El libro que escribo – II

México sería sin duda un país de prosperidad
porque sus elementos naturales se lo proporcionan,
pero no lo será para las razas que ahora lo habitan.

—Lucas Alamán

 

El siguiente es un texto adaptado de algunos pasajes del libro autobiográfico que me hallo escribiendo:

LibroNo tiene sentido criticar el nacionalismo de mi cristiano padre, tan similar al nacionalismo de los mejicanos liberales y ateos tan comunes en el Méjico actual, si no lo ponemos en contexto.

En primer lugar, Méjico, como las naciones de occidente hoy día, es un país que practica un totalitarismo suave. No se escuchan las opiniones verdaderamente disidentes en los medios—jamás. Con un solo ejemplo bastará. Cuando tenía catorce años el destacado escritor Mauricio Magdaleno visitó a mi padre en nuestra casa de la calle Palenque. En la sala junto con su esposa, Magdaleno comenzó a discutir sobre Gustavo Díaz Ordaz cuando mi padre dijo algo muy duro contra él. Magdaleno lo defendía educadamente. Recuerdo que en un momento Magdaleno dijo algo así como que no iban a poner a un muchachito en el poder y al decirlo me dio dos palmadas amistosas en la pierna. Esas son las únicas palabras de la conversación que recuerdo, además de un comentario escueto de su esposa de que tenía muy buenos recuerdos del ex presidente. El punto es: aunque no recuerdo los argumentos de ninguno de los bandos, sí recuerdo el enojo de mi padre y la educada defensa de Magdaleno.

Haya dicho este último lo que haya dicho, en los medios mejicanos jamás de los jamases se escucha una voz así en lo que se refiere al presidente mejicano que ordenó la matanza de estudiantes en octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco. A mí me resultaría muy fácil defenderla arguyendo que, precisamente por no haber masacrado a los estudiantes del 68 en París y en Estados Unidos, esa generación de traidores, cuando creció y llegó a esferas de influencia en sus respectivos países, abrió las puertas a las masas de migrantes no blancos. Es mucho muy fácil para mí argumentar que una acción de este tipo—matanza de estudiantes—es legítima moralmente si previene un mal mayor que la matanza misma. (Los millones de migrantes no blancos—actualmente en Europa hay más de cuarenta millones de musulmanes—actualmente están reemplazando a los blancos nativos en un Occidente que ya no quiere tener niños.) Un argumento de esta índole ciertamente difiere de lo que, supongo, decía Magdaleno aquella noche en la sala de mi casa. Pero ni lo que Magdaleno solía decir en los años setenta ni lo que argumento ahora llegará a los medios mejicanos bajo ninguna circunstancia: los mejicanos viven en un estado de totalitarismo suave sin que se den por enterados. Incluso el intelectual más odiado en Méjico por la izquierda radical, Octavio Paz, renunció a la embajada de la India en protesta por la matanza de estudiantes: un momento clave en su biografía.

La primera vez que, en mi vida adulta, escuché la otra voz respecto a la masacre de Tlatelolco fue en la página de discusión de la Wikipedia en inglés sobre el tema. Un angloparlante se quejaba de que el artículo era tendencioso y que fallaba en mencionar el punto de vista del gobierno mejicano. Al leer este casual comentario experimenté disonancia cognitiva por vez primera en mi vida adulta respecto a las acciones de Díaz Ordaz. Nada semejante había leído por decenios desde el 68. La sabiduría aceptada en Méjico sobre el asunto había sido completamente unificada y no se han escuchado voces discordantes. La “otra voz” de esa humilde página de discusión en Wikipedia marcaría un parteaguas para que me atreviera a pensar sobre un tema que el clima de la época daba completamente por cerrado.

Leí el comentario de Wikipedia cuando no había despertado racialmente. Una vez despierto, en enero de 2012, un londinense hizo el siguiente comentario en mi blog en español, La hora más oscura:

La literatura hispanoamericana es un desastre (y esto a pesar de que haya un montón de escritores talentosos): casi todos los “grandes autores” son izquierdistas, si no comunistas.

Fíjense que casi nadie comenta en mi blog en español; mis contados interlocutores son angloparlantes. Pero cuando uno de quienes visitan mi blog principal, The west’s darkest hour, conoce mi lengua materna y comenta en el presente blog, me sorprende. Dice algo en mi lengua materna que, si bien intuitivamente lo sabía, no lo había oído articular, como pasó con el comentario citado arriba. Efectivamente, “es un desastre” que ningún escritor latinoamericano de renombre—absolutamente nadie—quiera ver lo que sucede en esta parte del continente. No importa que no todos sean de izquierdas. Tanto un cristiano devoto como mi padre, como el agnóstico Octavio Paz, como Enrique Krauze que tiene sangre judía—todos críticos del comunismo—, se suscribieron a cosmovisiones lesivas para la raza blanca. Ilustraré esto de que nadie quiere ver lo que sucede en la mal llamada América Latina con una viñeta de Héctor Covarrubias, de quien ya he hablado en mi previo libro.

