El libro que escribo – V

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroEl mestizaje en el continente inició incluso antes de la Conquista. La figura de Gonzalo Guerrero (1470-1536) debe tenerse en cuenta. Este español se asentó en la cultura indígena y murió luchando contra los conquistadores españoles al mando de Pedro de Alvarado. Antes de esa lucha, en una incursión española por la zona, Guerrero no quería que lo vieran sus antiguos compañeros porque se había deformado la cara a la usanza maya. Se le atribuyen estas palabras: “Hermano Aguilar: yo soy casado [con una indígena] y tengo tres hijos, y tiénenme de cacique y capitán cuando hay guerras; íos vos con Dios que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. Qué dirán de mí estos españoles desde que me vean ir de esta manera. E ya ves éstos mis hijitos cuán bonitos son”. Así, Guerrero llegó a ser conocido como El Renegado por sus compatriotas pero aquí en Méjico algunos lo llamaron Padre del Mestizaje.

Guerrero podrá ser una figura contradictoria, pero el siguiente pasaje de la Breve historia de Vasconcelos retrata el ethos de una ave en vías de extinción en Méjico, la del mejicano hispanófilo:

En suma, es tiempo de proclamar, sin reservas, que tanto la azteca como las civilizaciones que la precedieron formaban un conjunto de casos abortados de humanidad. Ni los medios técnicos de que disponían, ni la moral en uso, ni las ideas, podían haberlas levantado jamás, por sí solas.

El único medio de salvar pueblos así decaídos es el que emplearon los españoles, el mestizaje legalizado por la Bula Papal que autorizó los matrimonios de españoles y nativos. Y con el mestizaje, la sustitución total del alma vieja por un alma nueva, mediante el milagro del cristianismo. El hecho de que tenemos en México tantos millones de indios no debe apesadumbrarnos, siempre y cuando la tendencia castiza subsista, o sea el empeño de hacer del indio un europeo por el alma, un cristiano, y no un pagano con paganismo de salvajes. Al contrario, el indianismo que pretenden retrotraer del pasado, devolvernos a lo indio, es una traición a la patria que, ya desde la Colonia, dejó de ser india.

Por eso siempre hemos hablado de incorporar el indio a la civilización, es decir, al cristianismo y a la hispanidad. ¡Y a fin de que todos nuestros hijos unidos disfruten de un México totalmente regenerado de su aztequismo; incluso, se entiende, los indios y los hijos de los indios!

Vasconcelos erraba. Físicamente no es posible volver al Otro en uno mismo (recuérdese mi analogía: la anécdota de Héctor sobre los millares que cantaban el Himno Nacional). Si bien el matrimonio de una india con un ibero producía una estirpe mejor que el de la india pura con un indio puro, toda mezcla para los iberos fue degenerativa. Vasconcelos, claro está, partía de su propio sistema de apego afectivo hacia su casta y entorno; no llegó a horadar su alma al grado que lo hice. He aquí una visión más certera sobre lo ocurrido en el continente americano al sur del Río Bravo:

Todo cruzamiento de dos seres cualitativamente desiguales da un producto de término medio entre el valor cualitativo de los padres; es decir, que la cría estará en nivel superior con respecto a aquel elemento de los padres que racialmente es inferior, pero no será de igual valor cualitativo que el elemento racialmente superior de ellos…

Si, por una parte, la Naturaleza desea poco la asociación individual de los más débiles con los más fuertes, menos todavía la fusión de una raza superior con una inferior. Eso se traduciría en un golpe casi mortal dirigido contra todo su trabajo ulterior de perfeccionamiento, ejecutado tal vez a través de centenas de milenios…

