, en un “invierno supremo”. Hasta el Renacimiento no se comenzó a resurgir. Se recuperaron poco a poco las tradiciones jurídicas, artísticas, filosóficas, políticas y demás de la cultura greco-romana—la democracia que tanto hoy apreciamos. Se recuperó la gentilidad. Volvimos a pisar terreno europeo. Estábamos en casa. Habíamos vuelto.

Hay muchas historias truculentas, verdaderas y/o falsas, que pusieron en circulación en Europa los primeros cristianos para minar la confianza que aquellos pueblos tenían en sus propias tradiciones culturales. Se prodigó una visión negativa de las antiguas culturas—ya sin distinción, renombradas como culturas simplemente “paganas”. Se las despersonalizó, se las desdibujó.

Lo que padecemos hoy en Europa con los musulmanes es lo que el ámbito cultural greco-romano (y finalmente toda Europa) comenzó a padecer con los cristianos hace casi dos mil años. La misma crítica, la misma propaganda, la misma campaña de intoxicación, la misma estrategia de desprestigio y desmoralización de los pueblos a los que se pensaba cristianizar (ahora islamizar). El mismo proceso de aculturación y enculturación. La misma insidiosa destrucción de la memoria. Nuestras tradiciones discutidas, nuestros antepasados vituperados, mancillados; nuestro ser todo pisoteado.

Volverán a alienarnos culturalmente; volveremos a ignorarnos. La historia se repite. Perderemos de nuevo la recién recuperada gentilidad. (Estas frases puedes ponerlas también en interrogación; que pasen de aseverativas a interrogativas. La duda o la incertidumbre resultan menos dolorosas que la certeza; dan esperanzas.)

Querida C:

Un “slogan” no es una cultura. En una cultura están implicados miles de seres humanos y miles de hechos. Es de justicia tener en cuenta a todos y a todo (en la medida de nuestras posibilidades). Un “slogan” puede ser representativo de una ideología religiosa (el que tú mencionas, “ama a tu prójimo como a ti mismo”), o una política (“proletarios de todo el mundo…”), o una filosófica (“trata al otro como quieras que te traten a ti”). Estas frases, más sonoras y rimbombantes que efectivas, pueden formar parte de una cultura, pero no la representan de ninguna de las maneras. No es tan simple la cosa.


Ruso anónimo, Icono bizantino ~ s. XIV (Museo Nacional de Estocolmo)

La cultura de un pueblo es su religión; y cuanto más ligado esté un individuo a su propia cultura, tanto más religioso será. Toda la cultura, incluida la culinaria, o la manera de hacer sus necesidades, hacer el amor, o enterrar a sus muertos; su ciencia, su derecho, su música… Todo. Lo grande y lo pequeño; tierra y cielo. Y eso es lo que cada pueblo debe amar con todas sus fuerzas, y defender hasta la muerte: su propio patrimonio lingüístico-cultural, su propio mundo, sus propias condiciones espirituales de existencia; la atmósfera, el aire que requiere para respirar con amplitud y libertad. Es también el fruto de las generaciones.

En cuanto a esa frase que citas, y a esa religión, han causado en el mundo tanto daño como el que ha causado y causa el islam (recuerda lo del “el islam es paz”). Esas frases no han servido más que como instrumentos de poder y de dominio de las castas sacerdotales y políticas. Han destruido centenares de culturas y hecho desaparecer del mundo cientos de pueblos. La propia cultura china ha estado a punto de desaparecer a causa del comunismo. Se perdió la cultura egipcia, la persa, la griega, la romana… En el nombre de esas ideologías, de esos principios; en el nombre del dios de los cristianos, del dios de los musulmanes, del humanismo comunista. Toda la humanidad ha perdido: todos, individuos y pueblos, hemos perdido algo de nuestro ser. El árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida, el árbol más puro, está desmochado, sucio, roto. Labor futura será el purificarlo y recomponerlo.

El resultado final de toda esta triste historia es que no quedan en nuestro mundo sino esas pocas ideologías religiosas y políticas. Se han adueñado del planeta y lo han dividido y enfrentado. Las áreas de dominio de estas ideologías están en guerra entre sí. Nosotros, los humanos, no somos más que herramientas en manos de sus líderes religiosos o políticos. Nos enfrentan unos a otros; somos sus peones, sus soldados… Nos alienan y nos instrumentalizan. ¿Hasta cuándo?

Hablar de este tema me entristece. Tu salida me entristece. Te veo atrapada y alienada por una figura y una ideología (un personaje y su “slogan”, su “mensaje”). No eres un “espíritu libre”, aún hablas de “mensaje” y de “verdad” (de “un” mensaje y de “una” verdad), aún no te has desatado—des-alienado. Necesitas volver en ti, volver a tu pueblo, a tu gente.

¿Por qué una cita de Jesús, por qué no una cita de Tales, Solón, Tirteo, Jenofonte, Heráclito, o Píndaro? ¿Cómo tan lejos de casa? ¿Es que no conoces ya a los tuyos; te has olvidado que tienes antepasados y sabios propios? Se descuidan las enseñanzas del propio pueblo. Esto es muy común en nuestros días. Citas budistas, taoístas, cristianas o musulmanas en los labios de nuestros hombres y mujeres; y la ignorancia o el olvido de lo propio. ¿Qué saben de sus propios sabios, o de su propio pueblo?

Esos grandes personajes de los que hablas, los que proporcionan esos “slogans” maravillosos, aquellos que proporcionan el “mensaje” y la “verdad, y a los que yo no dudaría en llamar grandes narcisos, son también los “grandes hermanos” de ideologías totalitarias, de religiones universalistas, de teocracias, de tiranías sacerdotales o políticas (Jesús, Mahoma, Buda, Lenin o Stalin, Mao, Castro, el “Che” Guevara…). En nuestra Edad Media, y en los conflictos entre cristianos y musulmanes está ya todo 1984 cumplido. Ahí también puedes encontrar a los O’Brien (Bernardo de Claraval…) y a los Winston Smith y Julia (Pedro Abelardo y Eloísa); y el mundo dividido y enfrentado. En aquella Edad Media donde los únicos puntos de luz eran los poetas del amor cortés o del amor gentil. Allí donde se aposentan y alcanzan el poder estas monstruosidades ideológicas comienzan lo sombrío, lo tenebroso; la locura y el horror. Que no nos engañen con “slogans” humanitarios. Su palabra es amor y paz, pero su obra es discordia y muerte.

