Españoles acomplejados

Posdata a mi entrada antepasada

El autoengaño de los hispanohablantes que me corrieron de Stormfront es tan delirante que la semana pasada uno de éstos alegó:

En un enlace anterior que puse venían datos de la “no pureza” del español medio: menos de un 1% de sangre extra europea, incluso menos que el sueco medio. [enlace: aquí]

¡Así que los españoles son más arios—es decir más blancos o nórdicos—que los mismísimos suecos!

Robert_Kemm_GranadinosNo importa que, en ese mismo hilo de discusión, el citado comentarista eche rollo aparentemente erudito sobre los grupos étnicos que conquistaron la península ibérica. Aún si no me hubieran corrido por esos dos artículos de Evropa Soberana que enlacé, habría sido imposible mantener una discusión mínimamente racional con estos acomplejados.

En cierto modo, me da gusto no volver a tener que discutir con ellos: es grotesca pérdida de tiempo. La mentalidad que produjo la cita de arriba ilustra por qué, siendo yo fenotípicamente mediterráneo como ellos, prefiero discutir con los angloparlantes en mi blog en inglés: ellos no están acomplejados por el simple hecho que no tienen que autoengañarse.

Published in: on septiembre 29, 2015 at 11:08 am  Comments (8)  

¡Adiós Stormfront!

Stormfront

El foro más populoso y antiguo para los “nacionalistas blancos” ha sido Stormfront, tanto así que tiene una hermanita para que los hispanohablantes intercambien opiniones.

Antier una moderador de este Stormfront en español (supongo que es mujer por su avatar) borró mi último comentario con la mentira que mi comentario era “trolling”.

Mentiras, pues recuerdo perfectamente que mi respuesta simplemente señalaba a otro comentador que el sitio Evropa Soberana había demostrado que muchos caucasoides europeos habían dejado de ser arios.

Stormfront en su versión hispanohablante es, en el fondo, un foro políticamente correcto. La mayoría de hispanohablantes que dialogan allá están bajo la ilusión de que son tan blancos como los gringos. No toleran que alguien les diga sus verdades: que muchos (aunque no todos) españoles, portugueses, griegos e italianos del sur—los sicilianos por ejemplo—y de otros países de Europa y América han dejado de ser propiamente blancos.

Es de verdad patético y en extremo surrealista que estas verdades elementales no puedan decirse en un foro alegadamente “racista”. No sólo borraron mi comentario aparentemente inocuo: señalar los artículos de Evropa Soberana como prueba de que muchos griegos y sicilianos ya no son blancos. La moderadora llegó al extremo de expulsarme por haber enlazado ese par de eruditos artículos (éste y este otro).

Patético de verdad. Si la moderadora que me censuró y corrió del foro es mujer, sus acciones sólo corroboran lo que he escrito sobre el bello sexo en mi blog en inglés.

Jamás debe un sacerdote de las 14 palabras estar sometido a los caprichos de una mujer. No sólo tienen las mujeres un coeficiente intelectual inferior al nuestro, sino que en lugar de estar censurando a la clase pensante deberían estar criando a niños blancos en casa.

Published in: on septiembre 14, 2015 at 10:46 am  Comments (4)  

Respuesta

Respecto a mi pregunta de la previa entrada—:

¿Hay algún escritor español o portugués de siglos pasados que haya dicho que el rezago de sus naciones, comparado con las naciones más arias, se debe a su mestizaje con no arios (mezcla iniciada por los visigodos desde el siglo VII)?

—otro comentador de Stormfront suministró información pertinente sobre lo que buscaba:

Pio-BarojaBaroja había bebido de las fuentes originales de donde parte toda la corriente nordicista: Gobineau, Vacher de Lapouge (creo recordar que cita a Lapouge en varios de sus relatos de ficción), Houston Stewart Chamberlain; y hacía suya la tesis según la cual la grandeza de España, que se apoyaba en los elementos arios y vascos del país había ido perdiendo, con el pasar de los siglos, presencia ante la contaminación progresiva de elementos semitas y medio-orientales, “mediterráneos”. Y abogaba abiertamente por fomentar el resurgir de los primeros y reprimir los segundos, como paso previo para el renacer de su país…

En Ortega y Gasset, quizás por haber estudiado en Alemania, se pueden leer cosas en la línea de lo que buscas en España invertebrada, desde un punto de vista filosófico.

Desde un aspecto clínico, puedes investigar a los doctores Misel Bañuelos (Antropología de los españoles) y Vallejo-Nájera (Eugenesia de la hispanidad). Ambos estudiaron en Alemania en los años 30, claro. Pero después de la guerra, todos estos temas fueron declarados “verboten”, así que cayeron en el olvido.

Sería interesante hacer con los instrumentos científicos del siglo XXI un estudio serio y en profundidad de la huella genética norteafricana y medio-oriental en la Península Ibérica.

Así que los hispanohablantes que tengan, como yo, las 14 Palabras como religión personal, deben leer a Pío Baroja y a estos otros autores.

Published in: on septiembre 9, 2015 at 11:25 am  Dejar un comentario  

¿Eran los griegos rubios y de ojos azules?

Originalmente publicado en Evropa Soberana.

La fuerza civilizadora, iniciadora, no residía en el Sur: emanaba del Norte. Procedía de la Tracia con Orfeo, con Museo, con Lino. Los guerreros griegos aparecían de gran estatura, blancos, rubios… la expresión más alta de la belleza, del majestuoso poderío, no fue otra para los Olímpicos que la reproducción del tipo ario: ojos azules, cabellos rubios, tez blanca, estatura elevada, esbelta. —Arthur Gobineau, Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas

Si elimináis a los griegos, ¿por qué escalera pretendéis ascender hacia la cultura? — F. Nietzsche



Recuerdo una película que salió en 2004. Troya se llamaba. Naturalmente, muchos aficionados a Grecia acudieron a verla, interesados. Algunos, porque admiraban sinceramente a la Hélade y su legado. También acudieron especimenes poco cultivados. Ya se sabe que, en nuestros días, el hablar como una cacatúa sobre que te gusta Grecia está bien visto como marca de esnobismo y sofisticación aunque no sepas ni quién era Orión, o de qué color tenía el pelo de Aquiles según la mitología.

A otros les importaba un carajo Grecia. Además, Helena (una con pinta de guarrilla de barrio) o Aquiles (Brad Pitt) estaban muy buenos. Si añadimos los efectos especiales, la publicidad y la asiduidad al cine de algunos, no había motivo para no ver esa peli que, dicho sea de paso, es bazofia salvo algunos momentos rescatables.

Tras la primera vista en la pantalla, una de las muchas reacciones que se pudieron escuchar de la boca de hasta individuos supuestamente eruditos, fue algo así como lo siguiente:

Es indignante: Aquiles y Helena, ¡rubios y de ojos azules! ¡Oh tragedia! ¡Ay pataleta! ¡Tamaña burrada! ¡Irreparable afrenta! Desde luego hay que ver, es obvio que el nazismo, el fascismo, el nordicismo, el anti-teletubbismo, el franquismo, el antisemitismo, la homofobia, el españolismo y el machismo están en auge en Hollywood, porque ¿a quién se le ocurre representar a los griegos como rubios, cuando su f.e.n.o.t.i.p.o. era mediterráneo? Sólo los americanos podían ser así de incultos y egocéntricos y etnocéntricos y eurocéntricos y fascistas y nazis y blablabla…

Estas buenas gentes no se indignaban por la profanación de la Ilíada, por el guión absurdo y falaz, por representar a Aquiles cual surfero australiano, a Helena como una calentorra o a los grandes reyes como camioneros de puticlub. No. Eso les importaba cuatro nabos. Lo que sí les importaba era dejar bien clarito que eran personas sofisticadas y de mundo, que estaban al loro de lo que pasaba y que, además de ser unos progresistas demócratas e inter-multi-cultis sin tacha, sin mácula y capaces de pronunciar “fenotipo” sin trabarse la lengua, eran lo bastante “admiradores sinceros de Grecia” como para indignarse y perder el monóculo ante un Aquiles rubio.

Lo mismo podría decirse de la monosabia y ultra-culta reacción a la peli 300. Cuando salió, pudimos ver a toda una masa de indignados (y cuando decimos “indignados” estamos diciendo indignados de verdad) quejándose de la forma más grotesca―por la presencia, aquí y allá, de espartanos rubios a lo largo de la película―de la xenofobia fascista de Hollywood y similares.

Qué fácil es hablar con bocachancla cuando hay grandes dosis de atrevida y pegajosa ignorancia de por medio, y cuando no se tiene ni idea de lo que se defiende.

Lo que no era de esperar era escuchar afirmaciones similares incluso de la boca de supuestos admiradores de la cultura clásica greco-romana que supuestamente han leído las susodichas obras greco-romanas o están mínimamente informados―al menos lo bastante como para no meter la gamba de una forma tan estrepitosa.

Porque Aquiles, considerado el mayor guerrero de todos los tiempos habidos y por haber, y poseedor único y exclusivo del ménon (la cólera sagrada) es descrito en la Ilíada como rubio, junto con una avasallante proporción de todos los héroes, heroínas, dioses, diosas―y esclavas consideradas apetecibles y dignas del harén para que los guerreros griegos sembrasen el mundo con buenos genes.

Lo mismo podríamos decir de los espartanos, si nos atenemos al aspecto físico de sus antepasados dorios del Norte, procedentes de “entre las nieves” según Heródoto. De hecho, la peli 300 fue demasiado generosa en cuanto al número de morenos, y demasiado tacaña en cuanto al número de rubios.

Quien se declare admirador de la cultura clásica europea (Grecia y Roma) y, a la vez, asevere que fue fundada por individuos morenos «mediterráneos-como-yo», se está poniendo a sí mismo en la más incómoda evidencia. Como ya he dicho, si de verdad admirase el mundo clásico, se hubiese molestado en leer sus obras, y de haberlo hecho hubiese comprobado hasta qué punto la sangre nórdica predominaba en las castas dirigentes tanto de Grecia como de Roma (aunque muy especialmente en Grecia). En suma, individuos que van por la vida de ultra-admiradores de Grecia, Roma o ambas se echan basura por encima demostrando no haber leído sus escritos originales.

Hay muchas verdades en cuanto a la sangre nórdica y la Hélade, pero puede que la verdad más real, elocuente y aplastante sea que la literatura griega está plagada de referencias al aspecto de los héroes, los dioses, etc., porque los griegos gustaban de adjetivar a todos los personajes y ponerles sobrenombres y epítetos que representaban su presencia. Hasta tal punto llega esta tendencia, que lo realmente difícil es encontrar morenos. En el caso, por ejemplo, de Píndaro, es un auténtico escándalo: no hay ni un personaje que no sea “rubio”, “dorado”, “blanco” “de níveos brazos” y por tanto “semejante a los dioses”.

Los ojos azules eran descritos como γλαυκώπισ (glaukopis), que deriva de γλαυκός (glaukos), “brillante”, “resplandeciente”. El escritor romano Aulo Gelio, en su obra Noches áticas (II, 26, 18-19), describe el concepto de colores en una conversación entre un griego y un romano. El romano le dice al griego que glaucum (de la que deriva el castellano “glauco”) significa “gris-azul”, y el griego traduce glaukopis al latín como caesia, “cielo”, es decir, azul celeste. Como Günther hace ver, la misma palabra “iris”, de origen griego, para describir el color del ojo, sólo podía haber sido elegida por un pueblo en el que predominaban los ojos de colores claros y luminosos (azules, verdes o grises), y que un pueblo principalmente moreno jamás hubiese comparado el color del ojo con la imagen del arco iris.

La palabra griega para rubio era ξανθός (xanthós), “amarillo”, “dorado”, “rubio”. El color xanthós en el cabello, así como la belleza extrema, la piel clara, la alta estatura, la constitución atlética y los ojos luminosos, eran considerados por los helenos como prueba de ascendencia divina.


El aspecto de dioses y héroes griegos, descrito por los mismos griegos

Hay una persistente tendencia entre los helenos a describir a sus ídolos como “resplandecientes”, “radiantes”, “brillantes”, “luminosos”, “llenos de luz”, etc. —que muy obviamente se corresponden con un aspecto poco pigmentado, “nórdico”. Sin embargo, para ser más directo, omitiré estas citas ambiguas y me centraré en lo concreto, es decir, referencias específicas al color de piel, ojos, cabello, etc. Donde ha sido posible, he insertado las obras, capítulos y versos concretos para que cada cual pueda remitirse al pasaje original.

• Deméter es descrita como “la rubia Deméter” en la Ilíada (Canto V: 500) y el Himno a Deméter (I: 302), base de los misterios de Eleusis. Generalmente es considerada como una diosa matriarcal y telúrica procedente de Oriente y los pueblos preindoeuropeos de Grecia, pero aquí deberíamos inclinarnos a pensar que, como poco, es una diosa “europeizada” por los helenos e integrada en su panteón. El mismo nombre de Deméter procedería de Dea Mater (Diosa Madre), y por tanto sería, en cierto modo, la contrapartida de Deus Pater―es decir, Zeus Pater, Dyaus Piter o Júpiter.

Demeter

Deméter tal y como era concebida por los griegos. Es necesario recordar que las estatuas tenían un carácter profundamente sagrado y religioso para los griegos y que, además de obras de arte, eran el colmo del sentimiento geométrico y hasta de la ingeniería, puesto que el equilibrio debía ser perfecto. Además, los griegos, que tenían un gran conocimiento del análisis de facciones, representaron en sus estatuas no sólo personas bellas, sino personas bellas con un alma necesariamente bella.

Persephone

• Perséfone, la hija de Deméter, es descrita como “de blancos brazos” por Hesíodo (Teogonía: 913). Lo mínimo que queda claro aquí es que Perséfone no era una diosa de piel morena ni coincidía con el tipo “mediterráneo”, mientras que lo más razonable sería suponer que su aspecto era, como poco, predominantemente nórdico.

hera

• Hera, la esposa celeste de Zeus, es llamada “de blancos brazos” por Hesíodo (Teogonía, 315), mientras que Homero la llama cosas como “de níveos brazos” y “diosa de blancos brazos” un mínimo de trece veces en la Ilíada (I: 55, 195, 208, 572. 595; III: 121; V: 775, 784; VIII: 350, 381, 484; XV: 78, 130).

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• Atenea, también hija de Zeus, una diosa de la sabiduría, de la reflexión, de la astucia y de la guerra estratégica, en la Ilíada, es descrita nada más y nada menos que un total de cincuenta y siete veces como “de ojos azules” (algunas variaciones son “ojizarca” o “de ojos glaucos”), y en la Odisea un número comparable de veces. Píndaro se refirió a ella como xantha en glaukopis, es decir, “rubia y de ojos azules”; Hesíodo se contenta con llamarla “de ojos glaucos” en su Teogonía (15, 573, 587, 890 y 924), igual que Alceo y Simónides, mientras que el romano Ovidio, en su Metamorfosis, donde narra la perdición de Aracne, llama a la diosa “rubia y varonil doncella”.

