Intelectuales anti-blancos

Mejico es un país indigeno-mestizo y antiblanco, desde sus orígenes. Es una tristeza que la escasa población blanca que vive aquí no se quiera dar cuenta de eso y se ofenda si le comentas la verdad.

Fabian

 
Fabian no se refiere a la Nueva España sino a la nación que surgió con el movimiento de independencia. Tan cierto es que Latinoamérica es implícitamente anti-aria que basta escuchar a sus intelectuales. En una reciente conversación (pulsar aquí) entre Mario Vargas Llosa y Oppenheimer, el premio Nobel dijo a propósito de Donald Trump:

…toda forma de racismo implica, digamos, la posibilidad de una violencia enorme. Eso está detrás de toda la campaña ésta, racista—clarísimamente racista de Donald Trump contra los mejicanos, contra los inmigrantes, eh, con la idea de que puede existir una sociedad de razas puras, de razas blancas ¡ja! Es una cosa tan absolutamente anacrónica y estúpida que da un poco de pena… Jamás será el candidato de los republicanos.

Este perfecto idiota latinoamericano no parece percatarse de que la migración de color al norte blanco ha sido la más masiva de toda la historia—¡60 millones en medio siglo! (fuente: aquí).

Póngase especial atención a las palabras de Vargas Llosa “con la idea de que puede existir una sociedad de razas puras, de razas blancas ¡ja!” Aparentemente la idea de los chinos y los japoneses de no aceptar migración de etnias cafés, negras o blancas es natural. Pero ¡ay si se les ocurre lo mismo a los arios! La ideología subyacente de Vargas Llosa es claramente antiblanca, como la de Octavio Paz (véase: aquí) en tanto que ambos implican que, a diferencia de los orientales amarillos, los occidentales blancos no tienen derecho a un suelo propio.
 
Posdata del 5 de mayo de 2016

Paz murió en 1998 pero su postura es común entre los intelectuales mejicanos de hoy día. En la entrevista de CNN entre Carmen Aristegui y Krauze celebrada ayer (pulsar aquí), Krauze comentó, a propósito de la virtual nominación republicana de Trump (nominación que por cierto refutó la tonta profecía de Vargas Llosa):

Bueno Carmen: Primero creo que en los Estados Unidos estamos viendo una prueba más de la degradación de la sociedad americana. Porque un sector de la sociedad americana indudablemente pues está mostrando su verdadera faz. Y la está mostrando por ejemplo en el fanatismo de las armas, en el tema de las drogas y en la resurrección de algo que estaba allí en el fondo, siempre; sobre todo en los estados del centro y sur de los Estados Unidos que es el racismo y el nativismo. Digamos que los instintos más bajos de la cultura y de la historia de los Estados Unidos, están emergiendo.

Yo diría que el racismo y el nativismo son los instintos más altos de la cultura americana (véase el prefacio al libro que edité en inglés: acá). No me sorprende el astronómico doble rasero de este judío mejicano: apoyar a Israel, una nación que sólo admite a judíos étnicos, y condenar a toda nación aria que sólo quiera admitir a blancos étnicos (que ni siquiera es el caso de los EE.UU.). Prosigue Krauze:

En Europa tenemos ejemplos de “Trumps” en Francia con Marine Le Pen; en Hungría, en Polonia: que tienen las mismas características de buscar cerrar los países; son enemigos de las emigraciones; de la inmigración. Son enemigos del Otro. trump? Predican el odio al Otro.

Y además lo hacen desde una posición de un líder carismático que promete soluciones providenciales, inmediatas, pero que siempre como te he dicho predica desde el odio.

Qué soberana estupidez. Actualmente los cuarenta y tantos millones de musulmanes que “emigraron” (en realidad invadieron) a Europa representan un peligro de guerra civil más tarde en este siglo, cuando la demografía con los nativos blancos se empareje dadas las diferentes tasas de natalidad entre los dos grupos.

La islamización de Europa aparte, este diagrama del invierno demográfico para los blancos (véase: aquí), debido precisamente a las políticas de migración masiva de las que Krauze y Vargas Llosa no dicen ni pío, lo dice todo. Sigue el rollo de Krauze a la Aristegui:

Si a eso le aúnas los elementos que ya bosquejé—sobre todo el tema del racismo. Yo le doy mucha importancia a que los peores instintos de Estados Unidos surgieron como respuesta a la presidencia finalmente democrática, moderada, inteligente de un… hombre de color, Obama.