Tu ocurrencia es la de muchos: se hace uso de estas expresiones, de estos “slogans” salvadores, y a continuación se dice: “Si todo el mundo hiciera eso, o se comportara así…” Esto es lo que en lógica se conoce como una proposición contrafáctica, contra los hechos, imposible. Exige, requiere que no seas tú, que seas “otro/a”. Que el salmón no sea salmón, que la encina no sea encina; que todo pez sea atún, que todo árbol castaño. Es una oración condicional, no constructiva, nula, vacía. Eso y nada es lo mismo. Por lo demás, no habéis pensado hasta el final eso que proponéis. La homologación de todos, la clonación simbólica. Me da que habláis por hablar, haciéndoos eco del vacío de vuestras proposiciones. Es como un hábito, estamos acostumbrados a oír y a decir frases semejantes; a hablar en vano.

Cuando le damos cabida en la ficción, la homologación llevada al extremo da pánico; resulta terrorífica, angustiosa. Pese a todo, es el discurso y el sueño de los tiranos y de los narcisos de todos los tiempos y todas las latitudes (una república de “yoes” a su imagen y semejanza): “todo el mundo como yo, hechos a mi manera, a mi medida; si todo el mundo fuera como yo…” (y aquí viene que este narciso se considera a sí mismo como el “único” modelo válido de humanidad), “…si amara a su prójimo como a sí mismo… ¡Oh!” Así monologan los “grandes hermanos”.

Acuérdate del propio converso cuando, finalmente poseído (destruido), dice aquello de: “ya no yo, sino Cristo en mí”. Éste es el siniestro fruto del “niégate a ti mismo y sígueme”. Tenemos la homologación cristiana, cuyo modelo y gran hermano es Jesús, tenemos la homologación musulmana, cuyo modelo y gran hermano es Mahoma, tenemos la homologación budista… Tenemos la homologación comunista, con varios modelos—desde la pareja Marx-Engels, hasta el “Che” Guevara. Como virus circulan tales modelos, los prototipos a clonar. Y los bien clonados serán los “buenos” cristianos, los “buenos” musulmanes, o los “buenos” comunistas; tanto más perfectos cuanto más se aproximen al modelo. Hasta fundirse con él, como sucede en la mística cristiana, musulmana, o budista. Ésta es la suprema alienación, la extinción del sujeto y el triunfo absoluto del modelo. No sé cómo no nos estremecemos de horror ante estos procesos de alienación. El modo de reproducción de los prototipos; el proceso de duplicación, la destrucción del anfitrión.

Son diversos los modelos o sistemas de universalismo, totalitarismo, y homologación/alienación (los grandes hermanos), pero la represión, la intolerancia, la persecución, y la muerte que traen consigo son las mismas. Son utopías que, llevadas a la práctica, cumplen lo que dicen nuestros premonitorios relatos de ficción, conducen al absurdo y al horror.

La misma opinión que nos merecen los europeos que se islamizan hoy podemos tener de los europeos que se cristianizaron ayer, o de aquellos que aún hoy defienden y mantienen el cristianismo de una u otra manera. O saben, o no saben.

Están los perfectamente alienados / adiestrados / instrumentalizados desde la cuna. Son también los desarraigados, los llevados a otro lugar; los espiritualmente extrañados; los decapitados (los que no tienen “cabeza”).


Maestro del Taüll, Bartolomé y María ~ siglo XII, Museu Nacional d’Art de Catalunya


Los peores son, sin duda, los conversos. Los que voluntaria y deliberadamente abandonan lo propio y adoptan lo ajeno; los que abandonan a los suyos; los que se auto-extrañan de su propia familia, de su propia gente, de su propio pueblo. Son los únicos infieles; no hay otros infieles.

Espero que mis palabras te ayuden a redefinir o a reubicar los conceptos “cultura” y “religión”; y a reencontrarte con ellos.

Hasta la próxima,

Manu

Published in: on abril 29, 2013 at 9:25 pm  Comments (1)  

Carta de Manu

manu


Querido Chechar:

He estado leyendo los artículos relacionados con el aniversario de Hitler que se han estado publicando en CC [Counter-Currents Publishing] y en otros sitios, y me han hecho pensar acerca de mi actitud crítica (abierta) con respecto a él. Me gusta el artículo de Johnson (“The Burden…”) en CC (es del 2011).

En este tiempo de derrota, en este interregno (como tú dices en algún lugar), en esta noche que padecemos, no es prudente, ni sabio, desde nuestras filas, lanzar la más mínima crítica sobre el período nazi (no podemos pasarle armas al enemigo). Por lo demás, es el único hecho de relevancia de nuestros pueblos en los últimos miles de años, me atrevería a decir.

Ciertamente este aniversario, los artículos, pero también tus palabras, me han hecho repensar todo este período. En este período el pueblo arya aparece identificado y reconocido por primera vez en la historia de los pueblos. Por primera vez nuestros pueblos adquieren conciencia de sí, acerca de su origen y de su naturaleza. Desde el surgimiento de nuestro pueblo (aquel núcleo primitivo), hace seis o siete mil años, no se había producido un evento semejante. Fue una aurora, una nueva aurora. Fueron momentos sublimes.

Este “nacimiento” tiene que ver con el surgimiento de los estudios indoeuropeos, y los estudios sobre evolución y genética de la época. Se difundieron conocimientos nuevos acerca de nuestro ser biocultural; acerca de nuestra raza, y de nuestras lenguas y culturas. Fue un reconocimiento. Fue como mirarnos por primera vez en un espejo. Estábamos allí, en aquellos textos: en los himnos del Rig Veda, en la Ilíada, en la Eneida, en los Eddas, en el Mabinogion… Éramos nosotros, nuestra sangre, nuestro genio, nuestra raza, la que había generado aquellos textos, aquellas culturas, aquellos mundos.

La swastica, nuestro estandarte, no sólo se alzó contra el liberalismo y el comunismo… Apenas empezamos a comprender hoy la grandeza y el alcance de su misión—y de nuestra misión. Para situarnos podemos hacer nuestras estas certeras palabras de Saint-Loup (es el primer aforismo de Quotations):

[Hitler était] l’homme qui avait jeté au monde ce prodigieux défi : attaquer en même  temps le capitalisme anglo-saxon, le bolchevisme rouge, le racisme juif, la franc-maçonnerie internationale, l’Eglise catholique, le paupérisme et les iniquités sociales, le traité de Versailles, le colonialisme, la pagaille française et la Home Fleet.

