España y su literatura

libro de cholitaEn mi blog en inglés, The West’s Darkest Hour, subí cinco entradas sobre literatura española, siempre haciendo referencia al libro de texto de mi maestra, Soledad Anaya Solórzano (1895-1978). Recuerdo con cariño que le llamábamos “Señorita Anaya” en el primer lustro de los años setenta. Ahora simplemente la llamaré por su apellido o como la gente que la tenía en alta estima le llamaba.

En una reunión del año pasado aquí en la Ciudad de Méjico, a la que asistieron algunos nacionalistas criollos, Alberto me preguntó de qué estructura nacional podríamos agarrarnos quienes creemos en la raza caucásica en este país. Le respondí que no hay nada de donde agarrarse y quisiera explicar por qué.

Ni España ni Nueva España han tenido una adecuada conciencia racial, al menos no después de que los godos ibéricos comenzaran a mezclar su sangre con no arios. La España franquista pudo haber sido fascista pero, a diferencia de los alemanes, el racialismo no se encontraba en su agenda. En el caso de Nueva España mis relecturas del libro de Anaya me mostraron algo similar.

En las páginas 28-31 se relata la fascinante historia del rey Rodrigo y la pérdida de España en el siglo VIII. (Tómese en cuenta que a esas alturas la pasión visigoda por mantener limpia su sangre ya había sido mermada con tres siglos de cristiandad.) El primer shock que recibí al leerlo es que en esta leyenda no se culpa a los judíos de haber abierto las puertas a la invasión musulmana ¡sino a una venganza entre blancos ibéricos! Algo similar cuenta Anaya en las páginas 40-47, otra gema semilegendaria de las primeras letras españolas. De hecho, otra venganza entre blancos ibéricos que resultó en la decapitación de siete muchachos blancos por orden de un moro. El final “feliz” llega cuando un mestizo entre blanco y moro, hermanastro de los decapitados, se venga no contra el moro, sino contra el cristiano que presumiblemente causó todo el desmán.

Más perturbador fue releer en la página 65 de Literatura Española que Anaya escribiera de El Cid como “el que es terror de moros y cristianos”. (En la historia real, independientemente del Cantar del Mío Cid, ¡Rodrigo Díaz de Vivar había guerreado bajo las órdenes de unos jefes moros en Zaragoza después de haber caído de gracia ante el rey castellano Alfonso VI!)

El capítulo sobre La Celestina es el más largo en el libro de Anaya, quien nos explicó en clase las razones de su longitud: quería más bien que omitiéramos esa lectura y nos volcáramos en la inmortal novela de Cervantes. No deseo comentar mucho sobre La Celestina salvo enlazar lo que dije en este comentario en mi entrada en inglés sobre tan influyente libro, que por cierto leí este mes.

Lo que Anaya dice de los frailes misioneros en América a partir de la página 314 corrobora lo que he escrito sobre el “problema cristiano”, al cual considero más grave para preservar a la raza blanca que el problema judío. Esas páginas también muestran que el estúpido ídolo de mi padre, Bartolomé de Las Casas (acaso hijo de conversos), se movió en aguas antiblancas y antioccidentales y estamos hablando de aguas movidas por cristianos y blancos ibéricos. (En mi radical opinión, toda meta-ética al sur del Río Bravo contraria a lo que los gringos hicieron con los pieles rojas es “antiblanca”, especialmente la piedad cristiana de los frailes hacia los indígenas.) Ya desde la página 287 del libro de Cholita, como le decíamos tres compañeros de escuela a Anaya, se muestra que la criolla Sor Juana, tan idealizada por Octavio Paz y tanto mejicano, ¡se ponía de parte de los zambos, los indios y los negros de Nueva España!

Al llegar a la página 382 vemos cómo se desarrollaron las letras hispanas modernas a partir de la lírica medieval. El caso es que el teatro español de la época de oro—Lope, Tirso, Alarcón, de la Barca—no habla de raza o épica lucha contra los moros. Más bien, se comenzó a llevar a la “pantalla” de aquel entonces a cuentos medievales como el de los Siete Infantes de Lara, los decapitados mencionados arriba: cuento de “honor” que termina con un híbrido entre blanco y moro en el poder. Es fundamental mencionarlo porque muestra que, después de que la conciencia étnica de los visigodos fue apagada debido al cristianismo que se impuso en el siglo V en la península, no ha habido sustancial conciencia racial entre los españoles y portugueses. Por eso digo que no hay nada de qué agarrarse.

