Apocalipsis ario, 11

por Evropa Soberana

Herodes el Grande

Como hemos visto, César Octavio Augusto, sucesor de Julio César a la cabeza del Imperio Romano, nombró a Herodes, hijo de Antipater, como rey de Judea, y financió su ejército con dinero romano. Herodes era un líder capaz, brutal, competente y sin escrúpulos (se cargó a prácticamente toda su familia), además de excelente guerrero, cazador y arquero. Expulsó a los partos de Judea, protegió Jerusalén del pillaje, persiguió a los bandidos y salteadores de caminos e hizo ejecutar también a los judíos que habían apoyado el régimen marioneta de los partos, consolidándose en 37 AEC como rey de Judea.

Aunque es retratado por la historia como un rey despiadado, cruel y egoísta, la realidad es que, por duro que pudiese ser, como soberano fue de los mejores que esa tierra jamás tuvo. Incluso en el año 25 AEC, sacrificó importantes riquezas personales para importar grandes cantidades de grano de Egipto, con el objetivo de luchar contra una hambruna que estaba extendiendo la miseria por su país.

A pesar de ello y de todo lo que hizo por Israel, Herodes es contemplado con antipatía por los judíos, por haber sido un soberano pro-romano, pro-griego y, sobre todo, porque se cuestionaba su judeidad: Herodes descendía por parte paterna de Antipater (el que apoyó a Casio), quien a su vez descendía de idumeos (o edomitas) forzados a convertirse al judaísmo cuando Juan Hircano, un rey hasmoneo, conquistó Idumea (o Edom) en torno al 135 AEC. Por parte materna descendía de árabes, cuando la transmisión de la condición de judío era matrilineal.

Por ello, aunque Herodes se identificaba como un judío y era considerado judío por la mayoría de autoridades, las masas del pueblo judío, especialmente las más ortodoxas, desconfiaron sistemáticamente del rey, especialmente en vista del opulento y lujoso tren de vida que impuso en su corte, y guardaron por él un desprecio quizás comparable al que los españoles del Siglo XVI sentían por los marranos o judíos conversos al cristianismo. Por su educación y sus inclinaciones grecorromanas, lo más probable es que este rey se sintiese poco judío, aunque sin duda quería contentar a la judería y ser un soberano eficaz por la cuenta que le traía. Más racional que sus súbditos fundamentalistas, comprendió que enfurecer a Roma no era buen negocio.

Herodes le dio a Israel un esplendor que no había conocido jamás, ni siquiera bajo David o Salomón. Embelleció Jerusalén con arquitectura y escultura helenísticas, llevó al cabo un ambicioso programa de obras públicas y en 19 AEC demolió y reconstruyó el mismo templo de Jerusalem, por considerarlo demasiado pequeño y mediocre. Esto enfureció a los judíos, que odiaban a Herodes por ser un protegido de los romanos, a los que odiaban con más cordialidad aun. Sin duda los sectores más ortodoxos de la judería estaban contentos con el templo tal y como estaba, y debieron ver mal su conversión en un edificio de aspecto más romano (especialmente cuando el rey ordenó decorar la entrada con un águila imperial dorada).

Herodes se veía continuamente envuelto en conspiraciones por parte de su familia, gran parte de la cual (incluyendo su propia mujer y dos de sus hijos) fue ejecutada a instancias suyas. Según fue madurando, la enfermedad se fue apoderando del soberano, que sufría de úlceras y convulsiones. Murió en 4 AEC, a la edad de 69 años. Con el tiempo se llegó a decir que había “ascendido al trono como un zorro, regido como un tigre y muerto como un perro”.

El primer templo de Jerusalén era un edificio bastante cutre, como hemos visto al principio. El segundo, similar al primero, fue construido bajo protección del emperador persa Ciro el Grande en 515 AEC. En el año 19 AEC, Herodes se propuso renovarlo y engrandecerlo, para lo cual demolió el templo, erigiendo, bajo protección romana, uno nuevo mucho más grandioso, aunque siguió llamándose “segundo templo” (templo de Herodes para matizar). Aunque la judería aborrecería a Herodes, lo cierto es que él le dio al templo un tamaño y un esplendor que ni Salomón ni Zorobabel hubieran podido ni imaginar.

Ese mismo año de 4 AEC, dos judíos fariseos llamados Zadok (o Sadoq) y Judas el Galileo (llamado también Juan de Gamala) hicieron un llamamiento para no pagar tributo a Roma. Hubo un levantamiento fariseo, y los rabinos ordenaron destruir la imagen “idólatra” del águila imperial que Herodes había colocado a la entrada del templo de Jerusalén.

Herodes Arquelao (el hijo de Herodes) y Varo (caudillo romano) sofocaron la revuelta duramente, e hicieron crucificar a casi 3.000 judíos. Se piensa que quizás esta primera revuelta es el origen del movimiento zelote, del que hablaremos enseguida. Arquelao, a pesar de haber sido proclamado rey por su ejército, no asume el título hasta que, en Roma, tras haberle presentado sus respetos a César Augusto, es hecho etnarca de Judea, Samaria e Idumea, a despecho de los judíos romanos, que lo temían por la crueldad con la que había reprimido el levantamiento fariseo.

Arquelao es mencionado en el Evangelio de Mateo, puesto que Yosef, Miriam y Yahsuah (conocidos como José, María y Jesús) habían escapado a Egipto para evitar la Masacre de los Inocentes (supuestamente, Herodes Arquelao ordenó ese año la ejecución de todos los primogénitos de Belén, ya que se había profetizado que un nacido en Belén se declararía Mesías de los judíos), y tenían miedo de volver a Judea cuando supieron que Arquelao había sucedido a su padre.