También la historia humana ofrece innumerables ejemplos de este orden, ya que demuestra con asombrosa claridad que toda mezcla de sangre aria con la de pueblos inferiores tuvo por resultado la ruina de la raza de cultura superior. La América del Norte, cuya población se compone en su mayor parte de elementos germanos, que se mezclaron sólo en mínima escala con los pueblos de color, racialmente inferiores, representa un mundo étnico y una civilización diferente de lo que son los pueblos—de la América Central y la del Sur, países en los cuales los emigrantes, principalmente de origen latino, se mezclaron en gran escala con los elementos aborígenes. Este solo ejemplo permite claramente dar cuenta del efecto producido por la mezcla de razas. El elemento germano de la América del Norte, que racialmente conservó su pureza, se ha convertido en el señor del continente americano y mantendrá esa posición mientras no caiga en la ignominia de mezclar su sangre…

La mezcla de sangre y, por consiguiente, la decadencia racial son las únicas causas de la desaparición de viejas culturas: pues los pueblos no mueren como consecuencia de guerras perdidas, sino debido a la anulación de aquella fuerza de resistencia que sólo es propia de la sangre incontaminada. Todo lo que en el mundo no es buena raza, es cizaña.

La traducción al castellano de Mi lucha de la cita de arriba es la que algunos consideran la más fidedigna, la de Miguel Serrano que edita la Casa Editorial Solar.

El problema con los escritores hispanohablantes no son los quijotes bien intencionados como Vasconcelos, quien sólo quiso auxiliar su autoestima idealizando a su grupo étnico. El problema son los que siembran cizaña como Octavio Paz, quien no sólo compartió la peregrina idea de que la raza mestiza era igual a la aria sino que, por envidioso, en un momento deseó que se exterminara esta última.

Me explico. En 1995 vi un programa televisivo en que Ted Koppel entrevistaba a algunos ganadores del Premio Nobel de literatura, incluyendo Octavio Paz. Cuando Paz le dijo a Koppel que los anglosajones debían mestizarse como lo habían hecho los españoles en Méjico, algo en mis adentros se rebeló hondo. Sabía que esas palabras representaban algo erróneo, y que Paz había sido insolente al airarlas en televisión. Pero en ese entonces la corrección política me tenía en su poder. No obstante, los sentimientos en contra de Paz, a quien admiraba, quedaron grabados en mi memoria: tanto así que recuerdo mi repulsa ante sus palabras como si hubiera sido ayer. Actualmente no sólo veo erróneos los pronunciamientos de los ganadores del Premio Nóbel en la entrevista de Koppel: veo a esos Nobel como imbéciles.

Leamos una fracción de esa entrevista que, años después de ocurrida, tradujera y publicara la revista de Krauze. Derek Walcott dijo: “Ahora se enfrentan ustedes [los estadounidenses] a la creación de un nuevo tipo de cuerpo político, casi diría un nuevo tipo de civilización: multicultural y multirracial. De alguna manera esto contradice los orígenes del país…” A Walcott, quien no es blanco, parecía no molestarle tal reemplazo de población. Paz, que sí lo parece, comentó:

Debe encontrarse una solución nueva a este problema de la multiplicidad de culturas y razas y comunidades que hay aquí. Tal es la pertinencia de este debate. Difiere mucho de los de México. Mi país también fue fundado con una idea universal, sólo que no fue la Reforma, el protestantismo, sino el catolicismo, la Contrarreforma. También fuimos universalistas y somos un país mestizo, cosa que ustedes aún no son [mi énfasis: justo lo que se me grabó al ver el programa]. Estoy bien seguro de que, si son prudentes, serán multiculturales. Sería una gran cosa.

Esto de “multiculturales” es eufemismo para referirse a lo que, en la cita de arriba, Hitler y los suyos llamaban la ignominia de mezclar la sangre. Cuando Paz dijo “cosa que ustedes aún no son” se refería a que los americanos aún no son mestizos, mulatos y pardos, por la enorme cantidad de negros en ese país. Lo peor del caso es que cuando Paz vivía siempre pareció un blanco mediterráneo, no un mestizo y mucho menos alguien con sangre negra.

