“Racismo”

A finales de 2015 dije que ya no iba a subir ensayos aquí a menos de que sucediera algo espectacular en el mundo.

Sucedió: Donald Trump, quien luchó como candidato con un par de buenas ideas—el muro y prohibir la entrada de moros—llegó a la presidencia. Pero lo realmente espectacular fue que el Sistema domó a Trump, al grado de que su reciente traición decepcionó a los nacionalistas blancos.

Ayer le di un vistazo a mi biblioteca personal y saqué del estante que vemos en esta foto uno mis libros favoritos. Era favorito en el pasado cuando, a mediados de los años setenta, quería estudiar la carrera de filosofía. Me refiero a uno de los diccionarios filosóficos más populares en lengua española: el del filósofo italiano Nicola Abbagnano.

Ahora, más de 40 años después, he despertado después de dormir décadas en una época que me ocultó cuestiones fundamentales (véase mi sitio principal). Así, ya despierto se me ocurrió ver qué decía El diccionario de filosofía de Abbagnano sobre el nacional socialismo.

No había artículo sobre ello. Entonces busqué la palabra “racismo”.

¡Sorpresa! ¡Después de un buen párrafo introductorio Abbagnano escribió las mayores falsedades propagandísticas que uno pueda imaginar!

No debemos olvidar que Abbagnano terminó de escribir su diccionario en 1960, cuando Occidente no sabía nada del Tercer Reich salvo la propaganda de los aliados. Por lo mismo, no es de extrañar que un profesor italiano tuviera que plegarse a esa narrativa. Pero quisiera concretarme al artículo que me impresionó:

Racismo (ingl. racialism; franc. racisme; alem. Rassismus; ital. razzismo). La doctrina según la cual todas las manifestaciones histórico-sociales del hombre y sus valores (o disvalores) dependen de la raza, y que enuncia la existencia de una raza superior (“aria” o “nórdica”) destinada a ser guía del género humano. El fundador de esta doctrina fue el francés Gobineau en su Essai sur l’inégalité des races humaines (1853-1855), dirigido a defender a la aristocracia frente a la democracia.

Salvo esta cuestión de ser guía de la humanidad, el párrafo inicial del diccionario de Abbagnano es certero. Por cierto, el libro de Gobineau es uno de los que se encuentra en mi biblioteca. Veamos qué dice a continuación:

Hacia principios del siglo XX un inglés germanófilo, Houston Stewart Chamberlain, difundió el mito del arianismo en Alemania (Die Grundlagen des XIX Jahrhunderts [“Las bases del siglo XIX”, 1899), identificando la raza superior con la germana.

Aquí comienzan los problemas, pues eso no es un mito. No es ninguna coincidencia que, hasta muy recientemente, los arios hayan dominado la cultura, la ciencia, tecnología y el mundo político.

El antisemitismo databa de antiguo en Alemania y, por lo tanto, la doctrina del determinismo racial y de la raza superior encontró allí fácil difusión, resolviéndose en el apoyo al prejuicio antisemita y en la creencia de que existe una conjura judía para la conquista del dominio mundial y que, por lo tanto, el capitalismo, el marxismo y, en general, las manifestaciones culturales o políticas que debilitan el orden nacional son fenómenos judíos.

Aquí ya llueven las trampas. Abbagnano escribe como si el problema judío fuera alucinatorio: un prejuicio de los alemanes.

La mejor manera de contestarle al difunto Abbagnano es simplemente decir que no es alucinatorio. Cuando Abbagnano estaba en sus mejores días los judíos estuvieron sobrerrepresentados no sólo entre los verdugos voluntarios de Stalin, sino que fueron judías las asociaciones civiles que cabildearon para abrir la migración masiva de no blancos a los Estados Unidos.

Aquellos que duden de la veracidad de estas afirmaciones deben leer dos libros que lo documentan, uno de un gentil y el otro de un judío: The culture of critique de Kevin MacDonald y Essau’s tears de Albert Lindemann. O Abbagnano era ignorante de estas realidades o las ocultó a sus lectores.

Después de la primera Guerra Mundial, el R. fue para los alemanes el mito de consuelo, la evasión de la depresión de la derrota y Hitler hizo de él el fundamento de su política.

Abbagnano era un erudito. Parece difícil que no supiera unas cuantas cosas de historia occidental. El párrafo de arriba implica que el racismo era un mito alemán del siglo XX.

La verdad es que el racismo tiene milenios: desde los arios que invadieron la India y elaboraron una religión brahmánica para no contaminar su sangre; desde los antiguos egipcios que ponían letreros de que a partir de cierta latitud no se admitían negros en sus tierras; desde los rubios espartanos y tebanos en la Grecia antigua que tenían reglas muy estrictas para no mezclarse con extranjeros, hasta los visigodos que quemaban en al estaca al godo que se casara con algún sangre sucia de la antigua Hispania. Incluso, antes de la decadente Roma imperial, la Roma republicana solía practicar una endogamia patricia para evitar mezclase con los de abajo; siendo los patricios más arios que los plebeyos y no hablemos de los esclavos.

El racismo no fue un invento de Hitler. Lo único que hicieron los alemanes del siglo en que Abbagnano y yo nacimos fue proporcionarle al racismo las bases científicas, y el ímpetu político, que tan sano instinto necesitaba.

La doctrina fue elaborada por Alfred Rosenberg en el Mito del siglo XX (1930). Rosenberg afirmó un riguroso determinismo racial. Toda manifestación cultural de un pueblo depende de su raza. La ciencia, la moral, la religión y los valores que ellas descubren y defienden dependen de la raza y son las expresiones de la fuerza vital de ella. Por lo tanto, también la verdad es siempre tal, sólo para una raza determinada. La raza superior es la aria, que desde el norte se difundió en la Antigüedad por Egipto, India, Persia, Grecia y Roma y produjo las antiguas civilizaciones, civilizaciones que decayeron porque los arios se mezclaron con razas inferiores. Todas las ciencias, las artes, las instituciones fundamentales de la vida humana han sido creadas por esta raza. Frente a ella está la antirraza parásita judía, que ha creado los venenos de la raza: la democracia, el marxismo, el capitalismo, el intelectualismo artístico y también los ideales de amor, de humildad, de igualdad difundidos por el cristianismo, que representa una corrupción romano-judaica de la enseñanza del ario Jesús.

Como he leído poco a Rosenberg ignoro si Abbagnano está representando correctamente lo que Rosenberg habrá escrito sobre “el ario Jesús”. A quienes he leído detenidamente es a Hitler y a Himmler, y se ve claro que tanto en las pláticas de mesa del primero, como en conferencias del segundo, la visión nacional socialista es más compleja y matizada que el bosquejo que Abbagnano hace en el párrafo de arriba.

Lo más interesante de los textos nazis son las publicadas pláticas de sobremesa de Hitler en tanto que sorprende que, entre el grupo selecto de amigos que comía en su mesa, el Führer criticaba más al cristianismo que al judaísmo.

Publicado en 1961, la reimpresión que poseo del Diccionario de Abbagnano es de 1987 (mi copia original de mediados de los setenta se la quedó un amigo). No vale la pena citar su artículo entero, “Racismo” (páginas 977s en la edición del Fondo de Cultura Económica), pero debo señalar que es en la página 978 donde el diccionario se convierte en un disparatario.

El primer disparate de Abbagnano es su frase “No existe ninguna raza ‘aria’ o ‘nórdica’.” Cierto que, si uno quiere escribir con precisión, podría decir “grupo étnico” en vez de “raza”, y desde este ángulo los nórdicos como grupo étnico existen. La malevolencia en una aseveración como la de Abbagnano es similar a aquello de negar que las razas existan. El segundo disparate de Abbagnano merece ponerlo en sangría:

No existe prueba alguna de que la raza o las diferencias raciales influyan de un modo cualquiera en las manifestaciones culturales o en las posibilidades de desarrollo de la cultura en general. Tampoco existe prueba de que los grupos, en los cuales se puede distinguir el género humano, difieran en su capacidad innata de desarrollo intelectual y emocional. Por el contrario, los estudios históricos y sociológicos tienden a reforzar el punto de vista que sostiene que las diferencias genéticas son factores insignificantes en la determinación de las diferencias sociales y culturales entre diferentes grupos de hombres.

Me atrevo a decir que semejante párrafo invalida no sólo el artículo “Racismo” sino el diccionario entero. ¿Para qué sirve tanta ontología, tanta teoría del conocimiento, tanta metafísica y lógica de los filósofos académicos si éstos son incapaces de ver el mundo empírico? ¿Qué valor puede traernos las “ciencias” blandas como los estudios sociológicos que Abbagnano menciona (opiniones en realidad) frente a las ciencias duras?

Si hay algo que quedó claro desde Darwin y sus discípulos en la antropología física (la “antropología social” de Franz Boas es seudociencia) es la diferencia de capacidad craneal entre, digamos, los negros y los blancos. Además, existen pruebas psicométricas con negritos bebés adoptados en hogares de blancos adinerados. Este tipo de estudios no sólo muestran que el coeficiente intelectual es diferencial entre las razas, sino entre hombre y mujer. No hay grandes maestros de ajedrez negros por ejemplo; y a pesar de que en China entrenan a las chinitas pródigas a jugar al ajedrez desde pequeñas, aún así los torneos internacionales de ajedrez tienen que dividirse entre hombres y mujeres. Hay excepciones por supuesto: pero son excepciones que confirman la regla.

Si hay algo que la raciología, el estudio de las razas humanas, nos enseña es que las diferencias genéticas entre humanos son factores determinantes en las diferencias sociales (consúltense estos libros). La torre de marfil de filósofos como Abbagnano, que lo único que hacen es plegarse al paradigma en turno, debiera ser el hazmerreír de quien ha superado la corrección política.

Tampoco existe prueba alguna de que las mezclas de razas produzcan resultados desventajosos desde un punto de vista biológico. Es muy probable que no existan y que nunca hayan existido, a través del tiempo, razas “puras”. Los resultados sociales de las mezclas de razas tanto buenos como malos, pueden ser atribuidos a factores sociales.

Pasajes como ese me mueven a decir que lo que sucede en mentes de académicos como Abbagnano es peor que las discusiones bizantinas. Con declaraciones como las de arriba el célebre filósofo italiano parece estar disociando, adrede, la realidad. Cualquier italiano honesto puede percatarse que la gente mezclada de Sicilia con los turcos del sur pertenece a una cultura inferior que la de los más blancos italianos, al norte de la península.

Y no hablemos de cómo, por mezclar su sangre con indígenas y negritos cucurumbé, los iberos produjeron una estirpe inferior a su contraparte anglo-germana al norte del Río Bravo. ¿En qué rayos se basa Abbagnano para declarar que no hay pruebas históricas de que la mezcla produzca desventajas en la descendencia mestiza?

No es difícil hallar la respuesta. En el último párrafo de su ridículo artículo vemos que Abbagnano se suscribe, religiosamente, al universalismo suicida de Occidente: herencia del catolicismo universal de la iglesia de su país. Dejemos que Abbagnano, quien nació y murió en Italia, tenga la última palabra. En el caso del racismo, nos dice:

…se trata de un prejuicio extremadamente pernicioso, porque contradice y obstaculiza la tendencia moral de la humanidad hacia la integración universalista y porque convierte los valores humanos, comenzando por la verdad, en hechos arbitrarios que expresan la fuerza vital de la raza y así no tienen sustancia propia y pueden ser manipulados arbitrariamente con los fines más violentos o abyectos.

Mi sacerdocio

A partir de esta entrada sólo añadiré otros textos si veo eventos relevantes en las noticias (eventos más espectaculares que los recientes ataques Jihad en París y en San Bernardino). El hecho insoslayable es que no hay acción relevante en el mundo del nacionalismo blanco. George L. Rockwell fue el último nacional socialista de Occidente al parecer. Ser un auténtico nazi implica formar un partido fascista en Europa o, cosa mucho más difícil, en Norteamérica—algo que los racistas contemporáneos no se atrever a hacer.

Tratar de dialogar, convocar o disciplinar a racistas burgueses que no salen de internet destruye la moral del verdadero fanático: el sacerdote de las 14 palabras. A menos de que estos cobardes se vuelvan valientes, algo improbable en una raza que se da por muerta, debo hacer otra cosa. Ni modo: sin varones arios que ofrezcan una auténtica resistencia al Sistema no tengo más remedio que tratar de cumplir mi sacerdocio al solo.

He aquí lo que planeo como ermitaño. Mis libros [1] sobre cómo tratar a los niños y adolescentes podrían ayudar al futuro estado étnico, cuya capital ya debería estar en Berlín de no haber sido por los anglosajones. Pero este Estado sólo volvería a nacer si esta raza se arrepiente de su imperdonable pecado, si es que eso es posible…


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[1] Me refiero a dos series de varios libros cada una: Exterminio y De San Francisco a Himmler. El primer tomo de Exterminio, como he dicho, ya se encuentra disponible vía la distribuidora Lulu. Según mis cálculos debo escribir otros nueve.

Published in: on diciembre 6, 2015 at 8:00 am  Comments (9)  
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Salve Europa

por Manu Rodríguez

En las circunstancias actuales lo primero que hay que “salvar” es la tierra madre, Europa. Europa es nuestra casa, nuestro hogar ancestral; nuestra tierra sagrada. Son las poblaciones aryas europeas las que en primer lugar han de alcanzar el status de “naciones” o “Estados étnicos”.

El primer intento, como se sabe, fue frustrado—por quienes ya sabemos. En algún lugar en [los escritos de Kevin] MacDonald leí que la revolución blanca comenzaría en Europa. No sé en qué se basaría para augurar tal cosa. Hay sí, pequeños partidos nacionalistas aquí y allá, pero no hay conciencia étnica ni nacionalista en el sentido radical nazi. Juegan a la democracia, se solidarizan con Israel… Generalmente les une el anti-islamismo. Pero el islam es uno de los problemas que nos ha traído la normativa universalista que nos viene de la ONU, la UE o los organismos internacionales subordinados o adyacentes. Estamos obligados a ser Estados multiculturales, multirraciales, multiconfesionales e tutti quanti.