Pensemos en la obra de teatro La estrella de Sevilla por ejemplo, que algunos atribuyen a Lope. Malo está cuando una obra termina con la “estrella” de la trama, una auténtica ninfa aria, entrando a un convento en lugar de reproducirse. Los judíos jamás tendrían monasterios para sus mujeres. Recuérdese que Kevin MacDonald afirma que los blancos tienen más tendencia al idealismo moralizante que otros (un quijotesco sentido del honor a mi modo de ver; de hecho “España es Quijote” según varios comentadores españoles de la obra).

En las página 428 y siguientes me sorprendió ver que en la Nueva España del siglo XVIII había indigenismo entre los jesuitas (en los que posteriormente se inspiraría Hidalgo). Estos eran humanistas del siglo anterior a la gran traición antiespañola de la que habla Vasconcelos en su Breve historia (que he citado en este blog). Al leer a esta gente resulta obvio que había algo inicuo en los criollos incluso en tiempos en que Nueva España era judenfrei, libre de judíos.

Igualmente aberrante fue enterarme en la página 463 del libro de Cholita que “mestizos y criollos”, esto es, apiñonados y blancos, leían la literatura que produciría la independencia. En 1821 Francisco Manuel Sánchez de Tagle por ejemplo, en su surrealista acta de la independencia habla de “La Nueva Nación Mexicana, que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia ni libre el uso de la voz, sale de la opresión en que ha vivido” (página 473). ¡Como si el Méjico independiente fuera la restauración del imperio azteca pero ahora un imperio azteca para indios, mestizos y criollos!

Naturalmente, toda esta locura antiblanca que se elaboraba por los mismos criollos no podía terminar sino en figuras como Manuel Altamirano, indio puro y partidario de Juárez cuyas cenizas fueron trasladadas a la Rotonda de los Hombres Ilustres después de haber muerto en Italia, como cuenta Cholita en la página 511. (Anaya por cierto no era racista como yo y aquellos que platicamos en la reunión mencionada al inicio de esta entrada.)

La página 513 me hizo pensar que el idiota de Justo Sierra ignoraba que es imposible “educar” a los nacos para que éstos lleguen a niveles europeos de cultura en tanto que su coeficiente intelectual yace muy debajo del nuestro. (La nieta de Sierra, Cristina Barros, quien fuera directora del Colegio Madrid donde yo estudiaría después de graduarme de la escuela de Cholita, ignoró este dato fundamental a lo largo de toda su carrera como pedagoga.)

En la página 552 de Literatura Española me llamó la atención la línea “Hidalgo predicando el exterminio” de los españoles en Méjico, salida de la pluma de Salvador Díaz Mirón. Y en la página 562 y siguientes releí un texto en que Rubén Darío contrasta los nacos de su tierra con “una muchacha blanca” comiendo uvas.

“Y sobre aquel fondo de hollín y carbón, sus hombros delicados y tersos que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de lis, con un casi impenetrable tono dorado”.

Una sociedad cerrada

Mi entrada anterior fue una ruptura abierta con Octavio Paz, quien vivía a unas cuadras de mi hogar en Coyoacán cuando falleció.

No obstante, ahora que he mencionado a Nueva España en mis últimas entradas en inglés (por ejemplo aquí), me animé a releer algunas páginas del libro que representa la madurez del pensamiento de Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe. Me refiero especialmente al análisis que el poeta hace sobre Nueva España. No cabe duda que esas páginas pacianas retratan mejor lo que fue esa “sociedad singular” que los densos tratados de cualquier otro escritor.

Leí Las Trampas de la Fe hace ya veinte años, y no acaban de admirarme frases lucidísimas como la siguiente:

La biblioteca de sor Juana es un espejo del inmenso fracaso de la Contrarreforma en la esfera de las ideas.

Y es que, en “la sociedad cerrada” en la que Juana vivió, no sólo le faltaban Maquiavelo y Hobbes, sino Bacon y Descartes (además de su silencio sobre el mismo Erasmo). Juana tampoco leyó a Shakespeare o a Milton. “Más grave aún”, escribe Paz, “fue no tener noticias del movimiento filosófico y científico de su tiempo”. La poetiza novohispana tampoco se había enterado de Leibniz, Newton y Spinoza. Paz remata su capítulo de Las Trampas de la Fe con palabras admirables:

El caso de sor Juana se ha repetido una y otra vez: ha sido una nota constante de la cultura española e hispanoamericana hasta nuestros días… embobada con esta o aquella ideología, vuelve a perder el tren.