Esta traición hacia el propio fenotipo me recuerda las palabras más importantes de la Breve historia de Vasconcelos, que en mi edición aparecen en la página 260: “El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter”. De estar Vasconcelos en lo cierto, y creo que lo está, todos los escritores latinoamericanos que parecen criollos son gente viciosa.

Published in: on mayo 7, 2015 at 9:03 pm  Comments (2)  

El libro que escribo – IV

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroComo heredero de la cultura clásica que soy, el físico, o mejor dicho el físico humano más bello y grácil, es a mis ojos sinónimo de la deidad. Una fortísima diferencia entre los antiguos griegos y yo con los nacionalistas blancos es que éstos, herederos de la cultura cristiana, se enfocan en el coeficiente intelectual cuando lo que nos importa es la belleza: el coeficiente del hombre blanco frente a los piel oscura es secundario.

No siendo nacionalista sino Sacerdote de las 14 Palabras, debo definir qué entiendo por blanco o ario. Y qué mejor que resumir un largo y erudito artículo escrito por un español, “La nueva clasificación racial”, publicado originalmente en el sitio Evropa Soberana y traducido a otros idiomas.

La raza europea se subdivide en tres razas primigenias: la nórdico-blanco europea, la nórdico pelirroja centroasiática y la arménida próximo-oriental (que no hay que confundir con la denominación armenoide del siglo pasado). La raza blanca es en realidad una mezcla de dos o más razas, por lo que no puede decirse “este individuo es blanco puro” sino “este individuo tiene una mezcla de A, B y C razas en tales proporciones”. Cuando con el término blanco o ario se designa a gente con piel muy clara nos referimos a una mezcla entre éstas y sus leves cruces con no blancos—la arménida y la mongólida—: por lo general, personas de origen germánico y eslavo. El nórdico ideal es un nórdico-blanco con una mezcla de nórdico-pelirrojo, pero no puede decirse que los arios que tengan algo de genes arménidos o mongólidos no sean blancos (cosa que sí podríamos decir de quien tenga sangre negra).

Desde esta perspectiva, el fenotipo es mucho más importante que los estudios genéticos. El rostro lo dice todo. Sin las imágenes faciales del artículo de Evropa Soberana sobre las mezclas de los tipos puros de razas que componen la blanca, esta clasificación racial se entendería muy poco, pero aquí no es mi intención dar una clase académica sobre qué es lo ario, sólo un brevísimo sumario.

Published in: on mayo 7, 2015 at 6:19 pm  Dejar un comentario  

El libro que escribo – III

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroNo tenía planeado interpolar referencias doctas sobre la cuestión racial en Mestizo América. Pero justo cuando iba a expandir el tema de las paradojas del mestizaje ocurrió algo que algunos han llamado “el ángel de la biblioteca”. El caso es que, al sacar de la biblioteca familiar unas hojas blancas para anotar recientes anécdotas en mi carpeta, al guardarlas tomé al azar una revista que no me pertenecía pero que estaba en las repisas de mi biblioteca. Al llegar a la mesa del comedor, la cual uso de escritorio, me percaté que había puesto esas hojas precisamente entre las páginas de un artículo académico sobre la raza y los mestizos.

No había leído la revista cultural Humboldt de la biblioteca familiar, numerada en la portada con un 52, que probablemente mi padre compró. Se encuentra deshojada, faltan las primeras páginas e ignoro cuándo fue publicada. Por un semanario dominical que reparten en las misas, fechado en 1974 que hallé dentro de la revista, supongo que fue publicada antes, a inicios de los setenta. Vale mencionar datos del artículo “Los mestizos: su vida y cultura en Hispanoamérica” de Edmund Stefan Urbanski en tal revista para contextualizar lo dicho. Cierto que tanto la revista como el autor son liberales típicos que idealizan el mestizaje y axiomáticamente descartan la postura pro blanca. Sobre Joseph Arthur, conde de Gobineau por ejemplo, Urbanski escribe: “…la perjudicial doctrina racista de Gobineau”.