Romper con estas organizaciones supranacionales—que limitan la independencia y la soberanía de nuestras naciones—es lo primero. El internacionalismo en la economía, en la política, en el flujo poblacional está acabando con las naciones étnicas seculares, sobre todo en Europa. No son sólo los musulmanes asiáticos y africanos; seguimos teniendo judíos (en Francia, Hollande, el socialista, y Sarkozi, el conservador, son judíos—la izquierda y la derecha). La población china va en aumento, y también la población amerindia americana (apenas si hay emigración blanca de vuelta).

El deterioro étnico y cultural de nuestras poblaciones europeas aumenta cada día. El flujo migratorio es imparable por el sur (África), por el Este (Oriente Medio, Asia Central, China), y por el oeste (amerindios). Si todo sigue como hasta ahora acabarán con nosotros en unas pocas generaciones.

Salvar Europa, la tierra del origen, la tierra sagrada de los pueblos blancos: éste es el cometido de las poblaciones blancas repartidas por el mundo. Que Europa, nuestra tierra sagrada, permanezca étnica y culturalmente incontaminada, pura. Ésta es nuestra cruzada.

ws-31Dec1939

En cualquier lugar del planeta que no sea Europa (incluida Rusia), somos extranjeros. Personalmente no acabo de comprender el nacionalismo blanco fuera de Europa (las Américas, Australia, Nueva Zelanda). Hemos privado de sus tierras y de sus culturas a numerosos pueblos. ¿Por qué lo que deseamos para nosotros no lo deseamos también para los demás?

Hace mucho tiempo que se desató el mal: la codicia de bienes y territorios ajenos, junto con la indiferencia por lo más sagrado: la raza, el nexo con los antepasados, la cultura ancestral, el territorio ancestral—lo más sagrado propio, y lo más sagrado extranjero. El mundo apesta de impurezas étnicas, lingüísticas, culturales… Hay pocos rincones puros o no contaminados, o lo que es lo mismo, genuinos, verdaderos. Hemos destrozado el árbol de los pueblos y culturas del mundo, que es también el árbol de la vida. Hemos atentado contra lo más sagrado.

Las conversiones de los pueblos a credos universalistas o internacionalistas, religiosos o políticos, que alcanza hasta nuestros días, han tenido su parte en esta destrucción. Pueblos alejados de sus orígenes étnicos y culturales; masas desarraigadas, apátridas… La adopción de ideologías transétnicas y transculturales—de origen extranjero; de origen, en la mayoría de los casos, judío (salvo los universalismos hinduista y budista)—han terminado sembrando la indiferencia hacia los diversos legados étnicos y lingüístico-culturales de los pueblos: las ancestrales señas de identidad.

Los imperios multiétnicos y multiculturales del pasado (Egipto, el periodo sumerio-acadio, Asiria, Babilonia, India, Persia, Grecia, Roma) trajeron al mundo estas ideologías universales que no tenía otra función que unir de modo nuevo a aquellas poblaciones heterogéneas, de tan diversos orígenes.

La necesidad actual de unificar ideológicamente al planeta repite la vieja cuestión. La corriente demo-liberal del momento otorga un credo transnacional, transétnico y transcultural en un medio étnica y culturalmente heterogéneo donde las viejas tradiciones y los nexos ancestrales han, prácticamente, desaparecido. Es una competición, una concurrencia entre los universalismos religiosos y políticos. Las diversas poblaciones se convierten en presa de estos. Pululan los misioneros políticos y religiosos difundiendo credos universales, musulmanes, cristianos, hinduistas, budistas, demócratas, comunistas… en poblaciones que ya han perdido el rastro de sus orígenes, en poblaciones ya desarraigadas; esto es, previamente cristianizadas, islamizadas, democratizadas.

Dicho sea de paso: también los judíos están afectados por este cáncer cultural propio de los imperios multiculturales que ellos mismos tanto han contribuido a difundir; los credos transétnicos, transculturales, transconfesionales. Su gente no ha permanecido inmune.

En este caos que vivimos, en esta mezcla indeseable, en esta impureza, en esta monstruosidad, en esta fealdad los pueblos no tenemos otra salida que aferrarnos a nuestra sangre y a nuestra memoria; a nuestras identidades étnicas y lingüístico-culturales. La vuelta, el giro, el retorno a casa, a lo propio. El nacionalismo étnico es la salida para todos y cada uno de los pueblos del planeta.

El nacionalismo étnico europeo no puede ser sino el nacional socialismo arya, el germano. Esto es lo que debemos recuperar. Contra todo obstáculo. Ahora lo que se requiere es un nacionalismo arya a escala europea—siguiendo el modelo germano ya llevado a la práctica.

Ojala tuviéramos más difusión. Es una gran revolución arya lo que necesitamos, aquí, en Europa Aryana, en la tierra de origen de los pueblos aryas.

* * *

Llevo algún tiempo leyendo literatura puramente nazi desde los años veinte hasta el 45: hasta la creación de los Werewolf (Naumann); hasta el obituario de Hitler. He encontrado mucho material en—:

http://www.calvin.edu/academic/cas/gpa/

—página que recomiendo a todos (nosotros). Son sumamente interesantes los textos que van desde los primeros años veinte hasta el 33, que alcanzan el poder. Son los años de lucha. Hay que leerlos en sus propios textos, en sus propias circunstancias; en su propio contexto adverso. Cuantos obstáculos, cuantos impedimentos y cuanta voluntad; cuanta entereza, cuanta paciencia, cuanta resistencia, cuanta lucha, cuanta nobleza… Son un modelo para los actuales. Apenas si podemos añadir nada.

También tenemos el sexenio del 33 al 39, ya en el ejercicio del poder—antes de la guerra—, y el que transcurre desde el 39 al 45—los años de guerra. Son tres fases en su historia y en su cultura. Un ascenso, un clímax, y un descenso, una caída. En cada período se produce una “cultura” (escritura, literatura, arte, posters y demás); una retórica podríamos decir, acorde con el tiempo, con el momento.

Hay mucho que aprender ahí. Mucho. Las problemáticas son muy parecidas a las actuales. A la población judía (hoy muy camuflada en Europa, aunque no menos operativa que entonces) hay que añadir las poblaciones asiáticas y africanas (la mayoría musulmanas); las amerindias, las chinas… Podemos decir incluso que los momentos actuales son muchísimo más graves que los que ellos vivieron. Más acuciantes. Menos esperanzadores. Y no nos olvidemos que nosotros tenemos detrás los juicios de Núremberg y la represiva normativa anti-nazi que desde entonces padecemos (en los media, en las calles, en los juzgados).

Es el nazismo puro y crudo el que tiene que renacer. Nada de neonazis o de nacionalistas blancos o similares. El nazismo, sin más. El nacionalismo arya excluyente, nada de internacionalista o universalista. Nada de extranjeros en nuestros gobiernos, en nuestra economía, en nuestra prensa, en nuestra cultura, en nuestras tierras. ¡Fuera estos aliens de esta tierra sagrada nuestra! Simplemente.

Actualmente estamos de nuevo en la fase de ascensión (también el partido estuvo un tiempo prohibido, e incluso a Hitler se le prohibió hablar públicamente). Ahora la literatura ha de ser proselitista, de propaganda. Tenemos que convencer a nuestros semejantes de la terrible situación étnica, cultural y territorial en la que nos encontramos. Y mostrarles la salida. El nacionalismo arya es la solución, la salida. Nuestra única salida.


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Léase el artículo completo: aquí.

Published in: on septiembre 9, 2014 at 1:21 pm  Dejar un comentario  
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El nordicismo

Abreviado de un artículo originalmente publicado
en Evropa Soberana el año pasado.

1

Wolfgang Willrich, “Esto es por lo que lucha el soldado alemán”.

El nordicismo no nació con el colonialismo europeo ni con el auge de las ideas nazis en el período de entreguerras, sino que se trata de una tendencia que procede de la antigüedad clásica, que está estrechamente relacionada con el arte y con el modelo humano al que se debe aspirar, y que pretende responder a la pregunta de cuál es la fuente de la tradición indoeuropea y cuál es la raza humana que sentó las principales bases de Europa desde la época prehistórica.

Sin embargo, el florecimiento nordicista que nos queda más cercano en el tiempo es el que tuvo lugar bajo el III Reich. Para comprender las ideas que subyacen en el nordicismo nazi, lo que se limitará a hacer este texto—además de aportar comentarios antes y después de la exposición propiamente dicha—es proporcionar una selección de fragmentos escritos procedentes de:

• Adolf Hitler

• la doctrina SS

• ideólogos nazis (como Alfred Rosenberg)

• estudiosos que, sin ser nazis, son considerados como precursores vanguardistas de una mentalidad que culminó con el nazismo (como Nietzsche). Se ha omitido a H.S. Chamberlain, puesto que él designa como “teutónico” lo que ha dado finalmente en llamarse “nórdico”.

• otros que nada tienen que ver con el nazismo (incluso se acabaron oponiendo a él), pero que tratan el tema de la raza nórdica (como Grant).

• Además incluyo imágenes de personajes del nazismo, así como, a modo de ejemplo, propaganda y obras de arte de la Alemania nazi, en las que el tipo nórdico es representado como referencia, ideal y meta a perseguir.

2

Portada de “Gutes Blut – Ewiger Quell” (Buena sangre – primavera eterna), un libreto de propaganda SS que trata principalmente sobre el nordicismo y la eugenesia, en imágenes.



Arthur Schopenhauer (1788-1860), filósofo alemán que influyó, entre otros, en Nietzsche y Hitler, quien durante la I Guerra Mundial siempre llevaba consigo el libro El mundo como voluntad y representación.

La más alta civilización y cultura, aparte de los antiguos hindúes y egipcios, se encuentra exclusivamente entre las razas blancas; e incluso con muchos pueblos oscuros, la casta o raza dominante es de un color más claro que el resto y, por lo tanto ha, evidentemente, inmigrado, por ejemplo, los brahmanes, los incas y los soberanos de las Islas del Mar del Sur. Todo esto se debe al hecho de que la necesidad es la madre de la invención, porque aquellas tribus que emigraron pronto al Norte, y que allí gradualmente se hicieron blancos, tuvieron que desarrollar todos sus poderes intelectuales e inventar y perfeccionar todas las artes en su lucha contra la necesidad, el deseo y la miseria, que en sus muchas formas eran traídas por el clima. Esto lo tuvieron que hacer para compensar la parsimonia de la Naturaleza, y de todo esto salió su alta civilización. (Palerga y Paralipomena, 1851, Volumen 2, Sección 92).



Arthur de Gobineau (1816-1882), embajador francés, historiador y filósofo con una vastísima cultura y una gran intuición. Es conocida su innovadora y monumental obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, pero pocos aventuran que, además, Gobineau era “nordicista” en el sentido de que identificaba a los arios originarios con el tipo humano “nórdico”.

El color de los arios era blanco y rosado: así fueron los griegos y los persas más antiguos, tales se mostraron también los hindúes primitivos. Entre los colores de los cabellos y de la barba dominaba el rubio, y no puede olvidarse la predilección que por este color sentían los helenos: no concebían de otra manera a sus divinidades más nobles. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853 y 1855, Libro Tercero, Capítulo I).

En aquella época muy remota, la fuerza civilizadora, iniciadora, no residía en el Sur: emanaba del Norte. Procedía de la Tracia con Orfeo, con Museo, con Lino. Los guerreros griegos aparecían de gran estatura, blancos, rubios. Sus ojos miraban arrogantes al cielo, y este recuerdo dominó de tal modo el pensamiento de las generaciones sucesivas, que cuando el politeísmo negro hubo invadido, con la creciente afluencia de las inmigraciones semíticas, todas las regiones y todas las conciencias, y hubo sustituido con sus santuarios los sencillos lugares de rezo con que antaño se contentaran los antepasados, la expresión más alta de la belleza, del majestuoso poderío, no fue otra para los Olímpicos que la reproducción del tipo ario: ojos azules, cabellos rubios, tez blanca, estatura elevada, esbelta. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853 y 1855, Libro Tercero, Capítulo III. Sobre la antigua Grecia).

¿Qué era, en lo físico y en lo moral, un romano de los siglos III, IV o V? Un hombre de talla mediana, de constitución y aspecto endebles, generalmente moreno, encerrando en las venas un poco de sangre de todas las razas imaginables; creyéndose el hombre primero del Universo, y, para probarlo, insolente, rastrero, ignorante, ladrón, depravado, dispuesto a vender su hermana, su hija, su esposa, su país y su soberano, y dotado de un miedo insuperable a la pobreza, al sufrimiento, a la fatiga y a la muerte. Por lo demás, no dudando de que el Globo y su cortejo de planetas no hubiesen sido creados sino para él únicamente.

Frente a ese ser despreciable, ¿qué era el bárbaro? Un hombre de rubia cabellera, de tez blanca y rosada, ancho de espaldas, grande de estatura, vigoroso como Alcides, temerario como Teseo, hábil, ágil, no sintiendo temor de nada, y de la muerte menos que de lo demás. Ese Leviatán poseía sobre todas las cosas, ideas justas o falsas pero razonadas, inteligentes, y que pugnaban por difundirse. Dentro de su nacionalidad, había nutrido el espíritu del alimento de una religión severa y refinada, de una política sagaz, de una historia gloriosa. Hábil en meditar, comprendía que la civilización romana era más rica que la suya, y buscaba el porqué de ello. No era en modo alguno esa criatura turbulenta que ordinariamente nos imaginamos, sino un adolescente muy atento a sus intereses positivos, que sabía cómo componérselas para sentir, ver, comparar, juzgar, preferir. Cuando el envanecido y miserable romano oponía sus artimañas a la astucia vital del bárbaro, ¿quién decidía la victoria? El puño del segundo. Cayendo como una masa de hierro sobre el cráneo del pobre nieto de Remo, aquel puño musculoso le mostraba de qué lado se hallaba entonces la fuerza. ¿Y de qué modo se vengaba entonces el humillado romano? Lloraba, y pedía a los siglos futuros que vengasen a la civilización oprimida en su persona. ¡Pobre gusanillo! Se parecía al contemporáneo de Virgilio y de Augusto como Shylock al rey Salomón. (Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, 1853 y 1855, Libro Tercero, Capítulo VII. Sobre la decadencia de Roma).



F. Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán que no precisa introducción. Es mayormente conocido por su afirmación de la vida ascendente con Así habló Zaratustra y su aniquilación de la moral del chandala con El Anticristo. Son interesantes algunas frases suyas referidas a la razas, de las cuales las menos divulgadas son precisamente las que aluden al tipo nórdico.

[Los nobles] se llaman, por ejemplo, “los veraces”: la primera en hacerlo es la aristocracia griega… la citada palabra se convierte en el distintivo y en el lema de la aristocracia y pasa a tener totalmente el sentido de “aristocrático”, como delimitación frente al mentiroso hombre vulgar…

Con el latín malus [“malo”] acaso se caracterizaba al hombre vulgar en cuanto a hombre de piel oscura, y sobre todo en cuanto a hombre de cabellos negros (hic niger est, “éste es negro”), en cuanto habitante preario del suelo italiano, el cual por el color era por lo que más claramente se distinguía de la raza rubia, es decir, de la raza aria de los conquistadores, que se habían convertido en los dueños; cuando menos el gaélico me ha ofrecido el caso exactamente paralelo, ―fin (por ejemplo en el nombre Fin-Gal), la palabra distintiva de la aristocracia, que acaba significando el bueno, el noble, el puro, significaba en su origen el cabeza rubia, en contraposición a los habitantes primitivos, de piel morena y cabellos negros. [Evropa Soberana compara ese fenómeno con el de la palabra inglesa fair, que significaba “claro”, “rubicundo”, “de complexión luminosa”, y que acabó significando también “justo”, “bueno”, “deseable”].

3

Mujer del Norte de Frisia. Tanto los nazis como los eugenistas y nordicistas americanos coincidían en considerar a los frisones y los sajones como los elementos étnicos más puros de Alemania.

Los celtas, dicho sea de paso, eran una raza completamente rubia; se comete una injusticia cuando a esas fajas de población de cabellos oscuros esencialmente, que es posible observar en esmerados mapas etnográficos de Alemania, se las pone en conexión, como hace Virchow, con una procedencia celta y con una mezcla de sangre celta: en esos lugares aparece, antes bien, la población prearia de Alemania. (Lo mismo puede decirse de casi toda Europa: en lo esencial la raza sometida ha acabado por predominar de nuevo allí mismo en el color de la piel, en lo corto del cráneo y tal vez incluso en los instintos intelectuales y sociales: ¿quién nos garantiza que la moderna democracia, el todavía más moderno anarquismo y, sobre todo, aquella tendencia hacia la commune, hacia la forma más primitiva de sociedad, tendencia hoy propia de todos los socialistas de Europa, no significan en lo esencial un gigantesco contragolpe—y que la raza de los conquistadores y señores, la de los arios, no está sucumbiendo incluso fisiológicamente?)

Nuestra misma palabra alemana “bueno” [gut] ¿no podría significar “el divino” [den Göttlichen], el hombre de “estirpe divina”[göttlichen geschlechts]?, ¿y ser idéntico al nombre popular (originariamente aristocrático) de los godos [Gothen]? (La genealogía de la moral, 1887, Tratado Primero, 5. Hablando de la aristocracia en Europa).

Resulta imposible no reconocer, a la base de todas esas razas nobles, el animal de rapiña, la magnífica bestia rubia, que vagabundea codiciosa de botín y de victoria; de cuando en cuando esa base oculta necesita desahogarse, el animal tiene que salir de nuevo fuera, tiene que retornar a la selva: las aristocracias romana, árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los vikingos escandinavos—todos ellos coinciden en tal imperiosa necesidad.

Son las razas nobles las que han dejado tras sí el concepto “bárbaro” por todos los lugares por donde han pasado; incluso en su cultura más excelsa se revelan una conciencia de ello y hasta un orgullo (por ejemplo, cuando Pericles dice a sus atenienses, en aquella famosa oración fúnebre, “hemos forzado a todas las tierras y a todos los mares a ser accesibles a nuestra audacia, dejando en todas partes monumentos imperecederos en bien y en mal”).

Esta “audacia” de las razas nobles, que se manifiesta de manera loca, absurda, repentina, este elemento imprevisible e incluso inverosímil de sus empresas—Pericles destaca con elogio la ράΰυμία [despreocupación] de los atenienses—, su indiferencia y su desprecio de la seguridad, del cuerpo, de la vida, del bienestar, su horrible jovialidad y el profundo placer que sienten en destruir, en todas las voluptuosidades del triunfo y de la crueldad—todo esto se concentró, para quienes lo padecían, en la imagen del “bárbaro”, del “enemigo malvado”, por ejemplo, el “godo”, el “vándalo”. La profunda, glacial desconfianza que el alemán continúa inspirando aun ahora tan pronto como llega al poder—representa aun un rebrote de aquel terror inextinguible con que durante siglos contempló Europa el furor de la rubia bestia germánica (aunque entre los antiguos germanos y nosotros alemanes apenas subsista ya afinidad conceptual alguna y menos aun un parentesco de sangre)… Esos depositarios de los instintos opresores y ansiosos de desquite, los descendientes de toda esclavitud europea y no europea, y en especial de toda población prearia—¡representan el retroceso de la humanidad! ¡Esos “instrumentos de la cultura” son una vergüenza del hombre y representan más bien una sospecha, un contraargumento contra la “cultura” en cuanto a tal!

Se puede tener todo el derecho a no librarse del temor a la bestia rubia que habita en el fondo de todas las razas nobles y a mantenerse en guardia: mas ¿quién no preferiría cien veces sentir temor, si a la vez le es permitido admirar, a no sentir temor, pero con ello no poder sustraerse ya a la nauseabunda visión de los malogrados, empequeñecidos, marchitos, envenenados? ¿Y no es ésta nuestra fatalidad? ¿Qué es lo que hoy produce nuestra aversión contra “el hombre”? —pues nosotros sufrimos por el hombre, no hay duda. —No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que temer en el hombre; el que el gusano “hombre” ocupe el primer plano y pulule en él; el que “el hombre manso”, el incurablemente mediocre y desagradable haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido de la historia, como “hombre superior”; —más aun, el que tenga cierto derecho a sentirse así, en la medida en que se siente distanciado de la muchedumbre de los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido, como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la vida… (La genealogía de la moral, 1887, Tratado Primero, 11).

He utilizado la palabra “Estado”: ya se entiende a quién me refiero—una horda cualquiera de rubios animales de presa, una raza de conquistadores y señores, que organizados para la guerra, y dotados de la fuerza de organizar, coloca sin escrúpulo alguno sus terribles zarpas sobre una población tal vez tremendamente superior en número, pero todavía informe, todavía errabunda. (La genealogía de la moral, 1887, Tratado Segundo, 17).

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Ernst Kretschmann, “Tanquista de guerra”.

En la Alta Edad Media, cuando la Iglesia era realmente un lugar de doma de animales, se daba caza por todas partes a los mejores ejemplares de la “bestia rubia”; se “mejoró”, por ejemplo, a los aristócratas germanos. (El ocaso de los ídolos, 1889, 5, 2).



Madison Grant (1865-1937), conocido nordicista y eugenista estadounidense. Grant, a quien a veces se presenta como una suerte de hispanófobo, en realidad elogió la “sangre viril de los conquistadores españoles”.

Los nórdicos son, en todo el mundo, una raza de soldados, marinos, aventureros y exploradores, pero sobre todo de gobernantes, organizadores y aristócratas en agudo contraste con el carácter esencialmente campesino de los alpinos. El honor, la caballerosidad y la capacidad de supervivencia en las peores circunstancias, son rasgos característicos de los nórdicos. El feudalismo, las distinciones de clase y el orgullo de raza entre los europeos son atribuibles en su mayor parte al Norte. (The Passing of the Great Race, 1916).

La primera [de las razas] es la subespecie nórdica o báltica. Esta raza tiene el cráneo alargado, es muy alta, de piel blanca, con cabello rubio o castaño, y ojos claros. Los nórdicos habitan los países entorno al Mar del Norte y el Báltico, e incluyen no sólo los grandes grupos escandinavos y teutónicos, sino también otros pueblos antiguos que aparecen por primera vez en el Sur de Europa y en Asia como representantes del idioma y la cultura arias…

La llamada rama pelirroja de la raza nórdica tiene características especiales además de cabello rojo, tales como un color verdoso en los ojos, una piel de textura particular que tiende o a mayor claridad o a pecas, y ciertas características temperamentales peculiares. Ésta probablemente fue una variedad estrechamente emparentada con los rubios, y aparece por primera vez en la Historia en asociación con ellos. (The passing of the great race, Parte I, Capítulo 2).

Frente a estas posturas relativamente razonadas, tenemos, en cambio, a un verdadero exaltado nordicista que sí se puede considerar un radical.


Karl Weinländer, publicado en Nuremberg en 1933 con la asistencia de la Liga de Profesores Nacionalsocialistas:

Todas las razas (alpina, dinárica, mediterránea, báltico-orientales) son simplemente los bastardos del cruce antinatural del hombre nórdico con las razas inferiores. Esta inferioridad natural de las razas no-nórdicas está atestiguada por el hecho de que el iris del ojo, el pelo, y en casos peores, incluso la piel, están pigmentados. El cabello no-pigmentado actúa como conductor de ondas de pensamiento invisibles. (Rassenkunde des Deutschen Volkes y Rassenkunden Europas).



Hermann Gauch (1899-1978), teórico racial nazi. Se encuadra en los nordicistas más exaltados y fundamentalistas. Sus teorías eran consideradas demasiado radicales y extravagantes hasta en la Alemania nazi, al punto que uno de sus libros fue censurado por las autoridades del Reich porque llamaba a los italianos “mitad simios”.

El hombre nórdico es… el creador de toda cultura y civilización. La salvación y preservación del hombre nórdico solo, salvará y preservará la cultura y la civilización. El éxito duradero, como es natural, sólo puede ser alcanzado a través de la unificación de toda la humanidad nórdica de los países germánicos, y un número de otras áreas fuertemente nórdicas. (Nuevos fundamentos de ciencia racial), publicado en 1934.

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Ejemplos de promoción del ideal nórdico
en el arte y en la propaganda del III Reich.



Hans F. K. Günther (1891-1968), ejemplo más famoso de nordicista y eugenista alemán, base de la teoría racial del III Reich. Günther fue amigo de Walther Darré y miembro del NSDAP desde 1932. Con vastos conocimientos de cultura clásica e historia germánica, persa e hindú, se casó con una noruega con la que tuvo dos hijas, Ingrid y Sigrun.

En 1935, Günther fue declarado “orgullo del NSDAP”, y en 1940 el mismísimo Hitler le concedió la Medalla Goethe de Arte y Ciencia. Al final de la guerra, Günther estuvo tres años internado en un campo de concentración aliado, y negó la versión oficial del holocausto judío hasta su muerte.

La decadencia y el ocaso del mundo helénico se deben atribuir al resultado destructivo de un milenio de guerras y contiendas devastadoras y, por otro lado, a la transformación política y espiritual que ha perjudicado particularmente al linaje que poseían los indogermanos de raza predominantemente nórdica, que habían descendido de la Europa Central, en particular de Germania central; la desnordificación es la principal causa de esta decadencia. (Lebengesichte des Helenischen Volkes).

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Günther

Se debe afirmar claramente que, en el interior de la nación alemana, la sangre nórdica debe ser considerada “deseable” y la no-nórdica “menos deseable”. Es el extendido criterio de las leyes de inmigración vigentes en América, por lo cual, apunto, la sangre nórdica representa lo deseable. Tal criterio, recavado de la observación de importantes circunstancias generales, no va dirigido contra los individuos no-nórdicos, sólo quiere proteger la sangre nórdica deseada contra el peligro de extinción, e incrementar en lo posible esta sangre deseable. La enseñanza de la genética que nos dice: “El valor de un hombre como sujeto es distinto a su valor como procreador”, debe inspirar cada una de nuestras consideraciones. Existieron y existen individuos portadores de una herencia biológica de mala calidad, que han sabido dar al pueblo alemán altos valores espirituales, lo cual no es óbice para que ninguna persona astuta les augurase una buena descendencia. (Rassenkunde des Deutschen Volkes, 1922).

Desde el punto de vista racial, hay sólo una igualdad de nacimiento: la basada en la igual pureza de sangre nórdica. Racialmente, el noble de raza mixta no es de igual nacimiento a una muchacha campesina nórdica.

Retrocediendo a los orígenes de los pueblos de herencia indoeuropea se llega a una aristocracia política y espiritual de raza predominantemente nórdica… Estos nórdicos-indoeuropeos originarios se denominaron a sí mismos “arios”. Arya en la India, Pakistán, Afghanistán y Persia. Lo podemos ver en el Rig-Veda, en la inscripción de la tumba del emperador Darío, en los nombres germánicos, y en las noblezas. Del mismo modo, se describían a sí mismos con características nórdicas. (Der Nordische Gedanke unter den Deutschen, 1927).



Adolf Hitler (1889-1945), no necesita introducción.

Es una temeraria injusticia presentar a los germanos de la época anterior al cristianismo como hombres “sin cultura”, es decir, bárbaros, cuando jamás lo fueron, pues el haberse visto obligados a vivir bajo condiciones que obstaculizaron el desenvolvimiento de sus energías creadoras, se debió a la inclemencia de su suelo nórdico.

De no haber existido el mundo clásico, si los germanos hubieran llegado a las regiones meridionales de Europa, más propicias a la vida, y si, además, hubiesen contado con los primeros medios técnicos auxiliares, sirviéndose de pueblos de raza inferior, la capacidad creadora de cultura, latente en ellos, hubiera podido alcanzar un brillante florecimiento, como es el caso de los helenos, por ejemplo.