En el año 6 EC, tras las quejas de los judíos, Augusto destituye a Arquelao, mandándolo a la Galia. Samaria, Judea e Idumea son anexionadas formalmente como provincia del Imperio Romano, con el nombre de Judea. Los judíos pasan a ser gobernados por “procuradores” romanos, una suerte de gobernadores que debían mantener la paz, romanizar la zona y ejercer la política fiscal de Roma cobrando impuestos. También se arrogaban el derecho de nombrar al sumo sacerdote de su elección.

Los judíos odiaban a los reyes títeres a pesar de que impusieron orden, desarrollaron la zona y, en suma civilizaron el país. Paradójicamente, desde el principio, la judería también se muestra altamente hostil a los romanos, cuya intervención había prácticamente suplicado. Ahora, además del tributo al templo, tenían que pagar también tributo al César—y, por tradición, el dinero no era algo que los judíos prodigasen alegremente. Ese mismo año 6, el cónsul Quirino llega a Siria para hacer un censo en el nombre de Roma, con el objetivo de establecer los impuestos. Puesto que Judea había sido anexionada a Siria, Quirino incluye a los judíos en el censo.

A consecuencia de esto y de la nueva irrupción de cultura europea en la zona, floreció el movimiento terrorista fundamentalista de los zelotes. Flavio Josefo considera a los zelotes como la cuarta secta judía además de (de menor a mayor extremismo religioso) los esenios, los saduceos y los fariseos.

Los zelotes eran los más integristas de todos, se negaban a pagar impuestos al Imperio Romano y, para ellos, todas las demás facciones judías eran heréticas; cualquier judío que colaborase mínimamente con las autoridades romanas era culpable de traición y debía ser ejecutado. La lucha armada, la militarización del pueblo judío y la expulsión de los romanos, eran el único camino para lograr la redención de Sión. El apóstol Simón, uno de los discípulos de Jesucristo, pertenecía a esta facción según la Biblia (Nuevo Testamento, Evangelio de Lucas, 6:15).

Dentro de los zelotes se distinguieron los sicarii o sicarios, una facción aun más fanatizada, sectaria y radicalizada, llamados así por la sica, un puñal que podía ocultarse fácilmente, y que utilizaban para asesinar a sus enemigos. Los zelotes y los sicarios conformarían el núcleo duro de la Gran Revuelta Judía, que veremos en otro artículo. También fueron el elemento más activo del judaísmo de la época, ya que, por aquel entonces, es probable que la mayor parte de la judería, aunque detestaba cordialmente tanto a griegos como a romanos, quisiera simplemente vivir y enriquecerse en paz, pactando con quien hiciese falta para ello.

Como no podía ser de otra manera, los sicarios y los zelotes también se peleaban a menudo. Y es que había un total de 24 facciones judías que generalmente luchaban unas contra las otras, en un marco muy representativo de lo que los rabinos denominaban sinat chinam (es decir, “odio sin sentido”, de judío contra judío—quizás porque ya se sabe que odiar a los no-judíos sí que tiene sentido)—y que acaso ha quedado mejor caricaturizado en la película La vida de Brian.

En el año 19, estando la judería en proceso de trepar para adquirir influencia en la misma Roma, Tiberio expulsa a los judíos de la ciudad, instigado por Senado. Preocupado por la popularidad del judaísmo entre los esclavos libertos, prohíbe los ritos judíos en la capital del Imperio, considerando a la judería como “un peligro para Roma” e “indigna de permanecer entre los muros de la Urbs” (según Suetonio). Ese año, con motivo de una hambruna en la provincia de Egipto, Tiberio les niega a los judíos alejandrinos reservas de grano, ya que no los considera ciudadanos suyos.

Tiberio puso en marcha medidas antijudías en su reinado, durante el cual fue ejecutado Jesucristo.

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Published in: on mayo 16, 2018 at 5:28 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 12

por Evropa Soberana

“Te pondré como luz de los gentiles para que seas mi salvación”.

— Evangelio de Lucas, 2:3.

“Vosotros adoráis lo que no sabéis, nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación proviene de los judíos”.

—Evangelio de San Juan, 4:22.

“Porque de ti, Belén, saldrá el que apacentará a mi pueblo de Israel”.

— Evangelio de Mateo, 2:6.

“Chrestus, el fundador del nombre, había sufrido la pena de muerte en el reinado de Tiberio, a mano de uno de nuestros procuradores, Poncio Pilato, y la perniciosa superstición se detuvo momentáneamente, pero surgió de nuevo, no solamente en Judea, la raíz de la enfermedad, sino en la misma Roma”.

—Tácito, Anales, Libro 15, 44, a propósito de la
persecución anti-judeocristiana decretada por el emperador Nerón.

 

Iesvs Nazarenvs Rex Ivdaeorvm

Hemos visto en el apartado anterior la escapada de unos tales Yosef y Miriam con su hijo Yahsuah para escapar de la matanza ordenada por Herodes Arquelao.[1]

¿Quiénes eran estas gentes? Yosef (alias José), el padre, era un judío de la Casa de David, pero puesto que Yosef supuestamente no intervino en el embarazo de la Virgen, pasaremos a examinar el linaje de Miriam (alias María).

Según el Evangelio de Lucas (1:5,36), esta mujer era de la familia de David y de la tribu de Judá, y el ángel que se le apareció le vaticinó que le nacería un hijo a quien Jehová “le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob”. Jesús nace finalmente en Bethlehem (Belén). En el Evangelio de Mateo (1:1) es asociado a Abraham y a David, y en ese mismo evangelio (21:9), se describe cómo las muchedumbres judías de Jerusalén aclaman a Jesús gritando “¡Hosanna al Hijo de David!”, sin mencionar, claro está, a los “magos de Oriente” que visitaron al Mesías siguiendo una estrella y preguntando “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?” (Mateo, 2:1-2).

Jesús, quien nunca pretendió fundar una nueva religión sino preservar puro el judaísmo ortodoxo, dejó claro que “No he venido a abrogar la Ley (de Moisés, la Torá) sino a cumplirla” y, enfurecido al ver que el templo de Jerusalén estaba siendo profanado por mercaderes, los echó a golpes.