Yo no usaría la palabra novohablística “racista”. Diría las cosas de otra manera: Dentro de un marco científico, Gobineau (1816-1882) fue quien elaboró la teoría de la superioridad racial aria en Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas y es considerado el padre de la demografía racial. Las obras del conde Gobineau fueron uno de los primeros intentos de demostrar que el factor raza es de verdad primordial para ubicar la historia humana más elemental.

Del artículo de Humboldt 52 se desprende que, a lo largo de la historia desde la Conquista hasta la fecha, nadie en Mestizo América intentó escribir una historia sobre esta parte del continente poniéndose de parte del blanco ibérico. Es decir, no hay entre los intelectuales reconocidos ningún seguidor de los pasos de Gobineau en la mal llamada Latinoamérica. Como no hay nadie al parecer, el artículo de Urbanski reseña voces absolutamente contrarias al punto de vista de Gobineau y los seguidores europeos y norteamericanos del conde. El primer ejemplo que Urbanski pone en su artículo es el del peruano Luis Alberto Sánchez, quien en 1945 publicó un libro tan indigenista que hasta el mismo Urbanski matizó. Encontré muy paradójico que Sánchez considerara a Bartolomé de Las Casas como el primer racista en tanto que, tratando de ayudar a los indios, “se mostró injusto con los esclavos negros” comenta Urbanski. Éste además menciona a otros autores que idealizaron el mestizaje: el colombiano Fernando González y el mejicano Wigberto Jiménez Moreno, ambos de la década de los sesenta del siglo XX. Urbanski también menciona a un español refugiado que publicó por esa época, Juan Comas Camps, y al norteamericano John Gillin.

Un español huyendo de Franco que escriba sobre el mestizaje en las Américas es un mestizo claro escribiendo sobre mestizos oscuros. Así de simple. No perdamos de perspectiva que España, la nación más vieja de Europa, desde hace tres milenios fue un crisol de arios con no arios: desde los tartesios, celtas, iberos y fenicios hasta los cartaginenses, griegos, romanos, árabes y judíos. Los llamados españoles son una estirpe multisanguínea, y no hablemos de cómo se oscurecieron aún más cuando se volvieron a mezclar en el Nuevo Mundo.

La idealización de la mezcla en los mencionados autores me recuerda el dicho que la igualdad es un eslogan basado en la envidia. Así que volvamos mejor a las paradojas del mestizaje en mi familia y dejemos de lado el hallazgo del artículo de Humboldt gracias al ángel de la biblioteca.

Published in: on mayo 7, 2015 at 4:24 pm  Dejar un comentario  

El libro que escribo – II

México sería sin duda un país de prosperidad
porque sus elementos naturales se lo proporcionan,
pero no lo será para las razas que ahora lo habitan.

—Lucas Alamán

 

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroNo tiene sentido criticar el nacionalismo de mi cristiano padre, tan similar al nacionalismo de los mejicanos liberales y ateos tan comunes en el Méjico actual, si no lo ponemos en contexto.

En primer lugar, Méjico, como las naciones de occidente hoy día, es un país que practica un totalitarismo suave. No se escuchan las opiniones verdaderamente disidentes en los medios—jamás. Con un solo ejemplo bastará. Cuando tenía catorce años el destacado escritor Mauricio Magdaleno visitó a mi padre en nuestra casa de la calle Palenque. En la sala junto con su esposa, Magdaleno comenzó a discutir sobre Gustavo Díaz Ordaz cuando mi padre dijo algo muy duro contra él. Magdaleno lo defendía educadamente. Recuerdo que en un momento Magdaleno dijo algo así como que no iban a poner a un muchachito en el poder y al decirlo me dio dos palmadas amistosas en la pierna. Esas son las únicas palabras de la conversación que recuerdo, además de un comentario escueto de su esposa de que tenía muy buenos recuerdos del ex presidente. El punto es: aunque no recuerdo los argumentos de ninguno de los bandos, sí recuerdo el enojo de mi padre y la educada defensa de Magdaleno.