Pero la innata fuerza creadora de la cultura que poseía el germano no puede atribuirse únicamente a su origen nórdico. Llevados a tierras del Sur, ni el lapón ni el esquimal podrían desarrollar una elevada cultura. Fue precisamente el ario a quien la Providencia dotó de la bella facultad de crear y organizar. (Mi Lucha, 1924, Volumen II, Capítulo II).

Por más perjudicial que haya sido la falta de fusión de los diferentes elementos raciales, lo que impidió la formación de la perfecta unidad nacional, es incontestable que, por otro lado, consiguió que por lo menos una parte del pueblo, la de mejor sangre, se conservase en su pureza, evitando así la ruina de la raza.

Ciertamente, una completa fusión de los primitivos elementos raciales originaría una unidad más perfecta, pero, como se verifica en todos los cruzamientos, la capacidad creadora sería menor que la poseída por los elementos primitivos superiores.

Significa una bendición el que gracias a esa incompleta promiscuidad poseamos todavía en nuestro organismo nacional germano grandes reservas del elemento nórdico-germano, de sangre incontaminada, las que podemos considerar como el tesoro más valioso de nuestro futuro.

En los días sombríos de hoy, en que es completa la ignorancia sobre las leyes raciales, y en que todos los hombres son considerados iguales, no se tiene una idea clara de los diferentes valores de los elementos raciales primitivos. (Mi Lucha, 1924, Volumen II, Capítulo II).

Si, por una parte, la Naturaleza desea poco la asociación individual de los más débiles con los más fuertes, menos todavía la fusión de una raza superior con una inferior. Eso se traduciría en un golpe casi mortal dirigido contra todo su trabajo ulterior de perfeccionamiento, ejecutado tal vez a través de centenas de milenios.

También la historia humana ofrece innumerables ejemplos de este orden, ya que demuestra con asombrosa claridad que toda mezcla de sangre aria con la de pueblos inferiores tuvo por resultado la ruina de la raza de cultura superior. La América del Norte, cuya población se compone en su mayor parte de elementos germánicos, que se mezclaron sólo en mínima escala con los pueblos de color, racialmente inferiores, representa un mundo étnico y una civilización diferente de lo que son los pueblos de la América Central y la del Sur: países en los cuales los emigrantes, principalmente de origen latino, se mezclaron en gran escala con los elementos aborígenes. Este solo ejemplo permite claramente darse cuenta del efecto producido por la mezcla de razas. El elemento germano de la América del Norte, que racialmente conservó su pureza, se ha convertido en el señor del continente americano y mantendrá esa posición mientras no caiga en la ignominia de mezclar su sangre. (Mi Lucha, 1924, Volumen I, Capítulo XI).

Diez generaciones de alemanes sin la disciplina y la educación militares, abandonados a las influencias malsanas provenientes de la falta de unidad inherente a su sangre, y nuestro país habrá perdido los últimos vestigios de existencia independiente en este planeta. El espíritu germánico daría su contribución a la civilización exclusivamente bajo las banderas de naciones extranjeras y su origen se perdería en el olvido. Pasaría a ser “adobe de civilización”, hasta que el último resto de sangre aria-nórdica se hubiese descompuesto, o desaparecido de nosotros. (“Mi Lucha, 1924, Volumen II, Capítulo XIV).

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Póster de reclutamiento para la SS.

No descansaré mientras no haya podido lograr la reconstitución de un núcleo de sangre nórdica donde la población necesite ser regenerada.

Si en la época de las migraciones, entre las grandes corrientes étnicas que ejercían su influencia, nuestro pueblo recibió una herencia de muy diversos dones, éstos no adquirieron todo su valor más que en razón de la existencia de un núcleo racial nórdico. De tal modo adquirimos el sentido de la poesía, la tendencia a la nostalgia que se manifiesta en la música. Pero es gracias a las particularidades propias a nuestra raza y que se han conservado intactas en la Baja Sajonia, que las aportaciones exteriores fueron armonizadas, puesto que nosotros poseemos una facultad que engloba a todas las demás: el sentido imperial, el poder de razonar y de construir fríamente. (12 de Mayo de 1942).


Alfred Rosenberg (1893-1946), miembro de la Thule Gesellschaft, ideólogo nacionalsocialista, jefe del Servicio de Asuntos Extranjeros del NSDAP y jefe del Ministerio del Reich para los territorios del Este ocupados. El ideólogo más importante del nacionalsocialismo después de Hitler.

El “sentido de la historia” no ha ido en modo alguno de Este a Oeste, sino que ha cambiado rítmicamente. Antaño la Europa nórdica envió olas fructíferas de pueblos, que en la India, Persia, Hélade y Roma, crearon estados y culturas. Luego penetraron por infiltración en Europa las razas orientales desde el Este, agregado a ello el Asia Menor envió una especie humana que alcanzó hasta la actual Europa.

No una “Europa Central” sin raza ni pueblos, como lo anunció un Naumann, no una Pan-Europa franco-judía, sino una Europa nórdica, es la consigna del futuro, con una Europa Central alemana. Alemania como Estado racial y nacional, como poder central del continente, como aseguramiento del Sur y del Sudeste; los Estados escandinavos con Finlandia como segunda liga, para el aseguramiento del Nordeste, y Gran Bretaña como aseguramiento del Oeste y de las regiones allende el mar donde eso es necesario en el interés del ser humano nórdico. Esto exige además una fundamentación de mayores alcances.

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Alfred Rosenberg


Walther Darré (1895-1953), Ministro de Alimentación, Agricultura y Abastecimientos del Reich, Jefe de los Campesinos Alemanes, Director de la Oficina SS de la Raza y Reasentamiento, cofundador de la Ahnenerbe y padre y promotor de la idea geopolítica de Blut und Boden (Sangre y Suelo). Darré, él mismo un SS, tuvo un importante papel en la política de higiene racial alemana, especialmente en el intento nazi de crear una nueva nobleza rural que, como no podía ser de otro modo, debía ser nórdica.

Casi todos los imperios de la historia del mundo, y todas las grandes culturas, han sido fundadas y mantenidas por hombres de sangre nórdica. También sabemos que estos grandes imperios y culturas han caído en ruinas debido a que los hombres de sangre nórdica que los mantuvieron, no mantuvieron su sangre pura.

Es la raza germánica—la raza “nórdica” según la expresión en boga—quien ha insuflado la sangre y la vida a nuestra Nobleza; es esta raza la que le ha dictado sus costumbres… (La raza: nueva nobleza de sangre y suelo, 1935, Capítulo I).

Está demostrado que todo lo que llamamos alemán ha sido creado exclusivamente por el hombre germánico que hoy llamamos hombre de raza nórdica, y que, en cada caso, sólo los germanos han sido el elemento de base de la cultura alemana y de la Historia…

Pudiéndose demostrar el origen de esta raza como localizada en el noroeste de Europa, se llegó a un acuerdo para dar a esta especie de hombres el nombre utilizado por las ciencias naturales de raza nórdica, también se dice el hombre nórdico. Muchos alemanes auténticos se oponen todavía en su fuero interno a que se designe como “nórdico” lo que ellos han gustado considerar toda su vida como germánico por auténticamente alemán, pero es en aras de la claridad de la exposición que esa palabra particular debía ser creada para este pensamiento de nueva concepción.

Es imposible hablar de “raza germana”, pues entonces llegaríamos a la falsa conclusión de que las culturas romana, griega, persa, etc., fueron creadas por los germanos. Necesitamos, por otra parte, una concepción que exprese esta raza, que fue común a todos estos pueblos. Se ofrecía la designación indo-germana. Se basa exclusivamente en un elemento lingüístico. Con ello inducía en error, pues los pueblos donde la sangre nórdica se ha extinguido pueden muy bien hablar una lengua indo-germana. Quedaba, pues, por introducir una concepción nueva, que ya se había establecido desde hacía mucho tiempo bajo la forma “raza nórdica”. La “idea nórdica es, pues, el estudio de lo alemán hasta sus raíces últimas, más allá incluso de lo germánico…”

Para nosotros, alemanes, no hay más que un objetivo posible: Tratar por todos los medios posibles de conseguir que la sangre que es creadora en el cuerpo de nuestro pueblo, es decir, la sangre nórdica, sea conservada y multiplicada, pues de eso depende la conservación y el desarrollo del germanismo…

Que haya igualmente en hombres eminentes, rasgos no-nórdicos, no hace más que demostrar que una cierta aportación de sangre no-nórdica no es necesariamente un obstáculo para la formación y el desarrollo de una personalidad de valor, y tiene que tal aportación, simple reactivo, no hace más que subrayar la diversidad de las disposiciones en un ser creativo y por consiguiente favorece una fuerza creadora cuyas disposiciones, puramente nórdicas, se habrían tal vez limitado al terreno propio de esta raza. Esto no justificaría, ciertamente, que se cuidara en Alemania a las razas no-nórdicas, y menos aun que se las recomendara al pueblo alemán como objetivo de su selección, admitiendo incluso que ello no desembocara en el mestizaje…

Es verdad, por otra parte, que el agotamiento de la sangre nórdica extingue la fuerza creativa en el cuerpo del pueblo. La única consecuencia a la que se llega es la siguiente: Todo aquel que es estimulado hasta un cierto grado por una sangre no-nórdica no es necesariamente perjudicial, pero llega a serlo si ese grado se sobrepasa… Por lo tanto, el hecho de que constatemos hoy un fuerte mestizaje en nuestro pueblo no es una razón para continuar por el mismo camino. Es, al contrario, una razón para detener indirectamente el mestizaje designando claramente un resultado a alcanzar como objetivo de selección de nuestro pueblo. Hemos absorbido tanta sangre no-nórdica que incluso si solamente reserváramos el matrimonio a las muchachas de sangre nórdica, conservaríamos todavía durante milenios en el cuerpo de nuestro pueblo partes de sangre no-nórdica suficientes para aportar el más rico alimento a la diversidad de los temperamentos creadores. Por lo demás, toda parcialidad en el terreno de la selección es compensada siempre por una aportación prudente de la sangre deseada, incluso si es no-nórdica, mientras que la purificación de las partes de sangre extraña en el protoplasma hereditario del pueblo devenido no-creador por inconscientes mestizajes es difícil, pues en las condiciones de la existencia humana no se puede intervenir de manera radical como en la cría de animales.

La moralidad alemana florecía sobre el fondo primitivo de la sangre germánica. Aun hoy ese fondo oculta mucha sangre no-nórdica. Se debe lamentar y ver en ello, sin duda, en gran parte, la razón de la decadencia actual de nuestra moral…la purificación del protoplasma hereditario alemán de sus partes sanguíneas no-nórdicas es fácil en el campo de las posibilidades de la selección.

Para inspirarnos nuevamente de la experiencia de la cría de animales, deduciremos que hay que educar al pueblo alemán para que reconozca como objetivo al hombre nórdico, y particularmente, sepa discernir sus rasgos en un mestizo, ya que a fin de cuentas esto es lo decisivo… Es necesario emprender algo en nuestro pueblo, en plena descomposición. El habitual abandono ante el destino de nuestro precioso protoplasma hereditario, sabotea a nuestras tribus de origen: tal estado de cosas no puede prolongarse por mucho tiempo…

La selección por el físico exterior tiene la ventaja de limitar los cruces; así, se aleja de nuestro pueblo la sangre verdaderamente extranjera, cuyo efecto resulta ser incalculable sobre la herencia sanguínea de la descendencia y del pueblo…

Es cierto que en esta evolución, Inglaterra tenía la ventaja de que en numerosas regiones habitaban, sobre todo, clases campesinas nórdicas “anglo-sajonas”, especie de fuente de la cual la clase superior recibía continuamente el aflujo. Las circunstancias son aun análogas, hoy, en Alemania. En gran parte, nuestro campesinado dispone todavía de una excelente “herencia de sangre”. Yendo al fondo de las cosas no hay ninguna razón para dudar de que sea posible volver otra vez nórdico a nuestro pueblo por un ejemplo claro de la selección a realizar, en el sentido en que lo entiende Günther en Pensamiento nórdico. (La Raza, Nueva Nobleza de Sangre y Suelo, 1935, Capítulo VIII).

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Walter Darré



Heinrich Himmler (1900-1945). Si la SS era una institución nordicista, era natural que su Reichsführer o Jefe, lo fuese también.

Las Waffen SS incorporan los más altos ideales del nacionalsocialismo. Son las sucesoras de las famosas bandas de guerreros nórdicos de la antigüedad. Es la unidad del credo y la espada, de la potencia militar y la fe política lo que hace de tal manera invencibles a las Waffen SS, tan temidas en los campos de batalla de Europa… nunca una fuerza militar de élite ha llegado a tal perfección en tan poco tiempo. (1943).

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Distribución de rutilismo en Gran Bretaña.

La meta última de estos once años durante los cuales he sido Reichsführer SS ha sido invariablemente la misma: crear una Orden de buena sangre que sea capaz de servir a Alemania; que sin fallo y sin escatimarse pueda hacerse uso de ella porque las mayores pérdidas no pueden hacerle ningún daño a la vitalidad de esta Orden, la vitalidad de estos hombres, porque siempre serán reemplazados; crear una Orden que extenderá la idea de la sangre nórdica tan lejos que atraeremos toda la sangre nórdica del mundo, arrebatándola a nuestros adversarios, absorbiéndola para que nunca más, observándola bajo el punto de vista de la gran política, la sangre nórdica, en grandes cantidades y a una escala merecedora de mención, luche contra nosotros. (Dirigiéndose a los oficiales de la SS Panzer Division Leibstandarte “Adolf Hitler”, documento 1918-PS, Nazi Conspiracy and Aggression, Vol. IV. USGPO, Washington, 1946, páginas 553-572).

Por consiguiente, sólo la sangre perfecta, la sangre que por testimonio de la Historia ha resultado de verdadera valía en la creación y cimentación de Estados, así como en su actividad militar, es decir, la sangre nórdica, es la única que debe tomarse en consideración. Si yo tuviera la suerte de seleccionar para mi organización a individuos poseedores de esta sangre, que formasen mayoría, inculcándoles la disciplina militar y, a ratos libres, adoctrinándoles sobre el valor que tiene para nosotros su ascendencia y la ideología que de ella se deriva, entonces sí que lograríamos crear una organización que sería la flor y nata de nuestro movimiento capaz de hacer frente a cualquier eventualidad. (Citado por Jacques Delarue en La Gestapo).