Hace muchos años Héctor me contó que, cuando pasó por el servicio militar, en la ceremonia de graduación los militares del ejército mejicano convocaron a decenas de miles de reclutas para cantar el himno nacional. Eran tantos esos miles que los jóvenes de hasta atrás—cientos de metros atrás—aparentemente se retrasaban en cantarlo. El militar al mando de la orquestación comunitaria se exasperaba y gritaba una y otra vez: “¡Los de atrás se están retrasando!” Cuando después de muchos intentos aparentemente se seguían retrasando, incluso cuando empezaban a cantar antes de la señal, el militar, frustrado, se dio por vencido. Héctor, quien estudiaba física en la UNAM, se percató junto con otros de sus compañeros de lo que sucedía. En la atmósfera terrestre el sonido no puede viajar más rápido que 343 metros por segundo. Como los jóvenes reclutas reunidos en tan ambicioso proyecto se encontraban más lejos, el sonido del Himno Nacional iba a llegar, por necesidad, después de los cantos de las filas de enfrente. El generalote o lo que fuera no tenía idea de esta ley física.

Lo que me contó Héctor es perfecta analogía no sólo de los mejicanos en todos y cada uno de los medios de comunicación y en cada universidad e instancia del gobierno, sino de lo que se conversa en los cafés. Nadie, absolutamente nadie sabe que hay leyes raciales que determinan el éxito o fracaso de una nación. En páginas previas mencioné el libro de Pierce Who we are, pero también podría mencionar el libro de Arthur Kemp, March of the titans que llega a idéntica conclusión: el mestizaje con razas inferiores conduce a la caída de las civilizaciones. Pero el sistema no ha logrado ser ciento por ciento totalitario, sólo noventa y nueve y fracciones de totalitario. La otra voz, lo que equivaldría a mi entonces joven primo Héctor cuchicheándose con otros jóvenes sobre las leyes de la física, puede, ocasionalmente, escucharse en algunos foros en castellano. He aquí unas líneas neonazis que hallé en internet que valen más que bibliotecas enteras:

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio.

La raza que defendía mi madrina Josefina es la causa del subdesarrollo en Méjico y el resto de “Latino” América. Para las masas embrutecidas parecerá increíble que un neonazi de internet diga la verdad que nadie en círculos más respetados vislumbra.

Neonazis aparte, leamos a la clase pensante de Mestizo América. Pasémosle el micrófono a uno de los intelectuales vivos que mayor influencia ha tenido entre hispanohablantes. En un diálogo entre Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa transcrito para Letras libres, la revista que dirige Krauze desde que Octavio Paz murió, después de criticar al indio Evo Morales Vargas Llosa dijo:

Creo que el tema racial es siempre muy peligroso porque agita las peores pasiones del ser humano.

América Latina no es india, no es española, no es negra, es todas esas cosas y muchas más, y esa es la gran riqueza de América Latina. Es un tema que muchas veces he tocado, como peruano, y lo reitero ahora. ¿Qué cosa es ser un peruano? ¿Ser peruano es ser un indio? Desde luego, hay por lo menos seis millones de indios peruanos, que pueden decir “ser peruano es ser un indio”. Pero hay por lo menos un millón de blancos que pueden decir “ser peruano es ser blanco”. Y hay muchos millones de peruanos, la mayoría, que pueden decir “ser peruano es ser mestizo”, ser mestizo de indio y blanco, ser mestizo de indio y negro, de negro y blanco. Un peruano puede ser un chino, o puede ser un japonés, un peruano puede ser un alemán. Esa es la grandeza del Perú, es verdad, la gran riqueza de un país es serlo todo, no tener una identidad porque las tiene todas, y creo que con variantes se puede decir lo mismo de toda América Latina. Entonces, agitar el tema racial, de manera racista, es añadir una razón de antagonismo, de violencia, de exclusión, en un continente que ya tiene suficientes antagonismos y problemas.

Krauze apostilló que cierto autor “usa un hermoso término, ‘identidad plural’. En América Latina hay pluralidad de identidades, y pueden convivir unas con otras, como tú lo has dicho”.