Haya dicho este último lo que haya dicho, en los medios mejicanos jamás de los jamases se escucha una voz así en lo que se refiere al presidente mejicano que ordenó la matanza de estudiantes en octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco. A mí me resultaría muy fácil defenderla arguyendo que, precisamente por no haber masacrado a los estudiantes del 68 en París y en Estados Unidos, esa generación de traidores, cuando creció y llegó a esferas de influencia en sus respectivos países, abrió las puertas a las masas de migrantes no blancos. Es mucho muy fácil para mí argumentar que una acción de este tipo—matanza de estudiantes—es legítima moralmente si previene un mal mayor que la matanza misma. (Los millones de migrantes no blancos—actualmente en Europa hay más de cuarenta millones de musulmanes—actualmente están reemplazando a los blancos nativos en un Occidente que ya no quiere tener niños.) Un argumento de esta índole ciertamente difiere de lo que, supongo, decía Magdaleno aquella noche en la sala de mi casa. Pero ni lo que Magdaleno solía decir en los años setenta ni lo que argumento ahora llegará a los medios mejicanos bajo ninguna circunstancia: los mejicanos viven en un estado de totalitarismo suave sin que se den por enterados. Incluso el intelectual más odiado en Méjico por la izquierda radical, Octavio Paz, renunció a la embajada de la India en protesta por la matanza de estudiantes: un momento clave en su biografía.

La primera vez que, en mi vida adulta, escuché la otra voz respecto a la masacre de Tlatelolco fue en la página de discusión de la Wikipedia en inglés sobre el tema. Un angloparlante se quejaba de que el artículo era tendencioso y que fallaba en mencionar el punto de vista del gobierno mejicano. Al leer este casual comentario experimenté disonancia cognitiva por vez primera en mi vida adulta respecto a las acciones de Díaz Ordaz. Nada semejante había leído por decenios desde el 68. La sabiduría aceptada en Méjico sobre el asunto había sido completamente unificada y no se han escuchado voces discordantes. La “otra voz” de esa humilde página de discusión en Wikipedia marcaría un parteaguas para que me atreviera a pensar sobre un tema que el clima de la época daba completamente por cerrado.

Leí el comentario de Wikipedia cuando no había despertado racialmente. Una vez despierto, en enero de 2012, un londinense hizo el siguiente comentario en mi blog en español, La hora más oscura:

La literatura hispanoamericana es un desastre (y esto a pesar de que haya un montón de escritores talentosos): casi todos los “grandes autores” son izquierdistas, si no comunistas.

Fíjense que casi nadie comenta en mi blog en español; mis contados interlocutores son angloparlantes. Pero cuando uno de quienes visitan mi blog principal, The west’s darkest hour, conoce mi lengua materna y comenta en el presente blog, me sorprende. Dice algo en mi lengua materna que, si bien intuitivamente lo sabía, no lo había oído articular, como pasó con el comentario citado arriba. Efectivamente, “es un desastre” que ningún escritor latinoamericano de renombre—absolutamente nadie—quiera ver lo que sucede en esta parte del continente. No importa que no todos sean de izquierdas. Tanto un cristiano devoto como mi padre, como el agnóstico Octavio Paz, como Enrique Krauze que tiene sangre judía—todos críticos del comunismo—, se suscribieron a cosmovisiones lesivas para la raza blanca. Ilustraré esto de que nadie quiere ver lo que sucede en la mal llamada América Latina con una viñeta de Héctor Covarrubias, de quien ya he hablado en mi previo libro.