Y la lista no está completa.

No fue sólo Hitler, fue Alemania entera; el completo pueblo alemán. Fue una “empresa” colectiva.

Nace armada, como Atenea, la comunidad alemana, la primera comunidad arya en despertar, o en renacer, y lo hace para combatir contra aquellos que han procurado su mal; contra todo un entorno cultural contrario, adverso, que niega su ser. Espiritualmente alienada tiene que luchar contra el engaño judeo-mesiánico, contra el “milenio cristiano”. Y no fue el único engendro judío con el que tuvo que enfrentarse esta recién nacida nación arya, también el comunismo medraba entre la población haciendo estragos, y otros. La hidra judía se había multiplicado, se había ramificado; tenía demasiados rostros, demasiadas cabezas.

No parece que hayamos tenido sino un solo enemigo a lo largo de la historia, los pueblos semitas y sus discursos (judíos, judeo-mesiánicos, y musulmanes). Nos dominan espiritualmente. Es múltiple la alienación que padecemos a manos de semitas o de ideologías semitas (religiosas, políticas, económicas; antropológicas, sociológicas, psicológicas…).

Nuestro enemigo nos posee de una u otra forma. La espantosa hidra judía. Tifón. El mal, nuestro mal.

¿Fue un despertar, o un nacimiento prematuro? Demasiado joven esta comunidad para enfrentarse a este monstruo milenario. Como un joven héroe ha fracasado en su primer intento por derrotarlo. Demasiado vieja y astuta esa monstruosidad. Se zampó al muchacho, y a la joven comunidad arya, en unos pocos años.

Fue el primer intento, nada más; el primer combate verdadero. Hasta entonces habíamos estado padeciendo sus imposiciones y estrategias sin advertir siguiera que estábamos siendo atacados. Llevaban  miles de años privándonos de nuestras cosas, negándonos nuestro ser ancestral, vituperando a nuestros antepasados, mancillando nuestros lugares sagrados; dividiéndonos, enfrentándonos –sembrando la discordia entre nosotros. Hay que advertir el dualismo (maniqueísmo) judeo-mesiánico en su libro sagrado (AT y NT), pero también en el marxismo, o en el psicoanálisis. La diseminación de estas ideologías forma parte de su estrategia de dominio.

Somos un  pueblo joven, una raza joven. Nos falta experiencia. Este interregno ha de servir para fortalecernos espiritual y culturalmente.

Dices tú, en un comentario en el artículo de Johnson (The Burden…), que el “revisionismo” de Hitler y el periodo nazi es esencial. Estoy absolutamente de acuerdo, el período nazi en su conjunto (desde que nace hasta que cae vencido) hay que reivindicarlo, y hay que reivindicarlo por varias razones. Es esencial en nuestra historia, en la historia de los pueblos aryas. Se trata de nuestro nuevo nacimiento, de nuestro primer enfrentamiento con un enemigo milenario, y de nuestra primera derrota. Ni más ni menos. Este episodio tiene que tener absoluta preeminencia entre nosotros. Ha de ocupar el lugar más alto en nuestra memoria, en nuestras reflexiones, en nuestros corazones.

Hay que rescatar la memoria de ese período y elevarla a lo alto con orgullo. Debemos estar orgullosos de ese período. Fuimos derrotados, pero no vencidos. Seguimos vivos y activos. Si no vencemos a la próxima, venceremos a la siguiente. Venceremos al fin. Lo sé.

El nacimiento de nuestro pueblo se gesta en los años previos a la llegada de Hitler al poder. La conciencia arya de todo un pueblo vio entonces la luz, o recibió su “bautismo” público. Todo un pueblo se reconoció. Es 1933 el año de su nacimiento. La primera comunidad arya que se reconoce como tal. Su derrota se produce el año 1945. Estamos, pues, en el 80 aniversario de su nacimiento; del nacimiento de la primera nación arya, de la nación arya misma.

Ese período es un hito sin igual en nuestra corta historia. La primera aparición de nuestro pueblo en la historia. Ahora somos un pueblo –la nación arya.

Hitler simboliza nuestro primer período, nuestra primera batalla, y nuestra primera derrota. Su lucha era nuestra lucha. Su derrota, fue nuestra derrota. Pero no ha  acabado con nosotros esta derrota sufrida en nuestro primer enfrentamiento abierto contra el mal; contra nuestro mal. Fuimos derrotados, si, ¿y qué? Era enorme aquello contra lo que se luchaba. Demasiados tentáculos la hidra. No pudo ser. La próxima vez conseguiremos vencerla, o la siguiente. La guerra tan sólo ha comenzado.

Estos aniversarios de Hitler y del nacimiento de nuestro pueblo han sido también para mí como un pequeño renacimiento. Digamos que veo más luz, que veo más claro. Presiento, barrunto la próxima batalla (que habrá próxima batalla). Y esta vez tendremos un espacio desde donde avanzar, un baluarte, un punto de apoyo (la propia nación arya). Reconquistaremos a nuestros pueblos. Tenemos muchos y muy buenos guerreros espirituales, y bien armados de conocimiento y de verdad. Al final, venceremos.

Éste es mi espíritu ahora. Ya somos un pueblo.

Chechar, siento que te debía esta carta (y a todos aquellos a quienes he contrariado con mis acerbas palabras acerca de Hitler y el período nazi).

Saludos,

Manu

Published in: on abril 26, 2013 at 11:17 am  Comments (1)  

Cordial discusión

“Chechar” investigando las “Caras de Bélmez” en Andalucía en 1992.

Concluyó que el caso era un fraude.



Estos días el hallazgo de verdaderas gemas en el blog de Manu Rodríguez me ha llevado a traducir algunos de sus ensayos para mi blog en inglés y, con su permiso, estaré dispuesto a seguir traduciendo muchos otros. Sin embargo, debo decir que no estamos de acuerdo en todo. En su entrada “De mi correspondencia” el enero pasado, Manu escribió:

No me gusta el pan-germanismo de algunos autores. Demasiado provinciano, diría yo. En el periodo nazi, y pre-nazi, este pangermanismo les llevó a menospreciar al resto de los pueblos indoeuropeos. Hay que pensar en términos raciales blancos, simplemente, y en todos nuestros pueblos y tradiciones.