Athena Parthenos

Reconstrucción de la Atenea Partenos (la “doncella virgen” venerada en el Partenón).

Zephyros

• Céfiro, el progenitor de Eros junto con Iris, es descrito por Alceo (siglos VII-VI AEC) como “Céfiro de áurea cabellera” (Himno a Eros, fragmento V, 327).

Eros

• Eros, el dios del erotismo, considerado “el más terrible de los dioses”, es descrito por un autor griego arcaico desconocido como “Eros de cabellos de oro”.

• Apolo es descrito por Alceo como “Febo de rubios cabellos al que la hija de Coos dio a luz tras de unirse al Crónida ilustre que mora en las nubes”. Febo es Apolo, la hija de Coos es la titán Leto, y el Crónida (hijo de Cronos) es Zeus. Por otro lado, Alcmán de Esparta, Simónides (Peán para Delos, 84) y un anónimo, coinciden en llamar a Apolo “de áureos cabellos”, mientras que otro epíteto suyo (de Góngora, autor español del Renacimiento, pero basado en testimonios literarios clásicos) es “archipoeta rubio”. La famosa Safo de Lesbos habla de “Febo de cabellos de oro”, en su himno a Artemisa.

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Apolo tal y como era concebido por los mismos escultores griegos. Estamos hablando de un tipo racial nordico-blanco y apenas armenizado. Junto con Atenea, era el dios más adorado de toda Grecia, siendo particularmente querido en Esparta.

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• El dios Radamantis, hijo de Zeus y de Europa, es descrito como rubio en la Odisea, y Estrabón lo llama “el rubio radamantis” en su Geografía (Libro III, 11-13).

Artemis

• Artemisa, la hermana de Apolo, es descrita por Safo y por Anacreonte (Himno a Artemisa), como “rubia hija de Zeus”.

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• Dionisio es llamado por Hesíodo “de dorados cabellos”, (Teogonía: 947).

afrodita

• Afrodita, hija de Zeus, diosa del amor, de la belleza femenina y del erotismo, es descrita siempre como rubia. Su título convencional es, casi siempre, “Afrodita Dorada”. Íbico (en Oda a Polícrates) llama a Afrodita “Cipris de rubia cabellera” (Afrodita ostentaba el título de Cipris o Cípride porque los griegos consideraban que vino al mundo en Chipre, donde era particularmente venerada). En la Teogonía de Hesíodo se le llama “dorada Afrodita” (824, 962, 975, 1006 y 1015) y “muy dorada Afrodita” (980). En la Ilíada de Homero la tenemos como “áure Afrodita” (IX: 389), y en la Odisea, como “de cabellos dorados”.

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• Hécate, diosa de las tierras vírgenes y también de los partos, es descrita por un poeta griego desconocido como “Hécate de cabello de oro, hija de Zeus”.

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• La diosa Tetis, madre de Aquiles, es llamada por Hesíodo “de plateados pies” (1007), y por Homero “de argénteos pies” (Ilíada, I: 538, 556; IX: 410; XVI: 574; XVIII: 369, 381 y XIV: 89). Ni falta hace decir que una mujer de piel morena no puede tener los pies como la plata, sino que este es un atributo de mujeres de piel extremadamente pálida.

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• Las nereidas Eunice e Hipónoe son descritas como “de rosados brazos” por Hesíodo (Teogonía: 246).

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• Las Gracias fueron descritas por Íbico como “de ojos verdes” (fragmento papiráceo, PMG 288).

Arriba enumero las conclusiones de Wilhelm Sieglin en cuanto al panteón de dioses helénicos en su totalidad. Vamos ahora con los héroes.

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• Helena, considerada la mujer más bella habida y por haber, y causa indirecta de la Guerra de Troya, era descrita por Estesicoro, Safo (Libro I de poemas, compilación alejandrina) e Íbico como “la rubia Helena” (Oda a Polícrates).

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• El rey Menelao de Esparta, modelo absoluto de guerrero noble, hermano de Agamenón y esposo legítimo de Helena, además de ser comparado con un dios “que descollaba por sus anchas espaldas”, es, por excelencia, infinidad de veces, “el rubio Menelao” tanto en la Ilíada (un mínimo de 14 veces ―III: 284; IV: 183, 210; X: 240; XI: 125; XVII: 6, 18, 113, 124, 578, 673, 684; XXIII: 293, 438) como en la Odisea. Peisandro lo describía como xanthokómes, mégas en glaukómmatos, es decir, “rubio, grande y de ojos azules”. En la mitología griega, Menelao es uno de los pocos héroes que alcanza la inmortalidad en las Islas de los Bienaventurados.

kassandra

• Casandra, la hija de Agamenón y hermana de Orestes, es descrita por Filóxeno de Citera como “de rizos de oro”, y por Íbico como “Casandra de ojos verdes”.

meleager

• Meleagro es descrito como “el rubio Meleagro” por Homero (Ilíada, II: 642) y Apolonio de Rodas (“Argonáutica”) lo describe igualmente como rubio.

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• Patroclo, el maestro y amigo de Aquiles, es descrito como rubio por Dión de Prusa.

Hercules

• Heracles es descrito como de constitución fuerte y de pelo rubio y rizado, entre otros, por Apolonio de Rodas (Argonáutica).

Achilles

Aquiles, considerado el mayor guerrero del pasado, del presente y del futuro, es descrito como rubio por Homero en la Ilíada, cuando está a punto de atacar a Agamenón y, para evitarlo, la diosa Atenea lo retiene y “lo coge de la rubia cabellera” (I: 197).

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• El héroe griego Ajax (Ayante en la Ilíada) es descrito como rubio.

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• Héctor, el héroe troyano [véase el cadáver en el suelo], es descrito como moreno en la Ilíada.

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• Ulises, rey de Ítaca, héroe aqueo en Troya y protagonista de la Odisea homérica, es considerado, por lo general, como moreno. Sin embargo, esto puede ser matizado. A pesar de que se le describe como blanco de piel y “de barba oscura”, en la Odisea se describe su cabello como hyákinthos, es decir, del color de los jacintos. Tradicionalmente, este color era traducido como “marrón”, pero también se sostuvo que los jacintos se cultivaban en Grecia como una variedad roja. Eso, de ser cierto, convertiría a Ulises en pelirrojo. Ulises, en todo caso, difiere del prototipo de héroe griego alto, esbelto y rubio. Era descrito como más bajo que Agamenón, pero también más ancho de hombros y de pecho, “semejante a un carnero”, según Príamo, rey de Troya. Se trataría de un tipo físico más nordico-rojo que el héroe griego típico nordico-blanco. También conviene decir que Homero estaba tan acostumbrado a llamar “rubios” a los héroes que, en dos despistes, describe el pelo de Ulises como xanthós en la Odisea.

L

• Laertes, el padre de Ulises, era rubio según Homero en la Odisea.

Francesco_Primaticcio

• Penélope, la esposa de Ulises, y reina de Ítaca, era rubia según Homero en la Odisea.

Mnesterophonia_Louvre

• Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, era rubio según Homero en la Odisea.

briseis

• Briseida, la esclava favorita del harén de Aquiles, capturada en una de sus razzias, tratada a cuerpo de rey en un cautiverio de oro, y por cuya causa discutieron fuertemente Aquiles y Agamenón, negándose el héroe a luchar contra los troyanos hasta ser satisfecho en su honor, y por lo tanto causa de la famosa cólera de Aquiles, era de “cabellos dorados”.

ILIAD

• Agamede, hija de Augías y esposa de Mulio, era “la rubia Agamede” según Homero (Ilíada, XI: 740).

Jason and the Golden Fleece: Argonautica by Apollonius Rhodius

• En su Argonáutica, Apolonio de Rodas describe a Jasón y a todos los Argonautas como rubios. Los Argonautas eran una männerbund, una confederación de guerreros que aglutinó a los primeros héroes griegos, muchos de ellos hijos directos de dioses, que sentaron las bases de las leyendas y padrearon a los héroes posteriores, a menudo con mediación divina.

Tomaban su nombre del Argos, la nave en la que viajaban y hacían sus desembarcos viking-style. Entre los argonautas se contaban, por ejemplo, Heracles (hijo de Zeus y el más famoso héroe griego, conocido por su fuerza sobrenatural), los mellizos Boréadas (Calais y Zetes, hijos de Boreas—el viento del norte), que eran capaces de volar, Filodectes, Peleo (el padre de Aquiles y hermano de Telamón), Telamón (el padre de Ajax y hermano de Peleo), Orfeo (considerado el mayor músico de todos los tiempos, e iniciador de la corriente religiosa órfica), Cástor y Pólux (los legendarios gemelos Dioscuros, fundadores de los linajes regios de Esparta, y hermanos de Helena, también adorados en Roma), Atalanta (la única mujer entre los argonautas, por ser la mejor atleta y cazadora de la Hélade, y la primera persona en herir al jabalí calidonio), Meleagro (quien dio muerte al jabalí calidonio), Teseo (un héroe prolífico que, entre otras cosas, mató al Minotauro en el laberinto del rey Minos y estableció la ley ateniense), Laertes (el padre de Ulises) y Eufemo (el timonel del Argos, capaz de ver el futuro y caminar sobre el agua).

A continuación brindo algunos pasajes sobre fenotipos nórdicos en la literatura griega. Nótese que no son sino unos pocos ejemplos de los innumerables que hay en toda la literatura griega de principio a fin.

“Los cabellos más rubios que una antorcha” (Safo de Lesbos, hablando de su hija Cleis, en el Libro V de su compilación alejandrina).

“A la rubia Euripila le gusta Artemón” (autor desconocido).

“Musa de cabellos de oro” (Timoteo de Melato, Los persas).

“Tú de cabellos de oro, Diosa Madre” (ídem, en boca de un persa).

“Galatea de cabellos de oro” (Filóxeno de Citera, El Cíclope o Galatea).

P._Oxy._8

“La rubia Megalóstrata” (Alcmán de Esparta).

“El rubio Polidoro” (Alcmán de Esparta, poema a la familia real espartana).

“Los cabellos de mi prima Hagesícora florecen cual el oro puro… y ella con su deseable, rubia cabellera” (Alcmán de Esparta, en el primero de su colección de partenios).

“… con la cabellera de oro y el rostro de plata” (Alcmán de Esparta, elogiando a una doncella espartana que competía en carreras de carros).

“feliz niña de rizos de oro” (Alcmán de Esparta, en honor de Megalóstrata, una poetisa espartana).

“rubias lacedemonias…de cabellos de oro” (Baquílides, hablando sobre las jóvenes espartanas).

Dicearco describe a las mujeres tebanas como “rubias”.

WS

El estudioso alemán Wilhelm Sieglin (1855-1935) recopiló todos los pasajes de la mitología helénica donde se hacía referencia al aspecto de dioses y héroes. De entre los dioses y diosas, 60 eran rubios y 35 morenos—y de los morenos, 29 eran divinidades ctonias-telúricas, marinas (como Poseidón) o del Inframundo, y que procedían de la antigua mitología pre-aria de Grecia. De los héroes mitológicos, 140 eran rubios y 8 morenos.

Hemos visto muchos asuntos que tienen que ver con personajes mitológicos, lo cual es importante porque nos da valiosa información acerca del ideal de divinidad y de perfección de los antiguos griegos, y nos señala que en sus valores se identificaban con el Norte y con el tipo racial “nórdico”. Sin embargo, Sieglin también tuvo en cuenta los pasajes donde se describe el aspecto de personajes históricos reales. Así, de 122 personas prominentes de la antigua Grecia cuyo aspecto es descrito, 109 eran de cabellos claros (rubios o pelirrojos), y 13 morenos. Entre los rubicundos, se encuentran, por ejemplo, Alcibíades, Alejandro Magno, Critias, Demetrio de Falero, el rey Lisimaco, Ptolomeo II Filadelfo, Dionisio I de Siracusa, Eurípides y el rey Pirro.



Los helenos—la aristocracia de Grecia

Adriano Romualdi dijo, prudente ante datos como los de arriba:

De todos estos datos resultaría abusivo deducir que en todas las épocas de la historia griega los rubios hayan constituido una mayoría tan abrumadora. Pero lo cierto es que eran numerosos y, sobre todo, daban el tono a la clase dirigente (Los indoeuropeos).

Exactamente lo mismo se puede decir de India o Roma. Rubios—o pelirrojos—eran los dioses, los héroes, los reyes, los grandes hombres, en fin, el pueblo ario que formaba la casta aristocrática minoritaria y dominante. La plebe, en cambio, el pueblo numeroso sometido, era oscuro.

De hecho, el antropólogo americano J.L. Angel, en 1944 calculó, tras un atento examen de los cráneos de la antigua Grecia, que los predominantemente nórdicos constituían en torno a un 27 por ciento de la población griega durante la época clásica. Sin embargo, Angel se concentró mucho en la zona del Ática, es decir, el Estado de Atenas, el puerto de El Pireo, etc., donde hubo una fuerte presencia extranjera mediante el comercio y la esclavitud. En otras zonas el aspecto nórdico debía haber estado más fuertemente representado, especialmente en territorios que constituían estanques de sangre helénica pura y donde no hubo apenas inmigración de esclavos norafricanos ni orientales. Así, el poeta Baquílides describe generalizando sin empaque a las jóvenes espartanas como rubias, coincidiendo con otro poeta, Tirteo de Esparta. El posterior Dicearco describe a las tebanas en los mismos términos.

Algunos objetarán que, en las antiguas representaciones de las típicas jarras griegas, a los dioses se les representa como morenos. Sí, y en ocasiones se representan escenas de homosexualidad que me recuerdan inevitablemente a los etruscos. Pero los artesanos de Grecia no pertenecían a la aristocracia helénica, sino al pueblo mediterráneo de los conquistados y sometidos, que habían adoptado los dioses de los conquistadores y que los representaban como les venía en gana, es decir, como ellos se veían a sí mismos. No es aquí donde debemos buscar la información acerca del aspecto de los dioses, sino en el arte de los verdaderos helenos. La mitología y la poesía de Grecia—que sí fueron creadas por ellos— describen ciertamente a los dioses y a los héroes como de aspecto nórdico, como ya hemos visto. Y las estatuas griegas, elaboradas no por artesanos mediterráneos, sino por auténticos artistas helenos imbuidos del sentido sagrado de su arte, representan también muy claramente el ideal de belleza nórdica. Desgraciadamente, el cristianismo hizo una concienzuda labor eliminando la mayor parte del arte clásico, pero el poco que nos ha llegado habla por sí mismo.

Los griegos eran entusiastas de la morfopsicología, es decir, el interpretar el carácter y la personalidad de un individuo a partir de los rasgos físicos, especialmente de la cara. Pocos lo han visto, pero las estatuas griegas se hicieron con ese conocimiento en mente, y por tanto representan, no sólo un cuerpo bello, sino también un cuerpo bello portador de un alma bella.