Estos dos intelectuales, que tanta influencia ha tenido en esta parte del continente, no pudieron haber retratado la realidad en mejor negativo fotográfico, viéndolo todo exactamente al revés. Son enciclopédicamente ignorantes de los estudios del coeficiente intelectual, que han demostrado una jerarquía entre las razas y grupos étnicos humanos; y cómo de esta inteligencia genética surge ya sea el primero o el tercer mundo. Este par ve a la quimera imposible que es Mestizo América—arios, criollos, judíos, mestizos, castizos, harnizos, indios levemente mestizados, indios casi puros, mulatos, negros y demás fauna en la ilustración novohispana casi al inicio de ese libro—como identidad plural. Si la frase “esa es la gran riqueza de América Latina” es negativo fotográfico, lo de “identidad plural” es un oxímoron que sólo puede caber en las cabezas de quienes no han rechazado el dogma igualitario de la Revolución Francesa. Ya podemos imaginar la “identidad plural” que sienten los indios Chamula por, digamos, aquellos judíos sin sangre indígena que viven en el lujosísimo Pedregal de San Ángel (donde vive Krauze). Y lo mismo puede decirse de los descendientes de los suizos en Brasil y la “identidad plural” que sienten por los mulatos de las favelas, o viceversa. Seguramente los barrios de mala muerte de Brasil enriquecen al país a ojos de este par (“esa es la gran riqueza de América Latina”), como si no hubiera sido mejor desde el principio que el continente entero fuera Nueva Escandinavia.

Debo decir que Vargas Llosa escribió el prefacio al Manual del prefecto idiota latinoamericano, una burla de tres intelectuales de derecha a los izquierdosos de Mestizo América. Lo que fallé en ver cuando hace años leí ese libro es que Vargas Llosa mismo es, al igual que la gente de izquierda que critica, otro perfecto idiota latinoamericano. El caso de Krauze es distinto en tanto su móvil es defender a la tribu a la que genéticamente pertenece, aunque no sea judío practicante. Pero ambos son idiotas en tanto que, respecto a Mestizo América, el hecho que más salta a la vista de todo lo imaginable habido y por haber es el crecimiento exponencial de la fauna mestizada a lo largo y ancho del continente. En Méjico por ejemplo, había unos diez millones de habitantes cuando mi abuela paterna nació. Ahora hay unos cien millones: ¡un crecimiento del mil por ciento! Algo similar podría decir del resto de Mestizo América e incluso de los migrantes al norte del Río Bravo. Decía en un previo capítulo que cuando viajaba por la ciudad sentía repulsa por estas masas que veía por doquier. Bien, uno de mis soliloquios más comunes cuando leía Vuelta, la revista que Octavio Paz fundó y que publicaba Krauze, era: “Paz y Krauze nunca hablaron de la marabunta de neandertales”. Sería incomprensible este soliloquio a menos que ubiquemos al joven que fui. En aquel entonces pensaba que este par en Méjico y Vargas Llosa en Perú eran las mentes más privilegiadas para entender lo que sucedía en lo que ellos (tramposamente) llamaban Hispanoamérica. Ahí estaba mi descomunal error. No podía imaginar que su idiotismo era prácticamente igual al de la gente de izquierda. De ahí mi soliloquio, como queriéndome decir que era un lapsus de los intelectuales que gravitaban alrededor de Vuelta.

Pero no era un lapsus. Ahora sé que la cosmovisión de quienes allá publicaban estaba fundada en la religión secular de nuestros días: el dogma del igualitarismo racial. Esta religión fue demolida en The fair race’s darkest hour (FR) y no voy a repetirme salvo decir que es una trasposición laica de la visión cristiana de que “todos son iguales a ojos de Dios”. Lo que debo acotar aquí es algo que en FR omití: una lectura racial de la historia de Méjico.

De chico me había sorprendido mucho, al hojear la vieja copia de la Breve historia de México de José Vasconcelos que tenía mi padre en su estudio, que ésta difería radicalísimamente de lo que había escuchado sobre la guerra de independencia de Méjico. Cuando le mencioné el libro de Vasconcelos a Pilar, mi maestra de historia en el Colegio Madrid, me comentó que esa historia era “bastante malita” y me recomendó un libro que no recuerdo. Podría adivinarse que el texto recomendado repetiría la línea del Madrid y de la Secretaría de Educación Pública mejicana, de la que ya estaba harto familiarizado desde niño.

