“Racismo”

A finales de 2015 dije que ya no iba a subir ensayos aquí a menos de que sucediera algo espectacular en el mundo.

Sucedió: Donald Trump, quien luchó como candidato con un par de buenas ideas—el muro y prohibir la entrada de moros—llegó a la presidencia. Pero lo realmente espectacular fue que el Sistema domó a Trump, al grado de que su reciente traición decepcionó a los nacionalistas blancos.

Ayer le di un vistazo a mi biblioteca personal y saqué del estante que vemos en esta foto uno mis libros favoritos. Era favorito en el pasado cuando, a mediados de los años setenta, quería estudiar la carrera de filosofía. Me refiero a uno de los diccionarios filosóficos más populares en lengua española: el del filósofo italiano Nicola Abbagnano.

Ahora, más de 40 años después, he despertado después de dormir décadas en una época que me ocultó cuestiones fundamentales (véase mi sitio principal). Así, ya despierto se me ocurrió ver qué decía El diccionario de filosofía de Abbagnano sobre el nacional socialismo.

No había artículo sobre ello. Entonces busqué la palabra “racismo”.

¡Sorpresa! ¡Después de un buen párrafo introductorio Abbagnano escribió las mayores falsedades propagandísticas que uno pueda imaginar!

No debemos olvidar que Abbagnano terminó de escribir su diccionario en 1960, cuando Occidente no sabía nada del Tercer Reich salvo la propaganda de los aliados. Por lo mismo, no es de extrañar que un profesor italiano tuviera que plegarse a esa narrativa. Pero quisiera concretarme al artículo que me impresionó:

Racismo (ingl. racialism; franc. racisme; alem. Rassismus; ital. razzismo). La doctrina según la cual todas las manifestaciones histórico-sociales del hombre y sus valores (o disvalores) dependen de la raza, y que enuncia la existencia de una raza superior (“aria” o “nórdica”) destinada a ser guía del género humano. El fundador de esta doctrina fue el francés Gobineau en su Essai sur l’inégalité des races humaines (1853-1855), dirigido a defender a la aristocracia frente a la democracia.

Salvo esta cuestión de ser guía de la humanidad, el párrafo inicial del diccionario de Abbagnano es certero. Por cierto, el libro de Gobineau es uno de los que se encuentra en mi biblioteca. Veamos qué dice a continuación:

Hacia principios del siglo XX un inglés germanófilo, Houston Stewart Chamberlain, difundió el mito del arianismo en Alemania (Die Grundlagen des XIX Jahrhunderts [“Las bases del siglo XIX”, 1899), identificando la raza superior con la germana.

Aquí comienzan los problemas, pues eso no es un mito. No es ninguna coincidencia que, hasta muy recientemente, los arios hayan dominado la cultura, la ciencia, tecnología y el mundo político.

El antisemitismo databa de antiguo en Alemania y, por lo tanto, la doctrina del determinismo racial y de la raza superior encontró allí fácil difusión, resolviéndose en el apoyo al prejuicio antisemita y en la creencia de que existe una conjura judía para la conquista del dominio mundial y que, por lo tanto, el capitalismo, el marxismo y, en general, las manifestaciones culturales o políticas que debilitan el orden nacional son fenómenos judíos.

Aquí ya llueven las trampas. Abbagnano escribe como si el problema judío fuera alucinatorio: un prejuicio de los alemanes.

La mejor manera de contestarle al difunto Abbagnano es simplemente decir que no es alucinatorio. Cuando Abbagnano estaba en sus mejores días los judíos estuvieron sobrerrepresentados no sólo entre los verdugos voluntarios de Stalin, sino que fueron judías las asociaciones civiles que cabildearon para abrir la migración masiva de no blancos a los Estados Unidos.

Aquellos que duden de la veracidad de estas afirmaciones deben leer dos libros que lo documentan, uno de un gentil y el otro de un judío: The culture of critique de Kevin MacDonald y Essau’s tears de Albert Lindemann. O Abbagnano era ignorante de estas realidades o las ocultó a sus lectores.

Después de la primera Guerra Mundial, el R. fue para los alemanes el mito de consuelo, la evasión de la depresión de la derrota y Hitler hizo de él el fundamento de su política.

Abbagnano era un erudito. Parece difícil que no supiera unas cuantas cosas de historia occidental. El párrafo de arriba implica que el racismo era un mito alemán del siglo XX.

La verdad es que el racismo tiene milenios: desde los arios que invadieron la India y elaboraron una religión brahmánica para no contaminar su sangre; desde los antiguos egipcios que ponían letreros de que a partir de cierta latitud no se admitían negros en sus tierras; desde los rubios espartanos y tebanos en la Grecia antigua que tenían reglas muy estrictas para no mezclarse con extranjeros, hasta los visigodos que quemaban en al estaca al godo que se casara con algún sangre sucia de la antigua Hispania. Incluso, antes de la decadente Roma imperial, la Roma republicana solía practicar una endogamia patricia para evitar mezclase con los de abajo; siendo los patricios más arios que los plebeyos y no hablemos de los esclavos.

El racismo no fue un invento de Hitler. Lo único que hicieron los alemanes del siglo en que Abbagnano y yo nacimos fue proporcionarle al racismo las bases científicas, y el ímpetu político, que tan sano instinto necesitaba.

La doctrina fue elaborada por Alfred Rosenberg en el Mito del siglo XX (1930). Rosenberg afirmó un riguroso determinismo racial. Toda manifestación cultural de un pueblo depende de su raza. La ciencia, la moral, la religión y los valores que ellas descubren y defienden dependen de la raza y son las expresiones de la fuerza vital de ella. Por lo tanto, también la verdad es siempre tal, sólo para una raza determinada. La raza superior es la aria, que desde el norte se difundió en la Antigüedad por Egipto, India, Persia, Grecia y Roma y produjo las antiguas civilizaciones, civilizaciones que decayeron porque los arios se mezclaron con razas inferiores. Todas las ciencias, las artes, las instituciones fundamentales de la vida humana han sido creadas por esta raza. Frente a ella está la antirraza parásita judía, que ha creado los venenos de la raza: la democracia, el marxismo, el capitalismo, el intelectualismo artístico y también los ideales de amor, de humildad, de igualdad difundidos por el cristianismo, que representa una corrupción romano-judaica de la enseñanza del ario Jesús.

Como he leído poco a Rosenberg ignoro si Abbagnano está representando correctamente lo que Rosenberg habrá escrito sobre “el ario Jesús”. A quienes he leído detenidamente es a Hitler y a Himmler, y se ve claro que tanto en las pláticas de mesa del primero, como en conferencias del segundo, la visión nacional socialista es más compleja y matizada que el bosquejo que Abbagnano hace en el párrafo de arriba.

Lo más interesante de los textos nazis son las publicadas pláticas de sobremesa de Hitler en tanto que sorprende que, entre el grupo selecto de amigos que comía en su mesa, el Führer criticaba más al cristianismo que al judaísmo.

Publicado en 1961, la reimpresión que poseo del Diccionario de Abbagnano es de 1987 (mi copia original de mediados de los setenta se la quedó un amigo). No vale la pena citar su artículo entero, “Racismo” (páginas 977s en la edición del Fondo de Cultura Económica), pero debo señalar que es en la página 978 donde el diccionario se convierte en un disparatario.

El primer disparate de Abbagnano es su frase “No existe ninguna raza ‘aria’ o ‘nórdica’.” Cierto que, si uno quiere escribir con precisión, podría decir “grupo étnico” en vez de “raza”, y desde este ángulo los nórdicos como grupo étnico existen. La malevolencia en una aseveración como la de Abbagnano es similar a aquello de negar que las razas existan. El segundo disparate de Abbagnano merece ponerlo en sangría:

No existe prueba alguna de que la raza o las diferencias raciales influyan de un modo cualquiera en las manifestaciones culturales o en las posibilidades de desarrollo de la cultura en general. Tampoco existe prueba de que los grupos, en los cuales se puede distinguir el género humano, difieran en su capacidad innata de desarrollo intelectual y emocional. Por el contrario, los estudios históricos y sociológicos tienden a reforzar el punto de vista que sostiene que las diferencias genéticas son factores insignificantes en la determinación de las diferencias sociales y culturales entre diferentes grupos de hombres.

Me atrevo a decir que semejante párrafo invalida no sólo el artículo “Racismo” sino el diccionario entero. ¿Para qué sirve tanta ontología, tanta teoría del conocimiento, tanta metafísica y lógica de los filósofos académicos si éstos son incapaces de ver el mundo empírico? ¿Qué valor puede traernos las “ciencias” blandas como los estudios sociológicos que Abbagnano menciona (opiniones en realidad) frente a las ciencias duras?

Si hay algo que quedó claro desde Darwin y sus discípulos en la antropología física (la “antropología social” de Franz Boas es seudociencia) es la diferencia de capacidad craneal entre, digamos, los negros y los blancos. Además, existen pruebas psicométricas con negritos bebés adoptados en hogares de blancos adinerados. Este tipo de estudios no sólo muestran que el coeficiente intelectual es diferencial entre las razas, sino entre hombre y mujer. No hay grandes maestros de ajedrez negros por ejemplo; y a pesar de que en China entrenan a las chinitas pródigas a jugar al ajedrez desde pequeñas, aún así los torneos internacionales de ajedrez tienen que dividirse entre hombres y mujeres. Hay excepciones por supuesto: pero son excepciones que confirman la regla.