De lo poco que he leído de Hitler veo que, tomando en cuenta lo que realmente salió de sus labios (véase el libro Hitler’s Table Talks), el canciller no despreciaba a otros pueblos europeos. Admiraba enormemente a Italia por su arquitectura, por ejemplo. Y quedó pasmado cuando, después de conquistar Francia, visitó sus museos.

Hitler, y los suyos, son una grave obstáculo y un oprobio para la causa arya. No era el Führer adecuado; no era el que se esperaba –el que se espera. Su pangermanismo no pasaba de ser un micro-nacionalismo a nivel indoeuropeo (eurasiático); un provincianismo decimonónico.

Hay que tomar en cuenta que Hitler simplemente no podía pensar en términos de lo que, a mediados de los años noventa del siglo XX, en Estados Unidos se comenzó a denominar “nacionalismo blanco”. Por supuesto que un político de principios de siglo no podía sino pensar en términos nacionales, especialmente después de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial.

Es notorio el menosprecio (que denota ignorancia) en que tenía a los eslavos, cuando, siguiendo su idea (racial) al respecto, esto es, adoptando su medida, podía encontrar más aryas puros en Bielorrusia, Ucrania o Rusia que en la misma Alemania.

Yo creo que la animadversión contra Hitler se debe a la propaganda aliada después de la guerra, la cual nos persigue hasta la fecha. Te lo voy a poner de esta manera:

Si fuera posible, festejaría que los anglosajones, especialmente los americanos, fueran militarmente conquistados por un pueblo europeo debido precisamente a que han sido la fuerza más destructora para la raza blanca en el mundo moderno. (Ve por ejemplo las entradas en mi blog en inglés bajo el rubro “Who is the real foe?” que aparecen enlazadas debajo de la imagen de Lady Godiva.)

En 1942 la mayor fuerza antiblanca era la Unión Soviética, la cual había asesinado por hambre a seis o siete millones de ucranianos, en gran parte por haberles hecho el feo a los judíos en tiempos zaristas. Pues bien: ¿Qué de malo puede tener invadir a la nación que le había dado, por mencionar otros genocidios antiblancos, al judío Yagoda tal poder genocida de matar a otro tanto de millones caucásicos?

Si tienes a un asesino en serie de blancos de tamaña magnitud en la esquina de tu casa ¿qué tiene de malo invadirlo? En otras palabras, el problema de los alemanes fue militar, no moral. Debieron esperarse a tener la bomba atómica.

Como dije, actualmente quienes merecen una invasión son los gringos, quienes empoderaron a los judas como no lo había hecho ninguna nación blanca en toda la historia, probablemente ni siquiera la Rusia de Stalin. ¿Significa esto que desprecie a los anglosajones como raza?

Por supuesto que no. Significa más bien que desprecio una forma específica de cultura calvinista que ocasionó tanto la guerra de secesión decimonónica como el desenlace fatal de las guerras mundiales: una cultura casi del todo judaizada que nos está matando.

Es de notar también su despreciable círculo, afín al esoterismo más burdo, más plebeyo. Ciertamente, había mucha ignorancia y subcultura alrededor de Hitler y su ‘movimiento’; sus fuentes míticas o legendarias, por ejemplo, son espurias, inauténticas, impuras (son híbridos, mezclas, monstruosidades…).

El mismo Hitler decía que no se le puede exigir al político lo que se le exige al académico o al docto. Al político hay que medirlo en contraste a los otros políticos de la época, y Hitler admiraba enormemente la ley migratoria americana de 1924 porque impedía invasiones de color en nuestras tierras. Ese es el parámetro que nos importa. Si hubiera ganado la guerra, ni Europa ni Norteamérica estarían tan inundados de “raza”, como decía uno de mis tíos.

Hitler fue derrotado, ciertamente, pero también fracasó, y llevó a su pueblo a la derrota.

En realidad, lo que sucedió cuando nuestros padres eran niños fue el mayor crimen de la historia occidental. No exagero. Sugiero que leas los extractos que saqué de un reciente libro de Tomás Goodrich. Ese libro, Hellstorm, completamente cambió la noción que tenía de los sucesos.

Lo lamento por el pueblo alemán, aunque no es el único que ha pagado las consecuencias de su derrota. Ha perjudicado bastante a nuestra causa. Llevará años recuperar el prestigio moral ante nuestros hermanos.

Fueron los malditos aliados los responsables, no los alemanes.

Me atrevería a decir que no fue un buen líder, que no fue el Führer adecuado. Insisto, fue su propio pueblo el que, en primer lugar, pagó las consecuencias de sus errores (tácticos, militares), y de su ‘hybris’, como decían los griegos, de su soberbia y de su arrogancia. Un griego diría que Zeus le enloqueció y le condujo a su propia ruina. Alemania está moralmente postrada y humillada desde entonces.

Si leíste el Archipiélago de Solyenitsin verás que en un pasaje el gran escritor ruso, encerrado como estaba, casi deseaba una victoria alemana a fin de que pudiera salir de sus mazmorras y ver liberado a su pueblo.

Yo diría que la hybris fue la anglosajona, como dice Tom Sunic, aunque es obvio que Hitler cometió un error garrafal al invadir a la Unión Soviética.

Hitler. Un falso Führer que atentaba contra la verdad con sus torpes mistificaciones. Un militar frustrado e incompetente que llevó a su pueblo a la derrota y al deshonor (con sus locuras avergonzó y humilló a su propio pueblo). Un ignorante que iba contra su misma sangre –contra pueblos hermanos. Un falso héroe, un impostor. Así lo veo yo.

Yo creo que toda esa crítica debe dirigirse a los anglosajones, no a Hitler. Él quiso conquistar la Unión Soviética porque muchos judíos habían conquistado el poder allí, como MacDonald demostró en sus escritos, así como en la traducción en su blog del último libro de Solyenitsin (Doscientos años juntos, libro que ningún editor americano se atrevió a publicar).

Me encantaría que leyeras mis extractos de Tomás Goodrich, enlazados arriba, antes de continuar esta cordial discusión.