Vasconcelos publicó su Breve historia de México en 1937, una docena de años después de la publicación de La raza cósmica, libro del que en mi libro anterior escribí que “me pareció brillante y a la vez disparatado: una quijotada más de esas que los latinoamericanos han producido para lidiar con sus complejos”. Sin embargo, es obvio que Vasconcelos estaba mucho más maduro al escribir Breve historia de México que cuando escribió La raza cósmica. Ya pasados mis cincuenta leí la Breve historia; por cierto, la misma copia que había hojeado de adolescente pero que se deshojaba en el estudio de mi padre, por lo que la mandé a encuadernar en un taller de encuadernación tradicional.

El libro me abrió los ojos sobre la historia real de Méjico. Vasconcelos decía verdades ahí que nadie, que yo sepa—ni siquiera Vasconcelos mismo desde que Alemania perdió la guerra—, se ha atrevido a decir. Y la mención de la guerra es importante: a mediados de los años treinta la cosmovisión racial de los alemanes debió haber ejercido una salubre influencia sobre intelectuales con buenos sentimientos en otras latitudes del mundo. Cierto que incluso el Vasconcelos maduro desconocía, como casi todo historiador hoy día desconoce, la letra A de la historia humana: que la raza es el factor primordial para entender la Historia. Sin embargo, al menos en su Breve historia Vasconcelos habla abiertamente de raza, poniendo a la estirpe española por encima de la indígena: tema tabú en Méjico. Y no se hable de la cuestión judía: un absoluto tabú en el Méjico del nuevo siglo. Actualmente ningún escritor o periodista del país se atrevería a usar la frase sobre Plutarco Elías Calles que usó Vasconcelos: “abrió las puertas a los judíos de Nueva York” (página 531 de la edición de 1944 de Ediciones Botas). También sería impensable que un periodista contemporáneo se saliera con la suya en Méjico con esta otra frase: “la prensa judeocapitalista” (pág. 533). Considérese esta otra: “Según los cálculos del escritor judío Tanenbaum, apologista del callismo” (pág. 537) o ésta dos páginas adelante: “Pues cada vez que hacen una perrada, estas gentes del judío izquierdismo mexicano…” El capítulo sobre Calles no es el único que contiene algunas frases similares sobre las acciones de la judería que llegó al país una vez que fue abolida la Inquisición de Nueva España. ¡Ya podemos imaginar a Krauze y a la cantidad de judíos traducidos al castellano en las revistas que dirigió y dirige, Vuelta y Letras libres, usando este tipo de frases!

La breve historia de México no está exenta de disparatarios, especialmente en el prefacio. Vasconcelos parece continuar allí la idealización del crisol de razas en Mestizo América que había iniciado en La raza cósmica, pero apenas terminado el prefacio en cursivas en mi edición de 1944, nos topamos con un texto muy distinto al que había publicado en 1925. En ningún otro lugar he leído, bajo una sola cubierta, una visión de Méjico contraria a la sabiduría aceptada en el país respecto a la Conquista, la Independencia y la Revolución Mejicana. Actualmente, nadie en los medios de comunicación o en las universidades cuestiona, en Méjico, el proyecto de nación que inició con el indio zapoteca Benito Juárez.

Para mí es claro que la quimera imposible que es esta región llamada “México” terminará cuando la burbuja demográfica (siete mil millones este año que escribo), artificialmente inflada a lo largo del mundo con energéticos derivados del petróleo, se rompa. No falta mucho para ello. Tanto la narrativa liberal en Méjico desde la época de Juárez como la más vieja narrativa conservadora de Nueva España que aún persiste en ciertos rincones, morirá. Mi padre es una insólita amalgama de ambas, pero la Naturaleza se encargará de poner al ser humano, incluyendo los mestizoamericanos, en su lugar.

Octavio Paz – centenario

Paz joven

Hace cien años nació Octavio Paz, un par de días después de que naciera mi querida abuela materna. No tengo realmente nada nuevo que añadir a lo que he escrito sobre Paz (aquí, aquí y acá).

Baste decir que, cada vez que veo esos homenajes que en Méjico le han estado haciendo a Paz, no puedo sino asombrarme de mi propia transformación—ya que antes yo también lo admiraba.

Quizá el próximo mes termine de editar la colección de textos en inglés que publicaré en un libro cuyo PDF estará disponible en este sitio (debajo de esta línea las letras cambiarán de negro a marrón cuando esté listo):

The Fair Race’s Darkest Hour

Ese libro mostrará qué tan antidiluvianos quedaron, comparados conmigo, Paz, sus críticos y toda la “intelligentsia” de habla castellana que nos muestra los medios de comunicación: tanto de izquierda como de derecha.

Modestia aparte… Pero comparados con nosotros, legítimos herederos del mártir de la Segunda Guerra Mundial, son unos dinosauros.