Nada más alejado de la realidad. El negrito cucurumbé ha endeudado más a su país (va para $20 trillones de dólares de deuda) ¡que todos los previos presidentes gringos juntos! Sobre Obama en general véase también lo que se escribe en The Occidental Observer (aquí). Prosigue Krauze:

Pero que [en] una parte del movimiento de la simpatía a Trump está fincado el odio que un sector importante del electorado republicano tiene hacia Obama no me cabe la menor duda. Porque [por] los ocho años… vivieron del agravio terrible ante los ojos de estos nativistas defensores de la piel blanca y de la pureza racial de los Estados Unidos de ver a un hombre de color en la Casa Blanca, y además hacerlo tan bien como lo ha hecho, en términos generales.

¿Te cae? Para nosotros Obama es poco más que un chimpancé al que hay que ajusticiar, como escribí en un artículo en inglés sobre “la mujer roja” de Juego de Tronos (aquí).

Después de la muerte de Octavio Paz, la influencia de Krauze✡ en Méjico ha sido enorme a través de su revista de artículos “de fondo” y de Clío: una editorial que incluso saca programas “culturales” en la televisión.

Published in: on diciembre 3, 2015 at 2:12 pm  Comments (4)  

El libro que escribo – II

México sería sin duda un país de prosperidad
porque sus elementos naturales se lo proporcionan,
pero no lo será para las razas que ahora lo habitan.

—Lucas Alamán

 

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroNo tiene sentido criticar el nacionalismo de mi cristiano padre, tan similar al nacionalismo de los mejicanos liberales y ateos tan comunes en el Méjico actual, si no lo ponemos en contexto.

En primer lugar, Méjico, como las naciones de occidente hoy día, es un país que practica un totalitarismo suave. No se escuchan las opiniones verdaderamente disidentes en los medios—jamás. Con un solo ejemplo bastará. Cuando tenía catorce años el destacado escritor Mauricio Magdaleno visitó a mi padre en nuestra casa de la calle Palenque. En la sala junto con su esposa, Magdaleno comenzó a discutir sobre Gustavo Díaz Ordaz cuando mi padre dijo algo muy duro contra él. Magdaleno lo defendía educadamente. Recuerdo que en un momento Magdaleno dijo algo así como que no iban a poner a un muchachito en el poder y al decirlo me dio dos palmadas amistosas en la pierna. Esas son las únicas palabras de la conversación que recuerdo, además de un comentario escueto de su esposa de que tenía muy buenos recuerdos del ex presidente. El punto es: aunque no recuerdo los argumentos de ninguno de los bandos, sí recuerdo el enojo de mi padre y la educada defensa de Magdaleno.

Haya dicho este último lo que haya dicho, en los medios mejicanos jamás de los jamases se escucha una voz así en lo que se refiere al presidente mejicano que ordenó la matanza de estudiantes en octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco. A mí me resultaría muy fácil defenderla arguyendo que, precisamente por no haber masacrado a los estudiantes del 68 en París y en Estados Unidos, esa generación de traidores, cuando creció y llegó a esferas de influencia en sus respectivos países, abrió las puertas a las masas de migrantes no blancos. Es mucho muy fácil para mí argumentar que una acción de este tipo—matanza de estudiantes—es legítima moralmente si previene un mal mayor que la matanza misma. (Los millones de migrantes no blancos—actualmente en Europa hay más de cuarenta millones de musulmanes—actualmente están reemplazando a los blancos nativos en un Occidente que ya no quiere tener niños.) Un argumento de esta índole ciertamente difiere de lo que, supongo, decía Magdaleno aquella noche en la sala de mi casa. Pero ni lo que Magdaleno solía decir en los años setenta ni lo que argumento ahora llegará a los medios mejicanos bajo ninguna circunstancia: los mejicanos viven en un estado de totalitarismo suave sin que se den por enterados. Incluso el intelectual más odiado en Méjico por la izquierda radical, Octavio Paz, renunció a la embajada de la India en protesta por la matanza de estudiantes: un momento clave en su biografía.

La primera vez que, en mi vida adulta, escuché la otra voz respecto a la masacre de Tlatelolco fue en la página de discusión de la Wikipedia en inglés sobre el tema. Un angloparlante se quejaba de que el artículo era tendencioso y que fallaba en mencionar el punto de vista del gobierno mejicano. Al leer este casual comentario experimenté disonancia cognitiva por vez primera en mi vida adulta respecto a las acciones de Díaz Ordaz. Nada semejante había leído por decenios desde el 68. La sabiduría aceptada en Méjico sobre el asunto había sido completamente unificada y no se han escuchado voces discordantes. La “otra voz” de esa humilde página de discusión en Wikipedia marcaría un parteaguas para que me atreviera a pensar sobre un tema que el clima de la época daba completamente por cerrado.