Este agitador judío, cual ayatolá, no dudó en enfrentarse—con la autoridad que le daba el ser llamado rabí—al resto de facciones judías de su tiempo, especialmente a los fariseos (“ay de vosotros, escribas y fariseos”), diciendo que “el que no está conmigo, está contra mí” (Evangelio de Lucas, 14:23).

Jesús se rodeó de un círculo de discípulos entre los que podríamos destacar al mencionado Simón el Zelote, a Bartolomé Nathanael (de quien dice el mismísimo Jesucristo en el Evangelio de Juan, 1:47, “he aquí a un verdadero israelita”), el mencionado Mateo (ver nota 7), Judas Iscariote (quien lo traicionó a los fariseos por dinero) y, aunque de los demás no hay tantas señas, es preciso recordar que, hasta el viaje de San Pablo (también judío) tiempo después de la muerte de Jesús, para ser cristiano era imprescindible ser judío circuncidado, ortodoxo y observante.

Que la doctrina de Jesús estaba dirigida a los judíos, queda de manifiesto en el Evangelio de Mateo, 9, cuando les dice a los 12 apóstoles: “no vayáis por camino de gentiles, sino sólo id a las ovejas perdidas de Israel”. La frase implica volver a recoger en el regazo ortodoxo a aquellos judíos que se han extraviado de la Ley de Moisés—y es que “si creyerais en Moisés me creeríais a mí” (Evangelio de San Juan, 5:46).

En el año 26, Tiberio, que había expulsado a los judíos de Roma siete años antes y se hallaba en plena época antisemita de su reinado, nombra como procurador de Judea a Poncio Pilato (un hispano nacido en Tarragona o en Astorga, y el único personaje decente del Nuevo Testamento según Nietzsche).

Tras el incidente con los estandartes de Pompeyo, los judíos habían conseguido de anteriores emperadores que no entrasen en Jerusalén con los estandartes desplegados, pero Pilato entra desfilando en la ciudad, ostentando bien altos los estandartes con la imagen del emperador. Esto, los escudos de oro puestos en la residencia del gobernador, y la utilización del dinero del templo para construir un acueducto para Jerusalén (que transportaba agua desde una distancia de 40 km), provocó una airada reacción judía.

Para reprimir la insurrección, Pilato infiltró soldados entre la muchedumbre y, cuando visitó la ciudad, dio una señal para que los legionarios infiltrados sacasen las espadas y comenzasen una carnicería.

En el año 33, tras diversas refriegas de los ortodoxos de Jesucristo con facciones rivales—particularmente con los fariseos, que detentaban por aquel entonces el poder religioso y veían con incomodidad cómo surgía una nueva facción vigorosa—, Poncio Pilato ordena el castigo de Jesucristo, a instancias de los fariseos. Jesús es azotado, y los legionarios romanos, que debían tener un sentido del humor un tanto macabro y que sabían que Yahsuah se proclamaba Mesías e hijo de Yahvé, le ponen una corona de espinas y una caña en su mano derecha, y le gritan con sorna “¡Salve, rey de los judíos!” (Mateo 27:26-31 y Marcos 15:15-20).

Al crucificarlo, colocaron en la cabecera de la cruz la inscripción I.N.R.I. (IESVS NAZARENVS REX IVDAEORVM: Jesús Nazareno Rey de los Judíos).

Jesús fue, pues, uno de tantos predicadores judíos que, antes de él y después de él, se auto-proclamaron Mesías, sólo que, en el caso suyo, el judío fariseo Saúlo de Tarso (actual Turquía) no tardaría en llamarlo, en vez de Meshjah, Kristos, que viene a ser el equivalente griego a “Mesías”.

Tras cambiarse el nombre a Pablo, predicó la figura de “Cristo”, indisolublemente unida a la rebelión contra Roma, por todo el Imperio, decidiendo que el cristianismo debía ser difundido fuera de su estrecho círculo judío e introducido en Roma cual doctrina de agitación y subversión en contra de la autoridad del emperador.

____________

[1] Nota del Editor: Se sobreentiende qua esta historia neotestamentaria es ficticia, en tanto que ni siquiera Flavio Josefo menciona la Matanza de los Inocentes (aunque menciona las sinvergüenzadas de la familia Herodes).

Apocalipsis ario, 13

por Evropa Soberana

Calígula

En 38, Calígula, el sucesor de Tiberio, manda a la problemática ciudad de Alejandría a su amigo Herodes Agripa I, para vigilar a Aulo Avilio Flaco, el prefecto de Egipto, quien no gozaba precisamente de la confianza del emperador y que—según el filósofo judío Filón de Alejandría (Contra Flacco)—era un auténtico villano. La llegada de Agripa a Alejandría fue acogida con grandes protestas por parte de la comunidad griega, ya que pensaban que venía para proclamarse rey de los judíos. Fue insultado por una multitud, y Flaco no hizo nada para castigar a los ofensores, a pesar de que el ofendido era un enviado del emperador.

Esto animó a los griegos a exigir que se colocasen estatuas de Calígula en las sinagogas, como provocación hacia la judería. Para apaciguar los ánimos de los griegos y los egipcios, y para contentar al emperador—uno de cuyos emisarios acababa de ser insultado—, Flaco puso estatuas de Calígula en las sinagogas de la zona, que no eran pocas.

Calígula, Emperador romano denostado como pocos.

Este simple acto pareció ser la señal de un alzamiento: los griegos y egipcios atacaron las sinagogas y les prendieron fuego. Los judíos fueron expulsados de sus casas, que fueron saqueadas, y de ahí en adelante se les segregó en un gueto del cual no podían salir, puesto que se les apedreaba, apaleaba o quemaba vivos, mientras que otros acababan en la arena para servir de comida a las fieras, en aquellos macabros espectáculos circenses tan comunes en el mundo romano. Según Filón, Flaco tampoco hizo nada para impedir estos disturbios y asesinatos, y hasta los apoyó, igual que el egipcio Apión, a quien hemos visto criticando a la judería en el apartado dedicado al antisemitismo helenístico.