Published in: on marzo 31, 2014 at 12:02 am  Dejar un comentario  

Una sociedad cerrada

Mi entrada anterior fue una ruptura abierta con Octavio Paz, quien vivía a unas cuadras de mi hogar en Coyoacán cuando falleció.

No obstante, ahora que he mencionado a Nueva España en mis últimas entradas en inglés (por ejemplo aquí), me animé a releer algunas páginas del libro que representa la madurez del pensamiento de Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe. Me refiero especialmente al análisis que el poeta hace sobre Nueva España. No cabe duda que esas páginas pacianas retratan mejor lo que fue esa “sociedad singular” que los densos tratados de cualquier otro escritor.

Leí Las Trampas de la Fe hace ya veinte años, y no acaban de admirarme frases lucidísimas como la siguiente:

La biblioteca de sor Juana es un espejo del inmenso fracaso de la Contrarreforma en la esfera de las ideas.

Y es que, en “la sociedad cerrada” en la que Juana vivió, no sólo le faltaban Maquiavelo y Hobbes, sino Bacon y Descartes (además de su silencio sobre el mismo Erasmo). Juana tampoco leyó a Shakespeare o a Milton. “Más grave aún”, escribe Paz, “fue no tener noticias del movimiento filosófico y científico de su tiempo”. La poetiza novohispana tampoco se había enterado de Leibniz, Newton y Spinoza. Paz remata su capítulo de Las Trampas de la Fe con palabras admirables:

El caso de sor Juana se ha repetido una y otra vez: ha sido una nota constante de la cultura española e hispanoamericana hasta nuestros días… embobada con esta o aquella ideología, vuelve a perder el tren.

En previos capítulos de su libro Paz había hecho un análisis inteligentísimo sobre la Nueva España: desde el mundo prehispánico, la conquista, los virreyes, el estado y el púlpito, la guadalupana que “literalmente enamora a los novohispanos”, la espléndida arquitectura, la encomienda, los modos de producción, los jesuitas y el impulso autonomista de los criollos, hasta unas comparaciones desfavorables de la época de la Colonia frente a la plena modernidad representada por los Estados Unidos. No obstante, a diferencia de la Breve Historia de México de Vasconcelos, tema de varias entradas en este sitio, Paz apenas toca el tema del mestizaje y nada dice en lo absoluto sobre la inmensa desproporción de indios levemente mestizados frente a los criollos y peninsulares, y cómo semejante desproporción pudo haber afectado a esa sociedad singular.

¿Por qué Paz se refrena de ahondar en lo que Vasconcelos se animó a decir? En pocas palabras, por corrección política. A pesar de su eterna lucha contra los marxistas mejicanos, tan embobados en compactas ideologías que empuñaban cual cachiporras, Paz padeció toda su vida de ceguera en el centro de su visión. Lo que es más: por más insólito que pueda parecer, lo que el laureado poeta no se atrevió a decir a veces lo dicen los neonazis del nuevo siglo.

Sé que esto puede parecer inverosímil, pero es natural. La gente del establishment, incluyendo los intelectuales de elite, no pueden lanzar ideas más allá de lo que la sociedad cerrada en la que vivimos nos permite decir. Paz y otros jamás hubieran recibido becas vitalicias de parte del gobierno mejicano, no se diga premios internacionales como el Cervantes y el Nobel, de haberse atrevido a pensar honestamente sobre las causas de fondo del rezago del país en que nacieron.

* * *

“¿Qué es Méjico?”, le preguntaron a un bloguero neonazi. Tómese en cuenta que la paráfrasis que haré del bloguero, por más primitivo que éste pueda parecer, llena el hueco negro con letras inteligibles que Paz fue incapaz de ver debido al punto ciego en el centro de su visión:

Desde su independencia la “nación” llamada Méjico no ha sido más que una aglutinación caótica de razas, culturas, pueblos y etnias, pero no existe como una verdadera nación. “México” era el nombre la antigua capital azteca, México-Tenochtitlan (o hablando con propiedad fonética, capital mexica o meshica).

Hace siglos que el verdadero México—una hermosa ciudad lacustre—fue destruido. El Méjico moderno—una nación—es una noción equívoca, en el sentido de que no todos quienes usan un pasaporte con águila y serpiente son descendientes de los tenochcas. Ni los indios lacandones ni los criollos de Guadalajara o del norte del país se ven a sí mismos como sus orgullosos descendientes, y no hablemos de cómo los judíos ricos de la capital, muchos sin una sola gota de sangre indígena, perciben a los antiguos mejicanos.