Si hay algo que la raciología, el estudio de las razas humanas, nos enseña es que las diferencias genéticas entre humanos son factores determinantes en las diferencias sociales (consúltense estos libros). La torre de marfil de filósofos como Abbagnano, que lo único que hacen es plegarse al paradigma en turno, debiera ser el hazmerreír de quien ha superado la corrección política.

Tampoco existe prueba alguna de que las mezclas de razas produzcan resultados desventajosos desde un punto de vista biológico. Es muy probable que no existan y que nunca hayan existido, a través del tiempo, razas “puras”. Los resultados sociales de las mezclas de razas tanto buenos como malos, pueden ser atribuidos a factores sociales.

Pasajes como ese me mueven a decir que lo que sucede en mentes de académicos como Abbagnano es peor que las discusiones bizantinas. Con declaraciones como las de arriba el célebre filósofo italiano parece estar disociando, adrede, la realidad. Cualquier italiano honesto puede percatarse que la gente mezclada de Sicilia con los turcos del sur pertenece a una cultura inferior que la de los más blancos italianos, al norte de la península.

Y no hablemos de cómo, por mezclar su sangre con indígenas y negritos cucurumbé, los iberos produjeron una estirpe inferior a su contraparte anglo-germana al norte del Río Bravo. ¿En qué rayos se basa Abbagnano para declarar que no hay pruebas históricas de que la mezcla produzca desventajas en la descendencia mestiza?

No es difícil hallar la respuesta. En el último párrafo de su ridículo artículo vemos que Abbagnano se suscribe, religiosamente, al universalismo suicida de Occidente: herencia del catolicismo universal de la iglesia de su país. Dejemos que Abbagnano, quien nació y murió en Italia, tenga la última palabra. En el caso del racismo, nos dice:

…se trata de un prejuicio extremadamente pernicioso, porque contradice y obstaculiza la tendencia moral de la humanidad hacia la integración universalista y porque convierte los valores humanos, comenzando por la verdad, en hechos arbitrarios que expresan la fuerza vital de la raza y así no tienen sustancia propia y pueden ser manipulados arbitrariamente con los fines más violentos o abyectos.

Tormenta infernal: capítulo 9

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



Una guerra sin fin

En su propio recuento de víctimas del bombardeo, los británicos calcularon que habían matado de 300,000 a 600,000 civiles alemanes. Que algunas fuentes del ataque a Dresde calcularon que sólo allí habían muerto de 300,000 a 400,000 sugiere que las cifras británicas previamente mencionadas fueron, tal vez deliberadamente, minimizadas. Sea cual sea la cifra exacta, el hecho es que algunas familias alemanas sobrevivieron a la guerra, aunque en muchas ciudades y pueblos los muertos literalmente superaban en número a los vivos.

Para Alemania, el 8 de mayo de 1945 se conoció como “La Hora Cero”, el final de una pesadilla y el comienzo de un futuro incierto y oscuro. La mayoría supuso, sin duda, que aunque las semanas y meses próximos serían muy duros, lo peor ya estaba detrás de ellos.

Estaban equivocados: aún lo tenía por delante.

Aunque a la sombra de oprobio público, el Plan Morgenthau para Alemania nunca fue abandonado por Franklin Roosevelt. De hecho, hasta su muerte, el presidente estadounidense había favorecido en secreto el enfoque “cartaginés” al Reich conquistado. Cuando el sucesor de Roosevelt, Harry Truman, se reunió en Potsdam con Stalin y el nuevo primer ministro británico, Clemente Attlee, en julio de 1945, la mayoría de los más incisivos puntos del esquema de Morgenthau habían quedado sobre la mesa. Con la firma de los tres grandes, el plan entró en vigor.

El saqueo de Alemania por la Unión Soviética comenzó cuando el Ejército Rojo penetró en Prusia en 1944. Al terminar la guerra, el saqueo metódico de Stalin en la zona de ocupación rusa alcanzó grandes dimensiones. Acero, molinos de granos, aserraderos, las refinerías de petróleo y azúcar, plantas químicas, obras ópticas, fábricas de calzado y otras industrias pesadas se desmontaron hasta la última tuerca para ser enviados al este de la Unión Soviética, donde se volvieron a montar. Mientras que el gobierno soviético saqueaba a gran escala, el soldado rojo común era aún más meticuloso. Escribió una mujer de Silesia:

Los rusos barrían sistemáticamente todo donde pasaban: máquinas de coser, pianos, pianos de cola, baños, grifos de agua, plantas eléctricas, camas, colchones, alfombras, etc. Destruyeron lo que no podían llevar con ellos. En ningún pueblo podía uno ver una vaca, un caballo, un cerdo… Los rusos se habían llevado todo hacia el este, o lo habían usado.

Como esta mujer dejó en claro, lo que no fue saqueado fue destruido. A diferencia de su primitivo aliado soviético, los Estados Unidos no tenían necesidad de plantas y fábricas alemanas. Sin embargo, como Ralph Franklin Keeling señaló, los estadounidenses fueron con mucho los “más celosos” en destruir la capacidad del Reich para recuperarse. Continúa el historiador:

Aunque Estados Unidos emprendió la tarea de desmantelar y dinamitar las plantas alemanas con más fervor que en cualquier otra zona, nuestro motivo era muy diferente de los motivos de los demás aliados.

Rusia no sufrió escasez de mano de obra esclava. Además de los millones de rusos disidentes, los refugiados repatriados y los presos de la Wehrmacht de los gulags, había millones de civiles alemanes del Reich secuestrados. “Los gritos, gemidos y aullidos en la plaza me perseguirán el resto de mi vida”, recordaba una mujer horrorizada.

Sin piedad las mujeres fueron conducidas en filas de cuatro. Las madres tuvieron que dejar a sus pequeños niños detrás. Di gracias a Dios desde el fondo de mi corazón que mi hijo había muerto en Berlín poco después de nacer… Las víctimas desgraciadas fueron puestas en marcha por el chasquido de los látigos rusos.

“Una joven saltó del puente al agua. Los guardias dispararon salvajemente contra ella, y vi que se hundía”, recuerda Anna Schwartz. “Un hombre joven, que tenía una enfermedad cardiaca, se lanzó al río Vístula. También recibió un disparo.” Cuando los trenes llegaron finalmente a su destino “la muerte realmente empezó”, recuerda Schwartz.

Nuestro campamento era un lugar grande con una cerca de alambre de púas, de dos metros de altura. Dentro de la cerca, a una distancia de dos metros, había otra pequeña valla de alambre de púas, y no se nos permitía acercarnos a él.

Si bien el campamento de Anna hacía vías del ferrocarril y trabajaban día tras día “como una manada de animales de tiro”, mientras que otros trabajaban en los campos, fábricas, turberas y campamentos madereros, miles más fueron relegados a las minas.

(Alemanes enviados a los gulags)

“Cada día en el campamento de carbón al menos entre quince y veinticinco personas morían”, dijo la esclava Gertrude Schultz. “A media noche los cadáveres eran llevados desnudos en camillas al bosque y los ponían en una fosa común. Eternamente teníamos hambre”, recuerda Erich Gerhardt. “El tratamiento de los guardias rusos era casi siempre muy malo. Éramos esqueletos andantes”.

Continuando la política de sus predecesores, Harry Truman y Clement Attlee permitieron que el espíritu de Yalta y de Morgenthau dictara su curso en la Alemania de posguerra. A causa de la hambruna que crearon, se estimaba que treinta millones de alemanes sucumbirían. Ya bien entrado el camino de la inanición incluso antes de la rendición, los alemanes que sobrevivieron a la guerra ahora luchaban por sobrevivir.

Los efectos mortales de la desnutrición pronto se hicieron evidentes. Un observador horrorizado escribió:

Están demacrados al hueso. Sus ropas cuelgan sueltas en el cuerpo, las extremidades inferiores son como los huesos de un esqueleto, sus manos tiemblan como si tuvieran parálisis. El peso de las mujeres de estatura media ha caído muy por debajo de las 110 libras. A menudo, las mujeres de edad fértil no pesan más de 65 libras.

“La mortalidad infantil ha alcanzado la horrible cifra del 90 por ciento”, agregó otro testigo de la tragedia.

Cuando un puñado de informes como el de arriba comenzó a filtrarse entre el pueblo estadounidense y británico, muchos se sorprendieron, horrorizaron y se indignaron de la masacre secreta que cometían en su nombre. Preocupado de que el departamento de Estado de EE.UU. había tratado de mantener un informe oficial sobre la situación en Alemania fuera del escrutinio público, el senador Homer Capehart de Indiana le respondió al senador James Eastland:

Este gobierno ha estado llevando a cabo una deliberada política de hambruna sin distinción alguna entre los inocentes y los indefensos de los culpables.

Sorprendentemente, una de las voces más estridentes que se alzaron contra la silenciosa masacre fue la de un influyente periodista judío, Victor Gollancz: “El hecho es que estamos matando de hambre al pueblo alemán”. Si bien Gollancz estaba bajo la impresión de que el hambre no había sido producida adrede, sino más bien un resultado de incompetencia e indiferencia, otros no estuvieron de acuerdo.

“Por el contrario”, exclamó el Chicago Daily Tribune, es el producto de previsión. Se planeó deliberadamente en Yalta por Roosevelt, Stalin y Churchill, y el programa fue confirmado más tarde, en toda su brutalidad, por Truman, Attlee, y Stalin… La intención de matar de hambre al pueblo alemán se lleva a cabo sin remordimientos desconocidos en occidente desde la conquista de los mongoles”.