En previos capítulos de su libro Paz había hecho un análisis inteligentísimo sobre la Nueva España: desde el mundo prehispánico, la conquista, los virreyes, el estado y el púlpito, la guadalupana que “literalmente enamora a los novohispanos”, la espléndida arquitectura, la encomienda, los modos de producción, los jesuitas y el impulso autonomista de los criollos, hasta unas comparaciones desfavorables de la época de la Colonia frente a la plena modernidad representada por los Estados Unidos. No obstante, a diferencia de la Breve Historia de México de Vasconcelos, tema de varias entradas en este sitio, Paz apenas toca el tema del mestizaje y nada dice en lo absoluto sobre la inmensa desproporción de indios levemente mestizados frente a los criollos y peninsulares, y cómo semejante desproporción pudo haber afectado a esa sociedad singular.

¿Por qué Paz se refrena de ahondar en lo que Vasconcelos se animó a decir? En pocas palabras, por corrección política. A pesar de su eterna lucha contra los marxistas mejicanos, tan embobados en compactas ideologías que empuñaban cual cachiporras, Paz padeció toda su vida de ceguera en el centro de su visión. Lo que es más: por más insólito que pueda parecer, lo que el laureado poeta no se atrevió a decir a veces lo dicen los neonazis del nuevo siglo.

Sé que esto puede parecer inverosímil, pero es natural. La gente del establishment, incluyendo los intelectuales de elite, no pueden lanzar ideas más allá de lo que la sociedad cerrada en la que vivimos nos permite decir. Paz y otros jamás hubieran recibido becas vitalicias de parte del gobierno mejicano, no se diga premios internacionales como el Cervantes y el Nobel, de haberse atrevido a pensar honestamente sobre las causas de fondo del rezago del país en que nacieron.

* * *

“¿Qué es Méjico?”, le preguntaron a un bloguero neonazi. Tómese en cuenta que la paráfrasis que haré del bloguero, por más primitivo que éste pueda parecer, llena el hueco negro con letras inteligibles que Paz fue incapaz de ver debido al punto ciego en el centro de su visión:

Desde su independencia la “nación” llamada Méjico no ha sido más que una aglutinación caótica de razas, culturas, pueblos y etnias, pero no existe como una verdadera nación. “México” era el nombre la antigua capital azteca, México-Tenochtitlan (o hablando con propiedad fonética, capital mexica o meshica).

Hace siglos que el verdadero México—una hermosa ciudad lacustre—fue destruido. El Méjico moderno—una nación—es una noción equívoca, en el sentido de que no todos quienes usan un pasaporte con águila y serpiente son descendientes de los tenochcas. Ni los indios lacandones ni los criollos de Guadalajara o del norte del país se ven a sí mismos como sus orgullosos descendientes, y no hablemos de cómo los judíos ricos de la capital, muchos sin una sola gota de sangre indígena, perciben a los antiguos mejicanos.

En otras palabras, más que una auténtica nación Méjico es una quimera imposible de diversos grupos étnicos (por eso mejor uso la “j” para escribirlo a la española). A Paz mismo le molestaba que el Museo de Antropología de su querida ciudad ostentara la Sala Mexica de manera central, como si hubiera sido la cultura central en Mesoamérica (habría que preguntarles a los teotihuacanos, o a los mayas). Con la poca gente blanca sin mezcla que le queda al país y con indios que apenas saben castellano (frecuentemente ni siquiara náhuatl sino uno de los diversos dialectos), el mal llamado Méjico—en tanto que la antigua capital azteca no debió darle nombre a la diversa nación moderna—carece de identidad común.

Pero el verdadero quid es que, con una población casi totalmente mestiza con fuerte presencia del genotipo y fenotipo indio—¡y aún negro!—y con los criollos puros en vías de extinción, el país está destinado a la irreversible decadencia total. Recuérdese la premisa bajo la que corre la Breve Historia de Vasconcelos: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres. Los tiempos actuales y la guerra del narco, mestizos de baja ralea, son prueba viviente y sangrante de esa decadencia racial que abruma a la nación.