En otras palabras, más que una auténtica nación Méjico es una quimera imposible de diversos grupos étnicos (por eso mejor uso la “j” para escribirlo a la española). A Paz mismo le molestaba que el Museo de Antropología de su querida ciudad ostentara la Sala Mexica de manera central, como si hubiera sido la cultura central en Mesoamérica (habría que preguntarles a los teotihuacanos, o a los mayas). Con la poca gente blanca sin mezcla que le queda al país y con indios que apenas saben castellano (frecuentemente ni siquiara náhuatl sino uno de los diversos dialectos), el mal llamado Méjico—en tanto que la antigua capital azteca no debió darle nombre a la diversa nación moderna—carece de identidad común.

Pero el verdadero quid es que, con una población casi totalmente mestiza con fuerte presencia del genotipo y fenotipo indio—¡y aún negro!—y con los criollos puros en vías de extinción, el país está destinado a la irreversible decadencia total. Recuérdese la premisa bajo la que corre la Breve Historia de Vasconcelos: mientras la civilización de origen español, criolla, domina en Méjico, hay prosperidad; cuando la barbarie autóctona se impone, nos ocurren desastres. Los tiempos actuales y la guerra del narco, mestizos de baja ralea, son prueba viviente y sangrante de esa decadencia racial que abruma a la nación.

Actualmente el principal problema del país no son, como generalmente se cree, sus gobernantes, nos dice el neonazi. Es el pueblo mestizo con tendencia a indio. Por más que admiremos la valentía que mostró Vasconcelos con su Breve Historia, la población mejicana no puede superarse porque el “superarse”—algo que Vasconcelos no vio ni en su Breve Historia ni en La Raza Cósmica—no pertenece al reino de la volición. La mayoría de los mejicanos simplemente carecen de genes competitivos: de un coeficiente intelectual que les permita competir con los pueblos de raza aria, o con los chinos, japoneses o los judíos.

Quien dude que vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España—en tanto que si bien a la Inquisición le molestaban los telescopios, a los inquisidores del siglo XXI les molestan los estudios raciales—haría bien en leer esta entrada. El tema del artículo y enlaces incorporados es el coeficiente intelectual, el cual es diferencial entre las razas. Es claro que el hispanohablante común del siglo XXI no tiene noticias sobre los estudios sobre el CI de nuestros tiempos.

Razón: Aunque Vd. no lo crea, vivimos en una sociedad tan cerrada como Nueva España.

Published in: on octubre 29, 2011 at 8:11 pm  Comments (1)  

¡A la goma con Octavio Paz!



Este 12 de octubre, día de Colón, quisiera reproducir un texto que había escrito el año pasado.

El cambio de paradigmas que he sufrido los últimos años ha sido tan cataclísmico que actualmente veo a quienes consideraba gigantes intelectuales como ignorantes, e incluso traidores a su propio grupo étnico.

En 1995 vi un programa televisivo en que Ted Koppel entrevistaba a los ganadores del Premio Nóbel de literatura, incluyendo a Octavio Paz: a quien yo solía admirar desmedidamente antes de despertar al mundo real.

Cuando Paz le dijo a Koppel que los anglosajones debían de mestizarse como lo habían hecho los españoles en Méjico, algo en mis adentros se rebeló muy hondamente…

Sabía que esas palabras de Paz representaban algo erróneo, y que había sido insolente airarlas precisamente en la televisión estadounidense. Pero en ese entonces la Matriz de la corrección política me tenía en su poder y no había leído a un solo etnopatriota. No obstante, los sentimientos en contra de mi antiguo mentor en cuestiones políticas quedaron grabados en mi memoria, tanto así que recuerdo mi repulsa ante las palabras de Paz como si hubiera sido ayer.

Actualmente no sólo veo erróneos los pronunciamientos de los ganadores del Premio Nóbel en la entrevista de Koppel: los veo como unos verdaderos idiotas a quienes hay que mandar, como se dice en Méjico, “a la goma”.

Veamos una fracción de los extractos de tal entrevista, a cuyo renglón seguido ofreceré mis comentarios:

* * *

Derek Walcott dijo:

Ahora se enfrentan ustedes a la creación de un nuevo tipo de cuerpo político, casi diría un nuevo tipo de civilización: multicultural y multirracial. De alguna manera esto contradice los orígenes del país…

Apenas es posible leer semejante párrafo y no tener la sensación de tener al Enemigo enfrente: en tanto que Walcott aprobaba tal reemplazo de población, es decir, reemplazar a la gente de piel blanca por una amalgama racial en el futuro.