Debido a estas y otras voces, los funcionarios aliados se vieron obligados a responder. “Nosotros nunca toleramos prácticas inhumanas con los indefensos ajenas al espíritu americano”, aseguró Eisenhower ¡mientras los alemanes morían por miles en sus campos de exterminio! Cuando el senador Albert Hawkes de Nueva Jersey le rogó al presidente Truman atajar la catástrofe y permitir que los paquetes de alimentos entraran a Alemania, el líder estadounidense ofreció varias excusas, y le dijo al senador:

Si bien no tenemos ningún deseo de ser excesivamente crueles con Alemania, no puedo sentir gran simpatía por quienes causaron la muerte de tantos seres humanos… Nadie debe ser llamado a pagar por las desgracias de Alemania excepto la propia Alemania.

Con el tiempo, Alemania recibió “algo de atención”. A finales de 1945 los envíos de la Cruz Roja Británica entraron en la zona británica, seguidos por los franceses en la suya. Meses más tarde, incluso los Estados Unidos a regañadientes permitieron que los suministros cruzaran su sector. Para miles y miles de alemanes, sin embargo, la comida había llegado demasiado tarde.


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Published in: on marzo 24, 2015 at 4:00 am  Comments (1)  

Tormenta infernal: capítulo 10

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



Los pasillos del infierno

Debido a que su conocimiento de la lengua y la cultura era excelente, muchos de los oficiales de inteligencia que acompañaban a las fuerzas americanas y británicas dentro del Reich eran refugiados judíos que habían huido de la persecución nazi a finales de los años treinta.

En teoría, la “desnazificación” era un simple reemplazo de oficiales nazis por fundamentos democráticos, socialistas o comunistas. En la práctica, la purga se convirtió en poco más que un pretexto para una orgía de violación, tortura y muerte.

Un hombre que se opuso al programa de venganza fue George Patton. “Evidentemente, el virus comenzó con Morgenthau y Bernard Baruch: una venganza semita contra todos los alemanes continúa”, escribió el general al privado. “Estoy francamente en contra de esta guerra criminal. No es un deporte inglés sino algo semita… No puedo ver cómo los estadounidenses pudieron caer tan bajo”.

Horrible como desnazificación fue en las zonas británicas, francesas y especialmente en las zonas conquistadas por Estados Unidos, no fue nada en comparación con lo que sucedía en Polonia, tras las líneas soviéticas. En cientos de campos de concentración patrocinados por un aparato denominado “Oficina de Seguridad del Estado”, miles de alemanes—hombres y mujeres, viejos y jóvenes, altos y bajos, nazis y antinazis, SS, Wehrmacht, Volkssturm, la juventud de Hitler, todos—fueron detenidos y encarcelados. Atendido y dirigido por judíos, con la ayuda de polacos, checos, rusos y otros supervivientes de los campos de concentración, las cárceles eran prácticamente cámaras de tortura donde morir era una cosa que se prolongaba, no que se apresuraba. Mientras que aquellos con el pelo rubio, ojos azules y buenos rasgos eran los primeros en morir, cualquier cosa que hablaba alemán moría también.

Después de apenas sobrevivir su “interrogatorio”, un muchacho de catorce años de edad fue llevado a la enfermería del campo. “Mi cuerpo estaba verde, pero mis piernas eran de color rojo fuego”, dijo el muchacho. “Mis heridas se han unido con el papel higiénico, y tuve que cambiar el papel higiénico cada día. Estaba en el lugar perfecto para ver lo que pasaba… Todos los pacientes eran personas golpeadas y morían en todas partes: en la cama, en el baño, en el inodoro. Por la noche, tuve que pasar por encima de los muertos como si fuera normal el hacerlo”.

En los campos más grandes de prisioneros, los alemanes morían por centenares diariamente.

“¡Cerdos!” El comandante gritó, y golpeó a los alemanes con sus taburetes, a menudo matándolos. Muchos días en la madrugada un guardia judío clamó: “Eins! Zwei! Drei! Vier!”

Luego el guardia gritaba: “desvístanse” y, cuando los alemanes estaban desnudos, les pegaba, les vertía líquido de estiércol, o atrapando a un sapo empujaba la gruesa cosa en la garganta de un alemán, quien moría poco después.

Algunos alemanes se vieron obligados a arrastrarse en cuatro patas y comer sus propios excrementos, así como los de los demás. Muchos se ahogaron en las letrinas abiertas. A cientos de personas se les acarreaba en los edificios y fueron quemados vivos o encerrados en ataúdes y enterrados vivos.

Cuando algunos relatos sobre los atroces crímenes de Polonia comenzaron a filtrarse, muchos en Occidente quedaron atónitos. “Uno esperaría que después de los horrores de los campos de concentración nazis, nada de eso pudiera pasar otra vez”, murmuró un senador americano, quien informó sobre palizas, torturas y “cerebros salpicadas en el techo”. Freda Utley, quien se enteró del horror después de hablar con el jurista estadounidense Edward van Roden, escribió:

Van Roden dijo: “A todos menos dos de los alemanes en los 139 casos que investigamos se les había pateado en los testículos más allá de que estos órganos pudieran sanar. Este era un procedimiento operativo estándar de nuestros investigadores estadounidenses”.

Cuando críticas como las de Utley y van Roden salieron a la superficie, todavía en tiempos en que las víctimas eran colgadas por cientos, los responsables defendieron sus métodos. “No podríamos haber hecho que esos pájaros hablaran de otra manera”, explicó el coronel A.H. Rosenfed. “Fue un truco, y funcionó a las mil maravillas”.

Nada antisemita ella misma, sino que compartía tanto el mismo fervor antinazi así como el fervor anticomunista, la periodista Freda Utley explicó el creciente espíritu de esos tiempos en The High Cost of Vengeance (El alto costo de la venganza): “Son los judíos americanos (a menudo también los polacos o rusos) y los exiliados retornados quienes parecen decididos a vengar la agonía de los judíos en el Reich de Hitler al castigar a todo el pueblo alemán”.

Un año después del final de la guerra, el antiguo Reich era todavía una tierra de “trogloditas”, con residentes urbanos que se aferraban precariamente a sus cuevas y grietas. Después de ver con sus propios ojos las condiciones en Hamburgo, Victor Gollancz se horrorizó. El editor judío le dijo a su mujer en Inglaterra:

Ella [una sobreviviente alemána] parecía de cincuenta años pero sospechaba que tenía unos veinticinco: una extraordinaria criatura con una enorme nariz, un huesudo y demacrado rostro, y varios dientes ausentes. También parecía estar medio coja, y su mano temblaba terriblemente, supongo que de hambre.

Sin protección, los huérfanos envejecían rápido y las niñas más rápido que todos. Al igual que sus hermanas mayores, los niños pronto descubrieron que la venta de sus cuerpos podía evitar la inanición.

En su mensaje de víspera de Navidad de 1945, el Papa Pío XII hizo un llamado al mundo para poner fin a la “crueldad mal concebida” que, sin conocimiento público, destruía al pueblo alemán. Tan poderosa como podía ser la petición papal, sin duda un informe posterior presentado por Herbert Hoover acarreó mayores consecuencias. Después de visitar Alemania, el ex presidente de los Estados Unidos dijo que los niños sin hogar se congelaban a muerte por centenares.

También salían a la superficie horribles historias de las cámaras de tortura aliadas. “LOS ESTADOUNIDENSES TORTURAN A LOS ALEMANES PARA OBTENER CONFESIONES”, corrieron titulares británicos. “Una fea historia sobre las bárbaras torturas infligida en nombre de la justicia aliada… hombres fuertes fueron reducidos a la ruina y listos para mascullar cualquier cosa que exigieran sus fiscales”.

Avergonzados y estupefactos, muchos estadounidenses quedaron impactados. El enterarse de las atrocidades aliadas contra Alemania en su conjunto, era, dijo Henrick Shipstead en el pleno del Senado estadounidense, “un monumento de perene vergüenza americana: el Plan Morgenthau para la destrucción de la gente de habla alemana”. Aunque Henry Morgenthau había sido destituido por Truman, y aunque algunos de los aspectos más salvajes de su plan habían sido dejados de lado, el acuerdo firmado por los victoriosos aliados en Potsdam fue en muchos aspectos más draconiano que el documento original.

No obstante, a pesar de que crecía el coro de los críticos sobre el tratamiento sádico de Alemania, una pesadilla de proporciones casi increíbles se desarrollaba detrás de la Cortina de Hierro.


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Tormenta infernal: capítulo 11

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



El mayor crimen de nuestra época

En virtud de acuerdos de Yalta, articulados en Potsdam, Rusia recibiría grandes extensiones de territorios alemanes y polacos en el este y, como compensación, Polonia absorbería grandes extensiones del ex Reich en el oeste, incluyendo gran parte de Prusia, Pomerania y la muy rica e industrializada provincia de Silesia. Lo que tal acción implicaba fue escalofriantemente revelado por Winston Churchill. Cuando un oficial polaco expresó dudas de que la expulsión masiva de personas podría llevarse a cabo, el primer ministro británico despachó así sus preocupaciones: “No hagas caso a los cinco o más millones de alemanes. Stalin se encargará de ellos. Usted no tendrá ningún problema con ellos: Van a dejar de existir”.

Cuando historias terribles como lo dicho arriba [la implementación genocida de los acuerdos de Potsdam descritos por Goodrich en diecisiete páginas] comenzaron a circular en Estados Unidos y Gran Bretaña, los lectores se sorprendieron y escandalizaron. Vengativos y sanguinarios como muchos occidentales habían sido durante la guerra, en tiempos de paz la mayoría no tenía estómago para una masacre fría y calculada del enemigo caído.