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes, nos dice el neonazi. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio. Por más que admiremos la valentía que mostró Vasconcelos con su Breve Historia, la población mejicana no puede superarse porque el “superarse”—algo que Vasconcelos no vio ni en su Breve Historia ni en La Raza Cósmica—no pertenece al reino de la volición. La mayoría de los mejicanos simplemente carecen de genes competitivos: de un coeficiente intelectual que les permita competir con los pueblos de raza aria, o con los chinos, japoneses o los judíos.

Quien dude que vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España—en tanto que si bien a la Inquisición le molestaban los telescopios, a los inquisidores del siglo XXI les molestan los estudios raciales—haría bien en leer esta entrada. El tema del artículo y enlaces incorporados es el coeficiente intelectual, el cual es diferencial entre las razas. Es claro que el hispanohablante común del siglo XXI no tiene noticias sobre los estudios sobre el CI de nuestros tiempos.

Razón: Aunque Vd. no lo crea, vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España.

Published in: on octubre 29, 2011 at 8:11 pm  Comments (1)  

Páginas finales de la “Breve historia”

En el Epílogo de la edición de 1944 de Breve Historia de México, páginas 557-562, José Vasconcelos dice del pueblo mejicano: “No hay sobre toda la Tierra una raza más desamparada, más oprimida, más engañada” y que “lo que desconsuela es ver a toda una juventud entregada a la mentira, convencida de que va camino del progreso”. Para mi criterio, esto particularmente se aplica a los criollos en vías de extinción a lo largo del país este siglo XXI. Vasconcelos luego añade: “Nada se ha hecho por el indio, repetimos a menudo. ¿Y dónde se ha visto en la historia que una raza se salve por la acción de un pueblo extraño?”

Esto último le pega al clavo, pues sólo en una época como la nuestra en que un altruismo desquiciado se ha apoderado de la psique de la gente de piel blanca se oye aquello de salvar a otras razas de sus problemas: por ejemplo, la grotesca reacción occidental ante el temblor de Haití del año pasado, en que famosas figuras en la política yanqui hablaron de importar a cientos de miles de esos harapientos haitianos a residir permanentemente en Estados Unidos.

Vasconcelos, claro está, no llegó a las conclusiones lógicas que un nacionalista blanco llegaría a partir de una lectura racial de la historia de Méjico. No obstante, comparado con otros historiadores mejicanos Vasconcelos se colocó infinitamente más cerca de la verdad—a pesar de su previo desvarío racial, doce años antes de que publicara su Breve historia (1937). Me refiero a La raza cósmica (1925): fantasía utópica en que veía al crisol de razas latinoamericanas como algo bueno y deseable.

Este día leí el capítulo “Calle del puente de San Dimas o de Venero, Hoy 4º de Mesones” de Historia y leyendas de las calles de México, páginas 237-243. No puede impresionarme más un mundo tan sideralmente aparte que el nuestro, en sentido de una cultura basada en la conciencia étnica más elemental: el mundo de mis antepasados novohispanos. Aunque escrito por un antirracista, el capítulo cuenta de la situación de los negros y mulatos en Nueva España, donde las leyes tenían muy bien controlada a la gente de color sabiendo que asaltaban y robaban a los viajeros. Los castigos durante los motines de los negros eran duros, aunque en 1750 el rey Fernando VI firmó una cédula para que los negros de su reino quedaran libres.

Muy ilustrativo: pues el paso en falso que darían los norteamericanos un siglo después, en 1861 para ser exactos, tuvo un antecedente en España y, por lo tanto, en Nueva España.

Una viñeta personal. De niño no vi a ningún negro en la Ciudad de Méjico. Y cuando de lejos vi al primero—uno que caminaba cerca de la gasolinera que se encuentra en el cruce de la calle Luz Saviñón y Avenida Universidad—me sorprendió mucho.

Ahora, a dos siglos después de abolido el sistema de castas de Nueva España, se les ve por todos lados en una de las metrópolis más grandes, y degeneradas, de Latinoamérica.