Para celebrar el cumpleaños del emperador (31 de Agosto, un shabat), se arrestó a miembros del consejo judío y se les azotó en el teatro; otros fueron crucificados. Al reaccionar la judería, los soldados romanos toman represalias saqueando e incendiando miles de casas judías, profanando las sinagogas y pasando a cuchillo a 50.000 judíos.

Cuando se les ordenó cesar la matanza, la población griega local, enardecida por Apión (no sorprendentemente, Flavio Josefo tiene una obra llamada Contra Apión) prosiguió los disturbios. Desesperada, la judería mandó a Filón de Alejandría para razonar con las autoridades romanas. El filósofo judío escribió un texto titulado Contra Flacco y, junto con el informe seguramente negativo que Agrippa le había dado a Calígula, el gobernador fue ejecutado.

Después de estos eventos, las cosas se calmaron y los judíos no sufrían violencia con tal de que se mantuviesen dentro de los límites de su gueto. No obstante, aunque el sucesor de Flaco le permitió a la judería alejandrina dar su versión de los hechos, en el año 40 hubo de nuevo disturbios entre los judíos (quienes se indignaron por la construcción de un altar) y los griegos, quienes acusaron a los judíos de negarse a rendir culto al emperador.

Los religiosos judíos ordenaron destruir el altar y, en represalia, Calígula tomó una decisión que realmente evidenciaba lo poco que conocía a la judería: ordenó colocar una estatua de sí mismo en el templo de Jerusalén. Y es que, Según Filón, Calígula “consideraba sospechosos a la mayoría de judíos, como si fueran las únicas personas que deseaban oponérsele” (De la embajada a Cayo y Flaco). Publio Petronio, gobernador de Siria, que sí conocía bien a los judíos y temía la posibilidad de una guerra civil, procuró retrasar cuanto pudo la colocación de la estatua, hasta que Agripa convenció a Calígula de que era una mala decisión.

En el 41, Calígula, que ya prometía ser un emperador antijudío, fue asesinado en Roma, lo cual desató la violencia de sus guardaespaldas germanos, que no habían podido evitar su muerte y que, por su peculiar sentido de la fidelidad, intentaron vengarle matando a numerosos conspiradores, senadores y hasta viandantes inocentes que tuvieron la mala fortuna de estar en el sitio equivocado y en el momento menos indicado.

Claudio, el tío de Calígula, pudo erigirse en dueño de la situación y, tras ser nombrado emperador por la Guardia Pretoriana, ordenó la ejecución de los asesinos de su sobrino, muchos de los cuales eran magistrados políticos que querían reinstaurar la República.

Published in: on mayo 14, 2018 at 12:19 am  Dejar un comentario  

El padre Brambila

He mudado de lugar mi crítica a lo que Brambila decía del Sudario de Turín a mi sitio Ex Libris, acá.

Published in: on mayo 13, 2018 at 5:12 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 14

por Evropa Soberana

Claudio y Nerón

El año 49, Claudio (busto arriba), que estaba harto de la conflictividad del lobby judío alejandrino, prohibió—:

introducir o invitar a los judíos que navegan hacia Alejandría desde Siria o Egipto, obligándome a tener la más grande sospecha; sino por cierto que me vengaré de ellos por fomentar una plaga universal sobre todo el mundo”.

Asimismo, Claudio expulsó de Roma a todos los judíos el año 50 (al parecer, según Suetonio, “actuaban sin cesar a instigación de Chrestus”) y, como Pontífice Máximo, intentó frenar la expansión de los cultos orientales, incluyendo el cristianismo y el judaísmo, por el Imperio.

Año 50. Judea es ya parte del Imperio Romano, pero su romanización jamás cuajará, al contrario, antes se conseguirá la judaización de la mismísima Roma.

De Nerón hablaremos en el artículo sobre el cristianismo. Su esposa, una ramera ociosa llamada Popea Sabina, era abiertamente simpatizante de los judíos y los cristianos, y conspiraba a espaldas del emperador para favorecerles. Así, por ejemplo, por mediación de Popea Sabina, fue liberado el mismo Flavio Josefo, quien había sido mandado a Roma a fin de negociar mejores condiciones para su gente. El ministro romano Burro fue asesinado en el año 62 por órdenes de Popea Sabina, o quizás por judíos, después de que les negara la ciudadanía romana en Grecia.

El emperador, cansado de tener la conspiración cerca de él, hizo ejecutar a su mujer. La versión “oficial” es que le dio una patada en el vientre estando ella embarazada. El problema es que quienes divulgaron dicha versión tenían una fuerte enemistad con el emperador, por lo que debería tomarse con cautela.

A esto siguió una sanguinaria represión romana contra los judíos y los cristianos, en la que cayeron “revolucionarios” judíos como San Pablo o San Pedro. Esta ejecución de personajes claves en el movimiento estratégico judío para pudrir los cimientos romanos, junto con algunos factores más, sería el desencadenante de una masiva revuelta judía, que trataremos en el próximo capítulo.

Published in: on mayo 10, 2018 at 10:20 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 15

por Evropa Soberana

Capítulo 2

Las guerras judeo-romanas

En el capítulo anterior, nos hemos quedado en una represión antisemita (antijudía y anticristiana) que el emperador romano Nerón ordenó en el año 62. Ahora vamos a ver cómo todos los acontecimientos anteriores han supuesto una escalada de violencia étnica, que culminará en este capítulo con el desencadenamiento de tres inmensas guerras en las que, por primera vez, veremos la erradicación de las comunidades étnicas griegas de Asia Menor y Noráfrica a manos de los levantamientos judíos.