“Se está haciendo un intento deliberado de exterminar a millones de alemanes: privándolos de sus hogares y de alimentos; dejándolos morir a través de una lenta inanición”, advirtió el influyente filósofo británico Bertrand Russell en The London Times. “Esto no se hace como acto de guerra, sino como parte de una deliberada política de ‘paz’”.

“La escala de este reasentamiento y las condiciones en que se lleva a cabo no tienen precedentes en la historia”, añadió Anne O’Hare McCormick en el New York Times. “Nadie que de primera mano vea estos horrores puede dudar que se trata de un crimen contra la humanidad”.

Austin App, un académico estadounidense igualmente indignado, escribió:

¿No podría cada uno de nosotros escribirle al presidente Truman y otra carta a cada uno de nuestros senadores, pidiendo que no hagan de Estados Unidos un socio en la mayor atrocidad masiva ahora registrada en la historia? Llamarle “la mayor atrocidad masiva hasta ahora registrada en la historia” no es retórica ni ignorancia histórica, sino verdad y cordura.

El hecho de repartir tres o cuatro antiguas provincias de un país, y luego saquear y despojar a nueve millones de personas de sus casas, granjas, ganado, muebles, e incluso ropa, y luego expulsarlas de las tierras que han habitado durante 700 años sin distinción entre inocentes y culpables, para llevarlos como animales no deseados a pie a las provincias lejanas, sin protección, sin techo, y con hambre es una atrocidad tan grande que la historia los no osa registrar.

Afortunadamente, estas voces de protesta y la presión que ejercieron sobre los líderes occidentales eran signos de que el tormento físico de Alemania se acercaba a su fin. Por desgracia, cuando las historias llegaron al dominio público casi todas las acciones ya habían sido consumadas. De los aproximadamente once millones lanzados de sus hogares en Prusia, Pomerania y Silesia, se estima que dos millones, en su mayoría mujeres y niños, perecieron. Igualmente horrible, aunque menos conocido, fue que cerca de un millón de alemanes murieron durante una expulsión similar en Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Yugoslavia. Además, se estima que más de cuatro millones de alemanes fueron enviados al este de Rusia y en otros lugares donde sus probabilidades de sobrevivir como esclavos eran peores que en calidad de refugiados.

Mientras que líderes occidentales como Winston Churchill expresaron asombro ante la tragedia que había caído en el este de Alemania, poco se dijo sobre la hambruna deliberada en el resto del Reich, y el silencio absoluto reinaba sobre las cámaras de tortura de los aliados en Alemania y Polonia; las masacres de los miembros del partido nazi y tropas de las SS ahí donde los encontraban, o los campos de la muerte dirigidos por Eisenhower. En su conjunto no es improbable que más alemanes murieran durante los primeros dos años de “paz” que los que murieron durante los seis años anteriores de guerra. Como la revista Time había dicho, realmente fue “la paz más terrible de la historia”.

Ninguno de los grandes (o menores) crímenes de guerra aliados corría el riesgo de ser llamado a rendir cuentas—ni lejanamente. En niveles inferiores, los aliados que cometieron las atrocidades de Dachau, Nemmersdorf y otros miles de puntos en el mapa fueron perdonados discretamente, mientras que en el extremo superior los generales americanos se convirtieron en presidentes, y, los primeros ministros ingleses, en caballeros británicos.

Mientras tanto, las auténticas voces de conciencia se ahogaban entre un verdadero mar de adulación aliada junto con la celebración de la victoria, además de que gran parte de la atención mundial puso sus ojos en Nuremberg. Allí los vencedores se sentaron juicio sobre los vencidos. Allí los líderes alemanes fueron acusados, juzgados, declarados culpables y ahorcados por haber fraguado una guerra de agresión… para hacer la guerra criminal… por crímenes contra la paz y la humanidad… por crímenes de lesa… Y todo esto se hizo con aires de presunción y en toda seriedad.

Desde lejos Austin App vio la farsa de Nuremberg con creciente indignación. Al igual que muchos otros, el académico estadounidense había seguido de cerca el curso de la guerra, y estaba indignado por tamaña hipocresía:

Los alemanes tienen mucho de qué sentirse culpable ante Dios. Pero no tienen nada que sentirse culpable frente a los aliados. Cualquier alemán que aún se siente culpable ante ellos es un tonto.


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Published in: on marzo 24, 2015 at 1:00 am  Dejar un comentario  

Tormenta infernal: Epílogo

En casi cualquier guerra, un bando puede ser desvergonzadamente diabolizado incluso por medio de una veraz enumeración de sus crímenes si los crímenes del adversario son escamoteados. —Irmin Vinson


Pasajes del libro de Thomas Goodrich

Tormenta infernal:
La muerte de la Alemania nazi
(1944-1947)



Epílogo

Como Hans Woltersdorf observó, y como las tropas aliadas de ocupación corroborarían, lo que faltaba de parte del alma teutona después de la guerra era, sorprendentemente, el espíritu de odio y venganza.

Paradójicamente, mientras que los derrotados no tenían ni tiempo ni disposición de mirar hacia atrás, los vencedores lo hacían. Este proceso había iniciado antes de la guerra, y aún después la propaganda contra Alemania continuó con renovado vigor. En miles de libros, artículos y películas se le recordó una y otra vez al mundo que el partido nazi y los alemanes en general habían sido los únicos responsables de la guerra; que ellos y sólo ellos habían cometido bestiales atrocidades; que sólo el pueblo alemán y sus líderes habían sido criminales de guerra; que la culpa alemana había sido de alguna manera algo único y excepcional. Curiosamente, muchos de los que razonaban así, y que lo hacían con vehemente fogosidad, eran quienes más lejos habían estado de la lucha.

Entre los cercanos a la lucha, en cambio, la propaganda después de la guerra apenas tuvo efecto. De hecho, lejos de llenarse de odios, como se esperaba, muchos de los maduros soldados entre los aliados—aquellos que realmente lucharon en la tierra o desde el aire—resultaron ser los menos vindicativos y más perdonadores. Después de sentarse en la mesa de los alemanes, cenar con alemanes, beber con alemanes y a veces cortejar y enamorarse de las alemanas, muchas tropas aliadas finalmente empezaron a entender y a identificarse con ese pueblo. Demasiado tarde llegó a la mayoría la perturbadora comprensión que el enemigo no era tan distinto a ellos. Avergonzados por la propaganda sádica y sanguinaria que tan fácil se habían tragado y obedecido tan ciegamente, muchos jóvenes—americanos, británicos, franceses e incluso rusos—sabían muy bien por sus experiencias que ni los nazis ni los alemanes tenían una especial inclinación hacia el crimen, o de que hubiera algo singularmente maligno en ellos.

Una de los oponentes más abiertos sobre la “culpa excepcional” fue la intrépida periodista americana Freda Utley. “Una atrocidad deja de ser tal cuando se comete por una ‘buena causa’, esto es, por nosotros,” escribió la audaz autora en su libro de 1949, El alto costo de la venganza.

Pensé que era muy oportuno dejar de hablar de culpas alemanas, en tanto que no hubo crimen nazi que los aliados no cometieran. Ya he hablado del bombardeo arrasante, de la deportación y expulsión masiva de sus casas de doce millones de alemanes sólo por su raza; de la hambruna alemana en los primeros años de ocupación; del uso de prisioneros como trabajadores esclavos; de los campos de concentración rusos, y del despojo perpetrado tanto por americanos como por rusos … Comparado con las violaciones masivas, asesinatos y rapiña del ejercito rojo al final de la guerra, y del terror, esclavismo, hambre y robos en la zona oriental de hoy día, además del genocidio perpetrado por polacos y checoslovacos, los crímenes contra la humanidad cometidos por los alemanes y los condenados a muerte o cadena perpetua en Nuremberg parecen menores en extensión, si no en grado.

J.F.C. Fuller estaba de acuerdo. “Por cincuenta o cien años, y quizá más,” anunció el general de división británico, “las ciudades alemanas en ruinas serán monumentos al barbarismo de los conquistadores.”

Otro inglés en retrospección, tripulante de la Fuerza Aérea Real británica, expresó en simples aunque profundos términos el pensamiento que miles de soldados aliados, sin duda, también pensaron el resto de sus vidas: “Si los alemanes hubieran ganado, ¿seríamos nosotros tratados como criminales de guerra?… Esos pensamientos viven conmigo hasta hoy día.”

En su mayoría, esas reflexiones fueron manifestadas estrictamente en privado.

Hemos devuelto el mal de nuestros enemigos hacia nosotros ampliado por cien. Al hacerlo, algo de nuestra integridad ha sido destrozada; se ha perdido irrevocablemente. Todo, todo, fue en realidad una sola cosa: todo fue un horror espantoso de lo que nos enteramos, de lo que ayudamos a hacer… Enfréntalo cuando cierres este libro.

Published in: on marzo 24, 2015 at 12:01 am  Dejar un comentario  

Mentores

William Pierce (1933-2002) fue un gran visionario. Además de sus lucidísimos ensayos, con Los diarios de Turner Pierce inauguró un nuevo género literario que inspiraría a Harold Covington a idear un quinteto de novelas sobre la creación de un estado étnico en Norteamérica: una voluminosa saga cuyos primeros cuatro volúmenes me ayudaron enormemente a recobrar una parte de mi autoestima que el sistema nos había hurtado a todos los varones. Estoy hablando del uso legítimo de la violencia, en tanto que los gobiernos traidores nos han roto el contrato social.