Cada manifestación de un pueblo depende del individuo y la familia. La salud y vitalidad de un pueblo, así como la duración y calidad de su cultura, dependen de si hay suficientes grupos racialmente valiosos. El individuo y el gobierno tienen un deber en común, que solo pueden alcanzar juntos: Mantener la pureza racial de estas familias y grupos valiosos. Adolf Hitler condujo al pueblo alemán a la comprensión de que la raza nórdica es la raza más creativa y valiosa en el mundo. Ha determinado su naturaleza, su cultura y su historia. Por lo tanto el cuidado de la valiosa sangre nórdica es su más importante tarea. Cada uno de nosotros tiene su papel. La conciencia de nuestro orgullo ancestral debe ser la fuerza que guíe nuestro comportamiento. No queremos ser los últimos de una avanzada y antigua cultura milenaria que termine con nosotros, sino miembros de una cadena interminable que se extienda desde nuestros antepasados más antiguos hasta nuestros nietos más distantes. (En “Rassenpolitik”, Der Reichsführer SS/SS-Hauptamt, Berlín, 1943, Capítulo II, “Rasse und Volk”).

La raza nórdica es decisiva, no sólo para Alemania, sino para el mundo entero. Si tenemos éxito en establecer esta raza nórdica desde y alrededor de Alemania e inducirles a convertirse en granjeros, y desde este vivero producimos una raza de 200 millones, entonces el mundo nos pertenecerá. Si ganase el bolchevismo, significará el exterminio de la raza nórdica.



La doctrina SS. La SS fue organizada como la élite del NSDAP con la intención de que fuera compuesta por hombres de sangre nórdica y salud de acero. Como se demostró con el tiempo, la SS no era sólo una granja de sementales, sino la unidad de choque más eficaz de la II Guerra Mundial.

La esfera central de la raza nórdica comprende las regiones del sur de Escandinavia, de Jutlandia, del Mar del Norte, del Mar Báltico, y se extiende hasta el corazón de Alemania.

Desde los tiempos más remotos, el hombre nórdico fue un campesino sedentario. Él inventó el arado que, más tarde, otros pueblos adoptaron, cultivó los cereales y tuvo animales domésticos. El enorme aumento de población de esta humanidad nórdica le incitó a adquirir nuevos territorios y le hizo afluir, en sucesivas oleadas, a las tierras limítrofes, en el espacio europeo y en vastos territorios de Asia. La población original establecida quedó marcada con el sello de las costumbres nórdicas, incluso si a menudo sólo fue temporalmente. La afirmación que dice que “la luz viene de Oriente”, como la ciencia afirmaba antaño, es falsa. Se debería decir mejor: “¡la fuerza viene del Norte!”

Las grandes civilizaciones creadas por los indo-germanos de la India, de Persia, de Grecia y de Roma, atestiguan de manera irreprochable el espíritu creador nórdico. Han desaparecido también con la decadencia de la clase dirigente nórdica. Todavía hoy, somos conscientes del parentesco natural existente con esas culturas que tienen el mismo origen.

La evolución técnica de hoy ha sido igualmente el producto de hombres de raza nórdica. Tal es el caso, por ejemplo, de la nueva Turquía, del auge de Norteamérica o los progresos de Extremo Oriente a un nivel equivalente. (Revista SS “Creer y combatir”, dirigida a los SS de los grupos populares alemanes del Sudeste, OSS I.3.1.).

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Wolfgang Willrich, “Oficial de paracaidistas”.

La raza nórdica está más o menos fuertemente representada en todas las regiones del Reich, tanto en el Norte como en el Sur, al Oeste o al Este. Muchos hombres en nuestro pueblo no pueden asimilarse exactamente a una raza precisa. Exceptuando a los representantes que parecen de raza pura, cada raza se encuentra en el seno de todos los pueblos bajo una forma más o menos fuertemente mezclada.

El patrimonio hereditario nórdico predomina en el pueblo alemán. La raza nórdica no es tan sólo la raza predominante, sino que su sangre se halla presente en casi todos los alemanes. Los conceptos de “sangre y suelo” no forman una noción vacía, sino que constituyen nuestro destino. Se ha definido, pues, también, el objetivo perseguido por la selección del pueblo alemán. Se efectúa permaneciendo fiel a la ley vital de su raza creadora. La parte de sangre nórdica en la masa hereditaria del pueblo alemán se eleva aproximadamente al 50 por ciento. Además, la genealogía nos demuestra que cada alemán es portador de sangre nórdica.

Así, el pueblo alemán es una comunidad racial en el sentido más verdadero del término. La Historia interpretada en función de un principio raciológico ha demostrado desde hace mucho tiempo que la raza nórdica produce un número mucho mayor de hombres eminentes que las otras razas. La raza nórdica es ante todo la detentora del genio del pueblo alemán. Grandes realizaciones en todos los terrenos la han convertido en la raza dirigente de la humanidad. Ninguna otra raza humana ha producido tantos jefes espirituales, jefes de ejército y hombres de Estado eminentes.

En el curso de intrépidas expediciones, el hombre nórdico conquistó vastos territorios, fundó Estados y creó civilizaciones. Ya hacia el año 1000, los vikingos habían llegado a América. El espíritu nórdico revalorizó y colonizó vastos territorios.

Una de las cualidades más notorios de la raza nórdica es el dominio de sí misma. La raza nórdica ha inspirado las conquistas guerreras. La probidad y la fuerza de voluntad, aliadas a la seguridad en sí mismo, refuerzan poderosamente el sentimiento de independencia. Estas cualidades disminuyen ciertamente la intuición, y el hombre nórdico incurre entonces en el gran peligro de perderse y desperdiciarse. El nórdico siente una gran predilección por el deporte y el combate: ama el riesgo. Se le encuentra, pues, más frecuentemente que otros hombres en las profesiones que conllevan un peligro. Pero hay que confesar que el carácter del individuo es más determinante que el color de los cabellos. El individuo pertenece para lo esencial a una raza cuyas virtudes profesa por la acción.

Cuando se examina cada país de Europa en su composición racial, se comprueba que en casi todos los Estados se encuentran las mismas razas. Encontramos a la raza nórdica fuera de Alemania, en los países escandinavos, en Inglaterra y en los Países Bajos, así como en Rusia, en Italia, en Francia, en España, etc. Pero encontramos también, por ejemplo, a hombres del tipo oriental en los diversos países europeos. Lo importante, a fin de cuentas, no es emitir un juicio racial general sobre un pueblo. Se trata más bien de estudiar los elementos predominantes de cada raza en el pueblo en cuestión. Y se constata que, a un nivel puramente numérico, el Reich ya va en cabeza de los otros pueblos en lo que concierne a la parte de sangre nórdica.

De una manera totalmente legítima, Alemania puede pretender dirigir a los pueblos germano-nórdicos. (“Creer y combatir”, ­El pueblo alemán y la raza nórdica. Sacado de “La Orden SS”, OSS I.3.1.).

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Arthur Kampf, “Por la bandera”.

Gracias a un agudo sentido de la ley que regía el origen de su especie, pueblos como los espartanos recurrieron en sus selecciones a los mismos principios de inflexible severidad prescritos originariamente por la Naturaleza, y ello incluso después de haber llegado a territorios más hospitalarios. Otros pueblos de raza nórdica, como nuestros antepasados germanos, obedecieron naturalmente a las leyes biológicas que regían la creación de su especie. (Cuaderno de la SS Nº 7 de 1942. El sentido biológico de la selección. El hábitat produce un tipo de selección determinado, OSS I.3.2.).

No es sólo porque la forma del cuerpo del hombre nórdico conlleve ciertas dimensiones en altura, anchura y longitud, o porque se caracterice a menudo por cabellos rubios y ojos azules que le concedemos una cierta importancia. No es tampoco por eso que atribuimos un cierto valor a nuestra herencia nórdica.

Ciertamente las indicaciones que nos proporciona la forma del cuerpo del hombre nórdico no dejan de constituir la base misma de nuestro ideal de belleza. Siempre ha sido así en la historia occidental y basta para convencerse de ello con echar una ojeada sobre el panorama de las obras de arte que han sido producidas en el curso de los siglos por todas las civilizaciones y las “culturas” que se han ido sucediendo sobre el territorio europeo. Por lejos que nos remontemos en el pasado, siempre encontramos en las figuras esculturales y en las pinturas que evocan un ideal de belleza, las formas características del hombre nórdico. Incluso en ciertas civilizaciones orientales nos encontramos en presencia del mismo fenómeno. Mientras que las divinidades son representadas con unos rasgos netamente nórdicos, las figuras de demonios o que representan a fuerzas inferiores o tenebrosas afectan rasgos de otras razas humanas. En las Indias e incluso en Extremo Oriente se encuentran a menudo Budas cuyos rasgos son netamente nórdicos.

Que el cuerpo racial nórdico representa para nosotros el ideal de la belleza, nos parece de lo más natural. Pero todo ello sólo adquiere su significación real y profunda porque nosotros encontramos en él la expresión y el símbolo del alma nórdica. Sin esa alma nórdica, el cuerpo nórdico no sería nada más que un objeto de estudio para las ciencias naturales, como la forma física de cualquier otra raza humana o animal.

Así como el cuerpo nórdico nos ha llegado a ser precioso y agradable en tanto que soporte y expresión perfecta del alma nórdica, de la misma manera experimentamos repulsión por ciertos indicios raciales judíos porque son el símbolo directo y la indicación cierta de un alma judía que nos es totalmente extranjera.

Sabios especialistas de la cuestión nos dicen que una cierta forma física racial y una cierta alma racial van necesariamente juntas y que no son, después de todo, más que la expresión de una sola y misma cosa. Sin embargo, nada nos parece más difícil que demostrar científicamente o por otros medios la exactitud de esa homogeneidad entre el cuerpo racial y el alma racial. Creemos que hay que mostrarse muy prudentes en este tema. En el estado normal de las cosas hay, de toda evidencia, homogeneidad e interpretación entre estos dos aspectos de la realidad humana. Y nos parece muy difícil llevar hasta sus extremas consecuencias lógicas el dogma de la diferenciación del cuerpo y del alma. Los representantes más autorizados de esta doctrina particular no están, por otra parte, de cuerdo sobre este punto.

La impureza racial, sin embargo, se manifiesta, como podemos constatar cada día, por unas contradicciones interiores entre el cuerpo racial y el alma racial. Hay individuos que poseen, sin duda, dichas características físicas de la raza nórdica y que, sin embargo, no poseen en absoluto el alma nórdica. No obstante, la cuestión esencial consiste en considerar una tal situación como absolutamente anormal e incluso monstruosa.

Y nos parece que la transparencia entre el cuerpo racial nórdico y el alma racial nórdica es el verdadero objetivo que deben asignarse toda política y toda moral raciales. (Anales, Nº 2. Edición de la Brigada SS belga “Wallonie”. Sacado de “La Orden SS”, OSS I.3.3.).

La SS es una Orden de tipo nórdico. Adolf Hitler fundó su concepción del mundo sobre la esencia inmutable de la especie nórdica. El pueblo y el imperio deben ser el porvenir estructural de esta naturaleza nórdica. Como líder de los pueblos germánicos, el pueblo alemán tiene por misión predestinada ser el primero en llevar a cabo el combate por el renacimiento del germanismo. La raza nórdica constituye también la fuente mayor de la herencia de sangre nórdica. El primer objetivo del nacionalsocialismo debe ser, pues, el llevar a cabo una política racial sana. Esto exige una depuración del pueblo alemán de toda influencia extranjera al nivel de la sangre y del carácter.

La SS selecciona, pues, sus miembros, según el ideal de la raza nórdica para formar un tipo germánico libre. Como, de entrada, no se puede prejuzgar el valor del alma de los hombres, la selección se efectúa según el ideal físico de la raza nórdica y según la talla. La experiencia ha demostrado que el valor y la aptitud de un hombre se corresponden principalmente con lo que sugiere su apariencia racial.

Los criterios de selección de la SS son, en consecuencia, cada vez más severos. La política racial del Reich incita a la nordización de todo el pueblo. Cuanto más se va acercando a ese objetivo, más se acentúan los criterios raciales de la SS. (“El amigo del soldado”, almanaque de 1944, edición D, La Waffen SS, I- La SS como Orden. Sacado de “La Orden SS”, OSS. I.1.2).

La SS percibe claramente, al perseguir estos objetivos, que debe ser algo más que un simple männerbund. Fundamenta sus ideas de la Orden sobre la comunidad de los clanes. Quiere ser una Orden de clanes que verá nacer a los hombres de la mejor especie nórdica para servir al Reich. De este modo, la selección juzgará cada vez más no al individuo, sino al valor de todo un clan. Una claridad y un consenso absolutos son necesarios en las cuestiones ideológicas que conciernen a este principio de comunidad de clanes de raza nórdica. Es la condición necesaria de la capacidad de persuasión de la SS. (Ibídem).

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Wilhelm Petersen, desconocida.

En tanto que Orden, la SS ha inscrito sobre su bandera la preservación, la perpetuación de la raza nórdica, y está igualmente en primera línea en la lucha por la victoria biológica. Sólo la victoria de las cunas confiere un carácter históricamente duradero de la victoria del soldado. (Ibídem).

Así, la gran familia humana de la especie blanca se divide en dos razas principales—arios y semitas—, y la raza aria agrupa a tres subrazas fundamentales: nórdicos, alpinos y mediterráneos… Bien podrán los científicos indicarnos que, y hasta demostrarnos cómo, en el transcurso de estos muchos milenios pasados pueden algunos genes de amarillos haberse introducido y perpetuado en dotaciones hereditarias propias de alpinos y nórdicos; y como genes semitas, lo han logrado en la de los mediterráneos. Bien podrán, con mucha razón, hacernos notar como, desde hace siglos y con un ritmo cada vez más acelerado, las tres subrazas arias se van mezclando. (Las SS europeas).