Un saludo,

César

El dios que desata y libera

por Manu Rodríguez

Me hablas de Occidente, de la decadencia de Occidente, del fin de Occidente… Pero es el Occidente Blanco el único que corre el peligro de desaparecer. El Occidente Blanco, las naciones aryas: Europa y la Magna Europa. El Occidente nuestro: nuestra fuerza, nuestro empeño, nuestra labor. El multiculturalismo y la inmigración están provocando la disolución de nuestras naciones. Nuestros países se llenan de subsaharianos, de musulmanes asiáticos y africanos (los más numerosos), de chinos… En su momento seremos minoría en nuestras propias tierras.

¿Nación arya? No somos aún una nación arya. No podemos constituir una “liga” de naciones aryas. No podemos acudir en nuestra defensa. Estamos atados, y desarmados. Primero tenemos que liberarnos. Somos, desde hace milenios, pueblos alienados, naciones alienadas. La tradición judeo-cristiano-musulmana, semita, nos domina por completo. Son, en último término, tradiciones semitas las que nos instruyen o conforman (nos deforman y destruyen más bien) desde que nacemos—desde la cuna a la sepultura.

No somos nosotros, no hablamos nosotros en tanto lo hagamos desde ese espacio, desde ese lugar: el ámbito judeo-cristiano-musulmán. Dentro de estas tradiciones no somos, desaparecemos.

El cristianismo fue para nosotros un caballo de Troya (un regalo envenenado). Fue el arma usada por los judíos para introducir mansamente su mundo en nuestras mentes y corazones y hacer valer su causa (es el pueblo elegido); para minar también nuestra confianza en nosotros mismos, y sembrar la duda y la mala conciencia acerca de nuestras tradiciones; para disolver nuestra identidad cultural, para dividirnos, para debilitarnos, para deshacernos. La estrategia de Saulo, el apóstol de los “gentiles”. Tenía sus riesgos y desventajas para ellos mismos, pero les mereció la pena. Lograron sus propósitos. A la postre, la tradición judía se impuso sobre nuestros pueblos.

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Con el “nuevo testamento” venía también el “antiguo testamento”, el completo mundo judío—que acabó devorándonos. La “buena nueva”, el “evangelio”, era el señuelo “luminoso”. El cristianismo es un judaísmo para gentiles. Un medio-judaísmo, añado; un judaísmo des-potenciado, descafeinado, castrado y castrante. Un ideario para esclavos, siervos, y subordinados.

El anti-judaísmo o la crítica a los judíos en los evangelios, o en Saulo, es una cortina de humo. Esto es lo que consiguió introducir el nuevo orden cristiano en nuestras tierras europeas: un nuevo y único dios, el dios de los judíos; una nueva y única tierra sagrada, Israel, la tierra de los judíos; una nueva y única historia sagrada, las escrituras judías (escritos judíos y judeo-mesiánicos—cristianos); una única lengua sagrada (el hebreo); un único pueblo elegido… Y no olvidemos que “la salvación viene de los judíos” (en el Nuevo Testamento). Entretanto, nuestros pueblos, tierras, historias, e identidades fueron desacralizados, profanados, y proscritos (antepasados, templos, lugares sagrados, tradiciones varias, libros…).

La cristianización de nuestros pueblos acabó destruyendo nuestras identidades ancestrales, nuestras genuinas señas de identidad. Se destruyó nuestra memoria colectiva ancestral. Fue un violento proceso de aculturación y enculturación. Allí morimos—murieron nuestros pueblos; o fuimos transformados en otra cosa. Allí comenzó nuestra alienación, nuestra vida alienada, nuestra historia alienada.

Tras las cristianizaciones nuestros pueblos dejaron de existir. No más griegos, romanos, godos, galos, o eslavos; a estos no se les dejó otra identidad que la de ser o no ser cristianos. A los diversos pueblos europeos aún no cristianizados se les hizo desaparecer, fueron aglutinados y difuminados bajo el término “pagano”, que viene a decir rústico o campesino. El término hacía alusión a los cultos campesinos romanos, pero también tenía connotaciones de inculto, de no cultivado o no civilizado. Era (y es) un término despectivo. Al igual que el de “goyim” (“gentes” o “gentiles”, dichos también despectivamente) que nos aplicaban y aplican los judíos (o el de “kafir” que más tarde usarían los musulmanes—el otro hijo judío, el otro vástago de la cepa judía, el segundo engendro).

Dicho sea de paso, el libro sagrado de los judíos (y de los cristianos) es un auténtico protocolo de acción con respecto a los otros, a los “goyim”, a las gentes, a los gentiles; la estrategia de dominio de los judíos (y los cristianos) frente a los otros. Advierte, por ejemplo, la técnica de difamar y minar la moral de los pueblos o ciudades cuya destrucción o conquista se pretende, aquello que envidian, codician, o temen: Egipto, Canaán, Jericó, los filisteos, Sodoma, Babilonia… Roma. (Occidente, en la actualidad). Los furiosos anatemas que se les lanzan. La pintura que hacen de sus poblaciones, de sus costumbres (su decadencia y todo lo demás). Es la injuria y la calumnia sobre los pueblos otros. Los musulmanes cuentan además con un texto suplementario, el Corán. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Corán se dan indicaciones literales y alegóricas de cómo se ha de conquistar, destruir o, simplemente, tratar al otro (“goyim” o “kafir”), los pasos a seguir. Son “artes de la guerra”, manuales de estrategia para todo tiempo y lugar. Tales estrategias de dominio se incluyen en lo que se define adecuadamente como “estrategias evolutivas de grupo” (en MacDonald).

Nosotros, los pueblos aryas, el Occidente Blanco, carecemos de tan manifiestas “estrategias evolutivas de grupo” (a la manera semita). No estamos, sin embargo, faltos de consejos y de avisos, de sentencias sabias, de libros luminosos; de sabiduría. Contamos además con mitos, leyendas, y cuentos maravillosos, los viejos relatos pre-cristianos, que nos proporcionan las armas y estrategias que necesitamos, y un lenguaje propio, el lenguaje épico-heroico nuestro. Pertenecen al tiempo en el que teníamos conciencia de grupo, cuando este sentimiento de pertenencia a un pueblo estaba aún vivo (romanos, germanos, celtas…). Los relatos sobre amenazas, por ejemplo, que afectan a todo el colectivo, o a todo el Reino. Son relatos en lenguaje figurado o alegórico, y pueden ser aplicados en las circunstancias adecuadas.