Los griegos, puede que por encima de cualquier otro pueblo indoeuropeo, daban una inmensa importancia al aspecto racial: a la belleza, a la forma física y a la calidad biológica como tarjeta de presentación, lo cual entronca muy estrechamente con ese culto al cuerpo y a las disciplinas deportivas, algo característicamente griego. El ideal de belleza de los griegos, sin ningún tipo de duda, era nórdico (precisamente para distinguirse del pueblo aborigen conquistado): Apolo, Adonis y Paris, tres ídolos masculinos famosos por su belleza, eran descritos como de aspecto nórdico. En cuanto a las mujeres, la más hermosa de todos los tiempos, la legendaria Helena de Esparta (luego Helena de Troya y, aun después, Helena de Esparta de nuevo): blanca, rubia y de ojos azules igual que “Afrodita dorada”, la diosa del amor.

Incluso en el Siglo IV EC, cuando Grecia había decaído, la misma Roma se tambaleaba y se avecinaban genocidios anti-europeos y anti-paganos en todo el imperio, el médico y sofista judío Adamantio describió al griego “auténtico”, en oposición a las masas mestizas que entonces adoptaban el cristianismo:

Donde la raza helénica y jónica ha sido conservada pura, vemos hombres altos de una construcción ancha, bien constituidos, de piel clara y rubios; la carne es firme, las extremidades rectas y bien hechas. La cabeza es de tamaño medio y se mueve fácilmente; el cuello es fuerte, el cabello claro y suave, y un poco rizado; la cara es rectangular, los labios finos, la nariz recta y los ojos brillantes, intensos y llenos de luz; pues de todas las naciones, los griegos son quienes tienen los ojos más claros.



Conclusión

¿Eran los griegos, pues, rubios y de ojos azules?

Depende de lo que entendamos por “griegos”. Los fundadores de la cultura griega clásica (y preclásica, homérica, aquea o micénica), así como la posterior aristocracia dominante y activa de Grecia, no descendían de los habitantes originales del suelo griego, sino de invasores helenos (y puede que de algunos grupos ilirios, confederados con ellos). Es decir, pueblos indoeuropeos que entraron en Grecia desde el Norte, procedentes de los Balcanes y Centroeuropa. Estos invasores, de los cuales descendían, entre otros, los aqueos (civilización micénica y Grecia “homérica”), los jonios (atenienses), los dorios (espartanos), los tesalios (tebanos) y los macedonios (Alejandro Magno), sí eran predominantemente nórdicos.

Si en el caso de los romanos, una firme presencia de sangre nórdica es evidente en sus estratos sociales superiores, especialmente durante la República, en el caso de los helenos el gusto por la belleza, la salud y su relación con el aspecto nórdico, con la alta estatura, con la herencia divina y con el nacimiento noble, infesta absolutamente toda su civilización, su cultura, su literatura, su mitología y su poesía. Era un mundo donde los esclavos orientales no tenían lugar sino en el fondo de la pirámide social. Por eso los judíos se afanaron tanto en introducir el cristianismo en Europa, porque, sin él, Europa hubiese sido por siempre inexpugnable para ellos, que daban gran importancia a la influencia ideológica y espiritual ejercida sobre las sociedades.

En el conjunto de la población de Grecia no creo que jamás predominasen los nórdicos. Es posible que llegasen a constituir algo más de un tercio de la población total después de la segunda oleada helénica (la que trajo a los dorios). En todo caso, a pesar de hallarse en minoría, fueron ellos los artífices de las polis (las ciudades-estado), de la cultura, del arte y de la civilización griega, mientras el resto de la población formaba una plebe que poco tuvo que ver en la cultura helénica tal y como la conocemos hoy en día.

Véase también: ¿Eran los romanos rubios y de ojos azules?


Bibliografía

Para profundizar más en el fenotipo de los antiguos griegos, se pueden recomendar:

– GV De Lapouge L’Aryen: Social Rôle Son (1889).

– W. Ridgeway, The Early Age of Greece (1901), Volume I.

– Hans FK Günther, Rassengeschichte hellenischen des Volkes und des römischen: Mit einem Anhang – Hellenische römische Köpfe nordischer und Rasse (1929).

– Hans FK Günther (1961) “Like a Greek God”, Translated by Vivian Bird Rassenkunde Hellenischen des Volkes. Northern World, VI (1), 5-16.

– Hans F.K. Günther, Rassenkunde Europas: Mit der besonderer Berücksichtigung Rassengeschichte Hauptvölker indogermanischer der Sprache (1929).

– J. L. Myres Who Were the Greeks? (1930).

– K. Jax, Die weibliche griechischen Schönheit in der Dichtung (1933).

– Wilhelm Sieglin Die blonden indogermanischen Haare der Völker des Altertums (1935).

– O. Reche, Rasse und der Heimat Indogermanen (1936).

– Hans FK Günther, Lebensgeschichte hellenischen des Volkes (1956).

– JL Angel, (1943) “Ancient Cephallenians: The Population of a Mediterranean Island”. American Journal of Physical Anthropology, I, 229-260.

– JL Angel, (1944) “A Racial Analysis of the Ancient Greeks: An Essay on the Use of Morphological Types”. American Journal of Physical Anthropology, II, 329-376.

– JL Angel, (1945) “Skeletal Material From Attica”. Hesperia, XIV, 279-363

-. JL Angel, (1946) “Race, Type, and Ethnic Group in Ancient Greece.” Human Biology, XVIII, 1-32.

– JL Angel, (1946) “Skeletal Change in Ancient Greece”, American Journal of Physical Anthropology, IV, 69-97.

– JL Angel, (1946) “Social Biology of Greek Culture Growth”. American Anthropologist, XLVIII, 493-533.

– Moonwomon B., (1994) “Color Categorization in Early Greece”. Journal of Indo-European Studies, XXII, 37-65.

– R. Peterson, (1974) “The Greek Face”. Journal of Indo-European Studies, II, 385-406.

– W. Ridgeway, (1909) “The Relation of Anthropology to Classical Studies.” Journal of the Royal Anthropological Institute of Great Britain and Ireland, XXXIX 10-25.

– Y la totalidad de la literatura griega, que por desgracia no es leída ni de lejos tanto como debiera, razón por la que las mentiras suelen prosperar en este tema, sobre todo cuando existen complejos de por medio.

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Published in: on junio 7, 2014 at 10:05 pm  Comments (3)  

El nordicismo

Abreviado de un artículo originalmente publicado
en Evropa Soberana el año pasado.

1

Wolfgang Willrich, “Esto es por lo que lucha el soldado alemán”.

El nordicismo no nació con el colonialismo europeo ni con el auge de las ideas nazis en el período de entreguerras, sino que se trata de una tendencia que procede de la antigüedad clásica, que está estrechamente relacionada con el arte y con el modelo humano al que se debe aspirar, y que pretende responder a la pregunta de cuál es la fuente de la tradición indoeuropea y cuál es la raza humana que sentó las principales bases de Europa desde la época prehistórica.

Sin embargo, el florecimiento nordicista que nos queda más cercano en el tiempo es el que tuvo lugar bajo el III Reich. Para comprender las ideas que subyacen en el nordicismo nazi, lo que se limitará a hacer este texto—además de aportar comentarios antes y después de la exposición propiamente dicha—es proporcionar una selección de fragmentos escritos procedentes de:

• Adolf Hitler

• la doctrina SS

• ideólogos nazis (como Alfred Rosenberg)

• estudiosos que, sin ser nazis, son considerados como precursores vanguardistas de una mentalidad que culminó con el nazismo (como Nietzsche). Se ha omitido a H.S. Chamberlain, puesto que él designa como “teutónico” lo que ha dado finalmente en llamarse “nórdico”.

• otros que nada tienen que ver con el nazismo (incluso se acabaron oponiendo a él), pero que tratan el tema de la raza nórdica (como Grant).

• Además incluyo imágenes de personajes del nazismo, así como, a modo de ejemplo, propaganda y obras de arte de la Alemania nazi, en las que el tipo nórdico es representado como referencia, ideal y meta a perseguir.

2

Portada de “Gutes Blut – Ewiger Quell” (Buena sangre – primavera eterna), un libreto de propaganda SS que trata principalmente sobre el nordicismo y la eugenesia, en imágenes.



Arthur Schopenhauer (1788-1860), filósofo alemán que influyó, entre otros, en Nietzsche y Hitler, quien durante la I Guerra Mundial siempre llevaba consigo el libro El mundo como voluntad y representación.

La más alta civilización y cultura, aparte de los antiguos hindúes y egipcios, se encuentra exclusivamente entre las razas blancas; e incluso con muchos pueblos oscuros, la casta o raza dominante es de un color más claro que el resto y, por lo tanto ha, evidentemente, inmigrado, por ejemplo, los brahmanes, los incas y los soberanos de las Islas del Mar del Sur. Todo esto se debe al hecho de que la necesidad es la madre de la invención, porque aquellas tribus que emigraron pronto al Norte, y que allí gradualmente se hicieron blancos, tuvieron que desarrollar todos sus poderes intelectuales e inventar y perfeccionar todas las artes en su lucha contra la necesidad, el deseo y la miseria, que en sus muchas formas eran traídas por el clima. Esto lo tuvieron que hacer para compensar la parsimonia de la Naturaleza, y de todo esto salió su alta civilización. (Palerga y Paralipomena, 1851, Volumen 2, Sección 92).



Arthur de Gobineau (1816-1882), embajador francés, historiador y filósofo con una vastísima cultura y una gran intuición. Es conocida su innovadora y monumental obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, pero pocos aventuran que, además, Gobineau era “nordicista” en el sentido de que identificaba a los arios originarios con el tipo humano “nórdico”.

El color de los arios era blanco y rosado: así fueron los griegos y los persas más antiguos, tales se mostraron también los hindúes primitivos. Entre los colores de los cabellos y de la barba dominaba el rubio, y no puede olvidarse la predilección que por este color sentían los helenos: no concebían de otra manera a sus divinidades más nobles. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853 y 1855, Libro Tercero, Capítulo I).

En aquella época muy remota, la fuerza civilizadora, iniciadora, no residía en el Sur: emanaba del Norte. Procedía de la Tracia con Orfeo, con Museo, con Lino. Los guerreros griegos aparecían de gran estatura, blancos, rubios. Sus ojos miraban arrogantes al cielo, y este recuerdo dominó de tal modo el pensamiento de las generaciones sucesivas, que cuando el politeísmo negro hubo invadido, con la creciente afluencia de las inmigraciones semíticas, todas las regiones y todas las conciencias, y hubo sustituido con sus santuarios los sencillos lugares de rezo con que antaño se contentaran los antepasados, la expresión más alta de la belleza, del majestuoso poderío, no fue otra para los Olímpicos que la reproducción del tipo ario: ojos azules, cabellos rubios, tez blanca, estatura elevada, esbelta. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853 y 1855, Libro Tercero, Capítulo III. Sobre la antigua Grecia).

¿Qué era, en lo físico y en lo moral, un romano de los siglos III, IV o V? Un hombre de talla mediana, de constitución y aspecto endebles, generalmente moreno, encerrando en las venas un poco de sangre de todas las razas imaginables; creyéndose el hombre primero del Universo, y, para probarlo, insolente, rastrero, ignorante, ladrón, depravado, dispuesto a vender su hermana, su hija, su esposa, su país y su soberano, y dotado de un miedo insuperable a la pobreza, al sufrimiento, a la fatiga y a la muerte. Por lo demás, no dudando de que el Globo y su cortejo de planetas no hubiesen sido creados sino para él únicamente.

Frente a ese ser despreciable, ¿qué era el bárbaro? Un hombre de rubia cabellera, de tez blanca y rosada, ancho de espaldas, grande de estatura, vigoroso como Alcides, temerario como Teseo, hábil, ágil, no sintiendo temor de nada, y de la muerte menos que de lo demás. Ese Leviatán poseía sobre todas las cosas, ideas justas o falsas pero razonadas, inteligentes, y que pugnaban por difundirse. Dentro de su nacionalidad, había nutrido el espíritu del alimento de una religión severa y refinada, de una política sagaz, de una historia gloriosa. Hábil en meditar, comprendía que la civilización romana era más rica que la suya, y buscaba el porqué de ello. No era en modo alguno esa criatura turbulenta que ordinariamente nos imaginamos, sino un adolescente muy atento a sus intereses positivos, que sabía cómo componérselas para sentir, ver, comparar, juzgar, preferir. Cuando el envanecido y miserable romano oponía sus artimañas a la astucia vital del bárbaro, ¿quién decidía la victoria? El puño del segundo. Cayendo como una masa de hierro sobre el cráneo del pobre nieto de Remo, aquel puño musculoso le mostraba de qué lado se hallaba entonces la fuerza. ¿Y de qué modo se vengaba entonces el humillado romano? Lloraba, y pedía a los siglos futuros que vengasen a la civilización oprimida en su persona. ¡Pobre gusanillo! Se parecía al contemporáneo de Virgilio y de Augusto como Shylock al rey Salomón. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853 y 1855, Libro Tercero, Capítulo VII. Sobre la decadencia de Roma).



F. Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán que no precisa introducción. Es mayormente conocido por su afirmación de la vida ascendente con Así habló Zaratustra y su aniquilación de la moral del chandala con El Anticristo. Son interesantes algunas frases suyas referidas a la razas, de las cuales las menos divulgadas son precisamente las que aluden al tipo nórdico.

[Los nobles] se llaman, por ejemplo, “los veraces”: la primera en hacerlo es la aristocracia griega… la citada palabra se convierte en el distintivo y en el lema de la aristocracia y pasa a tener totalmente el sentido de “aristocrático”, como delimitación frente al mentiroso hombre vulgar…

Con el latín malus [“malo”] acaso se caracterizaba al hombre vulgar en cuanto a hombre de piel oscura, y sobre todo en cuanto a hombre de cabellos negros (hic niger est, “éste es negro”), en cuanto habitante preario del suelo italiano, el cual por el color era por lo que más claramente se distinguía de la raza rubia, es decir, de la raza aria de los conquistadores, que se habían convertido en los dueños; cuando menos el gaélico me ha ofrecido el caso exactamente paralelo, ―fin (por ejemplo en el nombre Fin-Gal), la palabra distintiva de la aristocracia, que acaba significando el bueno, el noble, el puro, significaba en su origen el cabeza rubia, en contraposición a los habitantes primitivos, de piel morena y cabellos negros. [Evropa Soberana compara ese fenómeno con el de la palabra inglesa fair, que significaba “claro”, “rubicundo”, “de complexión luminosa”, y que acabó significando también “justo”, “bueno”, “deseable”].

3

Mujer del Norte de Frisia. Tanto los nazis como los eugenistas y nordicistas americanos coincidían en considerar a los frisones y los sajones como los elementos étnicos más puros de Alemania.

Los celtas, dicho sea de paso, eran una raza completamente rubia; se comete una injusticia cuando a esas fajas de población de cabellos oscuros esencialmente, que es posible observar en esmerados mapas etnográficos de Alemania, se las pone en conexión, como hace Virchow, con una procedencia celta y con una mezcla de sangre celta: en esos lugares aparece, antes bien, la población prearia de Alemania. (Lo mismo puede decirse de casi toda Europa: en lo esencial la raza sometida ha acabado por predominar de nuevo allí mismo en el color de la piel, en lo corto del cráneo y tal vez incluso en los instintos intelectuales y sociales: ¿quién nos garantiza que la moderna democracia, el todavía más moderno anarquismo y, sobre todo, aquella tendencia hacia la commune, hacia la forma más primitiva de sociedad, tendencia hoy propia de todos los socialistas de Europa, no significan en lo esencial un gigantesco contragolpe—y que la raza de los conquistadores y señores, la de los arios, no está sucumbiendo incluso fisiológicamente?)