Podemos rematar esta lista de citas con una frase de un general SS, veterano del Frente del Este y héroe de posguerra que continuó defendiendo el nacionalsocialismo hasta su muerte: León Degrelle (1906-1994), fundador del rexismo, el movimiento fascista de la Bélgica francófona y católica.

Cada vez que se busca la civilización en cualquier lugar de Europa, se ve la sangre del Norte. (Europa vivirá).



Conclusión

Los nazis tenían en mente que, en el futuro, la selección de los líderes y los mejores talentos espirituales “arios” debía llevarse al cabo sobre todo el cuerpo de la “raza blanca”, mientras que la selección de los elementos raciales a predominar gradualmente en la posteridad debía ser hecha sobre la base de los mejores especímenes de sangre “nórdica”. Para ellos no era necesariamente lo mismo el valor del individuo para la comunidad que su valor genético como reproductor. En el mismo nacionalsocialismo alemán, vemos gran variedad de caracteres. Así, tanto Adolf Hitler como Hess, Göring, Heydrich, Darré, Schirach, Todt, etc., eran predominantemente “nórdicos”. Goebbels, Streicher, Himmler o Frank no lo eran.

El ideal “nórdico” era lo que el nacionalsocialismo estaba intentando promover para el futuro de Europa, puesto que era lo que tomaba como molde del superhombre, divinidad en potencia y germen de una humanidad superior. Así, en el arte y en la propaganda nacionalsocialistas, el nordicismo es extremadamente patente. Incluso en los documentales nacionalsocialistas (como El triunfo de la voluntad, Tag der Freiheit, Olympia, La marcha hacia el Führer, El judío eterno, etc.), siempre que se ven multitudes alemanas, la cámara procura sacar primeros planos de especímenes nórdicos más o menos perfectos con el objetivo de inculcar en la mente del espectador el ideal de selección racial promovido por el NSDAP.

Este ideal de belleza nórdica como representante de la herencia más atesorada de un pueblo es común a todas las épocas y todas las civilizaciones indoeuropeas. Tanto los indo-iranios como los iranios, los helenos, los romanos, los germanos, los celtas, los eslavos, la Europa feudal o renacentista, los imperios coloniales y demás consideraban el aspecto nórdico como ideal, “auténtico”, aristocrático, puro e incontaminado, depositando en él las esperanzas para el porvenir. En nuestros días, normalmente sin darnos cuenta, el nacimiento de un niño rubio y de ojos azules es visto como un buen augurio de prosperidad y felicidad, por lo que simboliza, por nuestros instintos y por la carga cultural hereditaria que, inconscientemente, se arraiga en nuestro cerebro desde tiempos ancestrales.

Published in: on junio 5, 2014 at 6:06 pm  Comments (5)  
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La única salida

 

por Manu Rodríguez
desde Europa

 

manu
Los mundos nuestros pre-cristianos están ahí como dormidos. Como la joven nación arya tras la derrota. Yace detenida, adormecida, paralizada. Frustrado, de momento, su crecimiento y fortalecimiento. Cohibido. Inhibido. Mediante la magia (el poder) de la palabra.

El triste, el penoso espectáculo de la Europa actual, inundada de aliens, y a cuyos ciudadanos se les impide desembarazarse o liberarse de estos elementos extraños.

En virtud de normativas supra-nacionales (morales, políticas, económicas, jurídicas) que rigen para todos los Estados, las naciones están obligadas a ser democráticas, abiertas, y plurales. Es el Nuevo Orden Mundial que se instaura tras la II Guerra Mundial. El que acaba con la soberanía y la independencia de pueblos y naciones.

La construcción de la torre de Babel aquí, en nuestro hogar milenario. La desnaturalización de nuestro continente. El asesinato premeditado de la ancestral Europa. La extinción o desaparición de los pueblos blancos.

La estrategia ideológica del enemigo. La difusión, e imposición, de estos ideales universalistas (transnacionales, transétnicos, transculturales) que debilitan la defensa de lo propio, de la propia vida o existencia; que desarman. La imposición de la heteronimia—que nos deja atados de pies y manos.

El otro frente del enemigo. La crítica. Sancionar moralmente el racismo anti-blanco, la caza del blanco, la muerte del blanco. Éste es, básicamente, el mensaje subyacente en el discurso crítico del enemigo; en la propaganda del enemigo.

Que los blancos somos un pueblo malo, una mala raza (el cáncer de la historia humana, en palabras de Susan Sontag) que ha hecho mucho mal a la gente, y que merecemos ser eliminados—por nuestra propia mano o por la de otro. Ésta es la moraleja de toda esta historia. (Llevan siglos acusando de lo propio al otro; señalando al otro y acusándolo del propio mal—sobreviviendo con malas artes. La rama de Caín.)

La lucha nuestra es compleja. A los millones de intrusos, de invasores, que inundan nuestros pueblos y ciudades, se le añade la instigación, la sedición que nos viene del enemigo (la guerra de propaganda).

La meta final es la expulsión de estos elementos extraños y peligrosos de nuestras tierras y de nuestros cielos; de nuestros cuerpos y de nuestras almas. La recuperación del ser biosimbólico ancestral, del genio propio; de la propia mirada, de la propia faz. Recuperación de la soberanía, de la autonomía, de la libertad…

El enemigo nos cierra la única salida, nos obstruye el único camino. Nuestro nacionalismo pan-arya es la única salida que tenemos frente al acoso del enemigo.

Hay que añadir que ese único camino, esa única salida, es también nuestra única defensa, y nuestra única arma. Prohibiéndolo y persiguiéndolo el enemigo ha conseguido dejarnos, de momento, sin salida, expuestos, y desarmados.

Nuestra situación actual recuerda la de los primeros siglos cristianos en Europa, cuando las leyes contra usos y costumbres gentiles nos prohibían cualquier retorno a nuestro pasado so pena de cárcel, pérdida de bienes, extrañamiento, o muerte. Las leyes contra el nazismo que recorren todo el Occidente blanco tienen la intención de que los pueblos blancos no vuelvan a levantar la cabeza. Es la segunda vez que se nos impide ser lo que somos.

La derrota del nazismo fue la derrota del Occidente blanco. El nazismo (el nacionalismo pan-arya) sigue siendo hoy por hoy la única salida, el único camino que evitaría con toda probabilidad nuestra destrucción—el camino arya.

La “desnazificación” de Alemania, fue la desnazificación (desnacionalización) de los pueblos blancos. Consiguió, además, la descalificación, el desprestigio moral y público de todo nacionalismo étnico y cultural (salvo el que practica el enemigo).

Ahora padecemos la censura filosófica, socio-política, moral y jurídica de nuestro nacionalismo. Consecuencias de la vilificación y criminalización del nazismo. Los valores que nos mueven—la propia raza y la propia cultura—son motivo de odio, risa, desdén, o incluso cárcel. Los términos que nos definen con orgullo—“nazis” o “fascistas”—son ahora la representación misma del mal—se usan incluso como insultos. Los buenos son ahora los anti-nazis o anti-fascistas, aquellos que nos persiguen o acosan en las calles o en los juzgados.

El enemigo, entretanto, se ha tornado intocable; no puede ser censurado, ni atacado. Cualquier movimiento de defensa o liberación por nuestra parte es considerado como un gesto de nazismo, racismo, o antisemitismo, y por ello mismo, penado y perseguido por las “leyes”—leyes que en buena medida él mismo ha elaborado.

Sin salida, indefensos, y desarmados. Paralizados, detenidos, amordazados. Ésta es la situación de nuestros pueblos en los tiempos que corren. Camino de la extinción, del matadero. Y los más, lo ignoran.

No sólo lo ignoran. Sucede que la mayoría de los nuestros está espiritualmente en manos de nuestros enemigos, los autodenominados “anti-fascistas”. Tenemos una opinión pública diseñada absolutamente por el enemigo. Nuestro nacionalismo está perseguido y condenado, como digo, tanto en la calle como en los juzgados. Hay patente de corso, parece, para que a los pocos que abogamos por nuestra raza y nuestra cultura, se nos insulte y se nos ultraje—somos el mal. Nosotros, que despejamos el camino, la salida; nosotros, la solución. Como wehrwölf entre filas enemigas, y sin armas—sin palabra, sin voz; enmudecidos (la palabra que nos importa y que nos vale es una palabra condenada, prohibida, perseguida, ilegal).

No será fácil recuperar nuestro nacionalismo étnico y cultural (nuestra morada, nuestra palabra, nuestro camino). No será fácil recuperar espiritualmente a nuestros pueblos; arrebatárselos al enemigo.

No hay que perder de vista el contexto y la perspectiva, como nos decía Butz. Lo primordial es la prohibición y persecución del nazismo (del nacionalismo étnico y cultural). Para justificar y legitimar tal prohibición y persecución, se ha de convertir al nazismo en el peor y más malvado régimen de la tierra. Tiene que estar públicamente aceptada y reconocida su “maldad”. La insidiosa y pertinaz propaganda que sufrimos desde hace decenios (en las escuelas, en los media) no tiene otra finalidad que la de implantar esa imagen en nuestros cerebros.

Los europeos no tenemos aún una historia limpia, honesta, y veraz del periodo nazi, y aún menos de la indeseada guerra que frustró aquel sublime proyecto (quiénes la desearon y propiciaron, quiénes la iniciaron, desde cuándo se fraguaba, cómo comenzó). Sólo circula la historia deshonesta, y falaz, que nos cuenta el enemigo. Ésta es la única permitida, la oficial.

Los nacionalistas aryas, aquellos que proclamamos la nación arya, necesitamos no un comité para un debate abierto sobre el holocausto, sino un debate abierto sobre el período nazi y la segunda guerra europea. Con sus antecedentes y con sus consecuentes. Necesitamos esclarecer y ordenar los hechos según se fueron produciendo. Necesitamos la historia verdadera. Con todos sus “dramas” y con todos sus actores.

Esta historia se está escribiendo, sin duda; ya circula, incluso. Pero la verdad no se está abriendo camino fácilmente. El enemigo que ya sabemos está haciendo lo imposible para impedir la difusión de estos textos esclarecedores. Resulta que la historia verdadera es la historia prohibida y perseguida. ¿Por qué—a qué se debe esta prohibición de la verdad? ¿Quién teme a la verdad?

La imagen que de los nazis presenta el enemigo es horrenda. La peor que podamos imaginar. Pero, ¿qué esperábamos? Es la guerra, simplemente. La guerra de propaganda. A la opinión pública se le hace creer que el nazismo es el enemigo de todos, y que un nazi es un loco y un asesino de masas nato.

El enemigo tiene medio ganada esa batalla—la batalla de la opinión pública. A los que se resisten les tiene reservada la persecución y la cárcel. La intención es, pues, acabar con cualquier secuela del nazismo—de un modo u otro; y con todo aquello que pueda limpiar su imagen.

De todo esto se deduce que es justamente el nacionalismo étnico arya el más formidable oponente del enemigo, y que éste lo sabe, y teme su poder. Sabe que el orgullo étnico y cultural es la única arma que poseemos. Que con esa arma en las manos somos invencibles, irreductibles. Sólo el nacionalismo étnico arya (el nazismo) le combatió abiertamente; se enfrentó a pecho descubierto a la araña universal.

Recuérdese la declaración de guerra (económica y financiera) que la comunidad judía hace a la incipiente Alemania nazi el año 1933—en el comienzo mismo de su andadura. La guerra caliente posterior fue una guerra judía contra el nacionalismo étnico arya; del “león de Judá” contra la swástica arya. Los ejércitos aliados fueron sus tropas. Y podemos decir que suya fue también la ulterior derrota de los nazis. Pero la guerra no ha terminado. Aún se nos persigue, aún se nos vilifica y criminaliza. Aún nos temen. Seguimos siendo una fuerza, un poder; una luz; una amenaza, un peligro.

El nazismo fue la víctima elegida desde su aparición. No el fascismo italiano, sino el nacionalismo arya germano. El enemigo lo eligió bien pronto; bien pronto advirtió la amenaza, el poder. El enemigo ha terminado imponiendo su temor y su aprensión a toda Europa (y la Magna Europa); a todos los pueblos blancos. Ha convertido al nazismo en el mal, en la amenaza universal, en el enemigo de los pueblos blancos (adviértase: no el universalismo demo-liberal, o el internacionalismo judeo-bolchevique—sus engendros).

¿El nacionalismo arya, blanco, enemigo de las naciones blancas? El nazismo sólo tiene un enemigo, y es aquel que daña o intenta dañar a lo suyo o a los suyos. Venga de dentro, o venga de fuera. El nacionalismo blanco es la única defensa y la única arma que poseen los pueblos blancos frente a cualquiera agresión biocultural. Justamente el orgullo nacional, el orgullo patrio; el amor propio.

En todo blanco subyace un nazi, un nacionalista arya. Es cierto. Pero es un nazi sofocado, inhibido… intimidado. Es un nazi que no se atreve a salir a la luz; que encuentra ante sí demasiados obstáculos; que sabe que no será ni bien visto, ni comprendido, ni consentido (todo esto es el fruto de la masiva y cotidiana propaganda anti-nazi del enemigo).

El nazi real y genuino tiene por patria o nación su raza y su cultura; ama sus señas de identidad étnicas y culturales; combate contra todo aquel o todo aquello que amenace, intente, o pueda perjudicar a los suyos. Es un alma fiel, devota, leal.

 

El problema está en el nazismo, entiéndase esto. En el nazismo real o virtual. Esto es lo que se combate. Sí, la cuestión “nazi” es la pesadilla del enemigo, y no precisamente porque tema perder la vida.

El nacionalismo étnico (cualquier nacionalismo étnico) es un terreno que les excluye, por su misma condición de no-aryas, o no-chinos, o no-japoneses, o no-maoríes… No podrían infiltrarse así como así en estas filas, como lo hacen en las filas liberales, demócratas, o socialistas. Aquí no se trata de ideologías o de consignas “universales”, sino de raza, de comunidades étnica y culturalmente emparentadas—de intereses étnicos. Este “juego” de lo propio, que les impide participar e intervenir en estamentos e instituciones étnicas ajenas, es el que quieren destruir en cada pueblo.