El profesor Kevin MacDonald me mostró una ciencia sociobiológica que explica la cuestión judía de forma tal que ya no necesitamos hacer uso de la teoría de “la conspiración judía” que aparece Los protocolos de los sabios de Sión.

Una vez desmitificado el problema judío mi visión del mundo sufrió un brutal cambio. Cuando me percaté que el llamado problema judío no era alucinatorio como me había enseñado el sistema, sentí que despertaba a ver las cosas tales como son en la historia real. La narrativa de la posguerra con la que las élites nos engañaron es patente en un dato que el sistema nos ocultó: en el siglo XX los judíos involucrados en el Holodomor mataron a millones de gentiles antes de los actos de un Himmler, razón por la cual los alemanes reaccionaron.

Yo había sido filosemita a lo largo de mi vida adulta, hasta mis cincuenta y un años. Pero una vez hecha añicos la visión maniquea sobre la guerra, rehabilité en mis adentros la figura de Hitler y el Nacional Socialismo. Entendí al llamado holocausto judío desde una perspectiva que, si bien no niega el genocidio, difiere astronómicamente de la propaganda con la que los medios nos lavaron el cerebro. La lectura de Irmin Vinson fue un enorme parteaguas para mi mente.

En la otra entrada subiré este día diré que la generación actual del hombre blanco se va reduciendo a una fracción de la población mundial. Roger Devlin me mostró cómo el feminismo ha contribuido grandemente a esa disminución. Actualmente creo que las feministas son un enemigo mortal a vencer, incluso por la fuerza bruta.

Visítese mi blog en inglés para encontrar referencias específicas sobre estos mentores que, in absentia, cambiaron mi visión del mundo. O si desean información sólo en castellano, pulsar en “Tormenta infernal” abajo de esta entrada, en el cuadro de las categorías.

Published in: on diciembre 19, 2014 at 11:31 am  Dejar un comentario  

La única salida

 

por Manu Rodríguez
desde Europa

 

manu
Los mundos nuestros pre-cristianos están ahí como dormidos. Como la joven nación arya tras la derrota. Yace detenida, adormecida, paralizada. Frustrado, de momento, su crecimiento y fortalecimiento. Cohibido. Inhibido. Mediante la magia (el poder) de la palabra.

El triste, el penoso espectáculo de la Europa actual, inundada de aliens, y a cuyos ciudadanos se les impide desembarazarse o liberarse de estos elementos extraños.

En virtud de normativas supra-nacionales (morales, políticas, económicas, jurídicas) que rigen para todos los Estados, las naciones están obligadas a ser democráticas, abiertas, y plurales. Es el Nuevo Orden Mundial que se instaura tras la II Guerra Mundial. El que acaba con la soberanía y la independencia de pueblos y naciones.

La construcción de la torre de Babel aquí, en nuestro hogar milenario. La desnaturalización de nuestro continente. El asesinato premeditado de la ancestral Europa. La extinción o desaparición de los pueblos blancos.

La estrategia ideológica del enemigo. La difusión, e imposición, de estos ideales universalistas (transnacionales, transétnicos, transculturales) que debilitan la defensa de lo propio, de la propia vida o existencia; que desarman. La imposición de la heteronimia—que nos deja atados de pies y manos.

El otro frente del enemigo. La crítica. Sancionar moralmente el racismo anti-blanco, la caza del blanco, la muerte del blanco. Éste es, básicamente, el mensaje subyacente en el discurso crítico del enemigo; en la propaganda del enemigo.

Que los blancos somos un pueblo malo, una mala raza (el cáncer de la historia humana, en palabras de Susan Sontag) que ha hecho mucho mal a la gente, y que merecemos ser eliminados—por nuestra propia mano o por la de otro. Ésta es la moraleja de toda esta historia. (Llevan siglos acusando de lo propio al otro; señalando al otro y acusándolo del propio mal—sobreviviendo con malas artes. La rama de Caín.)

La lucha nuestra es compleja. A los millones de intrusos, de invasores, que inundan nuestros pueblos y ciudades, se le añade la instigación, la sedición que nos viene del enemigo (la guerra de propaganda).

La meta final es la expulsión de estos elementos extraños y peligrosos de nuestras tierras y de nuestros cielos; de nuestros cuerpos y de nuestras almas. La recuperación del ser biosimbólico ancestral, del genio propio; de la propia mirada, de la propia faz. Recuperación de la soberanía, de la autonomía, de la libertad…

El enemigo nos cierra la única salida, nos obstruye el único camino. Nuestro nacionalismo pan-arya es la única salida que tenemos frente al acoso del enemigo.

Hay que añadir que ese único camino, esa única salida, es también nuestra única defensa, y nuestra única arma. Prohibiéndolo y persiguiéndolo el enemigo ha conseguido dejarnos, de momento, sin salida, expuestos, y desarmados.

Nuestra situación actual recuerda la de los primeros siglos cristianos en Europa, cuando las leyes contra usos y costumbres gentiles nos prohibían cualquier retorno a nuestro pasado so pena de cárcel, pérdida de bienes, extrañamiento, o muerte. Las leyes contra el nazismo que recorren todo el Occidente blanco tienen la intención de que los pueblos blancos no vuelvan a levantar la cabeza. Es la segunda vez que se nos impide ser lo que somos.

La derrota del nazismo fue la derrota del Occidente blanco. El nazismo (el nacionalismo pan-arya) sigue siendo hoy por hoy la única salida, el único camino que evitaría con toda probabilidad nuestra destrucción—el camino arya.

La “desnazificación” de Alemania, fue la desnazificación (desnacionalización) de los pueblos blancos. Consiguió, además, la descalificación, el desprestigio moral y público de todo nacionalismo étnico y cultural (salvo el que practica el enemigo).

Ahora padecemos la censura filosófica, socio-política, moral y jurídica de nuestro nacionalismo. Consecuencias de la vilificación y criminalización del nazismo. Los valores que nos mueven—la propia raza y la propia cultura—son motivo de odio, risa, desdén, o incluso cárcel. Los términos que nos definen con orgullo—“nazis” o “fascistas”—son ahora la representación misma del mal—se usan incluso como insultos. Los buenos son ahora los anti-nazis o anti-fascistas, aquellos que nos persiguen o acosan en las calles o en los juzgados.

El enemigo, entretanto, se ha tornado intocable; no puede ser censurado, ni atacado. Cualquier movimiento de defensa o liberación por nuestra parte es considerado como un gesto de nazismo, racismo, o antisemitismo, y por ello mismo, penado y perseguido por las “leyes”—leyes que en buena medida él mismo ha elaborado.

Sin salida, indefensos, y desarmados. Paralizados, detenidos, amordazados. Ésta es la situación de nuestros pueblos en los tiempos que corren. Camino de la extinción, del matadero. Y los más, lo ignoran.

No sólo lo ignoran. Sucede que la mayoría de los nuestros está espiritualmente en manos de nuestros enemigos, los autodenominados “anti-fascistas”. Tenemos una opinión pública diseñada absolutamente por el enemigo. Nuestro nacionalismo está perseguido y condenado, como digo, tanto en la calle como en los juzgados. Hay patente de corso, parece, para que a los pocos que abogamos por nuestra raza y nuestra cultura, se nos insulte y se nos ultraje—somos el mal. Nosotros, que despejamos el camino, la salida; nosotros, la solución. Como wehrwölf entre filas enemigas, y sin armas—sin palabra, sin voz; enmudecidos (la palabra que nos importa y que nos vale es una palabra condenada, prohibida, perseguida, ilegal).

No será fácil recuperar nuestro nacionalismo étnico y cultural (nuestra morada, nuestra palabra, nuestro camino). No será fácil recuperar espiritualmente a nuestros pueblos; arrebatárselos al enemigo.

No hay que perder de vista el contexto y la perspectiva, como nos decía Butz. Lo primordial es la prohibición y persecución del nazismo (del nacionalismo étnico y cultural). Para justificar y legitimar tal prohibición y persecución, se ha de convertir al nazismo en el peor y más malvado régimen de la tierra. Tiene que estar públicamente aceptada y reconocida su “maldad”. La insidiosa y pertinaz propaganda que sufrimos desde hace decenios (en las escuelas, en los media) no tiene otra finalidad que la de implantar esa imagen en nuestros cerebros.

Los europeos no tenemos aún una historia limpia, honesta, y veraz del periodo nazi, y aún menos de la indeseada guerra que frustró aquel sublime proyecto (quiénes la desearon y propiciaron, quiénes la iniciaron, desde cuándo se fraguaba, cómo comenzó). Sólo circula la historia deshonesta, y falaz, que nos cuenta el enemigo. Ésta es la única permitida, la oficial.

Los nacionalistas aryas, aquellos que proclamamos la nación arya, necesitamos no un comité para un debate abierto sobre el holocausto, sino un debate abierto sobre el período nazi y la segunda guerra europea. Con sus antecedentes y con sus consecuentes. Necesitamos esclarecer y ordenar los hechos según se fueron produciendo. Necesitamos la historia verdadera. Con todos sus “dramas” y con todos sus actores.

Esta historia se está escribiendo, sin duda; ya circula, incluso. Pero la verdad no se está abriendo camino fácilmente. El enemigo que ya sabemos está haciendo lo imposible para impedir la difusión de estos textos esclarecedores. Resulta que la historia verdadera es la historia prohibida y perseguida. ¿Por qué—a qué se debe esta prohibición de la verdad? ¿Quién teme a la verdad?