Hace muchos años Héctor me contó que, cuando pasó por el servicio militar, en la ceremonia de graduación los militares del ejército mejicano convocaron a decenas de miles de reclutas para cantar el himno nacional. Eran tantos esos miles que los jóvenes de hasta atrás—cientos de metros atrás—aparentemente se retrasaban en cantarlo. El militar al mando de la orquestación comunitaria se exasperaba y gritaba una y otra vez: “¡Los de atrás se están retrasando!” Cuando después de muchos intentos aparentemente se seguían retrasando, incluso cuando empezaban a cantar antes de la señal, el militar, frustrado, se dio por vencido. Héctor, quien estudiaba física en la UNAM, se percató junto con otros de sus compañeros de lo que sucedía. En la atmósfera terrestre el sonido no puede viajar más rápido que 343 metros por segundo. Como los jóvenes reclutas reunidos en tan ambicioso proyecto se encontraban más lejos, el sonido del Himno Nacional iba a llegar, por necesidad, después de los cantos de las filas de enfrente. El generalote o lo que fuera no tenía idea de esta ley física.

Lo que me contó Héctor es perfecta analogía no sólo de los mejicanos en todos y cada uno de los medios de comunicación y en cada universidad e instancia del gobierno, sino de lo que se conversa en los cafés. Nadie, absolutamente nadie sabe que hay leyes raciales que determinan el éxito o fracaso de una nación. En páginas previas mencioné el libro de Pierce Who we are, pero también podría mencionar el libro de Arthur Kemp, March of the titans que llega a idéntica conclusión: el mestizaje con razas inferiores conduce a la caída de las civilizaciones. Pero el sistema no ha logrado ser ciento por ciento totalitario, sólo noventa y nueve y fracciones de totalitario. La otra voz, lo que equivaldría a mi entonces joven primo Héctor cuchicheándose con otros jóvenes sobre las leyes de la física, puede, ocasionalmente, escucharse en algunos foros en castellano. He aquí unas líneas neonazis que hallé en internet que valen más que bibliotecas enteras:

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio.

La raza que defendía mi madrina Josefina es la causa del subdesarrollo en Méjico y el resto de “Latino” América. Para las masas embrutecidas parecerá increíble que un neonazi de internet diga la verdad que nadie en círculos más respetados vislumbra.

Neonazis aparte, leamos a la clase pensante de Mestizo América. Pasémosle el micrófono a uno de los intelectuales vivos que mayor influencia ha tenido entre hispanohablantes. En un diálogo entre Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa transcrito para Letras libres, la revista que dirige Krauze desde que Octavio Paz murió, después de criticar al indio Evo Morales Vargas Llosa dijo:

Creo que el tema racial es siempre muy peligroso porque agita las peores pasiones del ser humano.

América Latina no es india, no es española, no es negra, es todas esas cosas y muchas más, y esa es la gran riqueza de América Latina. Es un tema que muchas veces he tocado, como peruano, y lo reitero ahora. ¿Qué cosa es ser un peruano? ¿Ser peruano es ser un indio? Desde luego, hay por lo menos seis millones de indios peruanos, que pueden decir “ser peruano es ser un indio”. Pero hay por lo menos un millón de blancos que pueden decir “ser peruano es ser blanco”. Y hay muchos millones de peruanos, la mayoría, que pueden decir “ser peruano es ser mestizo”, ser mestizo de indio y blanco, ser mestizo de indio y negro, de negro y blanco. Un peruano puede ser un chino, o puede ser un japonés, un peruano puede ser un alemán. Esa es la grandeza del Perú, es verdad, la gran riqueza de un país es serlo todo, no tener una identidad porque las tiene todas, y creo que con variantes se puede decir lo mismo de toda América Latina. Entonces, agitar el tema racial, de manera racista, es añadir una razón de antagonismo, de violencia, de exclusión, en un continente que ya tiene suficientes antagonismos y problemas.

Krauze apostilló que cierto autor “usa un hermoso término, ‘identidad plural’. En América Latina hay pluralidad de identidades, y pueden convivir unas con otras, como tú lo has dicho”.