Nuestra misma palabra alemana “bueno” [gut] ¿no podría significar “el divino” [den Göttlichen], el hombre de “estirpe divina”[göttlichen geschlechts]?, ¿y ser idéntico al nombre popular (originariamente aristocrático) de los godos [Gothen]? (La genealogía de la moral, 1887, Tratado Primero, 5. Hablando de la aristocracia en Europa).

Resulta imposible no reconocer, a la base de todas esas razas nobles, el animal de rapiña, la magnífica bestia rubia, que vagabundea codiciosa de botín y de victoria; de cuando en cuando esa base oculta necesita desahogarse, el animal tiene que salir de nuevo fuera, tiene que retornar a la selva: las aristocracias romana, árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos—todos ellos coinciden en tal imperiosa necesidad.

Son las razas nobles las que han dejado tras sí el concepto “bárbaro” por todos los lugares por donde han pasado; incluso en su cultura más excelsa se revelan una conciencia de ello y hasta un orgullo (por ejemplo, cuando Pericles dice a sus atenienses, en aquella famosa oración fúnebre, “hemos forzado a todas las tierras y a todos los mares a ser accesibles a nuestra audacia, dejando en todas partes monumentos imperecederos en bien y en mal”).

Esta “audacia” de las razas nobles, que se manifiesta de manera loca, absurda, repentina, este elemento imprevisible e incluso inverosímil de sus empresas—Pericles destaca con elogio la ράΰυμία [despreocupación] de los atenienses—, su indiferencia y su desprecio de la seguridad, del cuerpo, de la vida, del bienestar, su horrible jovialidad y el profundo placer que sienten en destruir, en todas las voluptuosidades del triunfo y de la crueldad—todo esto se concentró, para quienes lo padecían, en la imagen del “bárbaro”, del “enemigo malvado”, por ejemplo, el “godo”, el “vándalo”. La profunda, glacial desconfianza que el alemán continúa inspirando aun ahora tan pronto como llega al poder—representa aun un rebrote de aquel terror inextinguible con que durante siglos contempló Europa el furor de la rubia bestia germánica (aunque entre los antiguos germanos y nosotros alemanes apenas subsista ya afinidad conceptual alguna y menos aun un parentesco de sangre)… Esos depositarios de los instintos opresores y ansiosos de desquite, los descendientes de toda esclavitud europea y no europea, y en especial de toda población prearia—¡representan el retroceso de la humanidad! ¡Esos “instrumentos de la cultura” son una vergüenza del hombre y representan más bien una sospecha, un contraargumento contra la “cultura” en cuanto a tal!

Se puede tener todo el derecho a no librarse del temor a la bestia rubia que habita en el fondo de todas las razas nobles y a mantenerse en guardia: mas ¿quién no preferiría cien veces sentir temor, si a la vez le es permitido admirar, a no sentir temor, pero con ello no poder sustraerse ya a la nauseabunda visión de los malogrados, empequeñecidos, marchitos, envenenados? ¿Y no es ésta nuestra fatalidad? ¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra “el hombre”? —pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda. —No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano “hombre” ocupe el primer plano y pulule en él; el que “el hombre manso”, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como “hombre superior”; —más aun, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida en que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida… (La genealogía de la moral, 1887, Tratado Primero, 11).

He utilizado la palabra “Estado”: ya se entiende a quién me refiero—una horda cualquiera de rubios animales de presa, una raza de conquistadores y señores, que organizados para la guerra, y dotados de la fuerza de organizar, coloca sin escrúpulo alguno sus terribles zarpas sobre una población tal vez tremendamente superior en número, pero todavía informe, todavía errabunda. (La genealogía de la moral, 1887, Tratado Segundo, 17).

4

Ernst Kretschmann, “Tanquista de guerra”.

En la Alta Edad Media, cuando la Iglesia era realmente un lugar de doma de animales, se daba caza por todas partes a los mejores ejemplares de la “bestia rubia”; se “mejoró”, por ejemplo, a los aristócratas germanos. (El ocaso de los ídolos, 1889, 5, 2).



Madison Grant (1865-1937), conocido nordicista y eugenista estadounidense. Grant, a quien a veces se presenta como una suerte de hispanófobo, en realidad elogió la “sangre viril de los conquistadores españoles”.

Los nórdicos son, en todo el mundo, una raza de soldados, marinos, aventureros y exploradores, pero sobre todo de gobernantes, organizadores y aristócratas en agudo contraste con el carácter esencialmente campesino de los alpinos. El honor, la caballerosidad y la capacidad de supervivencia en las peores circunstancias, son rasgos característicos de los nórdicos. El feudalismo, las distinciones de clase y el orgullo de raza entre los europeos son atribuibles en su mayor parte al Norte. (The Passing of the Great Race, 1916).

La primera [de las razas] es la subespecie nórdica o báltica. Esta raza tiene el cráneo alargado, es muy alta, de piel blanca, con cabello rubio o castaño, y ojos claros. Los nórdicos habitan los países entorno al Mar del Norte y el Báltico, e incluyen no sólo los grandes grupos escandinavos y teutónicos, sino también otros pueblos antiguos que aparecen por primera vez en el Sur de Europa y en Asia como representantes del idioma y la cultura arias…

La llamada rama pelirroja de la raza nórdica tiene características especiales además de cabello rojo, tales como un color verdoso en los ojos, una piel de textura particular que tiende o a mayor claridad o a pecas, y ciertas características temperamentales peculiares. Ésta probablemente fue una variedad estrechamente emparentada con los rubios, y aparece por primera vez en la Historia en asociación con ellos. (The passing of the great race, Parte I, Capítulo 2).

Frente a estas posturas relativamente razonadas, tenemos, en cambio, a un verdadero exaltado nordicista que sí se puede considerar un radical.


Karl Weinländer, publicado en Nuremberg en 1933 con la asistencia de la Liga de Profesores Nacionalsocialistas:

Todas las razas (alpina, dinárica, mediterránea, báltico-orientales) son simplemente los bastardos del cruce antinatural del hombre nórdico con las razas inferiores. Esta inferioridad natural de las razas no-nórdicas está atestiguada por el hecho de que el iris del ojo, el pelo, y en casos peores, incluso la piel, están pigmentados. El cabello no-pigmentado actúa como conductor de ondas de pensamiento invisibles. (Rassenkunde des Deutschen Volkes y Rassenkunden Europas).



Hermann Gauch (1899-1978), teórico racial nazi. Se encuadra en los nordicistas más exaltados y fundamentalistas. Sus teorías eran consideradas demasiado radicales y extravagantes hasta en la Alemania nazi, al punto que uno de sus libros fue censurado por las autoridades del Reich porque llamaba a los italianos “mitad simios”.

El hombre nórdico es… el creador de toda cultura y civilización. La salvación y preservación del hombre nórdico solo, salvará y preservará la cultura y la civilización. El éxito duradero, como es natural, sólo puede ser alcanzado a través de la unificación de toda la humanidad nórdica de los países germánicos, y un número de otras áreas fuertemente nórdicas. (Nuevos fundamentos de ciencia racial), publicado en 1934.

5

Ejemplos de promoción del ideal nórdico
en el arte y en la propaganda del III Reich.



Hans F. K. Günther (1891-1968), ejemplo más famoso de nordicista y eugenista alemán, base de la teoría racial del III Reich. Günther fue amigo de Walther Darré y miembro del NSDAP desde 1932. Con vastos conocimientos de cultura clásica e historia germánica, persa e hindú, se casó con una noruega con la que tuvo dos hijas, Ingrid y Sigrun.

En 1935, Günther fue declarado “orgullo del NSDAP”, y en 1940 el mismísimo Hitler le concedió la Medalla Goethe de Arte y Ciencia. Al final de la guerra, Günther estuvo tres años internado en un campo de concentración aliado, y negó la versión oficial del holocausto judío hasta su muerte.

La decadencia y el ocaso del mundo helénico se deben atribuir al resultado destructivo de un milenio de guerras y contiendas devastadoras y, por otro lado, a la transformación política y espiritual que ha perjudicado particularmente al linaje que poseían los indogermanos de raza predominantemente nórdica, que habían descendido de la Europa Central, en particular de Germania central; la desnordificación es la principal causa de esta decadencia. (Lebengesichte des Helenischen Volkes).

6

Günther

Se debe afirmar claramente que, en el interior de la nación alemana, la sangre nórdica debe ser considerada “deseable” y la no-nórdica “menos deseable”. Es el extendido criterio de las leyes de inmigración vigentes en América, por lo cual, apunto, la sangre nórdica representa lo deseable. Tal criterio, recavado de la observación de importantes circunstancias generales, no va dirigido contra los individuos no-nórdicos, sólo quiere proteger la sangre nórdica deseada contra el peligro de extinción, e incrementar en lo posible esta sangre deseable. La enseñanza de la genética que nos dice: “El valor de un hombre como sujeto es distinto a su valor como procreador”, debe inspirar cada una de nuestras consideraciones. Existieron y existen individuos portadores de una herencia biológica de mala calidad, que han sabido dar al pueblo alemán altos valores espirituales, lo cual no es óbice para que ninguna persona astuta les augurase una buena descendencia. (Rassenkunde des Deutschen Volkes, 1922).

Desde el punto de vista racial, hay sólo una igualdad de nacimiento: la basada en la igual pureza de sangre nórdica. Racialmente, el noble de raza mixta no es de igual nacimiento a una muchacha campesina nórdica.

Retrocediendo a los orígenes de los pueblos de herencia indoeuropea se llega a una aristocracia política y espiritual de raza predominantemente nórdica… Estos nórdicos-indoeuropeos originarios se denominaron a sí mismos “arios”. Arya en la India, Pakistán, Afghanistán y Persia. Lo podemos ver en el Rig-Veda, en la inscripción de la tumba del emperador Darío, en los nombres germánicos, y en las noblezas. Del mismo modo, se describían a sí mismos con características nórdicas. (Der Nordische Gedanke unter den Deutschen, 1927).



Adolf Hitler (1889-1945), no necesita introducción.

Es una temeraria injusticia presentar a los germanos de la época anterior al cristianismo como hombres “sin cultura”, es decir, bárbaros, cuando jamás lo fueron, pues el haberse visto obligados a vivir bajo condiciones que obstaculizaron el desenvolvimiento de sus energías creadoras, se debió a la inclemencia de su suelo nórdico.

De no haber existido el mundo clásico, si los germanos hubieran llegado a las regiones meridionales de Europa, más propicias a la vida, y si, además, hubiesen contado con los primeros medios técnicos auxiliares, sirviéndose de pueblos de raza inferior, la capacidad creadora de cultura, latente en ellos, hubiera podido alcanzar un brillante florecimiento, como es el caso de los helenos, por ejemplo.

Pero la innata fuerza creadora de la cultura que poseía el germano no puede atribuirse únicamente a su origen nórdico. Llevados a tierras del Sur, ni el lapón ni el esquimal podrían desarrollar una elevada cultura. Fue precisamente el ario a quien la Providencia dotó de la bella facultad de crear y organizar. (Mi Lucha, 1924, Volumen II, Capítulo II).

Por más perjudicial que haya sido la falta de fusión de los diferentes elementos raciales, lo que impidió la formación de la perfecta unidad nacional, es incontestable que, por otro lado, consiguió que por lo menos una parte del pueblo, la de mejor sangre, se conservase en su pureza, evitando así la ruina de la raza.

Ciertamente, una completa fusión de los primitivos elementos raciales originaría una unidad más perfecta, pero, como se verifica en todos los cruzamientos, la capacidad creadora sería menor que la poseída por los elementos primitivos superiores.

Significa una bendición el que gracias a esa incompleta promiscuidad poseamos todavía en nuestro organismo nacional germano grandes reservas del elemento nórdico-germano, de sangre incontaminada, las que podemos considerar como el tesoro más valioso de nuestro futuro.

En los días sombríos de hoy, en que es completa la ignorancia sobre las leyes raciales, y en que todos los hombres son considerados iguales, no se tiene una idea clara de los diferentes valores de los elementos raciales primitivos. (Mi Lucha, 1924, Volumen II, Capítulo II).

Si, por una parte, la Naturaleza desea poco la asociación individual de los más débiles con los más fuertes, menos todavía la fusión de una raza superior con una inferior. Eso se traduciría en un golpe casi mortal dirigido contra todo su trabajo ulterior de perfeccionamiento, ejecutado tal vez a través de centenas de milenios.

También la historia humana ofrece innumerables ejemplos de este orden, ya que demuestra con asombrosa claridad que toda mezcla de sangre aria con la de pueblos inferiores tuvo por resultado la ruina de la raza de cultura superior. La América del Norte, cuya población se compone en su mayor parte de elementos germánicos, que se mezclaron sólo en mínima escala con los pueblos de color, racialmente inferiores, representa un mundo étnico y una civilización diferente de lo que son los pueblos de la América Central y la del Sur: países en los cuales los emigrantes, principalmente de origen latino, se mezclaron en gran escala con los elementos aborígenes. Este solo ejemplo permite claramente darse cuenta del efecto producido por la mezcla de razas. El elemento germano de la América del Norte, que racialmente conservó su pureza, se ha convertido en el señor del continente americano y mantendrá esa posición mientras no caiga en la ignominia de mezclar su sangre. (Mi Lucha, 1924, Volumen I, Capítulo XI).

Diez generaciones de alemanes sin la disciplina y la educación militares, abandonados a las influencias malsanas provenientes de la falta de unidad inherente a su sangre, y nuestro país habrá perdido los últimos vestigios de existencia independiente en este planeta. El espíritu germánico daría su contribución a la civilización exclusivamente bajo las banderas de naciones extranjeras y su origen se perdería en el olvido. Pasaría a ser “adobe de civilización”, hasta que el último resto de sangre aria-nórdica se hubiese descompuesto, o desaparecido de nosotros. (“Mi Lucha, 1924, Volumen II, Capítulo XIV).

7

Póster de reclutamiento para la SS.

No descansaré mientras no haya podido lograr la reconstitución de un núcleo de sangre nórdica donde la población necesite ser regenerada.

Si en la época de las migraciones, entre las grandes corrientes étnicas que ejercían su influencia, nuestro pueblo recibió una herencia de muy diversos dones, éstos no adquirieron todo su valor más que en razón de la existencia de un núcleo racial nórdico. De tal modo adquirimos el sentido de la poesía, la tendencia a la nostalgia que se manifiesta en la música. Pero es gracias a las particularidades propias a nuestra raza y que se han conservado intactas en la Baja Sajonia, que las aportaciones exteriores fueron armonizadas, puesto que nosotros poseemos una facultad que engloba a todas las demás: el sentido imperial, el poder de razonar y de construir fríamente. (12 de Mayo de 1942).