La imagen que de los nazis presenta el enemigo es horrenda. La peor que podamos imaginar. Pero, ¿qué esperábamos? Es la guerra, simplemente. La guerra de propaganda. A la opinión pública se le hace creer que el nazismo es el enemigo de todos, y que un nazi es un loco y un asesino de masas nato.

El enemigo tiene medio ganada esa batalla—la batalla de la opinión pública. A los que se resisten les tiene reservada la persecución y la cárcel. La intención es, pues, acabar con cualquier secuela del nazismo—de un modo u otro; y con todo aquello que pueda limpiar su imagen.

De todo esto se deduce que es justamente el nacionalismo étnico arya el más formidable oponente del enemigo, y que éste lo sabe, y teme su poder. Sabe que el orgullo étnico y cultural es la única arma que poseemos. Que con esa arma en las manos somos invencibles, irreductibles. Sólo el nacionalismo étnico arya (el nazismo) le combatió abiertamente; se enfrentó a pecho descubierto a la araña universal.

Recuérdese la declaración de guerra (económica y financiera) que la comunidad judía hace a la incipiente Alemania nazi el año 1933—en el comienzo mismo de su andadura. La guerra caliente posterior fue una guerra judía contra el nacionalismo étnico arya; del “león de Judá” contra la swástica arya. Los ejércitos aliados fueron sus tropas. Y podemos decir que suya fue también la ulterior derrota de los nazis. Pero la guerra no ha terminado. Aún se nos persigue, aún se nos vilifica y criminaliza. Aún nos temen. Seguimos siendo una fuerza, un poder; una luz; una amenaza, un peligro.

El nazismo fue la víctima elegida desde su aparición. No el fascismo italiano, sino el nacionalismo arya germano. El enemigo lo eligió bien pronto; bien pronto advirtió la amenaza, el poder. El enemigo ha terminado imponiendo su temor y su aprensión a toda Europa (y la Magna Europa); a todos los pueblos blancos. Ha convertido al nazismo en el mal, en la amenaza universal, en el enemigo de los pueblos blancos (adviértase: no el universalismo demo-liberal, o el internacionalismo judeo-bolchevique—sus engendros).

¿El nacionalismo arya, blanco, enemigo de las naciones blancas? El nazismo sólo tiene un enemigo, y es aquel que daña o intenta dañar a lo suyo o a los suyos. Venga de dentro, o venga de fuera. El nacionalismo blanco es la única defensa y la única arma que poseen los pueblos blancos frente a cualquiera agresión biocultural. Justamente el orgullo nacional, el orgullo patrio; el amor propio.

En todo blanco subyace un nazi, un nacionalista arya. Es cierto. Pero es un nazi sofocado, inhibido… intimidado. Es un nazi que no se atreve a salir a la luz; que encuentra ante sí demasiados obstáculos; que sabe que no será ni bien visto, ni comprendido, ni consentido (todo esto es el fruto de la masiva y cotidiana propaganda anti-nazi del enemigo).

El nazi real y genuino tiene por patria o nación su raza y su cultura; ama sus señas de identidad étnicas y culturales; combate contra todo aquel o todo aquello que amenace, intente, o pueda perjudicar a los suyos. Es un alma fiel, devota, leal.

 

El problema está en el nazismo, entiéndase esto. En el nazismo real o virtual. Esto es lo que se combate. Sí, la cuestión “nazi” es la pesadilla del enemigo, y no precisamente porque tema perder la vida.

El nacionalismo étnico (cualquier nacionalismo étnico) es un terreno que les excluye, por su misma condición de no-aryas, o no-chinos, o no-japoneses, o no-maoríes… No podrían infiltrarse así como así en estas filas, como lo hacen en las filas liberales, demócratas, o socialistas. Aquí no se trata de ideologías o de consignas “universales”, sino de raza, de comunidades étnica y culturalmente emparentadas—de intereses étnicos. Este “juego” de lo propio, que les impide participar e intervenir en estamentos e instituciones étnicas ajenas, es el que quieren destruir en cada pueblo.

No hay que olvidar que el “juego” propio judío excluye a todos los no-judíos, quiero decir que ellos, como grupo étnico, ya se comportan así—como grupo cerrado. Y nosotros no tenemos nada que objetar. Pero está claro que lo que quieren para sí, no lo quieren para los demás. Este “ser para sí” ha de ser de su exclusiva propiedad, una suerte de privilegio exclusivo. Al resto de los pueblos les está vedada tal existencia. Los demás deben “abrirse” al otro—se les impone el “altruismo” y la sociedad “abierta”.

Son ellos los que introducen en nuestros pueblos ideologías e instituciones universales, transétnicas y transculturales que les permiten entrar y operar en todas partes (la no discriminación por motivos de raza o credo, por ejemplo—todo el “mundo” tiene derecho a…). Este universalismo, que ha logrado penetrar en todas nuestras instituciones públicas, es su particular llave de acceso a éstas. De este modo intervienen e influyen en nuestro destino (política interior y exterior, cuestiones militares, económicas, de moral pública, jurídicas, culturales). En un entorno de naciones étnicas celosas de sí (de lo suyo), este comportamiento no les sería posible.

El nacionalismo étnico es más que un estorbo para sus ambiciones universales; es su enemigo mortal. Del mismo modo que los universalismos o internacionalismos, religiosos o políticos, que los judíos diseminan entre los pueblos—sólo de puertas para fuera, sólo para los goys—, son los enemigos mortales de las culturas étnicas. Lo fueron en el pasado, lo son en el presente, y lo serán en el futuro—si aún les queda futuro a las tradiciones étnicas y ancestrales que han sobrevivido a las mareas (globalizaciones) judeo-mesiánica, musulmana, “demócrata”, o comunista.

Es normal que el nacionalismo arya fuese un problema para los universalismos (religiosos, políticos, o económicos) que le rodeaban cuando nació. El nacionalismo étnico y cultural germano no les convenía. No se podía consentir que se extendiera a los otros pueblos aryas, o más allá—afectando a otras naciones o grupos étnicos.

Universalismo y nacionalismo (o etnicismo) son dos posiciones antagónicas. Lo que quiere el uno perjudica, daña, destruye al otro. Es una guerra—es o uno, u otro. El que no combate está derrotado de antemano.

Decir propaganda anti-nazi, es decir propaganda pro-judía. Los valores que se oponen al nazismo, son los valores (universalistas o internacionalista) que postulan los judíos—para los pueblos otros.

Los judíos requieren naciones o sociedades abiertas, plurales, democráticas, “libres”, con derechos humanos universales, con acceso libre a las instituciones políticas, jurídicas, económicas… Sin restricciones a la hora de adquirir medios de producción, o de comunicación. Es decir, Estados no étnicos, y no nacionalistas. Esto es lo que se pretende conseguir en cada pueblo o nación; esta transformación.

Nosotros vivimos justamente en estos Estados “libres”. Y se pretende que todo el planeta viva así. Esto supone, a la larga, la muerte de las nacionalidades étnicas; de los pueblos. Digamos que vivimos los últimos momentos de las sociedades o naciones étnicas hasta ahora conocidas—tal y como hasta ahora las conocemos (al menos en Europa); que estamos viviendo los primeros momentos de su desintegración.

Estamos viendo como nuestras viejas naciones se desvirtúan, se desdibujan, desaparecen, se hunden bajo el peso de la numerosa población extranjera nacionalizada, con derecho al voto, y con acceso incluso a los órganos de gobierno.

Hoy la cosa es tanto más complicada que cuando el nacionalismo germano del siglo pasado. No sólo tenemos como huéspedes indeseados e indeseables a los judíos, sino a millones de musulmanes asiáticos y africanos, y a chinos y amerindios. Estos compiten, concurren con los autóctonos en lo económico, en lo laboral, en lo político, en lo ideológico y cultural… en lo sexual y territorial incluso. En virtud de nuestras sociedades abiertas, democráticas y universales.

Los judíos han transformado las formas de vida de nuestras sociedades—nuestras condiciones espirituales de existencia—en su propio beneficio. Estamos gobernados por constituciones políticas que son buenas para ellos (y para cualquier otro extranjero), pero malas para nosotros, los autóctonos. Nos perjudican. Y mucho.

En un Estado nacional a los extranjeros no se les concede la nacionalidad, y por consiguiente, no participan en las elecciones. Se les limita en número. No tienen acceso a la propiedad de la tierra, ni a ninguna otra propiedad. Están fuera del gobierno, de la política, de la economía, del ejército, de la legislación… de los medialos: órganos vitales y rectores de una nación. No tienen ni voz, ni voto.

El nacimiento de los nacionalismos en su momento fue, para los judíos, la aparición del “mal”—sobre todo el nacionalismo germano, que es el que más obstáculos les puso. Desde el primer momento la prensa judía le declaro la guerra. Se les acuso de no respetar los derechos humanos “universales”, de ser Estados totalitarios, anti-democráticos, racistas (por excluir de la vida pública a los extranjeros—por restringir el poder de los extranjeros). Contrarios, en definitiva, a los principios de la Sociedad de Naciones. La consigna de “la nación y los nacionales lo primero” significaba el principio del fin para ellos, y para su soterrado poder.