La estrategia evolutiva de judíos, cristianos, y musulmanes se encuentra, pues, en sus libros sagrados. No necesitan de otros “protocolos”, ni de otras hojas de ruta. Tales textos sagrados son intocables, por supuesto. Los aspectos supremacistas (megalomaníacos) o crueles implícitos y explícitos en dichos textos son generalmente excusados (dada su naturaleza arcaica y religiosa, dicen). Aún más, estos libros “sagrados” son universalmente elogiados por su humanidad y su altura moral. En ciertos círculos se les considera como pasados de moda, inocuos, inofensivos. No puede caber mayor confusión al respecto—mayor engaño.

No podemos reprochar al enemigo su astucia. Si se aceptan sus discursos (si se juega su juego) se aceptan su supremacía y nuestra sumisión. Así de simple. Y esto vale tanto para el discurso judío como para el cristiano, o el musulmán. “Te concedo la vida eterna si abandonas todo lo que tienes (o te niegas a ti mismo) y me sigues…”, de esta guisa son sus reclamos. Y así parten, bien pertrechados de cebos, a la pesca y captura; a ver quién pica, a ver quién cae. Así pasan los días y sobreviven. No podemos culpar al tramposo porque hayamos, nosotros o nuestros antepasados, caído en sus trampas. En nuestra mano está el no caer en ellas. Fuimos nosotros, los ingenuos, los bien-intencionados, los no avisados, los confiados y bobos blancos los únicos responsables de nuestra torpeza.

Hay que decir que en tal caída perdimos nuestra luz y nuestra libertad. Fue un error aquel paso dado, un grave error que las generaciones presentes y futuras hemos de reparar.

Ingenuos, tontos, indiferentes, cómplices, cobardes, venales fuimos. Hubo de todo en aquel descenso, en aquella muerte, en aquel olvido. Es bueno guardar memoria de este doloroso asunto. El tramposo no es cosa del pasado, sigue aún entre nosotros.

Desde el siglo pasado contamos con una nueva hornada de instigadores judíos (Adorno, Marcuse…), y más recientemente musulmanes (Said, Rauf, Ramadan… El islam sigue desde sus comienzos la estrategia de los judíos, la ha mejorado incluso), que se dedican a criticar, censurar, y minar (sin la menor legitimidad) los fundamentos económicos, políticos, sociales, o culturales de nuestro mundo contemporáneo al tiempo que abogan por una sociedad multirracial y multicultural en nuestras tierras (¿con qué derecho estos extraños proponen cualquier modelo social en nuestras tierras?). Traen por igual la enfermedad y el remedio, por igual diagnostican y recetan, como los antiguos cristianos (con su pecado original, que afecta a toda la humanidad, y su bautismo reparador), o los modernos psicoanalistas (con sus malsanos complejos, poco menos que innatos y universales, y su correspondiente cura psicoanalítica). Las maquinaciones y triquiñuelas del enemigo. Hoy como ayer. De nuevo circulan impunemente estos miserables con sus ponzoñosos discursos mancillando, enfermando nuestro pasado y nuestro presente, y condicionando, poniendo en peligro nuestro futuro con sus insidiosas propuestas socioculturales, con sus maliciosas terapias sociales (con sus renovados anzuelos).

El novísimo testamento que nos predican estos nuevos apóstoles de la gentilidad nuestra (recién recuperada tras la caída del Antiguo Régimen). Es un nuevo ataque adaptado a los tiempos. Es una nueva amenaza. Es una nueva prisión, un nuevo oprobio, un nuevo exilio lo que nos tienen preparado.

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Nos están construyendo un Occidente (un hogar) vago, difuso, borroso; de fronteras abiertas, tolerante, plural; multirracial, multicultural, cosmopolita. Una utopía, nos dicen, un paraíso. Están construyendo nuestra ruina, nuestro infierno; reduciendo nuestro espacio vital; destruyéndonos fría, lenta, y sistemáticamente. En nuestra propia casa. Los huéspedes, los invitados.

Es un lavado de cerebros colectivo el que padecemos bajo estos discursos de “salvación” (desde nuestros gobiernos, medios de comunicación, o centros de enseñanza). Han logrado capturar la atención y la simpatía de parte de la población (los “buenos”, la bien-intencionada izquierda). Están además los desgraciados conversos (los convencidos, los engañados, los confundidos…, los inconscientes traidores). Tanto unos como otros pasan a formar parte de las filas del enemigo entrando de este modo en guerra contra su propia raza, su propia gente, y sus propias tradiciones culturales; dañando, haciendo mal, perjudicando a los suyos. Saben bien dónde echar las redes estos granujas. Ahora como entonces.

Es un ataque múltiple y altamente peligroso el que padecemos en la actualidad—demográfico e ideológico. Son las últimas batallas en esta guerra fría que no tardará en tornarse caliente y cuya finalidad no es otra que la de acabar con la ancestral homogeneidad cultural y racial de nuestros Estados, naciones o pueblos. Desvirtuar nuestro continente, nuestra geografía humana milenaria. Destruirnos racial y culturalmente. Convertirnos en minoría en esta tierra nuestra, en la tierra de nuestros antepasados. Es la venganza perfecta; la venganza consumada. Finalmente desposeídos de nuestras tierras y de nuestros cielos (no habrá otros cielos que los semitas). Esta vez lo perderemos todo.

Estamos en desventaja ante esta ofensiva. Atados de pies y manos; moralmente desarmados. Con lenguaje prestado, ajeno, enemigo. El lenguaje cristiano o pseudo cristiano que se nos impone (todos los hombres somos iguales, derechos humanos universales…; tolera, sufre, ama al enemigo…) nos invalida, nos paraliza, nos enmudece, nos detiene. Con ese lenguaje jamás venceremos a nuestros enemigos, a aquellos que pretenden nuestro mal. Es el lenguaje que forjaron y forjan para nosotros los enemigos de nuestro ser; el arma “moral” que nos dejan, aquella que nos desarma absolutamente. Es el arte de transformar a lobos y osos en cabritos y corderos. Los regalos envenenados del enemigo.

No podemos reprocharle al enemigo ni su estrategia ni su voluntad de dominio. Hace lo que puede. Añado tan sólo que nuestra estrategia y nuestra voluntad de dominio han de superar con creces las del enemigo; nuestra luz y nuestra voluntad de futuro.