Alfred Rosenberg (1893-1946), miembro de la Thule Gesellschaft, ideólogo nacionalsocialista, jefe del Servicio de Asuntos Extranjeros del NSDAP y jefe del Ministerio del Reich para los territorios del Este ocupados. El ideólogo más importante del nacionalsocialismo después de Hitler.

El “sentido de la historia” no ha ido en modo alguno de Este a Oeste, sino que ha cambiado rítmicamente. Antaño la Europa nórdica envió olas fructíferas de pueblos, que en la India, Persia, Hélade y Roma, crearon estados y culturas. Luego penetraron por infiltración en Europa las razas orientales desde el Este, agregado a ello el Asia Menor envió una especie humana que alcanzó hasta la actual Europa.

No una “Europa Central” sin raza ni pueblos, como lo anunció un Naumann, no una Pan-Europa franco-judía, sino una Europa nórdica, es la consigna del futuro, con una Europa Central alemana. Alemania como Estado racial y nacional, como poder central del continente, como aseguramiento del Sur y del Sudeste; los Estados escandinavos con Finlandia como segunda liga, para el aseguramiento del Nordeste, y Gran Bretaña como aseguramiento del Oeste y de las regiones allende el mar donde eso es necesario en el interés del ser humano nórdico. Esto exige además una fundamentación de mayores alcances.

8

Alfred Rosenberg


Walther Darré (1895-1953), Ministro de Alimentación, Agricultura y Abastecimientos del Reich, Jefe de los Campesinos Alemanes, Director de la Oficina SS de la Raza y Reasentamiento, cofundador de la Ahnenerbe y padre y promotor de la idea geopolítica de Blut und Boden (Sangre y Suelo). Darré, él mismo un SS, tuvo un importante papel en la política de higiene racial alemana, especialmente en el intento nazi de crear una nueva nobleza rural que, como no podía ser de otro modo, debía ser nórdica.

Casi todos los imperios de la historia del mundo, y todas las grandes culturas, han sido fundadas y mantenidas por hombres de sangre nórdica. También sabemos que estos grandes imperios y culturas han caído en ruinas debido a que los hombres de sangre nórdica que los mantuvieron, no mantuvieron su sangre pura.

Es la raza germánica—la raza “nórdica” según la expresión en boga—quien ha insuflado la sangre y la vida a nuestra Nobleza; es esta raza la que le ha dictado sus costumbres… (La raza: nueva nobleza de sangre y suelo, 1935, Capítulo I).

Está demostrado que todo lo que llamamos alemán ha sido creado exclusivamente por el hombre germánico que hoy llamamos hombre de raza nórdica, y que, en cada caso, sólo los germanos han sido el elemento de base de la cultura alemana y de la Historia…

Pudiéndose demostrar el origen de esta raza como localizada en el noroeste de Europa, se llegó a un acuerdo para dar a esta especie de hombres el nombre utilizado por las ciencias naturales de raza nórdica, también se dice el hombre nórdico. Muchos alemanes auténticos se oponen todavía en su fuero interno a que se designe como “nórdico” lo que ellos han gustado considerar toda su vida como germánico por auténticamente alemán, pero es en aras de la claridad de la exposición que esa palabra particular debía ser creada para este pensamiento de nueva concepción.

Es imposible hablar de “raza germana”, pues entonces llegaríamos a la falsa conclusión de que las culturas romana, griega, persa, etc., fueron creadas por los germanos. Necesitamos, por otra parte, una concepción que exprese esta raza, que fue común a todos estos pueblos. Se ofrecía la designación indo-germana. Se basa exclusivamente en un elemento lingüístico. Con ello inducía en error, pues los pueblos donde la sangre nórdica se ha extinguido pueden muy bien hablar una lengua indo-germana. Quedaba, pues, por introducir una concepción nueva, que ya se había establecido desde hacía mucho tiempo bajo la forma “raza nórdica”. La “idea nórdica es, pues, el estudio de lo alemán hasta sus raíces últimas, más allá incluso de lo germánico…”

Para nosotros, alemanes, no hay más que un objetivo posible: Tratar por todos los medios posibles de conseguir que la sangre que es creadora en el cuerpo de nuestro pueblo, es decir, la sangre nórdica, sea conservada y multiplicada, pues de eso depende la conservación y el desarrollo del germanismo…

Que haya igualmente en hombres eminentes, rasgos no-nórdicos, no hace más que demostrar que una cierta aportación de sangre no-nórdica no es necesariamente un obstáculo para la formación y el desarrollo de una personalidad de valor, y tiene que tal aportación, simple reactivo, no hace más que subrayar la diversidad de las disposiciones en un ser creativo y por consiguiente favorece una fuerza creadora cuyas disposiciones, puramente nórdicas, se habrían tal vez limitado al terreno propio de esta raza. Esto no justificaría, ciertamente, que se cuidara en Alemania a las razas no-nórdicas, y menos aun que se las recomendara al pueblo alemán como objetivo de su selección, admitiendo incluso que ello no desembocara en el mestizaje…

Es verdad, por otra parte, que el agotamiento de la sangre nórdica extingue la fuerza creativa en el cuerpo del pueblo. La única consecuencia a la que se llega es la siguiente: Todo aquel que es estimulado hasta un cierto grado por una sangre no-nórdica no es necesariamente perjudicial, pero llega a serlo si ese grado se sobrepasa… Por lo tanto, el hecho de que constatemos hoy un fuerte mestizaje en nuestro pueblo no es una razón para continuar por el mismo camino. Es, al contrario, una razón para detener indirectamente el mestizaje designando claramente un resultado a alcanzar como objetivo de selección de nuestro pueblo. Hemos absorbido tanta sangre no-nórdica que incluso si solamente reserváramos el matrimonio a las muchachas de sangre nórdica, conservaríamos todavía durante milenios en el cuerpo de nuestro pueblo partes de sangre no-nórdica suficientes para aportar el más rico alimento a la diversidad de los temperamentos creadores. Por lo demás, toda parcialidad en el terreno de la selección es compensada siempre por una aportación prudente de la sangre deseada, incluso si es no-nórdica, mientras que la purificación de las partes de sangre extraña en el protoplasma hereditario del pueblo devenido no-creador por inconscientes mestizajes es difícil, pues en las condiciones de la existencia humana no se puede intervenir de manera radical como en la cría de animales.

La moralidad alemana florecía sobre el fondo primitivo de la sangre germánica. Aun hoy ese fondo oculta mucha sangre no-nórdica. Se debe lamentar y ver en ello, sin duda, en gran parte, la razón de la decadencia actual de nuestra moral…la purificación del protoplasma hereditario alemán de sus partes sanguíneas no-nórdicas es fácil en el campo de las posibilidades de la selección.

Para inspirarnos nuevamente de la experiencia de la cría de animales, deduciremos que hay que educar al pueblo alemán para que reconozca como objetivo al hombre nórdico, y particularmente, sepa discernir sus rasgos en un mestizo, ya que a fin de cuentas esto es lo decisivo… Es necesario emprender algo en nuestro pueblo, en plena descomposición. El habitual abandono ante el destino de nuestro precioso protoplasma hereditario, sabotea a nuestras tribus de origen: tal estado de cosas no puede prolongarse por mucho tiempo…

La selección por el físico exterior tiene la ventaja de limitar los cruces; así, se aleja de nuestro pueblo la sangre verdaderamente extranjera, cuyo efecto resulta ser incalculable sobre la herencia sanguínea de la descendencia y del pueblo…

Es cierto que en esta evolución, Inglaterra tenía la ventaja de que en numerosas regiones habitaban, sobre todo, clases campesinas nórdicas “anglo-sajonas”, especie de fuente de la cual la clase superior recibía continuamente el aflujo. Las circunstancias son aun análogas, hoy, en Alemania. En gran parte, nuestro campesinado dispone todavía de una excelente “herencia de sangre”. Yendo al fondo de las cosas no hay ninguna razón para dudar de que sea posible volver otra vez nórdico a nuestro pueblo por un ejemplo claro de la selección a realizar, en el sentido en que lo entiende Günther en Pensamiento nórdico. (La Raza, Nueva Nobleza de Sangre y Suelo, 1935, Capítulo VIII).

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Walter Darré



Heinrich Himmler (1900-1945). Si la SS era una institución nordicista, era natural que su Reichsführer o Jefe, lo fuese también.

Las Waffen SS incorporan los más altos ideales del nacionalsocialismo. Son las sucesoras de las famosas bandas de guerreros nórdicos de la antigüedad. Es la unidad del credo y la espada, de la potencia militar y la fe política lo que hace de tal manera invencibles a las Waffen SS, tan temidas en los campos de batalla de Europa… nunca una fuerza militar de élite ha llegado a tal perfección en tan poco tiempo. (1943).

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Distribución de rutilismo en Gran Bretaña.

La meta última de estos once años durante los cuales he sido Reichsführer SS ha sido invariablemente la misma: crear una Orden de buena sangre que sea capaz de servir a Alemania; que sin fallo y sin escatimarse pueda hacerse uso de ella porque las mayores pérdidas no pueden hacerle ningún daño a la vitalidad de esta Orden, la vitalidad de estos hombres, porque siempre serán reemplazados; crear una Orden que extenderá la idea de la sangre nórdica tan lejos que atraeremos toda la sangre nórdica del mundo, arrebatándola a nuestros adversarios, absorbiéndola para que nunca más, observándola bajo el punto de vista de la gran política, la sangre nórdica, en grandes cantidades y a una escala merecedora de mención, luche contra nosotros. (Dirigiéndose a los oficiales de la SS Panzer Division Leibstandarte “Adolf Hitler”, documento 1918-PS, Nazi Conspiracy and Aggression, Vol. IV. USGPO, Washington, 1946, páginas 553-572).

Por consiguiente, sólo la sangre perfecta, la sangre que por testimonio de la Historia ha resultado de verdadera valía en la creación y cimentación de Estados, así como en su actividad militar, es decir, la sangre nórdica, es la única que debe tomarse en consideración. Si yo tuviera la suerte de seleccionar para mi organización a individuos poseedores de esta sangre, que formasen mayoría, inculcándoles la disciplina militar y, a ratos libres, adoctrinándoles sobre el valor que tiene para nosotros su ascendencia y la ideología que de ella se deriva, entonces sí que lograríamos crear una organización que sería la flor y nata de nuestro movimiento capaz de hacer frente a cualquier eventualidad. (Citado por Jacques Delarue en La Gestapo).

Cada manifestación de un pueblo depende del individuo y la familia. La salud y vitalidad de un pueblo, así como la duración y calidad de su cultura, dependen de si hay suficientes grupos racialmente valiosos. El individuo y el gobierno tienen un deber en común, que solo pueden alcanzar juntos: Mantener la pureza racial de estas familias y grupos valiosos. Adolf Hitler condujo al pueblo alemán a la comprensión de que la raza nórdica es la raza más creativa y valiosa en el mundo. Ha determinado su naturaleza, su cultura y su historia. Por lo tanto el cuidado de la valiosa sangre nórdica es su más importante tarea. Cada uno de nosotros tiene su papel. La conciencia de nuestro orgullo ancestral debe ser la fuerza que guíe nuestro comportamiento. No queremos ser los últimos de una avanzada y antigua cultura milenaria que termine con nosotros, sino miembros de una cadena interminable que se extienda desde nuestros antepasados más antiguos hasta nuestros nietos más distantes. (En “Rassenpolitik”, Der Reichsführer SS/SS-Hauptamt, Berlín, 1943, Capítulo II, “Rasse und Volk”).

La raza nórdica es decisiva, no sólo para Alemania, sino para el mundo entero. Si tenemos éxito en establecer esta raza nórdica desde y alrededor de Alemania e inducirles a convertirse en granjeros, y desde este vivero producimos una raza de 200 millones, entonces el mundo nos pertenecerá. Si ganase el bolchevismo, significará el exterminio de la raza nórdica.



La doctrina SS. La SS fue organizada como la élite del NSDAP con la intención de que fuera compuesta por hombres de sangre nórdica y salud de acero. Como se demostró con el tiempo, la SS no era sólo una granja de sementales, sino la unidad de choque más eficaz de la II Guerra Mundial.

La esfera central de la raza nórdica comprende las regiones del sur de Escandinavia, de Jutlandia, del Mar del Norte, del Mar Báltico, y se extiende hasta el corazón de Alemania.

Desde los tiempos más remotos, el hombre nórdico fue un campesino sedentario. Él inventó el arado que, más tarde, otros pueblos adoptaron, cultivó los cereales y tuvo animales domésticos. El enorme aumento de población de esta humanidad nórdica le incitó a adquirir nuevos territorios y le hizo afluir, en sucesivas oleadas, a las tierras limítrofes, en el espacio europeo y en vastos territorios de Asia. La población original establecida quedó marcada con el sello de las costumbres nórdicas, incluso si a menudo sólo fue temporalmente. La afirmación que dice que “la luz viene de Oriente”, como la ciencia afirmaba antaño, es falsa. Se debería decir mejor: “¡la fuerza viene del Norte!”

Las grandes civilizaciones creadas por los indo-germanos de la India, de Persia, de Grecia y de Roma, atestiguan de manera irreprochable el espíritu creador nórdico. Han desaparecido también con la decadencia de la clase dirigente nórdica. Todavía hoy, somos conscientes del parentesco natural existente con esas culturas que tienen el mismo origen.

La evolución técnica de hoy ha sido igualmente el producto de hombres de raza nórdica. Tal es el caso, por ejemplo, de la nueva Turquía, del auge de Norteamérica o los progresos de Extremo Oriente a un nivel equivalente. (Revista SS “Creer y combatir”, dirigida a los SS de los grupos populares alemanes del Sudeste, OSS I.3.1.).

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Wolfgang Willrich, “Oficial de paracaidistas”.

La raza nórdica está más o menos fuertemente representada en todas las regiones del Reich, tanto en el Norte como en el Sur, al Oeste o al Este. Muchos hombres en nuestro pueblo no pueden asimilarse exactamente a una raza precisa. Exceptuando a los representantes que parecen de raza pura, cada raza se encuentra en el seno de todos los pueblos bajo una forma más o menos fuertemente mezclada.

El patrimonio hereditario nórdico predomina en el pueblo alemán. La raza nórdica no es tan sólo la raza predominante, sino que su sangre se halla presente en casi todos los alemanes. Los conceptos de “sangre y suelo” no forman una noción vacía, sino que constituyen nuestro destino. Se ha definido, pues, también, el objetivo perseguido por la selección del pueblo alemán. Se efectúa permaneciendo fiel a la ley vital de su raza creadora. La parte de sangre nórdica en la masa hereditaria del pueblo alemán se eleva aproximadamente al 50 por ciento. Además, la genealogía nos demuestra que cada alemán es portador de sangre nórdica.