Leí el comentario de Wikipedia cuando no había despertado racialmente. Una vez despierto, en enero de 2012, un londinense hizo el siguiente comentario en mi blog en español, La hora más oscura:

La literatura hispanoamericana es un desastre (y esto a pesar de que haya un montón de escritores talentosos): casi todos los “grandes autores” son izquierdistas, si no comunistas.

Fíjense que casi nadie comenta en mi blog en español; mis contados interlocutores son angloparlantes. Pero cuando uno de quienes visitan mi blog principal, The west’s darkest hour, conoce mi lengua materna y comenta en el presente blog, me sorprende. Dice algo en mi lengua materna que, si bien intuitivamente lo sabía, no lo había oído articular, como pasó con el comentario citado arriba. Efectivamente, “es un desastre” que ningún escritor latinoamericano de renombre—absolutamente nadie—quiera ver lo que sucede en esta parte del continente. No importa que no todos sean de izquierdas. Tanto un cristiano devoto como mi padre, como el agnóstico Octavio Paz, como Enrique Krauze que tiene sangre judía—todos críticos del comunismo—, se suscribieron a cosmovisiones lesivas para la raza blanca. Ilustraré esto de que nadie quiere ver lo que sucede en la mal llamada América Latina con una viñeta de Héctor Covarrubias, de quien ya he hablado en mi previo libro.

Hace muchos años Héctor me contó que, cuando pasó por el servicio militar, en la ceremonia de graduación los militares del ejército mejicano convocaron a decenas de miles de reclutas para cantar el himno nacional. Eran tantos esos miles que los jóvenes de hasta atrás—cientos de metros atrás—aparentemente se retrasaban en cantarlo. El militar al mando de la orquestación comunitaria se exasperaba y gritaba una y otra vez: “¡Los de atrás se están retrasando!” Cuando después de muchos intentos aparentemente se seguían retrasando, incluso cuando empezaban a cantar antes de la señal, el militar, frustrado, se dio por vencido. Héctor, quien estudiaba física en la UNAM, se percató junto con otros de sus compañeros de lo que sucedía. En la atmósfera terrestre el sonido no puede viajar más rápido que 343 metros por segundo. Como los jóvenes reclutas reunidos en tan ambicioso proyecto se encontraban más lejos, el sonido del Himno Nacional iba a llegar, por necesidad, después de los cantos de las filas de enfrente. El generalote o lo que fuera no tenía idea de esta ley física.

Lo que me contó Héctor es perfecta analogía no sólo de los mejicanos en todos y cada uno de los medios de comunicación y en cada universidad e instancia del gobierno, sino de lo que se conversa en los cafés. Nadie, absolutamente nadie sabe que hay leyes raciales que determinan el éxito o fracaso de una nación. En páginas previas mencioné el libro de Pierce Who we are, pero también podría mencionar el libro de Arthur Kemp, March of the titans que llega a idéntica conclusión: el mestizaje con razas inferiores conduce a la caída de las civilizaciones. Pero el sistema no ha logrado ser ciento por ciento totalitario, sólo noventa y nueve y fracciones de totalitario. La otra voz, lo que equivaldría a mi entonces joven primo Héctor cuchicheándose con otros jóvenes sobre las leyes de la física, puede, ocasionalmente, escucharse en algunos foros en castellano. He aquí unas líneas neonazis que hallé en internet que valen más que bibliotecas enteras:

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio.

La raza que defendía mi madrina Josefina es la causa del subdesarrollo en Méjico y el resto de “Latino” América. Para las masas embrutecidas parecerá increíble que un neonazi de internet diga la verdad que nadie en círculos más respetados vislumbra.

Neonazis aparte, leamos a la clase pensante de Mestizo América. Pasémosle el micrófono a uno de los intelectuales vivos que mayor influencia ha tenido entre hispanohablantes. En un diálogo entre Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa transcrito para Letras libres, la revista que dirige Krauze desde que Octavio Paz murió, después de criticar al indio Evo Morales Vargas Llosa dijo:

Creo que el tema racial es siempre muy peligroso porque agita las peores pasiones del ser humano.