En 64, Nerón manda a Gesio Floro como procurador a la provincia de Judea. El historiador Flavio Josefo culpa a Floro de absolutamente todos los tumultos sucedidos en la zona, pero lo cierto es que, como hemos visto, no comenzaron con él—y, por ser judío y saduceo, las obras de Flavio Josefo siempre han de ser leídas con cautela (por ejemplo, tiene un escrito llamado Contra los griegos, en el que hace apología del judaísmo).

En Cesárea, un judío simpatizante del helenismo sacrificó varios pájaros frente a la sinagoga, lo cual, en la mentalidad tradicional judía, “contaminaba” el edificio, como ya hemos visto antes varias veces. Con este precedente, pero con un largo historial de hostilidad anterior, las comunidades griega y judía de Cesárea se enzarzaron en una disputa judicial en la que, con mediación romana, ganaron los griegos. Bajo consejo de Gesio Floro, Nerón revocó la ciudadanía de los judíos de la ciudad—lo cual los dejaba a merced de la muy antijudía población griega.

Nero Claudius Caesar
Augustus Germanicus

Los griegos no tardaron en iniciar un masivo pogromo durante el cual masacraron a miles de judíos. Floro y los militares romanos (que lógicamente se identificaban antes con los griegos que con los judíos, y que quizás incluso planeaban utilizar a los griegos como vanguardia de limpieza étnica en la zona) no intervinieron para proteger a la judería ni pacificar a la ciudad, permitiendo que se asesinasen judíos y se profanasen sinagogas a babor y a estribor. Según Josefo, cuando los rabinos se llevaban los pergaminos sagrados para salvarlos de ser pasto de las llamas, Floro ordenó que se les arrojase en mazmorras. Esto fue demasiado para un grupo tan cohesionado como los judíos, y reaccionaron con más violencia, lo cual no hizo más que intensificar el pogromo y hacer que se extendiese a otras poblaciones, con las consiguientes represalias romanas.

Jerusalén, pues, comenzó a llenarse de refugiados judíos procedentes de Cesárea y otras zonas cuyas casas habían sido quemadas y cuyos bienes habían sido confiscados por los romanos, clamando venganza y rezumando resentimiento por todos los poros. La masacre de judíos en Cesárea resultó ser la desencadenante de una gran guerra que, de todos modos, llevaba tiempo gestándose.

Published in: on mayo 8, 2018 at 1:27 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 16

por Evropa Soberana

El Oriente se quiere sublevar y Judas se quiere posesionar del dominio mundial. — Tácito

 
1a Guerra Judeo-Romana: La Gran Revuelta Judía (66-73 Ec)

En el año 66 Floro llegó a Jerusalén, donde exigió un tributo de diecisiete talentos de la tesorería del templo. Eleazar ben Ananías, el hijo del sumo sacerdote, reaccionó cesando los rezos y sacrificios en honor al emperador de Roma, y mandó atacar a la guarnición romana. Ésta respondió matando alrededor de 3.600 judíos, saqueando el mercado, entrando en casas, arrestando a muchos de los dirigentes judíos, haciéndolos azotar en público y crucificándolos.

Al día siguiente, empero, la concentración de judíos había aumentado. El polvorín estaba a punto de saltar.

El 8 de Agosto de 66 EC los zelotes y sicarios dieron un rápido golpe de mano en Jerusalén: asesinaron al destacamento romano y pasaron a cuchillo a todos los griegos. De forma sincronizada, se alzaron los judíos de todas las provincias y colonias romanas. En Jerusalén se formó un consejo que envió 60 emisarios por todo el Imperio, con el trabajo de levantar a las diversas juderías. Cada uno de estos emisarios se declaraba el Mesías y proclamaba el comienzo de una suerte de “nuevo orden”. Herodes Agripa II, el etnarca de Judea, en vista de que las masas populares estaban en plena ebullición, optó por coger sus maletas y largarse de la provincia una buena temporada.

El efecto de esto fue la vuelta de levantamientos judíos y, como reacción, más pogromos antijudíos en Cesárea, Damasco y Alejandría, sin contar la intervención de las legiones romanas, que reprimieron duramente a las juderías de las mencionadas ciudades y también en Ascalón, Hipos, Tiro y Tolomaida. Los sectores judíos más moderados y sensatos aconsejaron apresurarse para llegar a un acuerdo con Roma, pero el criterio que iba a prevalecer en la dirección de la judería era el de los sicarios y zelotes, quienes, fanatizados, juraron luchar hasta la muerte, atrincherándose en las inexpugnables fortalezas de Jerusalén, fortificando las murallas de la ciudad y movilizando a toda la población.

A las órdenes de Nerón, Cestio Galio, el legado romano en Siria, concentró tropas en Acre (una plaza que sería muchos siglos después un centro estratégico importante de los cruzados europeos) con el objetivo de marchar sobre Jerusalén, devastar las poblaciones judías que hallase en su camino y aplastar la revuelta. Galio tomó la ciudad de Joppe, matando a 8.400 judíos. (Más adelante los refugiados se reagruparían en la ciudad y se dedicarían al bandolerismo y a la piratería, atrayendo sobre sí una segunda intervención romana, en la que la ciudad sería definitivamente arrasada y se matarían otros 2.400 judíos.)

Tras haberse topado con las sólidas fortificaciones de Jerusalén, las fuerzas de Galio se retiraron, y fueron interceptadas por los fanáticos judíos en una emboscada dirigida por elementos procedentes de los zelotes y los sicarios, que masacraron a 6.000 romanos en el mismo lugar en el que los macabeos habían derrotado a los macedonios siglos antes. Los judíos, emocionados por la simbólica repetición del acontecimiento, formaron un gobierno dirigido por los elementos más fundamentalistas, y acuñaron monedas con la inscripción “libertad de Sión”.

Este trágico desastre inicial sin duda hizo que las autoridades romanas se tomasen más en serio las operaciones de extinción de la rebelión.