Así, el pueblo alemán es una comunidad racial en el sentido más verdadero del término. La Historia interpretada en función de un principio raciológico ha demostrado desde hace mucho tiempo que la raza nórdica produce un número mucho mayor de hombres eminentes que las otras razas. La raza nórdica es ante todo la detentora del genio del pueblo alemán. Grandes realizaciones en todos los terrenos la han convertido en la raza dirigente de la humanidad. Ninguna otra raza humana ha producido tantos jefes espirituales, jefes de ejército y hombres de Estado eminentes.

En el curso de intrépidas expediciones, el hombre nórdico conquistó vastos territorios, fundó Estados y creó civilizaciones. Ya hacia el año 1000, los vikingos habían llegado a América. El espíritu nórdico revalorizó y colonizó vastos territorios.

Una de las cualidades más notorios de la raza nórdica es el dominio de sí misma. La raza nórdica ha inspirado las conquistas guerreras. La probidad y la fuerza de voluntad, aliadas a la seguridad en sí mismo, refuerzan poderosamente el sentimiento de independencia. Estas cualidades disminuyen ciertamente la intuición, y el hombre nórdico incurre entonces en el gran peligro de perderse y desperdiciarse. El nórdico siente una gran predilección por el deporte y el combate: ama el riesgo. Se le encuentra, pues, más frecuentemente que otros hombres en las profesiones que conllevan un peligro. Pero hay que confesar que el carácter del individuo es más determinante que el color de los cabellos. El individuo pertenece para lo esencial a una raza cuyas virtudes profesa por la acción.

Cuando se examina cada país de Europa en su composición racial, se comprueba que en casi todos los Estados se encuentran las mismas razas. Encontramos a la raza nórdica fuera de Alemania, en los países escandinavos, en Inglaterra y en los Países Bajos, así como en Rusia, en Italia, en Francia, en España, etc. Pero encontramos también, por ejemplo, a hombres del tipo oriental en los diversos países europeos. Lo importante, a fin de cuentas, no es emitir un juicio racial general sobre un pueblo. Se trata más bien de estudiar los elementos predominantes de cada raza en el pueblo en cuestión. Y se constata que, a un nivel puramente numérico, el Reich ya va en cabeza de los otros pueblos en lo que concierne a la parte de sangre nórdica.

De una manera totalmente legítima, Alemania puede pretender dirigir a los pueblos germano-nórdicos. (“Creer y combatir”, ­El pueblo alemán y la raza nórdica. Sacado de “La Orden SS”, OSS I.3.1.).

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Arthur Kampf, “Por la bandera”.

Gracias a un agudo sentido de la ley que regía el origen de su especie, pueblos como los espartanos recurrieron en sus selecciones a los mismos principios de inflexible severidad prescritos originariamente por la Naturaleza, y ello incluso después de haber llegado a territorios más hospitalarios. Otros pueblos de raza nórdica, como nuestros antepasados germanos, obedecieron naturalmente a las leyes biológicas que regían la creación de su especie. (Cuaderno de la SS Nº 7 de 1942. El sentido biológico de la selección. El hábitat produce un tipo de selección determinado, OSS I.3.2.).

No es sólo porque la forma del cuerpo del hombre nórdico conlleve ciertas dimensiones en altura, anchura y longitud, o porque se caracterice a menudo por cabellos rubios y ojos azules que le concedemos una cierta importancia. No es tampoco por eso que atribuimos un cierto valor a nuestra herencia nórdica.

Ciertamente las indicaciones que nos proporciona la forma del cuerpo del hombre nórdico no dejan de constituir la base misma de nuestro ideal de belleza. Siempre ha sido así en la historia occidental y basta para convencerse de ello con echar una ojeada sobre el panorama de las obras de arte que han sido producidas en el curso de los siglos por todas las civilizaciones y las “culturas” que se han ido sucediendo sobre el territorio europeo. Por lejos que nos remontemos en el pasado, siempre encontramos en las figuras esculturales y en las pinturas que evocan un ideal de belleza, las formas características del hombre nórdico. Incluso en ciertas civilizaciones orientales nos encontramos en presencia del mismo fenómeno. Mientras que las divinidades son representadas con unos rasgos netamente nórdicos, las figuras de demonios o que representan a fuerzas inferiores o tenebrosas afectan rasgos de otras razas humanas. En las Indias e incluso en Extremo Oriente se encuentran a menudo Budas cuyos rasgos son netamente nórdicos.

Que el cuerpo racial nórdico representa para nosotros el ideal de la belleza, nos parece de lo más natural. Pero todo ello sólo adquiere su significación real y profunda porque nosotros encontramos en él la expresión y el símbolo del alma nórdica. Sin esa alma nórdica, el cuerpo nórdico no sería nada más que un objeto de estudio para las ciencias naturales, como la forma física de cualquier otra raza humana o animal.

Así como el cuerpo nórdico nos ha llegado a ser precioso y agradable en tanto que soporte y expresión perfecta del alma nórdica, de la misma manera experimentamos repulsión por ciertos indicios raciales judíos porque son el símbolo directo y la indicación cierta de un alma judía que nos es totalmente extranjera.

Sabios especialistas de la cuestión nos dicen que una cierta forma física racial y una cierta alma racial van necesariamente juntas y que no son, después de todo, más que la expresión de una sola y misma cosa. Sin embargo, nada nos parece más difícil que demostrar científicamente o por otros medios la exactitud de esa homogeneidad entre el cuerpo racial y el alma racial. Creemos que hay que mostrarse muy prudentes en este tema. En el estado normal de las cosas hay, de toda evidencia, homogeneidad e interpretación entre estos dos aspectos de la realidad humana. Y nos parece muy difícil llevar hasta sus extremas consecuencias lógicas el dogma de la diferenciación del cuerpo y del alma. Los representantes más autorizados de esta doctrina particular no están, por otra parte, de cuerdo sobre este punto.

La impureza racial, sin embargo, se manifiesta, como podemos constatar cada día, por unas contradicciones interiores entre el cuerpo racial y el alma racial. Hay individuos que poseen, sin duda, dichas características físicas de la raza nórdica y que, sin embargo, no poseen en absoluto el alma nórdica. No obstante, la cuestión esencial consiste en considerar una tal situación como absolutamente anormal e incluso monstruosa.

Y nos parece que la transparencia entre el cuerpo racial nórdico y el alma racial nórdica es el verdadero objetivo que deben asignarse toda política y toda moral raciales. (Anales, Nº 2. Edición de la Brigada SS belga “Wallonie”. Sacado de “La Orden SS”, OSS I.3.3.).

La SS es una Orden de tipo nórdico. Adolf Hitler fundó su concepción del mundo sobre la esencia inmutable de la especie nórdica. El pueblo y el imperio deben ser el porvenir estructural de esta naturaleza nórdica. Como líder de los pueblos germánicos, el pueblo alemán tiene por misión predestinada ser el primero en llevar a cabo el combate por el renacimiento del germanismo. La raza nórdica constituye también la fuente mayor de la herencia de sangre nórdica. El primer objetivo del nacionalsocialismo debe ser, pues, el llevar a cabo una política racial sana. Esto exige una depuración del pueblo alemán de toda influencia extranjera al nivel de la sangre y del carácter.

La SS selecciona, pues, sus miembros, según el ideal de la raza nórdica para formar un tipo germánico libre. Como, de entrada, no se puede prejuzgar el valor del alma de los hombres, la selección se efectúa según el ideal físico de la raza nórdica y según la talla. La experiencia ha demostrado que el valor y la aptitud de un hombre se corresponden principalmente con lo que sugiere su apariencia racial.

Los criterios de selección de la SS son, en consecuencia, cada vez más severos. La política racial del Reich incita a la nordización de todo el pueblo. Cuanto más se va acercando a ese objetivo, más se acentúan los criterios raciales de la SS. (“El amigo del soldado”, almanaque de 1944, edición D, La Waffen SS, I- La SS como Orden. Sacado de “La Orden SS”, OSS. I.1.2).

La SS percibe claramente, al perseguir estos objetivos, que debe ser algo más que un simple männerbund. Fundamenta sus ideas de la Orden sobre la comunidad de los clanes. Quiere ser una Orden de clanes que verá nacer a los hombres de la mejor especie nórdica para servir al Reich. De este modo, la selección juzgará cada vez más no al individuo, sino al valor de todo un clan. Una claridad y un consenso absolutos son necesarios en las cuestiones ideológicas que conciernen a este principio de comunidad de clanes de raza nórdica. Es la condición necesaria de la capacidad de persuasión de la SS. (Ibídem).

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Wilhelm Petersen, desconocida.

En tanto que Orden, la SS ha inscrito sobre su bandera la preservación, la perpetuación de la raza nórdica, y está igualmente en primera línea en la lucha por la victoria biológica. Sólo la victoria de las cunas confiere un carácter históricamente duradero de la victoria del soldado. (Ibídem).

Así, la gran familia humana de la especie blanca se divide en dos razas principales—arios y semitas—, y la raza aria agrupa a tres subrazas fundamentales: nórdicos, alpinos y mediterráneos… Bien podrán los científicos indicarnos que, y hasta demostrarnos cómo, en el transcurso de estos muchos milenios pasados pueden algunos genes de amarillos haberse introducido y perpetuado en dotaciones hereditarias propias de alpinos y nórdicos; y como genes semitas, lo han logrado en la de los mediterráneos. Bien podrán, con mucha razón, hacernos notar como, desde hace siglos y con un ritmo cada vez más acelerado, las tres subrazas arias se van mezclando. (Las SS europeas).

Podemos rematar esta lista de citas con una frase de un general SS, veterano del Frente del Este y héroe de posguerra que continuó defendiendo el nacionalsocialismo hasta su muerte: León Degrelle (1906-1994), fundador del rexismo, el movimiento fascista de la Bélgica francófona y católica.

Cada vez que se busca la civilización en cualquier lugar de Europa, se ve la sangre del Norte. (Europa vivirá).



Conclusión

Los nazis tenían en mente que, en el futuro, la selección de los líderes y los mejores talentos espirituales “arios” debía llevarse al cabo sobre todo el cuerpo de la “raza blanca”, mientras que la selección de los elementos raciales a predominar gradualmente en la posteridad debía ser hecha sobre la base de los mejores especímenes de sangre “nórdica”. Para ellos no era necesariamente lo mismo el valor del individuo para la comunidad que su valor genético como reproductor. En el mismo nacionalsocialismo alemán, vemos gran variedad de caracteres. Así, tanto Adolf Hitler como Hess, Göring, Heydrich, Darré, Schirach, Todt, etc., eran predominantemente “nórdicos”. Goebbels, Streicher, Himmler o Frank no lo eran.

El ideal “nórdico” era lo que el nacionalsocialismo estaba intentando promover para el futuro de Europa, puesto que era lo que tomaba como molde del superhombre, divinidad en potencia y germen de una humanidad superior. Así, en el arte y en la propaganda nacionalsocialistas, el nordicismo es extremadamente patente. Incluso en los documentales nacionalsocialistas (como El triunfo de la voluntad, Tag der Freiheit, Olympia, La marcha hacia el Führer, El judío eterno, etc.), siempre que se ven multitudes alemanas, la cámara procura sacar primeros planos de especímenes nórdicos más o menos perfectos con el objetivo de inculcar en la mente del espectador el ideal de selección racial promovido por el NSDAP.

Este ideal de belleza nórdica como representante de la herencia más atesorada de un pueblo es común a todas las épocas y todas las civilizaciones indoeuropeas. Tanto los indo-iranios como los iranios, los helenos, los romanos, los germanos, los celtas, los eslavos, la Europa feudal o renacentista, los imperios coloniales y demás consideraban el aspecto nórdico como ideal, “auténtico”, aristocrático, puro e incontaminado, depositando en él las esperanzas para el porvenir. En nuestros días, normalmente sin darnos cuenta, el nacimiento de un niño rubio y de ojos azules es visto como un buen augurio de prosperidad y felicidad, por lo que simboliza, por nuestros instintos y por la carga cultural hereditaria que, inconscientemente, se arraiga en nuestro cerebro desde tiempos ancestrales.

Published in: on junio 5, 2014 at 6:06 pm  Comments (5)  
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No todos son blancos

Había publicado un “reblog” a Qbitacora.

Lo acabo de borrar. El admin es “meditarreanista” de hueso colorado mientras que, aunque físicamente me parezco a ellos, soy “nordicista”. Véase por ejemplo este comentario en otro hilo de discusión de ese mismo sitio, “Qbitacora”.

Robert_Kemm_GranadinosYo no creo que la mayoría de los españoles sean blancos puros (y no hablemos de los portugueses). A diferencia de lo que le respondieron al comentarista honesto enlazado arriba (le borraron sus otros comentarios), los griegos y romanos originales parecían nórdicos, como se demuestra contundentemente en este sitio (pulsar: aquí y aquí).

Mi compilación en inglés The fair race’s darkest hour contiene la mejor refutación al anti-nordicismo bajo una cubierta. Escribiré en castellano sobre cómo los complejos obnubilan nuestro intelecto cuando la vida me lo permita.

Published in: on mayo 26, 2014 at 10:30 am  Dejar un comentario  

¿Eran los romanos rubios y de ojos azules?

Publicado en Evropa Soberana

Hic niger est, hunc tu, romane, caveto

“De aquello que sea negro, protégete, romano”

(Dicho romano)

Con el latín malus, “malo”—a su lado yo pongo μέλας (“negro” en griego)—acaso se caracterizaba al hombre vulgar en cuanto a hombre de piel oscura, y sobre todo en cuanto a hombre de cabellos negros (hic niger est—“éste es negro”), en cuanto habitante preario del suelo italiano, el cual por el color era por lo que más claramente se distinguía de la raza rubia, es decir, de la raza aria de los conquistadores, que se habían convertido en los dueños. —Nietzsche, Genealogía de la moral.

Nota: Para información sobre los avances hechos en materia de clasificación racial, pinchar: aquí.

El caso romano es prácticamente idéntico al caso griego. El YouTube que encabeza el artículo [omitido aquí] es un fragmento de la serie Roma, donde se recrea un combate entre galos y romanos. La serie tenía tremendas pifias, grandes burradas, mentiras varias y soplapolleces en abundancia. Pero estaba curiosa la ambientación, la marcha de los acontecimientos históricos, las legiones en acción, el esplendor de los palacios imperiales, los tejemanejes en los callejones de Roma, etc. Uno de los protagonistas de la serie era un centurión (el del silbato).

Era rubio.

¿Pero cómo pueden ser tan fascistas, tan nordicistas, tan nazis, tan anti-María-Teresa-de-Calcuta, tan eurocéntricos y tan racistas estos medios de comunicación? Si tuviesen un mínimo de cultura (como yo) deberían saber que los romanos eran de fenotipo mediterráneo (como yo) y etcétera.

Cosas como estas se han escuchado más veces de lo que se pueda imaginar. Y se siguen escuchando ornitorrincadas similares, incluso de parte de gente que, por su admiración a Roma, obviamente habrán leído algo de lo que escribieron esos sobrios y tenaces soldados que eran los romanos. ¿O no?

En este post se presentan los testimonios de puño y letra de romanos de carne y hueso. Olvidaremos las películas y los iletrados metidos a sabihondos, para dejar que los mismos romanos nos expliquen cómo se veían a sí mismos.