La guerra judía ya no es contra la Europa gentil, o la Europa cristiana (ya idas, pasadas, o vencidas), sino contra la Europa (y la Magna Europa) real o potencialmente nacionalista. Ahora se criminaliza a los grupos nacionalistas más próximos a las tesis nazis. Téngase en cuenta esto. Adviértase, además, la actitud negativa hacia los nacionalistas y los nacionalismos en todas partes—por muy moderados que estos sean (consecuencias de la vilificación pública de tales opciones o caminos). Han logrado imponer su calumniosa y oprobiosa imagen del nazismo en todo el mundo. En esta guerra, fría y caliente, que sostienen contra el nazismo, todo vale.

A lo largo de este último siglo, en esta particular guerra contra las naciones blancas ancestrales, tenemos una primera fase con la Sociedad de Naciones, tras la primera guerra mundial, y una segunda fase tras la segunda guerra y la ONU. Los valores, tanto en la primera fase como en la segunda, son los mismos—derechos universales, sociedades democráticas, y todo lo demás. El nacionalismo germano fue censurado como tal ya en el periodo de entreguerras, bajo la Sociedad de Naciones. Hitler la abandonó a la menor oportunidad. Los mismos problemas que tenían las naciones (los nacionalismos) bajo la Sociedad de Naciones, son los que se tienen bajo la ONU. Las mismas condiciones y restricciones. El mismo anti-nacionalismo étnico y cultural. La Segunda Guerra y la derrota nazi permitieron culminar la tarea de la Sociedad de Naciones—cerrarles completamente el camino a los nacionalismos de la primera mitad del siglo, sobre todo al nacionalsocialismo alemán; impedirles cualquier futuro.

Las consignas políticas y morales que rigen las Naciones Unidas (el Nuevo Orden que vivimos) son aquellas de los “derechos humanos universales”, y lo demás que se sigue.

Las sociedades abiertas, heterogéneas, liberales, y democráticas son consideradas sociedades progresistas, buenas, positivas… Las sociedades cerradas, homogéneas, socialistas, y totalitarias son consideradas como reaccionarias, regresivas, malas, peligrosas…

Peligrosas, ¿para quién? Hay que preguntar. ¿Para quién son peligrosas las sociedades étnica y culturalmente homogéneas—con derechos exclusivos de los autóctonos o nacionales? ¿A quién perjudica la exclusión de los alóctonos en las cosas propias económicas, políticas, o jurídicas?

Los pueblos democráticos y liberales no son ni autónomos, ni independientes, ni soberanos—ni libres. La actual Organización de Naciones (democráticas, liberales) Unidas dirige estas naciones. Quien dirige o influye en las Naciones Unidas gobierna la política interior y exterior de los pueblos que la integran; impone su voluntad, su ley.

Yo aconsejaría a los pueblos que tengan vocación nacionalista que salgan cuanto antes de la ONU. La ONU impide los nacionalismos. Se constituyó expresamente para cerrarles el camino. Es el fruto más aquilatado de los anti-fascistas, el corolario de los juicios de Núremberg. Los crímenes colgados a los nazis (nacionalistas germanos) fue la coartada perfecta. Ahora era posible construir naciones o Estados no étnicos, y no nacionalistas. (Estas sociedades abiertas y plurales que vivimos no son sociedades que tú elijas, sino sociedades que se nos impone. Estamos obligados a ser sociedades multiétnicas y multiculturales.)

Subscribirse a los principios políticos universales (transnacionales, transétnicos, transculturales) de la ONU, al Nuevo Orden Mundial, es rendirse, entregarse, ceder lo propio—la propia identidad, las propias armas—, capitular.

Es imprescindible para el enemigo no perder esta batalla. Tiene que mantener esa posición cueste lo que cueste—toda la propaganda anti-nazi desde antes de la guerra (desde los años 20), y desde la postguerra (desde Núremberg) hasta nuestros días; toda esa “realidad”, todo ese mundo construido (esa Matrix); las “leyes” coercitivas que se derivan, las pingües ganancias. Podría decirse que todo su “capital” está aquí invertido (han agotado todos los “argumentos”; no les ha quedado siquiera para un plan “b”—quizás, en su arrogancia, piensen que no lo necesitan).

Podemos asegurar que la imagen pública que del nazismo se da en nuestros medios de comunicación, y casi cada día, no va a variar (en todo caso, empeorará). Ésta es la fortaleza del enemigo. Con esa imagen construida nos prohíbe y nos persigue. Esa imagen es su único argumento, su única arma; su escudo, su salvaguarda. Lo único que legitima su acoso, y le protege de cualquier agresión.

No han tenido en cientos de años una oportunidad, un arma como ésta. Y no tendrán otra. Sólo disponen de esta oportunidad. No pueden permitirse el fracaso.

La imagen construida, el instrumento logrado, el arma perfecta—se matan varios pájaros de un tiro. Así es como se lo ha montado el enemigo. Hasta el momento, todo parece irle bien. Todo el mundo le sigue y secunda sus iniciativas económicas, políticas, jurídicas o represivas (lo último en Grecia, lo sucedido con Amanecer Dorado).

Lo que ocurre realmente es que los Estados temen las campañas envenenadas que les aguardan si no ceden a sus pretensiones, o los castigos económicos que puedan sobrevenirles. Las estrategias para recaudar dinero de los Estados europeos a cuenta del capital judío retenido en bancos suizos durante la última guerra, y las correspondientes indemnizaciones económicas solicitadas a varios de ellos (finales del siglo pasado) fue siempre acompañada de medidas económicas y financieras, y de campañas de prensa que incidían en las relaciones o vínculos que tales Estados tuvieron, o pudieran haber tenido, en el pasado con las autoridades nazis y sus “crímenes”. Ni que decir tiene que lograron sus propósitos. Así explotan su mentira. Basta invocar el nazismo, los crímenes nazis contra la humanidad y todo lo demás. Intimidación y chantaje son las palabras.

Es su última batalla en esta guerra que sostienen desde hace siglos contra los pueblos blancos. Desde Roma (como ellos mismos no dudan en admitir). Los “crímenes” nazis es su última baza, no les queda otra. Yo diría que esta última arma es su obra maestra—la cuestión “nazi”. Pudiera parecer, incluso, el arma definitiva contra los pueblos blancos. Un arma inspirada por la envidia y el rencor, y forjada con difamaciones, injurias, y calumnias. Un arma sucia, en verdad, pero que resulta sumamente efectiva para sus fines, y poco menos que invencible.

De implantarse definitivamente esta funesta “representación” en nuestros pueblos, los viejos europeos acabaríamos extinguiéndonos. Sería la victoria consumada del enemigo. La vieja Europa firmó su sentencia de muerte, parece, cuando la claudicación de los ejércitos nazis. Aquella derrota fue el comienzo de una cuenta atrás para nuestros pueblos. La nueva Europa será una sociedad definitivamente “abierta” y plural: multiétnica, multicultural, cosmopolita, mezclada, impura. A la medida de sus deseos. Los blancos quedaremos reducidos a una minoría entre otras. Perderemos la hegemonía ancestral en nuestras propias tierras. Nos diluiremos, nos mezclaremos… En su momento desapareceremos, dejaremos de ser, habremos sido. La vieja Europa, la Europa europea, dejará de existir, pasará a la historia (como Sumer, Egipto, o Persia), y con ella, nosotros, los europeos ancestrales. Ése es el fin pretendido por el enemigo para nuestros pueblos. Ése es el futuro que nos espera si todo continúa como hasta ahora.

Es obvio que tendremos que desmontar esa imagen si queremos ganar esta partida—si queremos tener un futuro, si queremos seguir siendo. Continuaremos desmontando sus mentiras y haciéndolas conocer por doquier. Los que han de venir nos necesitan. No nos callarán, pues. Tarde o temprano nuestras verdades harán mella en su muro. Su arma (su “historia”, su montaje, su mentira) se debilitará, perderá potencia, credibilidad. Y esto será a los ojos de todo el mundo. Todo el mundo, en esta ocasión, será testigo de su ruina—el desplome de su montaje—, y de su vergüenza. Perderán al mismo tiempo el “capital”, y el crédito. ¡Ah, viejo Shylock, tampoco esta vez te saldrás con la tuya!

Cada vez se cree menos en esa Matrix que han construido, y nadie desea esa Nueva Sión multiétnica y multicultural (esa Babel, esa locura, ese caos, ese infierno) que anuncian. Su mole se derrumba; su negocio, su “mina”. No les queda mucho.

El enemigo está cometiendo demasiados errores. Descuida las pruebas, los rastros, las huellas que de su paso deja a plena luz. Exceso de confianza en sí mismo; soberbia, arrogancia, jactancia. Hibris. Todo ese comportamiento criminal, y obsceno, diría yo, a lo largo de este último siglo (el siglo “judío”) con los rusos blancos, con los ucranianos, con los germanos, con los nazis o fascistas de aquí y de allá, con los buscadores de la verdad. Su personal guerra “anti-fascista”. Sus métodos, sus estrategias. Las matanzas llevadas a cabo; las tenebrosas invenciones (la bomba atómica); los exterminios soñados (la esterilización, hasta la extinción, de los germanos). Todo se verá reflejado en la literatura y en las historias que circularán en el futuro; en los nuevos documentales. Volverá a ser, nuestro milenario enemigo, la gente miserable y mezquina que siempre fue. Paradigma de lo peor y de lo más bajo. El artífice de nuestra actual decadencia y ruina—la disolución, la desintegración de los pueblos blancos. Todo se sabrá. Tendremos, al final, una historia verdadera.