Liberarnos, recuperarnos, purgarnos. Deshacernos de ellos. De esto se trata. Sudarlos como una mala fiebre. Expulsarlos, arrojarlos fuera de nosotros; de nuestras tierras, de nuestras vidas. Purificarnos. Librarnos de nuestro mal. Sanar.

No será tanto una salida, un éxodo, como una expulsión, una purificación.

Zeus es el dios-padre de nuestros pueblos, Zeus/Dyaus. Todos los pueblos aryas le invocan. Zeus es el dios de nuestro genio. Es un dios diurno, luminoso, solar. Nosotros amamos la claridad, la verdad, la justicia, la sabiduría.

Statue-of-Zeus-at-Olympia

Nosotros amamos también la embriaguez; la embriaguez divina, la que trae la alegría. Zeus/Dyaus es nuestro Soma, nuestro Dioniso, nuestro Balder, nuestro Lug. A él le debemos la claridad sin sombra, el vigor, y el entusiasmo.

Somos un pueblo en marcha; nunca quieto, nunca detenido. Siempre adelante, siempre en progreso. Somos un pueblo que marcha, que avanza, que va. Detrás tenemos muchas historias, muchos renacimientos; muchas auroras. Somos un pueblo que renace.

Somos también un pueblo con memoria. Un pueblo que no olvida su pasado, sus pasadas transformaciones. Desde el paleolítico a nuestros días. Un pueblo con memoria que vive conectado a todos sus pasados. El pueblo con más larga memoria es el pueblo con más largo futuro.

Esa memoria se recibe como un don santo. Es la memoria de mis pueblos; de todos los avatares, de todos los tiempos. Son los cielos de mis pueblos. El patrimonio espiritual, simbólico, de los pueblos aryas. Sólo mi pueblo tiene el derecho y el privilegio de recibir ese legado. Ningún otro pueblo tiene derecho a nuestra historia, a nuestra memoria, a nuestros cielos.

Europa, Aryana. La tierra madre de los aryas europeos; la metrópolis. Nuestra tierra sagrada.

La tierra de nuestros antepasados; y el espíritu, el genio de nuestros antepasados. Esto hemos de proteger y legar a los venideros.

Las presentes y futuras generaciones aryas tenemos una grave responsabilidad. Nos ha tocado el más arduo destino, el más necesitado de las mentes y de las manos de todos. En este trance, o nos salvamos todos, o no se salva ninguno. Hemos de reconstituir el árbol en su plenitud. No podemos dejar a ninguno de nuestros pueblos en manos de los semitas (judíos, cristianos, o musulmanes). Todos hemos de salir de esta noche, de esta muerte, de este abismo en el que llevamos cientos de años detenidos.

Amigo mío, en el combate se encuentran la luz y la libertad. Claridad, vigor, y entusiasmo te deseo. Que el dios que desata y libera esté con todos nosotros.

Published in: on abril 8, 2013 at 11:23 pm  Dejar un comentario  

Carta a las generaciones identitarias

El propósito de estas líneas es informar a los jóvenes identitarios europeos acerca de algunas webs y blogs estadounidenses. Ahora mismo es en EEUU donde podemos encontrar no sólo la vanguardia sino la edad de oro del pensamiento racial blanco (arya, indoeuropeo, o como gustéis).

Digamos que los puntos de partida son el darwinismo, la sociobiología y la psicología evolutiva, y la genética, representados por autores ya clásicos como J. Philippe Rushton, autor de Raza, evolución y conducta, y Arthur R. Jensen (ambos recientemente fallecidos), entre varios otros de no menor importancia (Richard Lynn, Frank Salter…).

El teórico más relevante en los momentos presentes es Kevin B. MacDonald, editor de The Occidental Observer y The Occidental Quarterly y autor de una trilogía indispensable: A people that shall dwell alone, Separation and its discontents, y The culture of critique.

En The Occidental Observer tenemos direcciones de importantes blogs y webs como American Renaissance (Jared Taylor), VDare (Peter Brimelow), o Counter Currents (Greg Johnson), entre muchas otras. En The Occidental Quarterly y en American Renaissance encontraréis secciones (“back issues” y similares) donde podréis descargar archivos PDF de sus pasadas publicaciones.

La nómina de autores es extensa y los trabajos son de altísima calidad, y con una clara conciencia de sus raíces étnicas y culturales.

(Léase todo el artículo: aquí)

Published in: on abril 4, 2013 at 9:53 pm  Dejar un comentario  

Comentario de Manu

Corto y pego
el siguiente comentario
que me hicieron
en mi blog en inglés
:



Estimado Chechar, no todos los españoles piensan así. Las causas de nuestra decadencia en el pasado (cuando la cristianización) y en el presente se debe a nosotros mismos. Me remito a algunos fragmentos publicados en uno de los post del año pasado:

Ya en tiempos pre-socráticos podemos advertir este menosprecio a una parte fundamental de nuestra cultura: en las caprichosas y superfluas teogonías y cosmogonías paralelas de Epicarmo y Ferécides, que rivalizaban con las tradiciones recogidas y transmitidas por Homero y Hesíodo y confundían al pueblo; en pitagóricos y pseudo-órficos con sus almas individuales y sus propuestas religiosas (religantes, culturales) de salvación ‘personal’ –individualistas, y ‘universales’–, que escindían al pueblo, y que terminaron influyendo en Platón; en ciertos filósofos (Jenófanes)… Finalmente, en tiempos post-socráticos, que coinciden con el período alejandrino –culturalmente caótico, cosmopolita–, circularon las éticas filosóficas de cínicos, estoicos y epicúreos, ya plenamente individualistas y universalistas (transnacionales, apátridas, para ‘todos’ los hombres) y tan acordes con la descomposición cultural de la época. Considero que fue un grave error este descuido, este menosprecio que digo por parte de la ‘intelligentsia’ helena; con ello, como dijera Nietzsche, el pueblo griego perdía su derecho al ‘dios autóctono’. Esta ‘intelligentsia’ tendría que haber tenido a su cuidado este legado autóctono y ancestral.

Esta actitud precisamente terminó debilitando la firmeza y seguridad que el pueblo tenía en sus propias tradiciones culturales (religantes, sim-bólicas). Esas tradiciones, esos ‘mundos’, formaban parte de la memoria colectiva ancestral de nuestros pueblos, y ésta resultó devastada, desertizada, anihilada por nuestros propios filósofos y pensadores.