Nerón puso al general Vespasiano (busto) al mando de la represión. Con cuatro legiones (la V Macedonica, X Fretensis, XII Fulminata y XV Apollinaris, un total de 70.000 soldados, es decir, una fuerza formidable, aunque se enfrentaba a un enemigo muy superior en número), Vespasiano sofocó la revuelta judía en el norte de la provincia, reconquistando Galilea en el año 67 (capturando allí a Flavio Josefo, el famoso historiador) y Samaria e Idumea en el 68. Los líderes judíos Juan de Giscala (zelote) y Simón ben Giora (sicario) huyeron a la fortificada Jerusalén.

Published in: on mayo 7, 2018 at 5:58 pm  Dejar un comentario  

Sobre Platón

Clarificación: Este es el original en castellano de una traducción que haré hoy para mi blog en inglés.

Las últimas palabras de Will Durant en la previa entrada fueron “Estudiemos La república”. Pero en esta entrada no voy a citar ningún pasaje del libro de Durant. Voy a dar mi opinión sobre esta obra clásica que nos legó la Grecia histórica.

En primer lugar, hay que reconocer que la raza de los griegos antiguos era del tipo nórdico. En The Fair Race hay dos artículos sobre el tema, uno escrito por un español y otro por un americano. Desde entonces la civilización se ha metamorfoseado tanto, especialmente en axiología, tecnología y demografía, que lo que plantea Platón podría tener vigencia sólo después del exterminio de todo no-blanco, como planteó William Pierce al final de Los diarios de Turner. El caso es que los griegos del mundo antiguo eran físicamente bellos, nos dice el artículo del mencionado español. En tiempos tecnológicos y de una explosión demográfica que, por culpa del cristianismo, invirtió los bellos valores del mundo clásico, sólo en una Tierra étnicamente limpiada lo que discutían los antiguos filósofos griegos podría volver a tener vigencia.

La tragedia de los arios me recuerda el significado del Anillo en la tetralogía de Wagner, símbolo que retomaría Tolkien. Ha sido la codicia aria lo que los cegó del hecho de que, usar a los no-blancos como si fueran capital, era suicidio a largo plazo. Esa es la moraleja que se desprende de las historias de la raza blanca de William Pierce y Arthur Kemp. Pero incluso desde el siglo XIX cierto sentimiento popular americano intuía el peligro, como se muestra en las pinturas de Thomas Cole. Un mundo con el Anillo destruido significa, en muchos aspectos, un retorno a las pequeñas ciudades: el objeto de estudio no sólo para Platón sino para Aristóteles. Para este último, una ciudad griega no debería rebasar los diez mil habitantes…

Ese es precisamente el objetivo de mis libros en español: después de tantos infiernos en “la Edad de Hierro Negra” como decía de adolescente, propongo un retorno a la Comarca por así decirlo. Por lo mismo, si hay algo que me duele al ver los sitios de los nacionalistas blancos es que están cortados de su pasado europeo. He hablado en este sitio sobre la música, pero no sobre la pintura. La siguiente es la pintura de Claude Le Lorrain (1600-1682) que aparece en la cabecera de mi página de Facebook:

En mi más reciente viaje a Londres, contemplé unos espléndidos lienzos de las pinturas de Le Lorrain en la Galería Nacional. Fuera de Londres y del mundanal ruido, algunos ingleses aristócratas de siglos pasados tomaron a Le Lorrain como paradigma para moldear sus extensas tierras, e incluso algunas edificaciones en el campo. Algo de esto alcanza a verse incluso en las películas de este siglo. En este bellísimo filme de 2005 por ejemplo, cuando Mr Darcy le declara su amor a Elizabeth, no pude contener mi admiración por ese lugar: ¡parece estar sacado de un cuadro de mi pintor favorito (véanse los últimos diez segundos de este clip de YouTube)! ¿Quién de los racistas contemporáneos tiene semejante contacto con su pasado visual?

Un auténtico racista debiera rechazar toda imagen de la cultura pop que nos vende la judería americana. Pero volviendo a Platón. Supongamos, sólo supongamos, que la raza blanca saldrá viva del apocalipsis que se avecina y que, en una Tierra ya sin orcos ni (((Sauron))), quisiera reconstruir su civilización. En una Tierra despoblada y sólo con unas cuantas ciudades pequeñas, como la que se ve en la pintura de arriba, surgiría la cuestión de qué tipo de gobierno es deseable. En este mundo podría preguntarse el sobreviviente sobre la obra magna de Platón, algo así como un segundo chance, un fresh start. Así que expongamos nuestro punto de vista sobre el filósofo.

Lo primero que podría decir es que la distorsión que se enseña en la academia sobre el mundo clásico es tal, que habría que cambiarle el título a La república por el simple hecho de que es un título inventado. El original en griego era Politeía, cuya traducción sería “régimen o gobierno de la polis”, es decir cómo gobernar una pequeña ciudad-estado. El título La República falsea la mente de Platón ya desde la portada del libro que vemos en las librerías, induciendo la noción de que el autor era un utopista. No era nada de eso. Politeía era la receta de Platón para remediar los malos gobiernos que veía en la antigua Grecia. Su punto de arranque había sido el examen de las ciudades griegas de su tiempo, no de un futuro nebuloso, los cuatro regímenes de entonces: la timarquía, la oligarquía, la democracia y la tiranía.

Imaginemos un mundo à la Lorrain en que sólo los blancos hereden la Tierra. Las librerías, esta vez con imprimaturs que no admitan nada salido de plumas semitas, mostrarían la obra principal de Platón con el título original… Pero eso no significa que debamos considerar al discípulo de Sócrates un proveedor de leyes, un nuevo Licurgo. A esas alturas de la partida es obvio que Platón no vio, ni podía ver, la iniquidad del mundo; de los hombres, de la judería que inventaría el cristianismo y de la revolución industrial.