Estos dos intelectuales, que tanta influencia ha tenido en esta parte del continente, no pudieron haber retratado la realidad en mejor negativo fotográfico, viéndolo todo exactamente al revés. Son enciclopédicamente ignorantes de los estudios del coeficiente intelectual, que han demostrado una jerarquía entre las razas y grupos étnicos humanos; y cómo de esta inteligencia genética surge ya sea el primero o el tercer mundo. Este par ve a la quimera imposible que es Mestizo América—arios, criollos, judíos, mestizos, castizos, harnizos, indios levemente mestizados, indios casi puros, mulatos, negros y demás fauna en la ilustración novohispana casi al inicio de ese libro—como identidad plural. Si la frase “esa es la gran riqueza de América Latina” es negativo fotográfico, lo de “identidad plural” es un oxímoron que sólo puede caber en las cabezas de quienes no han rechazado el dogma igualitario de la Revolución Francesa. Ya podemos imaginar la “identidad plural” que sienten los indios Chamula por, digamos, aquellos judíos sin sangre indígena que viven en el lujosísimo Pedregal de San Ángel (donde vive Krauze). Y lo mismo puede decirse de los descendientes de los suizos en Brasil y la “identidad plural” que sienten por los mulatos de las favelas, o viceversa. Seguramente los barrios de mala muerte de Brasil enriquecen al país a ojos de este par (“esa es la gran riqueza de América Latina”), como si no hubiera sido mejor desde el principio que el continente entero fuera Nueva Escandinavia.

Debo decir que Vargas Llosa escribió el prefacio al Manual del prefecto idiota latinoamericano, una burla de tres intelectuales de derecha a los izquierdosos de Mestizo América. Lo que fallé en ver cuando hace años leí ese libro es que Vargas Llosa mismo es, al igual que la gente de izquierda que critica, otro perfecto idiota latinoamericano. El caso de Krauze es distinto en tanto su móvil es defender a la tribu a la que genéticamente pertenece, aunque no sea judío practicante. Pero ambos son idiotas en tanto que, respecto a Mestizo América, el hecho que más salta a la vista de todo lo imaginable habido y por haber es el crecimiento exponencial de la fauna mestizada a lo largo y ancho del continente. En Méjico por ejemplo, había unos diez millones de habitantes cuando mi abuela paterna nació. Ahora hay unos cien millones: ¡un crecimiento del mil por ciento! Algo similar podría decir del resto de Mestizo América e incluso de los migrantes al norte del Río Bravo. Decía en un previo capítulo que cuando viajaba por la ciudad sentía repulsa por estas masas que veía por doquier. Bien, uno de mis soliloquios más comunes cuando leía Vuelta, la revista que Octavio Paz fundó y que publicaba Krauze, era: “Paz y Krauze nunca hablaron de la marabunta de neandertales”. Sería incomprensible este soliloquio a menos que ubiquemos al joven que fui. En aquel entonces pensaba que este par en Méjico y Vargas Llosa en Perú eran las mentes más privilegiadas para entender lo que sucedía en lo que ellos (tramposamente) llamaban Hispanoamérica. Ahí estaba mi descomunal error. No podía imaginar que su idiotismo era prácticamente igual al de la gente de izquierda. De ahí mi soliloquio, como queriéndome decir que era un lapsus de los intelectuales que gravitaban alrededor de Vuelta.

Pero no era un lapsus. Ahora sé que la cosmovisión de quienes allá publicaban estaba fundada en la religión secular de nuestros días: el dogma del igualitarismo racial. Esta religión fue demolida en The fair race’s darkest hour (FR) y no voy a repetirme salvo decir que es una trasposición laica de la visión cristiana de que “todos son iguales a ojos de Dios”. Lo que debo acotar aquí es algo que en FR omití: una lectura racial de la historia de Méjico.

De chico me había sorprendido mucho, al hojear la vieja copia de la Breve historia de México de José Vasconcelos que tenía mi padre en su estudio, que ésta difería radicalísimamente de lo que había escuchado sobre la guerra de independencia de Méjico. Cuando le mencioné el libro de Vasconcelos a Pilar, mi maestra de historia en el Colegio Madrid, me comentó que esa historia era “bastante malita” y me recomendó un libro que no recuerdo. Podría adivinarse que el texto recomendado repetiría la línea del Madrid y de la Secretaría de Educación Pública mejicana, de la que ya estaba harto familiarizado desde niño.