Estos fueron de alguna manera los responsables de aquella gran derrota, de aquella debacle, de aquella alienación que supuso la pérdida de nuestras culturas cuando la cristianización. Descuidaron su deber –no sólo la instrucción del pueblo, sino el cuido y la defensa de nuestras tradiciones (de nuestros mundos) frente a otros. Nuestros pueblos perdieron sus bienes culturales, o lo vieron mancillado, minusvalorado, o ridiculizado por sus propios congéneres.

La cosa no mejoró cuando Roma, pues las escuelas ya citadas de estoicos y epicúreos dominaban por doquier en el Imperio, y las palabras de Catón, o de Cicerón no pudieron evitar esta disolución, esta desintegración de las bases culturales simbólicas (colectivas) de griegos y romanos.

La entrada de sectas judías, caldeas, egipcias, persas… se encontró con un pueblo desorientado, descuidado, abandonado, sin guía, y con sus tradiciones menospreciadas por las clases ‘ilustradas’. Allí hicieron presa los predicadores de estas sectas. No es sólo Platón, no es sólo el cristianismo. Fueron siglos de incuria y de burla los que pusieron a nuestros pueblos en manos de estos predicadores de divinidades extranjeras.

El mismo razonamiento podemos hacer con las tradiciones de germanos, celtas, eslavos y demás. Estos parece que se contagiaron de la actitud general que tenían griegos y romanos con sus propias culturas; no las valoraban en absoluto. Los valores, parece, estaban en otro lugar: en el poder económico y militar, o en las religiones de salvación ‘personal’ que venían de fuera. Esto, por otra parte, denotaba la desintegración, la descomposición ya previa de estos pueblos.

Nadie obligó a cristianizarse a godos, longobardos, burgundios y francos a no ser su codicia de poder y su voluntad de apropiarse de los restos del Imperio adoptando sin reflexión ni discusión las bases ‘ideológicas’ de éste, ya plenamente cristianas en el siglo V (el siglo de las expansiones germánicas). No fue éste el caso de la cristianización forzosa, siglos más tarde, de sajones y frisones (por Carlomagno), o la que desde lo alto (los monarcas) se hiciera de noruegos, por ejemplo (Olaf el ‘santo’), y eslavos (Vladimir el ‘santo’, también). Los germanos podrían haber sido los liberadores de Europa, pero pusieron sus armas al servicio de una fe y de una ‘ecclesia’ (comunidad sacerdotal) extranjera. Esta actitud dice bien a las claras cuan indiferentes fueron a sus propias tradiciones. Fue una traición. Otra hubiera sido nuestra historia si se hubieran mantenido fieles al legado cultural de sus antepasados.

Romper esos vínculos sagrados trajo lo que trajo. Y desde la ominosa cristianización de nuestros pueblos padecemos esta alienación cultural y espiritual que tanto nos afecta; esta deriva, esta errancia, este vagabundeo.

El mundo post-mortem tiene que ver, (y no sólo) en las culturas indoeuropeas, con la memoria colectiva de los pueblos. Es un ‘espacio’ que alberga a los dioses, pero también a los Padres, a los antepasados todos, sin distinción. Esto puede verse en el mundo hitita, en el arya védico (con Yama, hermano de Manu, y el primer mortal), en el mundo celta (recuerde el Halloween originario), o en el mundo romano (los Manes). Guardar memoria, e incluso rendir culto a las ausentes, a los idos, formaba parte de la educación y la moral de nuestros antepasados, y era un signo de distinción y nobleza frente a otros pueblos. Los Patricios eran aquellos que tenían Padres (que guardaban memoria de los Padres), en el sentido ya dicho. Digamos que esta memoria formaba parte del ‘ser’ de nuestros antepasados indoeuropeos.

El olvido o la pérdida de estos ‘espacios’ tiene (tuvo) malas consecuencias. Justamente los predicadores cristianos o musulmanes advirtieron está pérdida o deterioro del ser, esta amputación simbólica en los pueblos, y por ello predicaron (y predican) los suyos. La pérdida o la caída o el olvido de estos espacios deja a los pueblos huérfanos o incompletos. Éste era el panorama que se encontraron los apóstoles cristianos (judíos) en el ámbito del Imperio romano: pueblos abandonados a su suerte, e incompletos, vacios. Encontraron el terreno adecuado para diseminar sus mundos. Encontraron pueblos sin ‘ser’, sin memoria, sin identidad; pueblos ya aculturizados (por sus propios congéneres). La inculturación cristiana, o la posterior musulmana, les permitía a estos pueblos completar su ser simbólico, siquiera fuera de manera espuria, como he dicho.

Esto que anoto tiene su correlato, su repetición, en nuestro mundo europeo, y Occidental, contemporáneo. Son circunstancias similares. Se repite el deterioro cultural, y vuelven las mismas ‘ofertas’ religioso-culturales… los sempiternos impostores, los usurpadores. No sólo los sacerdotales: los cristianos y el ‘pueblo’ de dios (del dios hebreo) carente de patria (pero con Israel como tierra sagrada); la ‘umma’, la ‘nación’ musulmana, también apátrida (pero con sede en La Meca, Arabia). También los políticos o filosóficos: desde el universalismo democrático, hasta el internacionalismo proletario (Marx: ‘los trabajadores o proletarios carecen de patria’), pasando por los sociólogos cosmopolitas como Adorno o Marcuse, o Derrida, que predica la filosofía, y al filósofo, como cosmopolitas y apátridas. Es de nuevo la misma canción, y la misma seducción; el mismo señuelo, la misma trampa.

Puedes encontrar razonamientos similares en los post del año pasado (son 68 páginas) y en los publicados de este. Me gustaría que leyeras, al menos, estos post.

El tema por sí mismo requeriría un gran debate en el que participaran todas las naciones aryas. Un proceso de autognosis que repensara como mínimo nuestros dos últimos milenios, aunque en mi opinión habría que comenzar con el deterioro cultural que tiene su inicio en tiempos de los presocráticos y que alcanza su clímax en la Roma imperial (desde César).

Bueno Chechar, no te molesto más.

Saludos,

Manu

http://larespuestadeeuropa.blogspot.com.es/

Published in: on abril 4, 2013 at 12:29 am  Comments (5)