América Latina no es india, no es española, no es negra, es todas esas cosas y muchas más, y esa es la gran riqueza de América Latina. Es un tema que muchas veces he tocado, como peruano, y lo reitero ahora. ¿Qué cosa es ser un peruano? ¿Ser peruano es ser un indio? Desde luego, hay por lo menos seis millones de indios peruanos, que pueden decir “ser peruano es ser un indio”. Pero hay por lo menos un millón de blancos que pueden decir “ser peruano es ser blanco”. Y hay muchos millones de peruanos, la mayoría, que pueden decir “ser peruano es ser mestizo”, ser mestizo de indio y blanco, ser mestizo de indio y negro, de negro y blanco. Un peruano puede ser un chino, o puede ser un japonés, un peruano puede ser un alemán. Esa es la grandeza del Perú, es verdad, la gran riqueza de un país es serlo todo, no tener una identidad porque las tiene todas, y creo que con variantes se puede decir lo mismo de toda América Latina. Entonces, agitar el tema racial, de manera racista, es añadir una razón de antagonismo, de violencia, de exclusión, en un continente que ya tiene suficientes antagonismos y problemas.

Krauze apostilló que cierto autor “usa un hermoso término, ‘identidad plural’. En América Latina hay pluralidad de identidades, y pueden convivir unas con otras, como tú lo has dicho”.

Estos dos intelectuales, que tanta influencia ha tenido en esta parte del continente, no pudieron haber retratado la realidad en mejor negativo fotográfico, viéndolo todo exactamente al revés. Son enciclopédicamente ignorantes de los estudios del coeficiente intelectual, que han demostrado una jerarquía entre las razas y grupos étnicos humanos; y cómo de esta inteligencia genética surge ya sea el primero o el tercer mundo. Este par ve a la quimera imposible que es Mestizo América—arios, criollos, judíos, mestizos, castizos, harnizos, indios levemente mestizados, indios casi puros, mulatos, negros y demás fauna en la ilustración novohispana casi al inicio de ese libro—como identidad plural. Si la frase “esa es la gran riqueza de América Latina” es negativo fotográfico, lo de “identidad plural” es un oxímoron que sólo puede caber en las cabezas de quienes no han rechazado el dogma igualitario de la Revolución Francesa. Ya podemos imaginar la “identidad plural” que sienten los indios Chamula por, digamos, aquellos judíos sin sangre indígena que viven en el lujosísimo Pedregal de San Ángel (donde vive Krauze). Y lo mismo puede decirse de los descendientes de los suizos en Brasil y la “identidad plural” que sienten por los mulatos de las favelas, o viceversa. Seguramente los barrios de mala muerte de Brasil enriquecen al país a ojos de este par (“esa es la gran riqueza de América Latina”), como si no hubiera sido mejor desde el principio que el continente entero fuera Nueva Escandinavia.

Debo decir que Vargas Llosa escribió el prefacio al Manual del prefecto idiota latinoamericano, una burla de tres intelectuales de derecha a los izquierdosos de Mestizo América. Lo que fallé en ver cuando hace años leí ese libro es que Vargas Llosa mismo es, al igual que la gente de izquierda que critica, otro perfecto idiota latinoamericano. El caso de Krauze es distinto en tanto su móvil es defender a la tribu a la que genéticamente pertenece, aunque no sea judío practicante. Pero ambos son idiotas en tanto que, respecto a Mestizo América, el hecho que más salta a la vista de todo lo imaginable habido y por haber es el crecimiento exponencial de la fauna mestizada a lo largo y ancho del continente. En Méjico por ejemplo, había unos diez millones de habitantes cuando mi abuela paterna nació. Ahora hay unos cien millones: ¡un crecimiento del mil por ciento! Algo similar podría decir del resto de Mestizo América e incluso de los migrantes al norte del Río Bravo. Decía en un previo capítulo que cuando viajaba por la ciudad sentía repulsa por estas masas que veía por doquier. Bien, uno de mis soliloquios más comunes cuando leía Vuelta, la revista que Octavio Paz fundó y que publicaba Krauze, era: “Paz y Krauze nunca hablaron de la marabunta de neandertales”. Sería incomprensible este soliloquio a menos que ubiquemos al joven que fui. En aquel entonces pensaba que este par en Méjico y Vargas Llosa en Perú eran las mentes más privilegiadas para entender lo que sucedía en lo que ellos (tramposamente) llamaban Hispanoamérica. Ahí estaba mi descomunal error. No podía imaginar que su idiotismo era prácticamente igual al de la gente de izquierda. De ahí mi soliloquio, como queriéndome decir que era un lapsus de los intelectuales que gravitaban alrededor de Vuelta.