Published in: on junio 15, 2011 at 3:51 pm  Dejar un comentario  

Méjico con “j”

A partir de esta entrada inicial no escribiré la palabra “México” con x sino con j. Es una forma de rebelarme ante lo que me inculcaron desde niño en la Ciudad Méjico. En esta entrada inaugural básteme citar un pasaje del capítulo “La Independencia” de Breve historia de México (Ediciones Botas 1944, págs. 255-260):

vasconcelos
 
La independencia de los pueblos americanos es el resultado de la desintegración del imperio español. Ninguna de las naciones de América había llegado a las condiciones de madurez que determinan la emancipación como proceso de crecimiento natural… Los hombres de mas clara visión de la Colonia y los más patriotas, como por ejemplo, el Obispo Abad y Queipo, dieron a México por perdido y con razón, desde que se vio que era inevitable su independencia…

Desde el principio, la guerra se propuso destruir a los españoles que representaban la fuerza y la cultura del país. De igual modo que más tarde se desarrolló la lucha contra el criollo y hoy se libra contra el mestizo, todo a pretexto de libertar al indio…

En los Estados Unidos nunca se dió al movimiento independiente el sentido de una guerra de castas. Para que Morelos, por ejemplo, fuese comparable a Washington, habría que suponer que Washington se hubiese puesto a reclutar negros y mulatos para matar ingleses. Al contrario, Washington se desentendió de negros y mulatos y reclutó ingleses de America, norteamericanos que no cometieron la locura de ponerse a matar a sus propios hermanos, tíos y parientes, sólo porque habían nacido en Inglaterra. Todo lo contrario, cada personaje de la revolución norteamericana tenía a orgullo su ascendencia inglesa y buscaba un mejoramiento, un perfeccionamiento de lo inglés. Tal debió ser el sentido de nuestra propia emancipación, convertir a la Nueva España en una España mejor que la de la península, pero con su sangre, con nuestra sangre. Todo el desastre mexicano posterior se explica por la ciega, la criminal decisión que surge del seno de las chusmas de Hidalgo y se expresa en el grito suicida: “¡Mueran los gachupines!”

Ni a Washington, ni a Hamilton, ni a Jefferson, ni a ninguno de los Padres de la Independencia yankee les pasó por la cabeza la idea absurda de que un piel roja debía ser el Presidente o de que los negros debían ocupar los puestos desempeñados por los ingleses. Lo que nosotros debimos hacer es declarar que todos los españoles residentes en México debían ser tratados como mexicanos.

La idea de que la independencia tendiera a restablecer los poderes del indígena, no fue idea de indígenas. La emancipación, ya se ha dicho hasta el cansancio, no la idearon ni la consumaron los indios. La idea de soliviantar a los indios aparece en los caudillos de la emancipación que no encontrando ambiente para sus planes entre las clases cultas, recurrieron al arbitrio peligroso de iniciar una guerra de castas, ya que no les era posible llevar adelante una guerra de emancipación. Y a este cargo no escapa ni Bolívar, que en Colombia lanzó a los negros contra los blancos a fin de reclutar ejércitos. A los del Norte, semejantes procedimientos les hubieran parecido desquiciadores y lo son.

Fue, pues, un crimen, el hecho de lanzar a los de abajo contra los de arriba, sin plan alguno de mejoramiento social, y tan solo para tener soldados. En realidad, la idea de poner al indio al frente del movimiento insurreccional fue una idea inglesa. Uno de los que primeros hablaron de confederar al continente hispánico bajo el cetro de un descendiente de los Incas, fue Miranda. Las ideas se las dieron a Miranda ya hechas sus amigos, los dos mayores enemigos de la obra española en America, o sea los franceses y los ingleses.

Si durante la guerra de Independencia de los Estados Unidos algún agitador hubiese hablado de que el país nuevo debía ser gobernado por los pieles rojas, seguramente lo fusilan los patriotas como traidor. Entre nosotros todavía halla sonrisas quien habla de devolver el país a los indios. La propaganda inglesa bien sabía que los indios ni siquiera se darían por enterados; pero contaba con la ligereza, la vanidad, la estulticia de los criollos y los mestizos. Y aprovechaba ambos contra el español, porque destruido el español, estos países quedarían sin soporte étnico y divididos, por lo mismo, a merced de una nueva dominación.

Sin duda que un México gobernado por indios, convertido otra vez en azteca, se haría presa tan fácil como lo fue para Cortés. Aun suponiendo que lo indígena mereciera la restauración, lo que es absurdo imaginar, es obvio que los pueblos no retroceden trescientos años. Mucho menos en el caso de México en que ya la raza misma, aparte de las costumbres y las ideas, se había transformado.

El desprecio de la propia casta es el peor de los vicios del carácter.