No hay que olvidar que el “juego” propio judío excluye a todos los no-judíos, quiero decir que ellos, como grupo étnico, ya se comportan así—como grupo cerrado. Y nosotros no tenemos nada que objetar. Pero está claro que lo que quieren para sí, no lo quieren para los demás. Este “ser para sí” ha de ser de su exclusiva propiedad, una suerte de privilegio exclusivo. Al resto de los pueblos les está vedada tal existencia. Los demás deben “abrirse” al otro—se les impone el “altruismo” y la sociedad “abierta”.

Son ellos los que introducen en nuestros pueblos ideologías e instituciones universales, transétnicas y transculturales que les permiten entrar y operar en todas partes (la no discriminación por motivos de raza o credo, por ejemplo—todo el “mundo” tiene derecho a…). Este universalismo, que ha logrado penetrar en todas nuestras instituciones públicas, es su particular llave de acceso a éstas. De este modo intervienen e influyen en nuestro destino (política interior y exterior, cuestiones militares, económicas, de moral pública, jurídicas, culturales). En un entorno de naciones étnicas celosas de sí (de lo suyo), este comportamiento no les sería posible.

El nacionalismo étnico es más que un estorbo para sus ambiciones universales; es su enemigo mortal. Del mismo modo que los universalismos o internacionalismos, religiosos o políticos, que los judíos diseminan entre los pueblos—sólo de puertas para fuera, sólo para los goys—, son los enemigos mortales de las culturas étnicas. Lo fueron en el pasado, lo son en el presente, y lo serán en el futuro—si aún les queda futuro a las tradiciones étnicas y ancestrales que han sobrevivido a las mareas (globalizaciones) judeo-mesiánica, musulmana, “demócrata”, o comunista.

Es normal que el nacionalismo arya fuese un problema para los universalismos (religiosos, políticos, o económicos) que le rodeaban cuando nació. El nacionalismo étnico y cultural germano no les convenía. No se podía consentir que se extendiera a los otros pueblos aryas, o más allá—afectando a otras naciones o grupos étnicos.

Universalismo y nacionalismo (o etnicismo) son dos posiciones antagónicas. Lo que quiere el uno perjudica, daña, destruye al otro. Es una guerra—es o uno, u otro. El que no combate está derrotado de antemano.

Decir propaganda anti-nazi, es decir propaganda pro-judía. Los valores que se oponen al nazismo, son los valores (universalistas o internacionalista) que postulan los judíos—para los pueblos otros.

Los judíos requieren naciones o sociedades abiertas, plurales, democráticas, “libres”, con derechos humanos universales, con acceso libre a las instituciones políticas, jurídicas, económicas… Sin restricciones a la hora de adquirir medios de producción, o de comunicación. Es decir, Estados no étnicos, y no nacionalistas. Esto es lo que se pretende conseguir en cada pueblo o nación; esta transformación.

Nosotros vivimos justamente en estos Estados “libres”. Y se pretende que todo el planeta viva así. Esto supone, a la larga, la muerte de las nacionalidades étnicas; de los pueblos. Digamos que vivimos los últimos momentos de las sociedades o naciones étnicas hasta ahora conocidas—tal y como hasta ahora las conocemos (al menos en Europa); que estamos viviendo los primeros momentos de su desintegración.

Estamos viendo como nuestras viejas naciones se desvirtúan, se desdibujan, desaparecen, se hunden bajo el peso de la numerosa población extranjera nacionalizada, con derecho al voto, y con acceso incluso a los órganos de gobierno.

Hoy la cosa es tanto más complicada que cuando el nacionalismo germano del siglo pasado. No sólo tenemos como huéspedes indeseados e indeseables a los judíos, sino a millones de musulmanes asiáticos y africanos, y a chinos y amerindios. Estos compiten, concurren con los autóctonos en lo económico, en lo laboral, en lo político, en lo ideológico y cultural… en lo sexual y territorial incluso. En virtud de nuestras sociedades abiertas, democráticas y universales.

Los judíos han transformado las formas de vida de nuestras sociedades—nuestras condiciones espirituales de existencia—en su propio beneficio. Estamos gobernados por constituciones políticas que son buenas para ellos (y para cualquier otro extranjero), pero malas para nosotros, los autóctonos. Nos perjudican. Y mucho.

En un Estado nacional a los extranjeros no se les concede la nacionalidad, y por consiguiente, no participan en las elecciones. Se les limita en número. No tienen acceso a la propiedad de la tierra, ni a ninguna otra propiedad. Están fuera del gobierno, de la política, de la economía, del ejército, de la legislación… de los medialos: órganos vitales y rectores de una nación. No tienen ni voz, ni voto.

El nacimiento de los nacionalismos en su momento fue, para los judíos, la aparición del “mal”—sobre todo el nacionalismo germano, que es el que más obstáculos les puso. Desde el primer momento la prensa judía le declaro la guerra. Se les acuso de no respetar los derechos humanos “universales”, de ser Estados totalitarios, anti-democráticos, racistas (por excluir de la vida pública a los extranjeros—por restringir el poder de los extranjeros). Contrarios, en definitiva, a los principios de la Sociedad de Naciones. La consigna de “la nación y los nacionales lo primero” significaba el principio del fin para ellos, y para su soterrado poder.

La guerra judía ya no es contra la Europa gentil, o la Europa cristiana (ya idas, pasadas, o vencidas), sino contra la Europa (y la Magna Europa) real o potencialmente nacionalista. Ahora se criminaliza a los grupos nacionalistas más próximos a las tesis nazis. Téngase en cuenta esto. Adviértase, además, la actitud negativa hacia los nacionalistas y los nacionalismos en todas partes—por muy moderados que estos sean (consecuencias de la vilificación pública de tales opciones o caminos). Han logrado imponer su calumniosa y oprobiosa imagen del nazismo en todo el mundo. En esta guerra, fría y caliente, que sostienen contra el nazismo, todo vale.

A lo largo de este último siglo, en esta particular guerra contra las naciones blancas ancestrales, tenemos una primera fase con la Sociedad de Naciones, tras la primera guerra mundial, y una segunda fase tras la segunda guerra y la ONU. Los valores, tanto en la primera fase como en la segunda, son los mismos—derechos universales, sociedades democráticas, y todo lo demás. El nacionalismo germano fue censurado como tal ya en el periodo de entreguerras, bajo la Sociedad de Naciones. Hitler la abandonó a la menor oportunidad. Los mismos problemas que tenían las naciones (los nacionalismos) bajo la Sociedad de Naciones, son los que se tienen bajo la ONU. Las mismas condiciones y restricciones. El mismo anti-nacionalismo étnico y cultural. La Segunda Guerra y la derrota nazi permitieron culminar la tarea de la Sociedad de Naciones—cerrarles completamente el camino a los nacionalismos de la primera mitad del siglo, sobre todo al nacionalsocialismo alemán; impedirles cualquier futuro.

Las consignas políticas y morales que rigen las Naciones Unidas (el Nuevo Orden que vivimos) son aquellas de los “derechos humanos universales”, y lo demás que se sigue.

Las sociedades abiertas, heterogéneas, liberales, y democráticas son consideradas sociedades progresistas, buenas, positivas… Las sociedades cerradas, homogéneas, socialistas, y totalitarias son consideradas como reaccionarias, regresivas, malas, peligrosas…

Peligrosas, ¿para quién? Hay que preguntar. ¿Para quién son peligrosas las sociedades étnica y culturalmente homogéneas—con derechos exclusivos de los autóctonos o nacionales? ¿A quién perjudica la exclusión de los alóctonos en las cosas propias económicas, políticas, o jurídicas?

Los pueblos democráticos y liberales no son ni autónomos, ni independientes, ni soberanos—ni libres. La actual Organización de Naciones (democráticas, liberales) Unidas dirige estas naciones. Quien dirige o influye en las Naciones Unidas gobierna la política interior y exterior de los pueblos que la integran; impone su voluntad, su ley.

Yo aconsejaría a los pueblos que tengan vocación nacionalista que salgan cuanto antes de la ONU. La ONU impide los nacionalismos. Se constituyó expresamente para cerrarles el camino. Es el fruto más aquilatado de los anti-fascistas, el corolario de los juicios de Núremberg. Los crímenes colgados a los nazis (nacionalistas germanos) fue la coartada perfecta. Ahora era posible construir naciones o Estados no étnicos, y no nacionalistas. (Estas sociedades abiertas y plurales que vivimos no son sociedades que tú elijas, sino sociedades que se nos impone. Estamos obligados a ser sociedades multiétnicas y multiculturales.)

Subscribirse a los principios políticos universales (transnacionales, transétnicos, transculturales) de la ONU, al Nuevo Orden Mundial, es rendirse, entregarse, ceder lo propio—la propia identidad, las propias armas—, capitular.

Es imprescindible para el enemigo no perder esta batalla. Tiene que mantener esa posición cueste lo que cueste—toda la propaganda anti-nazi desde antes de la guerra (desde los años 20), y desde la postguerra (desde Núremberg) hasta nuestros días; toda esa “realidad”, todo ese mundo construido (esa Matrix); las “leyes” coercitivas que se derivan, las pingües ganancias. Podría decirse que todo su “capital” está aquí invertido (han agotado todos los “argumentos”; no les ha quedado siquiera para un plan “b”—quizás, en su arrogancia, piensen que no lo necesitan).

Podemos asegurar que la imagen pública que del nazismo se da en nuestros medios de comunicación, y casi cada día, no va a variar (en todo caso, empeorará). Ésta es la fortaleza del enemigo. Con esa imagen construida nos prohíbe y nos persigue. Esa imagen es su único argumento, su única arma; su escudo, su salvaguarda. Lo único que legitima su acoso, y le protege de cualquier agresión.

No han tenido en cientos de años una oportunidad, un arma como ésta. Y no tendrán otra. Sólo disponen de esta oportunidad. No pueden permitirse el fracaso.

La imagen construida, el instrumento logrado, el arma perfecta—se matan varios pájaros de un tiro. Así es como se lo ha montado el enemigo. Hasta el momento, todo parece irle bien. Todo el mundo le sigue y secunda sus iniciativas económicas, políticas, jurídicas o represivas (lo último en Grecia, lo sucedido con Amanecer Dorado).

Lo que ocurre realmente es que los Estados temen las campañas envenenadas que les aguardan si no ceden a sus pretensiones, o los castigos económicos que puedan sobrevenirles. Las estrategias para recaudar dinero de los Estados europeos a cuenta del capital judío retenido en bancos suizos durante la última guerra, y las correspondientes indemnizaciones económicas solicitadas a varios de ellos (finales del siglo pasado) fue siempre acompañada de medidas económicas y financieras, y de campañas de prensa que incidían en las relaciones o vínculos que tales Estados tuvieron, o pudieran haber tenido, en el pasado con las autoridades nazis y sus “crímenes”. Ni que decir tiene que lograron sus propósitos. Así explotan su mentira. Basta invocar el nazismo, los crímenes nazis contra la humanidad y todo lo demás. Intimidación y chantaje son las palabras.

Es su última batalla en esta guerra que sostienen desde hace siglos contra los pueblos blancos. Desde Roma (como ellos mismos no dudan en admitir). Los “crímenes” nazis es su última baza, no les queda otra. Yo diría que esta última arma es su obra maestra—la cuestión “nazi”. Pudiera parecer, incluso, el arma definitiva contra los pueblos blancos. Un arma inspirada por la envidia y el rencor, y forjada con difamaciones, injurias, y calumnias. Un arma sucia, en verdad, pero que resulta sumamente efectiva para sus fines, y poco menos que invencible.

De implantarse definitivamente esta funesta “representación” en nuestros pueblos, los viejos europeos acabaríamos extinguiéndonos. Sería la victoria consumada del enemigo. La vieja Europa firmó su sentencia de muerte, parece, cuando la claudicación de los ejércitos nazis. Aquella derrota fue el comienzo de una cuenta atrás para nuestros pueblos. La nueva Europa será una sociedad definitivamente “abierta” y plural: multiétnica, multicultural, cosmopolita, mezclada, impura. A la medida de sus deseos. Los blancos quedaremos reducidos a una minoría entre otras. Perderemos la hegemonía ancestral en nuestras propias tierras. Nos diluiremos, nos mezclaremos… En su momento desapareceremos, dejaremos de ser, habremos sido. La vieja Europa, la Europa europea, dejará de existir, pasará a la historia (como Sumer, Egipto, o Persia), y con ella, nosotros, los europeos ancestrales. Ése es el fin pretendido por el enemigo para nuestros pueblos. Ése es el futuro que nos espera si todo continúa como hasta ahora.

Es obvio que tendremos que desmontar esa imagen si queremos ganar esta partida—si queremos tener un futuro, si queremos seguir siendo. Continuaremos desmontando sus mentiras y haciéndolas conocer por doquier. Los que han de venir nos necesitan. No nos callarán, pues. Tarde o temprano nuestras verdades harán mella en su muro. Su arma (su “historia”, su montaje, su mentira) se debilitará, perderá potencia, credibilidad. Y esto será a los ojos de todo el mundo. Todo el mundo, en esta ocasión, será testigo de su ruina—el desplome de su montaje—, y de su vergüenza. Perderán al mismo tiempo el “capital”, y el crédito. ¡Ah, viejo Shylock, tampoco esta vez te saldrás con la tuya!

Cada vez se cree menos en esa Matrix que han construido, y nadie desea esa Nueva Sión multiétnica y multicultural (esa Babel, esa locura, ese caos, ese infierno) que anuncian. Su mole se derrumba; su negocio, su “mina”. No les queda mucho.