Octavio Paz dijo:

Debe encontrarse una solución nueva a este problema de la multiplicidad de culturas y razas y comunidades que hay aquí [Estados Unidos]. Tal es la pertinencia de este debate. Difiere mucho de los de México. Mi país también fue fundado con una idea universal, sólo que no fue la Reforma, el protestantismo, sino el catolicismo, la Contrarreforma. También fuimos universalistas y somos un país mestizo, cosa que ustedes aún no son [mi énfasis: justo lo que se me grabó al ver el programa]. Estoy bien seguro de que, si son prudentes, serán multiculturales. Sería una gran cosa.

Esto de “multiculturales” es grotesco eufemismo para referirse al mestizaje (“cosa que ustedes aún no son”) y, por ende, a la extinción de los blancos: a cuya raza Paz pertenecía.

Ahora veo que a Paz le importaba un rábano que la raza blanca desapareciera en el vecino país del norte. Esta es la única de las cuatro razas (blancos, negros, amarillos e indios) que se encuentra activamente suicidándose precisamente por ideas “liberales” como las de Paz. En la vieja encarnación de The West’s Darkest Hour le he llamado a este tipo de pronunciamientos el pecado contra el espíritu santo de la vida: un pecado que, en lo personal, yo no perdono.

Czeslaw Milosz dijo:

Así, mi creencia es que, siendo poeta, opero en un nivel mucho más hondo que el de la realidad y procuro dar con cosas más profundas en la sociedad humana, en nuestra civilización. De tal modo puedo contribuir, como poeta, a atender el fenómeno de las superficies.

Típica megalomanía paciana —palabrita que se puso de moda en Vuelta para referirse a Paz, y a cuestiones pacianas como lo que dijo Milosz: ¡creer que sólo el poeta puede entender la política!

En realidad, para entender a nuestra decadente civilización es necesario estudiar a fondo a los verdaderos disidentes del sistema: intelectuales de los que no se oye hablar en ningún lado porque la Matriz que nos controla censura el tema, y lo censura en bloque. (Como confieso en un texto en inglés, esa fue la razón por la que no los descubrí sino hasta mis cincuenta años.)

Paz dijo:

Quien podría haber merecido el premio Nóbel pero nunca lo recibió fue Céline. Fue acaso uno de los grandes novelistas de Francia, pero era antisemita. ¿Qué hacer con él? Es en verdad algo muy complicado.

Ahora, a doce años de su muerte, no me cabe la más remota duda: al igual que los suecos ultraliberales que le otorgaron el Nóbel a él y no en su tiempo a Céline, Paz era un absoluto ignorante de la cuestión judía.

Milosz dijo:

¿Cómo vamos a ser competentes en todo? Alguien dijo que los laureados Nóbel no son por fuerza inteligentes. Pueden ser muy buenos para su arte, pero no necesariamente contestándolo todo.

Un poco de modestia. Menos mal… Pero aunque el judío Koppel respondió: “Bueno, es que no se hablaba de este grupo”, es demasiado obvio que sus laureados tenían ideas tan fallidas sobre la realidad demográfica de su tiempo como otros grupos de la elite.

La gran verdad sobre la literatura es que el dominio del lenguaje no garantiza en modo alguno la sabiduría. Las humanidades no humanizan, y, cuando mi pensamiento se hallaba inmaduro, Paz me había deslumbrado porque dominaba el castellano como ningún otro latinoamericano de finales del siglo XX.

La realidad final es que los escritores, laureados o no, podrán ser buenos en su arte: pero se encuentran tan enajenados en cuanto a la catástrofe que significaría la extinción de la raza blanca como el resto de las elites traidoras.

Published in: on octubre 12, 2011 at 7:27 pm  Comments (2)  

Vasconcelos y Octavio Paz

jvNo ahondaré en los capítulos titulados “Madero” y “Obregón”  de la Breve historia de México de José Vasconcelos. Baste decir que, como mi intención es hacer una lectura racial de la historia de Méjico—por vez primera en la historia al parecer—, llama la atención que la primerísima frase del capítulo sobre Madero dice: “Era de pura raza española” y en la página 520, en el capítulo sobre Obregón, Vasconcelos dice: “Su sangre era buena y su alma se mantenía castiza”, cosa que no puede contrastar más con lo que en la siguiente página escribió sobre Calles, el tema de mi entrada anterior: “¿Existía en su sangre [libanesa] algún sedimento de rencor musulmán contra Cristo, según lo sospechaba el pueblo, que siempre le llamó el Turco?”

Lo que llamamos “historia de una nación” es, en realidad, una lucha sobre quién controla la narrativa social. Tal control desata grandes pasiones intelectuales. Como leí recientemente, representa “prácticamente un acto de guerra”.