Pero no era un lapsus. Ahora sé que la cosmovisión de quienes allá publicaban estaba fundada en la religión secular de nuestros días: el dogma del igualitarismo racial. Esta religión fue demolida en The fair race’s darkest hour (FR) y no voy a repetirme salvo decir que es una trasposición laica de la visión cristiana de que “todos son iguales a ojos de Dios”. Lo que debo acotar aquí es algo que en FR omití: una lectura racial de la historia de Méjico.

De chico me había sorprendido mucho, al hojear la vieja copia de la Breve historia de México de José Vasconcelos que tenía mi padre en su estudio, que ésta difería radicalísimamente de lo que había escuchado sobre la guerra de independencia de Méjico. Cuando le mencioné el libro de Vasconcelos a Pilar, mi maestra de historia en el Colegio Madrid, me comentó que esa historia era “bastante malita” y me recomendó un libro que no recuerdo. Podría adivinarse que el texto recomendado repetiría la línea del Madrid y de la Secretaría de Educación Pública mejicana, de la que ya estaba harto familiarizado desde niño.

Vasconcelos publicó su Breve historia de México en 1937, una docena de años después de la publicación de La raza cósmica, libro del que en mi libro anterior escribí que “me pareció brillante y a la vez disparatado: una quijotada más de esas que los latinoamericanos han producido para lidiar con sus complejos”. Sin embargo, es obvio que Vasconcelos estaba mucho más maduro al escribir Breve historia de México que cuando escribió La raza cósmica. Ya pasados mis cincuenta leí la Breve historia; por cierto, la misma copia que había hojeado de adolescente pero que se deshojaba en el estudio de mi padre, por lo que la mandé a encuadernar en un taller de encuadernación tradicional.

El libro me abrió los ojos sobre la historia real de Méjico. Vasconcelos decía verdades ahí que nadie, que yo sepa—ni siquiera Vasconcelos mismo desde que Alemania perdió la guerra—, se ha atrevido a decir. Y la mención de la guerra es importante: a mediados de los años treinta la cosmovisión racial de los alemanes debió haber ejercido una salubre influencia sobre intelectuales con buenos sentimientos en otras latitudes del mundo. Cierto que incluso el Vasconcelos maduro desconocía, como casi todo historiador hoy día desconoce, la letra A de la historia humana: que la raza es el factor primordial para entender la Historia. Sin embargo, al menos en su Breve historia Vasconcelos habla abiertamente de raza, poniendo a la estirpe española por encima de la indígena: tema tabú en Méjico. Y no se hable de la cuestión judía: un absoluto tabú en el Méjico del nuevo siglo. Actualmente ningún escritor o periodista del país se atrevería a usar la frase sobre Plutarco Elías Calles que usó Vasconcelos: “abrió las puertas a los judíos de Nueva York” (página 531 de la edición de 1944 de Ediciones Botas). También sería impensable que un periodista contemporáneo se saliera con la suya en Méjico con esta otra frase: “la prensa judeocapitalista” (pág. 533). Considérese esta otra: “Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo” (pág. 537) o ésta dos páginas adelante: “Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judío izquierdismo mexicano…” El capítulo sobre Calles no es el único que contiene algunas frases similares sobre las acciones de la judería que llegó al país una vez que fue abolida la Inquisición de Nueva España. ¡Ya podemos imaginar a Krauze y a la cantidad de judíos traducidos al castellano en las revistas que dirigió y dirige, Vuelta y Letras libres, usando este tipo de frases!

La breve historia de México no está exenta de disparatarios, especialmente en el prefacio. Vasconcelos parece continuar allí la idealización del crisol de razas en Mestizo América que había iniciado en La raza cósmica, pero apenas terminado el prefacio en cursivas en mi edición de 1944, nos topamos con un texto muy distinto al que había publicado en 1925. En ningún otro lugar he leído, bajo una sola cubierta, una visión de Méjico contraria a la sabiduría aceptada en el país respecto a la Conquista, la Independencia y la Revolución Mejicana. Actualmente, nadie en los medios de comunicación o en las universidades cuestiona, en Méjico, el proyecto de nación que inició con el indio zapoteca Benito Juárez.

Para mí es claro que la quimera imposible que es esta región llamada “México” terminará cuando la burbuja demográfica (siete mil millones este año que escribo), artificialmente inflada a lo largo del mundo con energéticos derivados del petróleo, se rompa. No falta mucho para ello. Tanto la narrativa liberal en Méjico desde la época de Juárez como la más vieja narrativa conservadora de Nueva España que aún persiste en ciertos rincones, morirá. Mi padre es una insólita amalgama de ambas, pero la Naturaleza se encargará de poner al ser humano, incluyendo los mestizoamericanos, en su lugar.