Por ejemplo, Platón no habla de la necesidad de mantener la sangre nórdica pura, al menos no con la lucidez que tuvieron los nazis. La cerrada polis de los espartanos cumplía más con las leyes de la naturaleza que la abierta polis de los atenienses (en esto Durant se equivocó horrores). Pero ni siquiera los espartanos conocían la fórmula de Pierce: para mantener una cultura aria hay que mantener la etnia aria: y eso sólo puede hacerse exterminando o expulsando de todo no ario.

Pero los extravíos de Platón van más allá. Arriba me quejaba de que el racista típico de hoy día no tiene contacto interno con el mundo de los grandes maestros de la pintura. Otro achaque común en quienes han abandonado al cristianismo es que mantienen residuos infecciosos que ponen a los arios en franca desventaja frente a la judería. Uno de estos residuos es la creencia en la vida postmortem. Quien eso cree no luchará tanto en esta vida como actualmente luchan los judíos, en tanto que cree que tendrá un segundo chance (sea en el más allá o reencarnado).

Los judíos no se masturban la mente con esperanzas ultraterrenas: una de sus enormes ventajas ante nosotros. Pero para ser justos con el cristianismo debo decir que incluso antes del cristianismo Platón ya se masturbaba con tales fantasías, lo que he denominado en esta serie la raíz del baobab. De hecho ¡Platón termina su obra magna sermoneándonos: si nos atenemos a lo que dice y creemos en el alma inmortal, seremos felices!

Como observé en una entrada anterior, en la salvaje destrucción de la mayor parte de los libros del mundo clásico por los judeocristianos, tenía que haber sobrevivido una obra que muchos consideran precursora de la doctrina cristiana del alma humana. Desde este ángulo La república, por usar el falseado título, es anacrónica en muchos otros sentidos. Además de sus masturbaciones postmortem ¿qué caso tiene alabar a Platón cuando no se opuso con la mayor vehemencia posible al incipiente mestizaje de Atenas?

A diferencia de todo rabí que practica una eugenesia innata, Platón ni siquiera dejó descendencia. No fue esposo ni padre. Además, creía que en su república las mujeres podían desempeñar las mismas funciones del varón, incluso las más elevadas. ¡Compárese el feminismo de este filósofo de hace mil cuatrocientos años con lo que hoy día enseñan los judíos ortodoxos de Nueva York! (quienes educan a sus mujeres a que sean Caperucitas).

Quien cumple las leyes de la Naturaleza sobrevive y quien las viola perece. Actualmente los judíos las cumplen y los arios las violan. La raza blanca no se salvará a menos de que haga una crítica destructiva de gran parte de lo que se nos quiere vender como “sabiduría de Occidente”, comenzando por los griegos.

Published in: on mayo 5, 2018 at 3:22 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 17

por Evropa Soberana

Los disturbios étnicos en Egipto

En Alejandría, los griegos organizaron en el anfiteatro una asamblea pública para enviar una embajada al emperador. Los judíos, a los que les interesaba parlamentar con Nerón, acudieron en grandes multitudes, y en cuanto los griegos los vieron, empezaron a gritar, los llamaron sus enemigos, los acusaron de ser espías, corrieron hacia ellos y los atacaron (versión de Flavio Josefo). Otros judíos fueron asesinados mientras huían, y tres fueron apresados y quemados vivos. El resto de judíos no tardó en llegar para defender a sus correligionarios, comenzando a tirar piedras a los griegos y luego amenazando con incendiar el anfiteatro.

Tiberio Julio Alejandro, el gobernador de la ciudad, intentó convencer a los judíos de que no provocaran al Ejército romano, pero este consejo fue tomado como una amenaza: los tumultos prosiguieron y, en consecuencia, el gobernador, ya sin paciencia, introdujo dos legiones en la ciudad (la III Cyrenaica y la XXII Deiotariana) para castigar a la judería. Se les dio a las legiones carta blanca para matar a los judíos y también para saquear sus bienes, con lo cual los soldados entraron en el gueto y, según fuentes judías, quemaron casas con judíos dentro, matando también a mujeres, niños y ancianos hasta que todo el barrio estaba lleno de sangre y yacían muertas 50.000 personas.

Los supervivientes, desesperados, suplicaron a Alejandro pidiendo clemencia, y el gobernador se apiadó de ellos. Ordenó a las legiones que cesasen la masacre, y éstas obedecieron en el acto. Alejandro participaría después en el asedio de Jerusalén.

Published in: on mayo 4, 2018 at 11:22 pm  Dejar un comentario  

Apocalipsis ario, 18

por Evropa Soberana

Asedio y caída de Jerusalén ― la destrucción del Segundo Templo

Ese mismo año 68, Nerón fue asesinado en Roma y estalló una guerra civil. Todo el Imperio Romano estaba en jaque. Por un lado, las numerosísimas masas judías, en plena ebullición, desafiaban su poder en Judea, y por otro, lo hacían en el seno de la misma Roma. Si el poder romano en Oriente flaqueaba, los partos hubieran podido aprovechar rápidamente para conquistar Asia Menor y fortificarse en la zona, lo cual hubiera sido una catástrofe descomunal para Roma. El gobierno estaba tambaleándose suavemente, pero Vespasiano volvió a Roma y luchó contra Vitelio, que pretendía ser sucesor de Nerón. Tras vencerle, Vespasiano fue nombrado emperador y confió a su hijo Tito las operaciones militares de represión y el asedio de la capital judía.

Estatua de Tito en imitación al Doríforas de Policleto, 79-81 CE,
Museo del Vaticano. Como puede verse, un papa anti-helenista
ordeno “castrar” tanto a ésta como a otras estatuas grecorromanas
siglos después de esculpidas.

El hijo de Vespasiano era el General Tito. Mientras su padre fue a Roma a arrebatarle el trono a un gordo, él, con una edad de 26 años, quedó a cargo de la represión antisemita en Judea.

Tito rodeó Jerusalén con las cuatro legiones, cortando los suministros de agua y comida. Asimismo, incrementó las presiones sobre las necesidades de la ciudad permitiendo que los peregrinos entrasen a celebrar el Passover (la pascua judía) y luego impidiéndoles salir.