Desde 1983 Octavio Paz se ganó mi respeto con la primera crítica lúcida que leí sobre el comunismo mejicano, y mi admiración se acrecentó a partir del Primer Encuentro Vuelta de 1990. Pero desde que desperté a las realidades raciales de la historia humana a mi muy tardía edad de cincuenta años, mis antiguos ídolos juveniles cayeron uno tras otro. Por ejemplo, en mi antiguo blog, en una entrada del año pasado sobre Octavio Paz que subtitulé “De mentor a traidor” escribí:

El cambio de paradigmas que he sufrido este año ha sido tan cataclísmico que actualmente veo a quienes consideraba gigantes intelectuales como ignorantes: gente engañada por el sistema y dormida en “la Matriz” (como en la película).

Hace diez días terminé de leer el libro de Vasconcelos, y recordé una frase de Enrique Krauze a Octavio Paz en una mesa sobre la Revolución Mejicana en el Segundo Encuentro Vuelta de 1993. Krauze habló ante las cámaras de una “cordialísima discusión” con Paz, en tanto que en El laberinto de la soledad Paz había parecido idealizar la Revolución, acerca de la cual Krauze decía que para muchos no había sido sino “una calamidad”.

Krauze y otros judíos mejicanos intentaron suprimir la libertad de expresión de un periodista que osó hablar de los judíos. Eso fue lo que me motivó a abrir un nuevo blog sobre la cuestión judía. A pesar de ello, creo que en la cordial discusión con su amigo Paz, Krauze tenía razón. No obstante, tanto Krauze como el resto de los intelectuales del Segundo Encuentro Vuelta se quedaron cortos; y en esta entrada quisiera tomar como paradigma El laberinto de la soledad para compararlo con la Breve historia de México de Vasconcelos, la cual, hasta donde sé, precisamente por ser infinitamente más franca que El laberinto nunca se tradujo a otros idiomas.

En la Breve historia uno se queda con la impresión de que después de las glorias de Nueva España toda la historia posterior de Méjico ha sido una historia muy sucia, para avergonzar a cualquiera. Pues bien: leí el Laberinto a finales de 1990, y su lirismo me impresiono sobremanera. Pero hace veinte años me encontraba políticamente verde. No tenía una referencia para comparar la lírica de Octavio Paz con un ensayo más prosaico sobre la historia de Méjico, como la salida de la pluma de Vasconcelos: escrita desde un punto de vista completamente distinto.

Ahora que releí los pasajes del Laberinto en que Paz escribió sobre la Revolución ratifico lo que había escrito en mi antiguo blog de que el cataclismo intelectual que sufrí me hace ahora ver a mis antiguos mentores prácticamente como traidores de su grupo étnico. Por ejemplo, en el Laberinto Paz habla en términos luminosísimos de Zapata, quien “posee la hermosura y plástica poesía de las imágenes populares”, a quien Paz coloca “con Morelos y Cuauhtémoc” como “uno de nuestros héroes legendarios”.

Como veremos en subsecuentes entradas, estas frases bastan para saber que Paz estaba mucho más soñando en las hondas Matrices con las que el sistema nos controla que Vasconcelos.

Más adelante Paz escribe “gracias a la Revolución…” e idealiza la calamidad que Krauze le reprochó con típico lirismo paciano: “La Revolución… es una fiesta: la fiesta de las balas”.

Paz jovenSólo compárese la literaria frase paciana con lo que dije en la entrada previa, que la Revolución Mejicana y sus consecuencias (por cierto: como la Revolución Francesa y la Revolución Rusa) fue una suerte de quebranto psicótico de un pueblo.

Es una verdadera lástima que en esa entrada no pueda transmitir con argumentos por qué digo esto. Tómense por favor estas duras palabras como un acicate en que intento despertar la curiosidad del lector para que lea la Breve historia, especialmente las antiguas ediciones que terminan con el gobierno de Plutarco Elías Calles. Aquí sólo pudo añadir que, en lugar de decir—con la honestidad brutal de un Vasconcelos—que los perpetradores de la Revolución eran en su mayoría rufianes, a secas, Paz dora la píldora con frases como: “la brutalidad y zafiedad de muchos de los caudillos revolucionarios no les han impedido convertirse en mitos populares”. En otras palabras, en vez de decir que hay que demoler los monumentos erigidos a estos gángsters, Paz convenientemente se empalma a la versión oficialista de la historia mejicana que los ha mitificado.

Vale decir que Paz recibía del gobierno una beca vitalicia desde antes de que le dieran el Nóbel. Desde Luis Echeverría y José López Portillo le hizo la barba a los presidentes de México; no se diga con Carlos Salinas…

Published in: on junio 17, 2011 at 12:12 pm  Comments (2)