Vasconcelos publicó su Breve historia de México en 1937, una docena de años después de la publicación de La raza cósmica, libro del que en mi libro anterior escribí que “me pareció brillante y a la vez disparatado: una quijotada más de esas que los latinoamericanos han producido para lidiar con sus complejos”. Sin embargo, es obvio que Vasconcelos estaba mucho más maduro al escribir Breve historia de México que cuando escribió La raza cósmica. Ya pasados mis cincuenta leí la Breve historia; por cierto, la misma copia que había hojeado de adolescente pero que se deshojaba en el estudio de mi padre, por lo que la mandé a encuadernar en un taller de encuadernación tradicional.

El libro me abrió los ojos sobre la historia real de Méjico. Vasconcelos decía verdades ahí que nadie, que yo sepa—ni siquiera Vasconcelos mismo desde que Alemania perdió la guerra—, se ha atrevido a decir. Y la mención de la guerra es importante: a mediados de los años treinta la cosmovisión racial de los alemanes debió haber ejercido una salubre influencia sobre intelectuales con buenos sentimientos en otras latitudes del mundo. Cierto que incluso el Vasconcelos maduro desconocía, como casi todo historiador hoy día desconoce, la letra A de la historia humana: que la raza es el factor primordial para entender la Historia. Sin embargo, al menos en su Breve historia Vasconcelos habla abiertamente de raza, poniendo a la estirpe española por encima de la indígena: tema tabú en Méjico. Y no se hable de la cuestión judía: un absoluto tabú en el Méjico del nuevo siglo. Actualmente ningún escritor o periodista del país se atrevería a usar la frase sobre Plutarco Elías Calles que usó Vasconcelos: “abrió las puertas a los judíos de Nueva York” (página 531 de la edición de 1944 de Ediciones Botas). También sería impensable que un periodista contemporáneo se saliera con la suya en Méjico con esta otra frase: “la prensa judeocapitalista” (pág. 533). Considérese esta otra: “Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo” (pág. 537) o ésta dos páginas adelante: “Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judío izquierdismo mexicano…” El capítulo sobre Calles no es el único que contiene algunas frases similares sobre las acciones de la judería que llegó al país una vez que fue abolida la Inquisición de Nueva España. ¡Ya podemos imaginar a Krauze y a la cantidad de judíos traducidos al castellano en las revistas que dirigió y dirige, Vuelta y Letras libres, usando este tipo de frases!

La breve historia de México no está exenta de disparatarios, especialmente en el prefacio. Vasconcelos parece continuar allí la idealización del crisol de razas en Mestizo América que había iniciado en La raza cósmica, pero apenas terminado el prefacio en cursivas en mi edición de 1944, nos topamos con un texto muy distinto al que había publicado en 1925. En ningún otro lugar he leído, bajo una sola cubierta, una visión de Méjico contraria a la sabiduría aceptada en el país respecto a la Conquista, la Independencia y la Revolución Mejicana. Actualmente, nadie en los medios de comunicación o en las universidades cuestiona, en Méjico, el proyecto de nación que inició con el indio zapoteca Benito Juárez.

Para mí es claro que la quimera imposible que es esta región llamada “México” terminará cuando la burbuja demográfica (siete mil millones este año que escribo), artificialmente inflada a lo largo del mundo con energéticos derivados del petróleo, se rompa. No falta mucho para ello. Tanto la narrativa liberal en Méjico desde la época de Juárez como la más vieja narrativa conservadora de Nueva España que aún persiste en ciertos rincones, morirá. Mi padre es una insólita amalgama de ambas, pero la Naturaleza se encargará de poner al ser humano, incluyendo los mestizoamericanos, en su lugar.

El libro que escribo – I

Libro

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Published in: on septiembre 15, 2014 at 11:25 am  Comments (4)