El enemigo está cometiendo demasiados errores. Descuida las pruebas, los rastros, las huellas que de su paso deja a plena luz. Exceso de confianza en sí mismo; soberbia, arrogancia, jactancia. Hibris. Todo ese comportamiento criminal, y obsceno, diría yo, a lo largo de este último siglo (el siglo “judío”) con los rusos blancos, con los ucranianos, con los germanos, con los nazis o fascistas de aquí y de allá, con los buscadores de la verdad. Su personal guerra “anti-fascista”. Sus métodos, sus estrategias. Las matanzas llevadas a cabo; las tenebrosas invenciones (la bomba atómica); los exterminios soñados (la esterilización, hasta la extinción, de los germanos). Todo se verá reflejado en la literatura y en las historias que circularán en el futuro; en los nuevos documentales. Volverá a ser, nuestro milenario enemigo, la gente miserable y mezquina que siempre fue. Paradigma de lo peor y de lo más bajo. El artífice de nuestra actual decadencia y ruina—la disolución, la desintegración de los pueblos blancos. Todo se sabrá. Tendremos, al final, una historia verdadera.

¿Alguien recuerda cómo comenzó lo de la bomba atómica; quiénes participaron en ella, y qué objetivos tenía cuando se inicio su fabricación? Cuando la concluyeron la guerra había terminado en Europa, y no pudieron usarla contra Alemania y los alemanes, que eran los iniciales objetivos. Pero había que mostrar al mundo su poder. La usaron contra Japón, que llevaba más de dos meses buscando una rendición digna—contra un pueblo ya derrotado. Las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki mostraron al mundo cuán grande era el poder de los nuevos señores. Un poder sin límites, sin barreras; un poder que no se detiene ante nada. Con aquellos sombríos resplandores anunciaron al mundo la aurora del Nuevo Orden Mundial.

Más que un debate abierto, como decía más arriba, un juicio; un juicio público contra aquellos que nos calumnian. Contra quienes mancillan y falsean la memoria histórica de los europeos. No quedarán impunes. Queremos que se revise toda la historia desde la primera guerra y los inicios de la revolución rusa hasta los inmediatos años de la segunda postguerra. Toda la primera mitad del siglo. Con todos sus “dramas” y con todos sus actores, repito. Queremos un juicio histórico público. Y éste es un juicio que, de celebrarse, y el enemigo lo sabe, tendríamos ganado de antemano—a la vista de los datos, documentos, e investigaciones que hoy poseemos; a la luz de la verdad.

El enemigo, vuelvo a decir, no puede permitirse de ningún modo la derrota (es su única oportunidad—se lo juega todo), pero ésta le alcanzará. La inmensidad misma de la mentira que cuentan acelerará su caída. Sí: nuestro viejo y resabiado enemigo será finalmente abatido. Nuestra bandera, la swástica (no tenemos otra), ondeará alegre y orgullosamente de nuevo.

Saludos,

Manu

Cordial discusión

“Chechar” investigando las “Caras de Bélmez” en Andalucía en 1992.

Concluyó que el caso era un fraude.



Estos días el hallazgo de verdaderas gemas en el blog de Manu Rodríguez me ha llevado a traducir algunos de sus ensayos para mi blog en inglés y, con su permiso, estaré dispuesto a seguir traduciendo muchos otros. Sin embargo, debo decir que no estamos de acuerdo en todo. En su entrada “De mi correspondencia” el enero pasado, Manu escribió:

No me gusta el pan-germanismo de algunos autores. Demasiado provinciano, diría yo. En el periodo nazi, y pre-nazi, este pangermanismo les llevó a menospreciar al resto de los pueblos indoeuropeos. Hay que pensar en términos raciales blancos, simplemente, y en todos nuestros pueblos y tradiciones.

De lo poco que he leído de Hitler veo que, tomando en cuenta lo que realmente salió de sus labios (véase el libro Hitler’s Table Talks), el canciller no despreciaba a otros pueblos europeos. Admiraba enormemente a Italia por su arquitectura, por ejemplo. Y quedó pasmado cuando, después de conquistar Francia, visitó sus museos.

Hitler, y los suyos, son una grave obstáculo y un oprobio para la causa arya. No era el Führer adecuado; no era el que se esperaba –el que se espera. Su pangermanismo no pasaba de ser un micro-nacionalismo a nivel indoeuropeo (eurasiático); un provincianismo decimonónico.

Hay que tomar en cuenta que Hitler simplemente no podía pensar en términos de lo que, a mediados de los años noventa del siglo XX, en Estados Unidos se comenzó a denominar “nacionalismo blanco”. Por supuesto que un político de principios de siglo no podía sino pensar en términos nacionales, especialmente después de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial.

Es notorio el menosprecio (que denota ignorancia) en que tenía a los eslavos, cuando, siguiendo su idea (racial) al respecto, esto es, adoptando su medida, podía encontrar más aryas puros en Bielorrusia, Ucrania o Rusia que en la misma Alemania.

Yo creo que la animadversión contra Hitler se debe a la propaganda aliada después de la guerra, la cual nos persigue hasta la fecha. Te lo voy a poner de esta manera:

Si fuera posible, festejaría que los anglosajones, especialmente los americanos, fueran militarmente conquistados por un pueblo europeo debido precisamente a que han sido la fuerza más destructora para la raza blanca en el mundo moderno. (Ve por ejemplo las entradas en mi blog en inglés bajo el rubro “Who is the real foe?” que aparecen enlazadas debajo de la imagen de Lady Godiva.)

En 1942 la mayor fuerza antiblanca era la Unión Soviética, la cual había asesinado por hambre a seis o siete millones de ucranianos, en gran parte por haberles hecho el feo a los judíos en tiempos zaristas. Pues bien: ¿Qué de malo puede tener invadir a la nación que le había dado, por mencionar otros genocidios antiblancos, al judío Yagoda tal poder genocida de matar a otro tanto de millones caucásicos?

Si tienes a un asesino en serie de blancos de tamaña magnitud en la esquina de tu casa ¿qué tiene de malo invadirlo? En otras palabras, el problema de los alemanes fue militar, no moral. Debieron esperarse a tener la bomba atómica.

Como dije, actualmente quienes merecen una invasión son los gringos, quienes empoderaron a los judas como no lo había hecho ninguna nación blanca en toda la historia, probablemente ni siquiera la Rusia de Stalin. ¿Significa esto que desprecie a los anglosajones como raza?

Por supuesto que no. Significa más bien que desprecio una forma específica de cultura calvinista que ocasionó tanto la guerra de secesión decimonónica como el desenlace fatal de las guerras mundiales: una cultura casi del todo judaizada que nos está matando.

Es de notar también su despreciable círculo, afín al esoterismo más burdo, más plebeyo. Ciertamente, había mucha ignorancia y subcultura alrededor de Hitler y su ‘movimiento’; sus fuentes míticas o legendarias, por ejemplo, son espurias, inauténticas, impuras (son híbridos, mezclas, monstruosidades…).

El mismo Hitler decía que no se le puede exigir al político lo que se le exige al académico o al docto. Al político hay que medirlo en contraste a los otros políticos de la época, y Hitler admiraba enormemente la ley migratoria americana de 1924 porque impedía invasiones de color en nuestras tierras. Ese es el parámetro que nos importa. Si hubiera ganado la guerra, ni Europa ni Norteamérica estarían tan inundados de “raza”, como decía uno de mis tíos.

Hitler fue derrotado, ciertamente, pero también fracasó, y llevó a su pueblo a la derrota.

En realidad, lo que sucedió cuando nuestros padres eran niños fue el mayor crimen de la historia occidental. No exagero. Sugiero que leas los extractos que saqué de un reciente libro de Tomás Goodrich. Ese libro, Hellstorm, completamente cambió la noción que tenía de los sucesos.

Lo lamento por el pueblo alemán, aunque no es el único que ha pagado las consecuencias de su derrota. Ha perjudicado bastante a nuestra causa. Llevará años recuperar el prestigio moral ante nuestros hermanos.

Fueron los malditos aliados los responsables, no los alemanes.

Me atrevería a decir que no fue un buen líder, que no fue el Führer adecuado. Insisto, fue su propio pueblo el que, en primer lugar, pagó las consecuencias de sus errores (tácticos, militares), y de su ‘hybris’, como decían los griegos, de su soberbia y de su arrogancia. Un griego diría que Zeus le enloqueció y le condujo a su propia ruina. Alemania está moralmente postrada y humillada desde entonces.

Si leíste el Archipiélago de Solyenitsin verás que en un pasaje el gran escritor ruso, encerrado como estaba, casi deseaba una victoria alemana a fin de que pudiera salir de sus mazmorras y ver liberado a su pueblo.

Yo diría que la hybris fue la anglosajona, como dice Tom Sunic, aunque es obvio que Hitler cometió un error garrafal al invadir a la Unión Soviética.

Hitler. Un falso Führer que atentaba contra la verdad con sus torpes mistificaciones. Un militar frustrado e incompetente que llevó a su pueblo a la derrota y al deshonor (con sus locuras avergonzó y humilló a su propio pueblo). Un ignorante que iba contra su misma sangre –contra pueblos hermanos. Un falso héroe, un impostor. Así lo veo yo.

Yo creo que toda esa crítica debe dirigirse a los anglosajones, no a Hitler. Él quiso conquistar la Unión Soviética porque muchos judíos habían conquistado el poder allí, como MacDonald demostró en sus escritos, así como en la traducción en su blog del último libro de Solyenitsin (Doscientos años juntos, libro que ningún editor americano se atrevió a publicar).

Me encantaría que leyeras mis extractos de Tomás Goodrich, enlazados arriba, antes de continuar esta cordial discusión.

Un saludo,

César

El segundo libro de la trilogía

Acabo de leer el segundo libro de la trilogía de Kevin MacDonald.

La gran moraleja de Separation and its discontents es que la actual decadencia de Occidente se debe a que el hombre blanco no reemplazó, a tiempo, el colectivismo de la iglesia—el cual era inmune a la subversión judía—por otro colectivismo; por ejemplo, el nacional socialismo.

Pronto reseñaré en inglés este libro y añadiré enlace aquí.

Published in: on noviembre 20, 2012 at 11:31 pm  Comments (3)  
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Malditos aliados

De 1944 a 1947 las fuerzas aliadas probablemente mataron a más hombres, mujeres y niños alemanes, incluso después de que finalizó la Segunda Guerra Mundial, que los crímenes que se le atribuyen a la Alemania Nazi.

Aquellos que sepan inglés pueden enterarse de la increíble historia que el Sistema nos ha ocultado por tanto decenio. El caso es que el Holocausto perpetrado por las fuerzas aliadas—la Unión Soviética, los Estados Unidos y la Gran Bretaña—, denunciado en el libro de 2010 de Thomas Goodrich, parece empequeñecer al holocausto judío.

Entérense del mayor crimen del siglo en que nacimos del que aún no hay película ni documental en el Sistema de “totalitarismo suave” que controla nuestro pensamiento.

Tormenta Infernal:
La Muerte de la Alemania Nazi

(1944-1947)

 

 

Véase también esta entrada

Published in: on septiembre 17, 2012 at 1:02 pm  Comments (2)  
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Hitler

Hoy es el cumpleaños del Führer. Él fue el defensor más destacado de Occidente desde los tiempos de Carlomagno. Pero la inimaginablemente maligna traición de nuestros tiempos ha levantado una cortina de humo tan densa en torno a su figura que nadie, excepto los blogueros del movimiento nacionalista blanco cuyos pensamientos traduzco abajo, están empezando a rasgar:

Hitler fue un visionario y un hombre de Estado, pero no un buen general. El poder judío se basa en la calumnia y en la inversión de la historia real sobre los acontecimientos del siglo XX. Hitler y los nazis han sido el Caballo de Troya utilizado para colonizar las mentes de los blancos occidentales.

Hitler y los nazis no eran el mal. Eso culpa a la víctima. ¿Cómo se atreven a decir eso? Cierto: cometieron un montón de errores, pero Hitler fue el último hombre blanco que intentó defender a su pueblo.

Cada vez que alguno de ustedes se permite creer la mentira se pone de parte de los verdaderos asesinos. Pueden querer deshacerse de Hitler y otros, pero permitir que la calumnia quede en pie es simplemente pereza y cobardía intelectual. ¿Cómo se atreven?

Decir la verdad acerca de los acontecimientos reales del siglo XX no “mantiene al nacionalismo blanco en un ghetto”. Es la pereza, la timidez y la cobardía lo que lo hace.

La Peor Generación de norteamericanos luchó contra gente que ningún mal les había hecho al otro lado del Atlántico. Esa generación participó activamente en los Derechos Civiles que desmantelaron la Constitución, y no hizo nada para resistir la Ley de Inmigración de 1965 que permitió la entrada de millones de no blancos a los EE.UU. Ni hizo nada para detener la llamada “Liberación de la Mujer” y la absoluta degradación cultural resultante. La Peor Generación cómodamente fue con la corriente, mientras se revuelcan en lo que está resultando ser una riqueza a corto plazo (tomando en cuenta el crash del dólar que se avecina).

La Peor Generación jugó un papel inmensamente destructor para nuestra civilización. Prepararon el escenario para nuestro genocidio, en tanto que los blancos pasamos del 30 por ciento de la población mundial al 15 por ciento y apuntamos al 5 por ciento en el futuro próximo. El mal que estos americanos hicieron lo hicieron por una serie de razones, y un mal permitió el siguiente.

Me gustaría hacer caso omiso de Hitler pero no se me permite. Los medios de comunicación a manos de judíos en EE.UU. diabolizan su cadáver los siete días de la semana, veinticuatro horas al día. Reto a cualquiera a encender el radio, el televisor, abrir una revista o página web, y no ver al pobre Adolf lanzado sobre su cara. Su nombre es invocado incluso en los más extraños temas que uno pueda imaginar. Nunca vamos a estar libre de Hitler hasta que abandonemos esa monstruosa, y falaz, diabolización de su persona.

Esta generación será juzgada por lo que han hecho. Deberían estar avergonzados de sí mismos. Su ignominia será contraejemplo de generaciones futuras.

La Generación de Fundadores del nuevo país que surgirá en Norteamérica después de una sangrienta guerra de sesesión, sentirá absoluta repulsión por la Peor Generación.

Published in: on abril 20, 2012 at 12:15 am  Comments (5)  
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