¿Alguien recuerda cómo comenzó lo de la bomba atómica; quiénes participaron en ella, y qué objetivos tenía cuando se inicio su fabricación? Cuando la concluyeron la guerra había terminado en Europa, y no pudieron usarla contra Alemania y los alemanes, que eran los iniciales objetivos. Pero había que mostrar al mundo su poder. La usaron contra Japón, que llevaba más de dos meses buscando una rendición digna—contra un pueblo ya derrotado. Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki mostraron al mundo cuán grande era el poder de los nuevos señores. Un poder sin límites, sin barreras; un poder que no se detiene ante nada. Con aquellos sombríos resplandores anunciaron al mundo la aurora del Nuevo Orden Mundial.

Más que un debate abierto, como decía más arriba, un juicio; un juicio público contra aquellos que nos calumnian. Contra quienes mancillan y falsean la memoria histórica de los europeos. No quedarán impunes. Queremos que se revise toda la historia desde la primera guerra y los inicios de la revolución rusa hasta los inmediatos años de la segunda postguerra. Toda la primera mitad del siglo. Con todos sus “dramas” y con todos sus actores, repito. Queremos un juicio histórico público. Y éste es un juicio que, de celebrarse, y el enemigo lo sabe, tendríamos ganado de antemano—a la vista de los datos, documentos, e investigaciones que hoy poseemos; a la luz de la verdad.

El enemigo, vuelvo a decir, no puede permitirse de ningún modo la derrota (es su única oportunidad—se lo juega todo), pero ésta le alcanzará. La inmensidad misma de la mentira que cuentan acelerará su caída. Sí: nuestro viejo y resabiado enemigo será finalmente abatido. Nuestra bandera, la swástica (no tenemos otra), ondeará alegre y orgullosamente de nuevo.

Saludos,

Manu

Cordial discusión

“Chechar” investigando las “Caras de Bélmez” en Andalucía en 1992.

Concluyó que el caso era un fraude.



Estos días el hallazgo de verdaderas gemas en el blog de Manu Rodríguez me ha llevado a traducir algunos de sus ensayos para mi blog en inglés y, con su permiso, estaré dispuesto a seguir traduciendo muchos otros. Sin embargo, debo decir que no estamos de acuerdo en todo. En su entrada “De mi correspondencia” el enero pasado, Manu escribió:

No me gusta el pan-germanismo de algunos autores. Demasiado provinciano, diría yo. En el periodo nazi, y pre-nazi, este pangermanismo les llevó a menospreciar al resto de los pueblos indoeuropeos. Hay que pensar en términos raciales blancos, simplemente, y en todos nuestros pueblos y tradiciones.

De lo poco que he leído de Hitler veo que, tomando en cuenta lo que realmente salió de sus labios (véase el libro Hitler’s Table Talks), el canciller no despreciaba a otros pueblos europeos. Admiraba enormemente a Italia por su arquitectura, por ejemplo. Y quedó pasmado cuando, después de conquistar Francia, visitó sus museos.

Hitler, y los suyos, son una grave obstáculo y un oprobio para la causa arya. No era el Führer adecuado; no era el que se esperaba –el que se espera. Su pangermanismo no pasaba de ser un micro-nacionalismo a nivel indoeuropeo (eurasiático); un provincianismo decimonónico.

Hay que tomar en cuenta que Hitler simplemente no podía pensar en términos de lo que, a mediados de los años noventa del siglo XX, en Estados Unidos se comenzó a denominar “nacionalismo blanco”. Por supuesto que un político de principios de siglo no podía sino pensar en términos nacionales, especialmente después de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial.

Es notorio el menosprecio (que denota ignorancia) en que tenía a los eslavos, cuando, siguiendo su idea (racial) al respecto, esto es, adoptando su medida, podía encontrar más aryas puros en Bielorrusia, Ucrania o Rusia que en la misma Alemania.

Yo creo que la animadversión contra Hitler se debe a la propaganda aliada después de la guerra, la cual nos persigue hasta la fecha. Te lo voy a poner de esta manera:

Si fuera posible, festejaría que los anglosajones, especialmente los americanos, fueran militarmente conquistados por un pueblo europeo debido precisamente a que han sido la fuerza más destructora para la raza blanca en el mundo moderno. (Ve por ejemplo las entradas en mi blog en inglés bajo el rubro “Who is the real foe?” que aparecen enlazadas debajo de la imagen de Lady Godiva.)

En 1942 la mayor fuerza antiblanca era la Unión Soviética, la cual había asesinado por hambre a seis o siete millones de ucranianos, en gran parte por haberles hecho el feo a los judíos en tiempos zaristas. Pues bien: ¿Qué de malo puede tener invadir a la nación que le había dado, por mencionar otros genocidios antiblancos, al judío Yagoda tal poder genocida de matar a otro tanto de millones caucásicos?

Si tienes a un asesino en serie de blancos de tamaña magnitud en la esquina de tu casa ¿qué tiene de malo invadirlo? En otras palabras, el problema de los alemanes fue militar, no moral. Debieron esperarse a tener la bomba atómica.

Como dije, actualmente quienes merecen una invasión son los gringos, quienes empoderaron a los judas como no lo había hecho ninguna nación blanca en toda la historia, probablemente ni siquiera la Rusia de Stalin. ¿Significa esto que desprecie a los anglosajones como raza?

Por supuesto que no. Significa más bien que desprecio una forma específica de cultura calvinista que ocasionó tanto la guerra de secesión decimonónica como el desenlace fatal de las guerras mundiales: una cultura casi del todo judaizada que nos está matando.

Es de notar también su despreciable círculo, afín al esoterismo más burdo, más plebeyo. Ciertamente, había mucha ignorancia y subcultura alrededor de Hitler y su ‘movimiento’; sus fuentes míticas o legendarias, por ejemplo, son espurias, inauténticas, impuras (son híbridos, mezclas, monstruosidades…).

El mismo Hitler decía que no se le puede exigir al político lo que se le exige al académico o al docto. Al político hay que medirlo en contraste a los otros políticos de la época, y Hitler admiraba enormemente la ley migratoria americana de 1924 porque impedía invasiones de color en nuestras tierras. Ese es el parámetro que nos importa. Si hubiera ganado la guerra, ni Europa ni Norteamérica estarían tan inundados de “raza”, como decía uno de mis tíos.

Hitler fue derrotado, ciertamente, pero también fracasó, y llevó a su pueblo a la derrota.

En realidad, lo que sucedió cuando nuestros padres eran niños fue el mayor crimen de la historia occidental. No exagero. Sugiero que leas los extractos que saqué de un reciente libro de Tomás Goodrich. Ese libro, Hellstorm, completamente cambió la noción que tenía de los sucesos.

Lo lamento por el pueblo alemán, aunque no es el único que ha pagado las consecuencias de su derrota. Ha perjudicado bastante a nuestra causa. Llevará años recuperar el prestigio moral ante nuestros hermanos.

Fueron los malditos aliados los responsables, no los alemanes.

Me atrevería a decir que no fue un buen líder, que no fue el Führer adecuado. Insisto, fue su propio pueblo el que, en primer lugar, pagó las consecuencias de sus errores (tácticos, militares), y de su ‘hybris’, como decían los griegos, de su soberbia y de su arrogancia. Un griego diría que Zeus le enloqueció y le condujo a su propia ruina. Alemania está moralmente postrada y humillada desde entonces.

Si leíste el Archipiélago de Solyenitsin verás que en un pasaje el gran escritor ruso, encerrado como estaba, casi deseaba una victoria alemana a fin de que pudiera salir de sus mazmorras y ver liberado a su pueblo.

Yo diría que la hybris fue la anglosajona, como dice Tom Sunic, aunque es obvio que Hitler cometió un error garrafal al invadir a la Unión Soviética.

Hitler. Un falso Führer que atentaba contra la verdad con sus torpes mistificaciones. Un militar frustrado e incompetente que llevó a su pueblo a la derrota y al deshonor (con sus locuras avergonzó y humilló a su propio pueblo). Un ignorante que iba contra su misma sangre –contra pueblos hermanos. Un falso héroe, un impostor. Así lo veo yo.

Yo creo que toda esa crítica debe dirigirse a los anglosajones, no a Hitler. Él quiso conquistar la Unión Soviética porque muchos judíos habían conquistado el poder allí, como MacDonald demostró en sus escritos, así como en la traducción en su blog del último libro de Solyenitsin (Doscientos años juntos, libro que ningún editor americano se atrevió a publicar).

Me encantaría que leyeras mis extractos de Tomás Goodrich, enlazados arriba, antes de continuar esta cordial discusión.

Un saludo,

César

Malditos aliados

De 1944 a 1947 las fuerzas aliadas probablemente mataron a más hombres, mujeres y niños alemanes, incluso después de que finalizó la Segunda Guerra Mundial, que los crímenes que se le atribuyen a la Alemania Nazi.

Aquellos que sepan inglés pueden enterarse de la increíble historia que el Sistema nos ha ocultado por tanto decenio. El caso es que el Holocausto perpetrado por las fuerzas aliadas—la Unión Soviética, los Estados Unidos y la Gran Bretaña—, denunciado en el libro de 2010 de Thomas Goodrich, parece empequeñecer al holocausto judío.

Entérense del mayor crimen del siglo en que nacimos del que aún no hay película ni documental en el Sistema de “totalitarismo suave” que controla nuestro pensamiento.

Tormenta Infernal:
La Muerte de la Alemania Nazi

(1944-1947)

 

 

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Published in: on septiembre 17, 2012 at 1:02 pm  Comments (2)  
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