En la Jerusalén asediada, la hambruna y las epidemias se cobraban miles y miles de vidas. Los judíos que constituían el núcleo duro de la rebelión—zelotes y sicarios—arrojaban muralla abajo a los pacifistas o los “contra-revolucionarios” sospechosos de no comulgar con la causa sionista, o de buscar un entendimiento con Roma para lograr condiciones favorables para su gente. Según algunos pasajes del mismo Talmud, los sicarios y zelotes (líderes como Menahem ben Jair, Eleazar ben Jair, y Simón Bar Giora) llegaron a cometer atrocidades contra la población civil judía, incluso impidiéndoles la llegada de alimentos, para forzarlos a ser obedientes y comprometerse con su causa.

Los defensores que constituían el elemento activo de la resistencia debieron ser en torno a 60.000 hombres, divididos en zelotes (al mando de Eleazar ben Simón, ocupaban la fortaleza Antonia y el templo) los sicarios (al mando de Bar Giora, centrados en la ciudad alta), y los idumeos y otros (al mando de Juan de Giscala). Existía una rivalidad manifiesta entre las facciones combatientes, que estallaba de vez en cuando en combates abiertos. La población de la Jerusalem fortificada superaba los tres millones de personas, de las cuales la mayor parte estaba dispuesta a luchar, esperando que su dios les echase una mano contra los infieles.

Mientras los romanos atacaban una y otra vez las fortificaciones con inmensas bajas por su parte, los zelotes salían de cuando en cuando de las murallas a hacer razzias en las que conseguían asesinar a soldados romanos desprevenidos. Tras una de estas acciones, Tito, en una táctica de intimidación muy patente, hizo desplegar, al pie de la ciudad, a su ejército en su totalidad, con el objetivo de amedrentar y desesperar a los asediados, y recurrió a Flavio Josefo, quien gritó a los asediados cosas bastante razonables, como “Dios, que hace pasar el Imperio de una nación a otra, está ahora con Italia” o “nuestro pueblo no ha recibido el don de las armas, y para él, hacer la guerra acarreará forzosamente ser vencido en ella”.

Esto, al parecer, en los oídos de los resistentes judíos, dominados por sus supersticiones y seguramente esperando en cualquier momento una intervención del mismísimo Yahvé, sólo logró enardecerlos más, y le dispararon una flecha, hiriéndole en un brazo.

Flavio Josefo descendía de una larga línea sacerdotal saducea relacionada con la dinastía hasmonea de los tiempos prerromanos. Durante la Gran Revuelta Judía, el Sanhedrín lo hizo gobernador de Galilea. Tras defender por tres semanas la fortaleza de Jotapata, se rindió a los romanos, quienes mataron a casi todos sus hombres. Él, que se escondió en una cisterna con otro judío, se salvó demostrando su gran formación e inteligencia, y prediciéndole al general Vespasiano su futuro nombramiento como emperador de Roma. Posteriormente, acompañaría a Tito y los romanos, quienes lo utilizaron para intentar negociar con el Sanhedrín.

Después de esto, los judíos lanzaron otra razzia súbita en la que casi logran capturar al mismísimo Tito. Los romanos estaban entrenados para los choques frontales con ejércitos enemigos, pero no estaban acostumbrados a la lucha sucia de la guerra de guerrillas, en la que la caballerosidad del combate quedaba totalmente anulada.

En Mayo del 70, los romanos abrieron con sus arietes una brecha en la tercera muralla de Jerusalén, tras lo cual rompieron también la segunda y penetraron como un enjambre de avispas en la ciudad. La intención de Tito era dirigirse a la fortaleza Antonia, que estaba al lado del templo y constituía un punto estratégico vital de la defensa judía, pero en cuanto las tropas romanas superaron la segunda muralla, se vieron enzarzadas en violentísimos combates callejeros contra los zelotes y la población civil por ellos movilizada, y que a pesar de perder miles de hombres ante la superioridad del entrenamiento legionario en el cuerpo a cuerpo, siguieron atacando, hasta que se les ordenó retirarse al templo para evitar bajas inútiles.

Josefo intentó, una vez más sin éxito, negociar con las autoridades asediadas para evitar que el baño de sangre siguiese creciendo. La fortaleza Antonia había sido construida por Herodes en honor a Marco Antonio, quien le había apoyado. Las legiones de Tito, enfrentadas a una edificación construida con eficacia romana, tuvieron que sobrepasar mil calamidades para tomarla.

Los romanos intentaron varias veces romper o escalar los muros de la fortaleza sin éxito. Finalmente, lograron tomarla en un asalto encubierto, durante el cual una reducida partida romana asesinó silenciosamente a los guardias zelotes, que estaban durmiendo. La fortaleza se llenó de legionarios. Aunque Tito planeaba utilizar la fortaleza como base para abrir una brecha en los muros del templo y tomarlo, un soldado romano (según Josefo, los romanos estaban enfurecidos contra los judíos por sus ataques traicioneros) arrojó una antorcha que le prendió fuego al muro.

El Segundo Templo resultó arrasado, y para colmo de la judería, las llamas se extendieron rápidamente a otras zonas residenciales de Jerusalén. Al ver su templo siendo pasto del fuego, muchos judíos se suicidaron, pensando que Yahvé se había encolerizado con ellos, abandonándolos y mandándoles una suerte de apocalipsis.

En este momento, las legiones aplastaron rápidamente la resistencia, mientras algunos judíos escapaban por túneles subterráneos, y otros, los más fanáticos, se atrincheraban en la ciudad alta y la ciudadela de Herodes. Tras construir torres de asedio, lo que quedaba del elemento combativo fue masacrado por los pilum y las gladius romanas, y la ciudad quedó bajo control efectivo romano el 8 de Septiembre.

Published in: on mayo 3, 2018 at 4:47 pm  Dejar un comentario