Los primeros emperadores romanos como ejemplo de tipos raciales patricios

Examinaremos el fenotipo que presentaban los primeros emperadores romanos, por ser representativo de la raza de los patricios, de la nobilitas romana, es decir, la aristocracia dominante. Lo que me interesa no es tanto demostrar la presencia de sangre nórdica en la clase alta romana (cosa que es fácil), sino principalmente hacer ver que, además, la sangre nórdica en Roma iba indisolublemente asociada a la noción de divinidad y de ascendencia noble. Algunos pasajes de los aludidos están originalmente en griego, eso se debe a que el griego tenía gran prestigio como lengua culta, poética y filosófica, y muchos eran los romanos que se educaban en dicho idioma.

roma-octavio

• Augusto, el primer emperador romano, era “rubio” (subflavum) según Suetonio (De Vita Caesarum: Divus Augustus), y tenía “ojos azules” (glauci) según Plinio, (Naturalis Historia, XI, CXLIII):

Tenía ojos claros y brillantes, en los que gustaba de pensar que había algún tipo de poder divino, y le placía grandemente, cuando miraba intensamente a alguien, que éste dejase caer su caracomo ante el esplendor del Sol (Suetonio, De Vita Caesarum: Divus Augustus, LXXIX).

• Tiberio tenía ojos “gris-azulados” (caesii) según Plinio, (Naturalis Historia, XI, CXLII).

• Calígula tenía una “barba rubia” (aurea barba) según Suetonio (De Vita Caesarum: Caligula, LII).

• Claudio era “de cabello gris-blanco” (canitieque) según Suetonio (De Vita Caesarum: Divus Claudius, XXX), y “de ojos grises” (γλαυκόφθαλμος) según Malalas (Chronographia, X, CCXLVI).

• Nerón era “rubio o pelirrojo” (subflavo), tenía “ojos gris-azulados” (caesis) según Suetonio (De Vita Caesarum: Nero, LI), y descendía de una familia nombrada por su clara pigmentación.

De la familia Domicia, dos ramas han adquirido distinción, los Calvini y los Ahenobarbi. Los segundos tienen como el fundador de su raza y origen de su apellido a Lucio Domicio, a quien, mientras volvía del campo, se le aparecieron jóvenes gemelos de majestad más que mortal, así se dice, y le pidieron que llevase al Senado y al Pueblo las noticias de una victoria que era aun desconocida. Y como señal de su divinidad, se dice que acariciaron sus mejillas y convirtieron su negra barba a un tono rubicundo, como el del bronce. Esta señal fue perpetuada en sus descendientes, gran parte de los cuales tienen barbas rojas. (Suetonio, De Vita Caesarum: Nero, I.)

• Galba era de cabellos gris-blancos (μιξοπόλιος) según Malalas, (Chronographia, X, CCLVIII), y de ojos azules (caeruleis) según Suetonio (De Vita Caesarum: Galba, XXI).

• Vitelio era “pelirrojo” (πυρράκης) y de ojos “grises” o “azules” (γλαυκός) según Malalas (Chronographia, X, CCLIX).

• Vespasiano era “de cabellos gris-blancos” (πολιός) y “de ojos del color del vino” (οινοπαης τους οφθαλμούς), aunque no se sabe si esto se refiere a vino tinto (moreno) o vino blanco (verdes), según Malalas, (Chronographia, X, CCLIX).

• Tito, según Sieglin (Die blonden Haare der indogermanischen Völker des Altertums, 109), era “rubio”.

• Domiciano era “rubio” (ξανθός) y “de ojos grises o azules” (γλαυκός) según Malalas, (Chronographia, X, CCLXII).

• Nerva era “de cabellos grises” según John V. Day (Indo-European origins).

• Trajano era “de cabello dorado” (caesaries) según Sieglin (Die blonden Haare der indogermanischen Völker des Altertums, 109). Pero no olvidemos que Trajano no era romano, sino español de sangre celta, y por lo tanto no deberíamos tenerlo en cuenta a la hora de intentar definir el fenotipo de la aristocracia romana de origen patricio.

• Adriano, procedente de una familia noble romana establecida en Hispania, era “de cabello oscuro” (κυανοχαιτα) según Sieglin (Die blonden Haare der indogermanischen Völker des Altertums, 112), y “de ojos grises o azules” (γλαυκόφθαλμος) según Malalas, (Chronographia XI, CCLXXVII).

Curiosamente, a pesar de que es descrito como “de cabello oscuro”, en la misma estatua de la imagen quedan trazos de pintura dorada en su cabello y en su barba. Antiguamente, las estatuas eran pintadas según los colores del “modelo” original. Sus rasgos faciales responden al tipo nórdico.

• Antonio Pío era “de cabellos grises-blancos” (πολιός) y con los ojos “del color del vino” (οινοπαης τους οφθαλμούς) según Malalas, (Chronographia, XI, CCLXXX).

• Lucio Vero era “de cabello rubio” (flaventium) según Sieglin (Die blonden Haare der indogermanischen Völker des Altertums, 110).

• Comodo era “de pelo rubio” (ουλόξανθος) y “de ojos azules o grises” (υπόγλαυκος) según Malalas, (Chronographia, XII, CCLXXXIII):

Comodo era de una apariencia impactante, con un cuerpo bien modulado y una cara bella y viril; sus ojos eran ardientes y brillantes; su cabello era naturalmente rubio y rizado, y cuando salía a la luz del Sol, brillaba con tal fuerza que algunas personas pensaban que polvo de oro se esparcía sobre él en las apariciones públicas, pero otros lo consideraban sobrenatural y decían que un halo celeste brillaba en torno a su cabeza. (Merodio, Historia del Imperio, I, VII, V.)

Por tanto, nos encontramos con que:

• De los 18 emperadores de Augusto a Comodo, 9 eran rubios o pelirrojos, 5 tenían el pelo gris o blanco, de 3 no tenemos constancia del color de su pelo, y sólo uno (Adriano) era descrito como de cabellos oscuros.

• De los 18 emperadores de Augusto a Comodo, 9 tenían ojos azules o grises, 2 tenían ojos “del color del vino” (lo que signifique eso, tomémoslo como morenos), y de 7 no tenemos constancia en cuanto al color de sus ojos.

Muchos de los emperadores alcanzaron el poder siendo hombres avanzados, de cabellos grises o blancos y, sin embargo, a muchos se les describía como de ojos claros. Si tuviésemos registros de su aspecto cuando eran jóvenes, es probable que una proporción significativa de ellos tuviese cabello claro. De los 9 emperadores con cabello claro, sabemos que al menos 5 tienen los ojos claros, y de los otros 4 nada sabemos en cuanto al color de sus ojos. De Tiberio, por ejemplo, no sabemos nada sobre sus cabellos, quizás porque era calvo cuando ascendió al poder. Y lo mismo reza para Otón, que se rapaba y llevaba peluca. Tampoco sabemos nada acerca del aspecto físico del “emperador filósofo”, Marco Aurelio, padre de Comodo y un soberano de primera. Otros muchos emperadores (como Julio César), sin ser rubios, eran altos y tenían una complexión muy blanca, rubicunda, o sonrosada.

A partir de Comodo, renuncio a dar más descripciones de emperadores:

1- Porque comenzaron a ascender al poder individuos que no eran de origen romano, y por tanto cuyo fenotipo nada nos puede decir acerca del legado genético de la nobilitas de origen itálico y patricio.

2- Porque, en todo caso, el mestizaje estaba ya lo bastante avanzado como para que los linajes patricios originarios hubiesen perdido su sentido. En aquella época, era común que las mujeres de la alta sociedad romana, hiciesen rapar las melenas de esclavas germanas para confeccionarse pelucas de pelo rubio.


Los dioses, los itálicos, los patricios y los orígenes de roma

Retrocedamos alrededor del año 1200 AEC y trasladémonos a Italia. En aquella época, Centroeuropa era zona de multiplicación de la estirpe indoeuropea y estaba en plena ebullición. Desde lo que hoy es Alemania, una protocivilización semibárbara de la edad de hierro, que la actual arqueología llama Cultura de los Campos de Urnas, estaba lanzando grupos migratorios en todas las direcciones. Entre estas oleadas estaban los celtas, los helenos, los ilirios y los itálicos (también llamados italos o italiotas).

En aquella época, los itálicos, probablemente confederados con algunos grupos ilirios como en el caso de los dorios, irrumpieron en Italia.

Eran un pueblo que, en contraposición a los habitantes nativos de Italia, eran patriarcales en vez de matriarcales, rubicundos antes que morenos, incineraban a sus muertos en vez de enterrarlos, traían consigo todo un panteón de dioses heroicos y guerreros, hablaban un idioma indoeuropeo, rendían un cierto culto bélico y mostraban una simbología solar más orientada al cielo que a la Tierra.

Itálicos fueron los pobladores de yacimientos como la Cultura de Villanova. Los posteriores conflictos “civiles” que la historia feminista denomina como de “matriarcado vs. patriarcado”, así como los retazos que han quedado en la mitología en lo tocante a la lucha heroica de personalidades indoeuropeas contra entes telúricos nativos como serpientes, se refieren realmente a un enfrentamiento espiritual, desencadenado por la llegada de un pueblo minoritario, agresivo y marcial que no se mezclaba con la población aborigen y que pugnaba por dominar la zona.

Bajo un rígido ritualismo religioso, el 21 de Abril de 753 AEC, los jefes de algunos clanes itálicos fundaron la ciudad de Roma. Durante dos siglos, Roma vivió bajo el despotismo y la tiranía de los reyes etruscos, cabezas de una civilización degenerada y siniestra: sacrificios rituales, orgías, matriarcado, homosexualidad, opulencia lujosa, pedofilia, ocio decadente, etc. Los etruscos procedían de Asia Menor, se autodenominaban a sí mismos rasena (“los elegidos”, igual que los judíos) y, no obstante la herencia que tenían (que no representaba sino la decadencia de algo superior a ellos), eran un pueblo condenado.

La situación de tributo romano a Etruria duró hasta que, en el año 509 AEC, los romanos se alzaron contra los etruscos y expulsaron al rey etrusco, Tarquinio el Soberbio, de sus tierras. Las leyendas quieren que esta insurrección itálica (que fue una “rebelión sagrada” de indoeuropeo contra preindeuropeo, de patriarcado contra matriarcado) estuviese motivada por la violación de Lucrecia, una hermosa, honrada y virtuosa mujer de familia romana, a manos de Sexto Tarquino, hijo del rey etrusco —y lascivo como todo su pueblo, en contraposición a la puritana moralidad de los latinos.

Lucrecia se suicidó por honor y, siendo esto la gota que colmaba el vaso de la paciencia romana, los patriarcas iniciaron una rebelión contra los etruscos que desembocó en el derribo de la monarquía etrusca, la fundación de la República romana y la erradicación sistemática y casi total de la memoria etrusca. (Comparable sólo al “genocidio” y a la completa destrucción de Cartago, la mortal enemiga de Roma, considerada como reencarnación del espíritu etrusco-oriental, y en cuyos campos echaron los romanos sal para que nada volviese a crecer allí.)
 

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Recreación de Roma durante la República. Préstese atención a la forma de los barcos de la izquierda, tan reminiscentes de los drakkar escandinavos.

 

Con la expulsión del poder etrusco, se nombraron dos pretores (posteriormente cónsules) que ocupaban el vacío de poder creado. Quedó fundada, pues, la República Romana, marcada por las luchas sociales entre patricios (nobles) y plebeyos.

En aquella época, el Populus Romanus original se dividía en 30 curias (tribus o clanes), cuyo origen se perdía entre las gentes itálicas de antes de la invasión. Las curias estaban encabezadas por los patres (padres) de las gens (familias), esto es, los patriarcas fundadores del clan y de cada familia que lo componía. Cada gens o familia se consideraba descendiente de un genio o patriarca fundador semidivino, al que se rendía culto doméstico como ídolo protector de la casa y de sus descendientes.

Si asimilamos que, para los romanos, una gens o familia era toda una institución social, estatal, militar y religiosa, podemos comprender la importancia de los genios y los patres como jefes de esta pequeña célula imperial, a quienes correspondía el liderazgo social, político y militar, así como los puestos dirigentes en el característico culto religioso romano, donde se confundían Júpiter, el Estado, el patriarca, el Senado, la Legión y la familia. No era de extrañar, pues, que fuesen considerados como semidivinos y de altísima sabiduría.

Los patres fueron los que dieron su nombre a la casta de los patricios, es decir, los pertenecientes a su sistema de familias y clanes, la aristocracia, la primera nobilitas, que se diferenciaba de la plebs o plebe—es decir, los pueblos que no entraban en el orden de clanes itálicos. En un principio, los varones patricios eran los únicos ciudadanos romanos, los únicos que militaban en la Legión, los únicos a quienes les era dado llegar a senadores y los únicos que disfrutaban de todos los derechos y deberes asociados tradicionalmente a la ciudadanía romana.

Posteriormente, tras la “universalización” y “cosmopolitización” de Roma durante el Imperio, los patricios pasaron a formar una aristocracia sobre el resto de pueblos de Italia, englobados en la plebs. Los patricios como clase social, y de entre ellos, los patres como cabeza de familia, son probablemente la expresión más exaltada del patriarcado y el patriotismo propio de los indoeuropeos en oposición al narcótico matriarcado de los pueblos preindoeuropeos de Europa, decadentes y “demasiado” civilizados.

Pasaremos a examinar ahora a los patricios y a los dioses romanos bajo el punto de vista del fenotipo, tras haber visto a los primeros emperadores romanos, la mayoría de origen patricio.

• Lucio Cornelio Sila (138-78 AEC), el cónsul y dictador romano, que era de ascendencia patricia, tenía pelo rubio, ojos azules y una complexión rubicunda:

Su dorada cabeza de cabello lo hacía un hombre de aspecto extraordinario, ni tenía ninguna vergüenza, tras las grandes acciones que había realizado, en testificar a sus propias grandes cualidades. Así, gran parte de su opinión era en cuanto a agencia divina (Plutarco, De Vita: Sylla).

Cuál fuese lo demás de su figura aparece en sus estatuas; pero aquel mirar fiero y desapacible de sus ojos azules se hacía todavía más terrible al que lo miraba, por el color de su semblante, haciéndose notar a trechos lo rubicundo y colorado mezclado con su blancura; y aun se dice que de aquí tomó el nombre, viniendo a ser un mote que designaba su color. Así, un decidor de mentidero de los de Atenas le zahirió con estos versos: “Si una mora amasares con la harina, tendrás de Sila entonces el retrato”.

Marco Porció Catón “el Censor”, más conocido como Catón el Viejo (234-149 AEC), el pronunciador de la famosa frase Ceterum censeo Carthaginem esse delendam (“Por lo demás, creo que Cartago debe ser destruida”) en todos sus discursos, era rubio de ojos azules según Plutarco:

Era en su figura rubio y de ojos azules, como lo dio a entender, no mostrándosele muy aficionado, el que hizo este epigrama: A ese rubio, mordaz, de ojos azules, a Porcio, aun muerto, estoy que en el infierno no le ha de recibir la hija de Ceres (Plutarco, Marco Catón).

• Popea Sabina (30-65 EC), la mujer de Nerón, famosa por su belleza en toda Roma, era muy blanca y pelirroja.

Notamos que los romanos, como los griegos, veían la pigmentación clara como un signo de lo “divino” o lo “sobrenatural”. Algunos pueden interpretar este hecho en cuanto a que la pigmentación clara era rara entre los romanos. Pero examinando convenciones de nombres, queda claro que las facciones claras eran bastante comunes entre los patricios. Según Karl Earlson:

Una vez que habían llegado a una cierta etapa en sus vidas, los patricios ganaban su nombre personal adicional (cognomina), que a menudo estaba basado en el aspecto físico que poseían. Nombre como Albus indican piel clara; Ravilla, ojos grises; Caesar [César], ojos azules; Flavius [Flavio], pelo rubio; Rufus [Rufo], pelo rojo; Longus [Longo], alta estatura; Macer, una constitución esbelta. Todos estos nombres eran comunes entre los patricios.

Así, el autor latino Quintiliano, en Institutio Oratoria (I, IV, XXV), observa que un hombre llamado Rufo o Longo, tiene tal nombre por sus características corporales: porque es pelirrojo o alto. Plutarco (Coriolano XI) establece que dos hombres, uno pelirrojo y otro moreno, podían distinguirse porque el primero se llamaría Rufus y el segundo Niger. Aelio Espartano, en Historia Augusta: Aelio (II, IV), sugiere que los Césares ganaron su nombre por el hecho de que el fundador de su gens tenía ojos azules (oculis caesiis). El lexicógrafo Sexto Pompeyo Festo, en De verborum significatu (CCCLXXVI ss), establece que el nombre Ravilia deriva de “ojos grises” (ravis oculis), y el nombre Caesulla de ojos azules (oculis caesiis). Julio Paris, en De nominibus Epitome, VII, proporciona ejemplos de nombres de mujeres que, según dice, tienen su origen en la pigmentación de quienes los ostentaban: Rutila (pelo rojo), Caesellia (ojos azules), Rodacilla (complexión rosada), Murrula y Burra (cabello rojo o complexión rubicunda).

He proporcionado todas estas citas para demostrar que estos nombres no eran puramente arbitrarios, sino que estaban, de hecho, basados en características físicas, y que estas facciones no eran raras entre ciertos estratos de la sociedad romana.

Incluso cuando los patricios habían casi desaparecido, aun tenían los romanos el recuerdo de los antiguos patres como seres semidivinos que llegaron a Italia, fundaron Roma, “romanizaron” a la Península y legaron el Patriarcado a esas tierras, junto con una mentalidad fuerte y un sistema político duradero, eficaz y que perduró por siglos. Los antiguos antepasados patricios seguían siendo considerados en Roma como un patrimonio común del cual enorgullecerse.

Karl Earlson resume cómo sigue los hallazgos de Sieglin en cuanto a la pigmentación de los patricios y su identidad como casta:

Wilhelm Sieglin [Die blonden Haare der indogermanischen Völker des Altertums, 1935], recopiló los detalles de los patricios romanos cuyos nombres indican cabello claro. Produjo la siguiente lista: 7 Flavi, 20 Flaviani, 10 Fulvi, 121 Fulvii, 27 Rubrii, 26 Rufi, 24 Rufii, 36 Rufini, 45 Rutilii y 13 Ahenobarbi. Esto desbarata completamente la aserción de Sergi de que “Los romanos también tenían sus Flavi, que indica que las personas de complexión clara no eran comunes y requerían un nombre especial, pero no indica que el tipo germánico fuese considerado aristocrático ni dominante” (Sergi: 1901, 20). Obviamente, tales personas no eran escasas.

Sieglin también determinó que entre las familais Iulii, Licinii, Lucretii, Sergii y Virginii, el nombre Flavius era muy común; Rufi era a menudo visto entre las familias Antonii, Caecilii, Coelii, Cornelii, Geminii, Iunii, Licinii (a menudo también Flavii), Minucii, Octavii, Pinarii, Pompei, Rutilii, Sempronii, Trebonii, Valgii y Vibii; Rufini se encontraba frecuentemente entre las gens Antonia, Cornelia, Iunia, Licinia, Trebonia and Vibia. Sieglin observa que esta lista podría ser, desde luego, aumentada, bajo la luz de investigaciones mayores.

Además de todo esto, Sieglin también compiló una lista de 63 romanos rubios o pelirrojos, a los que se les había hecho una referencia definitiva en cuanto al color del cabello; muchos de estos individuos eran patricios. También encontró referencias a 27 divinidades rubias (incluyendo Júpiter, Venus, Mercurio, Diana, etc.) y 10 personalidades heroicas rubias. [1]

El hombre hace a los dioses en su propia imagen: de modo que estos dioses rubios nos hablan de la naturaleza racial de los primeros romanos. (En la Eneida, Virgilio se refiere a Mercurio, Lavinia, Turno y Camila como “de cabellos dorados”.) Su lista de rubios incluye Eneas, el antepasado mítico de los latinos (también era rubio su hijo Ascanio o Julo), Rómulo y Remo, los gemelos fundadores de Roma; Augusto, el primer emperador romano, e incluso Roma, que simbolizaba a la misma ciudad de Roma.

Mientras que la mayoría de históricos de cabello claro de Sieglin eran patricios, la mayoría de los 17 romanos morenos sobre los que encuentra referencias, eran plebeyos o libertos.


Sobre la desaparición de los patricios y el mestizaje de los romanos originarios

¿Qué fue de los patricios? Fueron marchitándose con el tiempo. En las numerosísimas conspiraciones e intrigas del Imperio, era común que, tras la formación de dos partidos enfrentados y la victoria de uno sobre otro, el vencedor hiciese asesinar al jefe del partido enemigo, a su familia y a todas las familias afines a él. “Los fuertes se destruyen entre sí y los débiles continúan viviendo”, dijo George Bernard Shaw. Es indiscutible que estos tejemanejes seudomafiosos diezmaron enormemente a la clase patricia. Si a esto añadimos el mestizaje ante una mayoritaria población plebeya, la inmigración de esclavos procedentes de Siria, las provincias de Asia Menor, Egipto y África, y el desangramiento de la flor y nata patricia en los campos de batalla, comprenderemos que los patricios no hayan durado demasiado durante el Imperio, en vista de situaciones tan disgenésicas.

En un jornal sobre Occidente y su futuro, es apropiado terminar este artículo recordando brevemente el destino de la clase alta romana. Entre los pueblos indoeuropeos, los romanos ofrecen un ejemplo especialmente útil, ya que dejaron masas de registros escritos, facilitando a los posteriores historiadores el determinar qué fue de ellos. La evidencia encontrada en textos antiguos implica que esta clase alta descendía principalmente de indoeuropeos que tenían un tipo físico decididamente noreuropeo, aunque eso no es algo que uno lea en libros modernos sobre la historia de Roma.

En Roma, sin embargo, la clase alta siempre fue una minúscula minoría. En vez de proteger sus intereses, se permitió a sí misma el atrofiarse poco a poco. Consideremos una funesta estadística. Conocemos alrededor de 50 clanes patricios en el Siglo V antes de Cristo, pero para la época de César, en el tardío Siglo I después de Cristo, sólo 14 de estos clanes había sobrevivido. La decadencia continuó en la época imperial. Conocemos las familias de casi 400 senadores romanos en el año 65 DC, pero sólo una generación después, todo rastro de la mitad de estas familias había desaparecido (John V. Day, Indo-European Origins).

Por ejemplo, en los tiempos de César conocemos a 45 patricios, de los cuales sólo uno está representado por la posteridad para cuando Adriano asciende al poder. Los Aemilsi, Fabii, Claudii. Manlii, Valerii y todos los demás, con la excepción de Comelii, han desaparecido. Augusto y Claudio ascendieron 25 familias al Patriciado, y para el reinado de Nerva, han desaparecido todas menos 6. De las familias de casi 400 senadores registrados bajo Nerón en el año 65, se ha perdió todo rastro de la mitad en los tiempos de Nerva. Y los registros están tan completos que se puede asumir que estas estadísticas representan con bastante precisión la desaparición de la estirpe masculina de las familias en cuestión. (Cf. Tenney Frank, “Race Mixture in the Roman Empire”, American Historical Review, Vol. XI, 1916).


Conclusión

¿Eran los romanos, pues, rubios?

Depende de lo que entendamos por “romanos”. Los romanos originales no descendían de los habitantes originales del suelo italiano, sino de los itálicos (o italios, o italiotas, o como os plazca llamarlos) y seguramente también de grupos ilirios, es decir, invasores indoeuropeos que entraron en Italia desde el Norte, procedentes de lo que hoy es el sur de Alemania. Estos invasores primigenios, de los cuales descendían los latinos (que fueron los más influyentes, y quienes acabaron dando su idioma al Imperio), los sabinos (considerados por Plutarco “una colonia de los lacedemonios” —los espartanos), los umbríos, los samnitas y todos los clanes patricios que fundaron Roma y la República, sí eran mayoritariamente nórdicos, y constituyeron además el fundamento de la élite política y militar del Imperio.

Sin embargo, en la Roma posterior, estos grupos formaron una minoría aristocrática, dominando a una plebe que sí era de origen preindoeuropeo y, posteriormente, incluso esclavos semitas y negros. Acabó habiendo mezcolanza entre todos estos grupos. Con el tiempo, los números de la casta nórdica dominante se marchitaron. Y, con ellos, se marchitó su firme influencia patriarcal, sobria y autoritaria, en favor de la disolución del Imperio, expresada en su cosmopolitismo, su multiculturalismo y su proliferación de los esclavos.

El resto de la historia posterior al esplendor imperial romano y a sus grandes hombres, ya nos la conocemos, y transcurre en una repente agonía decadente, salpicada por comilonas, fiestas, orgías, vino, esnobismo, falsa sofisticación, saltimbanquis, homosexuales, modas estúpidas, gordos, pelucas rubias hechas con cabellos robados a germanas, mestizos, pacifistas, esclavos envalentonados, mujeres “liberadas”, cristianos fanáticos y burgueses corrompidos que renegaban de su propia patria. [2]

El fantasma de la antigua Etruria, muerto por los antiguos patriarcas latinos, había vuelto a renacer. Ante esos monstruos decadentes —que ya nada tenían que ver con los semidioses patricios o con sus rudos y patrióticos soldados campesinos—, el “bárbaro” germánico era realmente un héroe auténtico, puro, duro, fuerte, noble, idealista, sencillo y valiente, en cuya limpia sangre aguardaban las fuerzas ocultas de la humanidad indoeuropea, prestas para dar a luz y hacer germinar al poder europeo de milenios posteriores. Pienso en las palabras del historiador Arthur de Gobineau:

¿Qué era, en lo físico y en lo moral, un romano de los siglos III, IV o V? Un hombre de talla mediana, de constitución y aspecto endebles, generalmente moreno, encerrando en las venas un poco de sangre de todas las razas imaginables; creyéndose el hombre primero del Universo, y, para probarlo, insolente, rastrero, ignorante, ladrón, depravado, dispuesto a vender su hermana, su hija, su esposa, su país y su soberano, y dotado de un miedo insuperable a la pobreza, al sufrimiento, a la fatiga y a la muerte. Por lo demás, no dudando de que el Globo y su cortejo de planetas no hubiesen sido creados sino para él únicamente. [3]

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Frente a ese ser despreciable, ¿qué era el bárbaro? Un hombre de rubia cabellera, de tez blanca y rosada, ancho de espaldas, grande de estatura, vigoroso como Alcides, temerario como Teseo, hábil, ágil, no sintiendo temor de nada, y de la muerte menos que de lo demás. Ese Leviatán poseía sobre todas las cosas ideas justas o falsas, pero razonadas, inteligentes y que pugnaban por difundirse. Dentro de su nacionalidad, había nutrido el espíritu del alimento de una religión severa y refinada, de una política sagaz, de una historia gloriosa. Hábil en meditar, comprendía que la civilización romana era más rica que la suya, y buscaba el porqué de ello.

No era en modo alguno esa criatura turbulenta que ordinariamente nos imaginamos, sino un adolescente muy atento a sus intereses positivos, que sabía cómo componérselas para sentir, ver, comparar, juzgar, preferir. Cuando el envanecido y miserable romano oponía sus artimañas a la astucia vital del bárbaro, ¿quién decidía la victoria? El puño del segundo. Cayendo como una masa de hierro sobre el cráneo del pobre nieto de Remo, aquel puño musculoso le mostraba de qué lado se hallaba entonces la fuerza. ¿Y de qué modo se vengaba entonces el humillado romano? Lloraba, y pedía a los siglos futuros que vengasen a la civilización oprimida en su persona. ¡Pobre gusanillo! Se parecía al contemporáneo de Virgilio y de Augusto como Shylock al rey Salomón. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, Libro Tercero, Capítulo VII.)

En resumen: no se ha sostenido que todos los romanos fuesen del tipo nórdico. Se ha sostenido que la sangre nórdica predominaba entre los invasores itálicos, que eran los antepasados de la posterior aristocracia romana dominante, únicos ciudadanos romanos auténticos, que impusieron su ethos en todo el Imperio y difundieron en él su espíritu, marcando al “estilo romano” con un sello inequívocamente nórdico.

“¿Son los germanos un pueblo sano y natural que superará la decadencia de los romanos?” (Tácito, Germania).


NOTAS:

[1] Los dioses romanos estaban emparentados con los dioses de otros pueblos indoeuropeos, e idénticos a ellos antes de que los pueblos indoeuropeos se desparramasen por toda Eurasia. Así, Júpiter (“Dios Padre”) procede del mismo dios primigenio del que proceden el Zeus helénico, el Perun eslavo, el Perkunnos báltico, el Indra hindú, el Taranis celta, el Tiri del Oeste de Irán (o el Tishtrya de Persia), el Donnar alemán, el Thur anglosajón o el Thor escandinavo—aunque Thor era pelirrojo. Venus equivale a la Afrodita helénica o a la Freya escandinava, con las que compartía su condición de rubia y su título de “Dorada”. Mercurio equivale al Hermes helénico, y en el Norte su relevancia fue mucho mayor, pues era Wotan y Odín, padre de los dioses, dios de la sabiduría, de la iniciación y de la guerra. Diana es la Dievana eslava, la Artio céltica, la Artemis helénica y parece probable que también la Anahita irania.

[2] Esto suena. Será porque la decadencia de Roma, por ser escaparate de Occidente, fue un anticipo de lo que está siendo ahora la decadencia occidental, también caracterizada por un descenso en picado de la pureza de sangre y del prestigio de ésta.

[3] Esta combinación también resulta extrañamente familiar y actual, quizás porque es lo que está predominando hoy en día, no sólo alentado desde arriba, sino merced a la disolución de la sangre nórdica.

Published in: on marzo 19, 2014 at 11:51 am  Comments (4)